La historia NO ES MIA, es una adaptación de Sylvia Day.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Gracias a la Hermosa Maru por ayudarme en las correciones :D
Capitulo largo… Disfrutenlo.
Jasper Cullen, vizconde de Tarley, se encontraba frente a la mansión Black de Mayfair cuando ya había transcurrido media hora de las dos que lady Black dedicaba a recibir visitas. Desmontó antes de que pudiese cambiar de opinión y entregó las riendas de su montura a uno de los lacayos que había fuera; después, subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la puerta principal. Contuvo las ganas que tenía de colocarse bien el pañuelo de cuello, que se había atado con un sencillo nudo. Estaba tan nervioso que se había pasado horas intentando decidir qué chaleco conjuntaba mejor con la chaqueta azul oscuro que llevaba y todo porque ella le había dicho en una ocasión que el azul oscuro le favorecía.
En cuestión de segundos, lo hicieron pasar al salón en el que había media docena más de visitas. Alice estaba sentada en una butaca, en el centro de su corte, y se la veía tan frágil y bella como siempre.
—Lord Cullen —lo saludó, tendiéndole ambas manos sin levantarse.
Jasper atravesó la alfombra oriental con paso firme y besó el dorso de aquellas delicadas manos.
—Lady Black. Mi día resplandece sólo por haberlo empezado con su presencia.
Y palidecería cuando se fuese, igual que si saliera del sol para adentrarse en las sombras. Jasper estaba convencido de que Alice estaba hecha para él, de hecho, lo creía con tanta certeza que ni una sola vez se había planteado la posibilidad de casarse con otra. De joven, pensaba que sería perfecto que los dos hermanos Cullen se casasen con las dos hermanas Swan y viviesen juntos y felices. Sin embargo, Charlie tenía grandes planes para sus hijas y, dado que Jasper era tan sólo el hijo segundo, su posición social no era lo bastante elevada como para que el padre de Alice lo tuviese en cuenta.
Nunca había tenido la más mínima posibilidad de casarse con ella.
Y, para empeorar las cosas, Alice, al igual que su hermana, ni siquiera pudo disfrutar de una Temporada como es debido. La comprometieron casi al mismo tiempo que se presentaba en sociedad.
—Pensaba que se había olvidado de mí —dijo ella—. Hacía una eternidad que no me visitaba.
—Jamás podría olvidarme de usted.
Aunque había noches en que deseaba que tal hazaña fuese posible.
Alice miró por encima del hombro de Jasper y un lacayo se apresuró a colocar una butaca adamascada junto a su señora. El resto de los invitados respondieron al breve saludo que les hizo Jasper con amplias sonrisas.
Él tomó asiento y, con la mirada, devoró ávidamente el rostro de Alice. Ésta llevaba la melena recogida tal como dictaba la moda, con unos rizos sueltos en la frente y otros colgándole por encima de las orejas, e iba ataviada con un precioso vestido rosa y con un camafeo sujeto alrededor del cuello por una amplia cinta negra.
—He venido a decirle que Isabella está en buenas manos. Edward Masen aceptó cuidar de ella durante su viaje. Él ha vivido en Jamaica los últimos años y sabe moverse entre la buena sociedad del lugar.
— ¿El señor Masen, dice? —Alice frunció el cejo—. No estoy segura de que a mi hermana le cayese demasiado bien.
—Me temo que el sentimiento puede ser mutuo. En las pocas ocasiones en que los vi juntos, era obvio que los dos se incomodaban. Sin embargo, ahora ambos son personas adultas e Isabella necesita ayuda en un ámbito en que Edward es un experto. Además, ella quiere vender la plantación y la propiedad de él linda con «Calipso», así que lo más probable es que eso la ayude a concluir sus asuntos con rapidez, de modo que pueda volver pronto con usted.
—Milord —los preciosos ojos azules de Alice resplandecieron con ternura—, es usted muy astuto. Adoro esa característica en un hombre.
Esas últimas palabras hicieron que Jasper sintiese una punzada en el pecho. Adoración era una minúscula parte de lo que él sentía por ella.
—El mérito no es todo mío. La verdad es que Edward prácticamente se ofreció voluntario. Lo único que hice yo fue pedírselo en el momento oportuno y saber aprovecharme.
—Es usted como un regalo caído del cielo. —La sonrisa de Alice se desvaneció—. Ya echo terriblemente de menos a mi hermana y sólo hace un día que se ha ido. Sé que parezco una egoísta. Isabella se esforzó mucho por ocultármelo, pero la verdad es que tenía muchas ganas de hacer este viaje. De hecho, estaba impaciente por partir. Supongo que al menos tendría que intentar alegrarme por ella.
—Por eso mismo he venido a verla hoy. Sé lo unidas que están y lo mucho que le está doliendo su ausencia. Quiero que sepa que, hasta que ella vuelva..., estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite.
—Usted siempre ha sido muy amable conmigo. —Alargó una mano y, por un instante demasiado breve, le tocó el antebrazo. La melancolía que desprendía el gesto dejó a Jasper muy preocupado—. Pero ya tiene usted demasiadas preocupaciones como para que además yo me convierta en una de ellas.
—Usted nunca será una preocupación para mí. Será todo un privilegio poder ayudarla siempre que lo necesite.
—Quizá algún día se arrepienta de haberme hecho este ofrecimiento —se burló ella, animándose de nuevo—. Estoy segura de que pueden ocurrírseme varias formas de torturarlo.
Aunque la frase fue inocente, la reacción de Jasper al escucharla no lo fue tanto.
—Adelante, no se contenga —la retó con voz ronca—. Estoy ansioso por demostrarle que estoy más que preparado para el desafío.
Un delicado rubor rosado tiñó las pálidas mejillas de Alice.
—Milady —los interrumpió el mayordomo, acercándose con una bandeja de plata en la que había una cajita con una lazada. Parecía un regalo.
Una de las invitadas de Alice, la marquesa de Uley, bromeó diciendo que tenía un admirador secreto y lo celoso que se pondría Jacob.
De todos era sabido que su marido era muy posesivo. De hecho, estaba tan pendiente de ella que rozaba el mal gusto.
Alice leyó primero la pequeña tarjeta que acompañaba el regalo y después la dejó en el reposabrazos de la butaca. Jasper se dio cuenta de que le temblaban las manos al abrir la cajita y descubrir un broche de piedras preciosas que era sin duda muy caro.
Al ver la tristeza que empañaba los ojos de ella, Jasper desvió la vista hacia la tarjeta, que sólo estaba parcialmente doblada. No pudo leer entero su contenido, pero el «perdóname» lo leyó sin ninguna dificultad. Apretó la mandíbula para contener la avalancha de preguntas que se le amontonaron en los labios.
— ¿Y bien? —Preguntó lady Emily—. No nos tengas en ascuas. ¿Qué es y quién te lo ha mandado?
Alice depositó la cajita en la expectante palma de la condesa.
—Jacob, por supuesto.
Mientras el broche iba de mano en mano, recibiendo la aprobación de todas las invitadas, Jasper pensó que la sonrisa de la joven se veía muy forzada y estaba demasiado pálida como para que él no se preocupase.
Se puso en pie y se disculpó, incapaz de seguir allí teniendo el presentimiento de que algo iba muy mal en el mundo de Alice y consciente de que él carecía del derecho de hacer nada para evitarlo.
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La tarde estaba ya muy avanzada e Isabella todavía tenía que hacer acto de presencia en cubierta.
Lo único que evitó que Edward se pusiese a pasear de un lado a otro fue su fuerza de voluntad. Si ella decidía evitarlo durante la travesía, cortejarla sería mucho más difícil, pero él no era de los que se rendían fácilmente. Tenía intención de iniciar una relación con Isabella durante el viaje e iba a conseguirlo. Tenía que haber alguna manera de poder entablar, como mínimo, amistad con ella. Lo único que tenía que hacer era encontrar la llave que abría el tesoro que en realidad era aquella mujer. La noche anterior pensó que el mejor modo de enfocar las cosas era siendo absolutamente sincero, pero quizá la había malinterpretado.
Se sujetó a la borda y miró el mar. No le pasó por alto que en aquel preciso instante su traje tenía el mismo color marrón de los ojos de ella.
Dios santo, Isabella quitaba el aliento.
Recordó el instante en que entró en el camarote para cenar; el aire se alteró a su alrededor y Edward sintió su presencia. El peso y el calor de la mirada de Isabella viajó hasta rozarle la espalda como si lo estuviese acariciando físicamente. Él se había encargado de que ella lo encontrase de aquella manera; de pie, sin la chaqueta y ocupado en otra cosa. Quería que lo viese como el hombre que era ahora; educado y de mundo. Sofisticado. Esa presentación estaba destinada a ser el disparo de salida de un lento y perfectamente estudiado cortejo.
Sin embargo, lo que en realidad pasó fue que Isabella lo impactó con la misma fuerza con que él había querido impresionarla. Se quedó allí de pie, con el pelo castaño recogido, la piel tan pálida y perfecta como si fuese de porcelana, el cuerpo, antes delgado por la juventud, ahora lleno de curvas por la madurez... Los pechos llenos y turgentes, la cintura delicada, unas piernas largas que él deseaba sentir alrededor de la cintura.
Había algo en ella que apelaba a los instintos más primarios de Edward.
Quería cautivarla. Poseerla.
Por un segundo, el rostro de Isabella la traicionó y dejó al descubierto lo que sintió al descubrir quién era él en realidad. Igual que siete años atrás, se sentía atraída. Edward podía utilizarlo en su favor, si lo hacía con mucho cuidado.
—Buenas tardes, señor Masen.
Maldición. Incluso el sonido de su voz conseguía que su mente lujuriosa empezase a conjurar imágenes. Era una voz tan precisa y contenida como su actitud. Edward quería convertir esa contención en algo más ronco. Más suave. Quería oírla decir su nombre en medio de gemidos de placer.
Respiró hondo y se volvió hacia ella.
—Hola, lady Cullen. Parece descansada. ¿Ha dormido bien?
—Sí, gracias.
No sólo estaba descansada, estaba impresionantemente hermosa. Llevaba un vestido azul oscuro y una pequeña sombrilla y semejaba una aparición en medio de la cubierta del barco. Edward no podía apartar la mirada de ella, pero estaba seguro de que el resto de la tripulación también se habían quedado embobados mirándola. Isabella era perfecta.
Se acercó a él en la borda y apoyó una mano enguantada en la madera, mientras dejaba la vista perdida en el mar que se extendía ante ellos.
—Siempre me ha encantado navegar —dijo apresuradamente—. Hay algo liberador y al mismo tiempo relajante en saber que no tienes ningún obstáculo delante. La verdad es que no me gustaría perderme sola en el océano, pero en un barco tan magnífico como éste y con toda su tripulación, sólo puedo sentir alegría. Lord y lady Masen deben de sentirse muy orgullosos de usted.
Al oír el título de su padre, Edward reaccionó como siempre, poniéndose a la defensiva. Intentó quitarse de encima esa sensación moviendo los hombros hacia atrás.
—Orgullo no es la palabra que yo utilizaría, pero le aseguro que están al corriente de mis quehaceres. —Isabella lo miró. Los nervios que había delatado al hablar tan rápido se hicieron también evidentes cuando se mordió el labio inferior.
Aunque ninguno de los dos había hecho referencia a aquella noche de tiempo atrás, en los bosques de Pennington, el recuerdo pesaba entre los dos y, al ignorarlo, se volvía cada vez más omnipresente.
Edward quería hablar de ello. Dios, qué ganas tenía de hablar de ello. Tenía tantas cosas que preguntarle a Isabella. Pero en vez de eso recondujo la conversación hacia un tema con el que los dos se pudieran sentir cómodos.
—Coincido con usted, el mar abierto es como una hoja en blanco. Las posibilidades y los misterios que ofrece son infinitos.
—Sí —contestó ella con una sonrisa preciosa.
— ¿Cómo está su familia?
—Muy bien. Mi hermano está en Oxford. Mi padre está muy satisfecho por ello, evidentemente. Y mi hermana se ha convertido en una anfitriona de gran renombre. Le será de mucha ayuda cuando vuelva usted a Inglaterra.
— ¿Se casó con el conde de Black, no?
—Sí. Yo los presenté la víspera de mi boda y se enamoraron a primera vista. Cometieron la vulgaridad de casarse por amor.
—Fue una noche para recordar —no pudo resistir la tentación de añadir él.
— ¿Y su familia? —Un leve rubor le tiñó las mejillas—. ¿Cómo están?
—Como siempre. Mi hermano Demetri, aunque ahora se llama lord Demetri Masen, todavía tiene que engendrar un heredero, algo que perturba enormemente a mi padre. Tiene miedo de que algún día sea yo el que tenga que heredar el ducado y que su peor pesadilla se haga realidad.
Ella lo reprendió con la mirada.
—Qué tontería. A todo el mundo le resulta difícil afrontar los problemas para concebir. Seguro que lady Masen también lo está pasando mal.
La comprensión con que Isabella habló sin duda procedía de un lugar muy profundo, lo que hizo que Edward recordase que ella había estado seis años casada sin tener hijos.
Se apresuró a cambiar de tema.
—No recuerdo en qué época del año la llevó Emmett a Jamaica, pero ahora hará mucho calor. De vez en cuando, hay una pequeña tormenta durante la tarde, pero en seguida sale el sol. A la mayoría de la gente le parece encantador, espero que a usted también.
Ella le sonrió de un modo que no pretendía ser seductor, pero que a él se lo pareció.
—Navega por conversaciones peliagudas con sumo aplomo.
—Una cualidad necesaria a la hora de hacer negocios. —La miró a los ojos—. ¿Está sorprendida? ¿Impresionada?
— ¿Le gustaría que lo estuviese?
—Por supuesto.
— ¿Por qué? —Arqueó una ceja perfecta.
—Usted es el epítome de la aristocracia. Si alguien recibe su aprobación, el resto creerá que es digno de ella.
—Me concede más importancia de la que merezco —replicó ella, cambiando de expresión.
Edward se volvió un poco, se apoyó en la barandilla y la miró.
—Entonces, permítame que le diga que me haría muy feliz ganarme su estima.
Isabella movió la sombrilla y ocultó el rostro tras ella.
—De momento está haciendo un trabajo excelente.
—Gracias. Sin embargo, no me culpe si me esfuerzo un poco más.
—Ya se está esforzando bastante.
Se lo dijo en un tono de voz tan recatado que Edward volvió a sonreír.
Esa vez fue ella la que cambió de tema.
— ¿El mar alrededor de la isla es tan cristalino como recuerdo?
—Transparente como el cristal. Desde la orilla pueden verse nadar los peces. Y hay varios lugares en la costa donde el mar es tan poco profundo que uno puede ir caminando hasta el coral.
—Tendré que buscar uno de esos lugares.
—Yo la llevaré.
Esa frase consiguió que Isabella levantase el parasol.
—No me dirá que su obligación para con Jasper llega hasta ese extremo.
—Le aseguro que nada me gustaría más.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Edward supo que el tono ronco de su voz había sido demasiado revelador. Pero no podía hacer nada para cambiarlo. Y menos ahora, con la imagen de ella jugando en la orilla, con la falda levantada y los tobillos al descubierto. Quizá incluso las pantorrillas...
—Creo que por hoy ya he tomado bastante el sol —anunció Isabella, dando un paso hacia atrás—. Ha sido muy agradable hablar con usted, señor Masen.
Edward se irguió.
—Estaré por aquí las próximas semanas —bromeó—, lo digo por si le apetece volver a compartir el sol conmigo.
—Lo tendré en cuenta —contestó ella por encima del hombro, mientras se iba.
La suave insinuación que tiñó la voz de Isabella llenó a Edward de satisfacción. Era una victoria pequeña, pero hacía mucho tiempo que había aprendido que tenía que conformarse con lo que ella le diese, por insignificante que fuese.
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Mientras Isabella volvía a disfrutar de una cena sorprendentemente deliciosa en el camarote del capitán, desvió la mirada repetidas veces hacia Edward Masen. No podía dejar de pensar en lo fascinante que era el hombre en que se había convertido. No tenía ningún problema en darle órdenes al capitán, un hombre formidable y mucho mayor que él. El médico del barco, que a ella le habían presentado sólo con el nombre de Gradi, también lo respetaba mucho más allá de lo que requería su relación profesional. Ambos caballeros parecían tener muy en cuenta a Edward y sus opiniones. Y, a cambio, él los trataba como a iguales, lo que dejaba a Bella muy impresionada.
Igual que la noche anterior, Bella se esforzó porque fluyese la conversación y la dirigió hacia temas amenos para los hombres. En aquel mismo instante estaban hablando sobre la esclavitud, un asunto que generaba conflictos en algunos círculos. Al principio, Edward dudó en expresar su punto de vista sobre el asunto y en explicar cómo conseguía mano de obra para su plantación. Pero cuando ella mostró interés por el tema, accedió a explicárselo.
Bella recordó una época en que había criticado a Edward por la facilidad con la que iba en contra de las normas establecidas; sin embargo, ahora se dio cuenta de que ésa era una de sus mejores cualidades. Ni el padre de Bella ni Emmett hablaban de negocios o de política delante de ella. Que Edward estuviese dispuesto a hacerlo le daba fuerzas para ser más atrevida y para hablar de temas que nunca antes se habría atrevido a tocar.
— ¿La mayoría de las plantaciones siguen recurriendo a la esclavitud? —preguntó, consciente de que la abolición de la trata de esclavos no había conllevado la desaparición de la esclavitud en sí misma.
El capitán se tocó la barba.
—Es igual que con la piratería, una ley no puede cambiar el modo de hacer negocios. El Escuadrón Preventivo no tiene suficientes hombres.
— ¿Los piratas son un problema para usted, capitán?
—Son como una plaga para todos, pero me enorgullece poder afirmar que ningún barco bajo mi mando ha sido abordado.
—Por supuesto que no —afirmó Bella con convicción, ganándose así una sonrisa del capitán Morris. Dirigió entonces su atención hacia Edward, preparándose mentalmente para el impacto que siempre le causaba mirarlo. El esfuerzo fue en vano. El efecto que le producía aquel hombre no iba a menos con el paso del tiempo ni perdía intensidad al haber aumentado la frecuencia con que lo veía—. ¿Hay esclavos en «Calipso»?
Él asintió.
—La mayoría de las plantaciones tienen esclavos.
— ¿Incluida la suya?
Edward se apoyó contra el respaldo de la silla y apretó los labios antes de contestar, como si estuviese calibrando la respuesta antes de dársela. Isabella valoró positivamente que fuese tan precavido, una característica que antes jamás le habría atribuido.
—Desde un punto de vista empresarial, la esclavitud es poco práctica. Y desde un punto de vista personal, prefiero que la gente que trabaja para mí lo haga porque así desea hacerlo, libremente.
—Está esquivando mi pregunta.
—No tengo esclavos en «Twilight» —contestó, mirándola de un modo que dejaba claro que estaba pendiente de su reacción—. Mis empleados trabajan con contrato. La mayoría son chinos o indios, aunque también hay algunos negros, pero todos son hombres libres.
—«Crepúsculo»... —murmuró ella, traduciendo el nombre de la plantación—. Qué bonito.
—Sí. —Esbozó una enigmática sonrisa—. Soy un sentimental...
A Bella se le puso la piel de gallina. De nuevo Edward volvía a hacer referencia a aquella noche en el bosque de Pennington. Pero no lo estaba haciendo del modo en que ella había esperado. Había hablado con ternura, como si fuese algo íntimo entre los dos y no burlándose de ello o sugiriendo nada indiscreto.
Pero ¿por qué tenía valor sentimental para él aquel incidente tan lujurioso?
Lo vio llevarse la copa a los labios y seguir mirándola por encima del borde. Aquellos ojos verdes suyos la retenían con tanto ardor que Bella sintió como si los rayos del sol le estuviesen acariciando la piel.
No tuvo más remedio que reconsiderar la opinión que tenía de esa noche. El acto en el que participaba Edward era obsceno y, durante mucho tiempo, ella sólo se había fijado en eso. Sin embargo, durante los instantes en que sus miradas se encontraron había... había habido algo más. No podía entenderlo y tampoco podía explicarlo y eso la asustaba. Si alguien le hubiese descrito esa escena en la glorieta, le habría resultado horrible y no habría podido atribuirle nada positivo. Pero le había pasado a ella y la conversación que mantuvo luego, esa misma noche, con Emmett cambió su vida irrevocablemente.
Se vio obligada a reconocer necesidades que no sabía que tenía, y el deseo le dio la tenacidad necesaria para buscar al hombre con el que iba a casarse y pedirle que las satisficiera. Y el resultado habían sido seis años de maravilloso matrimonio.
Quizá Edward también hubiese ganado algo. Bella confió en tener algún día el suficiente valor para preguntárselo.
— ¿Por qué Emmett seguía utilizando esclavos si había otros sistemas disponibles? —preguntó, porque necesitaba centrarse en algo menos personal.
—No piense mal de él —contestó Edward—. Su marido no supervisaba la gestión de «Calipso». El capataz y el encargado de la plantación se ocupan de esas cosas, siempre pensando en proteger los intereses del propietario.
—O sea, obtener el máximo beneficio.
— ¿Acaso las dos cosas no son lo mismo? —Edward se inclinó hacia adelante y la miró directamente a los ojos—. Espero que sea consciente de eso. Los ideales están muy bien, pero no dan de comer y no compran ropa y tampoco te hacen entrar en calor.
—Usted utiliza otro sistema —le recordó Bella.
No le había sentado bien pensar que sus vestidos, sus joyas, su carruaje y otros muchos lujos habían sido pagados con el sudor de hombres esclavizados. Ella sabía mejor que nadie lo que era sentirse indefensa y a merced de otra persona.
—Mis otros negocios me permiten esa licencia.
—Entonces, ¿tengo que entender que los ideales se compran con dinero, que los tienen los que poseen bastantes monedas y, los que no, se ven obligados a venderlos para poder comprárselos?
—Quizá sea poco romántico —contestó él—, pero así es la realidad.
Allí estaba. El joven que apostaba, el que estaba dispuesto a acostarse con una mujer a cambio de dinero. Bella se había preguntado dónde se había escondido y ahora sabía que no se había ido a ninguna parte. Sencillamente, había aprendido a ocultarse.
—Una respuesta de lo más esclarecedora —murmuró, antes de beber un largo trago de vino.
En cuanto le fue posible, se disculpó y se dispuso a volver a su camarote. Recorrió el pasillo tan rápido como se lo permitió el decoro.
—Isabella.
El sonido de su nombre pronunciado por la profunda voz de Edward le causó una reacción de lo más enervante. No se detuvo hasta que llegó frente a la puerta de su habitación y allí se dio media vuelta y lo miró.
— ¿Sí, señor Masen?
Igual que la noche anterior, Edward Masen ocupaba casi todo el espacio.
—No era mi intención ofenderla.
—Por supuesto que no.
Aunque parecía tranquilo, el modo en que se pasó la mano por el pelo sugería lo contrario.
—No quiero que piense mal de Emmett por las decisiones que tomó con el fin de cuidarla lo mejor posible. No era ningún tonto. Sencillamente, aprovechó las oportunidades que se le presentaron.
—Me ha malinterpretado —dijo ella, sintiendo una extraña sensación de euforia. Igual que con Emmett, con Edward no tenía miedo de decir lo que pensaba—. El sentido común no me ofende, ni tampoco la gente que es práctica, ni siquiera la avaricia bien intencionada. Lo que me molesta es que me subestimen. Sé por experiencia que no es bueno ceder por cuestiones sentimentales, aunque sea por un buen fin. Sin embargo, me gustaría renegociar el contrato que «Calipso» tiene con usted para ver si así consigo los fondos necesarios para contratar trabajadores libres. O quizá lo que debería hacer es aumentar la producción de ron. En cualquier caso, es posible que encuentre la manera de permitirme tener ideales, si ése es mi deseo.
A él le brillaron los ojos bajo la luz de las lámparas.
—Me siento debidamente reprendido, Milady. Estaba convencido de que quería vender «Calipso», y por eso he dado por hecho que sus preguntas hacían referencia al pasado y no al futuro.
—Hum... —dijo ella, escéptica.
—Hubo una vez en que la subestimé —reconoció él, cogiéndose las manos detrás de la espalda—. Pero de eso hace mucho tiempo.
Bella no pudo resistir la tentación de preguntar:
— ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
—Usted. —Y esbozó su famosa e irresistible sonrisa—. Cuando se le presentó el dilema entre huir o quedarse, eligió quedarse.
La punzada que sintió Bella en el pecho desinfló su valor. Se dio media vuelta hacia la puerta, pero se detuvo antes de entrar en el camarote.
—Yo nunca le he subestimado.
Edward le hizo una leve reverencia.
—Entonces, le ruego que no empiece ahora. Buenas noches, lady Cullen.
Ya en el interior de su habitación, Bella se apoyó en la puerta y deseó que el corazón le dejase de latir tan rápido.
La siempre eficiente Jane la estaba esperando con un paño empapado. Mientras ella se refrescaba las mejillas, vio que su doncella la miraba y adivinaba lo que estaba pasando. Bella se dio media vuelta y le mostró los botones del vestido.
Por esa noche, con una persona que pudiese ver en su interior le bastaba.
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Alice acababa de colocarse la última pluma blanca de su tocado cuando su esposo entró en el dormitorio medio vestido. Llevaba el pañuelo suelto alrededor del cuello y el chaleco desabrochado. Jacob estaba recién bañado y afeitado, a juzgar por el pelo húmedo y las mejillas sin barba. No cabía ninguna duda de lo atractivo que era, con aquel pelo rubio y los ojos azules. Juntos formaban una pareja resplandeciente; él rubio y exudando encanto por los cuatro costados, ella también rubia y de comportamiento ejemplar.
Jacob le hizo un gesto con la cabeza a la doncella, Sarah, que estaba eliminando las últimas arrugas del vestido azul que Alice iba a estrenar esa noche.
—Esperaba que te pusieras el de bordados rosa. Estás preciosa cuando lo llevas, en especial si también te pones las perlas de mi madre.
Ella buscó la mirada de su doncella en el espejo y asintió, cediendo a los deseos de su esposo. La alternativa implicaba una discusión que sería mucho mejor evitar.
Sarah le quitó el vestido con suma rapidez y, en cuanto el rosa estuvo encima de la cama, Jacob la despidió. La doncella palideció y salió del dormitorio, temiéndose sin duda lo peor. El comportamiento de Jacob no seguía ningún patrón lógico y sus actos de violencia carecían de cualquier explicación.
En cuanto se quedaron a solas, él colocó las manos en los hombros de Alice y le masajeó los hombros. Cuando sus dedos la rozaron, ella tembló de dolor y Jasper se dio cuenta. Se tensó y miró el lugar que había estado tocando.
Alice miró a su esposo a través del espejo, esperando ver en su rostro muestras de remordimiento. En aquel aspecto era distinto de su padre, que nunca se había arrepentido de sus acciones.
— ¿Recibiste mi regalo? —susurró, acariciándole con más suavidad el morado que le cubría el hombro derecho.
—Sí. —Señaló la cajita encima del tocador, justo delante de ella—. Gracias. Es precioso.
—Palidece a tu lado. —Al hablar, le rozó el lóbulo de la oreja con los labios—. No te merezco.
Alice pensaba a menudo que se merecían el uno al otro. Por todas las veces que Bella la había defendido y había ocupado su lugar ante la furia de su padre. Al menos, su hermana había sido feliz durante lo que había durado su breve matrimonio.
Era tristemente irónico que tiempo atrás Alice hubiese pensado que Jacob y ella podían ser felices porque los dos provenían de hogares marcados por el abuso paterno. Ambos comprendían las cicatrices del otro y sabían lo que tenía que sufrir un niño para sobrevivir en un hogar así. Pero Alice había descubierto que las personalidades de los que sufren esos abusos desde muy pequeños quedan marcadas de un modo distinto. Les dejan una huella en el alma y se manifiestan de modos que no siempre son evidentes.
Ya lo dice el refrán: «De tal palo, tal astilla».
— ¿Cómo te ha ido el día? —le preguntó a su esposo.
—Se me ha hecho muy largo. Lo he pasado pensando en ti. —Le dio un leve empujón para que se diese la vuelta y ella lo hizo, girando despacio en el taburete hasta que el espejo del tocador quedó a su espalda.
Jacob se arrodilló delante de ella y deslizó las manos hasta sujetarla por las pantorrillas. Le apoyó la cabeza en el regazo y dijo:
—Perdóname, cariño.
—Jake —suspiró ella.
—Lo eres todo para mí. Nadie me entiende como tú. Sin ti, estaría perdido.
Alice le pasó las manos por el pelo todavía húmedo.
—No eres tú mismo cuando bebes.
—No, no lo soy —convino él, frotando la mejilla en el muslo que sabía que ella tenía amoratado—. No puedo controlarme. Tú sabes que yo jamás te haría daño a propósito.
No tenían alcohol en ninguna de sus residencias, pero Jacob podía conseguirlo sin dificultades en otra parte. Cualquiera que lo viera cuando bebía, diría que era un borracho simpático, un tipo de lo más divertido. Hasta que volvía a casa, donde estaban Alice y todos los demonios que lo atormentaban.
Ella notó que las lágrimas de él le empapaban la ropa y los muslos.
Jacob levantó la cabeza y la miró con los ojos enrojecidos.
— ¿Puedes perdonarme?
Cada vez que le hacía esa pregunta, le costaba más responder. Durante la mayor parte del tiempo era el marido perfecto. Afectuoso y detallista. La cubría de regalos y era muy cariñoso, le escribía cartas de amor y le compraba siempre lo que quería. La escuchaba cuando hablaba y se acordaba de todo lo que ella decía y de lo que le gustaba. Alice medía sus palabras cuando algo le gustaba, porque si lo decía claramente, Jacob hacía lo que fuese necesario para poder dárselo.
Pero había otras ocasiones en que se convertía en un monstruo.
Todavía había una parte de ella que estaba locamente enamorada de los recuerdos que habían vivido durante los primeros tiempos de su matrimonio. Pero a la vez, lo odiaba.
—Mi querida Alice —murmuró él, subiendo las manos hasta su cintura—. Permíteme que te compense. Deja que te adore como mereces.
—Milord, por favor. —Le cogió las muñecas con los dedos—. Nos esperan en el baile de Hale. Ya me he arreglado el pelo.
—No te despeinaré —le prometió con aquella voz tan ronca que en el pasado la había llevado a cometer actos lascivos en carruajes y alcobas y en cualquier lugar que les ofreciese algo de intimidad—. Déjame hacerlo.
Jacob la miró con los ojos entrecerrados. Estaba excitado y decidido y cuando él tenía ganas de hacer el amor, «no» no era una respuesta bien recibida. Las pocas ocasiones en que Alice había intentado negarse porque se sentía incapaz de soportar que volviese a tocarla con ternura, Jacob bebía hasta ponerse furioso y entonces hacía que ella se arrepintiese de haberlo rechazado. Luego la poseía por la fuerza y después se justificaba diciendo que Alice también había alcanzado el orgasmo. Al fin y al cabo, razonaba en su mente, ella también debía de tener ganas si al final terminaba gustándole tanto.
Alice prefería el dolor que le causaban los puños de Jacob a sentirse traicionada por su propio cuerpo.
Notó que le deslizaba la ropa interior por debajo de las nalgas y cómo las medias seguían el mismo camino hasta dejarla completamente desnuda. Jacob le colocó sus enormes manos en las rodillas y se las separó. Le acarició la parte interior de los muslos con el aliento.
—Eres tan preciosa —la halagó, abriéndole el sexo con los dedos—. Tan suave y tan dulce y rosada como una concha.
El conde de Black era todo un seductor antes de casarse con ella. Sus manos, su boca y su miembro habían adquirido más pericia sexual que muchos hombres. Y cuando desplegaba todas sus habilidades con su esposa, el cuerpo de ésta siempre la traicionaba.
No importaba lo decidida que Alice estuviese a seguir distanciada de él para ver si así conseguía sobrevivir con su cordura intacta, él era más tozudo que ella y podía llevarle minutos u horas, no importaba.
Jacob le recorrió el clítoris con la punta de la lengua. En vano, Alice intentó resistir el placer; cerró los ojos, apretó los dientes y se sujetó con fuerza de los antebrazos de la banqueta. Cuando el inevitable clímax le recorrió el cuerpo, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te amo —dijo él con sentimiento.
¿Qué decía de ella que sintiese tanto placer en manos del hombre que le causaba tanto dolor? Quizá, en su caso, el legado de su padre se manifestaba más claramente en la intimidad que en su faceta pública.
Jacob retomó su asalto sexual y la inclinó hacia atrás, separándole más las piernas. La penetró con la lengua, y la mente de Alice retrocedió hasta un lugar muy oscuro, completamente separado de su cuerpo. Al menos, eso era una bendición. Una muy bienvenida.
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Holiss por acá estoy de regreso… ya el capi que sigue está lleno de pasión. Heheheh si les doy permio para que maten a Jacob es un HDP… lo sé pobre Alice. Edward y su doble sentido en las palabra, Bella esta dentro de la cueva del lobo y con el lobo adentro! Espero que les gustara el capitulo, no olviden decirme si es gusta o no. Nos leemos en el próximo.
Un abrazo a todas las lectoras, miles de gracias por leer, por agregar esta historia en sus alertas y favoritos, y por dejar review, son increíble.
XoXo
¿Review?
