Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.


Capítulo undécimo

1 año, 2 meses y 11 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (madrugada del jueves 25 de marzo de 2004)


Hermione le miró escandalizada.

- Malfoy ¿te has vuelto loco? ¡Eso no va a funcionar! ¿Cómo van a creer que tú y yo…? bueno, que somos… – con un gesto de espanto continuó – ¡y yo no puedo fingir querer hacer alto tan horrible!

Alterada se separó del joven mago y se acercó a la puerta con el pomo dorado, dispuesta a llamar. Draco le agarró del brazo para detenerla, y le dijo bajando la voz.

- El tabernero dijo que esperáramos delante de la puerta, no que intentáramos entrar – mirando frenético a un lado y a otro de la calle, le volvió a murmurar - Pueden estar observándonos.

Hermione no le hizo caso y se soltó. Con los nudillos golpeó un par de veces la puerta y esperó, pero no se oyó nada al otro lado. Volvió a intentarlo otra vez con más energía, pero obtuvo el mismo resultado. Se volvió entonces hacia Draco para decirle algo, pero se calló al observar divertida como éste dirigía la varita hacia su inconfundible flequillo plateado, que estaba parcialmente cubierto por la capucha de su abrigo, y murmurando un encantamiento transformó su cabello en castaño oscuro. Viendo que Hermione le observaba entretenida le preguntó irritado:

- ¿Sabes hacer encantamientos modificadores?

- ¿Estás de broma, no? – dijo ofendida - Obtuve un Extraordinario en Encantamientos en los TIMOS y en los EXTASIS, y precisamente una de las pruebas de los TIMOS consistió en un encantamiento de cambio de color, y el Profesor Flitwick y el examinador me felicitaron porque mi ejercicio había sido…

- ¿Sabes o no? – la interrumpió Draco impaciente.

Hermione le miro con cara de pocos amigos y ofendida cruzó los brazos.

- Modifícame un poco la nariz – le ordenó Draco haciendo caso omiso del gesto de enfado de la bruja.

- Mejor cámbiate el color de los ojos, en tu caso es una marca distintiva – opinó Hermione tras observarle un momento.

- ¿Los has estado admirando, eh? – le soltó Draco con malicia.

Hermione ni le contestó. Con un suspiro de exasperación hizo lo que le pedía el mago y tras lanzarle el conjuro lo miró detenidamente un instante con ojo crítico, pero luego sonrió con satisfacción. Draco hubiera dado mil galeones por poder mirarse en un espejo, no es que no se fiara de ella, la bruja era la campeona de los valores gryffindor, pero a veces parecía salirle una vena revanchista que no le daba ninguna confianza.

- Tú no necesitas hacerte nada más – le dijo cuando vio a la bruja apuntar la varita hacia su cara - con esa peluca rubia y si me haces caso y te quedas calladita, no te va a reconocer ni tu familia. Nadie podrá sospechar que eres Hermione Granger con la boca cerrada durante más de 10 segundos.

Hermione puso los ojos en blanco e ignoró el insulto. Con lo bien que se entendían, el plan de Draco no podría funcionar de ninguna de las maneras. Aunque si no aparecía nadie tampoco funcionaría. Habían seguido las instrucciones del tabernero, estaban esperando en la callejuela delante de la puerta con el pomo dorado en forma de basilisco, pero seguían pasando los minutos y allí no se veía un alma. Además, hacia frío, debían ser ya las primeras horas de la madrugada, con lo que se estaba levantando una espesa neblina que, junto a la oscuridad de la noche, no presagiaba nada bueno.

- Esto no tiene sentido Aquí no viene nadie y yo voy a entrar – anunció Hermione a los pocos minutos volviéndose de nuevo hacia la puerta.

- Pero mira que eres cabezota – proclamó Draco - el tabernero dijo…

En el momento en el que Hermione avanzó su mano derecha para empujar el pomo dorado en forma de basilisco, Draco acercó la mano para impedírselo, de forma que ambos tocaron el pomo al mismo tiempo. De pronto sintieron una fuerza que les empujaba hacia arriba y sufrieron los inconfundibles síntomas de un traslador. En unos segundos vieron recorrer calles de piedra, suburbios, campiña inglesa y lo que parecía un típico pueblo inglés, hasta que al final aterrizaron ruidosamente en el interior de una vivienda.

Habían aparecido en una pequeña habitación vacía. Parecía ser el recibidor de una casa antigua, con paredes de ladrillo bruto y tres puertas de madera poco elaboradas. Por las dos lámparas de velas que daban luz en las esquinas, se deducía que debía de tratarse de una propiedad de magos. Draco se levantó del suelo, donde había aterrizado de rodillas, y empezó a ponerse bien el abrigo. Hermione había caído de culo, y ahora trataba de levantarse, lo que le resultaba muy complicado con las incómodas botas que le llegaban hasta la rodilla y la túnica tan ajustada. Especuló con solicitar la ayuda de Malfoy, pero se lo pensó mejor, y apoyándose con ambas manos en el suelo, y tras algunos movimientos un poco grotescos, logró ponerse de pie.

Se acercó a su acompañante y le preguntó:

- ¿Dónde estamos?

- Sé lo mismo que tú – le contestó Draco mientras dejaba vagar la vista por la pieza - Supongo que será algún local clandestino o el cuartel general de algún jefecillo de los bajos fondos. Aunque no creo que estemos en el Callejón Knockturn.

- No. Por lo que pude entrever mientras viajábamos con el traslador, hemos salido definitivamente de Londres – apuntó Hermione.

Draco asintió con la cabeza y se acercó a una de las puertas. Trató de abrirla girando el pomo, y al no obtener ningún resultado lo intentó con un hechizo, pero tuvo el mismo poco éxito. Se volvió hacia otra puerta mientras Hermione seguía su ejemplo con la última que quedaba. Antes de que le diera tiempo de posar la mano sobre el pomo, la puerta se abrió y se encontró cara a cara con un mago. Era un tipo maduro, de unos cincuenta años. Alto, barbudo, y con la nariz y los labios demasiado gruesos. Además apestaba a alcohol. El mago entró en la pieza cerrando la puerta tras de sí, y los estudió un momento de arriba abajo. Con hostilidad se dirigió a ellos:

- Ted dijo que erais una parejita de rubios querubines – clavando una mirada amenazadora sobre el cabello de Draco añadió – a lo mejor no sois quienes creemos.

- O a lo mejor Ted estaba demasiado ocupado chequeando a mi bruja que ni se fijo en mí – soltó Draco sin dejarse intimidar.

El barbudo examinó entonces a Hermione con interés, lo que causó que la pobre empezara a sentir taquicardias, y que le subieran por el esófago los huevos revueltos que había cenado hacia ya unas cuantas horas. "¡Ahora no!", pensó.

- Seguramente tengas razón – dijo el mago socarrón, mientras seguía contemplando a Hermione – El Maestro está ahora ocupado, tendréis que esperar un poco para que os reciba. Mientras, entrar y poneros cómodos. Os buscaré cuando sea el momento.

El mago se dirigió hacia la primera puerta que Draco había intentado abrir y apoyando la varita sobre la madera murmuró un conjuro y la empujó. La mantuvo abierta para que pasaran. Draco tiró del brazo de Hermione y ambos la cruzaron.

Aquello era definitivamente un local clandestino. Tenía el aspecto de una taberna improvisada. Había una sencilla barra al fondo con taburetes y por el resto de la pieza se dispersaban diferentes mesas y sillas que parecían haber sido recolectadas en infinidad de rastrillos y desvanes. Aparte de unas cuantas antorchas repartidas por las paredes, la sala no tenía mucha más decoración. A la derecha se estrechaba formando una especie de zona reservada que poseía mejor "mobiliario", y contra una de las paredes alguien había colgado una diana con una foto mágica del Ministro Shacklebolt, al que un grupo de magos lanzaba dardos encantados por turnos. No se podía negar que el local era un éxito. Estaba más concurrido que Las Tres Escobas en día de visita a Hogsmeade durante el año escolar en Hogwarts. Y también era aún más ruidoso.

Pero lo que más llamaba la atención eran los parroquianos que poblaban esa noche el local. Magos y brujas de todas las edades, estatus social o aspecto. Los había alegres, borrachos, ruidosos; incluso reservados y taciturnos. Algunos se destacaban por su aire misterioso, otros más siniestro o malévolo; y también se veían actitudes claramente violentas o viciosas que intrigaban a Hermione. Dentro de ese caos parecían cohabitar dos especies de magos muy dispares, los que en parejas o en grupos se comportaban como se suponía tenía uno que comportarse en una taberna ilegal a esas horas de la noche, y los solitarios, que apenas se hacían recalcar, y que observaban silenciosamente la multitud a su alrededor. Lo que más le sorprendió a Hermione fue ver con que poca pericia en general habían usado encantamientos modificadores de la apariencia. Algunos magos tan sólo se habían limitado a agrandarse la nariz o cualquier otra parte del rostro con un simple engorgio, lo que les daba un aspecto ridículo, aunque ciertamente lograban esconder su identidad. Otros parecía que habían sido más sutiles y se habían tomado la transformación más en serio, aunque con resultados igualmente ridículos, porque en el rápido vistazo que echó a la sala pudo descubrir con gran sorpresa a al menos tres clones de Harry Potter: uno con el cabello más largo y que parecía tener unos 40 años, otro más grueso y sonriente, y un tercero que era más una mezcla de su amigo y de Boris Karloff.

Draco le tiró del brazo para atraer su atención y le susurró al oído:

- Granger, vamos a la barra a pedir algo, y luego buscaremos a alguien dispuesto a soltarse la lengua con nosotros.

- No tenemos porque hablar con nadie – le contestó Hermione en el mismo tono - Ya van a llevarnos a ver al tal Maestro.

- Un poco de información extra no nos va a matar – apuntó Draco, y tirándola de nuevo de la túnica añadió - Y te repito que me dejes hablar a mí.

Se hicieron paso hasta la barra entre la ruidosa muchedumbre, Draco guiando a Hermione con seguridad y ésta observando con nerviosismo a todos lados. Al llegar a su destino, el joven mago se hizo un sitio y llamando la atención de la camarera-bruja-vampiresa que con orgullo se paseaba prácticamente en ropa interior, pidió un par de cervezas de mantequilla, lo que extrañó a Hermione.

- ¿No firewhisky? – inquirió con sarcasmo.

Draco decidió ignorar el tonillo de su pregunta.

- Me parece que dadas las circunstancias, y que no sabemos cuanto tiempo vamos a tener que esperar aquí hasta ser convocados, tratar de mantenernos sobrios es casi una imposición.

Con una sonrisa sincera Hermione asintió:

- No puedo estar más de acuerdo contigo. ¿Nos sentamos?

Draco echó un rápido vistazo por la sala y agarrando las dos jarras de cerveza le indicó con la cabeza una mesa con cuatro pequeños taburetes que ocupaba un mago gordo con los mofletes hinchados y sonrojados, posiblemente consecuencia de la combinación del hechizo engorgio y de las cantidades de alcohol que debía haber ingerido. El mago parecía necesitar apoyar la espalda contra la pared para mantenerse erguido, y disfrutaba distraído de una copa de firewhisky.

Los dos jóvenes se sentaron junto a él. Draco a la derecha del mago y Hermione enfrente. El slytherin inclinó la cabeza a modo de saludo y depositó las cervezas sobre la mesa. Tan cerca, Hermione pudo observarle mejor. Ya no le parecía tan borracho, es más, era claramente una pose, porque la mirada que dirigía a Draco era muy calculadora, y la que le dirigía a ella… la estaba mirando de una forma que sabía iba a empezar a hacer que sintiera nauseas. Así que alejó su taburete ligeramente de la mesa y se pegó más a Draco, utilizándole como mampara. Draco observó por el rabillo del ojo las maniobras de Hermione y no supo como interpretarlas. ¿Por qué se acercaba tanto a él? ¿Tendría miedo del mofletudo? Obligándose a centrarse en su misión, le comentó al mago con confianza y mientras erraba la vista por la sala:

- No me gusta. Esto está demasiado concurrido esta noche. No hay manera de localizar a los asiduos.

- Ni que lo digas – le confirmó el mago mirando a su vez por la sala - No se puede dejar entrar a todo el mundo.

Malfoy y el mago empezaron a mantener un extraño diálogo que a Hermione se le antojó en clave. Parecía que ambos supieran más de lo que se decían el uno al otro, aunque en realidad no estaban diciéndose nada. Además, como hablaban casi en murmullos, y el ruido del local era infernal, le resultaba muy difícil seguir el hilo de la conversación. Terminó por acercarse más a Malfoy. Ahora tenía prácticamente la mitad del cuerpo contra el costado izquierdo del joven slytherin, y aún así seguía sin entender bien de lo que hablaban.

- …sé lo que quieres decir – comentaba Draco en tono confidencial - hace poco ayudé en un trabajito muy curioso, tuvimos que hacernos con una cantidad enorme de cierta mercancía, y nos costó la misma vida que los aurores no metieran las narices…

Draco estaba empezando a sentirse muy incómodo con la presencia de Hermione tan cercana. No sabía a lo que estaba jugando la bruja. Cuando le había dicho que tenían que actuar como una parejita no quería decir que tenía que estar sobándole y frotándose contra su cuerpo de esa manera. Prácticamente la tenía en su regazo, sólo faltaba que le pasara la pierna por encima e iban a darle al seboso mago el espectáculo de su vida. Además, vale que la bruja no pudiera saberlo, pero hacía mucho tiempo desde que había sentido con tanta precisión la abundancia de unos juveniles pechos femeninos contra su cuerpo, y la bruja no paraba de restregárselos contra el brazo. Con consternación descubrió que además no podía controlar cierta parte de su anatomía, a la que no parecía importarle que se tratara de una sangresucia. Así no se podía concentrar en sonsacarle información al mago ni nada. Tenía que hacer algo y rápido. En tono desenfadado, y mientras le acariciaba la melena, le dijo a Granger:

- Anda princesa, ¿Por qué no te das una vueltecita hasta la barra y me traes otra jarra? Tómate tu tiempo.

Hermione le miró indignada dispuesta a soltarle una fresca, pero vio que, aunque el tono empleado por Draco era de desinterés, le clavaba los ojos con intensidad y parecía que tratara de decirle algo con la mirada. El problema es que no habían perfeccionado ningún tipo de paralenguaje para utilizar en este tipo de situaciones, así que no sabía si quería que se fuera porque así el mago iba a ser más hablador, o porque quería que Hermione tratara de conseguir información por otro lado. En cualquier caso, si esperaba que fuera a obedecer su orden al pie de la letra y asumir las funciones de su camarera particular, iba listo.

De todas formas no se estaba enterando de nada de la conversación. Hermione con una falsa sonrisa le acarició el brazo mientras se ponía de pie y le decía con voz melosa:

- Claro. No me eches mucho de menos.

Abandonando a Draco se dirigió hacia la barra. Allí esperó que la bruja-vampiresa-semidesnuda advirtiera su presencia y le sirviera otra cerveza. Con interés se puso a mirar a su alrededor. Luego iba a tener unas palabritas con Malfoy. A ver quién se creía que era. El caso de los gusamocos era oficialmente suyo, así que si quería que siguiera compartiéndolo con él, iba a tener que aprender que la que daba las órdenes y decidía cómo tenían que actuar era ella. Además, podía ser tan buena como Malfoy en sacar información. El problema era que, debido a su reacción hacia el género masculino, no se atrevía a acercarse a ningún mago, por miedo a que la cercanía provocara que le vomitara encima. Siguiendo esa línea de pensamiento decidió que las poco recomendables brujas del local podían ser una fuente de información tan valiosa como sus equivalentes masculinos. Miró a su alrededor y se fijo en que apoyándose sobre la barra no lejos de ella, una bruja morena observaba también la concurrencia. La bruja parecía de mediana edad, aunque muy bien conservada. Llevaba una túnica demasiado estrecha y escotada, con lo que sus atributos quedaban muy señalados. "¡Otra que había echado mano del popular engorgio!", pensó Hermione, aunque más que para esconder su identidad, ésta lo había utilizado para amplificar su pechera. Acercándose a la bruja la saludó con una sonrisa:

- Hola

La bruja la miró un momento y sin contestarla siguió observando la taberna. Hermione se apoyó en la barra junto a ella y decidió copiarle las líneas a Malfoy.

- Está muy concurrido el local esta noche ¿no?

La morena volvió a mirarla y esta vez, con un poco más de interés, la estudió durante unos segundos. Luego volvió el cuerpo hacia Hermione y le dijo seductora:

- No suelo hacer brujas, pero depende de lo que estés dispuesta a pagar podríamos llegar a un acuerdo.

A Hermione le empezó a dar un ataque de pánico. Entendiendo lo que la bruja implicada, la miró con estupor.

- ¡NO!, no, no. No estoy interesada en… eso – Hermione era incapaz de mirarla a los ojos - Solo quería charlar un rato y ver si podías ayudarme…

- No necesitas mi ayuda, novata – la interrumpió la bruja sonriendo enigmáticamente - ¿Ves al mago moreno de las gafitas y la túnica marrón que está sentado allí? – la bruja señaló con el dedo por detrás de Hermione – No ha dejado de mirarte desde que entraste. Hay tienes un cliente fácil.

Hermione miró hacia el mago que le señalaba la bruja y descubrió a un cuarto Harry Potter. Éste si que estaba bien conseguido, cualquiera diría su amigo, y era cierto que la estaba mirando fijamente, con demasiada intensidad. Hermione nerviosa decidió que ya le había dado a Malfoy tiempo suficiente.

En su camino entre las concurridas mesas y los estridentes grupos de magos, Hermione creyó ver a Gregory Goyle en la parte "reservada" del local. Estaba sentado en una silla con una bruja en su regazo, y bebía directamente de una botella que parecía ser un caro Whisky envejecido de Ogden. Mejor no le decía nada a Malfoy de que sus compinches ex–mortífago andaban por allí. Era capaz de dejarla tirada, estaba segura. Si no lo había hecho ya, porque no lo veía por ningún sitio.

Al final lo encontró en otra esquina de la taberna, hablando de pie y gesticulando mucho junto a otros dos magos encapuchados. No podía verles bien, porque los tres tenían las cabezas muy juntas. Desde luego Malfoy parecía encontrarse como pez en el agua entre esta gentuza, como si hubiera nacido para ello. Aunque pensándolo bien, literalmente había nacido para ello. Lucius Malfoy debía haberle enseñado tretas y maquinaciones desde el momento en que fue capaz de vocalizar sus primeras palabras. Pero en ese momento a Hermione sus dotes maquiavélicas le resultaban muy beneficiosas, así que tampoco se iba a quejar. Mejor no interrumpir, ya se enteraría después de lo que había descubierto.

Sin saber que hacer se dio otra vueltecita por la concurrida y alborotada taberna. Pensó en ir al cuarto de baño, para perder el tiempo y porque tanta cerveza de mantequilla había terminado por llenarle la vejiga, pero visto el local… pensándoselo mejor decidió seguir dando vueltas. Cuando estaba con el tercer paseo alguien le puso una mano sobre el hombro.

- Busca a tu romeo, rubia. El Maestro os puede recibir ahora.

Hermione asintió y fue en busca de Malfoy, con el mago barbudo pegado a sus talones. Draco los vio acercarse, y tras decirle algo a los otros dos magos, se separó de ellos. Luego los tres cruzaron la concurrida taberna hasta la puerta. El mago barbudo caminaba delante haciéndose sitio, y Draco y Hermione detrás. La bruja aprovechó el alboroto para susurrarle:

- ¿Has averiguado algo?

- Sí, bastante. Luego. – le contestó Draco entre murmullos.

- Entonces no necesitamos ver al tal Maestro. Nos podemos ir ya - agregó Hermione esperanzada. Estaba empezando a hartarse de estar en ese local como mero "accesorio" del slytherin. Era tardísimo, y necesitaba urgentemente visitar el cuarto de baño. Además, el plan de Malfoy le daba mucha aprensión. No sólo tendrían que actuar como una parejita, sino fingir que estaba embarazada y que quería abortar.

- No Granger. Ahora tenemos que verlo y seguir con la charada – reiteró Draco impaciente. Sintiendo el malestar de la bruja lo confundió con miedo. No era buena señal, ahora venía la prueba de fuego y si querían obtener resultados tendrían que actuar convincentes, no podían permitirse el mínimo error. Así que le habló con seguridad para inculcarle confianza – No te preocupes. Solo tenemos que fingir un ratito, le compramos la poción y nos largamos. No va a pasar nada.

Una vez en el rellano, el barbudo les hizo salir a la calle. Definitivamente no estaban en el Callejón Knockturn. Aunque era noche cerrada, por lo que podía entrever, Draco pensaba que se trataba de algún pintoresco pueblo de provincias. No reconocía la calle, aunque el tipo de casas le resultaba familiar. Podía tratarse de una población mágica, pero ¿cuál?.

A pesar de la inicial resistencia de Hermione, el mago barbudo les obligó a taparse los ojos con un conjuro de caecitas, y sólo cuando verificó que efectivamente no podían ver nada les condujo con dificultad por lo que debían ser las sinuosas callejas del pueblo, y además había empezado a llover. A los quince minutos el mago les ordenó detenerse y les introdujo en lo que debía ser una casa. Hasta que no estuvieron dentro no les retiró el conjuro.

Se encontraron en una especie de recepción de hotel; con un mostrador, un mueble contra la pared lleno de casilleros de madera cerrados y unas escaleras de caracol que debían conducir a la planta superior. Sentada tras el mostrador había una bruja de mediana edad, con el pelo recogido en un moño y actitud aburrida. El barbudo se quitó la capa mojada y la colgó de un extenso perchero que ya contenía unos cuantos abrigos. Con un movimiento de cabeza animó a Draco y a Hermione a hacer lo mismo. La mujer tras el mostrador saludó entonces al barbudo y tras intercambiar con él unas palabras se dirigió a ellos mientras les señalaba a su derecha:

- Buenas noches. Dejen sus varitas en la cesta.

- ¿Qué? – exclamó Hermione indignada - ¡No pienso separarme de mi varita!.

- Son las normas si quieren ver al Maestro – le contestó la bruja con monotonía, sin mostrar ningún síntoma de que pensara que las palabras de Hermione estuvieran fuera de tono. Debía encontrar el mismo tipo de resistencia con todos los clientes.

- Anda, cariño… - la animó Draco agarrándola del brazo.

- ¿Por qué tendría que separarme de mi varita? ¿Qué garantías tengo de que no nos van a hacer nada? ¿O de que no las van a dañar? – inquirió Hermione molesta sosteniéndole la mirada.

- Mira bonita. ¿Quieres o no quieres deshacerte de tu problemilla? Porque si tienes dudas, ya puedes volverte por donde has venido – soltó el mago barbudo - El Maestro es un hombre ocupado, y nos estáis haciendo perder el tiempo.

Draco exasperado sacó la varita del bolsillo de su abrigo y la metió en la cesta. Apretando con fuerza el brazo de Hermione inclinó la cabeza y le susurró enojado al odio.

- Granger, saca la varita y deja de ponerte difícil.

- Malfoy ¿te estás dando cuenta de que nos quieren indefensos? – le susurró ella a su vez.

- Sí. Y vas a hacer lo que te digo y dejar la varita en la maldita cesta – furioso añadió entre dientes - Y deja de llamarme Malfoy.

- Pues tú deja de llamarme Granger – le susurró la bruja igual de molesta.

Sabiendo que se iba a arrepentir, sacó la varita del bolsillo y la metió en la cesta a la derecha del mostrador. En ella había media docena de varitas más. "Genial", pensó, aquello se ponía cada vez mejor, ahora alguien se confundiría y se llevaría al salir su varita por error.

La bruja tras el mostrador les indicó entonces una puerta y ambos pasaron. El mago barbudo no les acompañó.

Entraron en una sala grande, que por su superficie debía ocupar toda la planta baja de la casa. Recordaba el despacho de algún profesor de Hogwarts o de un medimago. En las paredes se repartían sombrías estanterías llenas de libros y manuscritos, así como armarios con puertas de cristal en los que se alineaban todo tipo de polvorientos frascos y recipientes. El conjunto lo completaba alguna que otra criatura disecada expuesta en vitrinas entre los estantes de libros. En el centro se situaba una mesa de estudio de caoba, ante la que había dos grandes sillones de cuero color granate. El despacho poseía una iluminación extraña, como si estuvieran dentro de una fotografía y que el tiempo se hubiera detenido.

Tras la mesa se encontraba un anciano mago pequeñito, con entradas tan pronunciadas que le dejaban a la vista toda la coronilla. Poseía un semblante pálido y demacrado, cuyos huesudos rasgos estaban muy marcados, además de unos ojos hundidos y oscuros que les miraban con malicia. Nada más verlos entrar, el siniestro mago se puso de pie para recibirlos, y les indicó con la mano que avanzaran hasta los sillones.

- ¡Ah! Mi joven pareja. Siéntense, siéntense – les dijo con un estridente y frío tono voz - Y pónganse cómodos, por favor ¿Quieren algo de beber?

- No gracias – le contestó Draco mientras apartaba uno de los sillones granate y ayudaba a Hermione a sentarse - Si le soy sincero lo que queremos es acabar con esta situación lo antes posible.

-Sí, sí. Por supuesto – mirando a Hermione con una sonrisa que pretendía ser compasiva, añadió – No es mi intención ser indiscreto, pero para poder ayudarle, mi joven amiga, hay una serie de preguntas que va a tener que contestarme.

- Intentaré responder lo mejor que pueda – dijo Hermione con aprensión.

- Pero primero – continuó dirigiéndose a Draco - no quiero hacerles perder el tiempo, y aunque repito que mi intención es ayudarles, deben saber que resolver este tipo de problemas supone un desembolso importante. No estamos hablando de una poción corriente, ni fácil de elaborar… Desgraciadamente nuestra sociedad es muy severa con la juventud. Parecen olvidar que alguna vez todos hemos sido jóvenes e impulsivos, y aunque en principio entienda la política conservadora del Ministerio… hay que tener en cuenta que el porcentaje de niños mágicos que nacen en los últimos tiempos es inquietante… - dirigiéndoles una siniestra sonrisa exclamó - Pero basta de todo esto. A ver ¿puede decirme su edad?

Antes de que Hermione pudiera contestar, Draco se adelantó.

- Podríamos, pero no veo en que pueda ayudarle con la pocioncita. Entenderá que queramos conservar nuestro anonimato, con lo que no vamos a entrar en detalles personales.

- Sí, sí. Muy juicioso – le cortó el "Maestro" - Pero la edad de la señorita, entre otras cosas, me va a ayudar a elegir la poción más adecuada en su caso, así como su precio.

- En cuanto al precio… - Draco se inclinó levemente sobre la mesa erigiendo su figura con desdén sobre el menudo mago - soy plenamente consciente del valor de la poción que va usted a proporcionarnos, así como de su precio real en el "mercado".

Hermione no entendía el juego de Malfoy, no veía el interés de entablar un duelo dialéctico con el mago si lo que querían era terminar ya con la farsa e irse cada uno a su casa a dormir. Así que decidió abreviar la entrevista y colaborar.

- Tengo 24 años.

- Perfecto, perfecto – el mago, sonriéndola de nuevo, de un modo que provocó que un escalofrío le recorriera la espalda, apuntó la respuesta en un pergamino- ¿es la primera vez que se ha encontrado en esta situación?

- Esto… sí, sí.- dijo Hermione nerviosa.

- Esperemos que también sea la última vez. Indeseada, quiero decir – aclaró el mago en lo que Hermione dedujo un intento de tranquilizarla - ¿De cuanto tiempo está?

- No lo sé con seguridad ¿de un mes? – contestó dubitativa mirando a Draco. Si todas las preguntas iban a girar entorno a su supuesto "embarazo" no sabía como iban a poder mantener la farsa.

- No se preocupe – la tranquilizó el Maestro - por su figura deduzco que debe andar aún en el primer trimestre.

Como respuesta Hermione le dedicó una tímida sonrisa.

- ¿Sufre efectos secundarios con algún tipo de poción o ingrediente? – inquirió el Maestro.

- Nunca he tenido ninguno hasta el momento – contestó la bruja tras pensárselo unos instantes.

- Entiendo que no suele utilizar pociones anticonceptivas.

- No – negó Hermione ruborizándose.

Aquello no tenía sentido. Hermione se dio cuenta con horror que estaba contestando con sinceridad, como si estuviera de verdad en la consulta de un ginecólogo ¿Qué más daba lo que dijera? Estaba cada vez más inquieta y convencida de que no debían haber venido a esa casa. Además, cuanto más tiempo permanecía en compañía del extraño hombrecito, más confirmaba su impresión inicial. De su presencia, su tono de voz, su actitud, de la atmósfera del despacho, se desprendía la misma tenebrosidad que de Voldemort o de alguno de sus mortífagos. El Maestro era pura maldad.

- ¿Suele tomar pociones para dormir o calmantes? – continuó preguntándole.

- Pues alguna vez he tomado, sí – contestó Hermione.

El mago elevó la cabeza del pergamino donde escribía las respuestas y mirándola con claro interés inquirió:

– ¡Ah! ¿Con que asiduidad?

- Pues no sé, algunas veces, cuando he estado preocupada por algún problema en el trabajo… - contestó Hermione nerviosa.

- ¿De verdad que todo esto es necesario? – intercedió Draco.

- Pues podría serlo, caballero, podría serlo – Contestó el mago reclinándose en su sillón - Ciertos elementos de la poción que voy a proporcionarles pueden provocar reacciones indeseables si se administra en brujas que ingieren de forma regular un cierto tipo de pociones para dormir o calmantes…

- Qué tontería. Esas pociones son inofensivas. Y sus ingredientes. ¿No será más bien que va a intentar colarnos algún brebaje que ni sabe como actúa?

El mago clavó sus cadavéricos ojos en Draco y con frialdad le dijo:

- Le aseguro que mis pociones están elaboradas con el mayor cuidado, y le sorprendería saber la cantidad que he preparado durante las más de cuatro décadas que llevo suministrándolas a muchas de las brujas que, como la señorita, han buscado mi ayuda. Y sepa que en todos estos años nunca he recibido ninguna queja, sino más bien agradecimientos – el mago continuó ahora alterado y con voz chillona – ¡Soy un respetado Maestro de Pociones, caballero, y sólo vendería pociones elaboradas por mí y con los más cuidados ingredientes!

- Con la asiduidad con la que asegura venderlas, me gustaría saber cómo es capaz de conseguirse ciertos ingredientes en cantidad suficiente sin que le pille el Ministerio – replicó Draco.

- ¿No estará usted insinuando que descuido mi trabajo? – preguntó el Maestro ofendido medio gritando - Sepa que como cualquier buen Maestro de Pociones, yo mismo cultivo las plantas para asegurarme que obtengo la mejor calidad.

- Pero no puede garantizar el origen de todos los ingredientes – corrigió Draco.

- No, en efecto – añadió sarcástico - No poseo, por ejemplo, un criadero de dragones. Pero por eso me hago proveer en los mejores puntos de Europa. Y como cualquier Maestro cuidadoso con su trabajo, controlo el proceso de adquisición de todos los ingredientes.

- Si se refiere al Mercado del Alquimista… - dejó caer Draco.

El Maestro le miro con cautela, y cuando le contestó lo hizo con menos irritación.

- Veo que el caballero es un conocedor… Es cierto que muchos de mis ingredientes provienen de ese mercado, con lo que supongo sus dudas quedan despejadas – con fiereza afirmó – Señor mío, sé lo que hago con mis pociones.

- Discúlpenos – dijo Hermione, a la que la clara hostilidad entre los dos empezaba a alarmar - pero es que estamos un poco inquietos.

- ¡Oh! No tiene que excusarse, señorita, comprendo su ansiedad – le dijo reconciliador - y debería alegrarse de contar con un caballero que cuida con tanto afán de su bienestar. No todas las brujas en su situación tienen la misma suerte.

El maestro miró el pergamino unos instantes y les volvió a hablar:

- Creo que con estas informaciones es suficiente. Antes de presentarles mis honorarios, voy a explicarles el procedimiento – mirando a Hermione con falso afecto les describió el proceso - Voy a entregarle un pequeño frasco que deberá ingerir de un solo trago. Tiene un sabor muy amargo, lo siento, pero le pasará rápido. Tendrá que permanecer tumbada durante unos minutos, y le recomiendo que se aligere de ropa, verá que los efectos son casi inmediatos…

Mientras le escuchaba, a Hermione todo aquello le parecía una pesadilla. No sabría explicar lo que la cruel frialdad del mago le inspiraba, sólo daba gracias a todo lo sagrado de que aquello no fuera más que una farsa. Quería irse de allí cuanto antes.

- … pero no se preocupe, no va a sentir casi nada. Yo estaré con usted en todo momento y me encargaré de que la expulsión se realice en unos pocos minutos, y de que no quede ninguna huella.

Las palabras del Maestro hicieron saltar las alarmas en las mentes de los dos jóvenes ¿Cómo qué el viejo iba a estar presente? Era imposible. No existía ningún embarazo, y ninguno de los dos estaba preparado para fingir mágicamente un aborto, aunque hubieran contado con sus varitas, que tampoco era el caso ¿Cómo iban a salir de ésta?

Draco fue el primero en reaccionar.

- Preferimos que nos venda la poción y ya nosotros nos encargaremos de seguir sus instrucciones en otro lugar más adecuado.

El Maestro ignoró a Draco y sin dejar de mirar a Hermione con sus penetrantes ojos vacuos continuaba en tono firme:

- En la planta de arriba hay un dormitorio muy confortable, que está preparado para proceder con estos menesteres. No se preocupe por nada, señorita, no hay nada que pueda ir mal. Le hablo por experiencia. En pocos minutos se habrá acabado y no será más que un mal recuerdo. Además, no tendrá que inquietarse por los aspectos más molestos, porque yo me ocuparé de todo, estoy más que acostumbrado…

- Le repito que en cualquier caso preferimos hacerlo en la intimidad – insistió Draco con rudeza - Si lo que no quiere es que salgamos de aquí con su poción, lo entiendo. Pero no va a estar presente. En esa habitación sólo estaremos mi bruja y yo. Me devolverá mi varita y yo mismo me encargaré de asistirla y de que no quede ningún rastro.

El Maestro parecía impacientarse, removiéndose inquieto en su sillón persistió con su idea.

- Entiendo que quieran intimidad, y que mi presencia pueda resultarles incómoda. Pero confíen en mi experiencia. Es una situación emocionalmente muy delicada, es mejor que yo les acompañe – y dirigiéndose a Draco añadió - así usted puede tranquilizarla y asegurar su bienestar, y yo me ocuparé de los aspectos más turbadores.

- Insisto en que es una cuestión privada. Solo necesito que su esbirro me devuelva mi varita… – repitió Draco con autoridad, mientras que se acariciaba el antebrazo de su brazo izquierdo con lo que pretendía ser un inocente tic nervioso - … Estoy seguro que soy emocionalmente más que capaz de soportar el proceso – añadió sonriendo malévolamente al mago.

El Maestro dirigió su mirada hacia el antebrazo de Draco y pareció captar el mensaje, porque cuando volvieron a encontrarse sus ojos, ahora en los del viejo mago había sorpresa y respeto.

- Si me deja quedarme con los restos de la expulsión, la pócima le saldrá un 30% más barata.. – le soltó el mago en tono de súplica.

Hasta ese momento Hermione se había mantenido al margen, Malfoy parecía saber lo que estaba haciendo y estaba convencida de que iba a sacarles del embrollo, pero las últimas palabras del Maestro colocaron las piezas del rompecabezas en su sitio.

- ¿Pero? ¡¿Qué tipo de monstruo es usted? ¡No me lo puedo creer! – indignada se levantó del sillón y acusándole con el dedo le gritó – ¡Todo esto no es más que un montaje para hacerse con fetos humanos!

Draco también se había puesto de pie y trataba de calmar a Hermione agarrándola por los hombros. El Maestro se incorporó del sillón y se acercó a la bruja bordeando la mesa. De pie, el hombrecillo no le llegaba ni a la altura de la nariz.

- Señorita, cálmese – le chilló con frialdad - De todas formas usted ya no lo quiere para nada, esta aquí para librarse de él.

Hermione estaba fuera de sí. Indignada, nauseabunda, escandaliza, sentía como se le humedecían los ojos de pura rabia. Odiaba a ese ser vil y rastrero. Odiaba como nunca lo había hecho en su vida.

- ¡¿Cómo se atreve? ¡Despreciable criatura!, ¡Inhumano y, y…! ¿Para que puede querer…? – Hermione le gritaba y parecía escupirle cada insulto – ¡Abusa de las desgraciadas brujas que tienen la desdicha de caer en sus manos para sacarles el dinero y encima beneficiarse de sus, de sus…! ¡¿A eso es a lo que llama "controlar el proceso" para procurarse los ingredientes de máxima calidad?

El Maestro la miraba impasible sin que ninguna de las palabras de Hermione parecieran afectarle. Draco nervioso, sin dejar de pedirle que se calmara, le tiraba de la túnica, trataba de agarrarle las manos, de hacer que volviera la cara hacia él. Aquello se había ido de madre. La bruja tenía un ataque de histeria. Si no lograba controlarla, la situación podía explotar en cualquier momento.

- … ¡su infame negocio se le acaba hoy mismo! ¿Me oye? No sabe con quién está hablando. Voy a hacer que le caiga todo el Wizangamot encima de un golpe, y me pienso asegurar personalmente de que lo que le quede de vida en Azkaban sea lo más parecido a un infierno…

- Está muy nerviosa – trató de interceder Draco – es mejor no echarle cuenta.

- ¡¿Qué estoy nerviosa? – Hermione miró a Draco con desprecio - ¿Cómo puedes quedarte ahí sin reaccionar, Malfoy?

En ese momento el Maestro sacó su varita, pero Draco fue más rápido. Soltando a Hermione se lanzó contra él haciéndole un placaje con el cuerpo, y le agarró la muñeca para tratar de arrebatarle la varita. El viejo mago chilló y empezó a forcejear con Draco. Hermione cogió un tintero de la mesa y con fuerza le golpeaba la cabeza, el hombro, la espalda, lo que podía, sin importarle si el que recibía los golpes por error era Malfoy. El mago chillaba ahora con más fuerza llamando a voces a sus secuaces, que Draco suponía estarían por alguna parte de la casa. En cuestión de segundos alguien terminaría por aparecer, así que echando un vistazo a la habitación se fijó en una puerta paralela a una de las ventanas, que suponía debía dar al exterior.

- ¡Granger! – gritó - ¡La puerta!

Hermione le entendió y cogiendo la varita que el mago había terminado por tirar al suelo, corrió hacia la puerta y trato de abrirla con un alohamora. Al no ser su varita, el conjuro salió con mayor fuerza de la intencionada, y la varita se le escapó de las manos. Pero el hechizo había sido suficiente para que se abriese la puerta dando acceso a un jardín trasero. Draco le dio un último puñetazo con todas sus fuerzas en el estómago al mago y agarrando a Hermione de la mano los sacó a ambos de la casa.

Cruzaron el jardín de lo que parecía ser un típico cottage de una población rural inglesa. Aún era de noche, y encima continuaba lloviendo, así que no podían ver bien hacia donde se dirigían. Saltando los cercados, Draco les hizo atravesar un par de jardines traseros más, hasta que en el último descubrió un pequeño pasadizo que daba a la parte delantera de la casa. Llegaron así a una de las sinuosas callejuelas. Aún cogidos de la mano, se adentraron por el laberinto de calles echando miradas hacia atrás para verificar que aún no les seguían.

- ¡Malfoy! ¡Espera! – le gritó Hermione soltándole la mano y apoyándose contra una pared – No podemos seguir corriendo sin sentido. No sabemos donde estamos, y tenemos que recuperar las varitas.

- Vamos a seguir corriendo porque ahora mismo deben andar detrás nuestra, y si no tenemos nuestras varitas es por tu culpa – la acusó Draco furioso - No tienes nada más que decir, porque eres tú la que nos ha metido en este lío.

- ¡¿Que yo qué? ¡¿Pero qué pretendías que hiciera? No iba a callarme ante semejante vileza – con todo su despreció añadió - Aunque sé muy bien que no eres capaz de ver la maldad de las acciones de ese sujeto. Qué te puede afectar a ti, Draco Malfoy, ex–mortífago y notorio heredero sangrepura, que ese puerco se esté aprovechando de pobres brujas adolescentes y utilizando fetos humanos para vete tu a saber que…

Con rápidos pasos Draco estaba frente a ella. Le empujó la espalda contra la pared y la mantuvo inmóvil agarrándola por los hombros con firmeza. Acercando su rostro al de la bruja le contesto con furia controlada:

- Granger, no presumas conocerme. No sabes nada de mí. Y me parece que eres tú la que está podrida de prejuicios. Vosotros gryffindor sois todos iguales, con vuestro "coraje" y loables principios. Explícame de que te ha servido tu "valeroso" enfrentamiento verbal con ese enano infeliz – Draco soltó las manos de los hombros de Hermione, pero continuó hablándole con sarcasmo a escasos centímetros de su rostro - Gran maniobra. En su territorio, rodeada de sus secuaces y sin varita. Bravo Granger, nadie pone en duda tu arrojo. La próxima vez, piensa que con haberte tragado tu indignación durante unos minutos, hubiéramos salido de esa casa de los horrores con nuestras varitas, fingiendo tener dudas o no queriendo comprarle la poción, y nada más haber puesto los pies en la calle, podrías haber enviado un patronus a tu querido Potter. En estos momentos toda la banda estaría camino de Azkaban rodeada de aurores. Pero no, ahora no. Si salimos de ésta con vida, cuando puedas contactar a tus colegas del Ministerio, el Maestro y su grupito ya habrán desmantelado el negocio, y os va a costar meses encontrarles de nuevo la pista.

Hermione bajó la vista avergonzada, porque sabía que Draco tenía razón. Volviendo a mirarle a los ojos trató de explicarle que no podía haber actuado de otra manera. Sería el cansancio, el ambiente del despacho, el propio Maestro o el horror de lo que acababan de descubrir. Pero en cualquier otra circunstancia similar, volvería a enfrentarse con el mago como lo había hecho.

- Malfoy, yo…

En ese momento oyeron pasos que se acercaban a la carrera, y el cielo se iluminó con un rayo verde. Draco la volvió a tirar del brazo y continuaron corriendo por las tortuosas callejuelas. No sabían donde estaban, hacia donde iban, ni cuantos les estaban persiguiendo.

- Esto no tiene ningún sentido – advirtió Hermione entre jadeos sin dejar de correr - Vamos a llamar a alguna casa. Estamos en un pueblo mágico, no se ven coches, ni cableado eléctrico. En cuanto expliquemos la situación a algún vecino, nos dejaran avisar a los aurores.

- Creo que estamos en Chipping Clodbury - fue la respuesta de Draco.

- ¿Por qué?

- Porque es la única localidad a parte de Londres con un barrio dedicado en exclusividad a las artes oscuras. Nadie te va a abrir la puerta aquí, Granger.

- ¡Pero algo tenemos que hacer!

Draco no la contestó. Mientras corrían sobre los adoquines de piedra oyeron de nuevo a lo lejos a un mago gritar alguna consigna, y sintieron como a sus espaldas alguien empezaba a lanzar conjuros. Estaban en muy mala situación, así que Hermione miró desesperada de un lado a otro de la callejuela por la que corrían tratando de encontrar un escondite. Sus ojos se fijaron en un muro de piedra entre dos casas, de unos dos metros de altura. Parándose de golpe, le indicó el muro a Draco. Ambos en silencio se dirigieron rápidamente hacia él. Frente al muro, Draco agarró a Hermione por la cintura y la elevó al máximo de sus fuerzas. La bruja logró alcanzar el borde y asirlo con firmeza apoyando sobre él los dos brazos. Trato de levantar la pierna derecha para posarla también sobre el borde del muro, pero no era tan atlética, y la estrecha túnica empapada le impedía maniobrar con facilidad. Entonces sintió que Draco le subía la túnica por encima de las pantorrillas y que con ambas manos la empujaba hacia arriba, apoyándose en el desnudo muslo y en las nalgas. Hermione logró por fin pasar la pierna sobre el borde y mientras se movía tratando de colocarse del otro lado, decidió que dejaría para otro momento el análisis de los toqueteos de Malfoy.

Cuando logró pasar todo el cuerpo al otro lado del muro, se deslizó con un saltito que le hizo caer de rodillas. A los pocos instantes, Draco apareció junto a ella.

- ¿Estás bien? – le preguntó en voz baja

- Sí – contestó - ¿Dónde estamos ahora?

Ambos miraron a su alrededor. No era el interior de un jardín como habían supuesto en un primer momento, sino el final de un callejón sin salida. Los magos que les perseguían parecían continuar del otro lado, pero aún así no era juicioso quedarse tan expuestos, sobre todo si sólo tenían una vía de escape. Sigilosamente avanzaron por la callejuela hasta llegar a la intersección con otra calle principal. Vieron entonces que las fachadas de las dos últimas casas de la callejuela sin salida no eran paralelas, con lo que se formaba una esquina semi oculta desde ambos lados de la calle. Allí fue donde decidieron ocultarse. Los dos muy juntos, agazapados en cuclillas y pegados contra la pared, se pusieron a esperar que llegara el día o que sus perseguidores no les encontraran.

Seguía lloviendo, aunque no con mucha fuerza, y Hermione observó con consternación como el pelo empezaba a rizársele de nuevo, y que parte del color rubio se le estaba destiñendo. Draco lo observó también divertido, y cuando sus miradas se encontraron, Hermione no pudo evitar sonreírle abiertamente con sinceridad. El ambiente entre ellos pareció cambiar. Estaban demasiado cerca el uno del otro, y era inevitable que fueran conscientes de lo inusitado de su proximidad, así cómo de la forma en la que estaban acurrucados.

Draco decidió que era un buen momento para poner al día a Hermione de lo que había descubierto en el local clandestino. No parecía que hubiera habido una importante adquisición de algún tipo de veneno o ingrediente en los últimos años. Los principales rumores giraban en tornos a la aparición masiva en el mercado negro de objetos de artes oscuras o extremadamente valiosos, pertenecientes a conocidas familias sangrepura. Había descubierto además que la mayor parte de las transacciones que les interesaban se realizaban en el denominado "mercado del alquimista". Éste consistía en un exclusivo mercadillo ambulante, que tenía lugar una vez al mes en Inglaterra, cambiando siempre de localización y de fecha. Le explicó a Hermione que no le sería difícil averiguar cual sería la próxima cita, y que entonces podrían ir a investigar. Hermione decidió no preguntarle el porqué pensaba que irían los dos juntos. En esos momentos, escondidos, solos, chorreando, perseguidos por un grupo de magos tenebrosos enviados por un demonio y sin varitas, no iba a ponerse a discutir con Malfoy.

Era imposible calcular cuanto tiempo llevarían agazapados en la esquina, cuando de pronto oyeron unos pasos que se acercaban por la intersección. ¿Se trataría de alguno de sus perseguidores? Quién quiera que fuese no tenía prisa, los pasos se oían firmes, pero desenfadados, y se acercaban a su escondite. Hermione instintivamente se replegó más sobre Draco y éste, sin entender qué desconocido instinto de protección, enterrado hasta el momento en lo más profundo de su subconsciente, se apoderaba de él, rodeó a la bruja con sus brazos. A Hermione no pareció ofenderle el gesto, al contrario, ya que le correspondió agarrándole con fuerza de la túnica y escondiendo la cabeza en el pecho del joven.

Los pasos se hicieron más cercanos. Draco apretó contra sí a Hermione con más fuerza. Los pasos se pararon de pronto a lo que parecía ser una corta distancia. Draco escondió la cabeza en la ya casi recuperada maraña de pelos de Granger. Nunca había entendido la supuesta nobleza de mirar a la muerte de frente cuando te llegara la hora, y vista la actitud de Granger, parecía que algunos gryffindor tampoco. Los pasos avanzaron en su dirección un poco más y la persona a la que pertenecían formuló una pregunta dirigida a ellos:

- ¡Eh! ¿Estáis dormidos?

Draco sorprendido desenterró la cabeza de la pelambrera de la bruja. Reconocería esa voz en cualquier parte del mundo.

- ¡Blaise!

Blaise Zabini observó al extraño mago castaño que parecía conocerle. Así, a primera vista, no estaba seguro haberlo visto en su vida, aunque las circunstancias no eran las mejores para juzgarlo. El mago estaba hecho una piltrafa. Sin abrigo, empapado, aunque hacía horas que había dejado de llover, tirado en una oscura esquina en cuclillas y abrazado a lo que parecía ser una rubia con el pelo todo revuelto. Aunque ahora que la bruja apartaba la cabeza del pecho del mago y le miraba también con incredulidad, comprobaba que la pobre se encontraba en la mismas pésimas condiciones que su pareja. Al encontrarse de nuevo sus ojos con los del extraño mago, Zabini dio un paso hacia atrás con desconcierto.

- ¿¡Draco! ¿Pero que demonios…. – Zabini volvió la mirada hacia Hermione, y el reconocimiento pareció iluminarle el rostro. Con una maliciosa sonrisa digna del gato de Cheshire añadió - … y compañía.


Este capítulo me ha costado la misma vida, y he tenido a mi super beta Aceli haciendo horas extras revisándolo y controlando que la trama no se me pierda. Espero que sea de vuestro agrado... Millones de besos, queridas, por dejarme tan geniales comentarios, me alegran el día.