Descargo de responsabilidad: Harry Potter y todos los personajes son propiedad intelectual de J.K. Rowling.

Autora: Alysian_Fields

Finite Incantatem

Capítulo 21 – Duellum

Tuvo la mala suerte de aparicionar justo encima una raíz de árbol saliente, tambaleó y cayó hacia atrás encima de un arbusto de espinos. Una entrada no precisamente digna de un héroe, pensó, espero que no se trate de un augurio. Afortunadamente no había nadie alrededor que hubiera sido testigo del traspié. Se incorporó maldiciendo y comprobó que no se le hubiera caído nada importante. Todo bien, tenía la varita, el manto de invisibilidad y el mapa de los Merodeadores.

Tomó la varita y pronunció: ¡Orientame! Según las indicaciones de Lupin y la información de la varita el escondite estaba a unos cincuenta metros hacia el nordeste. Harry sentía curiosidad por saber qué grupos de criaturas había logrado reunir Hagrid, seguramente serían de lo más variopintos.

Minutos después llegó al lugar donde se suponía estaba la entrada del refugio. Se detuvo un momento y apoyó la cabeza sobre la fría roca. Todo estaba tan apacible. Por un instante se le ocurrió que no tenía por qué pasar por todo eso. Que podía huir y olvidarse de todo, por supuesto que no era eso lo que iba a hacer, pero la idea pareció levantarle el ánimo. Pensó en Draco y lamentó no poder contar con su presencia en ese instante.

Trazó con la varita el signo del fénix sobre la roca que se disolvió revelando una gran abertura y un largo pasadizo alto y algo estrecho que un poco más adelante se iba hundiendo en la oscuridad. Harry avanzó con cautela, una vez que hubo entrado la piedra volvió a cerrarse detrás de él.

Fue caminando lentamente iluminado por la varita. –¡Hola! ¿Hagrid? –tras un minuto de marcha divisó luces adelante y empezó a oír sonido de voces. Apretó el paso, a pesar de la oscuridad la cueva tenía un algo de acogedor. –¡Hagrid!

–¿Harry? –Hagrid vino a su encuentro y lo recibió con un abrazo de oso. –¡Qué bueno verte, Harry! Nos avisaron que venías ¡Pasá! –el pasadizo se abría en una amplísima cámara subterránea. –Es una cueva de los centauros, me la prestaron como escondite.

Harry miró alrededor muy sorprendido. Una colección extraña y muy variada de moradores. Grawp dominaba la escena, estaba sentado bien al fondo y tenía un aspecto mucho más civilizado que la última vez que lo había visto. Había centauros, goblins, magos y brujas, algunos de los cuales le resultaban conocidos, estudiantes y hasta… unos veelas. Entre los estudiantes distinguió a Luna Lovegood que le sonrió y lo saludó con la mano de forma tan casual como si se hubieran cruzado en el Gran Salón un día cualquiera de clases.

–¡Atención todos! –anunció Hagrid– ¡Harry ya está acá, llegó la hora!

–¿Así que me estaban esperando?

Hagrid asintió. –Hace unos momentos llegaron unos licántropos que mandó Remus para que se nos unieran –hizo un breve gesto hacia un grupo de hombres y mujeres de aspecto bastante astroso– nos informaron que Ya Sabés Quién marchaba sobre Hogwarts y que vos ibas a venir. Todos te apoyamos incondicionalmente, Harry, y estamos listos para acompañarte en la lucha para salvar nuestro mundo.

Una centauro se adelantó –Algunos de mis hermanos y hermanas han elegido mantenerse al margen, –dijo con una voz ronca– pero los que estamos aquí hemos decidido luchar codo a codo con los humanos. Nuestra especie ha sido perseguida por los mortífagos, nos desprecian tachándonos de híbridos aberrantes, nos han expulsado de nuestros bosques y los han profanado. –golpeó con un casco furioso en el suelo– Las estrellas habían decretado que volvería a alzarse, pero el futuro no está escrito en piedra, elegimos defender el bien y lo que por derecho nos pertenece.

–¡Eso, eso! –atronó la voz de Grawp sobresaltando al veela que estaba a su lado– ¡Muy bien dicho madame! Quieren que seamos como ellos, ¡la gente tiene derecho a su individualidad, maldición! Tenemos derecho a vivir nuestras vidas como queramos y yo por mi parte estoy dispuesto a luchar por eso. Y ahora… ¿qué estamos esperando para ir a cagarlos a palos? –se puso de pie, pero tuvo que agachar la cabeza para no chocar contra el techo.

–Sí que ha cambiado, ¿no? –dijo Hagrid sonriendo ante la cara de asombro de Harry– Luna ha pasado mucho tiempo con él "ayudándolo" según él mismo lo dice, ¡si hasta escribe ahora!, se está transformando en todo un caballero. –agregó, sonriendo con orgullo en dirección a su hermano.

Harry sonrió. Lo conmovía profundamente que tantas individualidades que habían estado en pugna con frecuencia en oportunidades anteriores eligieran unirse, unirse para luchar para defender el mundo que les pertenecía a todos. –Voldemort no va a tardar en llegar, –dijo, sin hacer caso de los estremecimientos que suscitó el nombre en el recinto– va a apoderarse de la escuela a la que siempre consideró como de su propiedad y va a matar a cualquiera que se le interponga. Quiere transformar a Hogwarts en una institución para lavarles el cerebro a los alumnos, quiere forjar un gran ejército que le permita expandir su poder a todo el mundo. No lo vamos a permitir, vamos a detenerlo. Son fuertes y despiadados, pero les vamos a ganar. No dejemos que nos intimiden, no les tengamos miedo. Podemos hacerlo… debemos hacerlo.

–Por supuesto que podemos. –corroboró Luna.

–Prefiero morir que vivir en un mundo gobernado por él, –dijo un mago que Harry no conocía– tiene Ud. mi total y decidido apoyo, señor Potter.

Hagrid abrió la marcha, todos salieron al exterior. Harry no estaba seguro de qué tenían que hacer a continuación. ¿Debían ir en una sola columna hacia el castillo o sería mejor separarse? Hagrid había dicho que estaban a más o menos un kilómetro de distancia. ¿Habría patrullas de mortífagos que pudieran interceptarlos? Lo que decidieron finalmente fue dividirse en grupos. Hagrid, Grawp y los licántropos iba a dar un gran rodeo y accederían a la escuela por alguno de los desfiladeros entre las montañas, sería más fácil para el gigante aproximarse sin ser notado por esa vía. Un grupo de experimentados de magos y brujas eligieron el acceso directo, confiaban en sus habilidades como duelistas para enfrentar a los enemigos que pudieran interponérseles. Los centauros se separaron en dos grupos, iban a dar un pequeño rodeo en direcciones opuestas, pero sin salir del bosque. Los goblins y veelas accederían rodeando el lago. Harry, Luna y algunos más fueron hacia donde estaba una tropilla de thestrals. La teoría de Luna era que ya estarían todos en plena batalla y que la llegada por el aire se les pasaría inadvertida puesto que estarían todos muy ocupados luchando.

Harry dudó un poco, lo asaltaba una intensa sensación de déjà vu. –Luna, los mortífagos son asesinos, vieron morir a muchos, los thestrals no van a ser invisibles para ellos.

–Creo que la pelea les absorberá toda la atención. Y tené en cuenta que los thestrals son excelentes volando y excepcionales esquivando hechizos.

Harry la miró admirado. –¿Por qué no tenés miedo?

Ella se encogió de hombros. –Un poco sí, pero trato de no darle importancia. ¿De qué serviría asustarse? Sé que hay que hacerlo, sé que voy a hacerlo, lo sensato es mantenerse lo más calma posible.

Harry montó a su thestral, Luna nunca dejaba de asombrarlo. Volaron bajo al principio, nunca por encima de las copas. Era todo un desafío, las criaturas daban giros y se desviaban constantemente para evitar los árboles, Harry iba agarrado con todas sus fuerzas para no caer. Cuando estaban llegando, se separó de los demás y voló dando un rodeo siguiendo el límite, pero sin salir todavía del bosque. Maldijo la luz del día, nunca se le había ocurrido que la batalla tendría lugar a plena luz del día. Cuando imaginaba grandes batallas como el saqueo de Roma o la gran batalla contra los gigantes en la guerra de 1743 se las pintaba sucediendo durante la noche. La luz del sol y el derramamiento de sangre parecían dos cosas que no se llevaran bien juntas. Cuando finalmente avistó el castillo, descendió hasta el suelo. Desmontó. El momento había llegado. En las próximas horas uno de los dos, o Voldemort o él, daría su último aliento. –Me alegro de que estés a salvo, Draco. –dijo en voz alta. Pensar en Draco le dio valentía, si salía vivo de ésa, iban a empezar otra vez.

Cuando estaba por montar de nuevo, una pesada mano lo agarró del hombro, lo obligó a dar vuelta y lo aplastó contra el tronco de un árbol. En el primer instante no lo reconoció, estaba tan harapiento y sucio, parecía un salvaje. Y luego notó los ojos y los cabellos que le eran tan familiares y la mueca altanera en los labios. –¡Usted! –soltó en exclamación contenida– ¡No está muerto!

–Obviamente. –dijo desdeñoso, giró la cabeza a la derecha y llamó con tono amortiguado. –Cissa, está todo en orden, sólo es Potter.

Narcissa emergió de entre el follaje, tan mal entrazada como su marido, pero indudablemente viva.

–¿Cómo…? –alcanzó a articular Harry.

–Potter, desciendo de una larga línea de renegados y libertinos, ¿para qué otra cosa cree que serviría una capilla en la Mansión sino para esconder un conveniente túnel de escape, muy útil en situaciones de peligro? –dijo Lucius– Sabíamos que era nuestra única posibilidad, nos habían tomado por sorpresa. Apenas si nos dio el tiempo para huir con lo puesto.

–¿Draco está seguro? –interrumpió Narcissa– ¿Está vivo?

–Sí, –susurró Harry– está seguro, en los cuarteles de la Orden. Quedó devastado cuando supo la noticia. Creíamos que habían muerto en el incendio.

Parecía que Narcissa iba a ponerse a llorar, pero logró contenerse. –Hubiéramos querido ponernos en contacto con él pero no sabíamos cómo. No podíamos arriesgarnos a que los mortífagos se enteraran de que seguíamos vivos. Era muy peligroso tratar de comunicarnos. No teníamos otro lugar adónde ir, decidimos venir a refugiarnos aquí.

Lucius ya lo había soltado. –¿Qué está haciendo acá, Potter?

–Ya empezó. –le dijo mirándolo fríamente, quizá ya no era peligroso pero a Harry seguía sin gustarle. – Voldemort intenta apoderarse de la escuela, naturalmente voy a tratar de impedírselo. –de la dirección del castillo les llegó en ese momento el sonido de una explosión y de una seguidilla de petardos, semejante a la descarga de una ametralladora. Alta en el cielo, por encima de la copa de los árboles apareció la Marca Oscura. Harry tuvo un sobresalto, se había demorado demasiado. –Tengo que irme.

–Nosotros también vamos. –dijo Narcissa– Es nuestra obligación.

Harry miró a Lucius. –¿Y para qué lado van a pelear?

–Para el de los ganadores, naturalmente.

Narcissa lo tomó del brazo. –¿De qué lado creés? Nos quitaron todo, vamos a recuperarlo o moriremos en el intento.

–Bien entonces… ¿quieren que los lleve? –preguntó Harry.

Definitivamente unos de los momentos más surrealistas que pudiera imaginar, pensó cuando levantaron vuelo hacia la Torre de Astronomía. Volaba en un caballo invisible con Lucius y Narcissa Malfoy a la grupa detrás de él. Sin lugar a dudas muy cerca del tope en su lista de cosas raras.

Al parecer Luna había estado acertada. La mayor parte de la acción debía de estar desarrollándose dentro del castillo. Nadie los atacó mientras se aproximaban. El thestral derrapó un poco cuando aterrizaron en la torre. –Me tengo que ir, –dijo Harry– tengo que encontrarme con mis amigos. ¿Ustedes podrán arreglárselas?

–Tenemos las varitas, –replicó Narcissa– no te preocupes por nosotros. Espero que lo logres, Harry.

Harry le dirigió una sonrisa triste y corrió escaleras abajo. Esa parte del castillo estaba inquietantemente en calma. Sacó el manto de invisibilidad y se cubrió, tenía que ser particularmente prudente hasta que pudiera enfrentarse con Voldemort. Dos pisos más abajo el caos era total. Alumnos y profesores corriendo por los pasillos, gritos y estruendos. En el tercer piso se cruzó con dos mortífagos que estaban atacando a un grupo de Ravenclaws, los desmayó con certeros hechizos. Un piso más abajo el pánico era mayor, tuvo que esquivar una serie de maldiciones que no estaban dirigidas a él pero que le hubieran dado igual, saltó por encima de dos cuerpos inertes que yacían sobre el suelo. No se detuvo a comprobar si estaban muertos o no. En el fondo del corredor avistó a Tonks y Kingsley junto a una ventana, disparando ataques hacia fuera.

Tenía que encontrar a Ron y Hermione, tenía que asegurarse que el horcrux había sido destruido. Todo dependía de eso. Se escondió en un recodo detrás de un tapiz y sacó el mapa de los Merodeadores. Tenía que ubicar los puntos correspondientes a sus amigos. Pero antes de que pudiera encontrarlos vio algo que le produjo un vacío en el estómago y lo llenó de terror. En un pasillo próximo al despacho del director había un punto rotulado Draco Malfoy. ¡No podía ser! ¡Draco no tenía forma de haber venido! ¡No podía ser! ¡Le había prometido que se iba a quedar! Harry recordó la calma de Draco cuando se habían despedido, la ira de Draco había desaparecido por completo, se maldijo por su necedad. ¡Slytherin taimado! Corriendo, abandonó su escondite.

Draco, con prudencia, se había refugiado en uno de los salones de clase, estaba junto a la ventana oculto tras la cortina, mirando hacia fuera.

–¡Si serás boludo! –siseó Harry sacándose el manto. Draco se pegó un susto mayúsculo pero se derritió de alivio al verlo. –¡Harry! No sabía cómo iba a hacer para encontrarte. –soltó una risa tímida– mis planes no llegaron a tanto.

Harry entrecerró los ojos. –¿Cómo llegaste acá? ¿Y cómo mierda podés ser tan estúpido de haber venido!

Draco tuvo la decencia de lucir culpable. –Perdón… pero ¿cómo pensaste siquiera por un instante que te iba a dejar solo? Sé que es peligroso… pero necesito estar con vos. Es preciso que esté con vos… y vos no lo entendiste. No entendiste que no podía dejarte. Cuando salí de la cocina me crucé con Mundungus, lo soborné para que me trajera, le di mi anillo de sello. –levantó el dedo desnudo a modo de prueba– Me trajo hace un rato por la chimenea en el despacho del director. Éste es mi lugar, Harry… junto a vos.

Harry sentía ganas de llorar. –Draco, la única cosa que me ponía contento era que estabas fuera de peligro. ¿Qué carajo se supone que haga ahora! ¡A Dung lo voy a matar!

Draco lo abrazó. –Lo siento, pero tenía que venir. Me gané el derecho de estar acá… y nunca se sabe, podría resultar de ayuda… –…puede ayudarte aunque ni él mismo sepa que puede. Y también al final, Harry, al final lo vas a necesitar, habían sido las palabras de Sirius– Toda mi vida he sido un cobarde, no creía que nada valiera la pena el riesgo. Pero ahora sí. No podés estar protegiéndome siempre.

–Ya sé… –empezó a decir Harry.

–No, no sabés. Tengo que ser un hombre, Harry. Tengo que hacer esto… no sólo para vengarme de lo que me hizo… sino también por vos… y por el mundo. No me puedo quedar al margen.

Harry asintió. Su primer impulso había sido sacar a Draco inmediatamente de allí, pero sería inútil, se las ingeniaría de alguna forma para volver. ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué se ponía en peligro mortal? Hubiera deseado que Draco siguiera siendo el chico asustado que había salido corriendo del Bosque Prohibido y no este Draco que quería salir a enfrentarse en duelo.

Draco le acarició un brazo. –Voy a tener cuidado, por favor, dejá que me quede con vos. No puedo dejarte solo. ¿Te acordás en Riddle House? tuve la oportunidad de irme solo, pero no quise si no era con vos. No pude dejarte entonces y no te voy a dejar ahora. Quiero ayudar. Mirá, te traje esto del despacho del director. El Dumbledore del retrato dijo que era una buena idea. –estiró la mano y sacó la espada que estaba oculta tras la cortina.

Harry la observó. –Es la de…

–Gryffindor. Supongo que ahora es tuya, sos el último descendiente. Pensé que quizá… no sé… no sé si resulte útil contra la Maldición Mortal… pero me pareció que podría servir…

Harry lo besó. –Llevala vos, –susurró– vos no tenés varita.

–Pero es de Gryffindor, yo no tengo derecho.

–Yo también soy de Gryffindor y te pertenezco, ¿o no? Llevala vos, la vas a necesitar… y el manto también.

–¡Harry, no!

–Lo siento pero si insistís en venir conmigo, algo tengo que hacer para protegerte, un poco al menos. Metete debajo del manto para que nadie te vea, por favor.

Draco lo aceptó reticente. –Si algo llega a pasarte porque no tenés el manto…

–Sería tu culpa por ser terco y no haberme hecho caso. ¡Te lo ponés ya! Tengo que encontrar a Ron y Hermione, para estar seguro de que destruyeron la diadema. –abrió el mapa de nuevo, se sentía culpable porque internamente lo reconfortaba la presencia de Draco a su lado. Los ubicó finalmente un piso más arriba, estaban en el corredor que iba a la Torre de Ravenclaw. –¡Allí están! ¡Vamos!

Draco asintió. –Metete vos también debajo, si nos agachamos un poco alcanza para los dos.

Estaban por salir cuando Harry se acordó. –¡Draco, tus papás!

–¿Qué?

–Draco… no están muertos. Los vi hace un rato. Estuvieron escondiéndose todo este tiempo.

Draco se había puesto lívido. –No entiendo… el fuego…

–¡Se escaparon! Dios, ¡cómo me había olvidado? Escaparon y se escondieron en el bosque. Y están acá para pelear.

–¿Estás seguro? –susurró– ¿No están muertos?

–Es cierto, están vivos. Lo vas a tener de vuelta… oh Draco… –Draco había sepultado la cara en el brazo como un chico que llora– Quizá hubiera sido mejor que esperara hasta después para decírtelo…

–¡No! –dijo sacudiendo la cabeza y secándose los mocos con el dorso de la mano, rió suavemente– No, es maravilloso. Merlín, no puede ser cierto. No puede ser que tenga tanta suerte. Oh Harry… Después voy a buscarlos… pero no quiero pensar en eso ahora… más tarde… ahora tenemos que encontrarnos con Ron y Hermione.

¡Merlín! –exclamó Harry– Sabés… si Voldemort no me mata primero, la que me va a matar va a ser tu mamá, le juré y perjuré que vos estabas a salvo.

Draco rió. –Ocupémonos de esto ahora, de mi madre ya podremos preocuparnos más tarde.

Dos minutos después prácticamente se toparon con ellos que venían en dirección contraria. Harry los arrastró a un aula del costado.

–¡Harry! –chilló Hermione– Harry… ¡y Malfoy? Pero yo pensé que…

–Sí yo también. –dijo Harry, reprochándoselo al rubio con una mirada de soslayo– ¡Qué suerte que ustedes están bien! Y… ¿qué pasó?

–Tarea cumplida. –sentenció Ron.

–¿Cómo pudieron entrar en la sala común? –quiso saber Draco.

–Bueno… si te hubiéramos tenido a vos hubiera sido ideal. –explicó Hermione– Nos topamos con Goyle, trató de atacarnos con un hechizo, pero Ron fue más rápido. Lo… lo pusimos bajo Imperius y él nos hizo entrar. Por suerte no había nadie, Rompimos la vitrina, sacamos la diadema y le volcamos la poción encima, la destruyó y dejó un agujero en el suelo.

–¿Y Goyle? –preguntó Harry.

–Le ordené que fuera hasta algún miembro de la Orden y que se entregara. Y allá fue. –dijo Ron.

–Parece que te has vuelto rápido para usar las Imperdonables, ¿no, cumpa? –dijo Harry levantando una ceja.

Ron sonrió culpable. –Bueno, vos tampoco sos de quedarte corto a la hora de usarlas.

Se oyó una estruendosa explosión abajo que los hizo saltar a los cuatro. Algo había cambiado en la atmósfera, parecía haberse cargado de electricidad, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse. Harry lo supo, Voldemort había llegado. Nuevamente la calma se adueñó de él, todos los miedos parecían haberse esfumado. De una forma u otra la profecía habría de cumplirse ese día. Ya no iba a tener que escapar de Voldemort, no podía permitir que siguieran muriendo inocentes. Sabía que Voldemort lo superaba en poderes y que su papel podía terminar simplemente siendo el de un mártir. Pero también recordaba todo lo que Dumbledore y Sirius le habían dicho. Él tenía un poder que Voldemort no lograba entender y en ese poder residía su fuerza.

–Ya está aquí. – se oyó decir– Tengo que ir… ustedes asegúrense de matar a la serpiente.

–¡Harry no podés ir solo! –protestó Ron.

–Sí, puedo. Y tengo que hacerlo. Y no voy a estar solo, ustedes van a estar conmigo. –Se volvió hacia Draco– Por el amor de Dios, quedate siempre escondido bajo el manto. Draco…yo…

–No. Por favor no digas nada. Lo que sea que vayas a decir, va a ser por la situación… así que no lo digas. Andá… no te preocupes por mí.

No había tiempo para discutir. Dio la vuelta y salió corriendo. Se cruzó con Ginny y un grupo de otros Gryffindors en la escalera, pero no se detuvo. Vio a Bill con un grupo de goblins que blandían hachas, estaban peleando con un grupo de mortífagos entre los que estaba Walden MacNair. Corrió en medio del caos lo mejor que pudo, esquivando los hechizos que silbaban a su alrededor. Finalmente llegó al Gran Salón. Casi se cayó al tropezar con un cuerpo. Era Bellatrix Lestrange, un ojo parecía estar clavado en él, pero el resto de la cara no era sino una pulpa sanguinolenta. El marido de ella yacía un poco más allá. Harry no se detuvo a observarlos, no sentía ni satisfacción ni revulsión, sólo podía pensar en su objetivo.

Le llegaban estruendos, rugidos y gritos que venían del exterior. Vio a un grupo de estudiantes que fueron azotados contra un muro por una onda de fuerza invisible muy poderosa. Unos veelas habían encantado a unos mortífagos y ahora en su forma de criaturas los estaban despedazando con las garras. Trató de ubicar a Voldemort, sabía que estaba allí, el extraño vínculo que los unía así se lo decía. Cruzar el Salón en ese momento sería muy peligroso, no quería exponerse a que lo alcanzara algún ataque antes de enfrentarse con Voldemort. Recordó entonces el pasaje posterior, podía rodear el salón por allí y reentrar por detrás de la mesa de los profesores. Tenía sus riesgos también pero menos que la vía directa. No podía perder más tiempo, dio la vuelta y corrió hasta la pequeña antecámara donde estaba el acceso, rogó que no hubiera nadie haciendo guardia en la puerta.

Tuvo suerte, el pasaje estaba libre. Pudo reingresar por el otro extremo. De repente, una mano lo tomó del brazo y lo tiró para atrás. –¡Harry, cuidado! –reaccionó a tiempo para esquivar el ataque de Nagini. Un chorro de luz verde le rozó la oreja, trastabilló y cayó al suelo. La serpiente se había alzado de nuevo para una nueva embestida, pero en ese momento apareció Draco de la nada detrás de ella y le llamó la atención con un grito, la serpiente se dio vuelta. Draco la atacó con rápidos movimientos de la espada.

Pero la serpiente movía la cabeza a una velocidad increíble, como un látigo, esquivando la hoja. Y en un instante se lanzó hacia delante y lo mordió en el brazo cerca del hombro… una… dos veces. ¿Por qué Harry no podía levantarse para ayudarlo? Todos sus movimientos parecían en cámara lenta. Vio shock y dolor en los ojos de Draco y luego los vio entrecerrarse con furia. Un nuevo giro violento de la espada alcanzó el objetivo y decapitó a la serpiente. La cabeza y el cuerpo se desplomaron sobre el suelo manando líquido verde.

–¡Draco! ¡Oh Dios, Draco! ¡Te alcanzó!

–No es nada. –replicó Draco, sonaba muy sacudido– No es nada, la campera me sirvió de amortiguación, ni siquiera me duele.

Harry lo abrazó. –¿Estás seguro?

Draco asintió y lo empujó a un lado. Un haz de luz verde pasó silbando sin tocarlos.

Harry no sabía muy bien lo que estaba pasando ahora pero sentía alivio de que Draco no estuviera malherido.

–¡HARRY POTTER! –resonó una voz terrible, todos los sonidos de la batalla se acallaron.

Harry se dio vuelta lentamente y avistó a Voldemort. Todo parecía quieto y no se oían sonidos. Todos los que estaban en el Salón parecían haberse congelado. También las entrañas de Harry parecían haberse transformado en hielo. Lo primero que le cruzó la mente fue un miedo terrible por Draco, pero desechó el pensamiento de inmediato, no quería que Voldemort se diera cuenta de lo mucho que significaba para él, lo mataría en el acto. Sin quitarle los ojos de encima a su oponente, Harry estiró un brazo y empujó a Draco a un costado. –Andate, Malfoy, –siseó– Ya no te necesito. –lo oyó caer al suelo, rogaba que hubiera entendido.

La boca sin labios se curvó en una sonrisa y Voldemort comenzó a acercársele. Harry dio un paso al frente.

¡Avada Kedavra! –Harry se agachó para eludir el rayo verde, pasó rozándole los cabellos. Rodó a un lado para evitar un rayo rojo que dejó un agujero en el suelo. –Todo terminó, Potter. –gritó Voldemort– Has sido muy valiente pero has de comprender que nunca vas a ganar. ¡Ponete de pie! Tus amigos ya no pueden ayudarte.

Harry se paró lentamente, la punta de la zapatilla rozaba la hoja de la espada en el suelo. Se adelantó un paso para que su toga la ocultara de la vista. Voldemort estaba a tres metros de él. –¡Expelliarmus! –exclamó Harry, pero Voldemort bloqueó el hechizo con un movimiento de la mano.

–¿Pensás que algo así va a darte algún resultado? –siseó– Mi poder no ha hecho sino aumentar durante estos años. Estoy más allá de la vieja magia, Harry. –agitó la varita y los encerró a ambos en una burbuja oscura que los aislaba del resto del recinto. Le recordó el duelo en el cementerio, pero la jaula mágica de entonces, Harry la había percibido como un apoyo. Ésta era, en cambio, una creación de Voldemort, sentía que con sólo tocarla se hundiría en el dolor, la muerte y la nada. –¿Lo ves? Ahora hasta los elementos me obedecen. Las estructuras del tiempo y el espacio se abren según mi voluntad. Ni siquiera necesito varita ahora, pero sin usar la varita perdería toda la gracia. Así fue como siempre quise tenerte, Harry. Solos, vos y yo.

–Incluso si me mataras, no vas a ganar. –se oyó decir Harry.

Voldemort le dirigió una sonrisa horrible. –¿Qué estás esperando, Potter?

Harry alzó la varita. –¡Avada Kedavra!

Voldemort desvió la maldición con una mano. –¿Lo ves? Ya no podés dañarme de esa forma. Soy demasiado fuerte. Soy un dios, Potter. Ahora reconocé mi poder y mi fuerza. Reconocé que mis designios son los únicos válidos. Y después te voy a matar.

Harry arrojó la varita a un lado, ya no le servía de nada. Cayó de rodillas ante Voldemort.

Voldemort soltó una risa espeluznante, los pelos de la nuca de Harry se erizaron. –¿Eso es, Potter! Inclinate ante mí. Que todos lo vean. Que todos vean a qué quedó reducido su héroe. –Voldemort se acercó, Harry sintió la punta de la varita en su cabeza y la espada de Gryffindor en la punta de sus dedos… con tal de que Voldemort no lo advirtiera…

–Lo intentaste, Harry. Como lo intentaron tus padres y ese viejo imbécil de Dumbledore. Pero yo soy más fuerte, demasiado fuerte. Adiós Harry Potter.

Harry hizo girar la espada en el aire en una curva veloz y le cercenó la mano. Voldemort aulló en agonía. Algo cayó a su lado. Era la mano de Voldemort todavía asiendo la varita, parecía una araña blanca a la que le faltaran patas. Asqueado, se movió a un costado para alejarse del objeto inmundo. Volvió a alzar la espada. Transido de dolor, Voldemort tambaleó y cayó contra la pared de oscuridad que se disolvió al instante.

Harry se puso de pie, Voldemort yacía sobre el suelo.

–¿Te creés que eso es suficiente? –vociferó con un gesto hacia el muñón sangriento– No hay forma de vencerme, Potter. Podés destruir este cuerpo… pero yo crearé otro.

–No es así. –replicó Harry– Lo que no sabés es que los horcruxes ya no existen. Mis amigos y yo los destruimos.

Voldemort intentó ponerse de pie pero Harry se lo impidió poniéndole la espada en la garganta. –Todo terminó. Hasta acá llegaste.

–Sos un tonto, Potter. ¿Creés que le estás haciendo un bien al mundo mágico? Podrías haber sido grande. Podrías haber conocido el verdadero poder, podrías haber abarcado todas las posibilidades de la magia. Podríamos haber hecho de este mundo algo grande, pero vos sos muy ciego para verlo. ¿Creés que es una gran cosa lo que estás haciendo, poniéndote del lado de los inmundos muggles? ¿No te das cuenta de lo que significará la contaminación de la sangre? Sos un tonto.

Todo resabio de miedo que le quedara se esfumó. Voldemort no era más que un psicópata, un demente repugnante y deplorable que por un temor infinito a la muerte se había transformado en un monstruo. El tonto era él y ya no tenía ningún poder sobre Harry. –Si tanto odiás a los muggles, creo que lo apropiado es que mueras como uno de ellos. –le hundió la espada a la altura del corazón. Voldemort aulló. Todo el odio y el dolor que les había infligido a tantos, pareció por un instante encendérsele en los ojos rojos. Harry la clavó más honda, brotaban chorros de sangre negra de la herida. Un instante después la terrible luz de los ojos se apagó. Ante Harry sólo quedaba un cadáver.

Estalló el caos. Muchos corrieron y se arremolinaron alrededor del cuerpo inerte. Hubo gritos desesperados de los mortífagos, Lord Voldemort había sucumbido.

Nada de eso le parecía real a Harry. No podía pensar en lo que acababa de ocurrir. No alcanzaba todavía a asumir lo que había hecho. No podía pensar en todos los que habrían muerto en la batalla. No escuchaba lo que todos a su alrededor le decían. La parte de él que seguía siendo un chico de diecisiete años quería ponerse a llorar. Se volvió hacia donde había dejado a Draco, sabía que Draco podría consolarlo. Draco entendería. Draco lo conocía y era su refugio. Draco… ¡Draco estaba muy pálido!

–¡Draco…! ¿Qué te pasa? ¡Te ves muy mal! ¿Te acertaron con algo?

Draco estaba tirado en suelo en el lugar donde había caído cuando Harry lo había empujado. Dibujó un leve sonrisa. –¡Lo hiciste, Harry! ¿No te lo había dicho yo? Yo sabía que podrías…

–Draco, en serio, tenés un aspecto terrible. –Harry deseaba que desaparecieran todos los que se obstinaban en amontonarse alrededor.

–Sólo… me siento un poco extraño. –susurró Draco– me voy a poner bien.

Harry sintió que le renacía el miedo. Le abrió la campera y la camisa para ver la herida donde lo había picado Nagini. Draco había estado en lo cierto, no eran profundas. Sólo cuatro pequeños orificios, pero todo alrededor la inflamación era violenta y el aspecto era espantoso. ¡El veneno de Nagini!

Sintió una ola de náuseas acompañada de otra de pánico. ¡No podía estar pasando! ¡Habían ganado, no podía perder a Draco! –¡Socorro! ¡Qué alguien me ayude! –los que estaban alrededor se miraron entre ellos extrañados, no entendían lo que pasaba. Harry se dio vuelta, distinguió a Snape a cierta distancia, estaba poniendo en una camilla a un alumno ensangrentado. –¡Profesor Snape! –chilló– ¡Profesor, auxilio! ¡Por favor! ¡Es Draco!

Snape se acercó. –¿Qué pasó, Potter? –tenía un feo tajo en la frente y una quemadura en una mejilla.

–Draco… la serpiente lo mordió… lo envenenó… ¡tiene que ayudarlo!

Snape se arrodilló. –Déjeme ver, hágase a un lado, Potter. –sacó un frasco del bolsillo que contenía un líquido opalescente, Harry lo reconoció: lágrimas de fénix.

–Harry… –logró articular Draco con un hilo de voz.

–Todo va a estar bien. –dijo Harry– El profesor Snape está acá y te va a curar.

–¡Mierda! – siseó Snape.

–¿Qué pasa!

–No se absorben. Las lágrimas de fénix sólo sirven sobre sangre mágica.

Harry bajó los ojos. Las gotas se disipaban en un tenue vapor al tocar la piel. –¡No, no…! ¡No hay otra cosa que pueda hacer? ¡Debe de haber otra forma de neutralizar el veneno! ¡Tiene que hacer algo!

–¡Estoy tratando, Potter! Los procedimientos usuales no sirven en los muggles y raramente en squibs. Voy a probar un encantamiento de extracción del veneno, pero temo que ya se haya diseminado demasiado.

La respiración de Draco se había vuelto muy esforzada. –Lo que te dije antes… no era más que para que Voldemort no se diera cuenta que sos la persona que más necesito… no era mi intención…

–Lo sé, –susurró Draco– entendí. Me parece que te estoy arruinando la celebración del triunfo. –empezaron a castañetearle los dientes.

–Callate. Vas a ponerte bien. Algo vamos a encontrar. No tengas miedo.

Draco sonrió. –No tengo miedo. No tengo miedo porque estoy con vos, Harry.

Estaba perdiendo la consciencia. –¡Draco aguantá! ¡Un poco más! ¡Seguí escuchando mi voz! ¡Un poco más!

–Potter, de nada sirve. –dijo Snape– No puedo hacer nada más. El veneno ya se ha diseminado demasiado.

Harry lo sostuvo en sus brazos. Hubiera sido mejor que Voldemort lo hubiera matado, no hubiera tenido que pasar por eso. Era demasiado espantoso para ser real. Se aferró a Draco con todas sus fuerzas, como si de esa forma pudiera retenerlo, como si de esa forma pudiera retenerle la vida que lo abandonaba. ¿era eso lo que Sirius le había querido decir, que lo iba a necesitar al final? ¿que Draco lo mantendría vivo pero sólo para morir después? Si perdía a Draco ya no iba a poder tener fe en nada de nuevo. El dolor que sentía era demasiado terrible, las lágrimas se resistían a brotar.

En ese momento, Harry entendió el amor. Todo lo que había pensado hasta entonces estaba mal. No se suponía que el amor fuese fácil. El amor era un silencioso aullido de dolor en la noche. El amor era un cuchillo que se clavaba y se removía en las entrañas. El amor era la razón para vivir y la razón para querer morir. Y por su estupidez, Harry había perdido, había perdido todo.

–Te amo, Draco. –le susurró contra la mejilla helada.

En el horizonte el sol moría ahogado en un charco de su propia sangre.

oOo

Duellum: La batalla

También es el título de un poema de Baudelaire.