Desde que el hombre aprendió a comunicarse en su propio lenguaje, se han transmitido, de generación en generación, un sin número de relatos fantásticos e increíbles, protagonizadas por seres sobrenaturales con poderes extraordinarios, los cuales escapaban a la imaginación mortal.

Inclusive la apariencia de estas criaturas alucinantes podría rayar desde lo más bello y tierno, dignos de tus más dulces sueños; hasta el aspecto más horrendo, repulsivo, y amenazador, salido de la más terrible de tus pesadillas.

Sin embargo, la humanidad abandonó dichas ideas arcaicas

con el florecimiento de la ciencia y la tecnología. Relegándolas a simples mitos y leyendas que pasaron a formar parte de la literatura universal. Historias que le podrías leer a tus hijos o leerlas tú mismo para entretenerte en una aburrida tarde.

Después de todo, resultaba absurdo que algún investigador invirtiera dinero, tiempo y esfuerzo en aplicar el método científico simplemente para de probar la existencia de seres imaginarios, cuando hay mejores teorías que testar.

No obstante, el hombre ignoraba que desde hacía mucho tiempo que los vampiros, licántropos, sirenas, arpias entre otras criaturas mitológicas se movían con libertad dentro de la sociedad moderna. Viviendo ocultos bajo el velo de la clandestinidad, gracias a su capacidad de imitar tanto la apariencia como el comportamiento humano.

También estaba el hecho de que la gran mayoría de estos entes aprovechaban la ventaja de brindaba la oscuridad del ocaso para realizar una sarta de actividades primordiales y de ocio.

Y, aunque esta noche estuviera presente la luna llena, acompañada de un fresco viento otoñal, no sería la excepción.

Por supuesto que, los entes extranormales caminarían despreocupadamente por las calles de la ciudad, con la fulgurante luz del astro noctámbulo posándose sobre sus hombros. Este brillo lunar les proporcionaría la fuerza necesaria para alimentar sus propias auras etéreas.

—Que luna tan maravillosa, hará buena noche hoy...—comentó una voz bastante jovial, tal como la que empleaban los poetas cuando escribían sus versos al inspirarse en el astro.

El dueño de aquella melódica voz provenía de una figura humana, que se encontraba sentada sobre una barandilla de metal, la cual rodeaba el perímetro del balcón de su apartamento.

La luna se asomó entre las nubes, iluminando desde el cielo la faz de aquella silueta humana apostada en aquel balcón solitario. Descubriendo parte de las características físicas de este misterioso admirador anónimo, revelando su aspecto real.

Se trataba de un jovencito atractivo, resaltaba una hermosa, tersa e inmaculada piel de porcelana. Aunque el rasgo más cautivador eran sus enigmáticos ojos negros, los cuales presentaban una anomalía bastante extraña, ya que en el iris se notaban unos pigmentos escarlata bastante visibles. Parecían pequeñas manchas de sangre, como si hubiera sufrido una hemorragia en esa área.

En ese preciso instante, un vendaval sopló alborotando su cabellera obsidiana. Obligando al joven a cerrar abruptamente sus fanales etéreos, al unísono que

los mechones de su sedoso cabello se elevaban descontroladamente.

El chico intentó controlar el movimiento de su pelo con su mano derecha, siendo una acción poco eficaz, pues la fuerza del aire era superior. Así que el muchacho optó por esperar a que el vendaval calmara su furia, siempre lo hacía cuando la luna se escondía detrás de las nubes. Una vez que esto sucedió, abrió de nuevo sus enigmáticos luceros oscuros, que estaban teñidos de un fulgor escarlata cada vez más notorio.

Cuando la luminosidad lunar se manifestó otra vez, y el viento redujó por completo su furia, se reveló el atuendo inadecuado del contemplador nocturno, vestía una camiseta sin mangas de color negro y unos pantalones de mezclilla azul oscuro, ceñidos a sus piernas. Obviamente no era un atuendo que se emplearía para enfrentar el actual clima.

Una sonrisa astuta se apoderó de los labios finos del atractivo varón, demostrando una actitud desafiante ante el frescor que le recorría el cuerpo entero. Le encantaba experimentar esa sensación de alerta y lucha contra el frío, lo hacía sentir tan vivo. Pesé a que su piel pálida se erizaba hasta volverse incómodo, no tenía piedad en poner a su cuerpo al límite.

Ahí el chico fue testigo de como se iluminaban, uno tras otro, los departamentos cercanos. Comúnmente a esta horas, los residentes regresaban a sus hogares después de terminar sus jornadas laborales, listos para proceder con sus últimas actividades, previas a ir a descansar.

Ahí fue cuando el pelinegro abandonó su recreo con el firmamento, ahora iba a ser espectador de su "programa de televisión en vivo" favorito. Su mirada se asentó con atención en los hechos que ocurrían a siete pisos más abajo de su balcón.

—Pero que inocentes y trabajadores son, cuidado porque el "lobo" se los puede comer...—pronunció con un tono lúgubre pero juguetón. Agradecía tener una visión de amplio espectro, debido a sus córneas sobredesarrolladas, que le proporcionaban un campo de visión como la de una ave de rapiña nocturna, tal cual Búho.

Encontraba entretenido estudiar a los inocentes transeúntes que caminaban por la vía pública, completamente ajenos a los monstruos que acechaban en la oscuridad.

Seres enigmáticos se mezclarían entre los criminales humanos, desatando toda su violencia contra algún incautó que cometiera el error de caminar por senderos solitarios.

Tal como un asesino en serie lo planeaba con antelación, pero a diferencia de estos últimos, los criminales inmortales pocas veces pagaban sus crímenes.

—¿Qué estas mirando, Sasuke?—cuestionó una inoportuna voz grave, cuyo poseedor se estába aproximando al azabache.

Pesé a que fue llamado por su nombre, Sasuke no abandonó su puesto de vigilancia en el mirador, únicamente volteó en la dirección de su interlocutor para prestarle atención.

Aquel sujeto que había interrumpido su peculiar diversión, permaneció en el interior de la sala, la cual se hallaba bajo una penumbra tenebrosa debido a la ausencia de luz eléctrica. Daba la sensación que el ser se negaba a salir a la terraza para no exponer su identidad

No obstante, en cuanto el azabache enfocó al ente con sus visión superdotada, pudo romper el velo que ocultaba su presencia. Revelando que quien lo había visto llamado era un zorro gigante.

La bestia canina poseía unos ojos rojos centellantes, eran tan intimidantes como dos carbones encendidos por las llamas. Esos fanales destacaban en demasía gracias al pelaje dorado, brillante, lanudo y majestuoso, que cubría su anatomía por completo.

Aparte de sus ojos llamativos, también estaba el detalle espectacular de sus patas, las cuales ardian en un fuego blanco producido por el propio poder espiritual de la criatura.

En cuanto a su altura y tamaño, se aproximaba a la de un león o un oso. Por último, estaba una sorprendente habilidad para hablar sin la necesidad de gesticular, únicamente le bastaba abrir el hocico.

Aunque lo más destacable a simple vista fueron las nueve colas afelpadas, que se movían independientemente una de otra, como si cada una tuviera una consciencia propia. Las características de sus patas y sus globos oculares competían con la grandeza de sus extremidades posteriores.

Algo no obtener una respuesta inmediata de parte de Sasuke, sino una pequeña sonrisa de lado. El zorro se desplazó un poco, siendo alumbrado por el fulgor lunar. En seguida, al bestia deslizó completamente el portillo corredizo de la sala de estar, empleando una de sus patas y su hocico. Durante todo este tiempo estuvo entreabierta el ventanal.

—Y bien, ¿Qué estas viendo?—repitió la cuestión la bestia dorada

—A las "hormigas" de esta nueva colonia—respondió Sasuke refiriéndose a las personas en la calle como esos insectos trabajadores que gastaban sus vidas en cosas mundanas—Elegiste un lugar muy interesante para mudarnos, Menma.

—Eso fue tu culpa, te dije que fueras precavido a la hora de acercarte a las mujeres—reprendió el zorro, abriendo su hocico para que la palabras salieran—Espero que ahora seas más cuidadoso, escondas tus colmillos y no descubran tu naturaleza vampiríca.

—Lo lamento, Kitsune—chan, juro que no volverá a pasar—se disculpó con falsedad, con una sonrisa canalla bailando en sus labios y unos ojos pícaros, los cuales se hallaban parcialmente inundados en un rojo carmesí, que reflejaban que no sentía esa culpabilidad que pregonaba ni tendría la intención de cumplir esa promesa.

Los ojos del Kyubi, como era conocido entre los kitsunes, se posaron con su atemorizante y rudo tono rojizo intenso en aquel sinvergüenza. Todavía se cuestionaba como lo soportaba, tal vez le había lanzado un hechizo vampiríco, no dudaba que ese chupa sangre charlatán fuera capaz de eso y más.

—Hey oye no mires así...—comentó jocoso, bajando del filo del balcón. Se mantuvo de pie en la pieza exterior pues no era estúpido, no iba a entrar al apartamento teniendo semejante bestia malhumorada.

Usando el sentido común, optó por levantar las manos en señal de rendición, abogando a esa tradición de que no estaba guardando ningún arma o truco y que no haría ningún comentario mal intencionado.

No es que se sintiera amenazado por esa mirada asesina, ya estaba acostumbrado al mal humor de su socio y amante, más bien no deseaba entrar en conflicto. Estaba al corriente de que cuando la apariencia de Menma sufría esa metamorfosis, sólo existía una explicación posible: tenía que salir a hacer alguna diligencia en nombre de su Dios Inari.

—Te lo advierto, Charasuke—llamó empleando ese mote qué le invento debido a su actitud parlanchina—Si te decides a alimentarte, no llames mucho la atención—aconsejó, ya sabía que cuando su compañero de cuarto tenía esos fanales con pigmentos de berbellón, evidenciaba que su período de abstinencia estaba a punto de llegar a su límite, y empezaría a ver a los humanos con ansiedad.

—Claro, lo haré con cuidado—anunció con seriedad, poniendo su mano derecha en la cintura, todo su lenguaje corporal se había modificado. Borró esa mueca chistosa de sus labios, era consciente de cuando bromear y cuando hablar con solemnidad.

—Todavia quedan algunas bebidas de las que te gustan, están en el refrigerador—aviso, este detalle era de suma importancia para Menma, ya que el estado actual de Charasuke era algo inestable, así que más valía tener esas precauciones y tener amplias reservas que calmaran su sed.

—Gracias, tomaré algunos tragos más tarde—comentó contento y aliviado de que su querido Kitsune-chanhubiera tenido la atención de comprarle sus alimentos favoritos.

—Bien me voy, regresaré mañana—informó a modo de despedida, después de levitar un poco, sus colas se plegaron hacia el torso y lomo de su portador, justo ahí éste empezó a girar hasta formar una esfera de luz, que conforme pasaban las revoluciones se iba encogiendo hasta tener las dimensiones de una pequeña pelota. En este simple movimiento lograría egresar con disimulo de aquella zona residencial.

—Ve con cuidado—despidió Chara viendo a Menma escabullirse rápidamente por el ventanal.

El Kyubi en forma de bola luminiscense volaba por el cielo nocturno, elevándose a la parte más alta, donde la contaminación no podía alcanzar la luna y las pequeñas estrellas.

Recobró su forma cuadrúpeda por completo, confiando en que desde ese altura las luces eléctricas no lo detectarían tan fácilmente.

A decir verdad dudaba que con tanta contaminación auditiva y visual, provenientes de resplandores artificiales, ruidos mecánicos y digitales, provenientes de múltiples los artefactos tecnológicos dispersos por toda la ciudad, alguien pudiera reparar en la silueta de un zorro de nueve colas que corría por el cielo.

En su figura de animal mítico, para el Uzumaki le era más efectivo y rápido trasladarse hasta su destino.

A unos cuantos kilómetros de la bulliciosa ciudad, se levantaba imponente un templo dedicado al dios Inari, erigido en la cima de una loma, ubicado en la zona más alejada del Este, donde un frondoso bosque se extendía por varias hectáreas.

Mientras se movía, usando el aire como medio de transporte, tuvo la reminiscencia acerca de la historia personal de ese ente vampiríco con complejo de mosquito, el cual se convirtió en su compañero desde hacía 100 años. Y cuya naturaleza era íntegramente distinta a los vampiros del Este que caminaban por toda Asia.

Para empezar, los vampiros del oriente regularmente poseían ojos de un tono azul eléctrico, y eran bastante fríos, violentos, vengativo y tétricos. Dichas características se relacionaba con su origen al haber nacido a base de una alma que no trascendió y se quedó atrapado en un cadáver. Su cuerpo muerto se pudría sino se consumaba su anhelada venganza o se realizaba un entierro inadecuado, vagando a causa de una partida repentina y accidental.

En cambio, Sasuke Uchiha, si es que era ese su verdadero nombre, había sido consagrado como un chupa sangre gracias a la mordeduras de un vampiro inglés que lo introdujó a su estirpe a base de dolor y sufrimiento. Tiñiendo tanto su cuerpo como sus ojos de un color carmesí muy fuerte cuando estaba en plena condición física.

Según lo que le relató Chara, en una noche en que se intoxicó ingiriendo grandes cantidades de alcohol, no poseía memorias de su tierna infancia, no recordaba los rostros de sus padres ni de su lugar de nacimiento, esto debido a que perdió algunos recuerdos debido a su transición caótica de humano a vampiro.

Lo único que su laguna mental le permitió retener fue como sobrevivió en su adolescencia. Permanecían muy vividas todas esas veces en que se escabullía debajo de las pagodas sintoístas, aprovechando las estructuras de madera elevadas, ligeramente, por encima del suelo.

Le era sencillo y cómodo, acostarse en esa zona para resguardarse de los elementos como tormentas o ligeras nevadas. Inclusive admitió haber cometido sacrilegio al devorar las ofrendas o robarlas cuando el monje custodio se descuidaba.

También pasó por tiempos difíciles donde simplemente sobrevivió en los callejones hurgando en la basura o sustrayendo frutas o verduras de un puesto cercano o robando hortalizas ajenas.

Cualquier método era válido cuando se tenía hambre. Fue ahí donde fue recogido por un hombre extrajero, Jean Jacques Chastiel, quien en realidad era uno de esos nosferatu occidentales, que únicamente lo consideró valioso, ya que era una oportunidad perfecta para alcanzar sus objetivos personales.

Menma se estrelló contra una nube, sacándolo inmediatamente de su letargo, pese a que no recibió ningún tipo de daño, el susto si lo descolocó lo suficiente para que se percatara de que se había desviado de su destino.

Descendió hacía el santuario que había decidido bendecir con su custodiada esa noche. Al estar en su forma cuadrúpeda, fue sencillo caminar con sus patas por el adoquinado piso, el cual tapizaba ciertas zonas en el patio del templo.

El lugar era completamente inmaculado, ya que el sacerdote no tenía su residencia dentro de los terrenos del templo. Menma sonrió zorrunamente a causa del golpe de suerte, sin presenciar humana se podría anclar más fácilmente la energía esperitual celestial.

Seguro que ningún humano se hallaba en la redonda, el zorro dorado extendió sus esponjosas y peludas colas, el motivo era que iba a levantar una barrera espiritual defensora fijando un perímetro alrededor del sitio de veneración.

A continuación invocó una gran variedad de llamas azules, ya estaba acostumbrado a moldear su propio fuego mágico en bolas diminutas que ardían con entusiasmo. Las había creado con el objetivo de brindar un elemento de seguridad extra a la cúpula espiritual.

Sacudió cada una de sus colas, esparciendo en el proceso múltiples esferas azules ardientes en varias direcciones, como si fueran esporas . Por lo general se relacionaba los fuegos fatuos o Hitodama, con las almas de los difuntos, así que cuando eran vistos por gente, estas salían corriendo despavoridas al temer que un fallecido los siguiera y maldiciera.

Sin lugar a dudas era la mejor manera de mantener a los metiches lejos.

El Kyubi se acercó a la pequeña pagoda de madera, abrió con el hocico la puerta de madera corrediza, topándose con el típico

Abura—age, que no era otra cosa que una fritura de lonchas de tofu, que tradicionalmente se decía que era la comida favorita del kitsune. Y no se equivocaban en es punto, Menma adorada ese platillo.

Devoró la ofrenda con gusto, aunque a la mañana siguiente el sacerdote creería sin duda que algún indigente lo había robado, pues ni ellos que eran los humanos más fieles al dios Inari tenían fe de que los Kitsune fueran reales.

Con el estómago lleno, la bestia de nueve colas cerró de nuevo la pequeña capilla de madera con su hocico y se recostó, apoyando su espalda en el polvoriento suelo, como sí estuviera exhausto, pero no era así, tenía otro significado.

Sin perder tiempo empezó su ritual, comenzó a dar giros, parecía un canino que le habían ordenado que ejecutara el truco de darse vuelta sobre su lomo y rodar varias veces. No le habían dado el apelativo "Uzumaki" por nada, su método para bendecir la tierra recordaba mucho a los remolinos, y de hecho algunos Kitsunes decían que ese patrón se quedaba impregnado de manera invisible en el piso como una especie de firma.

La misión de Menma, como uno de los pocos Kyubi, consistía en recargar la fuerzas espirituales del sitio. Al remover su cuerpo sobre esas tierras, se impregnarían con lo que denominaba chakra natural que protegería toda clase de vida.

Habitualmente, los primeros beneficiados eran las plantas, desde árboles hasta el fino pasto que crecía en el suelo. En segundo lugar estaban estaban los animales nativos del lugar, como por ejemplo: los pájaros que hacían sus nidos en el bosque; las ardillas que almacenaban bellotas en los tronos de los arboles; los zorros salvajes, esos ejemplares abundaban en el perímetro de cada templo, inclusive perros y gatos callejeros también.

Cualquiera ser vivo del reino animal obtenía la protección de dicho manto sagrado, ya que se consideraban como criaturas puras, al ser hijos de la naturaleza.

Así que sus actividades no limitaba en ir a la perder el tiempo resguardando un pequeño santuario hecho por el hombre, y hacer trucos caninos como criticaban los Tanuki. Esos malagradecidos deberían tenerles más respeto, gracias a los kitsune, los mapaches silvestres eran bendecidos también.

Por otro lado, agradeció que Charasuke no pudiera estar presente sino le hubiera soltado alguna frase cursi, como por ejemplo: "Buen chico, ahora dame la patita, así te daré una galleta".

Aunque el Uchiha deseara estar allí con él en ese templo, el velo espiritual del Dios Inari jamás se lo permitiría, al ser hijo de la luna roja había ciertas cosas que estaban fuera de su alcance, entre ellos profanar territorios orientales sagrados. Así él tuviera sangre japonesa, las barreras místicas no le permitían la entrada.

No se trataba de ser juzgado como bueno o malo, ya que no todos los Kitsune eran benevolentes y aún así podían ingresar a los centros ceremoniales. Lo que sucedía es que el propio celo del lugar repelía lo que consideraba como desconocido.

En Japón, pese a que Charasuke no era un no muerto, como comúnmente se le denominaba a los vampiros asiáticos, su existencia confundía a las deidades, no sabían cómo catalogarlo debido a que su esencia espiritual venía de un individuo occidental, así que mejor se guardaban su derecho de admisión.

La luna llena brillaba con fuerza, iluminando por completo el lugar donde Menma reposaba de cabeza, había detenido su último giro en esa posición debido a sus reflexiones nocturnas pasadas y presentes.

Durante muchas noches, el zorro dorado meditó en como clasificar a ese idiota con el que ya llevaba un siglo conviviendo. En primera había dejado de ser humano, su olor y fuerza vital lo demostraban, no obstante tampoco era un demonio ni un mitad bestia, lo más aproximado a una etiqueta se resumía a un humano con tendencia a beber sangre, que contaba con poderes sobrenaturales, sumado a longevidad y juventud eterna.

—Ese idiota ¿estará viendo esta preciosa luna también?—se preguntó a sí mismo, la permanencia de Sasuke instalado en la profundidad de su mente.

Menma permaneció recostado sobre su vientre, pese a que su mente estaba ocupada con sus sentimientos y preocupaciones, conservaba la postura que tendría una bestia guardiana de un templo. Tenía sus cinco sentidos en un estado de alerta. Su cabeza erguida, con unas orejas pendientes a los sonidos ambientales, provenientes de la vida silvestre que habitaba el bosque; sus ojos rubíes completamente despiertos, sin ningún signo de cansancio a la vista, observando cualquier tipo de movimiento ajeno a la fauna del lugar.

La fuerza divina del Dios Inari era tan basta que duraría hasta que el sol se volviera a asomar por el este, con la ceremonia de protección finalizada con éxito, al Kyubi no le quedaba de otra más que esperar que se produjera el efecto deseado. Porque su trabajo no consistía solamente en ejecutar el ritual, habría que supervisar que se asentara en el terreno y esto sólo se podría constatar al amanecer.

Resopló aburrido, recargando su cabeza en sus patas delanteras, empezó a disipar su ansiedad moviendo sus colas en distintas direcciones, como ya no estaba cargado con "esporas" de poder espiritual, se sentía más ligero a realizar actos cotidianos como estos, sin temor a que algo malo surgiera. .

No podría dejar de mortificarse por las consecuencias que podría acarrearle al Uchiha ante el inevitable quiebre en su abstinencia de sangre.

Ese mosquito siempre presionaba su vida hasta un borde nocivo, sin sentarse a pensar que aunque tuviera una tenacidad física sobrehumana, eso no implicaba que la muerte no tocaría su puerta si se pasaba con sus juegos extremos.

Que Chara no escuchara sus advertencias, lo frustraba tanto, muchas veces recurrió a la intimidación, agarrándolo por el cuello de sus camisa para que reaccionará y abandonara esas prácticas suicidas. Sin embargo sus esfuerzos resultaron infructuosos, el pelinegro sonreía divertido, como un niño sin miedo, pues sabe que se saldrá con la suya, a pesar de que su progenitor este furioso con él.

Sospechaba que aunque lo obligará por la fuerza a detenerse, encontraría una manera para escabullirse y practicar otros pasatiempos peligrosos en la clandestinidad. Y es que para un vampiro con una alta capacidad de sanación, incluso una paliza no representaba una amenaza seria.

Menma devolvió su atención a la luna llena, que ahora lo contemplaba a él, desde el cielo nocturno, siendo testigo de su gran pesar. Ahora que divisaba la gran belleza del astro plateado, se reavivó las memorias que agitaban su angustiado corazón.

Como olvidar aquel primer encuentro, fue en una noche como esta...* pensó Menma trayendo ese recuerdo con cierto cariño a su cabeza.

Hace 100 años atrás, Sasuke Uchiha atacó a una sacerdotisa en una ermita consagrada al dios Inari en Osaka, que todavía no recibía la bendición de la deidad, así que estaba desprotegida a cualquier ataque.

Por ese pequeño detalle le fue fácil al chupa sangre ingresar sin que ninguna barrera espiritual se lo impidiera. Como la doncella se hallaba sola, colocando la ofrenda en el altar al dios protector de la montaña, Inari, en segundo fue atrapada por este hijo de la noche.

En ese tiempo, Uchiha le había agarrado el gusto de beber la sangre de jóvenes vírgenes y entregadas a deidades. Pues tenían un sabor dulce como a manzana, no por nada se relacionaba esa fruta a la prohibido.

La joven sacerdotisa gritó, con la esperanza de que algún visitante nocturno la escuchara, no podía contar con la asistencia de sus padres, pues estos habían bajado al pueblo de visitar a un pariente enfermo.

Para su desgracia, nadie acudiría a rescatar, o al menos eso creyó ella.

Justo antes de que el vampiro le clavara los colmillos a su víctima, Menma apareció, en su perfil de Kitsune, en un santiamén arremetió con su cuerpo peludo al victimario, lanzándolo por los aires, permitiéndole a la chica salir corriendo a un lugar seguro.

Los sacerdotes, monjes y sacerdotisas eran los únicos seres humanos que los Kitsune salvaguardaban, sin importarle hacer pública su presencia, igual podría borrar la memoria de quienes fueron testigos de su magnificencia.

El combate que rindieron el vampiro y el Kyubi en el patio de aquel santuario, que se convirtió en una arena de lucha, duró toda la noche. Ambos hicieron gala de sus habilidades de lucha propias de cada especie. No era la primera vez que Menma se enfrentaba a un nosferatu del poniente, no era complicado amedrentar a uno, mas bien era desgastante, ya que tendría que cansarlo propinándole varios golpes, y eso tomaba tiempo.

Como era de esperarse, llegó un punto en donde los dos quedaron exhaustos. Menma aprovechó cuando su oponente bajó completamente la guardia, pues hasta los tipos como él tenían un límite para sus fuerzas físicas.

Súbitamente logró capturarlo con sus colas, inmovilizándolo por completo, tal como lo haría una serpiente constructora al enrollar su cuerpo sobre su objetivo. En cuanto lo tuvo bien sujeto, partió con el nosferatu como su prisionero.

Volar con esa carga fue una tarea titánica, pues el adicto a la sangre no dejaba de resistirse, esto ocasionaba cierta inestabilidad en el desplazamiento por el cielo. El secuestrado trató una y otra vez de libertarse, incluso repartió algunas mordidas sobre aquellas colas felpudas. Ante las molestias por aquellas dolorosas dentalladas, Kyubi tuvo la tentación de dejarlo caer desde esa gran altura. Quizá el vampiro no moriría por la caída libre, pero al menos esos colmillos lo dejarían de torturar.

No obstante, al final dispuso llevarlo hasta su madriguera, después de todo ya estaban cerca de llegar a su destino. Dicha ubicación era una casa abandonada, en deplorables condiciones para ser habitada por humanos, empero un hogar ideal para un Kitsune.

En cuanto estuvieron en el interior de la maltrecha vivienda, Uzumaki aflojó las ataduras un poco, su intención era acomodar a aquel mordelón para dejarlo a su merced. De nueva cuenta, empleó sus colas para agarrar, con destreza y fuerza, las extremidades del otro, situándole en una posición vulnerable, ahí fue donde finalmente le aplicó un último correctivo, azotándole con cada una de sus apéndices.

Los porrazos fueron en distintas áreas del cuerpo del chupa sangre. Su espalda, piernas y glúteos fueron las zonas más afectadas.

Luego de suministrarle esta última estocada, que indudablemente mermó en su totalidad las fuerzas físicas del azabache, fue cuando el animal fantástico reveló su figura humana y su verdadero nombre.

Supuestamente el plan era contener a ese impertinente vampiro, demostrándole que no era bienvenido aquí y que si persistía sería prácticamente apaleado. El rubio ya tenía experiencia con ese tipo de "mosquitos con patas" provenientes del oeste. Por lo general luego de su amenaza y escarmiento físico se largaban a América o Europa, o de donde fueran.

"Es bueno sentirse vivo"

Todavía Menma se acordaba de esas palabras tan extrañas que Charasuke soltó, cuando estaba malherido por aquellos azotes, inclusive tenía muy presente esa sonrisa satisfecha.

En ese instante fue extraño su comportamiento, nadie en su sano juicio estaría feliz por estar tan cansado, en un estado físico deplorable y viendo a su enemigo con esa tranquilidad en su mirada.

Esa debió ser la señal de que el destino tenía otros planes para Menma, transformándose en una contradicción legítima a la lógica. Pues este encuentro afortunado, nació de una serie de eventos desafortunados.

Ahora, en el presente, Uzumaki se maldecía así mismo por haberse enamorado de ese mosquito, amaba tanto a ese idiota...debió haberlo castigado más fuerte, y abandonarlo a su suerte en aquella casa en ruinas que tenía por madriguera en ese entonces. No haberlo ayudado a sobrellevar sus heridas físicas y emocionales, a decir verdad nunca supo de donde le salió esa compasión, pues nunca fue una persona .

Uzumaki suspiró profundamente con nostalgia, ahora esta nueva emoción se sumó a su zozobra, aumentando su anhelo de regresar al lado de su amado.

—Espero que haya salido a buscar su cena—declaró en voz alta su más grande ilusión.

Sus ojos rojos que generalmente expresaban un grado alto de intimidación, ahora rebosaban de esperanza de que su pareja ya hubiera acabado con su abstinencia auto inflingida.

Precisamente por ese pasado que compartían y que dio inició a su actual relación de amantes, quería que la noche transcurriera lo más rápido posible. Únicamente de este modo podría espantar estos males presentimientos que lo atormentaban con escenarios catastróficos.

Una pequeña corriente de aire se manifestó, ondeando un poco de tierra de aquel santuario, pero también se llevó el mensaje incorpóreo de aquel joven enamorado.