Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.


1 año y 4 meses para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (5 de febrero de 2004)


Hermione avanzó con paso apresurado por el Callejón Diagon. No es que fuera tarde, su cita con Harry era a las siete y aún faltaban unos quince minutos, pero le gustaba llegar con un poco de antelación, por si surgía algún imprevisto.

Harry le había enviado un memorándum esa misma mañana pidiéndole que se reuniera con él para cenar en el restaurante "Chez Raymond", un tradicional restaurante de cocina francesa del Callejón Diagon que en tiempos fue considerado lo más exquisito del mundo mágico inglés. Desde antes del retorno de Voldemort se habían abierto nuevos establecimientos que rivalizaban tanto en cocina como en servicio, y desde luego las nuevas generaciones preferían otro tipo de ambiente. Pero no sólo por cuestiones de moda había perdido "Chez Raymond» clientela. El restaurante había permanecido abierto cuando Voldemort y su cuadrilla aterrorizaron de nuevo al mundo mágico, y el Sr. Fulbert, su dueño, declarándose explícitamente "neutral", no había tenido ningún escrúpulo en recibir a cualquiera que pudiera permitirse sus precios, aunque fuera un mortífago. Y claro, su comportamiento oportunista le había pasado factura. Pero parecía ser el restaurante favorito de Harry, y siempre que Hermione quedaba con él a cenar fuera éste solía insistir para que fueran allí.

En parte Hermione entendía a Harry. Bueno, más bien entendía que Harry era Harry. El Sr. Fulbert y su esposa vivían como él en Grimmauld Place, en el número 8, así que al ser vecinos, el hombre no había perdido un minuto en hacerse conocido suyo, y no pasaba de largo ninguna oportunidad para hacerle la pelota y recitarle sus desgracias; de cómo había sufrido su negocio durante la guerra, de cómo cada vez tenía menos clientes, de cómo sufría su mujer porque su hijo era un squib… y si Harry tenía un punto débil era la compasión, con lo que Hermione sabía que quedar con su viejo amigo para cenar conllevaba soportar las lisonjas del Sr. Fulbert y a algún que otro reportero de "El Profeta", que curiosamente parecían rondar el establecimiento siempre que Harry Potter había reservado mesa.

Hermione empujó la puerta del restaurante. Con paso seguro se dirigió hacia la tribuna a la izquierda de los peldaños que daban acceso a la sala. En la misma, un camarero con gesto altivo y cabello engominado estudiaba el libro de registro suspendido en el aire. El restaurante, como siempre, exhibía una atmósfera decadente de hotel parisino art déco, venido a menos, al que no habían dado una manita de pintura desde la época de sus abuelos. Al sentirla, el camarero levantó la vista del libro y con una sonrisa plastificada se dirigió a ella:

- ¡Ah! Señorita Granger, buenas noches.

- Buenas noches. Harry Potter hizo una reserva para las 7, para dos personas.

El camarero cambió la expresión a compungida y le dijo:

- Lo siento, Srta. Granger, pero el Sr. Potter acaba de enviarnos un mensaje por lechuza anulando la reserva. Nos ha pedido que le disculpemos en su nombre y que le traslademos que lo siente mucho, que él la contactará mañana a primera hora.

- ¡Oh! – decepcionada, fue el único comentario de Hermione.

- De todas formas, Srta. Granger, su reserva no ha sido todavía cancelada. Así que si aún desea disfrutar de nuestra cocina, aunque sea sin su acompañante, su mesa está preparada.

Hermione miró hacía la sala casi vacía en la que sólo algunas parejas de magos entrados en años y un par de grupos de sangres puras se encontraban cenando. Trato de disimular su gesto de horror mientras volvió la mirada hacia el camarero y sonriendo levemente le contestó:

- Muchas gracias, pero estoy un poco cansada, así que prefiero irme a casa. ¿Puedo usar el servicio un momento, por favor?

El camarero le indicó con su brazo hacía su izquierda señalando con la mano una puerta que se encontraba al lado opuesto de la tribuna:

- Por supuesto, Srta. Granger. Justo la primera puerta. Si cambia de opinión, no dude en hacérnoslo saber, en "Chez Raymond" siempre habrá una mesa preparada para usted.

Hermione asintió con la cabeza y se dirigió hacia el cuarto de baño.

Estaba un poco preocupada con la anulación de Harry. En cuanto llegara a casa le mandaría una lechuza al Ministerio, donde suponía estaría toda la noche haciendo horas extraordinarias. Sabía que si Harry no había podido venir, cuando era él quien había insistido en que quedaran los dos, y sin Ginny, es porque algo le preocupaba. No creía que fuera nada relacionado con el trabajo, pues habría tenido ocasión de hablar con ella en el Ministerio. Harry y ella se veían casi a diario, ya que ambos trabajaban en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Harry era un auror y recientemente había sido ascendido a subinspector del Comité Interdepartamental de Objetos de Magia Oscura. Y Hermione trabajaba como fiscal para el Concilio de la Ley Mágica.

Siempre había creído que dedicaría su vida profesional a defender a todas las criaturas oprimidas por la sociedad mágica en el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas. Y lo había intentado, de verdad que sí. Pero el nuevo Jefe del Departamento, Amos Diggory, junto con la mayoría del resto de empleados, y la mera esencia de la mecánica y la burocracia con la que funcionaba el Ministerio, habían terminado por desesperarla.

Entró con mucha fuerza como asistente legal de la Oficina de Regulación de Criaturas Mágicas. Su primer, y único, gran éxito: la elaboración y aprobación por el Wizengamot del Reglamento Mágico y Declaración de Derechos del Elfo Doméstico. El nuevo Reglamento establecía entre otras cosas que cada elfo tenía el derecho ilimitado en el tiempo de optar por "liberarse" de la familia a la que pertenecía por simple deseo de su parte. Aunque los elfos domésticos no resultaron "libres" per se, Hermione lo consideró un gran triunfo. Era consciente que si sólo las familias puras fueran las que poseyeran elfos domésticos, la ley hubiera sido más revolucionaria, ya que en estos tiempos el Wizengamot sólo parecía interesado en leyes revanchistas que acabaran con los privilegios de las antiguas familias, además de eliminar todo lo que oliera a slytherin de la faz de la tierra. Pero había elfos domésticos esclavizados por todas partes, en Hogwarts, San Mungo, el Ministerio,…tan sólo tres elfos domésticos, y de Hogwarts, habían decidido acogerse a la nueva ley, suponía que animados por McGonagall.

Luego dedicó todas sus energías a redactar proyectos y borradores de leyes para mejorar la vida de otras criaturas: sirenas, hombres-lobos, arpías, duendecillos… y todo en vano. Si no era bloqueada por su propio Departamento, lo era por el Wizengamot. Empezó a sospechar que el Reglamento Mágico y Declaración de Derechos del Elfo Doméstico sería lo único que lograría hacer aprobar en su vida. Ni el Wizengamot ni el Ministerio compartían sus ideas, y habían aceptado el Reglamento tan sólo por que todos sabían que era el proyecto de su vida, y como "premio" por su papel en la victoria contra Voldemort. Le costó ver la realidad, pero terminó por reconocer, tras muchas desilusiones, que para mejorar la sociedad mágica y superar sus prejuicios y abusos, se necesitaba más un cambio de mentalidad que un paquete de leyes incomprendidas.

Así que después de casi año y medio trabajando en el Departamento presentó su dimisión y volvió a casa. Fue una época un poco difícil. Estaba desencantada, porque aunque puertas abiertas las tenía por todas partes (era Hermione Granger, la heroína y bruja más inteligente de su generación) tenía claro que quería dedicar su vida a luchar contra las injusticias de este mundo mágico del que ahora formaba parte, que era maravilloso, y que con un poco de esfuerzo, podía serlo aún más. Pero ya no estaba segura sobre cómo ni dónde su dedicación podría ser más eficaz. Además, esas Navidades Ron presentó oficialmente a su nueva novia, una hufflepuff recién diplomada en Hogwarts. Y aunque, de verdad, Hermione tenía muy claro que Ron no era para nada el mago de su vida, el verle tan satisfecho le dolió un poquito. Parecía que todo el mundo evolucionaba de forma natural con sus familias, sus amores, sus trabajos,… ¡y ella estaba tan perdida!

Hermione se confió a su madre, ya que era la mujer con más sentido común que conocía, y ésta le hizo ver que transformar el mundo como meta estaba muy bien, pero que no era muy realista, que probara a dedicarse a tratar de cambiar poco a poco lo que estaba a su alcance. Así que tras pedir consejo a McGonagall se decidió por trabajar para el Concilio de la Ley Mágica como fiscal.

Al llegar, su jefe, el Sr. Odo Rabnott, la advirtió que durante un tiempo sólo llevaría los casos menores, hasta que aprendiera bien el oficio. Hermione enseguida observó que los casos que Rabnott consideraba de menor importancia eran para ella los más interesantes. Casos cuyas sentencias eran supuestamente evidentes, que requerían más investigación y estudio para cambiar el veredicto, conflictos y maltratos sobre criaturas mágicas, quejas de pobres magos que se sentían abusados por el Ministerio, pleitos entre magos y brujas sin posibilidad de defensa… nada de grandes procesos sobre uso indebido de la magia o juicios contra mortífagos, de lo que Hermione se alegraba, porque ya había tenido suficiente contacto con magos tenebrosos para el resto de su vida.

Al poco tiempo, y tras batallar y ganar muchos casos imposibles, Hermione se había hecho un nombre como defensora de las causas perdidas. Así, muchas brujas y magos sencillos o desesperados venían a verla para pedirle asesoramiento sobre todo tipo de problemas. Ahora había convencido a Rabnott para crear una Oficina de Consejo de Ley Mágica y pensaba que antes del verano podría estar en marcha.

Con su puesto en el Concilio de Ley Mágica no podía estar más satisfecha de su vida profesional. ¡Si es que no había visto pasar el tiempo! Es cierto que al estar tan inmersa en su trabajo había descuidado a sus amigos y a su familia un poco. Pero en cuanto la Oficina de Consejo de Ley Mágica estuviera en marcha podría relajarse y, quizás, seguir el consejo de todos, y la insistencia de Ginny, y dar prioridad a otros "aspectos" de su vida.

Ahora no era el momento, no dejaba de repetirse, aunque sabía que se engañaba a sí misma. No es que no fuera el momento de "intimar", sino que tenía pánico. Pero es que después del "fiasco" con Charlie,… no, no, en su trabajo ya encontraba demasiados retos como para añadir uno más. Sabía que la cuestión amorosa era una asignatura pendiente a la que debería volver a enfrentarse en algún momento de su vida, pero cuando estuviera preparada, ahora no podía permitirse un cataclismo emocional como el causado con Charlie.

Hacía un año y medio del "incidente" y cuando pensaba en él todavía se ruborizaba. Era el mes de julio y estaba pasando unos días en "La Madriguera". Molly había organizado una gran cena para despedir a Bill y a Fleur, que se iban con los niños a vivir durante dos años a la India, donde Gringotts habían abierto nuevas sucursales. Esa noche Charlie también estaba allí, y él y Hermione no pararon de lanzarse miraditas. Hasta George se dio cuenta y empezó con indirectas. No se habían visto desde Navidades, pero parecía que la llama seguía más ardiente que nunca. Cuando tuvieron un momento a solas, Charlie le dijo que pensaba pasar el fin de semana en Shell Cottage, al borde del mar, ya que Bill y Fleur no iban a estar, y le pidió que le acompañara. Hermione aceptó gustosa. Más que gustosa.

Se preparó a conciencia, como si fuera un caso del Wizengamot o un examen de Hogwarts. Sabía lo que implicaba la invitación de Charlie y se sentía más que preparada. Charlie era… ¡Uf! Sólo de pensarlo se ponía a híperventilar. Durante la semana hizo un par de visitas a zonas comerciales del Londres muggle y adquirió todo lo que pensó de utilidad: ropa un poco más osada, lencería especial, condones y libros. No es que nada de lo anterior no hubiera podido adquirirlo en el Callejón Diagon. Bueno, los preservativos seguro que no. Pero prefirió el anonimato del mundo muggle, no fuera ser que se topara con alguien en Flourish y Blotts mientras ojeaba un ejemplar de "La sexualidad mágica para Dummies".

El viernes por la tarde se encontró con Charlie en El Caldero Chorreante y desde allí ambos utilizaron un traslador en forma de cuchara para llegar a Shell Cottage. Para Hermione no había un marco más romántico y perfecto. Nada más entrar en la casita, Charlie se fue a por ella y empezó a besarla. Hermione pensó que sería lo abrupto del movimiento, que la había cogido de improviso, pero lo cierto es que en vez de sentir que el pulso se le aceleraba, o el calentón de la última vez, su cuerpo se quedó como petrificado, y sólo era consciente del casi asfixiante y opresivo calor corporal del abrazo de Charlie. Apestaba a sudor y a "carne", como en el dormitorio de los chicos en Gryffindor; un buen concentrado de testosterona, transpiración y olor a pies. Y lo peor era la intrusión de su lengua en su boca, un gusto a babas que le recordaba el olor del instrumental dental de sus padres al tratar a algún paciente octogenario.

Cuando las manos que Charlie apoyaba en su cintura empezaron a subir, Hermione no pudo más y con una arcada y un brusco empujón le apartó. Charlie trató de acercarse a ella preocupado, pero Hermione se apartó de él aún más. No sabía lo que le pasaba, sólo que no podía soportar ni un segundo más su presencia, y que iba a vomitar. Balbuceando sin parar excusas y evitando mirarle a los ojos, buscó el traslador y agarrando su bolsa huyó de Charlie Weasley como si le persiguieran los demonios.

Ni que decir tiene que desde ese día había evitado todo contacto con el pelirrojo. Después de analizar el "incidente" desde todos los ángulos posibles seguía sin lograr encontrar una explicación razonable a qué es lo que le había pasado. De lo que estaba segura es de que su reacción no había sido normal, por que ni con Victor Krum ni con Ron, con los que no había sentido ni la mitad de la atracción que sentía por Charlie, había experimentado tal… asco. Aunque prefería pensar que todo era una bobada, que tenía más que ver con que Charlie no era el mago de sus sueños, no dejaba de darle vueltas en la cabeza ¿Sería por él? ¿Sería el stress? ¿Los nervios? ¿Sería frígida? Era un misterio, y hasta que no lo resolviera, evitaría encontrarse en una situación similar.

Por eso desde entonces huía como de la peste de todo contacto físico íntimo con magos. Siempre que sentía que algún colega o cliente se ponían un poco más amigables, le entraba el pánico. Y evitaba las salidas con Harry y Ginny, porque ésta última se las apañaba para emparejarla siempre con algún "mago estupendísimo, que tenía millones de cosas en común con ella y con el que estaba segura formaría una pareja perfecta". Hasta que el susodicho mago se pusiera meloso y le vomitara encima, pensaba Hermione.

Por eso también estaba decepcionada por la cancelación de Harry, porque llevaba tiempo sin salir fuera a cenar y habiendo quedado sólo con él, sin el peligro de la casamentera de su prometida, hubiera pasado un buen rato.

Hermione terminó de lavarse las manos en el lavabo y al no ver ninguna, conjuró una toalla para secárselas. Luego se compuso bien la túnica y al acercarse a la puerta de salida de los servicios oyó lo que parecía ser una discusión al otro lado. Saliendo del servicio observó que un par de clientes elegantes se encontraban junto a la tribuna y discutían acaloradamente con el camarero. El Sr. Fulbert se acercaba desde la sala con rapidez. Hermione torció el gesto nada más verlo. El dueño del restaurante tenía un problema de sudoración aguda y siempre llevaba una pequeña toalla en la mano que no dejaba de pasarse por el cuello, el rostro o la usaba para secarse las manos. Hermione sabía que no era muy piadoso por su parte, ya que el mago, de ese defecto, no tenía culpa, pero no podía dejar de sentir repulsión cada vez que se encontraba en su presencia. Y el problema con los clientes parecía ser serio, pues el sudor facial le caía ahora literalmente a goterones por las mejillas hacia el cuello.

Hermione se fijó en los clientes y no se pudo resistir. Avanzó disimuladamente cerca de la tribuna mientras fingía dirigirse hacia la salida del restaurante. No es que fuera una cotilla, es que, a fin de cuentas, era humano ser un poco curiosa.

Narcisa Malfoy y su hijo Draco se encontraban de espaldas a ella frente al camarero. Narcisa miraba a su hijo con aprensión y sostenía su antebrazo como aguantándole. Draco le daba completamente la espalda. Sabía que era él por la compañía y por su inconfundible pelo rubio blanquecino más corto que el de su padre. Hermione sentía la tensión emanar de su altiva postura, mientras continuaba su discusión con el camarero. Aunque no lograba entender lo que decían, reconocía que con su inconfundible y engreído tono de voz Draco debía estar bien molesto.

El Sr. Fulbert, sin ni siquiera una mirada hacia los dos Malfoys, se dirigió al camarero.

- Arnold, ¿Qué es lo que pasa?

- Lo que pasa – dijo Draco entre dientes – es que su Arnold aquí presente es un inútil. Blaise Zabini hizo una reserva a principios de semana para mi madre y para mí, pero resulta que a pesar de que su nombre está claramente anotado en el libro de registros – Draco señaló con su pálido dedo sobre el libro - este inepto sigue insistiendo en que no tenemos ninguna reserva y que tenemos que marcharnos.

El Sr. Fulbert, pasándose mecánicamente la toallita por el cuello, miró ligeramente hacía donde Draco indicaba en el libro y con una sonrisita nerviosa le contestó:

- ¡Ah! Pues sí, pues sí,…je, je,… parece que ha habido una tremenda equivocación. Le pido disculpas, sí, sí, una y otra vez, le pido mis más sinceras disculpas. Vaya, Sr. Malfoy, Lady Malfoy – haciendo una inclinación leve siguió con su verborrea - Entienda que nos sentimos profundamente avergonzados, más que avergonzados. Pero a pesar de que, efectivamente, parezca que tienen ustedes una reserva, me siento desconsolado. Mire usted. Pero desgraciadamente no vamos a poder atenderles esta noche. Verá usted, el restaurante está completo.

Hermione abrió la boca sorprendida ante semejante mentira. ¡Menuda desfachatez! Veía con claridad el juego del Sr. Fulbert. Hipócrita. Ahora no quería manchar la reputación de su restaurante con clientes indeseables. Era bochornoso. Hermione no tenía mejor opinión de los Malfoys que del Sr. Fulbert, pero lo que tenía claro es que se estaba cometiendo una injusticia con los Malfoys. Teniendo una reserva confirmada, se les negaba la misma con una mentira tan burda, humillándoles e insultándoles de forma tan descarada.

Para Hermione, los Malfoys eran unos snobs engreídos, mezquinos y arrogantes. Todo lo que eran y representaban era el ejemplo de lo que combatía todos los días en el Wizengamot. Podían ser su antítesis pero, sin embargo, entendía que en el mundo no todos pueden compartir las mismas ideas o creencias, pero al menos todos merecen respeto como seres humanos. Para la Ley Mágica, los Malfoys habían saldado su deuda con la sociedad por su relación con Voldemort, eran magos como los demás, y, desde luego, ahora no iba a venir el miserable Sr. Fulbert a ponerlo en duda.

Y Narcisa Malfoy había salvado a Harry. Delante del propio Voldemort, jugándose de forma evidente su propia vida, y en un momento en el que sus palabras hubieran supuesto el vuelco total del destino de todos ellos. Y esto era mucho más de lo que se podía decir del Sr. Fulbert.

Así que Hermione tomó una decisión, se puso en modo guerrillera y acercándose al grupo con voz firme hizo notar su presencia:

- Buenas noches Sra. Malfoy.

Las cuatro cabezas se volvieron sorprendidas en su dirección. Hizo caso omiso de la evidente conmoción que acababa de causar e inclinó la cabeza ligeramente hacia Narcisa Malfoy. Ésta había soltado el brazo de su hijo y la miraba con retenido asombro.

- Buenas noches Srta. Granger – le contestó Narcisa con precaución.

- Malfoy – añadió Hermione a modo de saludo para Draco, aunque sin apartar su mirada de Narcisa. Éste ni la contestó. No sabía si por el asombro de verla dirigirse a ellos, por vergüenza de que le hubiera pillado en una situación tan humillante, o por que era un imbécil. Hermione apostaba por la tercera opción.

- Disculpen mi interrupción – dijo dirigiéndose hacia el camarero Arnold con una sonrisa - tan sólo quería saber si mi mesa estaba aún disponible.

La contestó el Sr. Fulbert, avanzando hacia ella mientras se pasaba de nuevo la toallita por las mejillas.

- Por supuesto Srta. Granger. No me había dado cuenta que había llegado. Que alegría, que alegría, sí, sí, cuanto tiempo sin verla por aquí, pero siempre un placer, un placer. Si quiere acompañarme, la conduciré hacia su mesa. Le he preparado una cerca de las cristaleras, la mesa preferida del Sr. Potter, sí, sí, y verá…

Hermione le interrumpió:

- Lo cierto, Sr. Fulbert, es que no he podido dejar de escuchar su conversación con el Sr. Malfoy… - Malfoy soltó lo que parecía un bufido, Hermione lo ignoró y siguió hablando- … y ya que Harry no va a poder acompañarme, no me siento inclinada a cenar en solitario. Así que cedo con gusto mi mesa a la Sra. Malfoy y a su hijo. Creo que es lo mejor, ¿no le parece?, así se soluciona el pequeño malentendido y todos nos quedamos contentos.

La falsa sonrisa de Hermione se agrandó un poco más mientras sus ojos desafiaban al Sr. Fulbert. Éste, más sudoroso que nunca, le mantuvo a la bruja la mirada unos instantes, toallita olvidada, hasta que pareció recuperar la compostura:

- Muy bien, muy bien, que amabilidad la suya, sí, sí. No se podía esperar menos, por supuesto, por supuesto, - dirigiéndose hacia el camarero le dijo – Arnold, acompaña a los Malfoys a la mesa de la Srta. Granger, por favor. Yo acompañaré a la señorita a la puerta.

Arnold, con gesto despectivo, hizo amago de invitar a los Malfoys a que le siguiesen, cosa que no hicieron. Hermione se había vuelto con prisas hacia la salida para evitar al Sr. Fulbert, cuando oyó a Malfoy decir:

- Volvamos a la Mansión, madre. Con tan agradable acogida la secreción de bilis se me ha disparado y me ha cortado el apetito. Además, dudo que nuestro paladar esté preparado para la bazofia en guisa de alimento que sirven en este inmundo restaurante de tres al cuarto.

Hermione salió por la puerta a toda prisa sin despedirse del Sr. Fulbert, tampoco es que le apeteciera, y empezó a andar por el Callejón Diagon hacia el punto de aparición, cuando la voz de Narcisa Malfoy a su espalda la retuvo:

- ¡Srta. Granger!

La joven bruja se volvió y vio que ambos Malfoys se dirigían apresurados hacia ella. Draco sostenía a su madre del brazo y parecía contrariado con la iniciativa de ésta de dirigirse a Hermione. Al llegar a su altura, Narcisa le dijo:

- Srta. Granger. Discúlpeme, pero desearía agradecerle la deferencia que ha tenido con mi hijo y conmigo. Aunque finalmente hayamos decidido no aceptar su generoso gesto, no querría que le quedaran dudas de nuestro agradecimiento por su amabilidad.

Narcisa Malfoy la miró expectante esperando que la contestara. Lo que Hermione hizo cautelosa.

- Acepto su gratitud, Sra. Malfoy. Pero le aseguro que no ha sido nada – Hermione dudo un momento pero continuó hablando- Si me permite una sugestión, para otra ocasión, debería probar alguno de los nuevos restaurantes del Callejón Diagon. Estoy segura de que los encontrará más apropiados para su paladar que "Chez Raymond".

Narcisa Malfoy la sonrió con un ligero brillo de calidez en sus ojos. "Extraño", pensó Hermione. Luego, quitándose el guante de la mano derecha le ofreció la mano desnuda a Hermione. Ésta la miró con interés y no dudo en estrechársela ligeramente.

- Buenas noches, Srta. Granger, y gracias de nuevo.

- Buenas noches, Sra. Malfoy – contestó Hermione.

Tras soltar la mano de su madre, se giró para continuar su camino añadiendo como despedida para Draco:

– Malfoy

De improviso, Hermione vio por el rabillo del ojo como Draco, con la velocidad de un buscador al visualizar el snitch, alargó el brazo bruscamente y le atrapó la mano. Luego tiró de la misma con fuerza para sí, de forma que la pobre dio un traspié poco elegante en su dirección y casi perdió el equilibrio. Llevándose el revés de la mano de Hermione a los labios, Draco plantó un sonoro beso con mucho vigor. Y con la misma energía volvió a soltarla, como si de golpe se diera cuenta de lo inusitado de su comportamiento.

Ambos se quedaron mirándose sorprendidos unos instantes. ¿Qué había sido aquello? ¿Desde cuando Malfoy se comportaba como un caballero con ella? Sin más, Hermione se volvió a girar y caminó acelerada hacia el punto de aparición.

Desde luego, menuda noche extraña. No pensaba volver a "Chez Raymond" aunque Harry se lo pidiera de rodillas… Y los Malfoys, voluntariamente buscando el contacto físico con una sangresucia como ella... Aunque el gesto de Malfoy no había estado mal… A ver, no es que le gustara que Malfoy le hubiera besado la mano, pero no había sentido ninguna nausea ni rechazo físico a su contacto. Y eso era una buena señal. Seguro que porque no se lo había esperado, y además, es que estaba ya menos estresada con el trabajo, si ella sabía que lo de su fobia por el género masculino era pasajera.


Al llegar al Hall de la Mansión, Draco todavía no se había recuperado del incidente en el restaurante. Andaba tan pensativo que no reparó en el estado de excitación mal contenida de su madre. Besándola ligeramente en la mejilla, la deseó buenas noches y empezó a subir las escalinatas hacia sus habitaciones. Ésta le propuso mandarle algún elfo con la cena, pero Draco lo rechazó alegando de nuevo falta de apetito.

Narcisa esperó en el Hall hasta estar segura que Draco ya no estaba a la vista. Entonces se lanzó con entusiasmo escaleras arriba hacia el estudio de su marido. Al llegar casi corriendo, entró sin llamar, sorprendiendo a su esposo sentado en la mesa e inmerso en una serie de pergaminos con listados de cifras.

- ¡Narcisa! ¿Qué te trae tan acalorada que te hace olvidar los modales?

Narcisa sonriendo pasó por alto su amonestación. Se acercó a la mesa del despacho y llevándose una mano al pecho esperó a recuperar la respiración mientras se reía con agrado.

- ¡Habla mujer! ¿Qué haces de vuelta tan pronto? ¿No ibas a cenar esta noche fuera con tu hijo?

- Sí, sí – le contestó sonriendo de nuevo- ¡Ay, Lucius! ¡Qué noche! No pudimos cenar. El viejo Fulbert se negó a servirnos, a pesar de tener reserva y de que el restaurante estaba prácticamente vacío.

Lucius la miró extrañado, abrió la boca para contestar, pero luego la cerró. Su rostro se hizo más duro y sus ojos centellearon con ira.

- ¿Puedes explicarme por qué semejante ultraje te tiene en tal estado de deleite?

Su mujer se rió de nuevo y le contestó con entusiasmo:

- Porque Lucius, ¡Ella estaba allí!

- ¿Ella? ¿Quién es ella?

- ¿Quién va a ser ella, Lucius? – Narcisa le contestó como si le hablara a un niño – Hermione Granger, querido.

Lucius levantó una ceja mientras esperaba que su mujer elaborara. Narcisa le relató entonces los acontecimientos de la noche y al finalizar, Lucius Malfoy se acomodó contra el respaldo del sillón mientras se giraba pensativo de un lado a otro.

- Me alegro de que por fin parece que las cosas empiezan a tomar un buen rumbo. Ya me estaba inquietando el que no se hubieran encontrado aún – comentó más para sí mismo que para su esposa - Estaba temiendo que el viejo Nott me hubiera engañado, a pesar de que el comportamiento de Draco desde hace más de un año me hacía pensar que mis acciones habían sido exitosas.

Se levantó con elegancia del sillón y paseando por la habitación inmerso en sus cavilaciones siguió reflexionando:

- Muy bien, muy bien. Ahora debemos tener mucho cuidado, no se nos vaya a fastidiar todo al final. Debemos andar con pies de plomo. No nos podemos confiar. Tenemos que observarles con mucha atención, pero con cautela…

Acercándose a su esposa, que le escuchaba sin comprender, levantó la mano hacia ella y acariciándole suavemente la mejilla le murmuró:

- Creo, querida, que el digno comportamiento de la Srta. Granger esta noche merece ser correspondido con un gesto de similar nobleza de nuestra parte ¿no te parece?

Narcisa, sin comprender aún del todo las intenciones de su esposo, asintió encantada sonriéndole de nuevo.


Aquella noche Draco se encontró de nuevo dando vueltas en la cama sin poder dormir. Con un encantamiento convocador se agenció la botella de firewhisky que escondía en la cómoda y conjuró un vaso para servirse un trago. Se incorporó de la cama y se dirigió hacia los ventanales de su habitación.

Era una fría noche de principios de febrero y, mientras se acababa el vaso con largos tragos, pensaba en las crueles paradojas de la vida.

Desde que su padre le había obligado a romper su relación con Pansy, todo había ido de mal en peor. No es que se le hubiera roto el corazón ni nada por el estilo. En lo que a sentimientos se refiere, la bruja había entrado y salido de su vida sin dejar ninguna huella. Draco se hizo muy pronto a la idea de que Pansy sería la futura Sra. Malfoy, con lo que resuelto el aspecto afectivo de su existencia, se había centrado en otros menesteres, como sobrevivir a la invasión de su hogar y de su privacidad por el Señor Tenebroso y su horda de tarados.

Desde luego, el destino podía haberle ligado a algo peor. Pansy era una bruja avispada, con un extraño atractivo, de una buena y rica familia sangrepura, y con la que definitivamente compartía muchas cosas en común. Su relación había sido fácil, cómoda y moderadamente placentera, sin más.

Luego llegó la hecatombe y la realidad de su apellido, del que siempre había estado tan orgulloso. Estaba realmente resentido con sus padres. Cada vez estaba más convencido de que el Ministerio debería haberles declarado irresponsables y haber impedido que procrearan. Pues parecía que no eran conscientes del tipo de vida al que le estaban condenando al engendrarlo. Y en gran parte su mayor miseria no estaba causada por todas las grotescas obligaciones que arrastraba el linaje de los Malfoys. Con esas absurdas tradiciones podía vivir. Lo que le dolía era el que hubieran añadido más penalidades a su libre albedrío. Porque las pésimas elecciones de su familia en lo concerniente al Señor Tenebroso (elecciones que le habían perseguido desde que era un adolescente, marcando su futuro para siempre), sólo tenían un responsable: Lucius Malfoy.

Esa vieja creencia de que los pecados del padre no los hereda el hijo no se aplicaba desde luego a los Malfoys.

Y esta noche había sido un claro ejemplo.

Todavía no se lo podía creer. ¡Qué un ser tan despreciable e inferior como el miserable Fulbert tuviera la osadía de tratarles, sobretodo a su madre, de esa manera! Un ejemplo más para su colección de lo bajo que había llegado su familia. Ni galeones, ni alcurnia ni mierdas. No entendía porque su padre se esforzaba en obligarle a mantener el linaje, ¡si el apellido Malfoy ya sólo era sinónimo de desprecio y vergüenza! Para eso mejor que se acabara cuanto antes.

Lo peor es que se sentía atrapado. No podía negarlo, por mucho que lo odiara no tenía salida. Era un Malfoy y siempre lo sería. Y en este punto, como en los demás, iba a terminar por pasar por el aro y buscarse la angelical virgencita sangrepura, con la aprobación de sus progenitores, que le acompañara en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte les separara.

Ya sólo le quedaba apenas un año y medio para su vigésimo quinto cumpleaños y había decidido seguir el consejo de Blaise y tomarse en serio lo de buscarse una bruja. Además, cuanto antes asentara la cabeza, en éste y en otros aspectos, antes se resolvería su pequeño "problemilla", de eso estaba seguro. Demasiada vida disoluta, demasiado trasnochar, demasiados vicios, demasiada baja autoestima, demasiado desprecio por su propia persona, demasiado alcohol,… Si era hasta lógico que desde hacía más de un año hubiera encontrado dificultades a la hora de cumplir con las brujas con las que intimidaba. Y es que parecía que tuviera la libido de una ameba, pues llevaba tiempo sin que la varita de su entrepierna hubiera mostrado el mínimo interés en ejercitarse. Y no es que no se topara con brujas atractivas y dispuestas, es que más que atracción sexual, le producían repulsión. Y lo peor era cuando alguna se le tiraba encima... ¡si le daban ganas de vomitar!

Debería hablar con Blaise. Aunque a Draco le costara admitirlo, el mago italiano en cuestión de féminas le daba mil vueltas. No es que pensara pedirle consejo sobre su reciente problema de impotencia, eso ni muerto. Pero seguro que podría presentarle a algunas brujas sangrepuras y decentes que ampliaran su círculo de amistades femeninas, que se había reducido en los últimos años a un manojo de busconas slytherins. Y estaba seguro que alguna habría que despertara su interés de nuevo. Porque tampoco es que tuviera la "pitopausia" ni nada por el estilo, ni había dejado de encontrar atractivas las curvas femeninas. Era más bien que le repudiaba el contacto físico con las brujas. Bueno, no todas. Desde luego no le repudiaba su madre, y tampoco le había repudiado la sangresucia de Granger.

Y esa era otra. En su vida se hubiera imaginado que llegaría el día en que se comportaría civilizadamente con Hermione Granger. Pero no podía haber hecho otra cosa. A ver, la repelente rata de biblioteca había tenido espontáneamente un gesto decente con su madre. Qué menos que mostrarle un poco de educación y besarle la mano, aunque era una bruja impura y no se mereciera su deferencia. No había más que ver su reacción. La chiflada lo había mirado como si le hubiera lanzado la peor de las maldiciones.

Pero el contacto no le había repelido como con sus últimas cuasi-conquistas…

Hecho sorprendente, si se tiene en cuenta que era una asquerosa sangresucia atestada de vete tú a saber que gérmenes muggles…

Y en el breve espacio de tiempo en que sostuvo su mano había observado que ésta era menuda y delicada…

Y que a pesar del frío de la noche, su tacto era muy suave, cálido...

Definitivamente se estaba volviendo loco. Tenía que hablar con Blaise cuanto antes. Carne fresca, esa era la solución. Porque si no era capaz de echar un polvo pronto, iba a perder la cabeza. Además, su futuro tenía que cambiar, y estaba dispuesto a tomar de nuevo las riendas de su vida y encontrarle un sentido a su existencia. A partir de mañana.

O al menos eso esperaba.

Con una nueva determinación, Draco le dio un último trago a la botella, volvió a esconderla en la cómoda, y se metió en la cama.


De nuevo, millones de gracias para Aceli, que ha hecho posible que este capítulo tenga sentido.

Capítulo cuarto