Continúa la historia
Autora: Ahiru-san
Capítulo 19: Una eternidad que termina
Devyggmon rio de una forma maligna. El vacío en el que había encerrado a sus insoportables enemigos humanos era como una habitación con vidrios polarizados pero a la inversa: quienes estaban afuera podían ver hacia dentro, pero quienes estaban dentro no podían ver hacia afuera.
Contemplaba la escena tranquilamente. Solo le quedaba esperar a que esos simples mortales se desvanecieran como si nunca hubieran existido, y aquello le producía una inmensa satisfacción.
—Están acabados —sentenció—. El universo ya es mío.
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Estaban desesperados, sus cuerpos desaparecían poco a poco y no habían conseguido evitar el colapso y destrucción de su mundo y las demás dimensiones. ¿Era este el fin de su existencia? ¿Serían borrados del espacio-tiempo para siempre?
—¡NO! —bramó Taichi—. ¡Esto no termina aquí!
Las palabras del líder del grupo hicieron reaccionar a los demás.
—¡Es verdad! —exclamó Takeru.
—¡No podemos rendirnos! —gritó Koushiro.
—¡No voy a desaparecer todavía! —chilló Mimi.
—¡Me niego a dejar de existir de una forma tan horrible! —declaró Jou.
—¡Saldremos de esta, maldito, ya lo verás! —vociferó Yamato.
—¡Por favor, que alguien nos ayude! —sollozó Sora.
Y Hikari no dijo nada, solo cerró los ojos.
Mientras seguían disolviéndose entre motas de luz, mantuvieron el abrazo grupal, rogando por un milagro.
Y sucedió.
Siluetas de luz brillaron y un enorme grupo de gente surgió de ellas: magos onmyouji del Antiguo Japón, druidas celtas, clérigos escandinavos, hechiceros medievales, monjes tibetanos, chamanes africanos y del Antiguo México, magos árabes, sacerdotes del Antiguo Egipto, atlantes y sumerios.
Ahí estaban ellos mismos en distintos tiempos, distintas encarnaciones.
En cada una de esas vidas tuvieron compañeros no-humanos: mascotas, espíritus familiares, animales salvajes entrenados y seres mitológicos, quienes los asistieron en todas sus luchas. Taichi se vio a sí mismo acompañado por lagartos y dragones. Yamato domesticó cánidos de todos los tamaños. Sora entrenó desde palomas mensajeras hasta aves de caza y un fénix. Koushiro había amaestrado abejas asesinas y otras especies de insectos y arácnidos. Mimi siempre mantuvo una estrecha relación con las plantas y las hadas. Jou se alió con animales marinos y sirenas. Takeru y Hikari siempre habían tenido acompañantes angélicos, además de murciélagos y zorros voladores en el caso del primero, y felinos de todo tipo en el caso de la segunda.
Todos estos seres aparecieron en aquel lugar junto a sus respectivos humanos.
Luego comenzaron a manifestarse sus vidas pasadas como ángeles, y también como deidades de diferentes civilizaciones: Grecia, China, India, Medio Oriente, Sudamérica y culturas aún más antiguas.
A un lado de los seres divinos aparecieron acompañantes no-humanoides de tipos y formas extrañas que ninguno de los jóvenes pudo identificar.
Los ocho elegidos comenzaron a percibir colores en un remolino de ideas y sensaciones varias, se sintieron algo mareados y muy confundidos, pero observaron con atención lo que estaba por suceder.
Finalmente, se hizo presente su existencia primigenia: energía pura, conceptos, seres sin forma que nacieron con la creación del universo mismo y habían llegado para intervenir.
Dos enormes manos de luz se formaron en el aire y rompieron el espacio para abrir el portal por el que se había marchado Devyggmon y traerlo de vuelta.
—¡¿Pero qué demonios?! —masculló el villano, estupefacto, siendo constreñido por las poderosas energías. Ya había observado desde fuera cómo la dimensión había cambiado, el espacio se había hecho mucho más amplio y estaba lleno de seres de todos los tiempos y lugares—. ¡¿Cómo es esto posible?!
—Creíste que podrías derrotarnos atacando a nuestras formas humanas, pero olvidas que somos seres milenarios interdimensionales —señaló una de las deidades, la cual era de color violeta y representaba el conocimiento.
Los magos, clérigos, sacerdotes, druidas, chamanes y hechiceros comenzaron a rezar y conjurar, y los seres divinos liberaron su formidable energía hacia los ocho jóvenes. De pronto, sus cuerpos se restauraron, ya no estaban heridos, debilitados ni eran transparentes.
Sus compañeros digimon aparecieron en etapa mega. Humanos y digimon se alegraron enormemente de volver a verse, pero ahora no era el momento para reencuentros emotivos.
Colgando de los cuellos de los ocho elegidos se materializaron sus antiguos emblemas y en sus manos aparecieron sus digivices.
—¡No puede ser! ¡Esos emblemas eran míos! —bramó Devyggmon, furioso y desesperado.
Y supieron exactamente lo que tenían que hacer.
Estiraron sus brazos y apuntaron directamente a Devyggmon, y de sus digivices salieron poderosos rayos de luz que lo atravesaron como espadas láser. Sus vidas pasadas ocuparon su magia, rezos y poderes divinos contra el enemigo, y todos sus acompañantes, pasando desde los insectos más pequeños hasta los dragones más grandes, junto a los ocho digimon en etapa mega, fulminaron al villano con un ataque masivo e ineludible.
—¡Malditos elegidos! —profirió antes de morir—. ¡No importa lo que pase conmigo ahora! ¡Tarde o temprano, alguien ocupará mi lugar y se encargará de destruirlos para siempre!
El ser de la oscuridad se desintegró en el aire y sus datos fueron borrados de forma permanente.
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—Ganamos —dijo Taichi de repente.
—Ganamos —repitió Sora.
—Sí —asintió Yamato.
En otra dimensión, los elegidos observaban el resultado de la batalla en una especie de pantalla que se suspendía en el aire, sentados sobre la arena a escasos metros del mar.
De pronto, se estremecieron y los invadió una fuerte incertidumbre.
—¿Qué está pasando? —preguntó Mimi, asustada.
—Los universos y dimensiones están acomodándose —explicó Hikari.
Todos la miraron atónitos.
—¿A qué te refieres? —se atrevió a preguntar Yamato.
—A que todo el caos en el espacio-tiempo llegó a su fin.
—No te entiendo, Hikari, explícate bien —le pidió Jou.
—¿No lo recuerdan? Hace apenas un momento estábamos en el estudio decidiendo qué hacer con la próxima serie de televisión. Si ahora estamos acá es por algo.
Algunos empezaron a sentir dolor de cabeza, otros se marearon, y los que faltaban se sintieron desorientados. Era verdad que llevaban una temporada sintiendo que sus recuerdos eran confusos y que no sabían en qué realidad se encontraban, pero tomar consciencia de la situación los hizo sentirse más perdidos aún.
—¿Y ahora qué va a pasar con nosotros? —quiso saber el joven de anteojos.
Taichi, quien fue el único que no se vio afectado por las palabras de su hermana, respondió:
—En algo tenía razón Devimon, y es que no podíamos existir para siempre —y sus palabras los dejaron a todos helados.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Takeru, asustado.
—¿Cómo? ¿Vamos a morir igual? —comprendió Sora, sin querer creerlo.
—Esta lucha ha durado, literalmente, una eternidad, y ha llegado el momento de descansar —anunció el líder, con serenidad.
—¿De verdad? —preguntó Mimi, sollozando—. ¿Aquí se termina todo?
—Todo tiene un comienzo y un final —dijo la menor del grupo, muy calmada.
—No puede ser —musitó Jou, llorando de la frustración—. ¿Ganamos todas esas peleas para acabar desapareciendo de todas maneras?
—Lo importante es que nuestras otras identidades de aquel universo lograron derrotar a nuestro eterno enemigo —señaló Koushiro, cerrando los ojos, tranquilo y conforme con el resultado final.
—Es cierto —dijo Sora, aunque le dolía admitirlo.
Mimi rompió en llanto. Sora la abrazó para consolarla.
—No. ¡No quiero aceptarlo! —masculló Yamato, destrozado.
—Chicos —les pidió Taichi, con una lágrima surcando su mejilla—, miren la pantalla.
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Los ocho digimon volvieron a su etapa rookie y abrazaron a sus respectivos compañeros humanos, muy contentos. Habían pasado el susto de sus vidas y los reconfortaba más que nunca volver a encontrarse.
Luego, todos ellos giraron a ver hacia atrás.
Todas y cada una de sus vidas pasadas los miraban, sonrientes. Eran filas y filas de seres humanos y divinos mostrándoles todo lo que alguna vez habían sido, aunque no pudieran recordarlo.
—Ustedes seguirán existiendo en otros mundos, pero ya no volverán a reencarnar —les explicó la deidad de color rojo, representante del amor.
Entonces, las ocho deidades de colores miraron directamente hacia la cámara invisible y, a coro, anunciaron:
—La misión ha llegado a su fin.
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—¿Nos están hablando a nosotros? —preguntó Takeru en voz alta.
—Así es. Es hora de despedirnos —avisó Taichi.
Los demás —a excepción de Hikari— lloraban, desconsolados. Los hermanos Yagami les dieron tiempo a sus amigos para recomponerse, sin embargo, las lágrimas también surcaron sus mejillas.
Ya no sabían si habían pasado segundos, minutos o incluso horas. El tiempo en aquella dimensión era extraño, siempre lo había sido.
Takeru miró a Hikari pensando en lo mucho que le habría gustado probar sus dulces labios, aunque fuera solo una vez. Ella le devolvió la mirada, sonriéndole, y tuvo la fuerte sensación de que en otras dimensiones y en otras vidas sí había podido cumplir ese deseo, y que su amor había sido correspondido en más de una ocasión. Lo mismo sintieron Taichi y Sora cuando sus tímidas miradas se encontraron.
Cuando llegó el momento, fueron secando sus lágrimas y comenzaron a hablar:
—Vivimos cosas muy interesantes —rio Koushiro.
—Y terroríficas —añadió Jou—, pero todo valió la pena al final.
—Estoy muy feliz de haberlos conocido —sonrió Sora.
—Son las personas más maravillosas del mundo y los adoro —expresó Mimi, con ternura.
—Gracias por su amistad, chicos —habló Yamato.
—Y gracias a ustedes por acompañarnos en esta historia —dijo Hikari, mirando a todos sus lectores y escritores.
—Estamos orgullosos de ustedes —aseguró Taichi.
—Y seguiremos viviendo en sus corazones y su imaginación —finalizó Takeru.
Formaron un círculo y se tomaron de las manos.
—Tengo miedo —dijo Mimi, con una risita nerviosa.
—¡Yo también! —exclamó Jou.
—Todos tenemos miedo —opinó Takeru, como si fuera obvio.
—Yo no tengo miedo —mintió Yamato, haciéndose el duro.
—¡Tundra! —bromeó su amiga.
—¡Ya te dije que no se dice así! —saltó, molesto.
Los demás rieron, divertidos. Era bueno reír para aliviar las penas y tensiones, sobre todo en un momento así.
Los jóvenes se miraron unos a otros, conmovidos, pero decididos. Nuevamente se fundieron en un abrazo grupal, con la diferencia de que estaban en otra dimensión y esta vez no desaparecerían contra su voluntad, sino de forma natural. Se abrazaron fuerte, muy fuerte, porque sabían que, al menos en ese mundo, ya no tendrían otra oportunidad para hacerlo.
Cerraron los ojos y se entregaron sin más. De esta forma, se deshicieron como polvo de estrellas para unirse con el cosmos, con el universo, con el origen, con el todo.
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En la línea de tiempo principal de esta historia, los elegidos salieron de la prisión interdimensional creada por su ya difunto enemigo, volvieron a su realidad y siguieron haciendo sus vidas: crecieron, se integraron al mundo laboral, formaron familias y continuaron viajando periódicamente al Mundo Digital para luchar contra alguna nueva amenaza, trabajaron en conjunto para hacer de ambos mundos un lugar mejor, envejecieron, y al final de sus vidas dejaron sus cuerpos físicos, algunos antes, otros después, cada uno con una última sonrisa, porque, pese a las grandes dificultades y desafíos, habían tenido vidas maravillosas.
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Algunas veces vence el bien, y otras, el mal. Esta vez había vencido el bien.
La lucha entre los ocho elegidos y su némesis había terminado para siempre; sin embargo, algún día aparecería un nuevo enemigo y nuevos héroes diferentes a ellos, dispuestos a continuar con un conflicto que seguirá existiendo, quizás, por otra eternidad.
