Continúa la Historia
Autor: Gale el Remolino
Lo último que Taichi esperaba encontrarse a las tres de la mañana, en una noche de verano en la que había decidido dormir destapado y prácticamente en bolas, era a aquella criatura sobrevolando su habitación mientras le clavaba la mirada.
—¡¿Pero qué…?! —exclamó el muchacho mientras se erguía en la cama.
—Felicidades —dijo la criatura—, has sido elegido por el poder de los héroes. A partir de este momento eres considerado un héroe. Tu rol es héroe. Recuerda: tu identidad es tu posesión más preciada.
Taichi no podía si no mirar con asombro lo que decía aquella criatura, sin comprender ni una sola palabra de lo que escuchaba.
La criatura se desvaneció, en el aire, en el acto, dejando un tenso y silencioso vacío a su alrededor.
—¿Estoy alucinando? —susurró el muchacho mientras se levantaba de la cama y palpaba el aire en el que, segundos antes, se había encontrado con aquel ser. Nada. No había ni rastro de él—. Tengo que dormir más —concluyó, volviendo a la cama y cerrando los ojos, convencido de que aquello no había sido más que un mal sueño.
Así fue como se despertó al día siguiente, con la firme convicción de que aquello tan solo había sido una jugarreta de su alocada mente, que lo había regañado por alterar su ritmo de sueño y no dormir apropiadamente. Además, hoy le había prometido a su madre que iría a visitarla a su hermana y a ella a su casa, por lo que tuvo que convencerse de que había descansado lo suficiente. Salió de casa y se dirigió a su destino.
Cuando llegó, no obstante, lo que se encontró le dejó perplejo. Metió las llaves en la cerradura y entró, como siempre lo había hecho, a su antiguo hogar, pero la mujer que lo esperaba al otro lado del salón no reaccionó como él esperaba que reaccionase.
—¿Quién es usted? —dijo la mujer.
—¿Qué? —Las pupilas de Taichi se agrandaron durante unos segundos, producto de la impresión, antes de volver a la normalidad—. Soy yo, mamá.
—¿Qué? —repitió su madre—. Dime ahora mismo quién eres y cómo has conseguido las llaves de esta casa.
Taichi no daba crédito a lo que escuchaba.
—Mamá —insistió—, ¿qué te pasa? ¿Qué te ocurre?
—Voy a llamar a la policía —amenazó esta vez la mujer.
Taichi no comprendía lo que estaba pasando.
—¿Mamá? —llamó una voz, al otro lado de la habitación—. ¿Qué ocurre?
—¡No vengas, Hikari! —chilló la madre.
Esto, por supuesto, solo hizo que la Hikari, la hermana menor de Taichi, se presentase en el lugar más rápido. Al verle, la joven adoptó una postura defensiva.
—¿Quién eres? —preguntó la hermana esta vez.
—¿Esto es una broma? —Taichi comenzó a reírse—. ¡Claro! ¡Estáis bromeando! ¡Así que es eso!
—¡Sal de aquí ahora mismo! —chilló Hikari, para luego observar las llaves que sostenía Taichi—. Espera, ¿son esas las llaves de Taichi? ¿Cómo es que las tienes tú?
Durante unos instantes en los que Hikari mencionó las llaves, Taichi pensó que quizá eso bastase para ser reconocido, pero no.
—¡Socorro! —exclamó la mujer—. ¡Que alguien nos ayude!
Pronto, el pasillo de la planta del bloque de pisos comenzó a llenarse de los vecinos que salían de sus apartamentos para atender a la llamada de peligro.
—¿Qué está sucediendo aquí, Yuuko? —exclamó un vecino corpulento.
—Este extraño se nos ha colado en casa y tiene las llaves de mi hijo —explicó Yuuko, la madre de Taichi, aterrada—. Dice ser él.
—¿Y tú quién eres y qué haces entrando en propiedades ajenas? —acusó el vecino nuevamente mientras colocaba su mano en el hombreo del muchacho, tirándole hacia fuera.
—¡Esperad! ¡¿Esto es una broma?! —exclamó el castaño.
—¿Una broma? ¿Te parece esto gracioso? —gruñó el hombre.
—¡Suéltame! ¡Ya me voy! —cedió el muchacho intentando darse media vuelta, pero el resto de vecinos le detuvieron, cerrándole el paso.
—Tú quédate quieto hasta que llamemos a la policía —dijo uno.
—¿Y cómo es que tienes las llaves de Taichi Yagami? —acusó otro.
—Soltadme —suplicó el joven, intentando zafarse de los vecinos—. ¡He dicho que me soltéis!
Y, ante esta exclamación, su piel ardiente comenzó a quemarse, envolviéndose en un arco de fuego. Los vecinos se alejaron, espantados, mientras Taichi salía corriendo dejando una estela de humo tras de sí.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso su aspecto había cambiado? En cuanto encontró un lugar seguro debajo del puente del río, sacó su teléfono y se hizo una foto. Su cara era perfectamente normal, como siempre.
—¿Entonces por qué nadie me reconoce? —preguntó para sus adentros—. Esto es una locura.
—¡Eh, tú! ¡¿Eres el de los vídeos?! —exclamó un muchacho pelirrojo—. ¡¿Ese al que busca la policía por pirómano?!
Taichi giró el cuello y se estremeció. ¿Lo habían estado grabando durante el suceso del apartamento? Eso le molestó, pero cuando vio quién lo llamaba, se relajó.
—Koushiro, eres tú —dijo.
—¿Qué? Espera, ¿cómo sabes mi nombre?
—Porque yo soy Taichi —alegó con una brizna de esperanza.
—No, no eres él.
Taichi bajó los hombros, agotado.
—Olvídalo —desistió.
De repente, un enorme ruido llamó la atención de los dos jóvenes, que se acercaron corriendo al lugar del que provenía tal escándalo. Un enorme edificio llameante se estaba comenzando a derrumbar.
—¡¿Cómo se ha iniciado tanto fuego en tan poco tiempo?! —interrogó Taichi.
—No lo sé… —contestó Koushiro mientras observaba los alrededores y a la gente corriendo en todas direcciones hasta que algo llamó su atención—. ¡Esas son Sora y Mimi! ¡Eeh!
Koushiro comenzó a hacer señas hacia el lugar. Las dos chicas se encontraban dentro del edificio, junto a otro grupo, y golpeaban los cristales empañados de humo, intentando escapar.
—¡Se han quedado atrapadas! ¡Necesitan ayuda!
Taichi no lo pensó dos veces y, aspirando una gran cantidad de aire, saltó a las llamas. Grande fue su sorpresa al comprobar que estas no le quemaban en lo absoluto.
—¿Soy Ignífugo?
—¡Socorro! —gritó una voz entre jadeos y toses.
El muchacho se abrió camino. Podía respirar el humo y el fuego no le afectaba. Así que probó una nueva idea. Soltó todo el aire que pudo para, luego, tomar una gran bocanada de golpe. Todo el humo y el fuego comenzó a verse absorbido por su boca y pulmones hasta que no quedó nada, tan solo cenizas. Su plan había funcionado.
—Gracias —dijo Sora, en un hilo de voz, sin acabar de creerse lo que había visto.
Pero poco duró su ilusión cuando el sonido de las sirenas le alertó de que los bomberos y la policía habían llegado a la zona.
—¡Un momento! ¡¿Ese muchacho no es el pirómano?!
—¡Seguro que ha iniciado el fuego! ¡Alto! ¡Alto en nombre de la ley!
Y Taichi tuvo que salir corriendo de nuevo. Cuando regresó a su apartamento estaba cansado y agotado. Se recostó en la cama y cerró los ojos, intentando digerir todo lo que le había sucedido. Y entontes aquella voz volvió a molestarlo.
—Tu tiempo de heroicidad a caducado. Ya no eres un héroe. Esperamos poder volver a contar contigo más adelante.
Taichi abrió los ojos de golpe y observó cómo la criatura se desvanecía. Anoche, entre tanta oscuridad, no había podido percibir bien su silueta. Y ahora se había desvanecido delante de sus narices. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Ya no era un héroe?
—Eso significa…
Taichi corrió de nuevo hacia la casa de su madre. Quien le recibió no fue otra que su hermana Hikari, la cual se abalanzó sobre él, entre lágrimas.
—¡¿Dónde has estado?! ¡Mamá estaba muy preocupada!
—Lo siento —se disculpó—. ¿Dónde está ella ahora?
—Durmiendo —contestó la castaña—. Esta tarde a tenido un ataque de pánico. Un extraño ha aparecido en casa y…
…Y Taichi escuchó el relato de Hikari. Todavía no podía comprender por qué no le habían reconocido. Él mismo se había asegurado de que su cara era su cara. Incluso se sacó una foto… ¡Eso es! El muchacho sacó su teléfono de nuevo y se metió en la galería, donde guardaba la foto que se había realizado aquel día.
—Dime, Hikari, ¿a quién ves aquí?
—¡Es él! —exclamó la chica—. ¡Él es el que entró en casa usando tus llaves!
Aquello era surrealista.
—Hikari, observa bien sus rasgos. Luego observa los míos. Fíjate. ¿Acaso no nos parecemos mucho?
—¿Pareceros? —La muchacha miró la foto y luego la cara de su hermano—. Pues, ahora que lo dices… Quizá… Un poc….
Y entonces se desvaneció durante unos instantes en los que Taichi tuvo que agarrarla. Al levantarla y observar su cara, se horrorizó. Su hermana estaba sangrando por la nariz.
—Creo que sí os parecéis —continuó ella—, pero cuando pienso en ello me duele la cabeza.
—¡Pues no pienses en ello! —ordenó el muchacho—. No pienses en ello.
Taichi no volvió a sacar el tema.
Yamato y Joe hablaron esa misma noche.
—¿Te has enterado de lo del edificio incendiado? Sora y Mimi estaba allí —dijo el rubio Yamato.
—Qué quieres que te diga... Yo creo que fue provocado. ¿Y has oído hablar de ese extraño que maneja el fuego como si de un super héroe se tratase?
—¿Crees que es real?
—La verdad, no sé qué creer.
Joe escuchó cómo Yamato le deseaba buenas noches a Takeru. Supuso que esa semana se habían reunido con su padre.
Takeru, por su parte, se recostó en la cama y dejó a su hermano hablar por teléfono. Mañana debía madrugar. Cerró los ojos. Silencio absoluto. Casi absoluto.
—Felicidades —dijo una voz—, has sido elegido por el poder de los héroes. A partir de este momento eres considerado un héroe. Tu rol es héroe. Recuerda: tu identidad es tu posesión más preciada.
