«Pensar, tomar alcohol, fumar: nada. Pero pensar, tomar alcohol, fumar.»

Sus ojos verdes permanecieron fijos sobre la escasa bebida alcohólica que había en su vaso. Recargó sus codos sobre la madera de la barra del bar, soltando un suspiro. Estaba un tanto desconcertada y sus párpados pesaban. No había podido dormir la noche anterior, e indudablemente, estaba cansada, no obstante, pudiendo regresar al hotel, a la Bebop o cualquier otro lugar y dormir, prefirió permanecer en el bar. El sentimiento de hastío y de no pertenecer a ninguna parte la abrumó momentáneamente. Frunció los labios.

Habían pasado ya cinco días desde que se había despedido de su vida en la Bebop. Y aunque no lo admitiría, ella quería ser necesitada, y quería que alguien la amara, pero en ese momento no había nadie que la buscase siquiera. Sintió sus músculos tensarse ante el recuerdo difuminado de algo que le oprimió el pecho. Sus ojos se humedecieron pero contuvo cualquier lágrima.

El hombre detrás de la barra, un hombre joven bien parecido y con el cabello recogido en la nuca, limpiaba un vaso de vidrio mientras la observaba silenciosamente. Ella había estado ahí, absorta en algún pensamiento o algo que intrigó al hombre. Al percatarse de la soledad de la mujer, le dedicó una sonrisa amable intentando hacer contacto con ella y la miró a los ojos.

―¿Desea algo más, señorita? ―preguntó.

Con la barbilla recargada en la palma de su mano, movió los ojos lánguidamente hacia el joven hombre de cabellos largos.

—Sírveme otra igual —ordenó ella mientras encendía un cigarro con un casi imperceptible temblor de manos.

—Se ve cansada. Debería ir a dormir. —propuso el hombre, quien se sintió preocupado por la chica. No era la primera vez que él la observaba beber en soledad.

Faye arrastró la mirada de mala gana hacia el hombre delante suyo y expulsó el humo en su dirección. Su comentario la había irritado.

—Sólo dame mi bebida —ordenó, con el ceño ligeramente fruncido.

El joven barman se alejó de Faye para preparar su bebida. Al siguiente instante, volvió con ella y se la entregó. Tal acción, dio por sentada la breve intervención entre los dos.

Bebió casi todo el contenido de su vaso con un grande trago, luego, jugueteó con el líquido sobrante. Ya no le apetecía terminárselo. Sonrió levemente sin saber exactamente por qué. Su vida se sentía como una ironía insoportable. De manera discreta, miró a su alrededor y se sintió un tanto patética al darse cuenta de ser la única persona ocupando un asiento en aquel decadente lugar, ¿en dónde estaban todos esos cazarrecompensas infelices y hartos de perseguir delincuentes en el vasto universo? o ¿todas esas mujeres aburridas de esperar a sus maridos en casa con deseos de vivir experiencias intensas? ¿y todos los adolescentes rebeldes que buscaban problemas a lo loco? ¿O las pobres almas perdidas que solo piensan en la incesante cicatriz del abismo? Soltó un chasquido. Quizá ella era la única «infeliz, aburrida, con problemas y cicatrices» en ese momento, o quizá todos los mencionados estaban embriagándose en otro bar, en otro planeta. Miró la hora en el reloj de pared que estaba colgado junto a una vitrina. Faltaban menos de cuarenta minutos para medianoche. Los cazarrecompensas como ella, no conocían la palabra prudencia, y esos últimos días había estado malgastando tiempo y dinero en vicios como los que tenía. Vicios que, para ese momento, tenía impregnados en su ser. Ni siquiera recordaba con exactitud cómo los había adquirido. «Quizá debería hacer caso al barman», pensó llevándose el cigarro a los labios.

Al cabo de un rato de sentir que casi se dormía —porque el sueño la superaba—, alguien tomó asiento a su costado. La manera en que la silla fue arrastrada le hizo saber de quién se trataba.

―Por fin —musitó—, sentí que me haría vieja esperando aquí —dijo, y expulsó el humo del cigarro sin mirar a su acompañante.

—¿Así que me estabas esperando?

―No precisamente —respondió—. Encontrarnos aquí es mejor que cualquier cosa —matizó.

—No me digas, te quedaste sin dinero —afirmó Spike.

Faye rodó los ojos y entonces apagó el cigarro aplastándolo sobre el cenicero.

—No fastidies.

—Vengo de terminar un trabajo —comentó, sin mirarla.

—Lo sé. —Inspiró hondo, mostrando un semblante ensombrecido—. No es como que tú y Jet me hayan estado buscando —admitió desviando la mirada— Y Ed, ¿aún permanece con ustedes?

―Podrías comprobarlo tú misma —dijo Spike, mientras se encendía un cigarro.

—No —respondió automáticamente—. No tengo deseos de ir a ese lugar. No ahora. No hoy —aseveró sin mirarlo, pero consciente de que él la miraba, y con la náusea de pensar en «volver»—. Llévame a algún lado, no me importa a dónde, pero no quiero regresar todavía —ordenó casi como una súplica. Inmediatamente después, se cubrió la boca con la mano, como si hubiese dicho algo que no deseaba decir.

Envueltos en el humo del cigarro, permanecieron silenciosos. Spike inhaló profundo, sopesando las palabras de la mujer «Entonces, sí deseas regresar», pensó.

—De acuerdo —repuso, con su particular semblante estoico y dejó escapar el humo—. Entonces no volverás.

Se bebió la bebida de Faye, luego se puso de pie sin decir palabra alguna.

—¿A dónde vas? —preguntó Faye, aún sentada.

—A donde hay silencio y vida —contestó, y la mujer pudo ser testigo de cómo los labios masculinos se estiraban sutilmente en un intento de sonrisa, como una invitación implícita. Inmediatamente después, Faye se puso de pie para caminar junto a él.

A ella se le desencadenó una sensación extraña en el pecho al sentir a Spike caminando a su lado. Se sentía como si nunca se hubiese ido. Algo así como una descarga eléctrica bajando desde su nuca hasta cada una de las ínfimas terminaciones nerviosas de su cuerpo. Definitivamente, algo crecía en su interior, pero no sabía describirlo. No quería describirlo. Estaba segura de que, si le ponía nombre a lo que fuera que ocurría con su sentir, no habría manera de escapar. Prefirió no pensar. Además, hacía frío.

Las calles de aquella ciudad olían a asfalto mojado y a una mezcla de comida de aquellos puestos típicos de la ciudad. Podían verse algunas personas yendo hacia alguna parte. Siempre en movimiento. Y la música folk llenaba la atmósfera nocturna.

Caminaron sin aparente rumbo, en completo silencio. Ella sólo seguía a sus pies que seguían a los pies de Spike. Se preguntó si eso sería lo correcto, y aunque no lo sabía, le gustaba caminar junto a él, como si de algún modo su presencia fuera necesaria para el joven hombre.

—Pensé que te encontraría consumida en tu vicio —dijo Spike de repente—. Creo que llegué en el momento indicado, ¿No crees? —preguntó, con un atisbo de sarcasmo.

—Eres un idiota —contestó, asestando un suave golpe sobre el brazo de su compañero—. No lo sé. ¿Sabes? A veces me pregunto por qué aún sigo con vida —reveló la de cabellos púrpuras. En su semblante podía verse una expresión de amargura.

Spike la miró por el rabillo del ojo. Quería interpretar a aquella mujer que le germinaba intriga; su expresión, su mirada, pero no sabía cómo, así que no dijo nada, por el momento. Continuaron caminando un par de metros más, viendo únicamente los rostros extraños ir y venir, con el murmullo de la música flotando en el aire.

—¿Lograste encontrar tu hogar? —preguntó Spike.

Aquel comentario encendió algo en el interior de Faye que no supo explicar. Apretó los labios y buscó su encendedor de manera desesperada dentro del bolsillo de su chaqueta, los deseos de fumar se volvieron casi un insulto. Spike prestó suma atención a cada movimiento de la chica, definitivamente había algo en ella fuera de lugar, pero no sabía qué.

—Sí —respondió Faye, con aire melancólico y se llevó el cigarro a la boca.

El joven hombre asumió que ella no tenía deseos de hablar de su hogar en ese momento, por lo que decidió no abrumarla.

El labio inferior de Faye tembló ligeramente, y dudosa, comenzó a hablar.

—Ya no es mi hogar —dejó escapar el humo, resignada—. Hace mucho que dejó de serlo.

—¿No es como lo recordabas? —inquirió, calando su cigarro.

—Simplemente ya no tengo un hogar.

—La mente suele engañarnos sobre lo que recordamos —murmuró Spike, con el rostro ensombrecido y las manos hundidas en sus bolsillos.

Faye se encogió de hombros ante el comentario. Dejó escapar el humo y se acomodó el cabello detrás de la oreja, con una sensación de opresión en el pecho.

—¿Y qué hay de ti? ¿Pudiste reunirte con Julia?

El hombre se detuvo en seco, arrojó al suelo el cigarrillo casi consumido de su boca y entornó los ojos.

―Ella es ese lugar del que trato de irme y al que siempre quiero volver… —comentó Spike en un hilo de voz que Faye fue capaz de escuchar. Sintió un nudo en la garganta al ver el rostro ensombrecido del hombre a su lado.

—¡Ay, sabes qué! —exclamó, esforzándose por aparentar no haber escuchado esas palabras—. Estoy cansada de caminar, deberíamos irnos de aquí.

Spike alzó la vista al nocturno cielo y permaneció silencioso unos instantes.

—Conozco un lugar interesante —dijo, y se tocó la punta de la nariz sutilmente con la yema de su dedo.

La sangre bajo la piel de los pómulos de Faye coloreó ligeramente sus mejillas de manera involuntaria. «¿Qué clase de lugar será ese?», se preguntó.

—Quieres estar a solas conmigo, ¿eh? —jugueteó, jalando su labio inferior con los dientes y levantando una ceja.

—Creo que estás ebria —aseguró Spike y se encogió de hombros.

—No estoy ebria. Sólo bebí un par de copas. Se necesita mucho más que eso para embriagarme —enfatizó, y apagó el cigarro con el pie.

—Quizá eres tú quien quiere estar a solas conmigo.

Faye se mordió el labio internamente y le dedicó una mirada entornada a Spike.

—No tienes tanta suerte —dijo ella.

Se dedicaron una mirada fugaz y expectante. Continuaron caminando.

—Spike… —murmuró Faye, después de unos minutos. Vaciló—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste con una mujer? —Se atrevió a preguntar y se arrepintió de inmediato. Parecía evidente que Spike no había estado con alguien desde Julia, o por lo menos eso es lo que Faye pensó. Sacudió la cabeza. Quizás, sí estaba ebria.

Spiegel se detuvo en seco y juntó las cejas.

—¿Acaso te importa? —Se inclinó hacia ella para mirarla directamente a los ojos—. Es decir, soy guapo e irresistible, cualquier mujer querría estar conmigo, pero no tengo por qué hablarte de eso.

Faye no supo si añadir algo más y se sintió tonta por haber hecho esa pregunta.

Pero aquella respuesta, ¿era una confirmación de sus suposiciones? Frunció el entrecejo y dejó escapar un suspiro. Al final, decidió no darle más vueltas al asunto. Quizá en realidad no quería saber la respuesta por miedo a las consecuencias para su propio bienestar.


De entre todas las posibilidades en aquella inmensa ciudad, llegaron a un pequeño sitio entre árboles y hierba, que era iluminado escasamente y permitía ver estrellas salpicadas en el lienzo nocturno y algunas formaciones cósmicas.

―¿Dónde estamos? —preguntó Faye, parándose junto a Spike que se había recargado sobre una barandilla metálica.

―En un lugar entre ninguna parte —dijo, cavilante.

—Tiene una vista extraordinaria.

—Esa de ahí —señaló con la mirada—, es la Nebulosa del Cangrejo —comentó Spike, encendiéndose un cigarro—. Sólo es visible desde puntos estratégicos.

Faye sintió tranquilidad. No supo decir nada. No quiso. Cerró los ojos por un instante y respiró el aire nocturno mezclado con la fragancia masculina de Spike. Era envolvente y sutil. Sintió un extraño cosquilleo moverse en sus entrañas, y nuevamente esa descarga eléctrica. Y el frío, cada vez más intenso, le hizo desear aún más la cercanía de aquel hombre. Su calor.

―Enciéndeme un cigarro —susurró Faye colocándose uno en la boca.

Fumaron en silencio. Estar con él, comenzaba a engendrar ideas en su cabeza, ideas mezcladas con anhelos que no supo definir. Anhelos que parecían sueños. Frenó el flujo de sus pensamientos, conocía de sobra su naturaleza adictiva hacia las cosas, y no quería convertir a Spike en una de ellas.

O quizás sí.

—Jamás olvidaré este lugar —confesó la mujer, y soltó el humo—. Es perfecto para cuando quieres huir de todo y de todos.

Spike le dedicó una mirada efímera y no dijo nada. Permanecieron así unos minutos más. Él sólo miraba al horizonte, meditabundo. «¿En qué tanto piensa tu alocada cabeza cuando estás así de silencioso?» se preguntó ella admirando el perfecto perfil de Spike. Su corazón tembló ante la idea de él pensando en Julia. De pronto, se sintió incómoda.

Arrojó su cigarro, y cerró los ojos. Recargó su cabeza sobre el masculino hombro de su compañero. Debió dormirse un par de minutos.

—¿Faye? —preguntó. La mujer abrió los ojos para mirarlo.

—¿Sí? —repuso con voz adormilada.

—Debemos irnos.


Llegaron a una vieja posada de un conocido de Spike. Debido a la alta demanda que tenía el lugar por las noches, sólo pudo conseguirle una habitación con una cama. Mientras subían las escaleras que conducían a su pieza, Faye soltó una risilla burlona.

—¿No pensarás en compartir la misma cama que yo verdad, Spike? —Volvió a reírse, pero él no respondió.

Subieron un par de escalones más.

—No tenían habitaciones con dos camas disponibles —dijo, estoico.

—Una mujer como yo necesita de más lujo y comodidad —se quejó.

—Eres libre de irte, si quieres —repuso sin cambiar su expresión y se encogió de hombros, restándole importancia.

Faye hizo una mueca de disgusto y siguió subiendo las escaleras. La verdad era que, estaba tan cansada como para seguir vagando en busca algún otro sitio dónde pasar la noche, además, se había malgastado casi todo su dinero en banalidades. Se arrepintió por su mala manera de administrar sus ganancias. O compartía cama con Spike, o dormía en la calle. Suspiró.

Al cruzar la puerta de la habitación, Faye permaneció inmóvil un instante mirando el panorama. El lugar tenía un aspecto impersonal, con paredes color gris y muebles marrones. Había un ventanal con cortinas color rosa palo, y una cama matrimonial forrdda con sábanas que hacían juego con las cortinas. Sin titubear más, se arrojó sobre el colchón y hundió su cara en la almohada.

—Me encanta, es tan suave —dijo contra la almohada, extendiendo los brazos que acariciaban la mullida tela del edredón. Sus párpados se vencieron casi de inmediato—. Estoy tan cansada —musitó y se quedó dormida.

No supo cuánto tiempo pasó. Quizá minutos, quizá horas. Sus ojos adormecidos se abrieron de pronto al sentirse observada.

―Te dije que no pensaba compartir esta cama contigo —sentenció, volviendo la cara para ver a Spike recostado a su lado.

―Es la única cama —dijo él recargando su cabeza en la palma de su mano, mirándola fijamente con ese par de ojos desiguales.

—¿No te parece retorcido mirar a alguien mientras duerme? —preguntó ella, arrugando el entrecejo.

—Tal vez —respondió.

Faye, adormilada, rió levemente, e inmediatamente después, estómago se estremeció con una extraña sensación de cosquilleo y vacío. No entendía nada más allá del hecho de estar completamente cansada, con alcohol en la sangre, y tener a un hombre como Spike a su lado, mirándola, sin saber exactamente qué miraba, pues uno de sus ojos era artificial, «¿Pasado o futuro?», se preguntó Faye recordando lo que una vez le dijo sobre éstos. Se sintió fastidiada por la incertidumbre que le carcomía las entrañas. Sin más, estiró la mano hacia la cara de Spike y le acarició el pómulo izquierdo, deseando formar parte de las reflexiones del hombre, de su presente. Retiró su mano de inmediato.

—No sé por qué mi mano se movió de esa forma —dijo, titubeando, haciendo un mohín, con la inquietud recorriendo su cuerpo. Sus ojos inevitablemente se cruzaron con los de Spike, que no dejaba de mirarla, silencioso, melancólico, meditabundo.

El corazón de Faye se sacudió desbocadamente bajo su pecho. Pasó saliva, sin dejar de sostener la intensa mirada marrón. ¿Él se sentía del mismo modo?

—¿Te molesta que te vea? —preguntó Spike.

―Haz lo que quieras —contestó la mujer y se volteó dándole la espalda. No estaba segura de poder mantener el contacto visual un minuto más con alguien como él, pero ¿Acaso tenía algo que esconder?

El tacto de unos dedos sobre la piel desnuda de su brazo la sorprendió en medio de su reflexión, erizándole los escasos vellos. Spike comenzó a mover las yemas de sus dedos sobre ella de manera tan sutil que logró cosquilleos internos. Sus manos bajaron hasta encontrarse con el vientre de Faye y se detuvo ahí. Ella cambió su postura para facilitar la invasión de Spike.

—La verdad es que… pensé en ti todos estos días —admitió ella, con voz trémula.

—Lo sé —dijo él, sin dejar de mover sus dedos sobre la suave piel.

—Me gusta que me toques —confesó Faye, con los labios temblorosos y respirando de manera entrecortada. El calor comenzaba a arremolinarse bajo la piel de sus mejillas, de su pecho, y de su parte íntima.

—¿Qué piensas cuando lo hago? —preguntó él con voz grave, y con la mirada oscurecida.

Faye tomó una gran bocanada de aire antes de responder. ¿Qué pensaba? Definitivamente no podía pensar más allá de la sensación placentera de aquel tacto rozando su piel. No podía pensar en otra cosa. Y no era porque no quisiera, de verdad, la falta de sueño impedía la lucidez mental, y la creciente ansiedad que sentía en su interior le provocó una especie de bloqueo.

—Cosquillas —respondió convencida—. Pienso en las cosquillas viajando por mi cuerpo.

La mano masculina trazó círculos invisibles sobre el ombligo de Faye. Ella se quedó quieta, mirando cómo su pecho se elevaba con cada inhalación que hacía. Tiritando, dejó los ojos fijos en la mano que se movía con gracia sobre su vientre, provocando punzadas en la parte más íntima de su cuerpo.

Tragó grueso al observar que aquella mano ajena se introducía por debajo de la tela de sus pantalones cortos, buscando el elástico de sus bragas, consiguiendo que su sexo palpitara. Los dedos, largos y masculinos, se deslizaron lentamente sobre el escaso vello púbico que cubría su monte de venus. Una ola de calor la recorrió por completo.

Faye cerró los ojos un instante, buscando hundirse en la satisfacción de sentirse deseada por él. Pensar en lo bien que se sentía el tacto de esa mano la instaba a querer continuar, pero de súbito, sintió una especie de golpe interno en el pecho, y detuvo el movimiento de la mano de Spiegel.

—Spike —pronunció su nombre con una especie de susurro ahogado—. ¿Qué quieres?

—Pensé que te gustaba —respondió.

—Sí, pero… —respondió con dificultad. No estaba segura de saber si rechazaba la intimidad con Spike por lo cansada que se sentía, o por el miedo a que aquel hombre la volviera adicta, ¿y si se volvía adicta a sus manos, a sus labios… a él? Ella era una mujer de vicios, y fácilmente podría adquirir otro.

Uno llamado Spike Spiegel.

Frunció la boca mientras él la observaba sin decir nada. El hombre pasó saliva, y ella pudo ver el movimiento de su manzana de Adán subir y bajar lentamente. Se estremeció con lo que aquella imagen le hizo desear. Quería arriesgarse a ganar algo, o quizá a perderlo todo. A veces, la soledad solía crear rumbos inesperados para personas que viven con el vacío abrumador de estar solos, y ellos, fueron presas de aquel momento en que lentamente usaban sus manos para decir las palabras que no se atrevían a confesar.

Hubo un momento en el que únicamente se miraron a los ojos, como bailando un vals secreto e íntimo. Entonces, Faye se irguió en su lugar, se zafó la blusa y el sostén, y se colocó a horcajadas sobre el regazo de Spike, sin perder el contacto visual con él. Por su parte, él procuró memorizar lo bella que ella se veía, lo indómita que parecía.

Faye dejó caer sus manos sobre el torso masculino y comenzó a desabotonarle la camisa. Spike deslizó sus manos sobre los suaves y carnosos muslos de Faye hasta llegar a sus amplias caderas, cremosas, femeninas, sintiendo una creciente hambre voraz en su regazo.

Ella terminó con el último botón de la camisa y se deleitó surcando los abdominales desnudos de Spike, trazando cada músculo con las yemas de sus dedos. Su tacto definitivamente quemaba, como el infierno. Escuchó a Spike soltar un jadeo y eso la encendió más. Se inclinó hasta el rostro del hombre y selló la distancia con un beso lento y sutil en el ambos buscaron fundirse.

Se separaron un instante, después de haber enredado sus lenguas, y de haber probado la intimidad de un deseo convertido besos. Besos sabor a tabaco y alcohol, y a soledad. Volvieron a juntar sus labios, pero está vez de manera más violenta y pasional. Ella mordió el labio inferior de Spike y simultáneamente arrastró sus manos con impaciencia sobre el abdomen del hombre, buscando tocar más, buscando enloquecerlo. Desabrochó el botón y bajó el cierre de los pantalones del hombre, luego se detuvo para erguirse y mirarlo desde arriba. Ambos estaban hechos un desastre, con los labios hinchados de tanto besar, y con los pechos sacudiéndose por la falta de aire.

Se miraron frenéticamente, sintiendo que todo estaba mal, pero el ritmo en sus respiraciones, y la tonalidad oscurecida y cristalina en sus miradas, sugería que debían continuar. Y es que, ¿qué pueden hacer un hombre y una mujer cuando se sienten solos? Quizá intentar llenar esos vacíos entrelazando sus cuerpos.


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