No sabía de dónde le había entrado la costumbre de obsesionarse con la exactitud del pensamiento y los recuerdos. Quizá había sido durante el período en que vivió con su padre, o en algún momento de sus años en ANBU, o quizás simplemente, una resistencia inconsciente a la imperfección. Se masajeó las sienes. Le molestaba sobremanera la impotencia que se acumulaba en su pecho al no poder definir detalles que de antaño conocía a la perfección. Detalles que, cuando los repasaba, lograba intercambiar la inquietud por alivio. Pero, en ese momento, nadie podría imaginarse lo que para él significaba no lograr recordar la cantidad de kunais que había en su mochila ninja en el preciso instante en que metió la mano para salvar a Rin y a Obito en aquella fatídica misión que cambió todo. Porque él sabía la cantidad de kunais que solía utilizar, así como la cantidad que solía sobrar, pero justo en ese instante en que degustaba un plato de ramen, no lograba precisar el número que tiempo atrás recordaba sin problemas.

Se removió en su asiento, sintiéndose incómodo por saberse sumergido en una nimiedad como esa, por lo que resopló en un intento de encontrar la resignación. Quizá el mundo Sakura, aquél mundo retorcido y oscuro del cual le estaba resultando difícil salir, lo obsesionaba aún más. De pronto el aire se sintió pesado,

Miró el líquido humeante de su plato, de manera positivamente desagradable y decidió dejar de comer. Muchas veces, perdía el hambre por tonterías como esa.

—Kakashi sensei. —Se escuchó el inconfundible timbre agudo de la voz de su ex alumno.

—Naruto —dijo tranquilamente, mirándolo de soslayo.

—No pensé encontrarlo aquí —repuso, tomando asiento junto a él.

—Bueno, ya sabes, suelo ser discreto con los lugares a los que voy. —Se encogió de hombros.

Naruto pidió su orden.

—Dígame, ¿está usted bien? —preguntó, escudriñando su rostro.

El aludido se tensó, pasó saliva y trató de responder con jovialidad.

—Um, sí —respondió con poca convicción, mientras removía el contenido de su tazón.

—Es sólo que últimamente lo he visto… diferente.

—¿A qué te refieres con «diferente»? —inquirió, arrugado el entrecejo. De pronto, pareció interesado en la conversación.

—Es decir, usted es raro y siempre lo ha sido, además, con esa máscara cubriendo su rostro es prácticamente imposible saber cómo se siente porque esconde sus expresiones pero... Recientemente, lo he visto caminar, y sus hombros no se ven igual.

—¿Estás tratando de decir que camino encorvado? No pensé verme tan viejo —bromeó.

—No es eso —respondió, separando un par de palillos—. El otro día, cuando Sakura-chan se sentía triste, pudo ocultarlo frente a mí detrás de esa cálida sonrisa y una actitud de falso entusiasmo. Al principio no le tomé importancia, pero fue Sai quien me habló sobre el lenguaje corporal de Sakura. —Su plato fue entregado, juntó las manos para agradecer y comenzó a comer—. Leyó en un libro que el lenguaje corporal, al ser inconsciente, muestra aspectos que muchas veces escapan de lo evidente, y él se dio cuenta aquella vez del estado de ánimo de Sakura-chan por ver sus hombros. Ella no mostraba la misma gracia al caminar. —Torció la boca—, ni siquiera sé cómo explicarlo, pero desde entonces, trato de prestar más atención a ese tipo de detalles, y usted… no muestra esa manera despreocupada de caminar que solía tener.

—Así que al final de todo, mi ex alumno ha crecido y está madurando, ¿eh? —comentó, ofreciendo una amable sonrisa eclipsada bajo su máscara.

—De eso se trata crecer ¿no? Usted debe saberlo.

Se hizo un silencio, el cual fue aprovechado por Naruto para engullir sus alimentos.

—Dime, Naruto ¿por qué Sakura estaba triste? —Kakashi rompió el silencio.

Naruto sorbió sus fideos y se relamió los labios antes de responder.

—En realidad no estoy seguro. La verdad es que Sakura-chan suele ser volátil, aunque últimamente la he visto más… reservada que antes. Está creciendo, supongo. —Alzó los hombros, e inmediatamente después, se llevó el tazón a la boca para beberse la sopa.

Kakashi lo observó, mientras recordaba el rostro de Sakura aquella última vez en su habitación, se veía melancólica y ausente. Quizá, aquella chica de mirada triste, había llegado al límite del pesado conformismo, ese conformismo que la tenía atada a ser médico, vivir en esa aldea, y fingir que le importaba ayudar a los demás.

Y quería verla. Definitivamente tenía que verla, pero ¿qué le diría? ¿Qué la extrañó? No, esas nimiedades son para los románticos empedernidos, él más bien, sentía tener un corazón de hojalata a medio oxidar… entonces, ¿qué le diría? ¿Con qué pretexto la buscaría? El estúpido juego de gato y ratón que estableció con ella ya no era una opción.

—Interesante —atinó a decir.

—Dígame, Kakashi sensei, ¿Nunca ha sentido curiosidad por saber cómo lo ven los demás?

El mayor recargó los codos sobre la barra de madera. Se lamió los labios debajo de su máscara y volvió ligeramente el rostro para mirar a su interlocutor.

—Bien, dime qué ves, Naruto.

—Un hombre sombrío, incesantemente buscando. No sé qué, pero buscando —contestó, y bebió un poco de su vaso de agua.

—¿Sombrío? Ya veo —dijo, cavilante.

—Me parece que no ha logrado desprenderse del miedo.

—Asumes tus propios miedos —concretó—. Por eso me dices eso.

Naruto arrugó la nariz, como pensando lo dicho por el Hokage.

—No lo sé, quizá tenga razón. Al final, todos tenemos miedo.

Se miraron fijamente a los ojos durante algunos segundos, luego, Naruto ordenó otro tazón de ramen.

—Me gustaría verme tal cual soy —comentó el rubio—. Aunque creo que eso es algo difícil de lograr. Ya sabe, la idea que tenemos de nosotros mismos siempre se verá manchada por la subjetividad que tenemos de nosotros mismos.

—¿Qué dirías de ti si pudieras verte con otros ojos?

—No lo sé. Se siente extraño tratar de imaginar que soy alguien más viéndome. —Hizo un mohín.

—Si me lo permites, te diré lo que veo.

—Adelante.

—Perseverancia, valentía, juventud, energía —dijo, acomodándose el mitón de su mano derecha—. Un poco de estupidez, inmadurez y testarudez. Algunas cosas se pierden al envejecer, mientras que otras permanecen ahí dentro, aferrándose a uno. Quizá también me queda algo de estupidez y testarudez.

—El colmo del shinobi, supongo. Aunque, no creo que usted sea estúpido.

—Eso es porque eliges ver esa fracción de mí que te gusta, esa donde no hay lugar para la imperfección. Probablemente te pareció mejor adjetivo llamarme «sombrío» que «estúpido».

Naruto rió brevemente.

—Bueno, lo que dije fue porque recientemente me di cuenta de que usted finge jovialidad, como todos aquí, o por lo menos la mayoría. —La mirada de Naruto perdió su entusiasmo característico. Su segundo tazón de ramen fue entregado, y mientras lo degustaba visualmente, continuó hablando—. Creo que hasta yo me he engañado a mí mismo.

—Resulta que la edad nos da perspectiva. Nos permite replantearnos algunos conceptos, salir de la burbuja de la falsa felicidad que el ser humano se empeña en conseguir.

El joven rubio inhaló el aroma de su platillo. Cerró los ojos, y negó muy ligeramente con la cabeza, como rememorando algo.

—Me hizo recordar a Ero-senin —confesó Naruto, con cierta nostalgia impresa en la mirada, luego, se llevó algunos fideos a la boca—. Su sabiduría lo volvió esclavo de buscar siempre una chispa, una llama que avivara su destrozado mundo interior. —Dejó de comer y permaneció con la vista fija en su tazón—. Me dijo alguna vez: «Naruto, un día te darás cuenta de que saber, te conduce a la infelicidad». Quizá por eso constantemente depositaba sus esperanzas en mí, porque mi inocencia le confería esa chispa que no encontraba en él. En ese entonces ignoraba tantas cosas que ahora soy capaz de comprender —suspiró—, estaba lleno de ilusiones. Jamás podré decirle que la alegría de ser héroe dura poco.

—La realidad muerde, Naruto. —Le dijo, dejando caer su mano sobre el hombro del rubio—. No lo olvides.

Se dedicaron una mirada de complicidad, como si el infortunio de los hombres fuera compartido a través del silencio de sus bocas. Pero a él mismo le costaba incluso sopesar su propia realidad, sobre todo, al observar a alguien tan luminoso y entusiasta como Naruto opinar de manera decadente.

Se acomodó la ropa, visiblemente afectado, pero agradeció que su máscara eclipsara su incomodidad. Entonces, se puso de pie y despidió a su antiguo alumno.


En un momento dado, en que se hallaba perdidamente sólo entre la usual multitud de la aldea, Kakashi tenía la mitad de la cabeza en el mundo Sakura, y la otra mitad dividida entre su obsesión por recordar lo que él sabía que recordaba, y la incertidumbre de un nuevo encuentro con rostros conocidos.

Había acordado reunirse con «el círculo de los pensadores», nombre que le parecía totalmente ridículo, pero que no había de otra más que aceptarlo provisionalmente, pues nadie, a excepción de Gai, había sugerido llamarlos así por el tipo de conversaciones que solían tener. Se rió para sus adentros.

Los rostros extraños lo miraban de vez en cuando. Se preguntó momentáneamente qué pensarían de él todos aquellos quienes lo miraban caminar embebido en sus pensamientos. Y es que, caminar por las calles de Konoha era un pasatiempo que solía tener de antaño. Le gustaba hundir sus manos en los bolsillos de su pantalón mientras pensaba en sus infinitos diluvios mentales, o bien, leer su libro favorito fingiendo jovialidad y frescura. Eso de tener que mirar a los civiles a los ojos e impostar un saludo con su voz solo porque era el Hokage, le generaba hastío, así que tomó la decisión de sentirse ajeno a todos usando su recurso más infalible y clavó la vista en el texto de Icha Icha, exactamente en una de las partes que le gustaban, y que ya sabía de memoria:

«—¿Y qué buscas? —le preguntó ella— ¿Hacer madre a una mujer? —soltó una risilla.

Él, acostado a su lado, con el brazo bajo la negra y espesa cabellera de la mujer, la miró brevemente de soslayo.

—Nada de eso. Nunca he pensado en hijos.

—Entonces, ¿Por qué haces lo que haces?

—Supongo que… porque me siento solo.»

Sus labios terminaron de susurrar la última frase, y casi al mismo tiempo, sus ojos vieron la figura de Sakura dentro de un local de verduras. Detuvo su andar y la espió desde su lugar. No había nada extraño en la chica: el cabello recogido en una coleta seguía siendo de ese color pastel, la tela vaporosa que envolvía su cuerpo le confería una belleza endemoniada, recordándole al Ninja que copia el delirio que significaba el mundo Sakura… y la piel, la piel blanca y luminosa. Sintió un calosfrío. Nada parecía fuera de lugar en la mujer, hasta que miró sus ojos. El par de esmeraldas que lo enloquecían, lucían ausentes.

Guardó su libro y se acercó al lugar. Cuando se encontró a espaldas de la chica, se aclaró la garganta para llamar su atención, pero ella lo ignoró.

—Fue un gusto atenderla —dijo el tendero, posando sus ojos en el Rokudaime—, vuelva pronto señorita. —Le entregó sus compras—. Oh, buena tarde Hokage-sama.

Sakura se paralizó de inmediato. Apretó en su puño las asas de la bolsa, y pasó saliva. No se sentía del todo preparada para ver a Kakashi, su indecisión respecto a lo que la joven médico buscaba le generaba caos mental.

—Siempre huyendo —dijo Kakashi, posando una de sus manos en el hombro de Sakura.

Y tenía razón, ella huía, incluso aunque eso significara huir de sí misma.

—Un «Hola Sakura, ¿cómo estás?» habría sido mejor. Protocolario, pero mejor —contestó, iniciando su andar.

—Odio los protocolos.

—También yo.

Kakashi contuvo el deseo de rodearla con su brazo y Sakura soltó un suspiró apenas audible. Y una vez frente a frente, no sabían qué decirse, ni cómo tratarse. Kakashi se sintió ridículamente como un crío púber en su primera cita. Y era perfectamente molesto, y exquisito que Sakura germinara en él todo un vórtice emocional.

Y el silencio, que le gustaba entrometerse de vez en cuando entre Kakashi y sus interlocutores, tomó la sabia decisión de irse y permitirles el diálogo.

—A veces detesto pensar —dijo Kakashi de repente, con las ganas de decirle «Lo que detesto es pensar…te tanto, que hasta comezón mental me da»—. Dime, ¿pensar en alguien es transitivo o intransitivo?

La mujer frunció el entrecejo. Veinte días habían pasado desde esa última vez, y los mismos veinte eran suficientes para hacer que el Rokudaime se deslizara sutilmente hacia la locura, o eso pensó ella en ese momento en que al hombre se le ocurrió formular esa pregunta, o quizá la intranquilidad que acompañaba a todo shinobi se había apoderado de él. Lo que Sakura no sabía era que Kakashi no se sentía del todo cuerdo desde hacía tantos años. Se llevó el dedo índice a los labios, como si con ello pudiera pensar mejor.

—El verbo pensar es transitivo cuando se usa con el sentido de evocar o recordar —respondió, mirándolo de soslayo—. Asumo que detestas pensar porque hacerlo implica recordar a quien no quieres recordar, ¿no es así?

—Interesante —respondió—, tu capacidad analítica es realmente buena. Detesto que seas tan precisa.

—Y yo detesto que aparezcas fingiendo que no ha pasado nada.

—Entonces quieres que siga pasando algo.

—No dije eso.

—Bueno, si no lo quisieras, me habrías ignorado, pero no lo hiciste, y ahora caminas a mi lado.

—Eres un arrogante.

—Un poco, sí —admitió Kakashi.

—¿Por qué no me buscaste?

Kakashi hizo una inhalación.

—Bueno, tú tampoco me buscaste. Pero dime, Sakura ¿quieres que algo siga pasando?

—Todo depende de qué es ese algo.

Y es que, lo que pasó entre ellos había sido deseo, sexo y algo más. O sexo, algo más y deseo, algo más, deseo y sexo, ¿el orden de las variables modificaba al producto? En este caso... Sí. Para alguien como Kakashi obsesionado con la exactitud, importaba saber el orden de cómo se dieron las cosas, y si todo ello había significado lo mismo para ella.

Kakashi sintió cómo los músculos de su mandíbula se tensaron. Esas líneas borrosas que parecía haber entre ella y él, los mantenían en una especie de limbo. Se sentía incómodo, no sabía exactamente por qué, pero que ella vacilara tanto, lo exasperaba. Siguieron caminando en silencio.

Por la calzada shinobi llegaron a un callejón cercano al cementerio. Comenzó a lloviznar cuando se detuvieron delante de un portón. Sakura volvió el rostro para buscarle los ojos, pero él no se inmutó. Sacó una llave de uno de sus bolsillos y llevó la mano al picaporte, pero antes de que pudiera abrir ella lo detuvo.

—¿A dónde me has traído?

—A un lugar entre ninguna parte.

—Deja de jugar y responde.

—Mira, ahí está Shikamaru —contestó, evadiendo la pregunta y señalando ligeramente en dirección al aludido.

El joven Nara le echó un vistazo despreocupado a Sakura y hundió las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Hoy he sido testigo de Hokage-sama llegando temprano —dijo.

Simultáneamente, los tres shinobi vieron a Gai doblando la esquina en su silla de ruedas. El auto-proclamado como la Sublime bestia azul de Konoha, les dedicó una enorme sonrisa. A la escena se sumaron Tenzō y Yugao que llegaron de lugares diferentes.

—¿Qué es todo esto? —murmuró Sakura muy cerca de Kakashi.

—¿Recuerdas las reuniones de las que te hablé? —respondió, susurrando.

—Cierto. Lo había olvidado —confesó y esbozó una sonrisa.

Los shibobi ingresaron a una habitación de lo que parecía ser un lugar abandonado. Era amplia, gris, con toques lúgubres e impersonales. Había una mesa rectangular junto a una ventana alta. Varias sillas y cojines dispuestos en diferentes lugares. Algunas velas gastadas, ceniceros y botellas empolvadas. Un viejo tocadiscos y varias cajas de discos de vinilo. Era un lugar decadente que sólo visitarían personas decadentes, pensó Sakura.

—Bienvenida a nuestro pequeño club —dijo Kakashi.

—Así que un nuevo miembro —dijo Tenzō, sacando una botella de sake y colocándola sobre la mesa.

Miró a Sakura y luego a Kakashi. Le resultó inusitado que la kunoichi estuviera ahí. No le gustó saber que ella aceptaba las invitaciones de Kakashi con facilidad. Apretó la mandíbula con discreción.

—Este lugar está un poco frío, y oscuro —comentó Maito, poniéndose de pie para hacer flexiones—. Más aún con la lluvia.

Shikamaru encendió un cigarro, inmediatamente después, prendió un par de velas. Por su parte Yugao, inmóvil en su lugar, le dedicó una mirada intensa a Sakura.

—Enciéndeme un cigarrillo —le dijo a Shikamaru, mientras se precipitaba hasta el tocadiscos. Nara le entregó un cigarro encendido sin decir una palabra.

Envuelta en humo, Yugao rebuscó entre los discos de vinilo que había apilados ahí, ¿quién los había llevado? Los gustos musicales de esa persona eran un tanto oscuros, pero una delicia auditiva. Los acordes sutiles de una guitarra acústica llenaron el ambiente, seguidos de la voz melancólica de Maki Asakawa deleitando los oídos de las almas presentes con su folk.

—Ha pasado mucho tiempo ¿no es así? —comentó la joven ANBU, recargándose sobre el filo de la mesa—. Espero que no hayan perdido el espíritu filosófico —ironizó, expulsando el humo por la boca.

—En realidad es un fastidio tener que hacer esto —comentó Shikamaru sentándose en una silla.

—Y sin embargo estás aquí —expresó Kakashi, de pie frente a las velas. Una de sus manos rozó la muñeca de Sakura para atraerla a él.

—Recuerda que sólo son conversaciones —musitó Kakashi en el oído de Sakura, y ella asintió con la mirada.

—No dijiste que vendrías con alguien —dijo Tenzō, mirando filosamente a Kakashi, esperando una explicación.

—En realidad, no fue planeado —respondió el Hokage, destapando la botella de sake y sirviéndose en un pequeño o-choko—. ¿Tienes algún problema con eso?

Kakashi alargó la botella hasta Tenzō, quien se dejó llenar su o-choko de sake.

—En absoluto —respondió, y se bebió el líquido de un solo trago. Inmediatamente después, miró a Sakura de manera melancólica—. Que seas Hokage no te da derecho de tomarte libertades sin consultarnos antes.

—No sabía que mi presencia ofendiera a las personas —terció Sakura.

—El problema no es contigo, así que no te lo tomes personal —dijo Tenzō mirándola directamente a los ojos.

—Si quieres discutir algo conmigo, hazlo —declaró Kakashi, desafiante, captando la atención del usuario del Mokuton.

Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos. Por su parte, Gai dejó de hacer flexiones con los brazos y se irguió en su lugar.

—Tranquilos, ¿qué está ocurriendo aquí? —preguntó.

Los implicados intercambiaron miradas fugazmente.

—Ocurre que tú tienes más movimiento corporal que cerebral —repuso Tenzō, un tanto irritado, sentado en una desvencijada silla y recargando los codos sobre sus rodillas.

—¿Me estás llamando idiota? —inquirió Gai entrecerrados los ojos, y poniéndose en posición de pelea.

—Jamás mencioné la palabra idiota.

—No necesitas hacerlo, lo diste a entender.

—Sólo uní palabras en una oración. Tú le diste significado.

—Si serás un hijo de… —Se mordió la lengua para contener el insulto que quería decir.

—Gai —terció Kakashi con la mirada fija en Tenzō.

—No me quedaré de brazos cruzados, me llamó idiota —repuso exaltado.

—¿Y lo eres?

—¿Qué si lo soy?

Maito miró brevemente a todos los presentes, quería asegurarse de que nadie lo mirase como esperando su respuesta. Shikamaru fumaba su cigarro de manera despreocupada, evadiendo la situación. Yugao, recargada en la mesa junto al tocadiscos, fumaba cruzada de brazos, pensativa. Sakura tomó asiento en uno de los cojines dispuestos en el piso, y comenzó a hurgar en las bolsas de sus compras.

—Dime Gai, ¿quién posee el concepto más fiel sobre ti mismo, los otros o tú? —preguntó Kakashi tomando asiento en un cojín junto a Sakura.

Gai frunció el ceño, silencioso.

—De eso hablaba —ironizó Tenzō, sirviéndose más sake.

—¿Por qué insistes en traerme aquí Kakashi? —interpeló Maito, frustrado—. Preferiría estar entrenando.

—Me gusta saber que cuento contigo. —Fue su respuesta y miró a su amigo con gratitud.

Maito suspiró.

—Supongo que tengo que responder esa pregunta —dijo, remangando las mangas de su playera. Simultáneamente, Yugao tomó asiento frente a Kakashi y Sakura, en silencio, con un cenicero en mano—. Sería fácil decir que yo poseo la más fiel definición de mí porque me conozco y todo el tiempo estoy conmigo, pero mi respuesta estaría completamente bañada de mi subjetividad y perdería credibilidad, ¿no es así?

Por alguna razón, su conversación parecía llevar el rumbo de lo hablado con Naruto ese mismo día, ¿acaso debía aprender algo de eso?

—Entonces —continuó Gai—, yo podría pensar que soy el mejor en todo, porque yo sé cómo hago las cosas y difícilmente me rindo. Pero eso podría ser una mentira y me estaría engañando a mí mismo —se llevó la mano a la barbilla—. Necesito tiempo para pensarlo.

—Bueno, lo que dices podría ser cierto —intervino Shikamaru, reclinándose en su asiento—. Si vas por la vida afirmando que lo que eres es falso, evidentemente te estás engañando, pero si la realidad te dice que, en efecto, eres bueno en todo lo que sabes hacer, estarías diciendo la verdad, porque no sabrías otra verdad. —Caló su cigarro— Además, tú mente ya está acostumbrada a lo que sabe de ti que difícilmente te verías de otro modo.

—Si es así, entonces nadie nunca sabrá esa verdad única de uno mismo —inquirió Tenzō—. La realidad es engañosa, si todo lo vemos con esa subjetividad. Hasta lo que yo veo en Gai está indudablemente torcido con mi subjetividad.

—La realidad —murmuró Kakashi, mirando fijamente la llama de la vela—. La realidad me moriré sin saberla. Algo tan sencillo como estar sentado junto a Sakura y estar mirando a Yugao fumar un cigarro delante de nosotros, es percibido totalmente diferente por todos. Entonces, nunca es lo mismo para todos, aunque lo parezca.

—Entiendo tu punto Kakashi —dijo Tenzō, y se acercó a ellos y se recargó en la pared.

Hubo un breve mutismo entre todos, como si todos estuvieran tácitamente de acuerdo con lo dicho. Evitaban verse a los ojos, dejando únicamente a Asakawa llenarles los oídos con su canto melancólico, mirando las sombras que se distorsionaban con el movimiento de la llama de las velas. En un momento dado, Yugao caló su cigarro entrecerrando los ojos, luego, expulsó el humo y chasqueó la lengua.

—¿Qué curioso no? —preguntó de repente— Cómo una cara bonita, y un par de nalgas, vuelven a los hombres en un puñado de abejas enloquecidas queriendo polinizar la flor de primavera. —Caló su cigarro, miró a Sakura y soltó el humo en dirección de la pelirosa.

Sakura la observó con el ceño ligeramente fruncido.

—Creo que estoy de acuerdo contigo —repuso la de ojos verdes. Las dos sostuvieron la mirada un par de segundos—. Todo el mundo suele perder la cabeza, a veces.

—El alto grado de erotismo y juventud que encuentran en algunas, los enloquece aún más —continuó Yugao, ignorando el comentario de Sakura—, lo divertido es ver que ellas parecen disfrutar de provocar eso y más en ellos. —Miró intensamente a su interlocutora, como si con ello insinuase algo—. Como hacer que discutan por ellas.

Haruno entornó la mirada. Los inusitados comentarios de Yugao parecían ser un ataque contra ella, o por lo menos así lo sintió por la manera en que la de cabello púrpura la miraba, pero ¿por qué?

—Vaya —dijo Tenzō, como si el ataque hubiera sido lanzado hacia él y hacia su masculinidad—, me parece que te falta añadir que las mujeres a veces parecen gata en celo con su alto grado de insinuación y deseo por un falo —matizó, recalcando la palabra falo.

Se pudo escuchar la fugaz risilla de Shikamaru, que sostenía su cigarro entre los dedos, y mirándolo consumirse, abrió la boca para hablar.

—Bueno —dijo, y caló su cigarro—, me parece que, de quienes ustedes hablan, solo son personas tan seguras de su sexualidad que no temen esconder sus perversiones —añadió, encogiéndose de hombros.

—Y descaradas —continuó Yugao—, como para comportarse como flor en primavera y manipularlos cuál abeja hambrienta —caló su cigarro. La forma en que dijo lo último fue más violenta.

La kunoichi médico se acercó sutilmente a la oreja de Kakashi y susurró un poco extrañada:

—¿Siempre se complican la existencia hablando de todas estas cosas? —preguntó Haruno, creyendo que solamente Kakashi la había escuchado, y antes de que pudiera continuar, fue interrumpida por Yugao.

—¿Complicar? Solo pensamos —dijo, filosamente, soltando una risita. Se encendió otro cigarro y arrojó el humo en dirección a Sakura, por segunda vez.

—De algún modo, todo esto resulta terapéutico —intervino Shikamaru mirando a Sakura —. Sólo mira a tu alrededor: una habitación oscura, iluminada con velas, música lúgubre y algunos shinobi rotos que se reúnen a compartir puntos de vista y experiencias.

—Lo supuse —dijo Yugao—, pensaste que Sakura estaría a la altura, ¿no es así, Lobo?

«¿Qué habrá sido, la cara o las nalgas?», a Sakura le pareció escuchar que Yugao preguntó en un murmullo, mientras simultáneamente barría a la usuaria del Byakugō con la mirada. Eso, definitivamente era un ataque contra ella.

—¿A la altura de qué? —cuestionó Sakura, irritada, quitándole la oportunidad a Kakashi de responder.

—De todo esto, de éstas conversaciones —soltó el humo—. Si eres de las que les gusta «complicarse la vida» puedes quedarte, de lo contrario, conoces dónde está la salida.

—¿Por qué me parece que me estás atacando, Yugao?

—¿En serio? —soltó el humo—, me resulta más curioso aún. En mis comentarios jamás te mencioné, Sakura. Pero siempre pasa así, ¿no? Alguien dice algo, y el otro escucha lo que quiere, adjudicándose de inmediato el contenido de los comentarios. Si te sentiste identificada con lo que dije, no es asunto mío.

—Yugao —matizó Kakashi, con la intención de intervenir, pero las mujeres no lo permitieron.

—Pero qué se puede esperar. Llevar una vida de shinobi, con sexualidad reprimida, genera al final, que cuando encuentren su presa, estén desatados como depredadores en temporada de apareamiento, ¿no es así, Kakashi? —manifestó la joven ANBU.

—¿Qué estás insinuando, Yugao? —le preguntó el hombre.

—Lo natural, ya sabes, hay de todo en los shinobi reprimidos sexualmente, con perversiones que es mejor no mencionar, y que suelen guardar con tanto recelo…

—Es suficiente —dijo Sakura—, me parece que estás tratando de acusar a alguien de algo, pero ni siquiera estás segura de qué. Aquí, la única reprimida sexual pareces ser tú, pues tanto lío te causa que otras personas sean libres de expresarse sexualmente.

Yugao tensó la mandíbula.

—La única que está haciendo acusaciones eres tú, novata —concluyó, fumando su cigarro, soltando el humo hacia Sakura, quien perdió los estribos, y con violencia, arrebató el cigarro de los dedos de Yugao para después tirarlo al piso y apagarlo con el pie.

—No voy a tolerar que quieras pasar sobre mí, ¿tu cigarrito te otorga «poder»?

—Si no te diste cuenta, este es un lugar para fumadores —respondió—, pero al parecer mi humo es el único que te molesta, «señorita delicadeza».

—Estás llevando esto a límites que no quiero cruzar, Yugao, así que basta ya —advirtió Sakura.

—Te falta mucho por conocer de nosotros.

—Conozco lo que se me ha permitido conocer, y lo que soy capaz de ver por mí misma.

—¿Conoces y comprendes siquiera 1/3 de los sentimientos del hombre a tu lado?

—No tengo por qué responder —dijo Sakura—. Pero sí te diré algo: no pretendo ser la salvadora de nadie. Yo también tengo mis propios diluvios.

—Interesante. Nadie habló de salvar a alguien. Es solo que, para estar con alguien, la comprensión de su ser, y la conexión con su alma y esencia es fundamental. Pienso que yo logré eso con Hayate. —Encendió otro cigarro—. Y sin proponértelo, terminas salvando a alguien… o te salvan a ti. —Dejó escapar el humo, poniendo mirada melancólica.— ¿Sabes? Kakashi y yo hemos logrado conocer esa parte del otro que no mostramos a todos. Prefiero que me busquen por lo que hay en mi cabeza, que por lo que sea capaz de hacer en la cama.

La actitud de Yugao rebasó los límites de tolerancia de Sakura, quien se puso de pie y soltó una fuerte bofetada sobre la mejilla de la de cabellos púrpura. Uzuki entornó los ojos y apretó la boca, soportando el dolor que Sakura imprimió en su mejilla.

—¿A quién carajos le importa lo que yo haga, lo que folle o lo que deje de hacer? —exclamó Sakura visiblemente afectada—. Te dije que pararas. Ni siquiera sé cuál es tu maldito problema.

—Qué fácil te dejas dominar por tus emociones —concluyó, se puso de pie y caminó hasta la entrada de la habitación—. No creo que alguna vez llegues a comprender la soledad que habita en el corazón de los presentes aquí —añadió y abandonó el lugar.


Nota del autor:

La verdad es que me gusta mucho este capítulo, porque si bien no profundicé mucho en el aspecto filosófico, incluir esos temas me encanta.

Espero que lo hayan disfrutado, y no me odien tanto por demorar en actualizar ni por haber mostrado a un Naruto un tanto más "maduro", él está en crecimiento, y aunque no deja de ser inquieto, y le falta mucho por vivir, también es inevitable que hasta él se llegue a cuestionar ciertas cosas, pero él sigue siendo él.

Por cierto, quiero agradecer a @Nicole_Luz-de-Luna por ser mi beta para este capítulo.

Muchas gracias por leer.

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