«Polvo y relámpagos». Eso era lo que ella dijo. Durante la conversación que habían tenido hacía seis semanas ella había dicho algo que todavía hacía eco en su cabeza: «Es algo así como polvo y relámpagos. Una extraña mezcla de intensidad y vacío...», esas fueron sus palabras. Él todavía podía recordar sus rosados labios bebiendo de su taza de té mientras lo miraba silenciosamente.

Él sabía perfectamente el significado de esas palabras. Nunca había permitido que nadie cruzara la delgada línea entre lo que mostraba y lo que ocultaba con la máscara detrás de la máscara y, esas palabras lo resumían todo.

Él era conocido como «el ninja que copia» y todos sabían sobre su excelencia en el arte del ninjutsu. Y qué decir de la naturaleza de su chakra y de su ya conocido y poderoso Raikiri. Y el polvo... bueno, el polvo sólo era polvo.

Entonces, ¿qué es lo que ella quiso decir?, Kakashi podía pasar de la intensidad de un relámpago a la calma del silencio. Esa era la alegoría. Pero, ¿por qué ella utilizó el término «polvo» en su concepto sobre él? Bueno, quizás por el polvo que cubría su ya tan olvidado corazón.

Nunca le gustó pertenecer a alguien, al menos no en el plano existencial que involucraba intercambio de emociones, aspecto que le hizo recordar muy remotamente a Kahyō.

Ahora, eran como imágenes opacadas por la dureza de la vida. Su existencia se limitaba al pesado conformismo de las cosas transitorias que lo sepultaban bajo las paredes de su propia habitación.

Y ahí estaba él, Hatake Kakashi, sentado sobre la mullida alfombra en algún rincón de su sombría habitación.

La soledad y la penumbra eran sus únicas compañías. Se quedaría realmente solo si éstas dos lo abandonaban.

Se llevó los dedos a su puente nasal y lo frotó, como si hacer eso desvaneciera el peso de la vida.

Cuando se dio cuenta de que llevar su máscara incluso lejos de la mirada de la gente se había convertido en una rutina, sintió terror. Era como si él mismo no fuera capaz de reconocerse o no quisiera hacerlo. Probablemente era por la vergüenza de la persona en que se había convertido o... más bien, en lo que la vida lo había convertido.

Él era un hombre roto y corrompido, con el corazón irremediablemente clausurado, como si un letrero invisible dijera: «No se aceptan invitados» dando pauta a su ya conocida evasión de relaciones. Huía. Siempre huía. Los compromisos no eran para él -ironía-, pues era el Rokudaime Hokage, cuyo papel estaba plagado de compromisos pero, al menos él, los consideraba impersonales. Las cuestiones personales podían esperar. Siempre había un pero, una excusa. Nunca un fluir de las cosas.

Tomó de algún oscuro lugar de su habitación uno de sus tomos favoritos de Icha Icha. Encendió la luz y comenzó a leer pero sus ojos eran incapaces de comprender lo que leían y, aunque fuera una lectura conocida, no lograba retener ni una palabra en su desordenada mente.

Aún era capaz de sonreír, pero esa sonrisa escondían quizá lo que a nadie le había confesado jamás.

Ser un shinobi con un trágico pasado, y haber formado parte de ANBU le habían hecho buscar siempre una lógica para el proceder de su día a día, aunque eso conllevara carecer de lógica.

Debió deducir que se trataba de algo relacionado al tiempo. «Te estás pudriendo», pensó. Su nublada mente trajo de súbito un pensamiento: un par de grandes ojos verdes mirándolo. Unos ojos donde se podía ver el infinito.

—No. —Fue lo único que dijo y sacudió la cabeza, como si con eso el pensamiento se desechara.

Caminó incómodamente al rededor de su habitación y apagó la luz. Como si eso minimizara la vergüenza de haberse descubierto pensando en ella. No podía permitirse el anhelar lo prohibido. Tampoco podía permitirse la debilidad de corazón. No él. No «Kakashi el del Sharingan».

«La debilidad por la carne tiende a crear debilidad por el corazón».

Pensó tratando de recordar si lo había leído en algún lado o su cerebro lo había creado. Pero esos pensamientos no se iban. Primero sus verdes ojos, luego sus labios rosados, su delicado y femenino cuello, su...

—No —decía constantemente a modo de mantra— No.

Ciertamente él evadía cualquier atisbo de cualquier emoción que, en su propio lenguaje, él pudiera traducir como «debilidad de corazón». Pero eso ya era un mecanismo de defensa producto de una experiencia indecible y actuaba contra la posibilidad de entrañar afecto y al final perderlo, como todo en su vida. Por eso no le gustaba iniciar relaciones.

«Y si todo se termina, ¿por qué hay que comenzarlo?», solía preguntarse cuando percibía en las mujeres la intención de iniciar algo. Quizá por eso mismo, no fue capaz de avanzar con Kahyō.

Soltó un chasquido, le parecía completamente absurdo pensar en eso ahora, sobre todo cuando ahora los ojos verdes sustituían a aquellos castaños.

Y luego volvía a casa, donde no había ni un ruido ni un color. Pensamientos grises y diluvios mentales habitaban su cabeza. La misma casa, los mismos pálidos días, la misma gente y las mismas pláticas superfluas.

«Ahora está más oscuro y soy más viejo...»

Cuando lo invadía el deseo de cometer el mismo acto de suicidio que su padre, por alguna razón siempre aparecían esas orbes verdes cuando se encontraba en completa oscuridad. O la sonrisa del rubio atolondrado o...

«Quedémonos aquí un momento más», y simplemente se detenía. No sabía ni siquiera a qué quería quedarse un momento más, pero se quedaba. Siempre se quedaba.


¿Qué les ha parecido?

En este fic he mostrado a un Kakashi un tanto melancólico. Espero lograr transmitir un poco más sobre el mundo interior del Ninja que Copia, un mundo que no es feliz del todo, debido a la influencia del pesado mundo shinobi.

Cualquier duda pueden comentarla.