La historia NO ES MIA, es una adaptación de Sylvia Day.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Gracias a la Hermosa Maru por ayudarme en las correciones :D
—¡Izad las velas!
Jane levantó la vista hacia el puente de cubierta como si pudiese ver algo en medio de tanta actividad.
—Dios, ¿qué significa eso?
Bella dejó el libro que estaba leyendo y frunció el cejo. Era media tarde y se había quedado en el camarote para seguir pensando en la creciente fascinación que sentía por Edward Masen. Le daba un poco de miedo ese constante descubrimiento de un hombre por el que se sentía innegablemente atraída. Un hombre tan alejado de la vida para la que a ella la habían educado que no sabía cómo podría ser nada más que un placer transitorio. Esa fascinación podría por tanto resultar peligrosa, teniendo en cuenta que el bien más preciado de Bella era su reputación.
Pero aunque poseyese la naturaleza adecuada para ello, Bella jamás podría ser la amante de ningún hombre. Los conocimientos que tenía del arte del flirteo y de la seducción eran prácticamente inexistentes. Su padre la comprometió con Emmett antes incluso de presentarla en sociedad y ella no tenía ni idea de cómo hacía la gente para tener aventuras clandestinas. ¿Cuántas terminaban llevándose a cabo en glorietas? ¿Cuántos amantes prohibidos se cruzaban en público sin dirigirse una mirada o una sonrisa, o la más leve muestra de afecto? ¿Cómo podía tener nadie una aventura sin convertirla en algo rastrero? Bella no entendía que alguien pudiera hacerlo y no sentirse sucio por haberse rebajado a tal comportamiento.
El sonido de pasos acelerados y de órdenes dadas a gritos provenientes del pasillo la alertaron de que algo iba mal. Y el sonido de unos objetos pesados siendo arrastrados por la cubierta la preocupó todavía más.
—¿Cañones? —le preguntó Jane con los ojos muy abiertos.
—Quédate aquí —le dijo Bella, poniéndose en pie.
Al abrir la puerta, vio que el caos se había instalado en el barco. El pasillo estaba lleno de marinos abriéndose paso; unos para ir a cubierta y otros para obedecer las órdenes que llegaban desde abajo.
Gritó para ver si alguien la oía.
—¿Qué está pasando?
—Piratas, señora.
—Dios santo —farfulló Jane, que estaba espiando por encima del hombro de su señora.
—El capitán me dijo que ningún barco comandado por él había sido abordado nunca.
—Entonces, ¿por qué está cundiendo el pánico?
—Querer estar preparado no es señal de indefensión ni de terror —le señaló Bella—. ¿Acaso no prefieres que los piratas vean que estamos listos para luchar?
—Preferiría que los piratas no nos vieran de ninguna manera.
Bella le señaló la caja de botellas.
—Tómate una copa. Volveré en seguida.
Y lanzándose en medio de la marea de hombres que seguían en el pasillo, fue esquivándolos hasta llegar a cubierta. Una vez allí, buscó el otro navío con la mirada, pero lo único que distinguió fue el mar. Sin embargo, lo que vio junto al timón del Aqueronte la dejó sin aliento; Edward capitaneaba la embarcación y parecía la imagen misma de un pirata. Iba sin chaqueta ni chaleco y estaba de pie, con las piernas ligeramente separadas y un sable colgándole de la cintura.
Se quedó hipnotizada mirándolo. El viento sacudió el pelo de él y le hinchó las voluminosas mangas de la camisa. Verlo con aquel aspecto tan peligroso le aceleró el corazón.
Edward la vio y una emoción muy intensa atravesó su semblante. Negó con la cabeza, pero para Bella fue como si la hubiese llamado.
Esquivó los obstáculos de cubierta y llegó hasta él casi sin aliento. Edward la cogió por una muñeca en cuanto Bella estuvo lo bastante cerca y tiró de ella.
—Estar aquí arriba es demasiado peligroso. —De algún modo consiguió hacerse oír por encima del ruido sin necesidad de gritar—. Vaya abajo y manténgase alejada de los ojos de buey.
Bella volvió a mirar hacia el océano y gritó.
—No veo a ningún pirata. ¿Dónde están?
Antes de que supiera lo que Edward iba hacer, éste la colocó delante de él. Isabella estaba atrapada entre el timón y su cuerpo.
—Demasiado cerca —le contestó Edward.
Sí, lo tenía demasiado cerca.
— ¿Qué está haciendo?
Respondió con los labios pegados a su oreja.
—Dado que está decidida a mantener una conversación conmigo en circunstancias peligrosas, me veo obligado a protegerla.
—No es necesario, me iré a...
Un estallido la hizo saltar. Segundos más tarde, la bala de un cañón aterrizó en el agua detrás de ellos, salpicando en el aire.
—Demasiado tarde. —Edward se tensó detrás de ella, fuerte como una piedra, pero cálido como el sol—. No puedo correr el riesgo de perderla.
Cada vez que él respiraba, le acariciaba la oreja con su aliento y a ella un escalofrío le recorría la espalda. Le habría parecido imposible excitarse rodeada de tantos extraños, pero era innegable que los pezones se le habían endurecido y que buscaban ansiosos las caricias de la brisa marina que soplaba contra su vestido de seda.
Edward tensó el brazo y la apretó con más fuerza. Los pechos de Bella quedaron encima de su antebrazo. Teniéndolo como lo tenía pegado a su espalda, Bella pudo percibir sin ninguna duda que él estaba respondiendo físicamente a su cercanía.
Lo único que se interponía entre ella y Edward Masen, famoso por sus aventuras y porque no le importaba lo más mínimo respetar las normas de la sociedad, eran unas meras capas de ropa. Bella deseó que no hubiese nada entre los dos. Echaba de menos sentir las manos de un hombre sobre su piel, la sensación de tener un cuerpo tan fuerte encima, dentro de ella...
Llevaba un año sola y un hombre guapo y encantador la estaba convirtiendo en una buscona.
Dios santo..., un año. El aniversario. Recordó qué fecha era y todo su cuerpo se tensó. Al día siguiente se cumpliría un año de la muerte de Emmett y allí estaba ella, apretando las nalgas contra un hombre cuyas intenciones era imposible que fuesen honorables y recordando que hacía siete años que no se sentía tan... llena de vida.
Sentir ese deseo le pareció una traición. Era la viuda de un buen hombre, uno que le había dado una paz y una seguridad con las que ella jamás se habría atrevido a soñar. Un hombre que la había amado de verdad. Entonces, ¿por qué se sentía tan unida a aquel seductor que tenía pegado a la espalda? Edward la fascinaba de un modo como jamás la había fascinado su querido esposo.
Al notar el cambio en ella, Edward dijo:
—¿ Isabella?
Un marino gritó justo a su derecha, asustándola. La ruda voz del hombre resonó en su oído y la forzó a darse cuenta del caos que los rodeaba. Cada grito y cada orden, cada golpe y cada explosión retumbaban en su interior.
Sintió pánico y forcejó para apartarse de los brazos de Edward.
—Suélteme.
Él lo hizo de inmediato y ella corrió.
—¡ Isabella!
Con la respiración acelerada, ella se abrió paso entre la tripulación y los cabestrantes. Desde antes de casarse con Emmett no había tenido un ataque de pánico de tal magnitud. Los recuerdos la bombardeaban: los gritos de su padre, los llantos de su madre, cristales rotos, lágrimas de desesperación... Esos recuerdos se mezclaban con lo que estaba sucediendo a su alrededor y no podía asimilarlo todo. La conmoción estalló junto a la oreja por la que no oía y la hizo perder el equilibrio.
Tambaleándose y sin importarle lo que sucedía a su alrededor, Bella aceleró el paso, desesperada por recuperar la paz en su camarote.
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Edward apenas durmió y se despertó antes de que saliese el sol. Se puso a trabajar en la cubierta junto con el resto de la tripulación, con la esperanza de que eso le sirviese de vía de escape de toda la tensión que acumulaba.
La noche anterior, Isabella había declinado la invitación para cenar en el camarote del capitán. Y ahora brillaba el sol de un nuevo día y ella aún no se había dejado ver.
¿Qué lo había impulsado a sujetarla de ese modo? El poco terreno que había ganado con ella desde que habían zarpado lo había perdido al comportarse de manera tan insensata.
Edward sabía que la culpa era sólo suya, pero cuando notó el viento en la cara y todo lo que sucedía a su alrededor, le hirvió la sangre. Y cuando Isabella apareció, sintió la apremiante necesidad de abrazarla y no soltarla nunca.
La habría seguido cuando se fue, pero no podía dejar el timón. Y luego se sintió enormemente decepcionado al ver que no asistía a la cena. Ella animaba la mesa con su conversación y con su ingenio. Su honestidad era refrescante y Edward disfrutaba viendo con qué facilidad encandilaba al resto de comensales.
Estaba sopesando los pros y los contras de ir a buscarla cuando su doncella apareció en cubierta. La chica llevaba el pelo oscuro oculto bajo una cofia y un chal de lana gruesa alrededor de los hombros. Saludó a James, que la miró como hacen los jóvenes embelesados, y luego se acercó a la borda para mirar el mar.
Edward se acercó a ella y la saludó.
La muchacha le hizo una breve reverencia.
— ¿Señor?
—Confío en que su señora se encuentre bien. Anoche la echamos mucho de menos durante la cena. Si necesita algo, por favor no dude en decírmelo.
La doncella le sonrió antes de contestar.
—Me temo que mi señora no necesita nada. Hoy se cumple un año de la muerte del señor.
— ¿Está así porque es el aniversario de la muerte de Emmett?
Edward frunció el cejo. La tarde anterior, Isabella se había ido muy alterada de cubierta... Estaba seguro de que había tenido que ver con él.
—Creo que sólo necesita estar sola, señor. Me ha dicho que podía retirarme y acostarme pronto. Mañana lo verá todo más claro.
Edward asintió y se dio media vuelta, apretando la mandíbula tan fuerte que incluso le dolió.
Maldición, tenía celos de un muerto. Llevaba años celoso de él. Desde aquella noche en los jardines de Pennington, cuando la siguió y la encontró seduciendo al siempre correcto vizconde de Tarley para que éste satisficiese el deseo que él le había despertado. Él le había descubierto lo que era la pasión, pero Emmett era el único con derecho a saciarla. Sólo de pensar que la historia pudiese repetirse de nuevo...
¿Isabella se había apoyado contra él de aquel modo tan sensual y eso la había hecho pensar en Emmett?
Suspiró en voz queda y bajó la escalera. Cuando llegó a la puerta del camarote de Isabella, se aseguró de que no lo veía nadie y entró.
Pero entonces se detuvo de golpe. El cerebro dejó de funcionarle del todo, pues la visión que lo recibió lo dejó tan atónito que tardó un momento en recordar que tenía que cerrar la puerta. La cerró de inmediato, aunque antes volvió a echar un vistazo al pasillo para asegurarse de que nadie más había visto lo que a él lo había desarmado por completo.
—Señor Masen —susurró el objeto de su obsesión—. ¿Acaso no le han enseñado que tiene que llamar antes de entrar?
Una pierna larga y desnuda colgaba por el lateral de la bañera de cobre. Isabella estaba sonrojada por el calor que desprendía el agua caliente y por el clarete que había bebido... a juzgar por el modo en que arrastraba las palabras, la falta de pudor y la botella que había encima del taburete. Llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza, lo que le daba un aspecto tan desaliñado y sensual que parecía sacada de los sueños eróticos que Edward llevaba años teniendo con ella.
Se sentía más que satisfecho de presenciar aquella imagen tan sensual. Isabella tenía una piel preciosa, del mismo color y tacto que el melocotón, los pechos más voluptuosos de lo que se había imaginado y las piernas más largas de lo que había soñado.
Embarcar aquellos barriles de agua para que ella pudiese bañarse había sido una genialidad.
Al ver que él seguía mudo, Isabella arqueó una ceja y le preguntó:
— ¿Le apetece tomar una copa?
Edward se acercó al taburete con tanto aplomo como le fue posible, teniendo en cuenta la impresionante erección que tenía bajo los pantalones. Cogió la botella y bebió directamente de ella. Quedaba muy poco vino y, aunque era una cosecha excelente, no consiguió calmar su sed, que sólo fue a peor, ahora que podía ver a Isabella de frente.
Tenía la cabeza echada hacia atrás y lo estaba mirando con los ojos entrecerrados.
—Está sorprendentemente cómodo viendo a una mujer bañarse.
—Está sorprendentemente cómoda dejando que un hombre la vea bañarse.
— ¿Hace este tipo de cosas a menudo?
A Edward hablar de antiguas amantes nunca le había parecido recomendable y no iba a empezar a hacerlo en ese momento.
— ¿Y usted?
—Es la primera vez.
—Me siento honrado.
Se acercó a una de las sillas que había junto a la mesa y se preguntó cómo proceder. Aquello era territorio desconocido para él. El día anterior se había precipitado y la había asustado, ahora no podía correr el riesgo de volver a cometer el mismo error.
Y, sin embargo, estaba delante de una mujer desnuda, bebida y sin inhibiciones, que encima resultaba ser la mujer que llevaba años deseando. Incluso un santo se sentiría tentado y Dios sabía que él no era un santo.
Se sentó y vio la caja de botellas de clarete junto a la cama. Que Isabella hubiese viajado con tal cantidad de botellas le indicaba que era una mujer que a menudo buscaba el olvido en ellas.
Le dolió pensar que estuviese tan unida a Emmett. ¿Cómo podía competir con un fantasma? En especial con uno que era evidente que la había satisfecho de un modo que Edward jamás podría.
— ¿Te estás arreglando para venir a cenar con nosotros? —le preguntó, con el tono de voz más despreocupado que pudo.
—No, no voy a acompañaros. —Isabella apoyó la cabeza en la bañera y cerró los ojos—. Y usted no debería estar aquí, señor Masen.
—Edward —la corrigió él—. Entonces dime que me vaya. Aunque creo que te hará falta que alguien te ayude. Y dado que le has dado permiso a tu doncella para retirarse, estaré encantado de ocupar su lugar.
—Has averiguado que estaba sola y te has aprovechado. Eres un inconsciente y actúas sin pensar...
—Y estoy muy arrepentido por haberte hecho enfadar ayer.
Isabella suspiró. Él esperó a que continuase, pero en vez de eso, ella dijo:
—Mi reputación es muy importante para mí.
Aunque no lo dijo, Edward interpretó que le estaba insinuando que él no compartía la misma preocupación.
—Tu buen nombre también es importante para mí.
— ¿Por qué? —Isabella abrió un ojo.
—Porque es importante para ti.
Sentirse observado por un único ojo chocolate le resultó algo desconcertante, pero había sido completamente sincero. Ella asintió y volvió a cerrar el ojo.
—Me gusta notar tu mirada sobre mi piel —dijo, con sorprendente candor—. Y me preocupa que me guste.
Edward ocultó una sonrisa tras el cuello de la botella. Isabella era de esa clase de borrachos que dicen la verdad cuando beben.
—A mí me gusta mirarte. Siempre me ha gustado. Dudo de que a estas alturas pueda hacer algo para cambiarlo. No eres la única que está sintiendo esta atracción.
—Esta atracción no tiene cabida en nuestras vidas.
Él estiró las piernas.
—Pero ahora no estamos en nuestras vidas —dijo—. Ni lo estaremos durante los próximos meses.
—Tú y yo somos personas muy distintas. Tal vez creas que porque me quedé allí esa noche en el bosque de Pennington soy una mujer más enigmática o interesante, pero te aseguro que no es así. Lo único que pasó fue que estaba confusa y muerta de vergüenza. Nada más.
—Y sin embargo estás aquí. Viajando sola a un país lejano. Y no por necesidad, sino porque así lo has decidido. Emmett te ha dejado una gran fortuna ¿Por qué no se limitó a dejarte bien instalada en vez de escandalosamente rica? Al dejarte sus propiedades no sólo te ha dado la posibilidad de hacer lo que quieras, sino que, al mismo tiempo, te ha obligado a tomar las riendas de un negocio a gran escala. Por un lado te protegió y por otro te ha metido de lleno en un nuevo mundo. Me resulta muy intrigante.
Isabella se terminó el vino de la copa y la dejó en el taburete que antes había ocupado la botella. Luego se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos, mirando hacia la puerta.
—No puedo ser tu amante.
—Jamás te pediría que lo fueras. —Apoyó un brazo en la mesa y centró toda su atención en un rizo que se había pegado a la espalda de Isabella. Estaba excitado y duro como el acero, su erección temblaba y era más que evidente debajo de aquellos pantalones hechos a medida—. No quiero esa clase de relación contigo. No quiero que me prestes tus servicios. Lo que quiero es que me desees libremente, que me confieses todos tus anhelos y exigencias.
Los ojos achocolatados de ella se clavaron en los suyos.
—Quiero hacerte sentir placer, Isabella. Quiero terminar lo que empezamos hace siete años.
Edward vio que Isabella estaba considerando su propuesta.
—No consigo entender por qué precisamente hoy —le dijo al fin— estoy teniendo esta conversación contigo.
— ¿Es por eso por lo que Emmett te dejó «Calipso»? ¿Porque quería que siempre fueses suya? ¿Porque no quería que tuvieses ninguna excusa para buscar a otro hombre que te cuidase?
Isabella ladeó la cabeza y apoyó la mejilla en las rodillas.
—Emmett era demasiado bueno para ser tan egoísta. Me dijo que quería que volviese a ser feliz. Que volviese a amar. Y que esta vez eligiese al hombre que yo quisiera. Pero estoy segura de que se refería a que volviese a casarme, no a que tuviera una aventura con un hombre famoso por su promiscuidad.
Edward apretó los dedos alrededor de la copa, pero tuvo el acierto de morderse la lengua.
—Los hombres tenéis mucha más libertad —continuó ella tras un largo suspiro.
—Si lo que quieres es ser libre, ¿por qué piensas en volver a casarte?
—No tengo la más mínima intención de volver a casarme. ¿De qué me serviría? No necesito que me mantengan y, como soy estéril, tampoco puedo ofrecerle nada a ningún hombre respetable.
—La cuestión económica es importante, sin duda, pero ¿qué me dices de tus necesidades como mujer? ¿Te negarás el placer de volver a sentir las manos de un hombre sobre tu piel?
—Hay hombres que sólo producen dolor con sus manos.
Edward sabía que no estaba hablando de Emmett. Todo el mundo que los conocía sabía que el matrimonio estaba muy bien avenido.
— ¿De quién estás hablando?
Isabella se movió, se sujetó a los bordes de la bañera y se levantó igual que la Venus de Botticelli. El agua le resbalaba por el cuerpo escandalosamente desnudo. Se llevó las manos a los pechos y luego se las deslizó hasta el abdomen, siguiendo el recorrido con los ojos. Cuando levantó la cabeza para mirarlo, Edward se quedó sin respiración. Era la mirada de una sirena. Una mirada llena de calor y deseo.
—Dios —farfulló con torpeza—. Eres preciosa.
Nunca antes había estado tan excitado. Estaba a punto de volverse loco de las ganas que tenía de tumbarla sobre la cama y satisfacer de una vez por todas aquel maldito deseo que llevaba demasiados años atormentándolo.
—Me haces sentir como si lo fuera —dijo ella levantando una pierna por el borde de la bañera.
La sinuosa invitación de sus movimientos no le pasó por alto a Edward. Al parecer, la bebida excitaba la pasión de Isabella.
—Puedo hacerte sentir muchas más cosas.
Tenía los pezones rosados y sensualmente erguidos. Por el frío y su piel mojada, pero también porque suplicaban que la boca y las manos de Edward los tocasen.
Él se pasó la lengua por el labio inferior adrede, para que ella supiese en qué estaba pensando y se imaginase al mismo tiempo esa lengua por encima de algunas partes de su cuerpo. Edward sabía que podía volverla loca de deseo. El sexo había sido moneda de cambio para él y era condenadamente bueno en la cama. Si Isabella le daba la más mínima oportunidad, podía demostrarle que ningún otro hombre lograría jamás darle tanto placer. Y estaba decidido a conseguirlo.
A ella no le pasó por alto lo que Edward estaba sintiendo, ni tampoco lo excitado que estaba, y se sonrojó aún más. Desvió la vista hacia el albornoz y dudó si cogerlo o no.
Si hubiera sido capaz, él la habría ayudado a ponérselo, aunque sólo fuese para ver si así recuperaba parte de su cordura. Pero no podía moverse. Su cuerpo ya no le pertenecía. Tenía todos los músculos tensos y alerta y su miembro completamente erecto entre las piernas.
—Puedes ver lo mucho que te deseo —le dijo con voz ronca.
—No tienes vergüenza.
—La tendría si no te desease. Pero entonces no sería un hombre.
Una leve sonrisa apareció en los labios de ella, que cogió una toalla.
—Quizá entonces sea inevitable que yo también te desee. Las demás mujeres son susceptibles a tus encantos. Sería extraño que yo no lo fuese.
La sonrisa de él escondía intenciones pecaminosas.
—Así pues, la última cuestión que te queda por resolver es: ¿qué piensas hacer al respecto?
Bella se detuvo sujetando la toalla. Estar allí de pie, desnuda delante de Edward Masen era una locura. No se reconocía a sí misma ni tampoco cómo se sentía: desinhibida, atrevida, vacía.
¿Qué iba a hacer al respecto? Muestra de su ignorancia era que no se le había ocurrido hacer nada. Pero ahora que se le presentaba el dilema entre actuar o no, comprendió que era ella quien tenía el poder. Ni siquiera se había planteado que la fascinación que le producía Edward pudiese inclinar a su favor la balanza. De hecho, hasta aquel instante se había sentido bastante indefensa.
Soltó la toalla y lo miró.
—Si quisiera que me tocases, ¿por dónde empezarías?
Él dejó la botella encima de la mesa y se sentó más erguido, en una postura que ponía de manifiesto lo incómodo que estaba. Bella podía imaginarse el porqué, a juzgar por la erección que se le marcaba descaradamente.
—Ven aquí —dijo Edward con aquella voz tan ronca que a ella le gustaba tanto— y te lo enseñaré.
Era increíblemente atractivo. Irresistible. Se movía con la gracia de una pantera, conteniendo todo su poder y ocultando la violencia de la que era capaz. Tenía los músculos de los muslos muy bien definidos e Isabella recordó lo fuertes que eran y lo cautivada que la habían tenido siempre. Era muy fácil imaginar lo bien que sabría tocar a una mujer..., a ella...
La recorrió un escalofrío al recordar las manos de Edward sujetándose al poste de la glorieta.
—Puedo hacerte entrar en calor —murmuró él, alargando una mano.
Le bastaba con que la mirase para hacerla arder.
—Me temo que eres demasiado para mí.
— ¿En qué sentido?
Ella desvió los ojos hacia el bulto de su entrepierna.
—En todos los sentidos.
—Permíteme que te demuestre que te equivocas.
La llamó doblando un dedo con arrogancia.
Isabella miró su copa y deseó que no estuviese vacía.
—Tengo la botella aquí —le recordó Edward—. Acércame la copa y te serviré lo que queda.
Ella optó por rechazar el vino y aceptar todo lo demás. Fue una decisión tomada a toda velocidad y se apresuró hacia Edward antes de que su cerebro, bien por la sobriedad o bien por un ataque de sentido común, la hiciese cambiar de opinión. Consciente de que él podía hacerle olvidar todo lo que había a su alrededor, tenía prisa por sentir sus manos sobre su piel, pero perdió el equilibrio, resbaló por culpa de los pies mojados y se precipitó hacia el suelo con un movimiento nada digno.
Él se puso de pie tan rápido que Isabella ni siquiera lo vio. Lo único que su mente tuvo tiempo de procesar fue que, en vez de ir a parar al suelo, estaba pegada al enorme y fuerte cuerpo de Edward.
—Es una suerte que hayas dejado la copa —se burló él con la voz ronca y cálida como el whisky.
Los ojos se le veían tan oscuros que parecían casi negros.
Por un instante, ella no supo qué hacer. Su mente estaba demasiado ocupada sintiendo su cuerpo pegado al suyo y oliendo el aroma de su piel.
Edward se sentó de nuevo y la acomodó encima de él.
—Has conseguido que me tiemblen las rodillas.
Ahora que tenía los ojos a la misma altura que los de él, Isabella se quedó hipnotizada por la fiereza de su mirada.
—Te he dejado empapado —le dijo, a falta de una frase más ingeniosa.
—Pues creo que ahora me toca a mí.
Esa respuesta tan picante la hizo reír.
—Vuelve a hacer eso —le pidió él, enarcando una ceja negra.
—Me parece que no. Podría haberme hecho daño si tú no hubieras sido tan ágil.
Al imaginarse en qué otras cosas sería ágil, su cuerpo reaccionó del modo esperado.
—No me refiero a la caída —puntualizó Edward, irónico—. Me refería a la risa.
Isabella irguió la cabeza.
—No puedo. No sé reír a la fuerza.
Él le recorrió las costillas con los dedos haciéndole cosquillas y ella se rió de nuevo.
Edward paró tan de repente como había empezado.
—Basta de cosquillas. Si vuelves a moverte así encima de mi regazo, pasarán más cosas de las que estoy dispuesto a dejar que pasen mientras tú estás embriagada.
Isabella notaba su erección presionando insistentemente en la parte trasera de sus muslos. Y al comprender que se había estado moviendo encima de esa parte del cuerpo de él, se le subió la sangre a la cabeza y se sintió todavía más embriagada.
—Nos estamos portando muy mal —susurró.
—No tanto como me gustaría, pero tengo intención de remediarlo. Sujétate fuerte.
Se puso en pie y la llevó hasta la cama, donde la dejó y la ayudó a tumbarse; después se tumbó a su lado, de costado, y apoyó la cabeza en una mano.
El cambio de postura afectó radicalmente a Isabella, le ralentizó la circulación de la sangre y le dificultó la capacidad de raciocinio. En la cama se sentía más desnuda que estando de pie y se tapó los pechos con los brazos.
Edward le sonrió con ternura y calidez. Le pasó un dedo por el antebrazo y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
— ¿No preferirías que te tocasen mis manos en vez de las tuyas?
Era una pregunta muy tentadora.
— ¿Dónde?
—Donde tú quieras.
Isabella exhaló el aire despacio y levantó una mano para acariciarle la mejilla. Tenía la piel áspera debido a la hora que era. A ella le gustaba. Una ola de cariño se extendió por su interior antes de darse cuenta de qué estaba haciendo.
La sonrisa de Edward se desvaneció y se puso tenso de un modo alarmante.
Isabella apartó la mano bruscamente.
—Es evidente que no conozco las normas de una aventura.
Tras soltar el aliento, él le cogió la mano y volvió a colocársela en la mejilla.
—Las aventuras no se rigen por ninguna norma.
—Excepto la de no ser romántico —replicó ella—. Trataré de tocarte sólo con la finalidad de consumar.
Edward se tumbó en la cama y se rió. Y siguió riéndose hasta que ella se acostó a su lado. La risa de él era contagiosa e Isabella se quedó mirándolo con una sonrisa en los labios.
—Pues lo has hecho a la perfección —dijo él al fin, todavía con mirada risueña—. Te juro que es la frase menos romántica que he oído en toda mi vida.
Bella se sintió como una boba, pero le gustó. Era bonito que la animase a mostrarse como era.
Edward levantó una mano y le acarició la mejilla, igual que ella había hecho antes. La ternura que se escondía tras ese gesto la sorprendió y emocionó.
— ¿Te gusta? —le preguntó él.
—Me parece muy cariñoso.
—A mí también, yo he pensado lo mismo cuando lo has hecho tú. ¿Por qué no hacemos lo que nos apetezca, lo que nos parezca natural?
Isabella agachó la cabeza, se lamió los labios y se acercó a él para besarlo. Lo miró y, en los ojos de Edward, vio que había adivinado lo que ella pretendía hacer. Se quedó completamente quieto, expectante, alerta. Le había cedido las riendas del encuentro, pero cuando sus labios por fin se tocaron, fue él quien retomó el control. Le sujetó la nuca con las manos y la movió hasta que sus bocas encajaron a la perfección, abrió los labios debajo de los suyos, controlando a duras penas sus ganas de devorarla.
Bella suspiró y se derrumbó encima de él, porque el brazo en el que se apoyaba dejó de sostenerla. Los labios de Edward eran fuertes pero suaves al mismo tiempo; era obvio que sabía lo que hacía y que estaba intentando dominarse. Los besos de Emmett habían sido reverentes, en cambio los de Edward estaban impregnados de sensualidad. El modo en que la besaba y la saboreaba era decadente. Los gemidos de aprobación que salían de los labios de él cada vez que la lamía y el modo en que movía la boca la llevaron a pensar que iba a volverse loca si no se sentía más cerca de él.
Movió la cabeza en busca de lo que estaba buscando y, sorprendentemente, Edward se lo permitió. Aunque siguió sujetándola de la nuca, como si quisiera evitar tocar cualquier otra parte menos inocua de su anatomía.
Como si ella fuese a negárselo.
Isabella se apartó un poco para coger el aire que tanto necesitaba. La dulce presión de los dedos de él en aquel lugar tan inocente consiguió que sintiese como si unos dedos imaginarios se le deslizasen por la espina dorsal hasta la entrepierna.
—Edward...
A pesar de que estaba sin aliento, su nombre salió de sus labios con pasmosa facilidad. Él se apartó de repente y los movió a ambos hasta que Isabella volvió a estar tumbada en la cama, con él encima. La besó en los labios y, con las manos, le acarició el torso hasta llegar a su cintura y su cadera. La sujetó sin hacerle daño, pero con suficiente fuerza como para que ella se diese cuenta de lo mucho que la deseaba. Ese gesto tan revelador excitó a Isabella, la hizo sentir poderosa y femenina y también seductora.
Levantó las manos y acarició el pelo de Edward, enredando los dedos entre sus mechones para transmitirle que sentía la misma pasión. El modo en que él movía la lengua, despacio, imitaba tan bien lo que Isabella deseaba que ocurriese entre ellos, que se humedeció entre las piernas y las partes más sensibles de su sexo empezaron a temblar de deseo.
Arqueó la espalda y pegó los pechos contra la seda del chaleco que Edward todavía llevaba puesto. Él la sujetó con más fuerza por las caderas y la empujó hacia la cama.
—Tranquila —le dijo, acariciándola como si fuese una yegua salvaje—. Te tengo.
—Todavía no —contestó Isabella casi sin aliento y sintiendo como si su cuerpo no le perteneciese—. No lo suficiente.
Él le recorrió la mandíbula con los labios y luego se detuvo junto a su oreja derecha.
—Deja que cuide de ti.
—Por favor.
Sus labios descendieron por su cuello, succionando lo bastante fuerte como para que lo notase, pero no tanto como para dejar una marca. Notar la dulce y hambrienta boca de Edward besándola de ese modo le hacía arder la piel y la atormentaba deliciosamente. Isabella abrió y cerró los dedos entre el pelo de él y estiró los dedos de los pies cuando le besó la clavícula.
Aquel hombre la embriagaba mucho más que el vino, pero al mismo tiempo le agudizaba los sentidos. Era la mejor y la peor manera de enloquecer.
— ¿Por favor qué? —le preguntó él, con su aliento rozándole un pecho.
La miró mientras con la lengua le acariciaba el pezón. Una oscura satisfacción brilló en su mirada cuando Isabella gimió de placer y se sujetó de sus hombros. Notó el terciopelo de su chaqueta bajo las palmas de las manos y recordó que él iba completamente vestido mientras que ella estaba completamente desnuda.
La dicotomía le pareció deliciosa y la hizo sentir atrevida y provocadora, dos adjetivos que antes nunca habría relacionado con ella.
—Por favor, tócame.
— ¿Dónde?
— ¡Tú lo sabes mejor que yo! —exclamó, intentando llevar la cabeza de él hacia sus pechos, pero incapaz de superarlo en fuerza.
—Lo sabré —le prometió en voz baja—. Conoceré tu cuerpo mejor de lo que nadie lo ha conocido nunca, mejor que tú. Pero ahora todavía estoy aprendiendo. Dime lo que te gusta y cómo te gusta que lo haga.
Isabella echó los hombros hacia atrás y levantó los pechos hacia sus labios, en clara ofrenda.
—Aquí. Más.
Él enseñó los dientes y adquirió un aspecto tan pecaminoso que sólo una tonta confundiría aquello con una sonrisa. Llevó una mano al pecho de ella y se lo apretó sólo lo necesario para que Isabella lo desease todavía más.
— ¿Con la mano?
—Con la boca.
Era el vino lo que le daba valor para ser tan atrevida, pero incluso así cerró los ojos para no sentirse tan vulnerable.
Notó el húmedo aliento de Edward un segundo antes de que sus labios le capturasen el pezón. El sonido que salió de la boca de Isabella fue tan desesperado que se negó a creer que había sido ella. Pero cuando su lengua la recorrió, sintió la caricia hasta el interior de su cuerpo y ya no le importó si sonaba desesperada.
Levantó una pierna y la colocó alrededor de una de las botas de él, moviéndose sensualmente bajo su peso. Edward se le había metido bajo la piel varios años atrás y por fin estaba satisfaciendo el anhelo que había creado dentro de ella.
Sus hábiles labios se apartaron, dejándola desnuda.
—Quédate quieta —le ordenó con voz ronca.
Estaba sonrojado y le brillaban los ojos casi como si estuviese enfermo.
Estaba tan loco de deseo como ella, que se sentía envalentonada al ver que casi había conseguido hacerle perder el control. Le sonrió como sólo sabe hacerlo una mujer.
—Oblígame.
…
Perdonen la tardanza, pero he empezado a presentar parciales y el tiempo realmente no me alcanza espero actualizar apenas pueda, ya que las cosas empiezan a entrar en calor, el alcohol parece ayudar un poco xD
Un abrazo a todas las lectoras, miles de gracias por leer, por agregar esta historia en sus alertas y favoritos, y por dejar review, son increíble.
XoXo
¿Review?
