Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es fanficsR4nerds, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is fanficsR4nerds, I'm just translating her amazing words.
Thank you fanficsR4nerds for giving me the chance to share your story in another language!
Este capítulo no está beteado, así que todos los errores son míos.
.: Cuarenta y tres :.
Tengo mucho frío.
Encontramos las montañas más cercanas, lo que significa manejar entre la nieve, y aunque las carreteras están limpias, me siento muy ansiosa.
Cuando estamos casi en la cima de la montaña, Edward me pide que estacione el auto y nos bajamos. El frío me agarra totalmente desprevenida. No llevo suficientes capas de ropa puestas, sigo usando mis tenis desgastados y mis pezones están tan duros por el frío que empiezan a dolerme.
Edward se aleja del carro, de la carretera, y me apresuro a seguirlo.
—¿Qué estamos buscando?
Edward me mira cuando hablo. Sus ojos son de un blanco misterioso, reflejan la nieve a nuestro alrededor y el pálido cielo que tenemos encima.
—Su señal —dice vagamente. Casi quiero pegarle justo ahora. Se da la vuelta, avanza con prisa, así que me veo obligada a acelerar mi propio ritmo. Básicamente estamos corriendo entre la nieve y estoy alterándome por este asunto cuando Edward se detiene de golpe. Choco con su espalda, pero no se mueve, lo que significa que me voy de espaldas sobre la nieve. Aterrizo pesadamente, pero antes de poder recuperar el aliento, Edward se gira y me jala para ponerme de pie. Sus manos me sacuden la nieve, pero se detiene sobre mi pecho. Sus ojos se mueven a los míos y gruño.
—Tengo frío —espeto, consciente de que probablemente puede sentir lo duros que están mis pezones a través de las capas de ropa.
Su sonrisa es malvada.
—Oh, si tan solo tuviéramos el tiempo. —Suspira. Nunca había sentido el deseo de deshacerme de ningún artículo de ropa en la nieve, pero si me lo pidiera ahora, me desnudaría.
Es irritante.
Por suerte, en vez de eso, se gira y señala una roca que tiene adelante. Está medio enterrada en la nieve, y veo de la roca hacia él.
—Esa es su señal —dice lentamente—. No puedo avanzar más.
Puedo ver una leve marca blanca grabada en la piedra. No es algo que pueda reconocer, y lo miro.
—Espera, ¿tengo que hacer esto sola?
Vacila.
—Ella… no le tiene paciencia a los de mi clase.
Lo miro.
—¿Qué significa eso?
Bufa.
—Puede que intente comerme.
Abro la boca sorprendida.
—¿Hablabas en serio?
—No es probable que intente comerte a ti —continúa—. Pero, por si acaso, intenta tener cuidado.
Con eso, me da un empujón hacia la roca.
Me volteo para verlo boquiabierta y me dedica una sonrisa seductora.
—Puedo ver que estás enojada. Muy bien. —Se agacha para besarme con fuerza. Mi enojo rápidamente se convierte en lujuria y lo agarro. Se aleja antes de que pueda acercarlo más—. Podrás castigarme como consideres adecuado cuando regreses.
Quiero estar enojada, incluso indignada, pero estoy muy excitada.
De hecho, eso me hace enojar y me da el empujón que necesito para darme la vuelta y pasar a zancadas más allá de esa maldita roca. Puedo escuchar a Edward riéndose, pero no le doy la satisfacción de voltear.
Sigo avanzando, no estoy segura de qué estoy haciendo o qué estoy buscando. El mundo está tan callado aquí que el sonido de mis pies aplastando la nieve y mi pesada respiración se siente intrusivo.
Me detengo a unos minutos de iniciada mi caminata, miro hacia atrás, pero no veo señal de Edward. Tiene sentido ya que di un giro en el camino, pero aún así me pone ansiosa.
¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Le hice creer a Edward que no sé exactamente qué es lo que está intentando averiguar, y en el proceso, he dejado que mi miedo me lleve a la cima de una montaña congelada con ropa de lino y tenis.
No estoy preparada para nada de esto de ninguna manera.
Tengo que regresar; tengo que contarle lo que sé y decirle que no puedo ayudarlo. Eso es todo lo que queda por hacer.
El viento arrecia cuando me doy la vuelta y envía un estremecimiento ártico por mi espalda. La frialdad se hunde más profundo y oscura en mí que el frío a mi alrededor, y mi corazón se congela, apretándose a causa del miedo.
Ya no estoy sola.
—¿Qué te trae a mi montaña, niña?
Su voz es como la nieve cayendo: suave y fría.
Me giro para verla a pesar de que quiero bajar corriendo esta montaña. Está envuelta en pieles, lleva el largo cabello negro suelto y revoloteando con el aire a su alrededor. Es alta, mucho más alta que Edward incluso, y sus ojos son de color de los glaciares.
Se me cierra la garganta al verla y ella ladea la cabeza al analizarme.
—Oh, estás lejos de casa.
Estoy muda, así que solo asiento. Sus ojos se mueven sobre mí, congelándome bajo su mirada.
—Prefiero que mis comidas sean inteligentes y habladoras —dice lentamente, apretándose más las pieles a su alrededor—. Pero ha pasado tanto tiempo desde la última vez que comí, que me conformaré con lo que sea que seas.
Se acerca a mí y siento que se activa mi sentido de supervivencia. Mi magia se enciende, me envuelve, y me calienta lo suficiente para hablar.
—No estoy aquí para que me coman —digo con voz queda, pero fuerte—. Estoy aquí en busca de ayuda.
Esboza una sonrisa de depredador.
—Cuanta audacia. —Gruñe—. ¿Qué te hace pensar que te ayudaré?
Estoy cansada, asustada y harta de esto. Estoy tan harta de estas estúpidas criaturas amenazándome y apoderándose de mi vida. Ya no puedo soportarlo, y siento mi poder hinchándose a mi alrededor, palpitando con mi enojo.
Inhalo con fuerza.
—Porque —digo en voz baja— he sido bendecida por dioses más antiguos que tú. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda pensarlas mejor—. Porque he compartido poder con bestias mucho más poderosas que tú. —Las palabras no se detienen y me doy cuenta con aguda consciencia de que es verdad. Todo es verdad—. Y porque —digo, avanzando hacia ella— tienes una deuda conmigo.
Mis palabras hacen eco a nuestro alrededor, y ella me estudia, sus ojos brillantes muestran enojo, pero también curiosidad. Esas ya no son mis palabras; ella no tiene ninguna deuda conmigo, pero las palabras resuenan con veracidad de todas formas.
—¿Qué eres?
Sonrío. Es la pregunta equivocada. Siempre es la pregunta equivocada.
—Solo soy una bruja —le digo, encogiendo un hombro—. Una brujita humana, con un hambre que no puede ser saciada.
No es solo sexo. Estoy hambrienta de poder, de control, de magia. Estoy hambrienta de todo y siento mi hambre crecer y expandirse en mí, crujiendo en el aire, buscando más.
Agranda los ojos y retrocede medio paso.
—T-tú. —Tartamudea—. No es posible.
Siento que me supera un poder divino, una voracidad que es imposible llenar.
»D-Detente —grita, alza las manos frente a sí—. ¡Te ayudaré! —La nieve remolinea a nuestro alrededor y no sé si es su energía o la mía la que está agitando el mundo.
Es difícil frenar mi hambre. Está desesperada, cegada por su necesidad de consumir.
Algo en mí ha sido liberado y no sé cómo contenerlo otra vez. Estoy palpitando, buscando, cada parte de mí está gritando mientras se desenreda más y más.
Retrocede alejándose de mí, pero no se mueve con rapidez suficiente. Me estoy desmoronando y mi magia quiere consumirla.
—¡Bella!
Un cuerpo duro me taclea sobre la nieve, destruyendo mi control mental y dispersando mi magia.
Siento que he sido aplastada por una montaña.
Escucho un grito en mis orejas, un lamento agudo que parece que me está destrozando el cráneo. Estoy fría y caliente al mismo tiempo, y no puedo respirar, carajo.
La masa que está sobre mí se mueve y me obliga a ponerme de espaldas. Me ayuda a llevar aire a mis pulmones, y toso con fuerza.
Al abrir mis ojos, los pálidos ojos de Edward me están mirando, su frente está fruncida con preocupación. Creo que está hablando, pero no puedo escuchar nada más que el pitido en mis orejas.
Lentamente los sonidos empiezan a regresar a mí.
—Respira. —Me está indicando, y jadeando profundamente me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento.
—Sácala de mi montaña. —Es la voz de una mujer, pero no puedo verla.
—¿Qué pasó?
—¡Sácala!
Puedo escucharlos peleando, pero estoy demasiado confundida para entenderlo. Me siento totalmente drenada. Al final, Edward gruñe y siento sus brazos debajo de mi cuerpo para levantarme de la nieve.
Puedo sentirlo hablando antes de acercarme a su pecho y darse la vuelta.
Nos estamos moviendo, y estoy temblando en sus brazos, el frío empieza a calarme hasta los huesos.
—Aguanta, Pequeña.
Estoy cansada, mi cuerpo se siente cada vez más y más pesado con cada paso que da Edward.
Solo quiero dormir.
—Pequeña. —La voz de Edward es suave, revolotea sobre mi piel—. Pequeña, mírame.
Abro los ojos y me doy cuenta de que estoy sentada en el asiento trasero del carro, Edward está agachado frente a mí.
—Tengo sed —susurro, sacudiendo la cabeza. Asiente y agarra la mochila que está en el asiento frontal.
—¿Qué pasó allá arriba con ella? —Me entrega el agua al hacer la pregunta y frunzo el ceño, dándole un gran trago a la botella.
—No lo sé.
No es del todo verdad. Recuerdo mi enojo, mi hambre. Recuerdo mi magia accediendo hacia esa hambre. Recuerdo que no pude dar marcha a atrás, me permití someterme a eso.
Él está a punto de hablar otra vez cuando una figura a sus espaldas capta mi atención. Me enderezo y Edward se da la vuelta.
Está parada en la nieve, más allá del carro, con sus pieles fuertemente envueltas a su alrededor. No me quiere mirar a los ojos.
—La Reina Serpiente tiene un amuleto —dice con voz queda—. Lo necesitarás.
No me mirará.
—¿Hay algo más? —Espero con desesperación que ella pueda ofrecerme algo más, algo diferente.
Sus ojos se encuentran con los míos durante el momento más breve de todos.
—Mi deuda está saldada —dice en voz baja. No tengo idea de qué significa eso y en vez de responder la pregunta en mi rostro, se gira y regresa hacia la montaña, desapareciendo entre la nieve que sigue remolineando.
