Adevertencia contenido no apto para censibles o cardiacos por favor leer con cuidado
Capítulo 3
El espacioso dormitorio, apenas iluminado por candelabros en la pared y una araña de luces pequeñas, estaba decorado como el resto de la casa, con diáfanas telas negras estiradas a través de las paredes y alguna reminiscente tela de araña ensartada a través de las esquinas superiores del cuarto. Arañas de patas largas reptaban debajo de la ventana en un rincón, serpientes se envolvían alrededor de una rama seca detrás de la cortina de una ventana a otra. Entre ellas había mesas cargadas de velas y un arsenal de aparatos que Kagome no estaba segura de querer saber demasiado si estaban dispuestos para complacer a todos los caprichos de su amo.
Su corazón palpitó cuando entró en el cuarto. ¿En qué se había metido? ¿Ésta en realidad era la forma en que quería pasar su primera noche con el hombre que amaba? ¿Siendo torturada en una mansión decorada como la casa embrujada de una escuela secundaria? La correa del látigo tiraba simultáneamente de su cuello y a través de sus piernas. Lo sintió tirar de la correa poniéndola más tirante en contra de su coño, dándole un tirón en la parte trasera de su cuello para doblarle la cabeza. Se mordió los labios y luchó por permanecer quieta mientras sus dedos vagaban de un lado a otro entre sus piernas.
― ¿Te gusta la sensación de algo duro entre tus piernas, verdad, Gatita?
Un temblor recorrió su cuerpo. Era cierto, ella no quería admitirlo, temerosa de a lo que podría dar lugar la admisión, pero le gustaba. El látigo tiraba ligeramente, enviando más sensaciones agudas subiendo vertiginosamente a través de ella y asegurándole que acababa de recubrir el cordón de cuero con su crema.
―Sí, amo, me gusta.
―Me complace pensar en que tienes algo frotándose en contra de tu coño y de tu culo. Creo que me gustaría meter algo grande en ambos.
Su cabeza se levantó de repente una fracción de centímetro antes de que el tirón de la correa la volviera a la posición sumisa.
―Eh, eh, Gatita.
Ella estabilizó su respiración. Sango la había preparado para muchas de las posibilidades de una noche como ésta… para la mayoría de los casos. Las clases habían sido teóricas en lugar de prácticas y un poco de demostraciones con la ayuda de Miroku. Armándose de valor en contra de sus crecientes miedos, se recordó a sí misma que si aceptaba sus órdenes, estaría mucho más cerca de tenerlo. Necesitaba aprender, y como su profesor favorito siempre había predicado, la práctica era la mejor forma de hacerlo.
Independientemente de la ansiedad que estaba experimentando, no había forma de negar que físicamente estaba respondiendo a las órdenes de Inuyasha de una forma que ella nunca se habría imaginado. Quería aceptar su oferta. Quería que él la controlara. Quería estar a su merced, y maldición, sabía que ella deseaba que Inuyasha le dijera exactamente lo que quería.
Cómo servirle y complacerlo. Ella no tendría que suponer… sólo tendría que obedecer.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, ensanchó su posición e inclinó la cabeza aún más.
―Nada, Amo.
Hubo una pausa y entonces una profunda inhalación de su aliento. Tiró su cabello a un lado y desenvolvió el látigo de entre sus piernas y de alrededor de su cuello. Todavía lo mantuvo atado alrededor de sus muñecas.
Sus manos estaban en la espalda de su vestido de corsé abriendo la recta cremallera que lo sostenía. La prenda se desprendió, dejándola desnuda salvo por las botas negras con tacones agujas altas hasta el muslo, y la máscara.
― ¿Te gustó observar a esa mujer tomando dos pollas a la vez? ―Las puntas de sus dedos rozaron la piel a un lado de sus costillas, sus toques suaves como una pluma mientras se movían debajo de sus curvas llenas.
Kagome tragó y se obligó a contestarle rápidamente.
―Sí.
Él ahuecó y levantó sus pechos, haciéndolos hincharse afuera de sus manos y los presionó juntos en dos maduros montículos de piel ruborizada. Los pulgares rasparon sus pezones, las rosadas puntas se arrugaron apretadamente y se sensibilizaron hasta tal punto en que su más leve toque enviaba electricidad a sus caderas y espalda. Él entrecerró los ojos ante ella, y atrapó ambos pezones entre sus pulgares e índices, haciéndolos rodar con un firme tirón que la hizo tambalearse hacia adelante.
―Sí, ¿qué?
―Sí, Amo. ―Apretó sus labios juntos. Debería haberlo recordado. Era la regla más simple. El implacable tirón en sus pechos sin duda imponía la regla o, pensó con una sacudida de placer, le daba una razón para quebrantarla.
― ¿Has tenido alguna vez múltiples amantes antes?
Ella negó con la cabeza.
―No, Amo.
― ¿Te gustaría? ―Le liberó los pezones, ahora oscuros por su agarre.
―Yo… no lo sé. Tal vez. ―Las yemas de sus pulgares la acariciaron, suavizando el aguijonazo de su agarre. Su aliento quedaba atrapado con cada caricia.
―No sé si eres digna de esa clase de satisfacción. ¿Por qué no me demuestras lo ansiosa que estás por complacerme?
Su corazón palpitó más rápido y tuvo que luchar contra una sonrisa que quería separar sus labios. Quería complacerlo. Estaba desesperada por saborearlo. Por tomarlo dentro de ella. Por tocarlo.
―De rodillas, Gatita.
Cayó de rodillas, apretando sus manos unidas en sus pechos.
Él se arrancó la ceñida camisa de dentro de sus pantalones y se la sacó bruscamente por la cabeza, revelando un bronceado torso cincelado. Sus músculos ondearon y se flexionaron con el movimiento. Era increíble. Ensanchó su posición y emitió su orden.
―Abre mis pantalones y saca mi polla.
Kagome buscó a tientas la hebilla en lo alto de sus pantalones, encontrando difícil maniobrar con sus muñecas atadas como estaban. Se ocupó de los botones y abrió de un empujón la bragueta. No llevaba puesto nada debajo así que con todo lo que tuvo que lidiar fue con atrapar el hinchado miembro que saltó hacia afuera. Deslizó una mano a su alrededor. Su polla era enorme, larga y gruesa con suaves rizos en la base. Quería tragársela entera, se veía tan bien.
Le empujó los pantalones hacia abajo hasta el piso, inclinándose ante él cuando salió de cada pierna. Y cuando levantó la cabeza, lo vio gloriosamente desnudo. Fornido e igualmente atractivo. Estuvo cerca de gemir al pensar en cuánto lo deseaba dentro de ella.
Inclinándose hacia adelante, abrió la boca para tomarlo.
― ¿Qué crees que estás haciendo?
Ella se relamió los labios y dijo la única cosa que se le ocurrió.
―Lo siento, Amo. ¿Qué le gustaría que yo hiciera?
Él extendió el mando del látigo.
―Chúpalo. No has demostrado ser digna de mi polla todavía.
¡No podía hablar en serio! No podía creer que le estuviera exigiendo que chupe una vara en lugar de a él. ¿Este incluso era el mismo hombre que ella pensaba que conocía? Esto era… confuso. Pero la necesidad en su vulva era lo suficientemente fuerte como para que hiciera cualquier cosa para complacerlo.
Inclinando la cabeza hacia arriba para mirarlo, abrió la boca para recibir el mango. Pero en vez de sostenerlo para ella, él lo puso en sus manos y dio un paso atrás, sujetándose la polla en su puño.
―Muéstrame lo que le harías a esto.
Ella le demostraría, pensó, relamiéndose los labios mientras miraba la sólida agarradera atrapada dentro de sus manos atadas. Abriendo la boca, relajó la mandíbula e inclinó la cabeza hacia atrás para tomarlo. Llevándose la barra dentro de su boca, el dulce sabor fuerte de sus jugos le golpeó la lengua. Saborear su propia excitación hizo el acto aún más excitante. Lo introdujo hasta la parte trasera de su garganta, relajando los músculos y entonces lentamente lo retiró succionándolo con un húmedo beso. Pasó la lengua a su alrededor, de arriba hacia abajo, lamiendo cada pedacito con sus jugos que ella podía encontrar, sabiendo que incluso mientras lo hacía, más estaban recubriendo la parte interior de sus muslos.
Lo contempló al tomar el mango del látigo profundamente hasta su garganta otra vez, y se maravilló por la estoica expresión que él mantenía. Cuando retiró la vara, la saliva la recubría y bajaba corriendo por un lado. Ella lamió más y abrió la boca para volverla a tomar.
Él le hizo una seña para que se detenga y ella esperó que la llenara con su polla, golpeándola dentro de ella y haciéndola correrse. Estaba tan cerca.
―Abre tus piernas.
Todavía arrodillada, apartó sus rodillas más ampliamente y lo miró.
―Sí, Amo.
―Toma mi juguete… y folla a tu coño con este gran látigo. Esto es lo más cercano a otro hombre que vayas a conseguir conmigo. No me gusta compartir, y nunca estaría dispuesto a compartirte. ―Hizo una seña hacia el mango―. Introdúcelo adentro y luego toma a mi polla en tu boca.
Ella lo movió en sus manos para ajustar el agarre y posicionarlo en contra de su hendidura. Podía hacer esto. Estaba mojada y dolorida, y la idea de algo duro entre sus piernas y dentro de su boca la excitaba casi tanto como la posesividad de las palabras de Inuyasha. No quería compartirla. Mirando hacia arriba, vio los ojos atentos sobre ella y vaciló bajo su escrutinio. Nadie jamás la había observado mientras se daba placer, aunque esto fuera algo diferente. Él estaría en su boca en segundos, su foco no estaría sobre ella completamente. Reclinándose ligeramente, presionó el ancho mango hacia arriba dentro de su abertura. Lo sintió duro y suave al llenarla, estirando sus paredes interiores al penetrarla. Él estaba parado delante de ella con su gruesa y pulposa polla en la mano, esperando a que ella la succione. Se relamió los labios y los deslizó sobre la ancha cabeza, paladeando el sabor salado de la carne masculina cuando le llenó la boca con su polla de la misma forma que el mango del látigo la había llenado antes. De la misma manera en que esperaba que su polla le llenara el coño igual que el mango estaba haciéndolo ahora.
Con la boca llena, levantó la vista a su cara, esperando estar complaciéndolo. Su estoica expresión dejada traslucir poco pero la sola gota de sudor cayendo por su mejilla admitía su tensión. Una pequeña victoria. Sus ojos estaban atentos, enfocados en la pared detrás de ella. El espejo, recordó. La estaba observando chupándolo, observándola tomar el mango en su interior. Su coño se apretó ante la erótica imagen que ella conjuró, arrasando con sus inhibiciones. Su lengua se curvó alrededor del eje cuando empujó en contra de la parte trasera de su garganta. La vara del látigo estaba profundamente dentro de ella. Inclinó la cabeza para tragar más de la rígida polla, quería sentirlo penetrarla tan profundamente como fuera posible. Buscando intensificar su placer al tomar cada pedacito del duro mango que podía, intensificando el suyo propio. La sensación de la brutal invasión tanto en su boca como en su vulva hacía que su crema corriera hacia abajo por la vara y sobre sus manos atadas. Era esclava del placer del momento. Bombeaba el mango a ritmo con su cabeza, llevando la barra adentro y afuera, una y otra vez.
Mírame, Inuyasha. Esto es para ti.
La resbaladiza fricción dentro de su centro hacía que su cuerpo se contrajera en contra de la penetración, y la succión de su boca sobre la ingurgitada polla, se incrementara. Gimió a su alrededor. La tensión provocada creció en su interior, acercándola a la liberación. Chupaba y lamía, inclinando la cabeza, presionando sobre la satinada piel suave, moviendo la vara dentro de ella más rápidamente… ajustándola con cada empuje, tragando el grueso bulbo, saboreándolo… tomando a ambas barras inflexibles dentro de sus húmedas profundidades, más allá cada vez, bordeando la cúspide más alto, más apremiante, hasta…
Él gimió, agarrando sus hombros con fuerza.
―Pon tus manos sobre mi polla y hazme terminar, deja el látigo como está. ―Inmediatamente movió sus manos atadas, pegajosas por su crema, a la base de su polla, bombeándolo a ritmo con su boca. El mango permaneció suspendido, medio enterrado en su apretado coño mientras ella se mecía y tragaba en contra de su falo. Él la agarró de los hombros con más fuerza, y ella lo llevó más profundo dentro de su garganta, apretando la base de su polla, sintiendo a sus bolas contraerse abajo. Con un gruñido ahogado, él corcoveó sus caderas, derramando su caliente semen hacia abajo de su garganta. Ella lo tomó más profundo, ordeñando cada gota hasta que él finalmente le acarició el cabello y se retiró.
Estaba increíblemente excitada habiéndolo satisfecho sobre sus rodillas, atada y montando el grueso mango. Quería rogarle que la dejara terminar por sí misma, sólo tomaría algunos empujes más y se correría, pero sabía que la paciencia era parte de su papel. Debía esperar su oferta.
Él se arrodilló delante de ella, agarrando el extremo expuesto del mango del látigo. Sus esperanzas de que él la llevara a la culminación murieron con sus siguientes palabras.
―No tienes permiso para correrte todavía. ―Deliberadamente, sin profundizar la penetración, lo movió en un ángulo para que ella pudiera sentir la presencia del mango profundamente dentro de su centro―. Gatita, sólo voy a decírtelo esta vez. No puedes tener un orgasmo sin mi permiso.
Ella levantó la cabeza bruscamente, cuando la sensual tensión se alborotó dentro de ella.
―Entiendo, Amo, pero…
― ¿Estás muy cerca? ―le preguntó, ahora bombeando el mango dentro de ella con lentos y constantes empujes.
Ella alzó sus caderas intentando tomarlo más profundo y más rápido.
― ¡Sí, Amo! ¡Más, por favor!
―Has sido muy buena. Inclínate hacia delante de manera que tus antebrazos estén sobre el suelo con tus codos cerca de tus rodillas. Apoya el lado de tu cara sobre el piso.
Ella se movió con precaución, sintiendo la pesada barra moviéndose dentro de su cuerpo cuando se encorvó hacia adelante. Volteó la cabeza y vio su reflejo en el enorme espejo lujoso y casi se corre ante la vista. Estaba arrodillada, las piernas ampliamente abiertas, la espalda arqueada con su culo en el aire. Sus muñecas atadas colocadas en contra de su pecho y sus labios, todavía hinchados por chupar su polla, estaban llenos y rojos. Pero lo que más la excitó fue la vista del agarre del puño de él emergiendo de sus profundidades y girando debajo de su cuerpo hacia donde estaban atadas sus manos.
Él se encontró con su mirada en el espejo. Ella estaba esperando, deseosa, implorando más.
Sus ojos se estrecharon sobre ella.
― ¿Te gusta mi látigo, esclava? ―le preguntó, sacándolo de ella.
Su corazón dio un salto cuando pensó en las posibles repercusiones de su respuesta.
Le gustaba mucho sólo cuando lo usaba para atarle las muñecas y como correa, e incluso cuando la hizo follarse a sí misma con él… pero el pensamiento del daño de un arma como ésta podía ser aterrador. No podía imaginarse a Inuyasha esgrimiendo un látigo como este. Era lo suficientemente inquietante como para que pensara en su palabra de seguridad y se preguntara si podría necesitar usarla y escapar.
Inuyasha pareció comprender su preocupación y levantó una mano para detener su innecesario nerviosismo.
―No lo usaré para flagelarte. No es algo que me guste hacer. Disfruto de él con el propósito de la restricción y algunos otros usos poco habituales, pero no tengo interés en lastimar tu hermosa piel.
Su aliento salió con un bufido de alivio. Se había preparado a sí misma para la posibilidad de unos ligeros azotes o más, incluso había experimentado un poquito de emoción ante la idea, pero la verdadera violencia, la clase que un látigo podría infligir, la asustaba. Y mientras el borde de miedo mezclándose con su excitación había intensificado sus sentidos y placer, incluso por las manos de alguien en quien ella confiaba tan implícitamente como Inuyasha, no tenía ningún deseo de sobreexponerse a sí misma. Se sentía aliviada de oír que él no hacía eso.
En cierta forma sin embargo, ella había confiado en su seguridad con él desde el principio. ¿De qué otra manera sino podría haberse prestado al juego? ¿De qué otra manera podría encontrarse esperando ansiosamente, deseando más de su rudo y demandante toque, rezando para que él la tomara con la fuerza de una necesidad animal?
Él sumergió la mano entre sus piernas para acariciar sus labios abiertos.
―Estás tan mojada. Resbaladiza. ―Presionó dos dedos en su abertura y acarició sus paredes interiores―. Me pones duro otra vez. Quiero deslizarme dentro de ti, sentir tu estrechez y que aprietes mi polla. Tu boca estaba tan húmeda y hambrienta, quiero saber si tu coño se siente así de bien. ―Acarició otra vez, haciéndola contraerse alrededor de sus penetrantes dedos―. Tienes un pequeño coño hambriento. ―Un tercer dedo se deslizó dentro de ella, acariciando en contra de la pared trasera de su canal. El sedoso toque era el cielo. Ella empujó en contra de sus dedos, queriendo más.
Y entonces se sobresaltó. El pulgar estaba en su culo, descansando allí, no penetrando pero empujando en el apretado músculo mientras acariciaba su vulva desde el interior.
Oh Dios, ¿qué va a hacer?
Los dedos suspendieron sus caricias y se retiraron de sus profundidades, pero la presión del pulgar en su recto era constante. Sintió que si ella se moviera, él la penetraría. Permaneció quieta, pero sentía la provocadora presión con cada inhalación. Su postura arrodillada detrás de ella se movió más cerca. El aire fresco rozó su apretado anillo cuando el pulgar se alejó de él.
Ella retorció la cabeza en contra del piso, esforzándose para ver lo que él estaba haciendo. Detrás de ella, Inuyasha desgarró la envoltura de un condón con sus dientes, expertamente enfundándose a sí mismo con una mano, y entonces presionó la punta de su polla contra la delicada piel de conexión entre su culo y su coño. Kagome contuvo el aliento, mordiéndose los labios, mientras esperaba que él decidiera dónde empujaría su circunferencia dura como una piedra en su interior, sabiendo que tomaría cualquier cosa que él le diera.
La ancha cabeza de su polla provocó más abajo, reacomodándose en contra de sus labios, y empujado en su interior.
Era más grande que el mango del látigo y la estiró más anchamente mientras se introducía gradualmente para permitirle a su cuerpo ajustarse y acomodarlo. Kagome gimió cuando él entró y la llenó, jadeando mientras su longitud la penetraba. Sus músculos interiores se aferraron a él, y requirió de toda su concentración no permitir que el roce como húmedo terciopelo de su invasión la hiciera correrse. Ella podía seguir su dictamen, podía obedecer su orden. Podía resistir el tirón de necesidad amenazando con romperse con cada minúsculo movimiento. Empujó más profundo todavía, hasta que las bolas presionaron en contra de su coño, y la ingle en contra de sus nalgas. Lo tenía enterrado hasta la empuñadura, sintiendo el empujón de la cabeza en contra de su vientre y todavía ella presionaba hacia atrás pidiendo más. ¡Concéntrate!
Colocando una mano sobre su cadera, Inuyasha salió, casi hasta la cabeza de su polla, y entonces, cuando empujó otra vez hacia adentro, sintió el pulgar, resbaladizo y frío, presionando en contra de su culo y penetrando sostenidamente adentro de ella. Su respiración era un chisporroteo de sobresaltos jadeantes cuando la penetró doblemente. Estaba escandalizada por la ansiosa sensación que provenía de su anillo muscular contrayéndose y relajándose sobre el intrusivo dígito. Sus dedos se abrieron afuera sobre la mejilla de su culo, apretando el tenso músculo mientras bombeaba firmemente dentro de su culo y de su vulva.
Se meció hacía atrás contra Inuyasha cuando el placer creció. El pulgar dentro de ella era lo suficientemente pequeño como para no provocar dolor ni estirarla, pero lo suficientemente grueso como para añadir una satisfacción que ella nunca antes había experimentado. Su clítoris latía por la desesperada necesidad de ser acariciado y aliviado. Pero con sus manos atadas, la opción de una liberación no era suya.
Arqueándose más para tomar tanto de él como pudiera, intentó hacer que su clítoris contactara con sus bolas. Empujó hacia atrás contra él, obligando a su polla a enterrarse más profundamente en su interior.
El talón de la mano masculina se encontró con su apretado anillo. Él se retiró, afirmándose y ella golpeó hacia atrás cuando él volvió a empujar hacia adelante. El agarre sobre su cadera se apretaba con cada golpe, y todavía ella quería más, más duro, más rápido, más profundo. Golpeó duramente hacia atrás en contra de Inuyasha hasta que las respiraciones de ambos salían entrecortadas y rápidas, y entonces él gritó una severa orden.
―Suficiente, esclava. ―Repentinamente, su vulva y culo estaban vacíos Inuyasha estaba retrocediendo, quitándose el condón de su polla todavía dura, brillante y enrojecida mientras rebotaba erecta desde su cuerpo.
Jadeando Kagome se empujó hacia arriba sobre sus brazos atados y lo miró. ¿Lo había asombrado con su avidez por recibirlo? Él se apoyó contra la pared, se lamió el labio inferior reflexionando y le ordenó que se pusiera de pie. Recogiendo el mango del látigo, tomó algunas de las tiras y la miró a los ojos.
―Eres una salvaje y exigente gatita. Creo que tendré que encadenarte para domar ese coño salvaje.
Estaba parada delante del espejo de cuerpo entero, la amplia postura de sus largas botas de gamuza negras extendiendo sus muslos. Los labios de su coño reflejaban la abrillantada humedad de su crema mientras goteaba hacia abajo de sus muslos interiores. Entre sus piernas abiertas, dos cadenas de plata brillante con campanas colgaban de un clip del clítoris que Inuyasha había adjuntado con una delicada cadena a los clips haciendo juego en sus pezones. Sus brazos, todavía atados, estaban estirados por encima de su cabeza por el látigo, que había sido asegurado a un gran gancho en medio del cuarto. Se parecía a una esclava enmascarada en venta.
Sin ninguna prisa, Inuyasha circulaba a su alrededor, acariciando las desnudas curvas y agujeros de su cuerpo. Se paró delante de ella y deslizó las manos subiendo por su cintura y costillas hasta sus pechos restringidos, ahuecando debajo de las curvas para que las cadenas quedaran suspendidas sobre las partes traseras de sus nudillos. Con el dedo índice golpeteó ligeramente en sus pezones, enviando calientes pulsaciones de lujuria a través de su cuerpo y los diminutos tintineos de las campanas colgantes sonaron en el aire. Sus pezones se apretaron más duro y su aliento se entrecortó, provocando más del suave tintineo de las campanillas, esta vez por el espasmo en su clítoris también.
―Estás hermosa así, ―le susurró, moviendo su mano hacia abajo para balancear las cuerdas que colgaban de su clítoris apresado―. Atada y encadenada… ―deslizó un solo dedo a lo largo de sus pliegues y dentro de su coño―, … tan húmeda y rosada… ―se movió adentro y afuera de ella, haciendo tintinear las campanas con cada tirón y sacudirse su cuerpo con cada empuje―, … tan lista para más. ¿Debería darte un pequeño regalo?
―Sí, Amo, por favor, ― Kagome imploró con una jadeante y temblorosa voz. Lo quería, lo necesitaba. Estaba desesperada por ser llenada y montada por él. Era un torturante éxtasis esperar que su necesidad se volviera tan grande como la suya. Pero Inuyasha tenía más control sobre sí mismo que nadie que ella alguna vez hubiera conocido. Cualquier cosa podría suceder.
Inuyasha se arrodilló delante de ella y suavemente separó sus labios para exponer su decorado coño. El clip pellizcó rotundamente en contra de los lados de su clítoris como una larga horquilla, apretando y excitando. Inclinándose, pasó la lengua contra el nudo confinado, de un lado a otro, hasta que Kagome estaba jadeando, intentando empinar su pelvis para chocar contra su exploradora lengua. El suave tintineo de las campanillas sonaba una y otra vez mientras lamía a lo largo de los lados, sobre sus hinchados pliegues, haciendo círculos más cerca de la fuente de su necesidad, y luego alejándose. Las manos rozaron sobre su culo y repentinamente él cambió de posición, llevándole las piernas sobre sus hombros de manera que su coño quedara presionado en contra de su cara y con los brazos soportaba su peso.
Los dientes rasparon su clítoris, mordisqueando y pellizcando, haciéndola gritar, jadear e implorar. Cerró la boca sobre ella y chupó, alternando con rítmicos barridos de su lengua, cambiando el tempo de su toque cada vez que ella se acercaba al orgasmo. Su coño se apretaba con fuerza por la necesidad de algo que lo llene, y su crema recubría los labios y la barbilla de Inuyasha. Ella tiró la cabeza hacia atrás y apretó las piernas sobre sus hombros, intentando intensificar el contacto en contra de su cara.
Él mordió, haciéndola gritar,
―Por favor, detente… ¡no puedo soportarlo!
Pero Kagome nunca se apartó. Gradualmente, él liberó su brutal agarre, lamiendo suavemente y hundiendo la lengua en su agujero, hasta que su dolor pasó y sólo el placer permaneció. Entonces echándose hacia atrás, bajó las piernas de sus hombros poniéndola nuevamente de pie.
Acariciando entre sus piernas, hundió un dedo profundamente dentro de su centro y acarició sus paredes interiores.
―Tengo algo más para ti. Has sido una muy buena pequeña gatita esta noche. Pero creo que necesitas que te demuestre el placer de ser domada. ―Retiró el dedo de su vulva y lo presionó dentro de su boca. Kagome la abrió para él, chupando y lamiendo ansiosamente su propia crema hasta que Inuyasha apretó los dientes, se apartó y pasó a su lado.
Ella siguió su reflejo con los ojos, impotente de hacer nada más, y observado cuando abrió una caja encima del tocador. No podía ver qué artículos estaba tomando, pero esperaba desesperadamente que finalmente le trajeran el alivio que anhelaba. Se acercó a ella desde un ángulo donde su propio reflejo le bloqueaba la visión y se preguntó si era intencional.
Cuando se movió gradualmente dentro de su visión, vio que llevaba un paquete de tela oscura. Lo colocó sobre el suelo detrás de ella y se alejó hacia el rincón más alejado del cuarto. Allí recogió un alto taburete, de apariencia resistente, que colocó a varios centímetros delante de su pierna izquierda.
¿Qué diablos?
―Pon tu pie izquierdo encima del taburete. ―Aunque la orden tenía un tono áspero, sus acciones eran tiernas mientras se inclinaba para mantenerla cuando Kagome se movió, asegurándose de que no se cayera. Cuando estuvo situada, miró su reflejo y vio los músculos de su plano abdomen tensos, la piel de su desnudo coño dividida en un resbaladizo rosado valle de reluciente carne. Dios, quería que él se acercara y hundiera su lengua, sus dedos, su polla… algo… en su dolorida hendidura. Pero por lo contrario Inuyasha se movió de nuevo al paquete y tomó el primer artículo. Era una pequeña caja negra con correas de velcro. Ella no tenía idea de para qué podía ser, pero comenzó a sentir la tensión acumularse cuando se arrodilló y aseguró las correas alrededor de su muslo. Regresó al paquete y sacó dos objetos metálicos alargados, apenas ligeramente más grandes que un huevo, con largos cordones negros conectados a ellos.
Oh Dios. Uno sería un poco menos intimidante que dos. Su pulgar era una cosa, era una cuarta parte del grosor de un huevo. Su corazón palpitó.
―Um… ¿Qué…?
―Sin preguntas. ―Su voz era baja y firme.
―Pero… no creo… ―tartamudeó, incapaz de controlar su lengua antes de que su helada mirada y fría voz la cortasen.
―Tienes sólo una elección esta noche, esclava.
Ella parpadeó en una rápida sucesión, respirando agitadamente mientras nerviosamente movía la mirada desde sus ojos a sus manos. Tenía una opción. Podría usar la palabra de seguridad y la noche, todo, terminaría. No más Inuyasha. Habría fracasado al conocer sus deseos. Se habría fallado a sí misma. Todo lo que experimentó se terminaría. Estaría hecho. Cerró la boca, mordiéndose los labios entre sus dientes en una larga línea, y asintió con la cabeza su resignada aceptación a su voluntad.
Él se arrodilló delante de Kagome y, acariciando los hinchados labios de su coño con dos dedos, se inclinó hacia adelante y sopló un caliente aliento sobre su mojada carne rosada haciendo repicar los cascabeles. Más de sus jugos gotearon por sus labios y muslos. Sabía que con su cara tan cerca de su montículo él podía ver la evidencia de su deseo. Presionó uno de los metálicos huevos contra ella. Estaba frío y duro y la hizo querer hundirse abajo sobre eso, pero el látigo todavía la sujetaba del techo e incluso si hubiera levantado ambas piernas, no se habría movido. Esperó, su vulva desesperada por ser llenada otra vez. Su pecho oprimido por la anticipación.
Inclinándose más cerca, Inuyasha pasó la punta de su lengua sobre su atrapado clítoris, de un lado a otro, mientras empujaba el huevo dentro de su apretada hendidura. Se sentía increíble. Cerró los ojos y se mordió los labios mientras él la masajeaba con su lengua y usaba los dedos para profundizar la penetración. Cuando estuvo en su lugar, se puso de pie, girando hacia su espalda. Kagome inhaló y exhaló el aire de sus pulmones, sintiendo la sangre corriendo hacia sus extremidades como en un ansioso vuelo en contra de lo desconocido. Cerró los ojos y esperó. Inuyasha estaba detrás suyo, jugando con el cordón negro que colgaba fuera de ella. Lo conectó a la caja atada a su pierna y la encendió. Inmediatamente, una poderosa vibración empezó profundamente dentro de su centro. Ella gimió, sus rodillas casi rindiéndose cuando la sensación la abrumó. Le había sido negada la liberación por tanto tiempo que apenas podía resistirse.
Kagome cerró los ojos otra vez, sintiendo su cálida mano en contra de su culo, abriendo su mejilla hacia un lado. La fría humedad recubrió su ano cuando los gelatinosos dedos acariciaron alrededor de su grieta.
El nudo de diminutos músculos se apretó bajo el toque, casi ansiosamente pidiendo el regreso del solitario dígito. Más líquido la recubrió generosamente. Entonces el metal embistió en contra de su agujero. Su corazón palpitaba salvajemente en su pecho mientras intentaba controlar su respiración.
Las vibraciones en su coño la tenían tambaleándose en el borde de orgasmo y la cercana penetración de la ancha esfera de metal en su ano era la única cosa que la escudaba de Inuyasha. Esto no sería el fácil deslizamiento de excesivo placer como había sido el viaje inaugural de su pulgar.
¿Cómo podría ser capaz de tomarlo dentro de su culo?
Repentinamente el segundo huevo comenzó a vibrar también. Inuyasha lo había enchufado sin que ella se diera cuenta. Su ceñido agujero se apretó violentamente en contra de la estimulación y entonces rítmicamente se aflojó y apretó otra vez cuando él comenzó a introducir el huevo en su interior con paciente coerción.
Kagome gritó, mordiéndose los labios, tirando del cuero atando a sus muñecas, su vulva y su culo se contraían salvajemente mientras él gradualmente la estiraba, empujando el grueso objeto más profundamente hasta que estaba ardiendo por el placer y el dolor combinados y el grueso diámetro traspasó el anillo.
Ella gritó,
― ¡Por favor! ―Pero sabía ahora que no estaba implorando para que se detenga, sino por más.
Los dos huevos vibraban profundamente en su interior, llevándola a nuevas alturas de placer. Ella jadeaba, sacudiendo sus caderas de un lado a otro, cuando la intensidad se incrementó.
―Abre los ojos. Mira lo que yo veo.
Hizo lo que le ordenó, viendo primero una borrosa imagen de sí misma en el espejo de cuerpo entero, atada, encadenada, desnuda y contorsionándose de placer. Su visión se cristalizó junto con su miedo cuándo lo vio parado a su lado sosteniendo un nuevo flogger en sus manos. Sus ojos se agrandaron. ¡No se atrevería!
― ¡Espera! Dijiste que no te gustaba eso, que no me azotarías… ―Las palabras salieron precipitadamente de ella en una súplica desesperada.
―Suficiente, esclava. Dije que no te lastimaría, pero aparte de eso haré cualquier cosa que quiera contigo. ―Sus ojos eran tiernos―. Ésta es una prueba de confianza, y recuerda que tienes el poder de detenerla. Sin embargo, debes saber, que cualquier cosa que haga finalmente realzará añadiéndole nuevos matices y profundidades a tu placer. Lastimarte la piel no es mi deseo.
Sus palabras la apaciguaron, pero todavía no podía creer que el hombre que amaba fuera capaz de golpear a una mujer. Antes de que pudiera seguir protestando, el aguijón del flogger abofeteó su culo haciéndola pegar un alarido. Su cuerpo se combó por el contraste entre el agudo cuero del flogger y el incremento de deseo que se acumulaba en las profundidades de su culo y de su coño. Kagome confiaría.
Golpeó a través de su montículo y entonces otra vez en diferentes lugares sobre su trasero. Se movía por su cuerpo, zurrándola con lametazos de cuero hasta que cada nervio hormigueaba dentro de ella, todos los sentidos intensificados, y una ola de éxtasis se estrelló fuera de control. Corcoveó con sus caderas, gimiendo y suplicándole que se detenga y entonces rogando por más. Mientras los latigazos abrasaban su piel, las crueles vibraciones de los huevos enterrados la arrastraron, derrotando a la inútil resistencia, hacia el precipicio. No podía detenerse. Tenía que esperar. Luchar por controlarse en contra de ola tras ardiente ola de inmenso placer/dolor.
― ¡Amo, por favor!
El flogger azotó a través de su coño, y con eso llegó su orden,
―Córrete para mí. ¡Ahora!
Con un grito llegó al clímax en una aplastante ola de brutal liberación. Su cuerpo se sacudió, sus piernas perdieron el agarre y justo cuando la tensión tiró de sus muñecas atadas, Inuyasha estaba allí, los brazos a su alrededor, sujetándola mientras ella convulsionaba, sufriendo espasmos fuera de control. Lágrimas calientes se deslizaban por sus mejillas mientras jadeaba por aire y se ahogaba con cada subsiguiente ola de implacable placer. Nunca había experimentado nada cercano a la fuerza de las poderosas contracciones que devastaban su cuerpo desde el pecho hasta los dedos. La crema recubría sus muslos, refulgiendo en la luz mientras Kagome ondulaba a través de las suaves caricias de Inuyasha y las ondas de éxtasis que provenían de las manos de su Amo.
Cuando sus piernas pudieron sostenerla, él se movió a su alrededor, sus manos seguras mientras trabajaban para quitar los vibradores con suave ternura, masajeando para calmar sus aberturas mientras retiraba los huevos. Los anillos de pezones y el clip del clítoris fueron quitados también, conmocionándola con otra sensación de placer/dolor que la dejó sin aliento y jadeando.
―Amo, eres un maestro increíble, ―le susurró, apenas capaz de expeler bastante aliento para emitir sonidos.
― ¿Qué? ―Él se paró y la miró.
Todavía experimentando los temblores remanentes por su lección, ella se estremeció.
―Nunca soñé… que esto podría ser así.
Cepillando un largo mechón de su cabello, lo frotó entre sus dedos y lo ubicó detrás de su hombro. Entonces, con un rápido movimiento, soltó el látigo de alrededor de sus muñecas. Casi cayó dentro de sus brazos, pero Inuyasha la recogió como si no pesara nada, y la llevó a la cama donde la depositó de espaldas encima de los suaves cojines de almohadas apiladas.
El pecho de Inuyasha subía y bajaba en rápida sucesión y una gota de sudor caía por su mandíbula.
―Abre las piernas, no esperaré otro minuto, ―ordenó, escupiendo las palabras. La paciencia y la planificación estaban ausentes. Todo lo que permanecía era la necesidad. Inmediata necesidad.
Kagome se mordió los labios y abrió ampliamente sus rodillas, levantando las caderas para darle la bienvenida.
―Por favor, tómame, ―jadeó, desesperada por tenerlo profundamente en su interior otra vez.
Inuyasha desgarró un condón y se enfundó a sí mismo sin ceremonia, arrojando la envoltura a un lado. Estirándose sobre ella en la cama, envolvió las manos como prensas alrededor de sus muslos y la empujó más cerca, reuniéndola con la dura cresta de su dispuesta polla.
―Tienes libertad para llegar al clímax.
Estaba escurridiza, húmeda y deseosa de él, y cuando la ancha cabeza presionó en su hendidura, Inuyasha no encontró resistencia. Cara a cara, sus calientes alientos se mezclaban. Él le acarició los labios con los suyos hasta que Kagome los separó, invitando a su lengua a tomarle la boca como su polla le tomaba el coño. Con un profundo gemido Inuyasha se hundió en las profundidades de su centro, yendo más allá cuando su cuerpo ansiosamente le pidió más. Ella lo abrazaba, apretándose con cada empuje, sus resbaladizos jugos recubriéndolo con cada golpe. Sus manos, ahora libres, viajado a través de su cuerpo mientras Inuyasha se arqueaba e inclinaba. Sus hombros eran como rocas envueltas por cuerdas, flexionándose con sus movimientos. Su pecho formando un ángulo hacia abajo, le rozaba los senos y provocaban a sus apretados pezones con cada empuje ascendente. Su clítoris se frotaba contra la ingle masculina, avivando el fuego dentro de ella con cada toque, los labios inferiores se separaron más para recibir su hambriento beso con cada zambullida.
Kagome extendió las manos sobre sus costillas, bajando a su delgada cintura y deteniéndose sobre los firmes planos de su culo. Era de acero macizo, forjándose y remodelándose debajo de su toque. Él latía dentro de ella y bajó la cabeza a la suya, su boca reclamándola salvajemente. Ella chupó su saqueadora lengua, saboreando su deseo, hasta que el fuego en su interior ardió lo suficientemente caliente que Kagome pensó que entraría en combustión.
―Más duro, ―jadeó cuando él levantó su boca de la suya. Inuyasha se conducía dentro de ella una y otra vez mientras su cuerpo se contraía como un puño alrededor de su polla y el placer disparaba a través de cada nervio, incrementándose con cada empuje. Su coño sufría espasmos en contra de su ingle con cada húmedo choque de piel contra piel, ella aferró sus manos sobre su rígido culo, disfrutando de la sensación de él. Era Inuyasha, finalmente palpitando entre sus piernas, y ella no podía conseguir lo suficiente. Quería y necesitaba más. Saber que ésta podría ser la única noche con él, conociendo el placer que Inuyasha ya le había demostrado, ella quería los movimientos de este cuerpo en contra del suyo estampados en su mente. Él comenzó a mover las caderas como pistones, arriba y abajo, con fuerza renovada, golpeando sobre su dolorido clítoris hasta que, llegando al clímax violentamente alrededor de su polla, Kagome gritó, implorando,
―Córrete conmigo.
Un profundo rugido se desgarró de su garganta cuando Inuyasha empujó una última vez dentro de ella, encontrando su liberación. Se tensó, yendo más profundo, molió sus cuerpos juntos y arrancó cada último espasmo de placer de ellos.
Inuyasha se mantuvo encima de ella apoyándose en sus fuertes brazos, su pecho y abdomen se relajaron, inclinándose hasta cubrirle el estómago desnudo, calentándola del frío que sentía sobre el sudor seco. Estaba enterrado dentro de Kagome, jadeando para recobrar el aliento, mirándola a los ojos con una mirada que repentinamente la hizo sentirse muy vergonzosa. La manera en que contemplaba los escasos tramos de piel sobre su rostro la intimidaron. Se mordió los labios. De alguna manera, Inuyasha parecía preocupado por esto. ¿Podría darse cuenta de quién era ella en realidad?
―Me gustaría que te quitaras esas lentes de contacto de gato. ―Le dijo suavemente, el profundo timbre salió incluso a través de su jadeante declaración.
Kagome pestañeó. Repentinamente, no quería que él viera sus ojos… no quería que la viera realmente. Finalmente había visto lo que Inuyasha se había negado a mostrarle durante todos estos años, y a ella le encantó. Quería que Inuyasha exigiera… le ordenase ponerse de rodillas. Que empuje sus límites y la hiciera rogar por más. Kagome era fuerte y segura, su mente trabajaba horas extra en su vida diaria, pero aquí, renunciando al control y obligándose a sí misma a dar todo lo que tenía, tomando cualquier cosa que su amante eligiera darle, era algo que nunca había sabido que quería. Pero ahora lo hacía, y por mucho que había aprendido sobre sí misma y la variedad de placeres que él le demostró, Kagome quería algo… más. Quería que Inuyasha la quisiera a ella y no a alguna desconocida al azar tomando a su polla y cualquier otra cosa que él quisiera dar.
Inuyasha había escogido no compartir esa parte de su vida con ella, había elegido mantener su relación platónica. Las oportunidades habían estado allí, y una y otra vez, Inuyasha había escogido no aprovecharlas. Ella había visto su deseo, eso era incuestionable. Y aún así, él se había refrenado. ¿Qué derecho tenía Kagome de quitarle esa elección? Lo que había hecho era la más grande de las traiciones. Tenía la última elección a su alcance esta noche. La elección de terminar la noche. Sabía que si hubiera optado por utilizar la palabra de seguridad, Inuyasha la habría respetado. Pero cuando él había tomado una decisión con la que Kagome no estaba de acuerdo, ella había ido por atrás, conspirando y confabulando. ¿Qué respeto era ese hacia el hombre que afirmaba amar? Era puro egoísmo.
Conteniendo las lágrimas, supo que no podía seguir adelante con su plan para revelar su identidad.
―Amo, ―le susurró―, son parte de mi disfraz.
Estarían juntos sólo por esta noche. Saborearía el recuerdo de Inuyasha jadeando encima de ella, pidiéndole verle los ojos después de haber hecho el amor. Lo llevaría en su corazón para siempre. Esperando que algún día pudiera sentir el peso de su cuerpo en contra del suyo otra vez. Ella lo amaba.
Inuyasha le acarició la línea de la mandíbula y bajó por su cuello.
―Tienes una triste sonrisa en la cara. Dime por qué.
Todo en él era suave ahora, pero la orden permanecía. Ella le dijo:
―Esta… noche… estar contigo… fue increíble. Renunciando a todas las elecciones y a la ansiedad de no saber cómo complacer a alguien. La satisfacción de… someterme, obedecer y simplemente experimentar… no tenía idea de cómo podría sentirse eso. ―Él sonrió pero permaneció en silencio―. Tengo la impresión de que he probado algo adictivo, y ahora tendré que volver a mi vida cotidiana. Y no me gusta eso.
Salió de ella, acariciando hacia abajo el valle de su pecho con las puntas de sus dedos.
― ¿Por qué tienes que volver a tu vida cotidiana? Esto no tiene que terminar aquí. Me sentí atraído por ti inmediatamente. Necesité tenerte esta noche. Por la forma en que has aceptado ser dominada, me esclavizaste a primera vista. Quiero más. Quítate la máscara y déjame ver quién eres. Podemos hacerlo juntos. Corre el riesgo, podemos… ―sus palabras salían rápidamente, recordándole al Inuyasha que ella conocía tan bien. Lo que hacía todo esto mucho más doloroso.
―Garras.
Su corazón se saltó un latido después de haber dicho la palabra. Ambos se quedaron congelados, mirándose fijamente a los ojos. Esto era intolerable y quiso regresar al momento en que la palabra escapó de su boca. Pero esa no era la forma en que esto funcionaba. Inuyasha se alejó de ella, saliendo de la cama, hacia un rincón del cuarto. Ella se incorporó, tirando la sábana arriba de sus pechos. Él estaba vistiéndose. Algo en su interior estaba gritando ¡No! con más fuerza de convicción que la que ella podría manejar. Las lágrimas nublaron su visión y su corazón corría a toda velocidad. Pero su decisión estaba tomada. Cuando utilizaba la palabra de seguridad, la noche terminaba. Era la regla y Dios sabía que ella era una discípula de las reglas.
Lo observaba en silencio mientras Inuyasha se ponía la camisa sobre su cabeza. Su cabello negro cayó hacia adelante y él lo tiró hacia atrás con un rápido e irritado empujón.
Completamente vestido, caminó hasta la puerta y, apoyando el brazo en el marco, se detuvo. En su puño tenía la delicada cadena que había encadenado y adornado su cuerpo. La colocó sobre la pequeña mesa al lado de la puerta.
―Es para ti.
Kagome contuvo el aliento. Si él le daba la oportunidad de cambiar de idea, ¿ella la tomaría? Pero al observar sus hombros elevarse y bajar, vio que en realidad ella ya había hecho su elección.
Inuyasha agarró el picaporte, abrió la puerta y salió.
Esto estaba misteriosamente tranquilo. El ruido de la fiesta en el piso de abajo era incapaz de permear las paredes del cuarto oscuro. Se sentía fría y confundida mientras se levantaba de la cama con la sábana envuelta a su alrededor. Echando una mirada, vio la evidencia de sus juegos esparcida a través del piso. Recogió la finita cadena que se enganchaba a los pezones y al clip del clítoris. Su único recuerdo de una noche que no debería haber existido. Estrechándola en contra de su corazón, sintió las lágrimas perderse hacia abajo de sus mejillas.
Flogger: Latigo de cuero pequeño con un final lleno de mechas largas. Tiene un borde muy duro, y deja moretones y marcas con facilidad.
