CAPÍTULO 4

Kagome se sintió una nueva persona cuando salió de la gran tina que poseía en el baño. Aquel lugar estaba completamente lleno de lujos, y aunque estaba impresionada por todo lo que la rodeaba sentía unas inmensas ganas de llorar. ¿Quién era en realidad? No podía recordar nada y sentía una presión en el centro de su pecho, como si algo la estuviera ahogando por dentro. Se cepilló el largo cabello negro hasta desenredarlo por completo. Tomó una toalla negra y se envolvió en ella. El armario estaba dentro del baño, y cuando lo abrió encontró que estaba lleno de prendas idénticas. Todos parecían ser kimonos blancos y kimono de camisetas blancas con pantalones de color rojo, y entonces recordó que cuando había visto entrenar a las guerreras, éstas usaban solamente el kimono blanco. En la parte de arriba había una máscara blanca también. Kagome no se preguntó el por qué de las máscaras, y se limitó a colocarse el kimono. Cuando salió del baño se sorprendió enormemente al ver a Bankotsu sentado en un sillón de la habitación.

Ella no dijo nada, se limitó a quedarse allí, estática, sin mover un solo músculo. El pelinegro fijó sus ojos azules en ella.

-Veo que ya te bañaste.- dijo fríamente, sin moverse del lugar en donde estaba.

Kagome se mantuvo en silencio. Bankotsu sonrió.

-No me digas que me tienes miedo..- dijo con cierta ironía en su voz. – Después de tanto tiempo..¿no crees que ya es un poco tarde para empezar a temerme?

La pelinegra miró inquisitivamente. No era ninguna tarada; él hablaba como si la conociera desde hace mucho tiempo. Y no era la primera vez que se dirigía a ella en esas condiciones. Quiso responderle que no le tenía miedo, que estaba terriblemente confundida, eso era todo. Quería decirle que lo aborrecía desde ya, por ser tan joven y cruel; por tener esclavos, y por usarlos con fines terribles. Quería decirle todo eso y más, pero había hecho una promesa a la única persona que recordaba con algo de afecto: Elisa.

Se mantuvo en silencio, pues creyó conveniente hacerlo. No tenía nada qué decirle a parte de lo que en efecto, no podía decirle. Así que mejor no hablaría. Además, era preferible escucharlo; tenía la clara impresión de que aquel demonio sabía mucho de ella, y por eso se sentía en sus manos. Pero también tenía la muy certera impresión de que ella era más inteligente, y que si manejaba la situación con astucia, quizás conseguiría saber algo de su pasado y por qué no, escapar de aquella cárcel.

Bankotsu no dejó de observar. El odio que reprimía estaba claro en su mirada de hielo, puro, latente. Cualquiera podría haberlo visto, y por supuesto, haber temido ante él. La miraba sin poder entenderla. Estaba allí, callada, con aquel rostro de facciones finas e inocentes; y sin embargo, sus ojos, esos ojos marrones destellaban astucia y misterio. Eso le irritaba. Le irritaba el hecho de que ella no le contestara cuando le hablaba, le molestaba profundamente que lo mirara directamente a los ojos con una aparente docilidad cuando hasta un ciego podría haber notado que tras esas pestañas existía todo menos docilidad. Era una mentirosa, una terrible e hipócrita mentirosa.

Bankotsu se levantó del sillón y caminó hacia la cama, acariciando el borde de metal con las puntas de sus dedos.

-Quiero que me respondas cuando te hable, entendiste?

-Creí que eso me estaba prohibido.- respondió ella repentinamente. Y

el sintió un alivio extremo cuando por fin, después de todo ese tiempo, escuchó su voz.

-Sí, está prohibido para las esclavas. Pero tú ya no eres una esclava.- dijo secamente, tratando de contener las ganas que tenía de matarla en ese mismo instante.

-Soy una esclava.- dijo ella. – Estoy aquí contra mi voluntad, y aunque tenga una habitación con todas las comodidades en realidad no veo la diferencia entre estar aquí, o estar en la mazmorra con los demás.

Bankotsu la miró con furia contenida.

-¿Es que acaso quieres volver? Porque si así lo deseas puedo enviarte a hacer servicios domésticos nuevamente, o aún peor, a la sala de torturas. ¿Te gustaría eso?

-Lo que me gustaría, no lo puedo tener aquí.- respondió mientras caminaba hacia la ventana.

Bankotsu estalló.

-Creo que no te has dado cuenta de tu asquerosa situación, humana. Estás en mis manos, puedo hacer contigo lo que se me dé la gana. ¿Y aún así te atreves a responderme como lo haces?

Kagome lo miró tranquilamente. Más sus ojos marrones tomaron cierta expresión de sarcasmo.

-Dijiste que te respondiera, no es así? Eso es lo que estoy haciendo. Hablar.

Bankotsu apretó los puños. Cuánto la odiaba. En ese instante no deseaba nada más que tomar aquel delicado cuello y destruirlo con ambas manos. Verla morir ante él; ya tendría tiempo para eso. Hacía más de dos años que Naraku había logrado la fusión con Onigumo para volver a tener movilidad y también durante ese proceso unirse en un solo cuerpo con los cientos de demonios. Dos años, en los que el grupo de Inuyasha había terminado su viaje para impedir ese acontecimiento.Y desde entonces lo único que había querido era destruirla a ella y a sus amigos. Ahora no podía echar a perder sus planes. Si quería lastimar masivamente a quienes odiaba, tendría que actuar con cabeza fría. No existía en la era sengoku, un joven con tanta capacidad de herir como Bankotsu Banryu. Ella no sabía en qué manos había caído.

-Creo que tengo que aclararte cuáles van a ser tus labores de ahora en adelante.- dijo él caminando por la habitación. – ¿Sabes lo que las guerreras y mestizos hacen?

-Tengo una leve idea.- respondió ella. – Somos como guardaespaldas para demonios, no es así?

Bankotsu sonrió frívolamente.

-Exactamente. Mi hermano y yo somos demonios de suma importancia, estamos más cerca de Naraku que nadie. Por eso salimos constantemente en misiones, y por supuesto, revolucionarios y demonios que no se encuentran en ningún bando intentan interferir.

Ahí es cuando entran ustedes.

Su deber es impedir que ellos nos toquen, y en caso de ser revolucionarios, son incapaces de tocarles a ustedes, porque saben que son inocentes en todo esto. Sin embargo, sin son demonios que no se encuentran en ningún bando, no dudan en atacar… Por ello, necesitamos que sean humanos que sepan de habilidades marciales, de este modo nosotros salimos ganando. ¿Entiendes?

-Entiendo.- dijo ella con sequedad. Sus ojos marrones se habían fijado en los de él, transmitiendo con una sola mirada todo el asco que sentía hacia el uso que les daban.

Bankotsu caminó hacia ella y se detuvo a unos metros.

-Pero ya debes saber que estoy aquí por algo más importante.

Kagome lo sabía. No podía ser que él hubiera entrado a su habitación solo para explicarle lo que cualquier sirviente podría haberle explicado antes. Él quería algo, ella lo sabía.

Bankotsu avanzó un poco más cerca de ella. Kagome no se movió de donde estaba.

-Elisa..¿Ese es el nombre de la humana que vino contigo, no es cierto?

Los ojos marrones de ella parecían alarmarse. Sentía su corazón latir a un ritmo desesperado y sus labios se despegaron mágicamente los unos de los otros.

-¿Qué van a hacerle…?- dijo temiendo la respuesta.

Él rió.

-Qué clase de monstruo crees que soy, Niobe.

Ella no le respondió.

-Tengo esclavos, sí, pero les doy donde vivir, comida, y trabajo. Otros demonios simplemente los matan. No soy tan terrible como te imaginas.- le dijo, pero en su mente pensaba cómo la mataría a ella cuando todo aquello acabara. – A Elisa, pienso ponerla en libertad.

Kagome pareció impactarse ante aquella declaración. No pudo pronunciar palabra durante varios segundos y su expresión reflejaba confusión extrema. Bankotsu pudo notarlo, y mantuvo una sonrisa irónica.

-Qué?...- dijo ella sin entender absolutamente nada. – ¿Por qué?... ¿harías eso?

Bankotsu clavó su mirada en ella.

-Claro que lo haría; es más, lo haré.- dijo con severidad. – Pero no sin antes pedir algo a cambio…

Kagome lo miró temerosa.

-¿Qué es lo que quieres que haga?

Él amplió la sonrisa. Ella parecía comprender todo a la perfección mucho antes de que él se lo explicara. No podía esperar menos.

-Lo que quiero es muy simple.- dijo mientras caminaba lentamente a su alrededor, sin despegar ni un segundo sus ojos azules de ella. – Quiero que de ahora en adelante, tu lealtad sea única y exclusivamente puesta en mí. Vas a ser mi esclava personal, y me servirás por el resto de tus días, sin atreverte a traicionarme, ni mucho menos pensar en escapar. Tu vida no tiene por qué ser difícil mientras estés bajo mi protección, que es lo que pienso brindarte si de ahora en adelante cubres todas mis órdenes. Y no solo pienso darte mi protección, y preferencia sobre las otras esclavas, sino que también, si así lo quieres, me encargaré de averiguar tu pasado para que sepas quién eres.

Kagome pareció conmoverse de repente. Su mirada estaba fija en un punto vacío, y miles de cosas parecían pasar por su cabeza. Cuando levantó la mirada se chocó con los ojos azules de Bankotsu.

-¿En verdad puedes hacer eso?- dijo casi sin voz.

Él sonrió.

-Soy el Shichinintai más poderoso; puedo hacer lo que quiera. Pero como ya te dije, tengo un precio. La pregunta es, ¿estás dispuesta a aceptarlo?

Kagome lo miró fijamente.

-Si liberas a Elisa, y me ayudas a recordar mi pasado, yo haré lo que tú quieras que haga por el resto de mis días. Mi único propósito en la vida será obedecerte, pero por favor, ayúdame a recordar.

Bankotsu esbozó una sonrisa perturbadora. La tenía en sus manos, no podía creer lo fácil que había sido. Él se ganaría su confianza, la engañaría, le haría creer que le debía hasta el aire que respiraba para utilizarla a su antojo.

Después, solo la eliminaría de una vez por todas.

.

.

.

Kagome bajó las escaleras siguiendo a Bankotsu. El pelinegro le parecía sumamente enigmático, no conseguía entenderlo. De vez en cuando él volteaba ligeramente para observar, y ella bajaba la mirada. Pero cuando él no la estaba viendo, ella aprovechaba para mirarlo. Su larga trenza negra se movía al compás de los escalones descendían ¿Acaso él era el mismo ser que la había tirado al suelo el día anterior? ¿Qué estaba sucediendo? Ahora, repentinamente ya no le parecía tan terrible. Iba a liberar a Elisa, y a ayudarla a encontrar más sobre su pasado. Había algo en él que la aterrorizaba, pero a la vez la hipnotizaba; era su voz, su piel, su porte, sus gestos…sus ojos, sí, esos ojos que eran capaz de convertirla en piedra. Él tenía algo que la perturbaba. A veces no podía comprender cómo alguien tan joven podía ser un asesino.

Al pensar en eso tropezó con un escalón casi perdiendo el equilibrio.

Bankotsu se volteó mirándola fríamente. Kagome se sonrojó.

-Bajar escaleras no es algo tan complicado.- le dijo mientras se volteaba nuevamente y seguía su camino.

Ella siguió observándolo. Pronto llegaron al primer piso, y caminaron en dirección al jardín, o patio de entrenamiento.

Cuando llegaron a la puerta, esta se abrió y el sol golpeó el rostro de Kagome. Vio ante ella un enorme campo con césped y árboles dispersos. Muchas mujeres y hombres practicaban con distintas armas. Un sirviente se acercó. Parecía ser el entrenador.

-Señor.- dijo haciendo una reverencia. – Niobe comenzará hoy mismo.-respondió Bankotsu.

Él se volteó e inclinó su cuerpo hacia Kagome sin detenerse. Ella retrocedió un poco pero él la sostuvo del brazo hasta que sus labios estuvieron rozando su oído derecho.

La cercanía del cuerpo del pelinegro hizo que la piel de ella se ericara. Le habló susurrando.

-Solo dos guerreras son mías, las demás son utilizadas en ocasiones especiales. Las dos guerreras bajo mis órdenes actualmente son Yuca y Ayumi. Si entrenas con fuerza pronto te verás en batalla con Ayumi. Vencela y podrás ocupar su lugar.

Inmediatamente después de decirle esto se separó de ella y se dirigió a otro sirviente que permanecía en la puerta.

-Libera a la esclava que ingresó hace algunos días con ella. Su nombre es Elisa.