Descargo de responsabilidad: Harry Potter y todos los personajes son propiedad intelectual de J.K. Rowling.

Autora: Alysian_Fields

Finite Incantatem

Capítulo 19 – Quid est veritas?

–Contame de cuando eras chico. –susurró Harry.

Estaban acostados en cucharita, Harry desde atrás lo tenía fuertemente abrazado. Draco lo había penetrado momentos antes esa noche, había sido la suavidad y delicadeza personificadas, marcando un profundo contraste con la brutal primera vez. Harry, masoquista al fin, casi había extrañado la violencia. El placer de ser tomado era tan grande, abrumador incluso. Pero para él, ceder el control, era difícil. A pesar de eso, o justamente por eso quizá, hubiera preferido que Draco lo obligara a someterse, que lo aplastara contra la cama con una mano sobre la nuca y lo forzara al placer, casi como una violación. Pero Draco era demasiado bueno para eso, Draco era demasiado bueno para él.

Yacían abrazados en la oscuridad en la lasitud de después del placer, deleitándose en el cálido contacto de las pieles que olían a sudor y a sexo.

–Contame de cuando era chico. –insistió Harry.

Draco suspiró. –¿Qué querés saber?

–Cualquier cosa. Contame qué clase chico eras, qué hacías, qué te gustaba hacer. Quiero formarme una imagen en la cabeza.

–No sé. Era muy serio, supongo. Tenía maestros particulares que venían a enseñarme a la Mansión. Prácticamente nunca jugaba con otros chicos. A mis padres tampoco los veía demasiado. Mi madre venía a leerme un cuento antes de dormir. Los domingos mi padre me llevaba a su estudio y me hablaba del prestigio de la familia, del modo en que debía comportarme y de lo que esperaba de mí. Le tenía un poco de miedo, pero lo quería. Había veces en que lo veía mirarme con mucho orgullo, eso me ponía tan feliz. Nunca me abrazaban… tampoco me decían que me querían, pero los momentos que pasaba con ellos eran los mejores. Solía ser bastante odioso con las niñeras y con los maestros porque presumía que eran los que me apartaban de ellos. Pasaba mucho tiempo solo. No era algo tan malo. Me gustaba leer, me gustaba estudiar y me gustaba explorar la casa y el jardín. En el huerto de los cerezos había la estatua de un ángel, yo solía ir a leerle. Hacía de cuenta que era un amigo. También me gustaba mucho escribir. Una vez escribí un cuento de un príncipe que tenía el corazón de hielo y un día se había enamorado de una doncella pobre que había visto pasar por la calle, pero el amor hizo que se le derritiera el corazón y le causó la muerte. Sí, ya sé, no era muy bueno para los argumentos, pero me gustaba escribir esos cuentos. El suelo del salón de baile era de mármol muy pulido y reflejaba todo como un gran espejo, a veces me imaginaba que me caía a través y pasaba a un mundo donde todo estaba al revés. Tenía prohibido bajar a los subsuelos, pero una vez se olvidaron de cerrar la puerta y me colé sin que me vieran, bajé y bajé muchas escaleras y llegué finalmente a los calabozos donde en otras épocas encerraban y torturaban a los enemigos. Había calaveras alineadas en una de las paredes. Mi padre me descubrió y como castigo me dejó encerrado allí durante la noche. Lloré y grité hasta quedarme sin voz. Mi madre vino a sacarme mucho después, ésa fue la única vez que los oí gritarse entre ellos muy enojados. A Crabbe y Goyle me los presentaron cuando tenía diez años, creo que los habían instruido para que me cuidaran cuando fuéramos a la escuela. Como podrás ver, tuve una infancia bastante normal. ¿Y cómo fue la tuya?

Harry se había hecho una imagen pero se cuidó de emitir juicios. Una infancia opulenta pero de virtual abandono. Un niño precozmente brillante, amado sí, pero a respetable distancia. Un niño que creció entre oro y marfil pero que también conoció el terror del encierro, esa noche en la oscura cámara de torturas.

Harry le contó de su vida con los Dursleys. Le contó del encierro en el armario bajo la escalera, de la vez que terminó en el techo de la escuela por una explosión de magia descontrolada que no sabía que poseía, de los tormentos a los que lo sometían Dudley y su pandilla de amigos, de cómo se sentía siempre feo y odiado. Le contó que desde muy chico había aprendido que llorar era inútil puesto que nadie venía nunca en respuesta a su llanto. Cuando terminó el relato, los dos se quedaron en silencio durante unos momentos.

–¿Por qué desperdiciamos tanto tiempo odiándonos mutuamente? –preguntó finalmente Draco.

–No lo sé. – replicó Harry.

–Me hubiera venido muy bien tu compañía. Me gustaría que te hubieras escapado y que hubieras llegado hasta mi casa y que de alguna forma te las hubieras ingeniado para pasar a través de las barreras. Me gustaría haberte encontrado un día sentado a los pies de mi viejo ángel de piedra. Y yo te hubiera encontrado un lugar para que vivieras, escondido, y te hubiera llevado comida y hubieras sido mi amigo secreto.

Harry rió suavemente. –Así como lo describís, me hacés parecer como una mascota. Pero entiendo lo que querés decir. A mí también me hubiera venido bien un amigo.

–No quiero volver a estar solo, nunca más.

–Yo tampoco. Me gustaría que pudiéramos irnos juntos a vivir a otro lugar, donde nadie nos conociera.

–Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que deseé exactamente lo mismo.

–Cuando todo esto termine…

–Sí.

Hubo una pausa. –¿Qué es lo que creés que fue lo que ocurrió con la ventana la semana pasada? –preguntó Draco.

Harry pensó un instante antes de contestar. –No estoy seguro. No sé si puedo encontrarle una explicación. ¿Vos estás seguro de que tus poderes mágicos no están volviendo? –notó que Draco se ponía tenso– Aunque también puede tratarse de algo muy gradual y todavía no te das cuenta. Porque no es sólo la ventana, Draco. No sé si vos lo notaste pero pasan cosas cuando estamos… ha habido evidencias de magia cuando tenemos sexo.

–Bueno sí… pero cuando pasa eso… estamos los dos. –dijo Draco con un dejo filoso en el tono.

–Sí, por supuesto. –dijo Harry tratando de apaciguar– desde el principio yo pensé que era yo… pero no lo siento como si fuera yo. Y cuando se rompió la ventana, el que estaba muy alterado emocionalmente eras vos. Draco, no lo digo para que te sientas mal, no quisiera que te enojes, estoy sugiriendo una explicación.

–Ya sé. –dijo Draco– Y yo fui el que mencionó la cuestión. Pero no puedo explicarme cómo puede ser que vuelva. La magia no es algo que vuelva a crecer. Y él hubiera elegido otro castigo si sabía que la maldición se desvanecería con el tiempo.

–Quizá no lo sabía o…

–Harry, no sigas. –lo interrumpió, pero sin aspereza– Sé que lo decís para ayudar. Pero para mí sigue resultando doloroso. Aunque de a poco me estoy acostumbrando a lo que me pasó, sé que nunca lo voy a superar del todo. Nada queda de la persona que fui alguna vez. A veces tengo mucho miedo y es sólo porque estoy con vos que me decido a seguir adelante. La esperanza me asusta. Y prefiero aferrarme a lo que tengo realmente… y sólo Merlín sabe si me va a durar.

Harry sabía también, y muy bien, sobre ese miedo. –Perdón, –susurró dándole un beso en la nuca– no lo voy a volver a mencionar. No quiero que te sientas mal.

–Ya sé, yo tampoco quiero que te sientas culpable. Es todo muy confuso. Ojalá lo de la ventana nunca hubiera pasado porque… porque complica las cosas más de lo que ya estaban.

Harry lo abrazó con más fuerza, deseaba poder hacer algo para apartar la confusión, para mitigar el dolor.

La proximidad física era tan excitante. Harry se censuró internamente, cómo podía ser tan prosaico, entre tanto torbellino mental y dolor emocional, su cuerpo sólo parecía ansiar sexo. Aunque a Draco no parecía importarle, había empezado a provocarlo frotando las nalgas contra su erección.

–Harry… haceme olvidar de nuevo.

oOo

Lupin no regresó a Grimmauld Place sino hasta fines de abril. Después de la tormentosa ruptura con Tonks, Harry incluso había empezado a temer que Remus no volvería nunca más a los cuarteles. Necesitaba hablar con él, quería disculparse por lo severo que se había mostrado con Remus en la última conversación que habían tenido. Él menos que nadie podía erigirse en juez de lo bien o mal que manejaban los otros sus vidas sentimentales.

La noche que había regresado, Harry no había podido casi ni acercársele. La señora Weasley se había horrorizado al ver lo escuálido que estaba y había estado todo el tiempo alrededor sirviéndole comida a montones y regañándolo por dejar que un fracaso sentimental lo afectara hasta tal punto como para dejar de comer bien. Harry había estado dando vueltas esperando una oportunidad para poder hablar en privado con él, pero finalmente se había dado por vencido y se había ido a acostar.

Recién a la noche siguiente pudo encontrarlo solo en el estudio. Tenía realmente un aspecto terrible, muy pálido y demacrado, una cicatriz reciente le cruzaba la frente.

–Hola Harry.

–Hola Remus, quería… ¿tenés unos minutos?

–Por supuesto. ¿De qué querías hablarme?

Harry se sentó frente a él en una de las sillas del otro lado del escritorio.

–Quería disculparme… por lo que dije la última vez cuando hablamos sobre Sirius… estuve mal… yo no soy quién para juzgar…

–No es necesario. –lo interrumpió Remus amablemente, cortando así lo que se anticipaba como una incómoda e incoherente disculpa– No dijiste nada mal. En realidad dijiste lo mismo que yo pensaba y que me autorreprochaba. Y vos también estabas pasando por lo tuyo… así que es más que entendible que hablaras como lo hiciste.

–No es que estuviera enojado con vos. Era la situación… tan injusta. Me disgusta que Sirius y vos tuvieran que mantener en secreto la relación, que vos no pudieras llorar abiertamente su pérdida. Me disgusta que la gente excluya a las personas por algo que no tiene nada de malo y que no hay por qué verse obligado a evitar. Esa noche me la agarré con vos, por eso quería disculparme.

–Lo entiendo y perdón por haberte decepcionado. No tenía ninguna excusa que justificara la forma en que me estaba comportando. Vos fuiste mucho más valiente que yo, te admiro por la forma en que los enfrentaste y defendiste tu relación con Draco. Sé que no es nada fácil.

–Muy cierto. –confesó Harry– Y la gente ha cambiado después de eso, quizá no se note tanto porque son buenas personas y amigos y tratan de disimular. Pero se comportan raro cuando están cerca de mí. Y hacen bromas intencionadas y Kingsley me dijo que no le cuente a nadie más sobre mi sexualidad. Es triste y deplorable, yo sigo siendo el que fui siempre, ¿por qué habrían de tratarme distinto?

–Sí, es muy triste, –dijo Remus con un suspiro– y supongo que debe de ser peor porque se trata de Draco.

No comentó la última afirmación, Remus tenía razón, pero Harry no quería que la conversación tomara por ese derrotero. Prefirió desviarla hacia otro rumbo. –Tuve otro sueño con Sirius.

Remus se puso en alerta y preguntó con tensa ansiedad. –¿Qué… que dijo?

Harry sonrió. –Me dijo que no fuera tan duro con vos. Que todos nos equivocamos a veces, sobretodo si nos sentimos solos o angustiados. Quería que te dijera que te ama y que va a estar esperándote. –se sentía incómodo como intermediario, diciéndole esas cosas tan íntimas, eran asuntos privados entre amantes.

A Remus le brillaron los ojos, las manos sobre el escritorio le temblaban. –¿Realmente dijo eso?

Harry se sonrojó. –Así es. No quisiera tener que ser yo el que te lo diga… pero así es, me pidió que te dijera que no está enojado con vos y… que te ama.

Hubo un largo silencio. Harry empezó a considerar la posibilidad de irse para dejarlo solo reflexionando, pero no sabía cómo hacerlo sin que resultara descortés.

–Gracias por habérmelo dicho, Harry. –dijo finalmente– Supongo que para vos debe de ser muy incómodo, pero no sabés cuánto significa para mí. Saber que él está en algún lugar y que me ha perdonado… y que existe la posibilidad de reencontrarme con él en algún momento indefinido del futuro.

–No creo que perdonar sea la palabra que corresponde, creo que él no cree que haya nada que perdonar. Te ama. Y cuando uno ama, acepta al otro con debilidades y no se decepciona… todos somos humanos y frágiles en algunos aspectos.

–¿Hablás por experiencia? –dijo Remus con una sonrisa.

Harry no contestó enseguida, parecía haber concentrado toda la atención en la gastada y descolorida alfombra.

–¿Harry?

–Eh… no… no hablo por experiencia. Eran divagaciones nada más. Yo sé muy poco sobre el amor.

–Creo que sabés más de lo que creés. ¿Cómo van las cosas con Draco?

Antes de que Harry pudiera replicar, golpearon a la puerta y Hermione asomó la cabeza. –Remus, Ron y yo queríamos… ah Harry estabas acá… perdón, mejor volvemos más tarde.

–No, pasen, está bien –dijo Harry agradeciendo la interrupción.

–Bueno. –dijo Hermione, y entró seguida de cerca por Ron– Encontré un encantamiento de detección en uno de los libros del ático y me parece que no es uno de los que estamos usando.

–Bueno, –dijo Remus– subo dentro de un rato para que me lo muestres.

–¿De qué estaban hablando? –preguntó Ron sentándose en la silla junto a la de Harry.

–Harry me estaba contando de Draco. –dijo Remus antes de que Harry pudiera decir nada.

Ron se removió incómodo en el asiento. –¿Cómo está? –preguntó con un atisbo de culpa en el tono.

Harry se encogió de hombros. –Ya te imaginarás… supongo que más o menos bien dentro de todo.

Ron lo miró con ojos de perrito culpable. –¿Sigue enojado conmigo? Vos sabés que no me cae simpático… pero yo no tendría que haber traído el tema de su padre.

Harry no pudo evitar sonreír. Pobre Ron, en realidad no había dicho nada que no fuera cierto pero igual se sentía culpable por haberlo herido. –Él entendió… pero el otro día estaba muy alterado, y todavía trata de asumir la muerte de sus padres. Y te puedo asegurar que estaba más enojado conmigo que con vos.

Ron hizo una cara. –Bueno… decile que le pido disculpas…

Harry vio que Hermione sonreía orgullosa. –Gracias Ron, aprecio mucho que lo digas.

–¿Le contaste a Remus sobre lo de la magia? –preguntó Hermione introduciendo un tema espinoso que Harry hubiera querido evitar.

–No, no se lo había contado. –dijo Harry reconviniéndola con la mirada.

Ella se mordió el labio. –Oh…

Harry no quería hablar de eso. Sabía que Hermione había estado pensando en el asunto de la ventana, y como indudablemente era muy lista, había llegado sin demora a la misma conclusión que a él le había tomado semanas. Algo estaba pasando con la habilidad de Draco para hacer magia. Harry había deliberadamente evitado el tema a pesar de que ella había hecho repetidas insinuaciones al respecto. Era preciso que protegiera a Draco, que lo protegiera de las sospechas. No quería un factor más que atentara con una relación que ya de por sí era frágil.

–¿De qué se trata? –inquirió Remus, sus ojos iban de Harry a Hermione y de vuelta a Harry.

Harry suspiró. Confiaba que Remus se mostrara justo. Confiaba en que sus sentimientos respecto de Draco no interferirían con su juicio. Y hasta era posible que pudiera aclarar algunas cosas.

–Han estado pasando cosas.

–¿Cosas?

–Sí… con Draco. Cosas que no alcanzo a entender del todo… Remus, ¿creés que posible que su magia pueda volver después de la maldición?

Remus reflexionó un instante antes de contestar –No que yo sepa. Se trata, tengámoslo presente, de una maldición muy rara, los casos documentados son poquísimos, pero en ninguno de ellos se menciona que la víctima recuperara la magia. Aunque con una casuística tan limitada, nada puede afirmarse con certeza. ¿Por qué me lo preguntás?

–La semana pasada Ron y Draco tuvieron un discusión muy agitada y Draco se puso furioso y el cristal de la ventana se quebró. De los cuatro que estábamos, él era el único que estaba muy alterado. Le pregunté y él me dijo que no le encontraba explicación. Dice que él no siente nada diferente, pero… – no continuó, se limitó a encogerse de hombros, poner en palabras la sospecha se le antojaba una nueva traición.

–¿Ésa fue la primera vez que notaste algo así? –preguntó Remus.

–No.

–¡Pero eso no nos lo habías dicho! –le espetó Hermione acusadora.

Harry se sonrojó. –Pero en los otros casos siempre fue cuando estábamos… bueno… ya sabés…

Remus levantó una ceja. –Interesante, hubo evidencia de liberación de magia durante los momentos íntimos. ¿Cuándo fue la primera vez que lo notaste?

Lo hacía sentir muy incómodo tener que hablar de esas cosas. –Supongo… que la primera vez fue cuando estábamos encerrados en el sótano de Riddle House. Hacía mucho, mucho frío… y después ya no. ¡Pero pudo haber sido mi imaginación! Y estas cosas… estas cosas mágicas extrañas, pude haber sido yo… no hay prueba de que tengan que ver con Draco… pude haber sido yo que inadvertidamente liberé alguna forma de magia.

–Pero vos no creés que sea así. –Remus no le dio entonación de pregunta a la oración.

–No. –admitió Harry.

Hubo una pausa.

–Es muy interesante. –comentó Remus finalmente– La liberación espontánea de magia es un fenómeno muy conocido, sobretodo en los niños, pero muy poco entendido. Se trata de magia en su forma más primigenia. Es un terreno muy poco explorado. Harry, ¿se te ha ocurrido que vos puedas ser la causa de estos fenómenos, aunque de manera indirecta?

Harry lo miró desconcertado. –¿Te podés explicar mejor?

Remus sonrió. –Voy a intentarlo… pero como ya apunté antes entramos en terreno desconocido… podemos plantear conjeturas… pero las certezas son pocas. Quizá debamos retroceder un poco. Harry, ¿Qué te había dicho Dumbledore en su momento sobre las debilidades de Ya Sabés Quién?

Harry frunció el ceño, no entendía que podía tener que ver eso. ¿Adónde quería llegar Remus? –Bueno… no mucho. Me dijo que tenía un particular apego por ciertos objetos y que no podía entender el amor, que no sabía cómo amar.

–¡Exactamente! Creo que esa podría ser la clave. Ya Sabés Quién sólo conoce de poder y de odio. Su fuerza se basa en eso. Dumbledore te lo dijo y te dijo que tu capacidad de amar era importante, ¿no?

Harry asintió. –Sí. Dijo que ésa fue la razón por la que Voldemort no pudo poseerme por completo en el Ministerio después de que… de que Sirius murió. Pero no veo que relación…

–Pensá un poco. Pensá en quién sos vos. Como te dijo Draco, vos sos el heredero de Gryffindor. Voldemort, el de Slytherin. Los poderes de él se asientan en odio y crueldad, los tuyos en amor.

Harry seguía tan confundido como al principio pero Hermione pegó un chillido lleno de ansiedad. –¡Ah… ahora lo veo! Estás diciendo que Harry y Ya Sabés Quién son opuestos. La antítesis el uno del otro. Y lo que Voldemort obra mediante odio, Harry lo puede deshacer con amor.

Era demasiado, y traído de los pelos, para que Harry pudiera digerirlo así de golpe. Ron estaba igual que él.

–Por supuesto que se trata de pura especulación, –agregó Remus– es una teoría que habría que probar, podría ser totalmente errónea.

–¡Pero concuerda! – exclamó Hermione– Tiene sentido.

Harry cerró los ojos tratando de concentrarse. –Entonces… estás diciendo que yo estoy anulando la maldición que Voldemort puso sobre Draco. ¿Espontáneamente, sin darme cuenta? ¿Que mis sentimientos por Draco pueden borrar el hechizo al que el odio de Voldemort lo sometió?

–Es una posibilidad, una hipótesis. El poder que poseés, Harry, es muy grande y difícil de entender. Creo que vos te subestimás.

–Harry, –dijo Hermione cauta– ¿se te ha ocurrido que Draco podría haber llegado a la misma conclusión?

–¿Qué? ¿Cómo podría…?

–Es muy inteligente… –insistió Hermione.

–Eso ya lo sé, ¿adónde querés llegar?

–Bueno… él sabía que vos sos el heredero de Gryffindor, ¿no? Es muy astuto y tiene una mente muy aguda. Y tiene un proceso de pensamiento y de deducción muy desarrollado, muy por encima de la media de las personas, de eso me he dado cuenta en estos últimos días que estuvimos trabajando juntos. Puede que se haya dado cuenta de que vos sos el indicado para salvarlo, para devolverle la magia que le quitaron.

–¡Paren, paren! –protestó Ron– No es posible que Malfoy haya podido deducir todo eso. Admito que es muy inteligente, pero nadie puede desenredar todo este embrollo y llegar a una conclusión así.

–Él sí que podría. –insistió Hermione resuelta.

–Pero todo esto no son más que conjeturas, –les recordó Remus– no hay manera de probar que sean ciertas y ciertamente no justifican que se empiecen a lanzar acusaciones.

Harry estaba empezando a sentirse mal. Ahora comprendía de qué estaban hablando. Estaban hablando de su destino. Estaban hablando de la profecía. Estaban hablando del poder que él podía blandir contra Voldemort, poder que ni Harry mismo entendía. Y Hermione estaba insinuando que Draco había deducido todo, estaba insinuando que…

–No tiene sentido –intervino Ron– Draco siempre fue un pelotudo, pero como villano no se caracterizaba por la sutileza. No es posible que pudiera pensar en algo tan enredado.

–Yo creo que hubiera podido, para recuperar la magia – repitió Hermione– No lo estoy acusando de nada. He disfrutado mucho trabajando con él estos días. Pero no voy a cerrar los ojos ante la posibilidad. No voy a descartar la posibilidad de que Draco pudiera haber estado engañando a Harry, tratando de que se enamorara de él para…

–¡No! –Harry se puso de pie y se volvió para encararla– ¡Vos no lo conocés en absoluto! ¡Desde el principio estuviste convencida de que quería aprovecharse de mí! ¡Y ahora estás tratando de retorcer tu puta lógica para sustentar tus sospechas! ¡Acaso te parece tan inconcebible que alguien se pueda enamorar realmente de mí?

–¡Por supuesto que no, Harry! –los ojos de Hermione se le estaban llenando de lágrimas– Sé que estoy como la mala de la película… pero te conozco. Sé que a veces tus sentimientos empañan tu juicio y… tengo que decirlo… es posible que Draco pudiera tratar de sacar partido de eso.

Harry desvió la mirada. Odiaba que le estuviera haciendo esto. La odiaba por sembrarle todas esas dudas en la mente. ¿Y ahora en qué iba a confiar? ¿En la forma en que Draco lo hacía sentir cuando estaba juntos o en los retorcidos razonamientos que insinuaban que Draco lo había estado usando? ¿Era posible que alguien como Draco se enamorara de él? Dios sabía que se lo había preguntado antes innumerables veces, ¿qué podía encontrar Draco en él que lo cautivara? Lo invadieron incontenibles ganas de echarse a llorar.

–Lo siento, Harry. –susurró Hermione.

–Esto no es justo. –dijo Remus– No es justo acusar a Draco o siquiera hacer insinuaciones, no está presente para defenderse. Y tampoco es justo para Harry.

–Pero en parte Hermione tiene razón –concedió Harry– Tenía que plantearlo… no es algo en lo que yo quisiera pensar…

–Yo sigo sin creer que sea posible –intervino Ron– No lo creo a Malfoy capaz de una cosa así.

–Nunca creí que llegaría el día en que habría de expresar mi acuerdo con vos, Weasley. –les llegó una voz desde la puerta.

Harry se volvió para mirar a Draco. Las luces parecían relumbrar en su maravillosa piel, en sus maravillosos cabellos. Más bello que nunca bajo las sospechas de traición. Draco no miró a Harry. Su mirada se clavó en Hermione que no pudo sostenérsela.

–¿Cuánto hace que estás escuchando? –preguntó Ron incómodo.

–Lo suficiente. Me he aficionado mucho a escuchar detrás de las puertas, deplorable lo sé, pero es la única forma que tengo de enterarme de lo que Harry siente.

Harry acusó el golpe, se estremeció de vergüenza.

–Es una teoría muy interesante la que han elucubrado. Y puedo entender por qué Granger se ha mostrado tan entusiasta a suscribirla sin cuestionarla demasiado.

–En ningún momento mis planteos estuvieron dirigidos a implicarte a vos en nada. –aclaró Remus.

–Lo sé, –dijo Draco– pero es que yo soy tan fácil de implicar, ¿no? Soy un sospechoso tan obvio y, quizá no corresponda que sea yo quien lo diga, irresistible.

–Era sólo una teoría, –dijo Hermione, apenas audible– no te estaba acusando.

–No, claro que no. Pero sí… sí pensás que existe una buena posibilidad, ¿no? Y había que plantearla, nada tan importante debe dejarse de lado sin considerarlo previamente. Presumo que no hay mala voluntad de tu parte, que lo que te guía es tu preocupación por el bien de Harry. Pero en este caso creo que estás pecando de excesivo celo. Si se me permite una pequeña demostración…

Draco caminó hasta Harry, en ningún momento lo miró a los ojos, le metió la mano en el bolsillo y sacó la varita. La apuntó con decisión a un pisapapeles de vidrio verde que estaba sobre el escritorio. Se aclaró la garganta. ¡Wingardium leviosa! –pronunció con claridad, acompañando las palabras con un experto movimiento de muñeca.

El pisapapeles se movió apenas, más un ligero temblor que otra cosa, y luego… nada. Siguió un instante de silencio absoluto.

–¿Lo ven? –preguntó Draco finalmente y depositó la varita sobre el escritorio. –Incluso si yo hubiera podido inferir toda esta enrevesada teoría –y Weasley tiene razón, el cerebro no me da para tanto– incluso en ese caso de poco me hubiera servido. Porque, si he escuchado bien, es el amor de Harry el que puede deshacer la maldición. El amor de Harry. Y eso es algo que no he podido ganarme. Nunca va a confiar en mí lo suficiente para entregarme el corazón. Así que no hace falta que te preocupes demasiado por él, Hermione.

Los ojos de Draco finalmente se fijaron en los de Harry. Había tanto dolor, tanto desamparo en los ojos grises y… aceptación. Harry sintió que las piernas le temblaban, se sintió a punto de caer. Se odiaba en ese instante, se odiaba por dejar que los razonamientos dominaran sus sentimientos. No concebía que pudiera despertar sentimientos de amor en Draco y esa convicción corrompía la relación. Una relación que podía ser tan pura, tan buena y que él se empeñaba en arrastrar por el barro. ¿Por qué se negaba a entregarse despreocupado al deleite del abrazo de Draco?, ¿por qué se negaba a rendirse a la promesa de felicidad? ¿por qué no dejaba de pensar en las posibles consecuencias adversas? ¡Al diablo las consecuencias! ¿Era como la polilla que se lanza deslumbrada sobre la llama para terminar incinerada? ¿Valía o no la pena arriesgar todo?

Quizá… en otras circunstancias y si fuera otra persona. Pero él era Harry Potter, y era su función convertirse en el cordero del sacrificio, como Draco lo había acertadamente catalogado. Él, y sólo él, tenía el poder para terminar con la penuria que asolaba al mundo mágico y no podía poner en peligro su misión por un sentimiento egoísta de alcanzar la propia felicidad. Y además… siempre le ocurrían cosas terribles a las personas que amaba. No podía meterse en el cerebro de Draco para escrutar sus pensamientos, ¿cómo podía confiar en él entonces? Y ya puestos, ¿cómo podía confiar en nadie? No, lo que sentía por Draco seguía siendo muy confuso… sería suicidio entregarse al amor sin reservas.

Y Draco lo sabía… o lo intuía. Sabía que Harry no le podía rendir su corazón y sin embargo le había entregado el suyo. Sabía que Harry no podía confiar en él pero eso no había sido obstáculo para entregarle su amor. Y Harry llegó a la conclusión de que le estaba exigiendo demasiado a la propia estima de Draco. Y que terminaría perdiéndolo por su falta de confianza.

oOo

La habitación estaba vacía cuando entró, Draco debía de estar en el baño… o quizá se había buscado algún otro lugar para dormir.

Se desvistió, apagó las luces y se metió en la cama. Probablemente iba a pasar la noche solo, se lo merecía. La cama parecía muy ancha sin Draco, el corazón le pesaba de dolor en el pecho. No quería llorar, no tenía derecho a llorar. No hubiera debido dejar que sus sentimientos por Draco se arraigaran tanto, era tan doloroso. Hubiera sido mejor ignorar el consejo de Sirius, hubiera sido mejor que Draco lo siguiera odiando, como antes, como siempre.

Se abrió la puerta y entró Draco. Probablemente iría a acostarse a su propia cama. Pero no… Draco se acostó bajo las mantas junto a él. Olía a jabón y a menta.

–¿Viniste a acostarte conmigo?

Draco frunció el ceño –Si para vos es un problema puedo irme a mi cama.

–¡No! –Harry lo abrazó por la cintura– Pero pensé que después de lo de… con lo imbécil que fui… que no querrías estar conmigo…

Draco le apoyó la cabeza sobre el pecho.

–Yo siempre quiero estar con vos, Harry. –susurró– Ése es justamente el problema.

oOo

Quid est veritas?: ¿Qué es la verdad?

La pregunta es de Poncio Pilato, cuando le llevaron a Jesús para que lo condenara a muerte.

Dijo Jesús: –Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad escucha mi voz.

Y dijo Pilato: ¿Qué es la verdad?

(Jn. 18, 37-38)