Capítulo 2

Kagome cambió de posición en su escritorio, ansiosa y excitada, mientras Inuyasha finalizaba la clase.

―Así es que les desearé a todos un seguro y agradable Halloween. Eso es todo por hoy.

Algunos estudiantes se acercaron a su escritorio y Kagome se tomó su tiempo para juntar sus cosas, reuniendo coraje y preparándose para otra de la penetrantes miradas fijas de Inuyasha. Desde el incidente con su libro de BDSM la semana anterior, se había encontrado los ojos de Inuyasha sobre ella más a menudo, los interrogantes persistiendo en sus profundidades. Enervada, ella esperaba que él sacara el tema, indagara acerca del libro, hiciera algún movimiento para demostrar que algo había cambiado, pero en su corazón sabía que todo seguía igual. Su interés podría haberse visto picado, pero su determinación no había disminuido. Enderezó los hombros y desterró a las mariposas que frenéticamente estaban revoloteando en su estómago. Su determinación no había disminuido, y tampoco la de ella. Esta noche era la noche.

Cuando el último estudiante se despidió, ella esperó que llegara su asentimiento de cabeza.

― ¿Qué tienes para mí, Kag?

―Los apuntes, Profesor.

Él se aclaró la garganta y bajó la mirada sobre ella, una severa reprimenda en sus ojos.

―Er… Inuyasha. ―Sonrió débilmente, sabiendo que por cada vez que ella decía su nombre en voz alta, lo había pensado unas mil veces. Él tomó los apuntes y hojeó rápidamente la pila antes de enderezarse y entonces dejarlos caer dentro de su maletín. Luego de un momento, apoyó una cadera sobre su escritorio y le devolvió su muda mirada, una pequeña sonrisa jugando en la comisura de su suntuosa boca. El silencio se prolongó entre ellos hasta que repentinamente ella se dio cuenta de que lo estaba mirando embobada y él estaba… divertido.

Agarrándose a lo primero que le vino en mente, le preguntó,

― ¿Vas a ir a alguna fiesta de Halloween esta noche?

El levantó las cejas.

―No lo tengo decidido. ¿Y tú? ¿Te disfrazarás con tus amigas otra vez este año? ―Ella sabía que no significaba que él pretendiera ser condescendiente, sino que era más como un recordatorio a sí mismo de que ella era demasiado inocente para él. Bien, eso estaba por verse.

―Sí. Tenemos una… fiesta de disfraces, ―le contestó, rogando que el calor que estaba cursando su camino a través de su cuerpo no se dirigiera hacia sus mejillas. Iba a asistir a una fiesta de disfraces, es cierto, sólo que no había nada inocente en ella. La fiesta de disfraces El Baile de Todos los Santos era la fiesta erótica más grande del año y se suponía que Inuyasha iba a estar allí. Había requerido de cada conexión de Sango poder conseguir una invitación adicional para Kagome, pero lo había conseguido.

Para que Kagome tuviera su oportunidad con el hombre que amaba. Sólo que ahora, si le había respondido honestamente, él no estaba seguro de si asistiría.

―Bien, no deberías quedarte en casa, ―dijo ella, la torpe desesperación tiñendo su voz―. Halloween es una fiesta para los juegos oscuros. Sal y consigue un poco diversión esta noche―. Ella no terminaba de decir eso. Bien podría haberle dado un mapa de la fiesta y haberse puesto a saltar gritando, ¡estaré allí!

La expresión de Inuyasha se congeló, aparentemente perdido en sus pensamientos. Ociosamente se restregó la mandíbula bien afeitada y entonces asintió con la cabeza y se volvió a su escritorio.

―Pasa un rato agradable esta noche. No comas demasiados dulces.

Había hecho todo lo que podía hacer, todo lo que le quedaba era esperar. Sintiéndose como una niña rechazada, Kagome salió corriendo del aula, con las mejillas ardiendo, para encontrar a Sango y finalizar sus planes para el Baile de Todos los Santos.

Kagome levantó el cierre de su pequeño vestido negro de cuero estilo corsé y comprobó su apariencia en el espejo con satisfacción. Se veía tan diferente de sí misma, casi podría olvidar los problemas que invadían a su conservador alter ego de ratón de biblioteca. Iba a ir a la fiesta como Gatita. Su vestido de cuero negro tenía una larga cola desprendiéndose del trasero de la falda, la que apenas cubría la parte inferior de su tanga negro. La máscara, recubierta de pelaje negro, le tapaba los pómulos y la parte superior de la cabeza. Su cabello azabache, aclarado con una tintura y peinado con grandes rizos, caía sobre sus hombros desnudos. Sus ojos estaban maquillados de color ocre y había pegado una diminuta lentejuela brillante en la comisura de cada uno, cambiando eficazmente toda la mirada y la forma, pero el toque final eran las lentes de contacto… ojos de gato con iris amarillos y pupilas negras ovaladas. Su anonimato era la llave para el éxito del plan. Eso en caso de que Inuyasha realmente asistiera, y en ese frente, ella y Sango habían hecho todo lo que podían.

Cuando habían sacado de entre manos el plan, Sango contactó a Inuyasha con la noticia de que había encontrado a alguien perfecta para él, una nueva sub que era muy receptiva, deseosa de complacer y aprender, y que ella iba a llevarla al Baile de Todos los Santos. Con su visión única tanto de Inuyasha como de Kagome, Sango relató algunos detalles claves sobre la sub que esperaba despertar el interés del profesor. Inuyasha había sido contundente al decir que no estaba seguro de que quisiera asistir y que no estaba en absoluto seguro de querer tomar a una nueva sub tampoco, pero había prometido considerar la propuesta.

Con la esperanza como su ancla, Kagome se preparó para la fiesta. Si Inuyasha estaba allí, si quisiera a una sub anónima para dominar, entonces ella tendría su oportunidad. Si no, la noche terminaría en una decepción y Kagome sola. Ella gustosamente se pondría en manos de Inuyasha, confiaba en él implícitamente. Pero la idea de un desconocido tocándola iba más allá de su comprensión.

Inclinándose por la cintura, Kagome alisó las negras botas de cuero de gamuza altas hasta medio muslo. Los tacones aguja perfeccionaban su delgada figura de piernas largas, un fantástico contraste con sus abultados pechos, que se desbordaban de las pequeñas tazas de su sujetador. Sango había escogido el traje, jurando que haría a Kagome verse caliente como una gatita, y ahora, al examinar el producto terminado, Kagome tenía que reconocer que su mejor amiga había tenido razón. Era excitante ser alguien diferente por una noche. Era caliente. Ella estaba caliente. Una gatita en celo, lista para salir de caza. Alguien salvaje. Lista para enfrentar a Inuyasha.

Si él la escogiera, ya no tendría que adivinar y rezar para poder seducirlo, él le diría exactamente lo que deseaba y ella con mucho gusto accedería. No habría desilusiones. Sabía que ésta no sería la noche de tierna pasión que tanto había imaginado entre ellos, pero estaba desesperada. Sería cualquier cosa, haría lo que sea para tenerlo. Y cuando esto terminara, cuando ella le revelara quién era, él vería que no había ninguna razón para que no estén juntos. La frontera profesor-estudiante ya habría sido traspasada, no es que ella en realidad fuera su estudiante ya. Ella no sólo sería consciente de sus gustos sexuales, sino que habría participado en ellos. No podría negarlo más.

La puerta de su cuarto se abrió de golpe y Sango entró.

―La limosina está abajo… ¡Impresionante! ¿Estás lista para irnos? ―Ella estaba vestida de diablo con un vestido de cuero rojo, e impacientemente golpeaba a su tridente haciendo juego que tenía en la mano. Unos cuernos adornaban su máscara y había elegido unas botas de cuero con gruesos tacones que llegaban hasta la mitad de la pantorrilla en lugar de los tacones de aguja.

Kagome sonrió, sintiendo el retorcimiento de anticipación en sus intestinos, comenzando la noche que terminaría con toda su espera.

La limosina se detuvo frente a unas altas puertas de hierro donde un hombre con un ceñido uniforme negro aceptó sus invitaciones. Habló brevemente en sus auriculares, les deseó un feliz Halloween y dio un paso atrás para permitirles la entrada. El recorrido se curvaba a través de densos bosques no ofreciendo ninguna vista de lo que había más allá de la siguiente curva, ningún indicio en cuanto a los placeres ocultos sólo a unos pocos cientos de metros de distancia. Alumbrado con pequeñas luces naranjadas, el camino se arremolinaba con la escalofriante niebla del hielo seco bombeado desde alguna fuente escondida. Los dueños eran conocidos por extenderse hasta lo indecible para preparar el escenario de una fiesta, y Sango le había asegurado a Kagome que esta noche no sería una excepción.

Ella se recostó en contra de los suaves asientos de cuero y observó mientras rodeaban el último tramo de una curva, trayendo a la vista la vasta extensión de césped y la imponente mansión. Los robles, engarzados con luces, bordeaban el perímetro del patio y cuando Kagome levantó la vista a sus gruesas ramas, divisó a varias personas agachadas sobre éstas, contorsionándose y aullando dentro de los cielos oscurecidos. Una gran hoguera había sido colocada al otro lado de la propiedad y un grupo de mujeres vistiendo sólo vestidos blancos de gasa ondulaban al compás de un cántico mientras rodeaban las llamas.

Miroku se apoyó contra la ventana comentando.

―Esto está incluso mejor que el año pasado.

Kagome asintió con la cabeza, intentando verse más entusiasta que lo que se sentía y un poco avergonzada porque hasta ese momento notaba la presencia del novio de su mejor amiga. Ella sabía que debería estar excitada, su noche con Inuyasha finalmente había llegado. Sin embargo, una culpable ansiedad se retorcía en su intestino. Su mente volvió a Inuyasha y a ese breve momento de indecisión que hubo entre ellos. Él había hecho una elección entonces, y ahora ella estaba abiertamente ignorándola. ¿Cómo reaccionaría cuando se diera cuenta de lo que ella había hecho? ¿La odiaría? ¿Se lo agradecería?

¿La amaría para siempre?

La limosina se detuvo en la base de una ancha escalera de piedra que conducía a la puerta principal abierta.

Sango la agarró de la mano.

―Aquí estamos. ¿Estás lista?

―Ya lo creo.

El conductor abrió la puerta y el aire frío de noche, arrastrando el perfume de hojas quemadas y especias, se precipitó sobre ellas, enviando escalofríos a través de la piel desnuda de Kagome. Sus pezones se apretaron debajo del vestido de cuero cuando dio un paso afuera hacia su fantasía.

Aplastando los pies en una rápida sucesión, el entusiasmo de Sango era evidente por su amplia sonrisa y ojos vivaces. Miroku no se le quedaba aunque eran pareja actuaban como desconocidos, tal vez era por el día.

― ¡Vamos, vamos! ―chilló Sango, agarrando la mano de Kagome y arrastrándola subiendo las escaleras hacia la fiesta.

Dentro del salón principal, los cuerpos vestidos con diminutos trajes se apretujaban en una masa singular, contorsionándose al son del pesado ritmo de la música infundida por toda la casa. Kagome siguió a la pareja mientras bordeaba una pared, pasando al primer grupo y entrando a un amplio cuarto donde los invitados pululaban con más espacio. El pánico la abrumó. Escudriñando la multitud se preguntó ¿cómo podría encontrar a Inuyasha en este apretujón de piel?

No, no podía pensar de ese modo. No podía aceptar una derrota antes de incluso haber tenido la posibilidad de empezar su búsqueda. Tenía que creer que lo encontraría en medio de la acumulación de cuerpos escasamente vestidos. Había una atracción entre ellos, ella lo sentía todo el tiempo, sabía instintivamente cuándo él entraba en una habitación. Lo encontraría esta noche.

Cuando recorrió con la mirada el espacio gótico, su corazón golpeó salvaje en contra de sus costillas.

Rasgadas telas negras cubrían las paredes, y en lugar de obras de arte, colgaban espejos. Mesas cubiertas con juguetes sexuales para la venta estaban alineadas contra una pared, mientras que en la pared opuesta había barras ofreciendo champagne y exóticos bocadillos. En el medio, parejas enmascaradas, tríos y más, enredaban sus cuerpos con sensuales abrazos.

Sango le apretó la mano.

―Vamos a buscar un poco de champagne. ¿Estás segura de que sabes lo que estás haciendo?

―No, ― Kagome le dijo con una sonrisa nerviosa―, pero no puedo dejar pasar esta oportunidad. Podría ser la única que alguna vez consiga.

Sango asintió con la cabeza y le dio un rápido beso en la mejilla antes de salir rápidamente hacia la barra seguida de Miroku que ahora tenía un collar con espinas, muy parecido al que usaban en los perros, y de él salía una cadena que Sango tiraba. Dos hombres inmediatamente convergieron sobre el diablo rojo intentándola de convencer que eran mejores que su mascota actual y Kagome sonrió, escuchando sin querer sus súplicas para ser castigados en su infierno y que dejara a Miroku. Volviendo a estudiar la multitud, notó que había cuerpos fuertes y sexys hasta donde podía ver, pero ninguno era el cuerpo que ella deseaba. Este… demasiado bajo, ese… demasiado delgado, demasiado gordo, demasiado rígido…

¿Y si él no viene? Sabía que era una posibilidad, pero tenía que creer que él estaría allí. Controlando su respiración, esperó. Observó. Escuchó. Sintió.

Se movió a través de la multitud, declinando proposiciones cuando llegaban. Algunas eran educadas, otras groseras, ninguna la tentó en lo más mínimo. Había rodeado la habitación dos veces y no había visto a nadie que incluso remotamente pudiera pasar por Inuyasha.

Con la cola en la mano, Kagome se acercó a un pequeño asiento acolchado y cerró los ojos, trayendo el recuerdo de la mano de Inuyasa sobre su hombro a la parte delantera de su mente. Un calor atravesó su cuerpo y, con un profundo suspiro, abrió sus ojos… una copa de champagne estaba ubicada a tres centímetros delante de su cara. Sostenida por la fuerte y sexy mano de un hombre vestido completamente de negro con un cuerpo que le hizo dar vueltas la cabeza y convirtió a sus pezones en puntos apretados. Inuyasha. Estaba aquí, parado delante de ella con lo qué sólo podría ser considerado un brillo depredador en sus ojos. Un pequeño temblor corrió por su cuerpo y repentinamente no podía distinguir si estaba basado en el miedo o en la excitación.

―Tu pequeña amiga demonio allí mencionó que te podría gustar una bebida. ―Su voz se derramó sobre ella como miel. Profunda y ronca, suave. A diferencia del Inuyasha que estaba apresurado, entusiasmado por un descubrimiento o enzarzándose en una discusión, éste Inuyasha era controlado.

―Gracias. ― Kagome tomó el vaso con un asentimiento y arrastró la mirada subiendo por su cuerpo, regresando a su cara medio oculta. Magnífico. Una boca llena y ancha complementaba una fuerte mandíbula bien afeitada. Su cabello negro, normalmente tan temperamental, estaba pulcramente peinado hacia atrás de la parte superior de su máscara negra. Los profundos ojos dorados la estudiaban desde detrás de la máscara, acelerándole el corazón. Inuyasha se veía increíble con su traje negro de cuero. Enfatizaba su físico de una manera que sus formales pantalones y camisas de Oxford apenas habían insinuado. Hombros altos y anchos, pecho y torso musculosos, delgadas caderas y piernas largas y robustas. Era poderosamente guapo de una forma abrumadoramente masculina y estaba apreciándola abiertamente, sin vacilación ni restricción, y la hizo sonrojarse y su vientre se retorció.

Él levantó la vista al lugar de las orejas de gato en su máscara.

―El diablo dijo que eres una gata salvaje.

― ¿Una gata salvaje? ―le preguntó, intentando profundizar su voz ligeramente, a pesar de que el ronquido que adquirió no tuvo nada que ver con sus esfuerzos―. No sé nada sobre eso. Pero puedes llamarme Gatita. ―Repentinamente estaba sintiéndose muy cohibida en el diminuto traje. Ridículo, considerando hasta adonde había llegado metiéndose en la fiesta más erótica del año. El propósito era desenmascararse. Y específicamente, desenmascarar a Inuyasha.

La mitad de los invitados ya tenían la parte superior o inferior de sus cuerpos desnudos, por lo que no debería sentirse cohibida. Pero bajo su mirada escudriñadora lo hacía. Su sujetador de cuero negro apenas le cubría la parte superior de sus pezones. Y él parecía apreciar el espectáculo.

A pesar de sentirse complacida de ver que la encontraba atractiva, no podía evitar preguntarse lo que pensaría cuando finalmente se diera cuenta de quién era ella. Pero difícilmente podría juzgarla cuando él estaba jugando el mismo juego.

Sus ojos se movieron sobre ella.

―Muy hermosa, gatita.

― ¿Y cómo puedo llamarte a ti?

Inclinó la cabeza a un lado y su mirada se niveló con la de ella. Se le secó la boca.

―Soy un domador de gatas salvajes esta noche, así que, si lo deseas, puedes llamarme Amo.

Kagome tragó más allá del nudo en su garganta. Había sabido que esto llegaría con la noche, pero en cierta forma, oírlo admitir abiertamente ser un dom la conmocionó. Lo miró de arriba a abajo, viendo más allá del increíble cuerpo, a la ropa de color negro y al látigo de cuero con un mango pulido atado a su cintura.

―Ah, por supuesto. Con el látigo. ―Su voz se quebró ligeramente en la última palabra.

― ¿Te gusta? Completamente nuevo para la fiesta. ―Una broma provocadora, debajo de un tono acerado.

Kagome necesitaba mantener la calma. Si él pensara que estaba demasiado asustaba, podría desestimarla. No podía dejar que eso ocurra. Levantando la frente con valor, se rió e hizo un gesto con las manos hacia la multitud de invitados disfrazados.

―A juzgar por los trajes aquí esta noche, si yo gritara "Amo", algo me dice que bastantes personas responderían.

Maestros y esclavos juntos parecían haber optado por trajes a elección. Kagome escudriñó la multitud y vio a una mujer pavoneándose, guiando a tres hombres casi desnudos detrás de ella con correas. En otra área, una mujer con una mordaza de bola en su boca y sus manos atadas a una restricción de la cadera seguía a un amo que ofrecía una "degustación" de ella a todos los interesados. Kagome no comprendía eso, pero encontraba difícil apartar la mirada o negar la agitación que esas vistas causaban dentro de ella. Podría ser su límite y ofrecerse en sólo una cuestión de minutos. Su coño se apretó cuando pensó en Inuyasha asegurándole las manos a su cintura. Se escandalizó por su acalorada respuesta a algo que parecía, de cerca, tan potencialmente peligroso, pero ya había reconocido a través de su lectura que la idea del bondage y las restricciones eran altamente excitantes para ella. Si no lo hubiera sido, sin importar cuánto amara a Inuyasha, no estaba segura de que habría podido llegar tan lejos para estar con él.

Una sonrisa arqueó los labios de él, trayéndola de regreso a la sugerencia medio-disimulada. ¿Lo llamaría Amo? La mirada que él le dirigió fue arrogante, prepotente, erótica e inquietante.

―Si fueras a gemir "Amo", sabría que estás rogando por mí. ―Tendiendo una mano para ella, Inuyasha la levantó sobre sus pies.

Ella podía sentir el tirón en la comisura de su boca delatando su ansiedad. Él era la cosa real con un espeluznante látigo, nada menos, el hombre que ella anhelaba. Pero también era electrizante con su sola presencia. Aunque había estado silenciosamente intrigada por el BDSM antes al descubrir que era la predilección de Inuyasha… un resultado del entusiasmo de Sango por eso, sin duda… ella siempre lo había considerado como un lado alarmante y oscuro de sexo. Y todavía el hombre parado a su lado, quién ella sabía que era capaz de una intensa compasión y gentileza, era un dom y con toda seguridad la pondría en un lugar que ella estaba demasiado asustada para considerar. Habría dolor, de eso estaba segura, pero había una parte de ella ansiosa por experimentarlo, por descubrir si la combinación de estímulos incrementaría su experiencia como había leído que sucedía con otros.

La otra parte de ella estaba aterrada, lista para huir. Nunca había estado en un lugar así antes, nunca se había enfrentado con este lado de la sensualidad. El agarre de Inuyasha en su mano se apretó y por un momento se preguntó si era un silencioso consuelo, si su ansiedad era tan obvia que él quería ayudarla a superarla. No, Inuyasha no sabía quién era ella, no sabía que ésta era su primerísima incursión en el BDSM y no sabía que lo estaba haciendo con el único propósito de estar con él. Él no tendría idea de lo asustada… y excitada que ella estaba.

Las puertas principales de la mansión se abrieron y unas veinte o más personas entraron, provocando una especie de gigantesca ola humana. El empujón de cuerpos reacomodándose para alojar a los recién llegados casi la hizo caerse a Kagome de sus tacones de diez centímetros, pero Inuyasha fácilmente la sostuvo cuando la multitud se movió. Fue una especie de renuencia al control, la manera en que él se había movido y sostenido a su cuerpo y el resultado fue un profundo latido entre sus piernas y una dolorosa necesidad en su clítoris. Quería que él la levantara y la arrastrara afuera, que encontrara un lugar tranquilo donde pudiera conducir a su polla dentro de ella. Aterrada como estaba, temía que no podría esperar mucho más tiempo.

Inuyasha tomó su vaso y lo dejó a un lado sobre una mesa baja.

―Movámonos más allá, encontremos un lugar para hablar.

―De acuerdo, pero yo realmente tengo que decirte, ―casi gritaba sobre los silbidos y vítores brotando desde el otro extremo del pasillo―, que soy un poco novata en esto del BDSM.

―Muy bien, ¿pero lo has intentado?

―Sí… eh… un poco. ―No era exactamente una mentira. Sango le había dado algunas lecciones sobre sumisión en un esfuerzo para prepararla para esta noche, sólo que había encontrado la experiencia de cumplir con las órdenes ficticias de su mejor amiga menos que satisfactorio―. Pero quiero aprender más. Apenas me he dado el gusto.

¿Era su imaginación o él apretó la mandíbula ante su admisión? Probablemente él estaba dispuesto a prescindir de los preliminares. Si de alguna manera él estuviera como ella, caminando con un perpetuo estado de insaciable excitación, eso podría estar pasándole factura. Cualquiera fuera su reacción, ésta se había manifestado antes de que ella tuviera tiempo para reconsiderarlo. Su expresión se volvió lacónica y entonces serenamente desafiante.

―Hmm, creo que me gustaría conocer tu gusto.

Ella se sonrojó, sintiendo la espiral de excitación apretarse en su interior.

Caminaron a lo largo del vestíbulo, deteniéndose ante una puerta y la abrieron con un empujón. Adentro, una mujer desnuda arrodillada montaba la polla de un hombre mientras le succionaba la polla a otro parado enfrente de ella.

Kagome tiró de la puerta para cerrarla.

―Este cuarto ya está lo suficientemente abarrotado.

Una forma esbelta enfundada en blanco transparente pasó corriendo, soltando una risita cuando ellos avanzaron por el pasillo. Inuyasha guiaba a Kagome con una mano detrás de su cintura y el calor de ésta se irradiaba por todo su cuerpo ruborizándolo. El pasillo se llenó con una multitud de nuevos invitados, y él la hizo detenerse nuevamente moviéndola a un lado para que ella no fuera arrastrada en el apretujón. Sus manos se apoyaron sobre el yeso a cada lado de su cabeza, encerrándola con la fuerza de sus muy musculosos brazos. Los ojos fijos en ella, y cuando la multitud se agolpó otra vez, él amortiguó el tumulto presionando sólo los sólidos planos de su cuerpo en contra del de ella.

Ella intentó mantenerse firme, pero con la altura de sus botas de tacón alto, tuvo que abrir ligeramente las piernas para mantener el equilibrio. El cuero de su vestido corto rodó hacia arriba hasta sus caderas cuando él introdujo la rodilla entre sus piernas y ubicó el muslo en contra de su coño. Su aliento quedó atrapado en su garganta cuando se movió ligeramente. El cambio de la posición le separaba los pliegues, desnudando su palpitante clítoris de la sedosa tela ya mojada entre sus piernas.

Un estremecimiento la recorrió ante la excitante presión en contra de su sexo, y a juzgar por su atisbo de sonrisa y mirada fija, sospechaba que él sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Nunca había podido imaginarse cómo sería Inuyasha sin las convencionales restricciones que utilizaba como una defensa en contra de ella. Era excitante experimentar sus insinuantes deseos de primera mano.

Permanecieron parados, mirándose a los ojos, contra la pared. El constante contacto en contra de su coño la hacía querer frotarse de arriba a abajo sobre el cuero, llevándolo más profundo entre sus piernas. Sus oraciones fueron escuchadas cuando un grupo de cinco pasaron abriéndose paso, y su muslo se acuñó más allá entre sus piernas y en contra de su clítoris hasta que ella se levantó en puntitas de pie.

Sentía a su corazón palpitar y la garganta seca. La intensidad de su invitadora mirada la hacía gotear tanto como la intensidad de su muslo frotándose entre sus resbaladizos labios vaginales.

Bésame. Dios, ahora, sólo hazlo.

Pero en vez de cerrar la menuda distancia entre sus bocas, él simplemente pasó la mano en contra de la máscara sobre su sien, bajando por su mejilla y su cuello, y sobre la curva llena de su pecho. No había ninguna vacilación en el toque. Dado que no era rudo, ella lo imaginó pacientemente demandante.

Escalofríos recorrieron su piel cuando él empujó hacia abajo la taza del sujetador y expuso un rosado pezón ruborizado, ya endurecido por sus atenciones. Pasó rozando alrededor del exterior del cremoso abultamiento, haciéndola esperar mientras se acercaba al dolorido nudo. Estrechó los ojos, todavía sosteniendo los de ella, cuando, al fin, apoyó el pulgar y el dedo índice a cada lado de su pezón, entonces lo hizo rodar ligeramente, aumentando la presión.

Deslizó el muslo más profundamente entre sus piernas y hacia atrás otra vez mientras tiraba de la punta dura como una piedra.

El calor la abrasó desde la vulva hasta su pecho cuando él movió el muslo en sincronía con la provocación de los fuertes dedos sobre su pecho. Ella jadeaba por los pellizcos y tirones, hasta que su gemido placentero se entremezclaba con su grito dolorido. Estaba al borde del clímax, su aliento entrecortado, su corazón palpitante. ¡Inuyasha! Casi profirió su nombre pero se contuvo rápidamente en el último segundo. No podía revelar que sabía quién era él sin revelar su identidad también. A estas alturas, eso era un verdadero riesgo.

Él retiró la pierna de su agarre. La presión ya no estaba pero el calor permanecía.

Ella pestañeó. ¿Qué estaba haciendo él?

Inclinándose hacia adelante para que su boca le rozara el oído, él respondió la pregunta tácita.

―Todo lo que tienes que hacer es decirlo.

Su voz vaciló cuando ella preguntó,

― ¿Decir qué?

―Decir "Sí, Amo" y serás mía por esta noche.

Allí estaba. Toda su planificación se había reducido a esto. Todo estaba dentro de su agarre y todo lo que ella tenía que hacer era tomarlo. Su garganta se apretó, ahogando sus palabras mientras luchaba contra la repentina oleada de pánico incrementándose en su interior, contra las lágrimas irracionales que amenazaban con caer. ¡No! Esto era lo que quería. Aclarándose la cabeza, se obligó a estudiar el rostro de Inuyasha, recordar cada instante que compartieran. Ella podría hacer esto. Quería hacerlo.

Él trazó medios círculos de un lado a otro sobre sus pechos y entonces se detuvo para volver a colocar el sujetador sobre el torturado pezón. El cuero era suave en contra de su sensible piel, pero ella anhelaba la humedad de su boca en lugar de eso. Estaba mareada. Estaba tan excitada, tan cerca de correrse que apenas podía pensar.

Sus manos se movieron a la parte superior de sus brazos y la hizo girar, empujándole los omoplatos contra su pecho. La polla hinchada debajo de sus pantalones, presionaba contra la parte baja de su espalda, los sólidos muslos en contra de su culo. Estaban parados contra la pared en un corredor desbordado de invitados anónimos, pero para Kagome allí no había nadie más que ellos.

El mundo dejó de dar vueltas anticipándose a su respuesta. Debería haber sido fácil, ella había estado planeando esta noche, esperando su oportunidad durante meses, pero ahora estaba abrumada por el miedo.

¿Realmente se atrevía a descubrir los oscuros deseos que yacían detrás de esos ojos dorados que nunca la habían mirado absolutamente de esta manera antes?

Su mano izquierda hizo círculos alrededor de su cadera y se deslizó debajo del levantamiento de su falda hasta su tanga mojada. Raspando su hombro y cuello desnudos con los dientes, él gruñó,

―Ya estás tan mojada. Pero esto no es nada comparado con lo que podría hacerte. ―Enganchó un dedo debajo de la tela empapada y lo arrastró hacia un lado, exponiendo su coño bien afeitado al caliente aire arremolinándose a su alrededor―. Estas bragas están en mi camino.

―Quítalas, ―ella imploró, quedándose sin aliento ante el tirón en la correa cuando fue desprendida de sus caderas casi antes de que la última palabra saliera de sus labios.

Él acarició con los dedos la prenda desgarrada, levantándola para que Kagome pudiera ver la tela oscurecida y oler su propia esencia almizclada. Plegó las bragas mojadas dentro de la hendidura de su sujetador, dejando sólo la entrepierna sobresalida. Acariciando hacia abajo por sus brazos, desde los hombros hasta las muñecas, le tomó las manos y las presionó contra la pared.

―No te muevas, ―llegó el bajo comando desde atrás de ella―. Si tengo que atarte, te castigaré, ―gruñó en su oído. Estaba agarrando el látigo ahora, el mango en una mano, los bucles colgando en la otra. Su corazón saltó rápidamente ante la vista de eso cuando bajó el mango al nivel de su cadera y lo apoyó en contra de su montículo. Era grueso y largo, y parecía como de marfil, brillante, posicionado sobre su coño provocativamente.

―Te haré obedecer, ―él susurró, tomando las suaves hebras de cuero del látigo y acariciando entre sus labios, haciendo círculos sobre su hinchado clítoris. Sus jugos se filtraron de su núcleo apretado, revistiendo sus muslos con un chorrito de humedad―. Tomándote como lo desee, llenando cada hueco de cualquier forma que me agrade.

El aliento de sus pulmones se liberó bruscamente cuando escuchó sus promesas y amenazas.

La provocaba con el mango entre sus resbaladizos pliegues, enviando olas de placer estremeciéndose a través de ella más rápido de lo que las vetas de terror pudieran llegar.

―Dilo.

Cuando el grueso mango encontró su coño, ella se congeló.

―Yo… no puedo… no sé… ―Su tartamudeo era casi incoherente. ¿Qué estaba mal con ella?

Él se inclinó más cerca y acarició su palpitante brote con el aparentemente suave cuero mientras la provocaba con el mango.

―Creo que puedes… creo que sabes… De Hecho, creo que estás lista para implorar por servirme. ―Deslizó el mango desde su clítoris a su apertura y volvió―. Para implorar por ser mi esclava, ―respiró, metiéndole el mango un centímetro dentro de su coño y palmeando su expuesto clítoris con el cuero en un suave movimiento que la empujó sobre el borde.

Perpleja y esclavizada por el deseo, ella jadeó,

― ¡Por Favor, por favor! ―Mordiéndose los labios, presionó su culo hacia atrás en contra de él, intentando tomar más del grueso mango.

Él le dio medio centímetro más y entonces se detuvo.

― ¿Por favor qué? Dilo o puedo tener que zurrarte ahora mismo.

La imagen de Inuyasha en el aula amenazándola con las nalgadas que él había querido darle a causa de su veta desafiante, le inundó la mente. Su coño se apretó tan violentamente, el placer sobrepasando al miedo, y ella necesitó hacer una pausa antes de poder hablar. Con voz temblorosa, susurró,

―Por favor, Amo, déjame servirte.

―Muy buena elección, esclava, ―él contestó, empujando el suave mango dentro de sus profundidades, aplastando la polla contra su espalda―. Pero creo que me has hecho esperar demasiado tiempo.

Por un tortuoso segundo, ella creyó que él retiraría la oferta, pero continuó.

―Te has ganado tu primer castigo.

Apenas parecía tener importancia mientras él continuara metiendo el mango adentro y afuera de ella, alternadamente acariciando y abofeteando su clítoris con el látigo de cuero. Su respiración se aceleró y su piel hormigueaba de la cabeza a las puntas de los dedos de los pies. Sus brazos, todavía presionado en contra de la pared estaban sacudiéndose a medida que se acercaba al clímax. Él introdujo el mango más allá, acariciando aún más profundamente en su interior, haciéndola jadear hasta que estaba casi gritando de éxtasis. Pero entonces el mango salió. Y también desapareció el suave cuero trabajando sobre su necesitado clítoris.

¡No! Ella parpadeó, rigidizándose al darse cuenta de que esto podría tener algo que ver con el castigo al que él se había referido. Giró para enfrentarlo… su desnudo coño expuesto, los labios recubiertos de su propia crema… ignorando la anónima multitud rodeándola.

―No, por favor…

Él levantó una mano para silenciarla.

―Has hecho tu elección de servirme. Tienes sólo otra elección esta noche. Escogerás una palabra de seguridad. Si eliges usarla, esto terminará inmediatamente y no habrá vuelta atrás. Por lo tanto considéralo cuidadosamente antes de utilizarla. Aparte de utilizar esa única palabra, no tienes nada que opinar ante cualquier cosa que yo decida. Si no puedes cumplir con mis órdenes, serás castigada como me parezca. Silenciada cuando lo considere necesario. ―Sus ojos se ampliaron ante la advertencia, no sintiéndose segura de sí podría ser capaz de tratar con Inuyasha en el contexto de la crueldad, pero no obstante, asintió con la cabeza.

―Elige tu palabra de seguridad. Algo que no puedas olvidar y dímela ahora.

Pensó rápidamente, y finalmente se decidió.

―Garras.

Él sonrió y le acarició la mejilla.

―Garras. Pon tus manos juntas delante de ti.

Su pecho se oprimió y ella accedió. Rápidamente él aseguró el extremo del látigo alrededor de sus muñecas y lo revisó para asegurarse de que no estuviera muy apretado. Entonces pasó el látigo sobre su cuello a fin de que sus manos quedaran al nivel del pecho, lo tiró hacia abajo entre sus pechos y arrastró la holgura entre sus piernas, sujetando el mango en la parte baja de su espalda. Ella bajó la mirada sobre sí misma y se preguntó si había estado loca al aceptar esto. Si debería usar la palabra de seguridad ahora y salir corriendo a casa a esconder la cabeza. Al menos, pensó, notando las cabezas que se volvían de algunos asistentes de la fiesta, llevaba puesta la máscara.

Inuyasha bajó la mano sobre sus muñecas atadas siguiendo al látigo hasta su coño, donde la deslizó entre sus labios hinchados. Su cara ardió cuando presionó hacia atrás, sujetando la parte floja de manera que el látigo se plegara apretadamente hacia arriba entre las mejillas de su culo también. Apoyó el puño que sujetaba el mango y lo aflojó contra la parte baja de su espalda.

―Quiero que te frotes contra esto mientras caminamos. Eres mi esclava ahora.

Kagome comenzó a caminar con tímidos cortos pasos con sus botas con tacones aguja, con su falda de cuero subida por encima de su coño y un látigo plegado a su alrededor como una correa. Estaba aterrada y excitada, horrorizada por el espectáculo que estaban haciendo, e incluso más porque podía sentir los jugos goteando húmedos y calientes desde su núcleo con cada paso.

Estaba dándole a Inuyasha lo que él quería

Continuara

gracias a todaas las que han leido la verdad la trama es sencilla talvez un poco deprabada pero en si espero que los difruten gracias por sus Review me entusiasme mucho al leerlos

Amo el cap en donde Shippo explica lo de la gatita, el perrito y el lobito de ahi el disfras de Kag y lo de garras es por Inu...me parecio bien agregar cosas del manga.

En cuanto a Miroku no sale mucho porque es un sub en teoria no deberia habla si en presencia de un dom por eso su poco papel pero yo siempre eh conciderado a Miroku un sub; ¿porque? el siempre tocaba a Sango aun sabiendo que ella le iba a pegar pero ahi iba para mi que le gustaba que ella le pegara.