Monstruo
—¿Soy un monstruo, Gaius?
La pregunta cayó sobre el viejo médico, que miró a la joya mirar sus manos con una expresión oscura.
—¿Por qué habrías de decir eso, señor?
—Nunca he entendido por qué soy tan diferente. Mi madre temía, Nimueh, incluso tú temes…
Gaius suspiró.
—No te temo, mi señor, no a ti. Temo que te hagan daño.
Merlín miró a la nada, sus ojos que quizá podían verlo casi todo, perdidos en la incertidumbre.
—¿Por qué me dañarían? No he hecho ningún mal a nadie.
—La gente le teme a lo que no conoce, está en su naturaleza.
—Entonces dices que, para que no me vean como un monstruo, ¿deben llegar a conocerme?
El viejo galeno elevó una ceja, considerando su pregunta, las hierbas de su mortero quedaron en el olvido cuando la joven joya le miró. Merlín le hacía sentir algo vertiginoso, como estar al borde de un gran abismo y aún creer que todo estaría bien. Conocerlo traía consigo ese efecto, un cariño inmenso que solo podía crecer.
Esa ridícula sensación podría ser llamada esperanza.
—Cualquier persona que te conozca, señor, jamás podría llegar a pensar que hay maldad en tu interior. Mucho menos creer esa ridiculez de que eres un monstruo. La magia es cómo un arma, puedes usarla para lastimar o para proteger. Y tú, mi señor, eres sin duda alguna un protector.
Tomando sus palabras, Merlín asintió con una pequeña sonrisa. Gaius lo observó sujetar su capa roja, el bordado de hilos dorados que el Rubí real ha comenzado a bordar con sus hazañas.
—Gracias, Gaius.
Y sabe que él estará bien, porque puede ver lo largo que el bordado será en el futuro.
