Advertencia: La historia NO ES MIA, es una ADAPTACION de Sylvia Day. Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Capitulo no revisado, disculpen si se me escape algo!
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Cariño:
Te confieso que he pensado en ti todo el día, en las cosas que te haría y que seguro que te gustarían. Espero que te estés cuidando.
Aqueronte ladró desde su almohada, junto a los pies de Isabella. Ella se detuvo con la pluma suspendida encima del papel y luego se inclinó para mirar al cachorro.
—¿Qué te pasa?
El perro le respondió con un gemido de desaprobación y luego se acercó a la puerta de la galería. Allí empezó a dar saltos y a girar sobre sí mismo en círculos. Cuando vio que Bella cogía el chal para sacarlo y que pudiese hacer sus necesidades, el animal volvió a dejar caer las orejas y a gruñir. Luego gimió y se hizo pipí en el suelo de madera.
—Aqueronte.
El tono de ella era de resignación. El cachorro gimió del mismo modo.
Bella cogió una toalla que había junto al aguamanil y se encaminó hacia la puerta. A medida que iba acercándose, oyó una voz masculina gritando furiosa. Soltó la toalla sobre el pequeño charco y giró el pomo. Sin la barrera de la madera, los gritos se hicieron más claros e identificó de dónde venían: de los aposentos de Alice.
—No me extraña que estuvieses nervioso —le dijo a Aqueronte en voz baja, mientras lanzaba el chal encima de la silla más cercana—. Quédate aquí.
Recorrió el pasillo sin hacer ruido. La voz de Jacob subía de volumen con cada paso que daba. Se le encogió el estómago y se notó las manos húmedas de sudor. Reconoció el miedo y luchó para seguir respirando tranquila.
—¡Me has humillado! Todas estas semanas..., el combate con Cullen... ¡No permitiré que me pongas los cuernos!
Las respuestas de Alice eran ininteligibles, pero el modo tan rápido en que las ofrecía sugerían que estaba enfadada... o asustada. Y cuando Isabella oyó que se rompía algo, corrió hacia la puerta y la abrió.
Dios santo...
Su hermana estaba en camisón y pálida como un muerto, con los labios apretados, los ojos abiertos como platos y el rostro desfigurado por un terror que Isabella conocía demasiado bien.
Alice ya tenía un morado en la frente.
Jacob estaba de espaldas a la puerta, con los puños cerrados a los costados. Iba vestido como si acabase de llegar y apestaba a licor y a tabaco. Una mesilla estaba patas arriba y la urna que la decoraba se había roto al caer al suelo.
Cuando Jacob empezó a avanzar, Bella gritó su nombre.
Él se detuvo y tensó la espalda.
—Vete de aquí, lady Swan. Esto no es asunto tuyo.
—Creo que el que debería irse eres tú, milord —contestó ella, temblando—. Tu esposa está embarazada y el médico ha dicho que se abstenga de emociones fuertes.
—¿El niño es mío? —le gritó a Alice—. ¿Con cuántos hombres te has acostado?
—Vete, Bella —le suplicó Alice—. De prisa.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—¡No puedes ser siempre mi salvadora!
—Jacob. —A Bella se le quebró la voz—. Vete, por favor.
Entonces él se dio media vuelta para mirarla y a Isabella se le paró el corazón. Tenía los ojos inyectados en sangre, rebosantes de la misma malevolencia que caracterizaba los del padre de ellas cuando estaba decidido a emplear los puños contra alguien que no pudiera devolverle los golpes.
—¡Ésta es mi casa! —le gritó—. Y tú..., tú has venido aquí con tus comportamientos de puta y has mancillado mi buen nombre. Y ahora tu hermana pretende hacer lo mismo. ¡No voy a permitirlo!
Isabella no podía oír nada excepto el sonido de su propia sangre agolpándose en los oídos, pero entendió que Jacob estaba amenazándola con enseñarla a comportarse como era debido. La habitación le dio vueltas. Ya había pasado por eso antes. Había oído esas mismas palabras. Tantas, tantas veces...
El miedo se fue tan rápido como había venido y la dejó extrañamente calmada. Ya no era una niña asustada. Edward le había enseñado que era más fuerte de lo que ella creía. Y cuando él fuese a buscarla, algo que haría en cuanto pudiese avisarlo, Jacob pagaría por sus actos de esa noche.
—Golpearme a mí —le dijo— será el peor error de toda tu vida.
Jacob se rió y echó el brazo hacia atrás.
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Jasper saltó a lomos de su caballo y vio que Edward hacía lo mismo. Una aguda sensación de desesperanza se apoderó de él. Quería recuperar su pañuelo, maldita fuera. Quería a Alice. Y deseaba la muerte de Jacob con tanto fervor que lo asustaba.
—¡Di algo! —le exigió a Edward, que no había dicho nada desde que él había retado a Jacob.
—Eres un idiota.
—Dios.
—Lo matarás en el duelo. Y entonces ¿qué? —Edward espoleó a su montura para alejarse del club—. Tendrás que huir del país para que no te juzguen. Tu familia sufrirá si no estás. Alice te odiará por haberle arrebatado a su marido. Isabella se pondrá furiosa conmigo porque no sé cómo me he visto metido en todo esto. ¿Y entonces te sentirás mejor?
—¡No te imaginas cómo es! ¡No sabes cómo me siento al ver que ella necesita que la cuiden y que yo no puedo hacerlo!
—¿Que no lo sé? —le preguntó Edward en voz baja, mirando a su alrededor.
—No. No lo sabes. Tú envidiabas la suerte de mi hermano, pero al menos sabías que él sentía algo por Isabella y que se preocupaba por su bienestar. Él la hizo feliz. Tú no tenías que pasarte cada minuto de cada día preguntándote si le estaba levantando la mano. Si ella estaba muerta de miedo o malherida o...
Edward tiró tan fuerte de las riendas de su caballo que el animal relinchó para quejarse. Los cascos resonaron en los adoquines como explosiones en medio de la oscuridad. El animal se movió nervioso y giró completamente sobre sí mismo.
—¿Qué has dicho?
—Le pega. Sé que le pega. Yo mismo he podido ver muestras de ello y mi madre también.
—Maldito seas. —La furia de Edward era inconfundible—. ¿Y has dejado que se fuese? ¿Y si ha vuelto a casa?
—¿Y qué puedo hacer? —La furia de Jasper también estaba a punto de estallar—. Ella es su esposa. No puedo hacer nada.
—¡Isabella está allí! Lo que más teme en este mundo es la ira de un hombre.
—¿De qué diablos...?
—Charlie las maltrataba —le explicó él, haciendo girar a su caballo—. Las castigaba tanto como quería y del modo más doloroso posible.
A Jasper se le revolvieron las entrañas.
—Dios.
Edward espoleó a su montura para ponerla al galope, agachándose sobre la crin del animal. Cabalgó peligrosamente por las calles de la ciudad y Jasper lo siguió.
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Bella vio que Jacob levantaba el brazo y se preparó para recibir el golpe, negándose a retroceder.
Pero antes de que éste llegase, un golpe escalofriante resonó en todo el dormitorio. Isabella observó, atónita y confusa, cómo su cuñado ponía los ojos en blanco y se desplomaba inconsciente en el suelo.
Sorprendida, se echó para atrás. La herida que Jacob tenía en la cabeza sangraba profusamente y la sangre brillaba a la luz de las velas. El ruido de una barra de hierro cayendo al suelo llamó su atención y vio que el atizador del fuego había caído... de entre los dedos de Alice.
—Bells...
Levantó la vista. Su hermana se dobló sobre sí misma y empezó a retorcerse de dolor. Había sangre alrededor de los pies de Alice y no paraba de resbalarle por las piernas, formando un charco que no cejaba de crecer. No...
Oyó unos pasos acercándose.
—¡Isabella!
Ella lo llamó a gritos y saltó por encima de Jacob para ir a ayudar a su hermana.
Edward apareció seguido de Jasper. Ambos se detuvieron en seco al ver el cuerpo de Jacob.
Isabella cogió a Alice justo antes de que a su hermana le fallasen las piernas. Juntas, se arrodillaron en el suelo.
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—¿Está muerto? —preguntó Bella, paseando de un lado a otro del salón del piso de abajo. Aqueronte estaba tumbado bajo la mesa que había entre dos butacas y se quejaba.
—No. —Edward se acercó a ella con una copa de coñac—. Toma. Bebe esto.
Isabella miró el líquido ámbar ansiosa por sentir el estupor que acompañaba a la bebida. Tenía la garganta seca y las manos temblorosas, síntomas que se aliviarían con un trago. Pero lo rechazó. No iba a volver a caer. Había dejado el pasado atrás. Y después de esa noche, estaba decidida a que siguiera allí.
Escudriñó la habitación con la mirada. Aquel color amarillo tan alegre le parecía absurdo, teniendo en cuenta la situación de la pareja que vivía en aquella casa.
—Lo ha golpeado con el atizador —murmuró, todavía intentando asimilar la gravedad de lo acontecido y que hubiese podido estar tan ciega ante los signos del maltrato.
—Bien hecho —dijo Jasper con vehemencia.
Edward dejó la copa de coñac y se acercó a Isabella por detrás. La cogió por los hombros y le masajeó los músculos.
—El médico se está ocupando primero de tu hermana, pero dice que Jacob necesitará puntos.
A Bella se le rompió el corazón.
—Antes ya estaba deprimida. Pero ahora que ha perdido al bebé...
Jasper cogió la copa de coñac de encima de la mesa y la vació de un trago. Tenía el pelo hecho un desastre de las veces que se había pasado las manos por la cabeza y en su mirada podía verse su tormento.
Por fin Isabella podía ver con sus propios ojos el amor que Jasper sentía por su hermana y el sentimiento de culpabilidad la corroyó como el ácido. Ella había empujado a Alice hacia Jacob cuando tenía delante de sus narices a un hombre más que digno de su hermana.
Miró a Edward por encima del hombro.
—Cuando estemos casados, me gustaría que Alice se quedase a vivir con nosotros durante todo el tiempo que necesite. No creo que deba quedarse en esta casa más de lo estrictamente necesario.
—Por supuesto.
Los preciosos ojos de él estaban llenos de amor y comprensión.
Isabella respiró hondo para inhalar su aroma a sándalo y a almizcle con toques de verbena, y hacerlo la tranquilizó. Puso las manos encima de las de él y dio gracias por tenerlo. Era como un faro en medio del caos y la daba la fuerza que necesitaba para poder estar al lado de Alice.
—Mientras tanto —dijo Jasper—, las dos deberías vivir conmigo. Tú has pasado más años que yo en esa casa, Isabella, y los sirvientes están acostumbrados a atender tus necesidades. A Alice el entorno le resultará familiar. Y mi madre reside allí ahora y también puede ser de gran ayuda.
El disparo de una pistola quebró el silencio, seguido de un grito desgarrador. A Isabella se le revolvió el estómago. Echó a correr hacia la escalera antes de ser consciente de ello. Jasper la adelantó en el primer escalón, pero Edward se quedó con ella y la cogió del brazo antes de que llegaran al dormitorio de Alice.
El doctor estaba en el pasillo, con la cara descompuesta. Señaló la puerta del dormitorio de Alice.
—Su señoría ha entrado en el dormitorio de su esposa y ha echado el cerrojo.
Al otro lado de la puerta, Alice seguía gritando.
El pánico hizo que a Isabella se le doblaran las rodillas, pero Edward la mantuvo en pie. Jasper cogió el picaporte y empujó la madera con el hombro. El marco se quejó, pero el cerrojo aguantó el embate.
El médico empezó a hablar precipitadamente, su voz iba subiendo de volumen con cada palabra:
—Estaba inconsciente cuando he empezado a coserle los puntos. Y entonces se ha despertado... Se ha puesto furioso... Me ha preguntado por lady Black. Le he dicho que bajase la voz, que se calmase. Le he explicado que su esposa estaba descansando porque había perdido al bebé. Se ha vuelto loco... Ha salido corriendo del dormitorio... He intentado seguirlo, pero...
Jasper volvió a embestir la puerta. El pestillo se rompió, pero no cedió. Edward fue a ayudarlo. Le dieron una patada a la puerta al mismo tiempo y la abrieron con un gran estruendo. Entraron, seguidos por el médico y Isabella pisándoles los talones, pero Edward giró sobre sí mismo y la cogió por la cintura para sacarla al pasillo.
—No entres aquí —le ordenó.
—¡Alice! —gritó ella, intentando mirar hacia el interior del dormitorio por encima del hombro de Edward.
Él la abrazó con fuerza y la pegó a su torso.
—Ha sido Jacob.
En cuanto Isabella entendió lo que eso significaba, sintió que la fuerza abandonaba sus extremidades.
—Dios santo. Alice.
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Alice se acurrucó junto a ella y se apretó contra su hermana. A pesar de que estaba tapada por la colcha y de que se había metido en la cama con Isabella en el dormitorio de invitados, seguía teniendo frío.
Su hermana le acarició el pelo, susurrando palabras de consuelo. Era como si fuesen niñas de nuevo y Bella le estuviese enseñando a Alice lo que era sentirse amada y a salvo. Algo que Alice sólo había sentido con ella.
Le dolía todo el cuerpo. Era un dolor profundo que le había succionado toda la fuerza. Su hijo había muerto. Su marido también. Y lo único que podía sentir Alice era que ella también estaba muerta. La sorprendía notar que el aire se deslizaba entre sus labios. Había creído que esos gestos propios de la vida ya estaban lejos de su alcance.
—Al final era Jacob —susurró.
Su hermana mayor se quedó en silencio.
—Cuando entró en mi dormitorio, era el hombre al que había llegado a odiar y temer. Tenía los ojos desorbitados y blandía una pistola. Sentí tal alivio al verlo... Pensé: «Por fin va a terminar mi dolor». Creí que se apiadaría de mí y me liberaría de todo esto.
Isabella la estrechó entre sus brazos.
—No pienses más en ello.
Alice intentó tragar, pero tenía la boca seca.
—Le supliqué: «Mátame. Toma mi vida. El bebé ya no está... Por favor. Deja que me vaya». Y entonces se convirtió en Jacob. Pude verlo en sus ojos. Eran tan sombríos. Vio lo que había hecho cuando estaba fuera de sí.
—Alice. Chist... Necesitas des... descansar.
El tartamudeo de Isabella resonó dentro de su hermana.
—Pero Jacob no me liberó de mi agonía. Fue egoísta hasta el final y sólo pensó en sí mismo. Y, sin embargo, lo echo de menos. Echo de menos al hombre que era. El hombre con el que me casé. Te acuerdas de él, ¿no, Bells? —Echó la cabeza hacia atrás y miró a su hermana—. ¿Te acuerdas de cómo era hace tanto tiempo?
Bella asintió, tenía los ojos y la nariz rojos de tanto llorar.
—¿Qué significa? —le preguntó Alice bajando de nuevo la barbilla—. ¿Que soy feliz porque se ha ido, pero que al mismo tiempo estoy triste?
Se produjo un largo silencio hasta que Isabella volvió a hablar.
—Supongo. Quizá lo que echas de menos es la promesa de lo que podría haber sido y al mismo tiempo estás agradecida de que se haya acabado.
—Puede. —Alice se acercó un poco más a ella en busca del calor que desprendía su cuerpo—. ¿Y qué..., qué hago ahora? ¿Cómo sigo..., cómo sigo adelante?
—Un día detrás de otro. Te levantas por la mañana, comes, te bañas y mientras estés tan triste, hablas sólo con la gente que te apetezca. Con el paso del tiempo te dolerá menos. Y luego un poco menos. Y así irás avanzando. —Isabella le pasó los dedos por el pelo—. Hasta que una mañana te despertarás y te darás cuenta de que el dolor es tan sólo un recuerdo. Siempre formará parte de ti, pero a la larga dejará de tener el poder de hacerte daño.
A Alice se le llenaron los ojos de lágrimas, que derramó encima del corpiño del vestido de Bella. Ésta se había metido en la cama vestida, ofreciéndole consuelo antes incluso de que Alice supiese que lo necesitaba.
—Supongo que tendría que alegrarme de no estar embarazada del hijo de mi marido muerto —susurró—, pero no puedo. Me duele demasiado.
Un sollozo resonó en el dormitorio, la expresión desgarradora de un dolor demasiado reciente como para hacerle frente. La agonía se abrió pasó por el entumecimiento de Alice y la desgarró por dentro.
—Quería a ese bebé, Bells. Quería a mi bebé...
Ella empezó a acunarla y a murmurar palabras de consuelo sin demasiado sentido, para intentar calmarla.
—Habrá otros. Algún día encontrarás la felicidad que te mereces. Algún día lo tendrás todo y entonces lo que hayas pasado para llegar hasta allí tendrá sentido.
—¡No digas eso! —Alice ni siquiera podía plantearse la posibilidad de volver a quedarse embarazada. Le parecía una traición demasiado grande para el bebé que había perdido. Como si los niños fuesen reemplazables. Intercambiables.
—Pase lo que pase, yo estaré a tu lado. —Bella le dio un beso en la frente—. Lo superaremos juntas. Te quiero.
Alice cerró los ojos, convencida de que su hermana era la única persona que podía decir eso. Porque incluso Dios la había abandonado.
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Edward entró en su casa destrozado. El dolor de Isabella lo sentía como propio y tenía el corazón apesadumbrado de la tristeza y el horror que ensombrecía la vida actual de ella.
Le entregó el sombrero y los guantes al mayordomo.
—Su excelencia lo está esperando en el despacho, milord —anunció el mayordomo.
Edward miró el reloj de pared y vio que era muy tarde. Casi la una de la madrugada.
—¿Cuánto tiempo lleva esperando?
—Casi cuatro horas, milord.
Estaba claro que su madre no era portadora de buenas noticias. Preparándose para lo peor, Edward entró en su despacho y vio a la duquesa leyendo en un sofá. Tenía los pies debajo de ella y una manta delgada sobre las piernas. El fuego ardía en la chimenea, y un candelabro en la mesa que su madre tenía junto al hombro iluminaba las páginas del libro que estaba leyendo.
—Edward. —Levantó la vista al oírlo entrar.
—Madre. —Rodeó el escritorio y se quitó el abrigo—. ¿Pasa algo malo?
—Tal vez yo debería preguntarte lo mismo —dijo ella, después de mirarlo.
—He tenido un día larguísimo y una noche interminable. —Se sentó en su silla y suspiró agotado—. ¿Qué necesitas que haga?
—¿Tengo que necesitar que hagas algo?
Edward se quedó mirándola y vio que tenía arrugas alrededor de los ojos y de los labios, signos que, después de ver a lady Black, empezaba a relacionar con tener un matrimonio difícil. Signos que jamás vería en la cara de Isabella, porque él se moriría antes que causarle ninguna clase de dolor.
Al ver que Edward no le contestaba, Elizabeth apartó la manta y bajó los pies del asiento. Se cogió las manos encima del regazo y echó los hombros hacia atrás.
—Supongo que me merezco tu suspicacia y que desconfíes de mí. Estaba tan concentrada en lo que yo sentía que me temo que nunca presté demasiada atención a lo que sentías tú. Y lo lamento profundamente. Te he hecho daño durante muchos años.
A él se le aceleró el corazón y la confusión se mezcló con la incredulidad. De pequeño había querido oír esas palabras más que nada en el mundo.
—He venido a decirte —siguió su madre— que deseo que seas feliz. Le hace bien a mi corazón ver que esa mujer te ama y te admira tanto. Porque lo vi. Y también lo sentí. Venera el suelo que pisas.
—Yo siento lo mismo por ella. —Edward se pasó la mano por el lugar en el pecho que más echaba de menos a Isabella—. Y ni su estima ni su amor disminuirán jamás. Isabella sabe lo peor de mí y me ama a pesar de mis errores. No... Diría que quizá me ama gracias a mis errores; porque ellos son los que me han hecho como soy.
—El amor incondicional es un regalo maravilloso. Es culpa mía no haber sido capaz de dárselo a mi hijo. —Se puso en pie—. Quiero que sepas que apoyaré tu decisión hasta el final. Acogeré a tu esposa en mi corazón igual que has hecho tú.
Él pasó los dedos por la mesa lacada. Dios, estaba exhausto. Quería a Bella a su lado, cerca. Necesitaba abrazarla y encontrar su propia paz con ella.
—Significa mucho para mí que hayas venido, madre. Y que hayas esperado a que regresase. Y que me des tu bendición. Gracias.
Elizabeth asintió.
—Te quiero, Edward. Haré todo lo posible para demostrarte cuánto, y espero que algún día ni la desconfianza ni la suspicacia tengan cabida entre nosotros.
—Yo también lo espero.
Su madre rodeó el escritorio y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
Edward le cogió la muñeca antes de que se apartase y la retuvo cerca de él para poder observar su reacción. ¿De verdad había ido a verlo porque se arrepentía de su comportamiento, sin ningún otro plan, sólo para demostrarle su afecto? ¿O ya se había enterado de lo que él todavía no le había contado y le daba su bendición porque creía que así era un riesgo controlado?
—Serás abuela —le dijo despacio.
Elizabeth se quedó petrificada, sin respirar y entonces sus ojos se llenaron de una alegría incontenible.
—Edward...
No, su madre no lo sabía. El alivio que sintió al saber que su afecto había sido sincero se extendió por sus venas.
—No gracias a mí. Tal como dedujiste, Isabella es estéril. Pero Kate... Al final resulta que Garret cumplió con su deber. Quizá no sea niño y no pueda nombrarlo mi heredero, pero con independencia del sexo del bebé, al menos tendrás la alegría de ser abuela.
Una trémula sonrisa borró la melancolía de los ojos verdes de Elizabeth, iguales a los de él.
Edward le devolvió la sonrisa.
FIN
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Hola… no más justificaciones aquí está el capítulo final... Subiré el epilogo, y próximamente un epilogo alternativo, ya que personalmente no estoy conforme con el jejeje ustedes dirán si están conformes o no… ¿Qué les pareció? ¿Mucho drama? Parece que Jacob ha tenido su merecido… Lastima la perdida de Alice
XoXo
