Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es fanficsR4nerds, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is fanficsR4nerds, I'm just translating her amazing words.
Thank you fanficsR4nerds for giving me the chance to share your story in another language!
Este capítulo no está beteado, así que todos los errores son míos.
.: Cuarenta y cuatro :.
—¿Qué deuda tenía contigo?
Las palabras de Edward rompen el silencio que dejó la desaparición del oráculo y me giro hacia él.
—No lo sé —susurro, sacudiendo la cabeza. Me duele el cuello en el sitio donde me mordió la criatura del mar y alzo los dedos para frotarme—. ¿Qué pasó allá arriba?
Mis ojos se mueven hacia él y respiro profundo.
—Estaba enojada. Más enojada de lo que me he sentido en mucho tiempo —susurro—. Mi magia arremetió.
Él se veía preocupado.
—Estabas hablando en un lenguaje que no conozco.
Ante esto, me enderezo, frunzo el ceño.
—¿Qué?
Suspira.
—Sentí tu magia. Sacudió la montaña. Fue entonces cuando crucé su frontera para encontrarte. Tú… —se queda callado y miro expectante—. Algo te pasó en las profundidades del mar. Usualmente tu magia huele a algo rico, terrestre y oscuro, pero esta vez olías a agua salada.
Me doy cuenta que estoy temblando y me encojo en mí misma.
—Ya no sé quién soy.
He conocido a muchas criaturas, muchas cosas aterradoras, y cada una me ha cambiado, dejando marcas en mí a su propia manera. Primero fue la dríade del bosque, bendiciéndome con dones que no entiendo, y la bruja que asecha mis sueños, luego la criatura de debajo del mar que dejó marcas profundas e invisibles sobre mi alma, ahora este oráculo…
Es demasiado. Todos me están cambiando y no quiero que me cambien.
Alzo la vista hacia Edward. Tiene los ojos oscuros, la frente fruncida.
Él es quién más me está cambiando.
—Has sido muy valiente, Pequeña —dice suavemente. Me encojo. No lo he sido. Le he estado mintiendo, escondiéndole las pocas cosas que sí sé. Pero tengo miedo, miedo de que si sabe cuál es el costo, su deseo de ser libre superará cualquier cosa que pueda estar sintiendo por mí. Todo entre nosotros se siente tan precario, y no soy lo suficientemente valiente para ser honesta.
—¿Por qué me tenía tanto miedo?
No espero una respuesta y me sorprendo cuando Edward me la da.
—Tal vez sintió a las bestias con las que has estado en contacto —dice lentamente. Lo miro—. Eres más fuerte de lo que eras en Samhain. Más fuerte tal vez que el mismo oráculo.
Niego con la cabeza.
—Pero no tengo control sobre ello —murmuro, sintiéndome derrotada. Edward suspira.
—Porque todavía tienes miedo de controlarlo.
Se cierne sobre mí en el carro, y aunque tengo miedo, estoy cansada y más que abrumada, su proximidad me brinda confort.
—Para empezar, nunca nos convertimos en nada de lo que no somos capaces —murmura—. Este poder que está creciendo en ti siempre estuvo destinado para que lo controlaras. Debes soltar el miedo que le tienes. El poder eres tú.
Quiero preguntarle qué está sintiendo. Sus ojos arden con una emoción que temo nombrar y, por mucho que no quiera reconocerlo, necesito saber, porque está ardiendo en mí también. Hay un universo de cosas sin decir entre nosotros, no estoy segura de que este mundo pueda soportarlo si le damos voz a la magnitud de este universo. Juntos somos demasiado para que este mundo lo contenga y si nos permitimos caer en esto, darle voz a este espacio entre nosotros, el poder del nombre que le daríamos quemaría cien millones de estrellas.
Estoy parada ahí, mirándolo a los ojos, lista para caer.
Esta vez es Edward el que tiene miedo.
—Tenemos que regresar —dice, parpadea y aparta su mirada de la mía. Las lágrimas me brotan en los ojos y no sé si es porque el momento se ha perdido, o porque tengo mucho tiempo sin parpadear. Finjo que es por la segunda razón—. Tenemos que regresar a la Corte Hazel.
Trago con fuerza.
—Sí.
—Necesitamos un plan mejor —dice Edward, apartándose de mí—. No será fácil quitárselo. Solo la he visto bajar la guardia antes en una sola circunstancia.
Lo miro, pero de inmediato queda claro a qué se refiere. No sé qué decir ante eso, así que bajo la vista a mis manos.
Ninguno somos virgen, obviamente, y sé para qué lo usaba la Reina Serpiente. No tengo ningún derecho sobre él, no tengo razón para sentirme tan llena de celos ni inseguridad como me siento en este momento.
Pero así me siento. Tan solo pensar en que él esté con ella, de cualquier manera, hace que el enojo revolotee en mi vientre.
Sus manos se posan en las mías y alzo la vista.
—Puedo sentir tus celos, Pequeña. —Suena divertido y le frunzo el ceño. Intento apartar mis manos de las suyas, pero aprieta su agarre—. Nada de lo que la Reina Serpiente me ha hecho se ha acercado a una sola caricia tuya —susurra—. Yo era un objeto para ella, nada más.
Se me hunde el corazón. Lógicamente lo sé, pero mi corazón todavía se rebela contra la idea. Cómo podría alguien estar con él y no empezar a sentir…
Trago con fuerza.
—Quiero matarla por lo que te ha hecho. —Admitirlo en voz alta me asusta, pero también sé en cuanto salen las palabras que no hay ninguna manera en que pude haberlas manteniendo dentro de mí. Mi alma arde con justa indignación contra ella.
Edward aprieta sus manos alrededor de las mías y me encuentro con su mirada.
—No te detendré —susurra—. Hace mucho tiempo que deseo lo mismo.
Me alivia escucharlo. Volteo mis palmas hacia arriba para que mis manos puedan sostener las suyas.
—Si vamos a regresar —digo lentamente—, necesitamos más provisiones.
Asiente.
—Podemos ir al pueblo otra vez. Debe haber una puerta no muy lejos de ahí desde donde podamos cruzar.
Expulso un pequeño aliento.
—Hagámoslo.
…
El viaje transcurre en silencio. Me veo cargada con pensamientos pesados que no tienen respuestas. ¿Quién era la mujer de la montaña? ¿Qué deuda tenía conmigo? ¿Cómo se supone que voy a liberar a Edward? Incluso con el amuleto mágico, ¿cómo será eso suficiente? No tengo un bebé para sacrificar, e incluso si lo tuviera, nunca lo haría.
Mis ojos se mueven brevemente hacia él mientras mis pensamientos dan vueltas, poniéndome más y más ansiosa. ¿Solo nos estoy llevando a nuestra muerte?
—Puedo sentir que estás pensando de más, Pequeña.
Bufo, mirándolo.
—¿Puedes pensar de más cuando te diriges a tu muerte?
Me sonríe y muevo mi mirada hacia la carretera.
—No, supongo que no —musita.
Mis dedos repiquetean sobre el volante.
—Tengo una pregunta. —Lo miro y me hace una seña para que continúe—. El Rey Hazel fue a verme antes de la cacería.
Veo que sus nudillos se ponen blancos sobre su regazo.
—¿Oh? ¿Qué quería?
Lo miro.
—Ahora quién está celoso —bromeo. No muerde el anzuelo y pongo los ojos en blanco—. Fue a decirme que sabía por qué estaba ahí. Dijo que encontraría una manera de sacarme de eso para poder continuar con esta búsqueda. —Lo vuelvo a ver. Las cejas de Edward se hunden y la sorpresa en su rostro me agarra con la guardia baja—. ¿Qué sucede?
Carraspea.
—No deberías confiar en él —dice lentamente—. Puede que Marcus no tenga la crueldad de su esposa, pero él tampoco es conocido por su compasión.
Le frunzo el ceño a la carretera.
—No confío en él. No confío en nadie.
Las palabras se posan entre nosotros y lo miro rápidamente. Se ve aliviado y eso me pone endemoniadamente ansiosa. ¿Tampoco quiere que confíe en él? Agarro el volante con más fuerza e intento aplastar esos pensamientos en mí. Confío en ti.
No son verdad, no en realidad. Confío en él con mi cuerpo, pero además de eso, todavía no puedo confiar en él. En este punto ni siquiera confío en mí misma.
—Cuéntame sobre el amuleto —digo, buscando una distracción. Veo a Edward asentir por el rabillo del ojo.
—Es la magia más poderosa con la que he estado en contacto —dice lentamente—. No sé de dónde lo sacó. La leyenda dice que un poderoso rey se lo dio con la esperanza de casarse con ella. Ella tomó el amuleto y le cortó la garganta. —Hace una pausa y lo miro—. Dicen que la piedra es roja porque está llena de la sangre que ella ha derramado con su poder.
Gruño, mirando la carretera.
—Maravilloso.
—También está unido a ella con una pesada magia —sigue hablando. Lo miro brevemente—. Solo ella puede quitárselo del cuello.
Exhalo un largo suspiro.
—Bien, habría sido fantástico saber eso antes —espeto. Edward me mira, y hay una sonrisita en su cara—. ¿Cómo puedes reírte en este momento?
Exhala un largo suspiro.
—A veces no queda nada más por hacer que reír.
Rechino los dientes. Es una respuesta terrible que me hace sentir todavía peor.
—Eres un imbécil, ¿lo sabías?
Se apoya en el asiento.
—Sí, me lo has dicho muchas veces.
Frunzo el ceño.
—A menos de que puedas leer mentes, creo que no te lo he dicho tan seguido.
Edward se ríe en voz baja.
—Me lo dices mientras duermes.
Bueno, eso es jodidamente vergonzoso. Puedo sentir su mirada en mí, esperando para ver cómo reaccionaré a eso, así que flexiono los nudillos en el volante.
—Qué bueno —espeto.
Edward se ríe otra vez mientras yo piso el acelerador.
