Capítulo 1
Bankotsu cabalgaba con rapidez atravesando gruesas ramas de árboles oscuros, adentrándose cada vez más en la espesura del bosque; tenía que encontrarla, debía hacerlo. Su cabello negro volaba con el viento mientras sostenia las riendas agitándolas con sus manos. No podía darse el lujo de detenerse; el tiempo estaba en su contra.
-¡Maldita sea!- exclamó mientras su caballo negro aceleraba el trote. Debía encontrarla, tenía que encontrarla.
Pronto paró en un claro. Sus ojos azules se fijaron en ella, que yacía sentada, con su kimono blanco esparcido por el suelo. El cabello negro cubría su espalda mientras permanecía estática, incapaz de mover un solo músculo. Bankotsu bajó del caballo y varios mechones negros cubrieron su frente mientras avanzaba. La prepotencia, el orgullo y la soberbia no habían desaparecido de su carácter, y por lo tanto, eso era lo que despedía al andar. Paró a unos metros de ella, mirándola inexpresivamente, como siempre; más en sus ojos se reflejaba con intensidad un hielo implacable.
—Niobe…— dijo con aquella voz fría, mas no pudo terminar.
La pelinegra volteó mirándolo con odio. Su rostro estaba distorsionado por la rabia y el disgusto. Lágrimas corrían por sus mejillas mientras que sus manos estaban hechas puños contra la tierra.
—¡No te atrevas a llamarme así!— gritó con ira. — ¡No te atrevas a volver a hacerlo! ¡Mi nombre es Kagome! ¡Kagome Higurashi!
La sangre del Shichinintai se congeló. Su rostro, antes siempre inexpresivo, se había transformado. En sus ojos azules, la oscuridad que transmitía se intensificó. Había llegado el momento; ella lo había recordado todo.
Bankotsu soltó un pequeño grito de rabia contenida que provocó que algunos cuervos volaran lejos de los árboles. Sus ojos se inundaron de desesperación mientras fijaba su mirada en ella nuevamente.
—¡Lo he hecho todo por ti! ¡Por protegerte! ¡No te atrevas a odiarme! ¡No te atrevas!— le gritó casi exigiendolo.
—¡Eres un asesino! ¡Un Shichinintai! Eres…eres Bankotsu ¡Todo este tiempo lo fuiste! ¡Me usaste! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Quiero que mueras!
Bankotsu la tomó por el brazo obligándola a levantarse. Sus ojos se clavaron en los de Kagome. Ella no podía odiarlo, no podía. Si la había arrastrado a esa oscuridad había sido porque la necesitaba. Ella no podía dejarlo ahora.
—Tú no puedes odiarme y no me podrás odiar nunca. - le dijo apretando la muñeca de la castaña. — Gracias a mí dejaste esa insulsa personalidad que antes te caracterizaba. Yo te formé y te hice lo que eres ahora.
Kagome se soltó de él con ira mientras las lágrimas seguían cubriendo su rostro.
—¿Es eso lo que crees? ¿Crees que era una insulsa? ¡Qué equivocado estás! ¡Yo era un ser humano! ¿Crees que lo que soy ahora es algo de lo que debería sentirme orgullosa?
Bankotsu la miró incrédulo.
— Te lo di todo Kagome, absolutamente todo. Y te quité el miedo, te hice alguien fuerte. - dijo él mirándola fijamente. — Sin ti, dejaré que todos caigan conmigo. Nada me importa, bien sabes que soy capaz de hacerlo.
—Eso es lo único que sabes hacer. Amenazar. Destruir. - respondió la pelinegra soltándose de él. — No me toques ¡No quiero que te me acerques nunca más! ¡Prefiero morir antes que permanecer a tu lado! Entiende que te odio ¡Te desprecio! ¡Has puesto sangre sobre mis manos!
Bankotsu se mantenía firme ante ella. Sus facciones, bajo la luz de la luna, eran tan perfectas como las de un ángel: piel pálida, ojos azules, cabello negro… era un ángel caído, un ángel enviado desde el infierno. Kagome no podía comprender como no había sido capaz de reconocerlo. Tan asesino, tan letal; todo aquel tiempo en sus narices y ella no había sido capaz de notar su engaño.
—Lo que hice tuvo un por qué.— dijo Bankotsu penetrándola con su mirada. — Pero ya todo ha cambiado.
Kagome retrocedió unos pasos y sacó su espada haciendo sonar el hierro, sin dejar de mirarlo con odio.
—Tienes razón: todo ha cambiado.
Un año antes
Aquella noche de enero más de 1000 impuros fueron vendidos.
La guerra entre humanos y demonios había llegado casi a su fin. Naraku estaba en su esplendor; el poder oscuro llenaba medio Japón. Aquel que se oponía a la ley era condenado a muerte al igual que el que la rompía; y la ley era avisar inmediatamente a las extensiones de Naraku si veían a un humano. Estos los encerraban y los vendían a familias puras como esclavos. El tráfico de personas se había convertido en algo legal. Aquellos que tenían sangre roja en sus venas tenían que vivir escondidos, con el temor de ser descubiertos por algún chismoso que llamara a las extensiones. Esa era la pesadilla en la cual estaba inmerso toda la era de sengoku, mundo que se estaba transformando en uno oscuro y perverso. Las épocas de persecuciones habían regresado, solo que ésta vez todo parecía aún peor que antes.
Esa noche más de 1000 impuros fueron vendidos, entre ellos, Kagome Higurashi.
Hacía meses que Kagome no veía la luz del día. Había permanecido escondida en un sótano junto a otros impuros durante mucho tiempo. Miroku consiguió el lugar, seguro de que jamás la encontraría allí e Inuyasha continuaba en busca de Naraku, pero él se mantenía lejos; sabía que si Inuyasha le encontraba la profecía se haría realidad. Los días eran más negros para el mundo; había extensiones de Naraku en cada esquina, dispuestos a abusar de cualquier persona sospechosa. Kagome se asfixiaba lentamente, sintiendo que la vida se le iba ahí encerrada. Escuchaba junto a los demás cómo más impuros eran vendidos y obligados a servir a familias puras. Todo se había puesto peor.. El día en el que la encontraron las extensiones era el de su cumpleaños; ese día cumplía 18.
—¿Qué son esos ruidos?— dijo uno de sus compañeros.
Todos miraron hacia el techo, escuchando las fuertes pisadas de varios demonios.
—¡No puede ser!— gritó una mujer llorando y abrazando a su hijo. — ¡No es justo! ¡No es justo!
—¡Mamá haz que pare! ¡Haz que pare!— gritaba el niño.
La puerta del sótano fué tumbada, mientras que al menos 7 demonios entraban y, con golpes, dormían a las personas del cuarto. Los gritos inundaban el lugar y un demonio alto y baboso tomó al niño del cuello y lo lanzó al otro lado del cuarto. La madre gritó y corrió hacia él, pero el demonio se lo impidió. La empujó y tomó la alabanza en sus manos.
—¡Aprende a ubicarte, asquerosa humana!— le soltó, pero justo en el momento en el cual iba a atravesarle la alabanza, Kagome intervino.
No podía pensar en nada, solo sentía la rabia de la injusticia correr por sus venas cuando se lanzó a aquel demonio tres veces más grande que ella. No era justo ¿Por qué tenían que ser tratados como animales solo por ser humanos? Todas aquellas personas eran niños, madres,padres,ancianos, jóvenes. Todos tenían derecho a vivir y aquello era todo menos vida.
Las lágrimas corrían por el rostro de Kagome mientras intentaba golpear al demonio, pero éste solo se rió y con un puño la golpeó mandándola contra la pared, obligándola a perder el conocimiento.
—¡Asquerosos insectos! ¡Ni siquiera sé por qué se resisten a lo inevitable!— dijo tomando el cuerpo de la pelinegra y juntándolo con los otros.
Esa noche fue encerrada en una pequeña cárcel para tigres y embarcada a un largo viaje durante el cual no despertó. No escuchó cuando el viaje terminó, ni cuando tomaron su cárcel y la bajaron para lanzarla a la tierra. Tampoco se percató de la presencia de cientos de demonios mirando a los cautivos como en una subasta. Esa noche unos ojos azules se fijaron en ella; esa noche fue su perdición.
—Bankotsu, escoge una rápido.— le dijo Jakotsu. — No soporto el olor que despiden estos seres.
—Algunos llevan meses sin asearse.— dijo una de las extensiones riéndose y mostrando su diente de oro. — Estos, por ejemplo, los encontramos en un sótano. Muriendo en su propia inmundicia.
Bankotsu ya no escuchaba, sus ojos estaban fijos en una de las pequeñas cárceles. La inexpresión de su mirada se había evaporado por completo y cualquiera que lo hubiera visto en ese instante habría temblado. Su rostro reflejaba el más profundo odio y a la vez, la más profunda satisfacción.
—¿Bankotsu?— dijo Jakotsu acercándose a él. — Te dije que te apresures, no tengo todo el tiempo y bien sabes que hay cosas que necesitamos hacer con urgencia.
Pero él no le respondió ni desvió la mirada de su presa. Se inclinó hasta la altura de la pequeña cárcel y acercó su rostro a las rejas. Ahí estaba; la asquerosa humana estaba ahí. Secretamente lo había esperado, sabía que como toda impura no podría esconderse por mucho tiempo. Se la había imaginado siendo ya esclava de alguna familia, restregando pisos, encadenada, como el insecto miserable que siempre fue. Pero nunca pudo imaginarse que sería él, justamente, quien la encontraría. Era demasiado bueno para ser cierto.
—Esta es una de las más baratas.— dijo la extensión acercándose a la cárcel. — Es arisca, atacó a uno de nosotros cuando la capturamos. Por eso haré una excepción y les diré la verdad: no creo que les convenga comprarla. Solo daría problemas. Prefiero venderla a demonios menos importantes, no a ustedes.
Bankotsu miró a través de la suciedad ese rostro que tantas otras veces había visto en los años de comienzo de la guerra. Miles de imágenes cruzaron por su mente en ese instante. Podía recordarla paseándose por los bosques con esa pandilla. Cuánto la odiaba en ese entonces; cuánto la odiaba ahora. Sus ojos azules la estaban penetrando como cuchillas y ella era incapaz de despertar. Él sonrió, siempre quiso verla así: llena de lodo, con el cabello enmarañado, con unas cuantas prendas sucias que la cubrían del frío como un animal rastrero que pedía clemencia.
Se incorporó sin dejar de mirarla ni un solo momento.
—Está herida. - le dijo a la extensión. — En la cabeza.
La extensión del diente de oro se arrodilló en el suelo y vio la sangre que se había secado en el cabello de la pelinegra y la que, por supuesto, corría por su frente.
—Le dije señor, que había dado problemas.
—No voy a dar un penique por una impura problemática y además herida.— dijo Jakotsu fijando sus ojos en el comerciante. — Debería darnosla gratis, de cualquier forma, dudo que alguien más la quiera; y en el caso de que la quisieran, sin un doctor que revise esa herida morirá en menos de una semana.
—Gratis, señor, es imposible. — le respondió temblando ante la mirada de Jakotsu. — Al menos dos peniques cobró por ella.
—Quédese entonces. - respondió Jacotsu mientras daba la vuelta y empezaba a caminar.
Pero Bankotsu no se movió.
—La compro.
Jakotsu volvió para mirar a su hermano incrédulo.
—¿Estás completamente loco? Tenemos más de treinta esclavas en casa y quieres a otra problemática y que encima está enferma.
Bankotsu miró a su hermano inexpresivamente.
— Es Kagome, hermano. Kagome Higurashi.
