Regaño
—¿Crees que perdonarán tu vida si lo descubren? No eres un tonto, Merlín, lo sabes desde incluso antes de que fuera por ti a esa choza, que en este mundo los seres con magia tenemos que ir con cuidado.
Nimueh apresa su rostro con sus dedos, sin mucho cuidado. Solo una joya puede tocar a otra joya siendo tan joven. Merlín reprime las lágrimas, porque llorar es una muestra de debilidad para esta mujer. Lo ha dicho cientos de veces.
—¿Y qué más puedo hacer? Si no puedo usar la magia… ¿Qué más me queda?
—¡Eres una joya! ¡La magia está prohibida!
—¿Entonces por qué he nacido así? —Sus ojos buscan los de Nimueh, que son muy parecidos a los suyos. Ella tiene magia y ella no la usa fuera de los muros del templo—. Si mi destino es ser una joya, ¿por qué tengo magia?
La boca de Nimueh se cierra y hay una chispa de dolor brillando en su rostro.
—No lo sé, Merlín —Da un largo suspiro para calmarse y se aleja de él, su vestido granate se arrastra por el suelo de piedra—. No lo sé, no puedo saberlo todo.
Merlín mira ceñudo hacia el suelo, no va a disculparse por ser él mismo, no va admitir que cometió un error porque simplemente no lo hizo. Esta no es una rabieta de la niñez y, según ella, los adultos no las hacen, así que no tiene un nombre para ello. Es cierto que escabullirse del templo al pueblo no fue sensato, pero usar magia para salvar a esa chica en el río jamás sería un error.
Ella le prometió que no le diría a nadie y él le creía.
—Si no puedo usar magia —Dice cuidadosamente. Nimueh le mira a los ojos y compone un gesto de pena—. No soy nada. Seré una joya sin alma.
—Merlín…
—Si no puedo usar magia, prefiero la muerte.
Está dicho, así que se da la vuelta y sale corriendo del salón. Necesita estar solo.
