Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es fanficsR4nerds, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is fanficsR4nerds, I'm just translating her amazing words.


Thank you fanficsR4nerds for giving me the chance to share your story in another language!

Este capítulo no está beteado, así que todos los errores son míos.


.: Cuarenta y seis :.

Odio estar de vuelta en la Corte Hazel. En lo que a mi concierne, si nunca más tengo que volver a ver este sitio hermoso y miserable otra vez, mi vida sería muchísimo mejor.

No es tan difícil seguir a los guardias. Están hablando y son ruidosos, lo que significa que no tengo que esforzarme mucho por ocultarme. Cruzar la entrada y las puertas principales, por otro lado, es una gran hazaña. Requiere una coordinación que no tengo y una habilidad para escabullirme que definitivamente no poseo.

Al final, creo que es la suerte más que nada lo que me ayuda a entrar.

Una vez adentro me quedo sin suerte. El Castillo Hazel es inmenso y no tengo idea de dónde está todo. Más que nada, mi magia no pega en mis alrededores aquí. Necesita del mundo natural para camuflarme, lo que significa que estoy totalmente expuesta.

Jodidamente fantástico.

Aterrada, me muevo sigilosamente pasillo tras pasillo, escondiéndome literalmente detrás de todo lo que puedo usar siempre que escucho el más leve sonido de pisadas. ¿Estoy paranoica? Sí, pero sé que esa paranoia me mantendrá a salvo, incluso si es solo durante unos cuantos pasos más.

El castillo es un laberinto y entre más me adentro, más desesperada me siento. Incluso si puedo encontrar la biblioteca, ¿qué probabilidad hay de que encuentre una especie de índice por ahí que me diga donde encontrar el pergamino? Con cada paso me siento más y más molesta con Edward y conmigo; con Edward por meterme en esta situación tan jodidamente estúpida luego de haber acordado que el plan era permanecer juntos, y conmigo por no pensar más rápido cuando me presionó a hacer esto.

Un sonido chirriante capta mi atención y correteo para agacharme detrás de unas pesadas cortinas de seda, con el corazón saltando entre mis costillas. Espero, conteniendo el aliento, escuchando para ver si el sonido se aleja o se acerca a mí.

Es imposible identificarlo, y después de unos minutos, tengo que enfrentar el hecho de que no puedo esperar detrás de la cortina para siempre.

Preparándome, salgo del escondite y sigo avanzando por mi camino. El sonido chirriante se hace más fuerte entre más avanzo por el pasillo, estoy a punto de agacharme y esconderme de nuevo cuando veo una figura conocida.

Está encorvado, su cuerpo doblado y mutilado en ángulos poco naturales. Mi jadeo me sacude el cuerpo al correr hacia él.

—¿Alistair? —suspiro, cayendo de rodillas junto a él.

Alza la vista hacia mí, sorprendido.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Gruñe, y veo que sus dedos se cierran sobre un peine grueso. Solo entonces me doy cuenta de que hay una cubeta a su lado. ¿Está lavando el piso?

—Creí que habías muerto —susurro, las lágrimas me llenan los ojos—. Te destrozaron.

Resopla, gira su cuerpo hacia el piso.

—Desearía haber muerto —dice de forma sombría—. Me volvieron a unir lo suficiente para mantenerme con vida. Este es el precio por ayudarte.

Se me cae el estómago.

—¿Por qué me ayudaste? —pregunto—. Ya me habías pagado la deuda.

Me mira enojado.

—Mi soberano me lo ordenó.

Se me cae el estómago.

—¿Qué?

Regresa su atención al piso.

—Cuando el otro se enteró, oh sí que se enojó. —Sacude la cabeza—. Me enviaron a pasar toda una vida con esto. —Extiende el cepillo y es entonces que veo que sus palmas tienen ronchas y están sangrando. Jadeo y tomo sus manos. Deja caer el cepillo y noto que la parte de atrás está decorada con una pequeña placa de hierro.

—¿Qué es esto? —reclamo.

—Es el hierro. —Bufa—. Esto me envenenará antes de poder terminar con mi sentencia.

Señala la mitad inferior de su cuerpo mutilada, y veo que sus pezuñas inservibles también están forradas de hierro. Jadeo.

—Esto es una barbaridad —siseo.

—Esto es lealtad —dice.

Lo miro.

—Pagas demasiado por tu lealtad —espeto. Se encoge de hombros, como si no le concerniera—. Necesito sacarte de aquí.

Alistair resopla.

—Es mejor que me mates. Ya no sirvo para seguir con vida.

Niego con la cabeza.

—No, no lo haré. Puedo arreglarlo.

Suspira.

—Bruja estúpida. —Aparta sus manos de las mías—. Veo que no aprendiste nada. —Hace una pausa y me mira—. Aunque hay algo diferente en ti. ¿Una nueva vida creciendo en ti?

—No estoy embarazada —digo en voz baja.

Entrecierra la mirada.

—No, supongo que no.

Suspiro.

—Alistair, déjame ayudarte, por favor.

—Mátame —dice simplemente—. Porque si no lo haces, las cosas empeorarán para mí.

Una parte de mí no quiere aceptar esa respuesta, pero la otra parte se da cuenta de que es verdad. Si lo castigaron así por ayudarme después de ordenarle hacer exactamente eso, no puedo imaginar qué castigo recibiría por hablar conmigo ahora.

Exhalo un pesado aliento.

—No creo que pueda matarte —susurro. De verdad no sé si soy capaz de hacerlo, no así.

Sacude la cabeza.

—¿Por qué le temes a algo tan natural? —Gruñe—. La muerte llega por todos nosotros, ¿no?

Frunzo el ceño.

—Sí, pero no tengo que ser yo quien la traiga.

Pone los ojos en blanco.

—Si eres demasiado cobarde para ayudarme, sigue tu camino.

Siento que un puño de hielo me aprieta el estómago. No puedo dejarlo, no otra vez. Le debo más que eso, incluso si solo me ayudó la otra vez por una orden. Trago con fuerza y me lamo los labios antes de hablar.

—¿Cómo te mato?

Me voltea a ver, tiene los ojos como platos a causa de la sorpresa. Me mira durante un momento antes de asentir al fin.

—Una muerte rápida, si no te molesta.

Me tiemblan los labios al pensarlo y mi mente se centra en la navaja que tengo en la mochila.

—Bien —acepto—. Pero primero necesito una última cosa.

Me mira mal.

—¿No has tomado ya suficiente?

Me dejo caer de rodillas junto a él.

—Estoy aquí en busca de la Reina Serpiente —susurro con voz tan suave que me pregunto si puede escucharme. Sus orejas se mueven y agranda los ojos—. Necesito su amuleto.

Alistair me mira y me pregunto si he cometido un gran error al contarle esto. ¿Y si le es leal a ella? Aunque no puedo imaginar que lo sea después de que lo sometió a esto.

Al final, asiente.

—Entonces probablemente tú también te encontrarás pronto con la muerte —dice—. La única forma de quitarle ese amuleto es matándola.

Un estremecimiento baja por mi espalda.

—Tal vez —susurro.

—Tendrás que matarla, o morirás en el intento.

Trago.

—Sí —concuerdo.

Entrecierra los ojos.

—¿Pero no me quieres matar a mí?

Exhalo un suspiro.

—No considero a la Reina Serpiente como una amiga.

Me mira con sospecha.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Soy Bella —digo suavemente con una sonrisa.

—Nombre suave —dice después de un momento—. No te queda.

Sonrío.

—¿Preferirías seguir diciéndome Bruja?

Sus labios se mueven.

—No me molestaría —dice con un pequeño asentimiento—. ¿Qué necesitas de mí, Bruja?

—Mi acompañante me dijo que hay un pergamino, escondido en la biblioteca, que me dará más información, con suerte pistas sobre cómo usar ese amuleto. —Hago una pausa—. Pero no tengo idea de dónde estoy.

Alistair asiente.

—La biblioteca no está lejos. —Señala con el mentón al final del pasillo—. A unas veinte puertas. Lo sabrás cuando la veas. Tiene el olor de papel y tinta.

Exhalo un aliento.

—Gracias, Alistair.

Me mira.

—¿Terminarás ya conmigo, Bruja?

Las lágrimas se acumulan en mis ojos al sacar la navaja de caza de mi mochila. Una de las muchas cosas que Edward y yo nos robamos del pueblo antes de irnos.

—Lamento mucho que tu vida se haya convertido en esto —susurro, mis ojos se inundan de lágrimas.

Alistair suspira.

—Morir con una amiga no parece ser tan malo —susurra, girando su cuerpo. Sus piernas mutiladas chocan con el piso de piedra. Se derraman mis lágrimas, salpicando mis mejillas—. Nunca pensé que vería lágrimas caer por mi muerte —murmura.

Trago con fuerza.

—Dime cómo hacerlo.

Asiente.

—Será más rápido si me cortas la garganta —dice pensativo—. Pero si vacilas, no será agradable.

Asiento, entendiéndolo. No sé cómo cortar una garganta; nunca he necesitado saber cómo hacerlo, pero también sé que esta puede que esta garganta no sea la única que tenga que cortar el día de hoy.

—Puedo hacerlo —digo con una confianza que no siento.

Alza la vista a mí.

—Sabes —dice en voz muy baja—, hay un toque de algo diferente en ti.

Sonrío un poco.

—Lo sé, soy una humana tonta.

Sacude la cabeza.

—No —murmura—. Veo alas doradas a tu alrededor.

No sé cómo interpretar eso, y él respira profundamente.

»Me giraré —dice suavemente—. Será más fácil. —Se pone sobre su vientre, luego alza la mano, señalando su cuello—. Empieza aquí. Muévete rápido y profundo hasta que llegues aquí. —Señala sobre su garganta, mostrándome el ángulo de la navaja—. No hay mucho que me mantenga con vida. Será rápido.

Trago con fuerza. Tengo que hacer esto por él. Le debo muchísimo; es lo menos que puedo hacer.

Avanzo hacia él, la navaja en mi mano tiembla cuando la pongo debajo de su garganta.

—Diosa, acompáñanos —murmuro. Respiro profundamente, luego aplicando toda la presión posible, le rebano la garganta.