No sé si alegrarme o molestarme por haberme levantado e interrumpir el sueño que estaba teniendo.

Los recuerdos del momento en que empecé a conocer a Peeta Mellark me llenaron la cabeza desde que me acosté en la cama de Johanna.

Tenía 11 cuando mi padre murió en un accidente en coche. Estábamos mi madre, Prim y yo en casa cuando nos llegó una llamada inesperada. Cuando mi mamá colgó la línea salimos inmediatamente para el hospital. No tenía caso si tardábamos o no en llegar. Mi papá había muerto instantáneamente en el choque. Tal vez fue lo mejor, se fue sin ningún sufrimiento, pero no me dio tiempo de despedirme de él. Ninguna de las tres lo podíamos creer. Al llegar al hospital ver su cuerpo no lo hizo más real, sólo más doloroso.

El día del entierro casi no lo recuerdo. Me movía por pura inercia, era como un zombi. Sólo recuerdo los llantos incesantes de mi hermana y a mi mamá y Hazel discutiendo, no sé exactamente sobre qué.

Los siguientes días eran iguales. Las tres nos movíamos porque nuestro sentido común nos lo indicaba pero no éramos nosotras, simplemente estábamos ahí. Ni mi madre ni yo nos veíamos o sentíamos bien. Nuestra prioridad cayó en Prim. Mientras nosotras no podíamos dormir o comer, nos encargábamos de que Prim no pasara hambre ni sueño.

No fue sino hasta que mi abuela Sae, la mamá de mi mamá, llegó a hablar con nosotras y hacernos entrar en razón. Dijo que el lugar estaba repleto de recuerdos que nos deprimían. Nos ofreció su casa en un pequeño vecindario llamado "La aldea de los Vencedores". El lugar era bastante ostentoso -al igual que las casas del vecindario. Tanto mi mamá como yo entendíamos lo que nos pedía Sae; no quería que vendiéramos nuestra casa o que olvidáramos los recuerdos de nuestro padre, quería que mejoráramos. Y tal vez, una pequeña parte de ella se sentía sola en esa casa tan grande en la que vivía. Así que aceptamos, el plan era sólo por tiempo indefinido.

Empacar nuestras cosas fue lo más difícil del proceso. Revivir los momentos que pasamos en cada habitación.

El día de la mudanza me sentí peor. No lo quería admitir, pero había llorado toda la noche, había sacado toda mi frustración, tristeza, odio y dolor que no había podido expresar desde que nos llegó la llamada, en una sola noche. Mis ojos estaban rojos e hinchados. Me encontraba pálida por la falta de sueño y comida.

El viaje en carro fue largo. Nuestra antigua casa y la aldea de los Vencedores están en lados opuestos del distrito. Cuando llegamos mi hermana y yo nos quedamos sorprendidas. Nunca habíamos visto la aldea antes, Sae es la que siempre nos llega a visitar en Navidades, año nuevo y todas las festividades.

Era imposible apartar la mirada de las casas. Las calles eran largas y amplias. Donde quiera que no habían casas habían árboles, grandes y verdes. Las casas al estilo victoriano, simplemente hermosas. Pero lo que me sorprendió fue la magnitud de la aldea. Mi madre siguió conduciendo y conduciendo, parecía que el vecindario fuese infinito, hasta que por fin paramos en una casa que está en frente de un gran parque lleno de juegos, columpios y bancas alrededor. Al bajar del auto pude ver niños, jóvenes y adultos entreteniéndose en el parque. Pero lo que me llamó la atención eran dos niños, uno parecía tener mi edad y el otro tal vez uno o dos años mayor; ambos con el cabello tan rubio que pareciera fuese lavado por el mismo sol. Veía como el mayor huía con algo en la mano, alejándose del menor. Fue hasta que los dos giraron como si estuvieran corriendo hacia mí que lo vi por primera vez –no precisamente, pues siempre hemos ido a la misma escuela juntos, pero nunca hemos hablado, tal vez un hola y una sonrisa amable de su parte, pero nada más, pero él era así con todos. Así era Peeta Mellark. Pero desafortunadamente Peeta estaba ocupado tratando de quitarle lo que parecía ser un cuaderno de dibujo a su hermano mayor, que no hubo tiempo para sonrisas y saludos de su parte para mí. En cambio, me dirigí hacia la casa de Sae a empezar a desempacar. La casa era igual de grande que las demás, con una excelente vista. Era de dos pisos, contaba con cuatro cuartos y tres baños, la cocina más amplia que había visto y un comedor largo cerca de la cocina, una sala y un estudio.

El resto del día nos encargamos de arreglar, desempacar y ordenar nuestros cuartos. Pero en mi cabeza sólo pensaba en que ahora vivía en el mismo vecindario que Peeta Mellark.

Más tarde esa noche, Prim no paraba de llorar, al parecer no encontraba su oso de peluche para dormir. Pensaba que lo más probable era que lo había dejado en el carro, así que salí de la casa a buscarlo. Creía que para entonces el parque estaría abandonado, pero estaba equivocada. De noche se veía aún más hermoso. Había luces de navidad colocada en algunos árboles e incluso alrededor de las bancas; unas cuantas lámparas que se parecían muy antiguas pero estaban bien cuidadas, alumbraban con una luz cálida de fuego en vez de un foco. Las luces colocadas en lugares precisos para que embellecieran más los árboles y todo el lugar. Había incluso más gente.

Los llantos de mi hermana me hicieron despertar del sueño en el que me tenía aquella vista y entré en el coche para ver que el peluche estaba tirado debajo de un asiento. Bajé, cerré la puerta sin mirar mi camino y al voltearme choqué con alguien y caí al suelo, no vi quien era hasta que levanté los ojos. Era uno de los niños rubios que estaban corriendo, pero no el que yo conocía. Estando más cerca de él pude ver el gran parecido que tenía con Peeta. Los ojos de un azul tan claro como el cielo de día, la misma nariz respingada y la forma de su cara. Pero claramente él era más grande que yo, aunque tal vez no por mucho.

El parecido con su hermano me sorprendió, pero lo que me asustó más fue su sonrisa burlona –aunque no parecía burlarse de mi o mi caída, se burlaba de algo o alguien-

"Oh! Disculpa, déjame ayudarte." Tendió su mano para levantarme sin borrar la sonrisa de su cara.

A lo lejos podía escuchar a alguien gritar "¡Rye, devuélveme la libreta de una vez!" Ya de pie pude ver a Peeta más cerca, que se enfocaba en su hermano -Rye- quien por fin se había detenido, que no se percató que me encontraba detrás de Rye hasta que estuvo a unos cuantos pasos y se detuvo al verme. Por su expresión alguien pensaría que había visto un fantasma. Su cara palideció en un segundo y sus ojos estaban bien abiertos.

Los tres estuvimos parados en el silencio incómodo hasta que Rye habló sin quitar la sonrisa de su cara.

"Tal vez me equivoque, ¿pero acaso no eres Katniss Everdeen?" Su tono de voz me hacía sentir que me estaba perdiendo algún chiste, lo cual no me gustó para nada y me encontré frunciéndole el ceño a Rye.

"Si, ¿por qué?" Aunque mi tono fue cortante él no se obtuvo de reír. Sus carcajadas fueron su única respuesta. Las carcajadas del hermano mayor despertaron al menor del trance en el que se encontraba y le quitó, por fin, la libreta de las manos. Rye dejó de reírse, pero no borró su sonrisa de la cara.

"Yo soy Rye Mellark, y él es mi hermano Peeta, debes conocerlo va en tu clase." No había visto a Peeta tan rojo hasta este momento, pero los llantos de Prim interrumpieron el interrogatorio por parte de los hermanos y por parte mía.

"Debo irme, mi hermana me necesita."

"Claro, claro nos vemos luego." Fue lo único que escuche del mayor antes de entrar corriendo a la casa.

Últimamente todos mis sueños han sido en torno a Peeta. Supongo que debería alegrarme de no estar soñando el horrible accidente en coche de mi padre. Pero a veces los recuerdos de nuestros momentos juntos son casi igual de dolorosos.

Me siento en la cama y veo que Jow sigue dormida. Checo mi teléfono y sé que ya se nos hizo tarde.

"Jow levántate, vamos a llegar tarde." Le digo moviéndola para tratar de levantarla, aunque mi voz suena igual de animada que ella.

"Mmmmmmm, cinco minutos más."

"Si quieres que yo te lleve que sean dos."

"Ni tú ni yo, que sean tres."

"En vez de estar discutiendo ya nos pudimos haber cambiado."

"Aaaggggh te odio."

Nos levantamos sin ganas y tratamos de apurarnos a cambiarnos y arreglarnos. En quince minutos estuvimos listas para irnos. Bajamos y saludamos a sus padres antes de despedirnos. Agarramos unas manzanas para el camino y entramos a mi carro.

"Así que, ¿qué vas a hacer descerebrada?" Había pensado que nuestra conversación había terminado ayer, pero al menos ya no está tan enojada como cuando le conté todo.

"No sé. ¿No crees que si lo sabría, no lo hubiera hecho ya?"

"Tranquila, no me vengas con esa actitud."

"Pues ayer tú me diste la misma actitud."

"¿Y qué creías que te iba a decir? ¿Aww pobre Katniss, con su situación tan conflictiva, haciendo la vida miserable a una de las personas más buenas, gentiles y honorables que he conocido, y que, por cierto, es uno de mis mejores amigos? No, Katniss, no iba a sentir compasión por ti si eso es lo que esperabas."

"Si ya lo sé. No era eso lo que esperaba."

"Qué bueno. Ahora alégrate de que te quiero ayudar."

"¿Y ahora por qué me quieres ayudar?" Sé que no debería cuestionarla y aceptar su ayuda, pero no puedo evitar preguntarle.

"Pues aunque lo creas o no, yo sé que son el uno para el otro –si yo lo dije, no me hagas arrepentirme de haberlo dicho– cuando están juntos son diferentes a cuando están solos. Sabes que no soy de las que cree ese tipo de mierda, pero los dos son un desastre ahora y eso sólo confirma lo que ya sabía. Así que deberían de estar juntos, aunque te hayas portado de la fregada con él."

"Pero no sé qué hacer, Jow."

"No sé, piensa en las cursilerías que él haría en tu lugar." Me encuentro frunciendo el ceño. En primer lugar, ni siquiera se me puede ocurrir un universo en el que Peeta se pueda comportar como yo lo hice. En segundo, sé qué tipo de cursilería haría él, todas las ridiculeces que se ven en las películas románticas. Yo las odio, pero si es lo que me regresará a Peeta lo haré sin cuestionar.

Llegamos a la escuela cinco minutos antes de nuestra primera clase. Los corredores están atestados de alumnos, pero ninguno era el que yo tanto anhelo ver. Nos despedimos para dirigirnos a nuestros casilleros y a nuestras respectivas clases. Mientras me dirijo a mi clase trato de buscar esa cabellera rubia ya tan familiar para mí y trato de que me lleguen a la cabeza alguna cursilería bastante decente que pueda hacer para regresar con Peeta.

Estoy tan metida en mis pensamientos que cuando llego al salón y me siento en mi lugar, ignoro por completo a mi compañera de a lado hasta que me habla.

"¡Buenos días, Katniss!" La alegría con la que me saluda Annie es insoportable. Trato de recordar que no es su culpa que Peeta no hable conmigo y con ella sí, que no se ría conmigo y con ella sí. Trato de recordar que es culpa mía pero los celos están acabando conmigo.

"Buenos días, Annie." Sé que notó la sequedad en mi voz pues su cara cambia drásticamente de la alegría que tenía hace unos segundos a una tristeza profunda. Rayos.

"Disculpa, no fue mi intención hablarte así. Sólo que no ha sido un buen día." O una semana, o unos siete meses, para resumirlo no ha sido un buen año. No le digo exactamente eso, no tengo tanta confianza con ella y la verdad no creo que le importe.

"Oh, no te preocupes Katniss. Espero que tu día mejore…" Se ve un poco indecisa al hablar, pero aun así continúa. "Puedes hablar conmigo, si quieres." ¡Vaya! Con razón ella y Peeta se hicieron tan amigos en tan poco tiempo. La vergüenza me comienza a inundar. Ella es igual de perfecta que Peeta. Jow estaba equivocada. Annie debería estar con él, tal vez ella no lo haga sentir como yo lo hice.

"No es nada, en serio. Pero gracias por preocuparte Annie." Le digo con una sonrisa sincera.

"Esta bien. Pero en serio Katniss, cuando lo necesites, puedo ayudarte, o al menos puedo intentarlo." Me devuelve la sonrisa, y aunque sé que lo dice en serio, no creo que llegue a tomar su palabra. No creo que pueda ayudarme con mis problemas.

"Gracias, Annie."

El día paso igual que ayer, pero con una enorme diferencia. El profesor Plutarch no llegaría en todo el día, lo que significó que saldríamos antes y no podía tener la oportunidad de hablar con Peeta. Traté de buscarlo pero sin ningún resultado.

Mi ánimo empezó a decaer poco a poco. Para la hora del almuerzo estaba decaída, no sé de dónde encontré fuerzas para no llorar. Pero fue justamente ahí donde vi mi respuesta.

Peeta llevó nuevamente a Annie a la cafetería, se despidió con un beso en la mejilla y se fue lo más rápido posible. Tal vez deba hablar con Annie, tal vez sí me pueda ayudar, pero deberé tratar el tema con delicadeza. Primero necesito saber si ella siente algo por él. Es algo ridículo, se acaban de conocer a penas ayer. Pero ya no puedo pasar más tiempo sin él. Necesito hacer algo y necesito hacerlo rápido.


Lo siento por el capítulo corto, es más como de relleno. Tenía en mi cabeza la escena del parque en donde Katniss ve a Rye y Peeta desde hace tiempo y ya la quería escribir.

Gracias por seguir la historia y por sus reseñas, a las que, me acabo de enterar, se pueden responder, empezaré a responderles, y nuevamente, gracias por sus comentarios.

Si mis pensamientos no me llevan por otro camino, el capítulo 6 será en el punto de vista de Peeta y en el siguiente veremos qué hará Katniss y qué tiene Prim planeado para ella(:

Gracias nuevamente y espero que les haya gustado el capítulo.