Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.

Capítulo octavo

1 año, 3 meses y 20 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy

La zona residencial, formada por manzanas rectangulares y alargadas, se extendía sobre una pequeña colina cercana a un arbolado de abedules. Las viviendas pertenecían a magos de clase acomodada, y eran casonas funcionales pero de buena construcción, aunque en ningún caso podían compararse con las mansiones ancestrales de las familias sangrepuras de más alcurnia.

Había comenzado a nevar hacía poco, y aunque empezó suave, ahora los copos de nieve caían con más regularidad asentándose en la calzada. Los dos jóvenes magos, que avanzaban a grandes zancadas por una de las avenidas en esa fría tarde de febrero, se lanzaron hechizos de calor y se envolvieron en sus abrigos.

- Llevamos andando un siglo, Zabini. Está nevando, tengo frío y me están empezando a doler los pies ¿me puedes decir ya de una vez a donde vamos? ¿Y por qué no nos podemos aparecer?

- No nos podemos aparecer porque no he estado aquí nunca – le contestó a Draco un Blaise Zabini exasperado - Y no te voy a decir a donde vamos porque sé que vas a salir corriendo como el cobarde que eres y me vas a dejar tirado. Y piensa que todo esto lo estoy haciendo por ti.

- Pues no esperes que te de las gracias. Esto no me gusta nada – le contestó Draco moviendo la cabeza - Espero al menos que haya brujas que merezcan la pena. Además, me has hecho daño Blaise, – añadió con falsa ofensa – soy tu hermano de sangre, yo nunca te abandonaría. No soy un renegado como Nott o Goyle.

- ¿Qué ha pasado con ellos? –preguntó interesado el mago italiano mientras sacando su varita se lanzaba otro conjuro de calor sobre el abrigo.

- El miércoles de la semana pasada, para la partida de gobstones. Los malnacidos nos dejaron en la estacada a Pucey y a mí. Theo al menos tuvo la decencia de mandarnos el patronus con una excusa, pero Gregory Goyle ni eso. Y desde entonces no le he vuelto a ver el pelo.

- Pues es raro que se pasen de una oportunidad para sacarte los galeones, sobre todo Greg - Draco miró a su amigo ofendido – No lo puedes negar, Draco. Eres un pésimo jugador cuando estás bajo la influencia del alcohol, que es muy a menudo, por cierto. Pero ahora que lo mencionas – Blaise reflexionaba mientras doblaban otra esquina - Goyle está muy esquivo últimamente. Hace unas semanas me crucé con él en el Callejón Knockturn, en la esquina de la Taberna de Gwenog. Andaba en plan misterioso cuchicheando con un mago que no sé como se llama, uno que fue con nosotros a Hogwarts, de nuestro mismo año, creo que era un Hufflepouf o un Gryffindor,… bueno, no sé, tampoco es que me fijara mucho en él. Pero cuando Greg me vio se puso muy nervioso y se hizo el despistado, como si no me conociera, y los dos se metieron en la taberna.

El rubio se quedó pensativo unos instantes y le comentó a su amigo tras retirarse un copo de nieve del flequillo.

- Yo también lo encuentro peculiar desde hace un tiempo. El otro día en Gringotts se paseaba con dos sacas repletas de galeones, y cuando le pregunté de donde las había sacado, mintiéndome descaradamente me dijo que eran suyas, que le habían salido un par de trabajillos muy rentables. No sé en que debe andar metido pero más le vale andarse con ojo. El Ministerio nos tiene en cuarentena, ya sabes lo que quiero decir. A la mínima lo enclaustran en Azkaban. Lo están deseando.

- ¿Y Theodore Nott? ¿Por qué no fue? – inquirió Zabini.

- Con el patronus nos dijo que había una urgencia esa noche en San Mungo y que lo habían convocado, así que no podía venir.

Blaise frunció el ceño y le preguntó a Draco con suspicacia.

- ¿Dices que fue el miércoles de la semana pasada? ¿La noche del 4 de febrero? – Draco asintió con la cabeza – Pues esto si que es raro. Yo era uno de los sanadores que estaba de guardia en San Mungo y te aseguro que no hubo ninguna urgencia. Además, no vi a Theo en toda la noche.

Ambos, sumidos en sus pensamientos, continuaron avanzando a grandes pasos por la nevada calle. Blaise, negando con la cabeza, volvió a hablar.

- No me creo su excusa. Tendría una cita con alguna bruja calentorra y no querría que os enterarais, para evitar que le sometierais a un interrogatorio luego… Ya sabes, siempre ha sido un poco rarito, te apuesto a que le van las perversiones inconfesables, como hacérselo con arpías o algo así – sonriendo maliciosamente añadió - A lo mejor es que se tira a Millicent.

Los dos magos se miraron y se echaron a reír.

- ¡Cállate, Blaise! – soltó Draco entre carcajadas – Ahora no voy a poder borrar esa imagen contra natura de mi cabeza. Aunque si te soy sincero, me resulta más aborrecible por Theo que por la pobre Millie. En algo te doy la razón, Nott es bien siniestro.

- ¡Tampoco es eso! – comentó Zabini con una mueca socarrona - de verdad que en el fondo el mago es un buen tipo. Es que se parece físicamente mucho a su padre, y el viejo Nott si que le pone a uno los pelos de punta. ¡Ah! Ésta es la casa.

Ambos se pararon delante de la puerta de una agradable propiedad. Era una casa de tres plantas de piedra blanca que se veía cuidada y acogedora. El mago italiano se acercó a la puerta con entusiasmo, elevando la mano para alcanzar el llamador cuando su amigo se la detuvo en el aire y le dijo:

- Zabini, no pienso entrar hasta que no me digas de qué va todo esto.

Blaise estudió a Draco durante unos instantes. Había conseguido arrastrarlo hasta la puerta de la casa, todo un logro, así que suponía que no se iba a echar atrás ahora. Bajando la mano le confesó:

- Vale. Es una Midday Party por San Valentín, organizada por la familia Patil.

- ¿Qué? ¿Qué coño es una Midday Party? ¿Y por San Valentín? – Draco le preguntó con horror.

- No lo sé porque nunca he estado en ninguna. Pero no te me pongas difícil. Si quieres conocer brujas castas y puras no lo vas a hacer en tabernas del Callejón Knockturn a las dos de la madrugada.

- Esto no me gusta nada – repitió Draco por enésima vez - ¿Cómo has conseguido que nos inviten?

- Millie. Pero antes de largarte deja que te explique – Blaise se situó entre su amigo y la puerta de la casa para impedirle la huida - La "fiesta" la organizan los padres de las gemelas Patil, e invitan sólo a jóvenes respetables de buenas familias, con lo que no nos vamos a topar con réplicas de Pansy. La Midday Party es una forma "apropiada" de que sus hijas y sus amigas conozcan a magos idóneos bajo su supervisión. Además, es siempre por la tarde, con lo que no hay nocturnidad, no hay alcohol, ni vicios. Se supone que vamos a estar "socializando" durante un par de horas y luego un maestro de ceremonias nos pondrá a bailar en parejas. Eso es lo que me ha dicho Millie. Lo de San Valentín, bueno, es que hoy es San Valentín. Y es mejor así, piensa que estarán todas en celo y más dispuestas a sucumbir a tus encantos.

- Es patético, Blaise. Me vuelvo a mi casa.

- No, no, no. Tú no vas a ningún sitio.

Draco hizo amago de rodear a Blaise y éste lo agarró del brazo, lo que provocó que el rubio tratara de esquivarlo y saliera corriendo. Ambos empezaron a forcejear. Blaise intentaba inmovilizarlo por la espalda y Draco se resistía con patadas y puñetazos.

En ese momento la puerta se abrió de improviso y los dos magos se recompusieron en un instante. La Sra. Patil les observaba con una sonrisa desde el rellano. Era una bruja rechoncha de unos cuarenta y pico años. Iba vestida con una juvenil túnica rosa palo muy ceñida al cuerpo, con lo que se acentuaban groseramente sus generosas curvas. Draco temía que debía tratarse de la túnica de alguna de sus hijas, y que la habría hechizado hasta que le cupiera sin explotar. El pelo de azabache lo llevaba recogido en un complicado tocado, y sospechaba que con la cantidad de hechizos de belleza que llevaba en lo alto, necesitaría al menos una docena de finite incantatem cuando quisiera quitárselos.

- ¡Queridos! Bienvenidos – les dijo ampliando la sonrisa- pero pasen, pasen. La mayoría ha llegado ya y os esperan en la sala de baile.

Cuando Draco y Blaise se encontraron en el hall, el moreno dirigió a la bruja la más hipnotizadora de sus sonrisas, y le habló con su irresistible encanto latino.

- Creo que no hemos sido presentados, Sra. Patil.- inclinando la cabeza levemente continuó - Blaise Zabini, a sus pies. Y éste es mi viejo amigo Draco Malfoy.

La sonrisa de la bruja desapareció y al mirar a Draco su rostro mostró una mueca de disgusto. Draco se tensó y Blaise trató de arreglar la situación.

- Millicent Bulstrode tuvo la amabilidad de trasladarle a sus hijas nuestro deseo de asistir esta tarde a su Midday Party.

- Sí, sí. – Asintió la Sra. Patil sin dejar de mirar a Draco - Es cierto que la Srta. Bulstrode nos dijo que vendría usted acompañado de un amigo, aunque se le olvidó mencionarnos que se trataba del joven Sr. Malfoy…

La bruja seguía estudiando descaradamente a Draco, que le sostenía la mirada resentido. Debía andar considerando los pros y los contras de permitir a un ex–mortífago podrido de galeones acercarse a sus hijas y a las otras jóvenes. A los pocos segundos, tomó una decisión, y haciendo un gesto con la mano, les indicó la puerta que se encontraba a la derecha del recibidor.

- Ahora ya no importa. Pasen, pasen. Los otros jóvenes ya están dentro divirtiéndose.

Los dos magos se quitaron los abrigos y un elfo apareció y se los llevó. Luego caminaron hacia la puerta doble del salón, que se abrió de par en par nada más sentir que se acercaban, y se quedaron petrificados en el sitio.

Era una encerrona.

Ante ellos se extendía una sala rectangular, con grandes ventanales a la derecha y vistas a un bonito jardín. Los muebles y la decoración originales habían sido sustituidos para la ocasión, o eso suponía (y esperaba) Draco. La estancia estaba pintada de rosa pastel, con dibujos de sonrosados y regordetes cupidos que volaban por las paredes y disparaban flechas de humo hacia los invitados. Contra los muros a la izquierda y a la derecha de la puerta se alineaban algunas sillas con el respaldo en forma de corazón y mesas que habían sido dispuestas para la ocasión. Sobre manteles con motivos florales "románticos", por supuesto todo muy rosado o encarnado, unas ornamentadas bandejas de plata contenían galletitas, pastelitos y diversas delicatessen; otras estaban repletas de todas las especies conocidas de frutas del bosque carmesí; había bomboneras de fina porcelana en forma de corazón; vasijas romanas con distintos tipos de ponches mágicos púrpura o granate; y servilletas escarlata con cintas doradas. Del techo flotaban unos intrincados lazos en los que se podían leer mensajes tales como "El más poderoso hechizo para ser amado es amar" "El amor no es más que la novela del corazón" "El amor es la poesía de los sentidos" "La medida del amor es amar sin medida"… Y a Draco le estaban entrando ganas de estornudar del empalagoso concentrado de esencia de rosas, jazmín y pachulí que desprendían las velas de las lámparas del techo.

Al fondo, sobre una tarima, un harpa encantada debía estar tocando una cursi melodía, pero Draco era incapaz de oír nada por encima del estridente parloteo y las risitas histriónicas de la treintena de jóvenes brujas que se concentraban en el muro izquierdo de la sala, formando grupitos alrededor de las mesas. Eran como clones. Todas luciendo el mismo tipo de túnicas de tonalidades pastel, todas con más encantamientos de belleza encima que la Sra. Patil, y todas girándose hacia la puerta al unísono observarles con codicia. A Draco se le antojaron peligrosas depredadoras sedientas de… ¿novios? ¿prometidos? ¿Amor? En cualquier caso San Valentín, los cupidos, las ávidas brujas y el pachulí, le estaban haciendo sentirse atrapado.

De pronto sintió que Blaise le tiraba de la manga y sin dejar de mirar horrorizado al interior del salón le decía con urgencia:

-Vámonos, vámonos. Esto ha sido una mala idea.

En ese momento sintieron que unas fuertes manos se apoyaban en sus espaldas y que con un empujón les introducían en la sala.

- ¡Por las barbas de Merlín! No me sean tímidos, muchachos. – habló la figura entre los dos jóvenes magos – Entren, entren. Que no les van a comer, ¡ja, ja!

Draco y Blaise se giraron y se toparon con el rostro bonachón del Sr. Patil. Éste era un mago bajito de origen hindú, tan sonriente y regordete como su esposa. El hombre les empujaba al interior y antes de que tuvieran tiempo de reaccionar, se dio la vuelta y se dirigió hacia una de las mesas a empezar a cebarse de pastelitos.

Los dos slytherins, ahora en el centro de la sala, miraban alrededor sintiéndose expuestos. La mayoría de las brujas les seguían observando con avaricia, cuchicheando entre ellas y con risitas nerviosas. Draco, esquivando la flecha de humo de uno de los cupidos de la pared, se fijó en la esquina más cercana a la puerta de salida, o sea, el punto más alejado de los grupitos de histéricas. Allí, media docena de magos de su edad se agrupaban incómodos alrededor de una de las mesas. Formaban una especie de frente solidario de testosterona que se resistía a la castración que suponía esa Midday Party. Haciéndole un gesto a su amigo, ambos se dirigieron hacia el grupo buscando amparo entre los de su especie.

Al llegar a la mesa inclinó la cabeza a modo de saludo hacia las otras "presas" y alcanzó un vaso carmesí dispuesto a servirse un poco de ponche púrpura.

- Si fuera vosotros no probaría ninguno de los brebajes – les dijo un mago de cabello castaño, un poco más joven que ellos, que apartado del resto sostenía un vaso granate.

- ¿Por qué? Tú estás bebiendo – le objetó Draco.

El mago se acercó a ellos y disimuladamente les enseñó el cuello de una botella que tenía escondida en el bolsillo de la túnica.

- Firewhisky. Apostaría lo que fuera a que las locas esas han vertido en las vasijas filtros de amor o algo peor – les dijo sacando la botella con discreción y rellenándose su vaso.

- Ahí te tengo que dar la razón. No se me había ocurrido – le confesó Draco.

- ¿Os apetece? – les ofreció el mago.

- No le voy a hacer un feo – contestó Zabini acercándole su vaso - Creo que vamos a necesitar un poco de estímulo si queremos sobrevivir a esta pesadilla.

Los tres magos, con los vasos ya rellenos, procedieron a brindar en silencio. Mientras se llevaban los vasos a la boca, volvieron la vista hacía el batallón de féminas. Draco le daba largos tragos a su bebida y dejaba vagar su mirada entre las invitadas. Se estaba empezando a cabrear. Él no quería tener que recurrir a asistir a semejante infierno rosado. ¡Sólo quería echar un polvo! No quería que el único objetivo de su vida fuera buscar desesperadamente una esposa. No quería tener que casarse siendo aún tan joven, y encima obligado. No quería, pero debía.

Dio otro trago a su firewhisky asqueado y de pronto el mundo se paralizó.

Una visión celestial.

Delante de él, al otro lado de la sala, se encontraba el ser más puro y precioso que habían visto sus ojos.

Si es que le dolía el alma sólo de mirarla.

Y no podía dejar de mirarla.

La melena dorada le caía suavemente sobre los hombros.

Los rasgos de su rostro eran dulces, perfectos.

La seductora boca estaba pidiendo a gritos ser besada, mordida,… Y esa sonrisa… ¡Ummm...! Promesas, promesas.

El cuerpecito tan sensual y sugerente.

Con ese aire tan puro y voluptuoso al mismo tiempo.

La esencia misma de la feminidad.

Era un ángel.

Era su ángel.

Junto a otras tres amigas, la joven bruja objeto de sus ensoñaciones se reía mientras le quitaba el envoltorio a un bombón sorpresa en forma de corazón.

- Blaise, ¿Quién es esa deidad?

El moreno miró en la misma dirección que Draco y le preguntó:

- ¿Quién? ¿La rubia de malva?

A la joven se le había caído el envoltorio al suelo, y se agachó a recogerlo con candidez. Aunque para Draco el movimiento no tuvo nada de inocente, pues el que se inclinara de esa manera, haciendo que la túnica le marcara el trasero, bien redondo y prieto, provocó la reacción de cierta parte de su anatomía que llevaba demasiado tiempo desatendida.

De pronto una figura se le puso delante impidiéndole continuar con la contemplación de su musa. Draco con la mano trató de apartarla, pero la figura, que pertenecía a una poco agraciada joven fortachona, habló con gravedad:

- Habéis venido – les dijo, y dirigiéndose al mago idiotizado continuó - Draco, tengo que hablar contigo.

- Ahora no, Millie. Y apártate que me bloqueas – le contestó Draco sin ni siquiera mirarla y dándole un ligero empujón con impaciencia.

- No te lo tomes a mal, cielo. – le dijo Blaise a la ofendida - No es nada personal. Es que uno de los cupidos le ha dado de pleno y se ha quedado prendado de la rubia esa de la túnica malva.

Millicent Buldstrode se giró a ver de quien estaban hablando, y luego se volvió a Draco extrañada y le preguntó:

- ¿Astoria Greengrass? ¿La hermana de Daphne? Es idiota.

- Astoria… - repitió Draco degustando cada sílaba mientra continuaba admirando el objeto de su deseo – No te preocupes Millie, para lo que la quiero no necesito que me hable.

- Pues eso espero, porque para otra cosa no te va a servir. No es virgen.

Draco le clavó con ira la mirada a su amiga.

- ¿De que estás hablando? ¿Por qué has dicho eso?

- Porque Parkinson nos contó a todas una historia muy curiosa sobre ti cuando la dejaste. Parece ser que como a Marcus Flint y a Lucian Bole, tu ancestral apellido te impone ciertas obligaciones, con lo que Papa Lucius te va a tener que casar antes de que cumplas 25 años con alguna insulsa virgencita de su agrado.

- Vaya con la víbora, es más vengativa de lo que pensaba – comentó Zabini – Draco, si se corre la voz lo vas a tener difícil para seducir a las brujas y llevártelas a la cama, van a saber de antemano que no pueden tener ningún futuro contigo.

- Millie, te considero mi amiga. Así que no te creas todo lo que sale de la boca de Pansy. Esa zorra resentida no sabe de lo que está hablando. Y ahora si me disculpáis,… - les dijo mientras empezaba a caminar en dirección a Astoria Greengrass.

Millicent le agarró del antebrazo y le dijo con premura:

- Draco, espera. De verdad que tengo algo serio que hablar contigo.

- Te he dicho que ahora no – Draco se soltó y siguió caminando hacia su ángel.

Mientras se iba acercando, admiraba embeselado a la rubia. La sonrisa le tenía hipnotizado. Y ahora que la estudiaba mejor, advertía otros detalles que le agradaban en grado sumo: la forma picarona de arrugar la naricita cuando se reía, como la túnica que llevaba le marcaba los pechos (¡qué dos monumentos!), la tonalidad azul profunda de sus ojos…

Ya sólo estaba a un par de pasos de ella. Astoria y sus amigas habían dejado de reírse y le miraban ahora con morbosa curiosidad. Draco preparaba mentalmente su frase de introducción cuando sintió un incómodo pinchazo en el corazón. Sin saber por qué la respiración se le aceleró y sintió como empezaba a sudar. No podía estar nervioso, era el Príncipe de la Casa Slytherin, había estado seduciendo brujas desde que tenía 16 años. Se recompuso como pudo y cuando se encontró justo delante de ella asumió su infalible postura arrogante y dijo con seguridad:

- Buenas tardes, señoritas. ¿Me aventuro al asumir que eres Astoria Greengrass? ¿La hermana pequeña de Daphne? Soy Draco Malfoy, compañero de tu hermana en Hogwarts. Creo que no nos conocíamos.

La joven le dedicó una seductora sonrisa y extendiendo la mano le respondió:

- No, no nos conocíamos. Aunque yo sabía que eras amigo de mi hermana, y he oído hablar mucho de ti.

Draco la sonrío a su vez, aunque le costó horrores mantener el tipo, porque el cuerpo se le estaba destemplando. Además, sintió que se le revolvía el estómago. Cuando cogió la mano de la bruja para besársela, las nauseas le subieron hasta la campanilla. El tacto de la nacarada piel de la joven, que había fantaseado se asemejaría a la más exquisita de las porcelanas, le produjo la misma grima que la piel de los sapos. De pronto era muy consciente del perfume empalagoso y repulsivo, fuera natural o inducido, que desprendían los cabellos y la persona de Astoria Greengrass. Ya la sonrisa no le cautivaba como a distancia. Era exagerada, falsa y grosera. Además, el verle tan de cerca la hilera de pequeños dientes blancos le produjo dentera.

Se obligó con un esfuerzo sobrehumano a mantener a raya las náuseas y llevarse la mano de Astoria hacia la boca, para al menos conservar la dignidad y saludarla correctamente, aunque estuviera contando los segundos para poder poner cuantos más kilómetros mejor entre la bruja y él. Pero apenas sus labios rozaron la piel de la joven, sintió la bilis en el paladar y que sus pulmones se quedaban sin aire. Se iba a ahogar en su propio vómito. Se asfixiaba. Necesita respirar y alejarse de ella.

Soltándola, se giró y se lanzó casi corriendo hacia la salida de la sala, empujando en su carrera a todas las invitadas que se encontraron en su camino. Ya casi en la puerta oyó a Blaise que le llamaba justo a sus espaldas. Draco, con una especie de gruñido, y evitando vomitar delante de todos, le dejo ver que se iba y salió disparado fuera de la casa, olvidando hasta su abrigo.

Una vez en la calle sacó la varita y se desapareció. Emergiendo instantes después en Cunning Town, en la esquina de la calle de las Hilanderas. No le importó que su atuendo llamara la atención entre los muggles, no estaba para esas nimiedades. Aún respirando con dificultad, anduvo presuroso hasta la casa de su padrino. Al llegar parecía que su cuerpo se había recuperado del ataque de, de… de lo que fuera. Pero ahora furioso abrió la puerta y se dirigió a la salita. Una vez allí se colocó delante de una de las estanterías y con su varita se provocó un corte en la palma de la mano izquierda. Luego apoyó la mano ensangrentada contra uno de los bordes de la estantería y pronunció un hechizo.

La estantería pareció disolverse y en su lugar apareció el hueco de una escalera. Bajó los escalones con energía, y al llegar al final volvió a utilizar la varita para encender las lámparas de velas del recinto. Draco se encontraba en una habitación grande, amueblada como si se tratara de una réplica en miniatura de la sala común de la Casa Slytherin de Hogwarts. La sala tenía dos puertas. Una estaba cerrada, pero la otra estaba entreabierta y podían verse unas mesas con calderos y recipientes.

El joven Malfoy se dejó caer en un cómodo sillón esmeralda junto a una enorme estantería repleta de manuales y manuscritos, y sin necesidad de usar la varita conjuró una botella de firewhisky.

No se molestó por el vaso, bebió directamente de la botella, y se reclinó en el sillón cerrando los ojos.

Su vida era realmente una mierda. ¿Pero qué demonios le pasaba? ¿Por qué tenía que reaccionar así? No creía que la culpa radicara en que Astoria Greengrass perdiera atributos en las distancias cortas. No. Sabía que el problema venía de él. La bruja era una diosa, y se había sentido muy atraído cuando la vio. Incluso le había decepcionado un poco saber por Millie que no era virgen. No le hubiera importado plantearse una relación con ella, porque aunque su objetivo número uno era echar un polvo, ¡Por las barbas de Merlín, llevaba una eternidad sin mojarla!, su prioridad debía ser buscarse una esposa. Se empezaba a dar cuenta que su fobia física a las brujas no tenía nada que ver con el alcohol o con la depresión. Su único consuelo era la certeza de que no se había vuelto impotente. De eso daban fe las ampollas que habían empezado a salirle en la palma de la mano derecha.

No. Aquí había algo más. Mentalmente Draco repasó su vida durante el último año. Que fuera capaz de recordar, a veces estaba tan sumido en el alcohol que perdía el conocimiento, no creía haberse acostado con ninguna bruja en algo más de un año. Es cierto que desde que su padre volvió de Azkaban, terminó su relación con Pansy, y le fueron recordadas las obligaciones que conlleva su apellido, su vida se había resumido a trasnochar, alcohol, vicios y poco más. Mala combinación si esperaba dar lo mejor de sí mismo en la cama. Pero esta tarde había estado sobrio, sólo le había dado unos tragos al firewhisky.

Pensándolo bien, no reaccionaba como un psicótico ante el contacto físico de todas las brujas. No sentía ninguna repulsión al besar en la mejilla a su madre, ni al tocar de forma inocente a alguna de sus amigas, como Millie, ni a algunas desconocidas, como la bruja que el otro día le atendió en San Mungo cuando fue a buscar a Blaise. Esos extraños malestares físicos sucedían en cuanto tocaba o se acercaba a las hembras que le atraían. Y también ante las que no le interesaban y se le insinuaban patéticamente, que ahora más que burla le producían el mismo efecto: absoluta repulsión. Era como si tuviera alergia al contacto del cuerpo femenino, con lo que le resultaba imposible copular… ¡Uy, uy, uy! Esto de ser físicamente incapaz de aparearse le sonaba demasiado a algún tipo de imposición por mantenerse casto… Lucius, Lucius, ¿sería capaz de algo así?… No, no. No podía ser. ¿Qué interés tendría su padre en su celibato? Aunque nadie mejor que él para saber lo que era capaz de pasar por la mente enferma de su progenitor. Pero, en realidad, en lo único en que su situación podía beneficiar a su padre sería en el hipotético caso de que estuviera maldecido con repudiar el contacto de todas las brujas salvo el de su futura esposa, una vez que estuviera casado. De forma que, o se casaba, o no iba a encajar ninguna. Lucius podría pensar que las hormonas de Draco lo volverían loco hasta el punto de terminar aceptando casarse cuanto antes, y con lo primero que le ofrecieran, para así poder aliviar sus frustraciones sexuales.

Pero esta teoría tenía fallos. Primero, su querido padre no le había soltado ningún ultimátum todavía, en realidad no le había vuelto a sacar el tema desde que terminó con Pansy. Ni siquiera su madre parecía meterle prisa. Draco había empezado a creer que existía un tácito entendimiento entre ellos por dejarle buscar a su futura esposa por su cuenta, al menos mientras la fecha de su vigésimo quinto cumpleaños estuviera aún lejana.

Y segundo. Si era sincero consigo mismo, no había sufrido ese ataque de repugnancia ante todas las féminas que le habían atraído sexualmente. Por ejemplo, no hacía ni un par de días sus hormonas había reaccionado ante cierta bruja, sin que el contacto físico le hubiera provocado los síntomas de repulsión habituales. Tampoco es que le hubiera agradado, la bruja en cuestión era capaz de sacar lo peor de sí mismo, aunque es verdad que no vómitos o asfixia. Pero prefería no analizar porqué durante un breve lapso de tiempo, mientras la estudiaba ojear los libros de la salita de su padrino, no había podido dejar de observar con perversa satisfacción que la bruja llevaba mal abrochados los botones de la túnica, con lo que la apertura del escote dejaba entrever parte de su inmaculado pecho izquierdo, y lo delicado y apetitoso que le había parecido… No, no. Su inconfesable desliz en relación con las glándulas mamarias de Hermione Granger sólo servía para demostrar que su teoría era falsa, y que su padre no le había provocado ninguna temporal incapacidad para mantener relaciones sexuales. Estaba empezando a creer que este problemilla suyo llevaba la firma de la rencorosa de Pansy, aunque el intelecto de la bruja fuera incapaz de tramar una venganza tan rebuscada. Habría pedido ayuda a alguien.

Pero por si acaso, a partir de ahora iba a tener más cuidado con lo que bebía y comía en la Mansión.


1 año, 3 meses y 14 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy

Hermione levantó la vista de los manuscritos desplegados en la mesa de su despacho al oír que alguien llamaba a la puerta. "¡Entre!", gritó. Y al instante la puerta se abrió y una bruja de avanzada edad, impecablemente vestida y con regio porte, la saludo altanera.

- Buenas tardes, Señorita Granger.

Hermione se puso de pie para recibirla, e indicándole con la mano la silla opuesta a la suya, le devolvió el saludo:

- Buenas tardes, Sra. Selwyn. Por favor, tome asiento. Disculpe el desorden, pero no esperaba ninguna visita.

La Sra. Selwyn, apoyándose en un bastón plateado, ignoró su comentario, y se acercó lenta, pero dignamente, a la silla que le ofrecía Hermione. Se sentó con parsimonia y cuando Hermione hizo lo mismo, empezó a hablar sin preámbulos y con autoridad.

- Usted dijo que necesitaba quince días para encontrar el tiempo de estudiar mi caso. Pues bien, han pasado dieciséis días y estoy esperando sus conclusiones.

Hermione sonrió cortésmente a la Sra Selwyn, aunque en su interior sólo deseaba soltarle una fresca y ponerla en su sitio. Desconocía cual era el método empleado por las familias sangrepuras para educar a sus brujas, pero lograban que, independientemente de la edad o de la situación en la que se encontraran, todas se comportaban como si fueran la mismísima Reina de Inglaterra, y que el resto de los mortales les debían pleitesía.

Buena prueba de ello lo había tenido ayer, en su cita con Narcisa Malfoy. A pesar de que Hermione había previsto un pequeño almuerzo en un sencillo café de Hogsmeade, la Sra. Malfoy había conseguido enredarla y terminó sufriendo su cotorreo durante tres horas en un elegante restaurante del Callejón Diagon. Sin contar con que luego le dolió el estómago durante toda la noche. Normal, después de haber tenido que degustar un servicio de cinco platos, entre langostas y todo tipo de foie. Su único consuelo era que el banquete le tuvo que haber costado una fortuna. Aunque suponía que para la Sra. Malfoy había sido una buena inversión, ya que se pasó la comida controlando por la ventana que todos los que pasaban por el Callejón las estaban mirando, y que les quedaba patente que Narcisa Malfoy estaba en muy buenos términos con la heroína de guerra hija de muggles.

Pero la Sra. Selwyn no venía a confraternizar. La bruja había acudido a Hermione hacía "dieciseis" días porque, aunque le doliese, no tenía a nadie más a quien pedir ayuda.

Su hijo, Percebus Selwyn, había sido un mortífago acusado y encarcelado por el Wizengamot en los juicios masivos que se sucedieron tras la derrota de Voldemort. Hermione no había estado muy de acuerdo con los procesos de aquella época, a veces tan revanchistas que difícilmente podían las sentencias ser consideradas justas. Pero al pasar el tiempo, y cuando la sociedad mágica había empezado a asimilar la guerra contra Voldemort, algunas sentencias habían sido revisadas, y las condiciones de los presos en Azkaban mejoradas.

Selwyn no había podido acogerse a ningún tipo de perdón, su caso había sido de los más claros. Seguidor del Señor Tenebroso desde los años 60, violento y fanático, había sido de los primeros encarcelados al desaparecer Voldemort la primera vez. Fue uno de los escapados de Azkaban, junto a Bellatrix Lestrange, en la fuga masiva de 1996. Y no había ocultado su entusiasmo al poder volver junto a su Maestro. Durante la batalla de Hogwarts se mostró muy activo, siendo culpable de la muerte de muchos de los estudiantes.

Hacía más de dos meses que Selwyn había fallecido en Azkaban. El mago había muerto a los 67 años de una parada cardiorespiratoria, según el informe del sanador que trabajaba con los presos del A.A.S.M.O.M.A (Ala de Alta Seguridad para Magos Oscuros y Mortífagos de Azkaban). La Sra. Selwyn estaba convencida de que alguien estaba detrás del fallecimiento de su hijo, y como no había conseguido que los aurores ni el Wizengamot investigaran en la prisión, había acudido a la joven bruja como último recurso.

A Hermione le había sorprendido lo desesperada que debía estar la Sra. Selwyn para "rebajarse" y pedir ayuda a una "sangresucia". Por lo que había decidido estudiar su petición con más atención de la que merecía. A fin de cuentas, era a lo que se dedicaba en su trabajo, pues los mortífagos habían pasado a ser considerados menos que muchas de las criaturas mágicas a las que defendía.

Dicho todo esto, no creía que hubiera nada sospechoso, pero por lo menos iba a intentar que a la Sra. Selwyn no le quedaran dudas sobre la muerte de su hijo, y que pudiera pasar página y afrontar su pérdida.

Abriendo un cajón de su escritorio, sacó una gruesa carpeta que depositó sobre la mesa. Adoptando entonces un aire profesional, Hermione le dijo:

- Pues ciertamente he tenido tiempo de estudiar su caso y puedo, en efecto, darle algunas respuestas.

Hermione extrajo unos pergaminos de la carpeta y examinándolos le dijo a la Sra. Selwyn.

- Veamos. Según el informe del sanador que trabaja en el A.A.S.M.O.M.A., su hijo falleció el pasado 12 de enero de 2003, de una parada cardiorespiratoria. Al recibir su visita conseguí autorización del Wizengamot para realizar una autopsia, como ya sabrá. Tengo aquí el informe del medimago forense que corrobora el diagnóstico del sanador: su hijo, aunque presumiblemente en buen estado físico, presentaba los síntomas propios de este tipo de ataque: detención de la circulación de la sangre y detención del suministro de oxígeno al cerebro. El forense explica que el paro no es debido a un traumatismo, hemorragia, electrocución, o atragantamiento. Tampoco se encontró ningún residuo de veneno, sustancia o poción que hubieran podido inducir el mismo. Ni había trazas de maldiciones o hechizos, con lo que concluye que el paro fue provocado por una debilidad cardiaca- Hermione levantó la vista del informe y miró a la veterana bruja.

- Srta. Granger – le contestó ésta sin mostrar ninguna emoción - Mi hijo tenía una salud de hierro y nunca, le repito, nunca, había sufrido de problemas del corazón, a pesar de que, cómo usted estará al corriente, tuvo una vida muy estresante – con más dureza añadió - Permaneció durante 15 años prisionero en Azkaban rodeado de dementores sin que su salud se viera mermada en lo más mínimo.

- Puede que tenga usted razón – le contestó Hermione - Pero también tengo aquí los informes que el sanador del A.A.S.M.O.M.A. realizaba regularmente sobre su hijo, como es su obligación, y en ellos recoge que en los últimos meses había sufrido crisis de ansiedad, episodios de euforia, y nerviosismo. Lo que había llevado al sanador a prescribirle pociones para dormir y soluciones calmantes.

Los ojos de la Sra. Selwyn se agrandaron un momento y le dijo con rabia.

- Ahí lo tiene, Srta. Granger, los celadores de Azkaban han estado envenenándole con esas pociones durante meses.

Hermione dando un suspiro le contestó.

- Sra. Selwyn, las pociones para dormir y las soluciones calmantes son inofensivas para el organismo, ni siquiera causan dependencia. Además, le fueron administradas por el sanador, no por los celadores, con lo que las dosis estaban controladas.

- ¿Y quién le asegura que no estaban adulteradas? ¿De donde salían esas pociones? Lo ve, Srta. Granger – comentó la Sra. Selwyn con satisfacción -No puede demostrar que a mi hijo no lo han estado envenenando.

Hermione sonriéndose a sí misma extrajo otros pergaminos de la carpeta y mostrándoselos a la bruja le dijo:

- Aquí tiene los informes de San Mungo y las declaraciones bajo juramento de los sanadores Pye, Lachlan y Whitby, que son los que se ocupan por turnos del A.A.S.M.O.M.A.. También está la declaración de Zacharias Smith, el celador-jefe responsable de esa Ala de Azkaban, y que fue tomada por los aurores. Como verá, las pociones vienen de la botica de San Mungo, y son las mismas que se administran a los pacientes del hospital. Una vez en Azkaban son guardadas en una cámara protegida por fuertes hechizos a la que sólo tiene acceso el sanador de turno y el jefe-celador. Y de todas formas, le repito que el informe del medimago forense establece que no había ninguna traza de envenenamiento en el cuerpo de su hijo. Así que salvo que quiera acusar a San Mungo o a sus sanadores, sin ninguna prueba, he de añadir, debería olvidarse de este asunto.

La bruja observaba abatida los pergaminos, y Hermione sintió compasión por ella y suavizó el tono:

- Sra. Selwyn. Entiendo que el fallecimiento de su hijo le haya dolido y sorprendido, pero tiene que superarlo. Es cierto que ha muerto a una edad muy temprana para los estándares mágicos – la anciana bruja levantó la vista y miró fijamente a Hermione – pero su hijo no gozaba de buena salud en los últimos tiempos. Por muy fuerte que fuera, los "excesos" de su vida de mortífago habían acabado por debilitarlo. Le aconsejo que no piense más en ello.

La Sra. Selwyn estudió los pergaminos con detenimiento durante unos segundos más, y luego levantándose con dificultad de la silla miró a Hermione con menosprecio y le dijo:

- Le doy las gracias por su tiempo, Srta. Granger. Veo que no lo ha malgastado y que ha utilizado brillantemente todo su ingenio para tratar de demostrar que a mi hijo no lo han asesinado. Pero no me importa lo que usted crea o lo que digan esos pergaminos. Yo sé que su muerte no ha sido natural. Buenas tardes.

La joven tardó unos segundos en reaccionar. Poniéndose de pie se acercó a la puerta para mantenerla abierta mientras la Sra. Selwyn salía del despacho, cojeando de nuevo con dignidad y mirándola por encima del hombro una última vez con altanería.

Cuando Hermione cerró la puerta sacudió la cabeza para aclararse los pensamientos. Había hecho su trabajo, más de lo que se hubiera esperado de ella, y esa engreída no tenía ningún derecho a tratarla de esa manera. Había tenido que rogar para que realizaran la autopsia, molestar a sanadores y a Zacharias Smith, perdido tiempo y energías para que esa rancia sangrepura viniera ahora acusándola poco menos que de falsear documentos.

Ahora ya no estaba en estado de shock sino enfadada. Cogiendo su abrigo del perchero salió del despacho y se dirigió hacia la salida del Ministerio. Tenía que calmarse y para ello iba a hacer una pausa y permitirse un momento de placer. Ya en el Callejón Diagon se dirigió hacia Flourish & Blotts, porque sabía que ya debían tener la nueva edición del "Manual de Encantamientos Abreviados".

Una hora y media después, Hermione salía muy relajada de la librería con una sonrisa de satisfacción. No sólo había comprado la nueva edición del "Manual de Encantamientos Abreviados", sino que además había encontrado un ejemplar de segunda mano de un raro "Diccionario de runas escandinavas" y un "Tratado de cocina mágica con Armadillo". Caminando despacio por la calle de vuelta al Ministerio, ojeaba ensimismada el diccionario de runas sin prestar atención a su alrededor.

- Psss..., psss...

¿Alguien la llamaba? Hermione levantó la vista del libro y miró a su alrededor. Estaba en la acera del Callejón Diagon que bordeaba el Callejón Knockturn y, aunque esa tarde había pocos viandantes, ningún mago parecía estar tratando de llamar su atención. Volvió a bajar la vista hacia su nuevo libro cuando oyó de nuevo.

- Psss..., psss..., Granger…

Cerrando el libro volvió a mirar a ambos lados. A su izquierda había una estrecha y siniestra calleja que se adentraba hacia el Callejón Knockturn. Y la voz parecía venir de allí. Acercándose con precaución, sacó la varita y asomó la cabeza un poco.

De pronto una figura se abalanzó sobre ella y tirándole del brazo con fuerza la introdujo en la calleja. Hermione instintivamente soltó los libros que llevaba en las manos y casi dejó caer también la varita. Tras un grito ahogado trató de liberarse de su agresor, que la sostenía ahora con violencia y que la estampó contra la pared de una recóndita esquina. El mago, utilizando su propio cuerpo, la mantuvo de cara contra el sucio muro. Le había inmovilizado las manos en la espalda y le clavaba amenzadoramente una varita en el cuello.

- Estúpida sangresucia. Sólo te lo voy a decir una vez: ¡Déjanos a mi familia y a mí en paz!

- ¡Malfoy!


No me odiéis mucho. Es que tenía que terminar el capítulo en algún momento.

Antes de ponerme con el siguiente, recordaros que la labor monumental de Aceli no tiene precio. Como tampoco lo tienen vuestros comentarios. Me hacen dar saltitos de felicidad delante de la pantalla del ordenador.