Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.


Capítulo duodécimo

1 año, 2 meses y 11 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (jueves 25 de marzo de 2004)

- ¿¡Draco! ¿Pero que demonios…. – Zabini volvió la mirada hacia Hermione y el reconocimiento pareció iluminarle el rostro. Con una maliciosa sonrisa digna del gato de Cheshire añadió - … y compañía.


- Esto no es lo que parece – se apresuró a decir Hermione mientras se incorporaba del suelo.

- Cállate Granger – la advirtió Draco levantándose.

- ¿Y qué es lo que se supone me debe parecer? – preguntó Blaise inclinando la cabeza hacia un lado y sin poder apenas contener la carcajada. Draco y Granger. Aquello era demasiado bueno para ser cierto.

- Cállate Zabini – amenazó Draco acercándose – y tú ¿de donde sales?

- ¡Uy!, no, Draco – le contestó el mago divertido - Me parece que no soy yo el que tiene que estar dando explicaciones, yo vivo aquí.

Draco le miró incrédulo.

- ¿Estamos en Exmoor?

Hermione abrió la boca sorprendida y enfadada acusó a Draco.

- ¡Tú dijiste que este pueblo era Chipping Clodbury!.

- Pues me equivoqué – zanjó el mago, y dirigiéndose a su amigo le preguntó con suspicacia -¿A dónde ibas vagabundeando a estas horas?

- … ¿te das cuenta de que nos podíamos haber ahorrado toda la carrera? ¡Podíamos haber pedido la ayuda de cualquier vecino!...- continuaba increpándole la bruja.

Zabini ignoró la pregunta de Draco y mirando entre ambos con fascinación preguntó - ¿Qué es lo que me he perdido, Draco? ¿Desde cuando Granger y tú estáis en tan buenos términos?

- … ¡y durante todo este tiempo estábamos en el condado de Devon!...

- … la flamante heroína hija de muggles – continuaba Zabini con ironía - No sabía yo que frecuentabas compañías tan interesantes…

- Bueno, ya está bien – les paró Draco levantando la voz. Señalando con un dedo a Zabini le dijo – Te he hecho una pregunta. ¿A dónde ibas deambulando por las calles a estas horas?

- Draco – le contestó Zabini con incredulidad – son casi las 7 de la mañana. Voy de camino al puesto de lechuzas para utilizar la red flú hasta San Mungo, como hago todos los días.

Hermione y Draco miraron instintivamente al cielo. No se habían dado cuenta que había empezado a amanecer. La claridad de la mañana se empezaba a imponer por la mayoría de las casas a su alrededor, y aunque las calles estuvieran todavía desiertas, ciertos sonidos provenientes del interior de los hogares indicaban que el pueblo se estaba despertando, y con el día, la amenazadora atmósfera había desaparecido, así como la sensación de peligro.

- ¿Y por qué demonios no lo haces desde tu casa? – le preguntó Draco con suspicacia.

- A mi madre no le gusta tener las chimeneas abiertas a la red flú, ya lo sabes. Y no me mires con esa cara de besugo. No eres tú el que tendría que estar todo desconfiado por encontrarme por las calles de mi pueblo. Mi curiosidad en cambio sí está justificada, afín de cuentas, no todos los días se tropieza uno con su mejor amigo en una situación tan inusitada – levantando una ceja añadió - y en compañía de Granger.

Al oír su nombre, Hermione pareció reaccionar.

- Zabini, tienes que ayudarnos – le dijo presurosa - No tenemos tiempo de explicártelo, pero nos persiguen unos magos que quieren matarnos, y tienen nuestras varitas. Tienes que…

Observando la genuina preocupación del rostro de la bruja, a Zabini se le congeló la sonrisita. Se dio cuenta que quizás había algo más turbio en toda aquella situación.

- ¿Pero en que lío os habéis metido? – les preguntó sorprendido - Creo que prefiero no saber nada…

- Vas a recuperar nuestras varitas – le ordenó Draco.

- Y avisar a los aurores – apostilló Hermione.

- ¡Ah no! – les dijo Zabini negando con la cabeza - Yo no quiero tener nada que ver con los aurores, ni con ninguno de vuestros problemas. Mi vida es suficientemente compleja, muchas gracias, y se puede complicar más como no empiece a la hora mi turno en San Mungo – separándose un poco de ellos empezó a recular - Creo que me voy a ir yendo. Tenemos una conversación pendiente, Draco, estoy deseoso de conocer a que has dedicado tu tiempo últimamente, me parece que va a ser una historia fascinante – mirando con interés una última vez hacia Hermione, sonrió y se dio la vuelta.

Draco se lanzó a por él y trato de detenerlo agarrándole de los brazos. Ambos empezaron a forcejear.

- Ni se te ocurra, Blaise – le dijo entre jadeos - Dame tu varita.

- ¿Perdona? – le contestó Zabini con indignación mientras trataba de quitárselo de encima.

- La necesito para convocar las nuestras – le aclaró Draco con dificultad.

Zabini logró separarse de su amigo con un codazo. Ambos se quedaron frente a frente, mirándose amenazadoramente a los ojos durante unos segundos, en lo que parecía ser una silenciosa discusión. Al final, el moreno suspiró molesto y sacando su varita del bolsillo del abrigo se la ofreció a Draco.

- Me debes una. Y aprovecha para quitarte esos hechizos de encima y limpiarte un poco. Estás ridículo – dirigiendo su mirada hacia Hermione añadió - y Granger también.

- Me conmueve descubrir hasta que punto te preocupa mi apariencia, pero en su caso no te molestes – dijo Draco señalando a la bruja – no lleva ningún hechizo.

Zabini la miró extrañado, mientras Draco apuntaba la varita hacia su cabeza y murmuraba un Finite Incantatem.

- ¿Desde cuando eres rubia? – preguntó a la bruja.

- No soy rubia – le contestó Hermione molesta - he utilizado un método muggle para cambiarme el color de pelo.

- ¡AHHHHH! – oyeron exclamar a Draco.

- ¿Pero que has hecho? – le preguntó Zabini divertido. Draco los miraba con aturdimiento. Su nariz seguía como Hermione se la había transformado, pero su cabello, aunque conservaba el mismo color castaño oscuro, estaba ahora todo erizado con cada pelo apuntando hacia todas direcciones.

- No puedes usar su varita. Déjamela a mí – le dijo Hermione arrebatándosela de las manos.

- Ni se te ocurra apuntarme. Trata de usarla para otro lado, Granger.

Hermione intentó un sencillo Scourgify sobre su túnica, pero el conjuro sólo consiguió mover un poco los pliegues.

- No nos sirve – declaró con frustración, y mirando a Zabini le preguntó - ¿Podías intentarlo tú, por favor? Sólo tienes que concéntrate en una cesta.

- ¿Qué cesta? – preguntó Zabini perplejo.

- Mira – le explicó la joven adoptando su tono de marimandona - la cesta está en un cuarto pequeño, que recuerda al recibidor de una fonda. Hay un mueble que sirve de mostrador, y detrás una estantería de madera con casilleros. A lo largo del muro, justo enfrente, hay colgado un perchero de pared, muy largo, puede contener unos 20 abrigos. La cesta es grande, del tamaño de un paragüero, de mimbre oscurecido, y está justo a la derecha del mostrador. Dentro debe haber media docena de varitas más. ¡Ah! Y hay una escalera, normalita, que sube hacia la planta de arriba ¿lo ves? – Hermione le miraba esperanzada.

- No sé, Granger. Mi imaginación está muy desarrollada, pero suele limitarse a otro tipo de contenidos – le contestó con una sonrisa traviesa.

Ignorando el claro bufido de exasperación de la bruja, Zabini elevó la varita y cerrando los ojos pronunció con firmeza: ¡Accio varita Draco, accio varita Granger! Los tres jóvenes miraron hacia el cielo con expectación, esperando ver aparecer en cualquier momento las varitas dirigiéndose hacia ellos, pero tras unos segundos se dieron cuenta que el conjuro no había funcionado.

- Vamos a dejar de perder el tiempo – dijo Draco dirigiéndose a Hermione - Tenemos que llevarle a la casa del Maestro.

- Malfoy, sólo hemos visto el jardín trasero, y ni eso. Estaba demasiado oscuro y apenas pudimos ver nada durante la huida – negando con la cabeza continuó - Nos tomaría todo el día tratar de encontrar la casa, y tenemos que llegar cuanto antes al Ministerio para denunciarlo.

Draco resopló. Hermione lo ignoró y volviéndose hacia el otro mago les anunció.

- Tengo una idea ¿podrías usar legilimencia en Malfoy? Así puedes ver la habitación donde están nuestras varitas.

Los dos slytherins la miraron como si se hubiera vuelto loca.

- No, no, Granger. Muy mala idea. Mis capacidades de oclumancia son innatas – aclaró con arrogancia - Aunque quisiera, que no es el caso, de forma subconsciente mi mente le bloquearía.

- Bueno, pues hazlo conmigo.

Los dos chicos la miraron incrédulos.

- ¿Me estás invitando a meterme en tu mente, Granger? –le preguntó Blaise con incredulidad.

- No tenemos otra opción – contestó la bruja - Y sólo para que visualices la habitación donde están nuestras varitas. Yo me voy a concentrar con fuerza en ese recuerdo y así no vas a tener que mirar nada más. Porque confío en que no vas a mirar nada más, Zabini – le advirtió Hermione.

- Seguro – le afirmó el slytherin cruzando una maliciosa mirada con Draco.

Blaise se situó delante de la bruja y con cautela elevó las manos hasta su rostro. Hermione sintió las palmas del mago sosteniéndole con firmeza las mejillas, obligándola a mantener la mirada fija en la suya. Sus ojos eran oscuros, grandes, ligeramente almendrados. Había en ellos la misma perspicacia que en la mirada de Malfoy, pero a diferencia de éste, no transmitía frialdad sino frivolidad. El mago la sonrió picarón un momento y luego su rostro se endureció. Entonces lo sintió. Durante unos segundos Hermione soportó la invasión de Zabini bebiendo de sus recuerdos, cómo se detenía en cada detalle de la habitación donde estaban sus varitas, y cómo no se limitaba a ese momento. Con consternación sufrió impotente la agresión a su mente, el robo de sus vivencias sin que pudiera hacer nada para impedirlo.

Draco les observaba incómodo. A Blaise ya tenía que haberle dado tiempo suficiente de aprenderse de memoria hasta las grietas de las paredes del cuarto con la cesta. Había algo deshonesto en todo aquello. Que Zabini estuviera aprovechándose de la ingenuidad de Granger le molestaba por algún extraño motivo, sin contar con que no le apetecía nada que visualizara sus encuentros con la joven bruja, y todo lo relacionado con el caso de los gusamocos.

- Bueno, ya está bien – le dijo dándole un empujón y forzando la ruptura del contacto entre ambos - No tenemos todo el día.

- Merlín, Draco – le soltó Zabini ofendido - ¿Para que me has cortado? Estaba en lo mejor. ¿Quién era el pelirrojo, Granger? Ese no era Weasley.

- ¡No me lo puedo creer! – le chilló Hermione ruborizándose - Eres una serpiente despreciable, Zabini. ¿Cómo has podido aprovecharte de mi confianza y violar mis recuerdos?

- ¡Eh!, ¡eh! – se defendió el mago levantando las manos en gesto defensivo- Que yo no he hecho nada de eso. No es mi culpa si estás permanentemente reviviendo tus encuentros calientes con tu novio.

- ¡Eso es mentira! ¡Lo de Charlie es agua pasada, no has podido verlo si no hubieras estado rastreando en mi mente!

Draco estaba empezando a impacientarse. Con los dos. El tonillo chillón de la bruja discutiendo con el otro mago le estaba provocando dolor de cabeza, y si su amigo le volvía a mirar con esa sonrisilla de entendido, le iba a estampar un puñetazo en la cara. Estaban perdiendo el tiempo, estaba cansado, irritado, tenía sueño y hambre. Ya sólo quería irse a su casa a dormir, y mañana se pasaría por Ollivander para comprarse otra varita. Dejaría a Granger lidiar con el Ministerio y los aurores, afín de cuentas, no le necesitaba para eso, ella era la ciudadana modelo. Y todo aquello de la legilimencia, y el tal Charlie, y lo que Blaise implicaba haber visto en los recuerdos de Granger,… no tenía ningún sentido, pero el conocimiento de que la bruja, a diferencia de él, disfrutaba de una supuesta vida sentimental le resultaba… desconcertante. Cogiendo a cada uno por el brazo, les obligó a callarse.

Blaise intentó de nuevo convocar sus varitas pero sin resultado. Hermione creía que el fracaso se debía a que los secuaces del Maestro las habían sacado de la cesta para tratar de localizarlos cuando salieron a perseguirles. La teoría de Zabini era que durante la sesión de legilimencia no había tenido tiempo suficiente de hacerse una idea clara de la habitación, y tuvo el descaro de insinuar que la bruja debía dejarle entrar en su mente otra vez. Y Draco lo único que quería era irse a su casa.

Cuando los tres llegaron al puesto de lechuzas, la bruja se había calmado un poco. No había conseguido convencer a Draco de que la acompañara al Ministerio para denunciar al Maestro, y Blaise tampoco había tenido mucho más éxito en convencerlo de que fuera con él a San Mungo, a pesar de asegurarle que desde allí podría aparecerle fácilmente a las afueras de la Mansión Malfoy y, intuía Draco, aprovechar la coyuntura para someterle al tercer grado sobre sus idas y venidas con Granger. El joven Malfoy sólo tenía una idea en mente, y era separarse de los otros dos lo antes posible. Antes de utilizar la red flú, Zabini le quitó los encantamientos a Draco y utilizó algunos conjuros para secar y arreglar un poco a los dos aventureros. Luego cada uno se introdujo en la chimenea por turnos; Malfoy para viajar hasta Tallew Inn, una taberna mágica situada en Malmesbury, localidad de Wiltshire a unos 6 Km. de Malfoy Manor; Hermione para llegar al Atrio del Ministerio, y Zabini a San Mungo.


Tras llegar al Ministerio, Hermione se dirigió presurosa al cuarto de baño. Una vez aplacadas sus necesidades, tuvo ocasión de componerse y observarse ante el espejo. La Hermione que se reflejaba era una mala caricatura de sí misma. La mirada perdida, el rostro cansado y traslúcido, las ojeras, acentuadas por el rimel que se le había corrido a causa de la lluvia,… el conjunto le daba aspecto de noctámbula, lo que no estaba muy lejos de la realidad. Pero lo que la hizo torcer la boca en gesto de mortificación fue su cabello. Una maraña de mechones rubios a pegotones y sucios, donde en algunas partes se podía entrever el auténtico tono castaño. Las entradas se le habían empezado a encrespar, aunque no con sus rizos habituales, sino con greñas que recordaban a un estropajo. Lo que más la traumatizaba era pensar que Malfoy la había visto en ese estado. Sacando una gomilla de su bolso procedió a recogerse el pelo en un moño, al menos así la pelambrera llamaría menos la atención.

Al salir de los servicios se dirigió al Cuartel General de los Aurores. Casi como una autómata, Hermione avanzó hacia los ascensores y recorrió los pasillos de la segunda planta.

Mientras deambulaba entre los cubículos en dirección del Jefe de la Oficina, el auror Tristan Quirrell, analizaba con dificultad los incidentes de la noche anterior. Apenas podía concentrarse en sus alrededores, y le costaba energía sobrenatural que la visión no se le nublara. Ya casi había llegado al cubículo de Quirrell cuando alguien le puso una mano sobre el hombro y la llamó.

- ¡Hermione!

- Ah. Hola – contestó la bruja mirando a su interlocutor - Perdona, estaba un poco despistada ¿Qué haces por aquí, Zacharias?

- Potter quiere verme. ¿Te encuentras bien? Pareces agotada.

Zacharias Smith la miraba con preocupación, y algo más, porque a Hermione su cercanía estaba empezando a perturbarla. El mago era un antiguo compañero de Hogwarts, un Hufflepuff de su mismo año. Había tenido contacto con él en sus años escolares por haber compartido algunas clases y sobre todo porque formó parte del Ejercito de Dumbledore, aunque con algunas reticencias al principio. No le caía bien. Era despectivo, rencoroso y se daba unos aires de grandeza que la irritaban, aunque la gran parte de sus prejuicios le venían por Harry. Smith había entrado en la Academia de Aurores al mismo tiempo que su amigo, pero no logró diplomarse porque fue rechazado en el segundo año de entrenamiento. Según Harry, su problema no era la falta de capacidades mágicas, sino la imposibilidad de trabajar en equipo. Los habían emparejado juntos en algunas ocasiones y la aseguraba que la experiencia había sido un infierno, que la actitud y el comportamiento del mago hacían imposible confiar en él, y para el oficio de auror la confianza mutua era esencial. Tras salir de la Academia, entró en Azkaban de carcelero, y al poco de empezar a trabajar presentó su candidatura al puesto de Celador-Jefe responsable del A.A.S.M.O.M.A. (Ala de Alta Seguridad para Magos Oscuros y Mortífagos de Azkaban), función que nadie quería. Hermione pensaba que, más que por las ventajas del cargo (a nadie podía resultarle gratificante ocuparse todo el día de mortífagos encarcelados), el interés para él tenía más que ver con aplacar su ego, ya que sería considerado "jefe".

No había cambiado mucho desde sus años en Hogwarts. El aire de suficiencia estaba más marcado en su expresión, y su aspecto físico era ya el de un hombre, pero por lo demás seguía siendo el mismo chico moreno y plañidero que no tenía otra cosa mejor que hacer que poner en duda permanentemente todo lo que hacía o decía Harry.

La bruja no tenía ningún interés en entablar una conversación en esos momentos, a duras penas se mantenía en pie, y tenía todavía que denunciar al Maestro y la pérdida de su varita, pero el mago no parecía captarlo y la entretuvo durante un rato intercambiando frivolidades. Además, no estaba en condiciones físicas de soportar otro ataque de "fobia masculina", que era lo que el hufflepuff le estaba provocando. Aunque sus nauseas estaban más bien causadas por la fatiga, estaba segura, porque la última vez que había estado en presencia del joven fue durante su visita a Azkaban para investigar el caso de Selwyn, y su proximidad entonces no le indujo ningún "efecto secundario".

Cuando logró librarse de él, pudo por fin reunirse con Quirrell y explicarle todo lo que había pasado. Le llevó toda la mañana, tres tazas de café y un esfuerzo sobrehumano relatar sus vivencias en el bar clandestino y el encuentro con el Maestro. La dificultad residió principalmente en intentar minimizar la participación de Malfoy. El slytherin no se lo había pedido expresamente, pero intuía que no le gustaría nada que el Jefe de los aurores supiera hasta que punto había estado mezclado en la aventura, porque lo primero que haría Quirrell sería convocarlo para tomarle declaración, y sospechaba que Malfoy se la comería viva si se viera obligado a "colaborar" con el Ministerio. No que le fuera a agradecer el esfuerzo por librarle de tal calvario, ni mucho menos.

Cuando terminó la denuncia era ya la hora de comer. La mayoría de los aurores habían abandonado sus cubículos para irse a almorzar, y Hermione recorría la sala, prácticamente vacía, de camino a su despacho, cuando sintió una presencia que le cerraba el paso.

- Hermione. Llevo intentando localizarte toda la mañana.

- ¡Harry! No lo sabía, perdona, he estado muy ocupada y ahora Quirrell…

Harry Potter, de pie frente a ella, y con los brazos cruzados contra el pecho, la miraba hecho una furia.

- Qué has estado muy ocupada ya me lo había imaginado ¿Me puedes explicar que hacías anoche en el bar clandestino de Exmoor?

La joven miró a su amigo boquiabierta. ¿Cómo sabía Harry de sus andanzas la noche anterior? Quirrell no había tenido tiempo material de comentarle todavía nada ¿Habría estado escuchando su conversación? ¿Y porqué estaba tan enfadado?.

- ¿Cómo lo sabes? – le preguntó suspicaz, pero a pesar de la fatiga se le encendió una lucecita de comprensión - ¡eras tú el Harry Potter sentado cerca de la barra!

- Sí, era yo – le confirmó Harry secamente - Pero no me has contestado ¿Qué demonios estabas haciendo tú allí?

Hermione podía ver con claridad que Harry echaba chispas. Y entendía porqué, aunque no compartiera sus motivos. Ella era una bruja muy capaz de cuidarse de si misma, y la actitud protectora de su amigo, aunque en ocasiones la halagara, la mayoría de las veces la sacaba de quicio. Pero ahora no tenía la energía suficiente de ponerse a discutir con él, así que decidió que la mejor estrategia sería adoptar un aire inocente y quitarle hierro al asunto. Sonriéndole bromeó:

- Es increíble la cantidad de Harry Potters que había ¿verdad?, estás de moda.

- Bueno, es lógico – le contestó Harry aún a la defensiva - Mi cara es muy conocida y parece que más de uno encuentra divertido copiar mis rasgos cuando quiere hacerse pasar de incógnito, me hace la tarea más fácil, en realidad. Pero no me cambies de tema ¿Qué hacías tú allí? – escudriñándola añadió - Es por los gusamocos ¿verdad? Me habías prometido que ibas a dejar a Yann y a su equipo llevar la investigación – con exasperación añadió – Son aurores y es su trabajo, Hermione, no el tuyo.

El comentario de Harry la ofendió, y decidió que ya no tenía ganas de evitar la confrontación, así que le contestó con rudeza.

- Yo no te he prometido nada, Harry, y yo hago mi trabajo como buenamente lo considero oportuno. Me tengo que ir, te veré otro día.

Hermione trató de seguir su camino, pero el joven la detuvo.

- ¿Quién era el mago que estaba contigo? ¿Era Yann?

- Eh, no, no. – contestó Hermione confusa.

- Pero era un auror ¿no? No reconocí su camuflaje, pero me resultaba familiar…

A Hermione le entró el pánico. Lo último sería que Harry se enterara de que se había llevado a Malfoy de compinche en sus correrías por los bajos fondos. A pesar de su estado de semi-consciencia, era bien capaz de imaginarse como se lo podría tomar, y prefería evitar la explosión. Además, antes de confiarse a su amigo, ella misma tenía que encontrar el momento de analizar la presencia del joven slytherin en su vida, y los sentimientos contradictorios que le provocaba.

- No exactamente, pero me está ayudando con la investigación de los gusamocos… - contestó reticente.

Por el rostro de Harry pasó una sombra de comprensión, y mirándola con aires de entendido le preguntó bajando la voz.

- Ah. Es un infiltrado ¿no?

Hermione se sentía horrible. No quería mentir a su amigo. Bastante desconcertante ya era que no encontrara el coraje de ser sincera con él y ponerle al día de sus idas y venidas con el rubio, así que decidió cambiar de nuevo de tema.

- Por cierto, me he encontrado con Zacharias Smith, decía que lo habías llamado ¿pasa algo con los mortífagos de Azkaban?

- Puede – le contestó Harry receloso – Aunque no voy a hablar contigo de eso, porque creo que no te interesa.

De nuevo la teoría del rearme de los mortífagos. Hermione prefería mil veces discutir de su "relación" con Malfoy que de imaginarias conspiraciones sobre magos tenebrosos. Pero de verdad que no quería enfadarse con él.

- Harry – le dijo con una sonrisa conciliadora mientras le agarraba cariñosamente del brazo - a mi me interesa todo lo que tenga que ver contigo, no seas así. ¡Ah!, Casi se me olvida. George Weasley me contactó el otro día, me dijo que había pensado que sería una buena idea hacer un regalo común de todos para Molly, para su cumpleaños, creo que una nueva cocina, ya sabes, como Arthur hizo volar la antigua cuando trato de instalar el lavaplatos que había manipulado mágicamente…

Harry giró la cabeza incómodo, y evitando mirarla a los ojos le comentó.

- No creo que,… no voy a ir al cumpleaños de Molly.

- ¿Porqué? ¿Tienes una misión fuera? – preguntó Hermione curiosa. La actitud confusa de su amigo le llamó la atención.

- No, no. Es que dadas las circunstancias… - contestó Harry un poco avergonzado.

- ¿Qué circunstancias? Harry, ¿Qué ha pasado? – preguntó alarmada.

- Verás – le contestó Harry forzado - Ginny y yo hemos decidido, hemos pensado darnos un tiempo. Las cosas no estaban bien últimamente, no por nosotros,… no sé… Bueno y, hemos pensado que si nos separábamos durante un tiempo, pues que podríamos ver las cosas con más perspectiva…

- ¡Harry! Pero ¿qué ha pasado?

- No te preocupes Hermione, todas las parejas tienen altibajos… - la tranquilizó el mago con un amago de sonrisa.

- Pero, ¿separaros? ¿cómo? – Hermione no podía dar crédito - Aún estáis prometidos ¿no?

- Bueno no. Osea sí. Quiero decir que yo sí. – Harry continuó con el balbuceo incoherente - Verás, ella me ha devuelto el anillo, pero no significa nada, es sólo formalmente, porque como nos estamos dando tiempo…

Aquello no tenía ningún sentido. Hermione veía con claridad que lo que Harry le presentaba como "darse un tiempo" era una ruptura grande como una casa.

- ¡Harry! ¡Oh!, ¡Harry! ¿cómo estás? – Hermione se arrojó a los brazos de su amigo.

- Bien, bien – le contestó el joven auror incómodo con el abrazo y dándole unas indecisas palmaditas en la espalda - Bueno, no tan bien, claro, pero entenderás que no voy a ir a La Madrigera al cumpleaños de Molly, aunque sí me gustaría participar en el regalo.

- ¡Oh!, ¡Merlín! ¿Pero cuando ha pasado todo esto? ¿Lo sabe Ronald? ¿Es por lo de la boda, porque no querías fijar una fecha? – le preguntaba Hermione abatida.

- Sí, en parte. No es sólo por eso – Harry se separó del abrazo de la bruja - Yo, Hermione, ahora no me apetece hablar del tema, tengo trabajo y Westfalia Savage me está esperando, y de verdad que no es para tanto, sólo es un tiempo. Nos hemos dado un margen, es todo, para pensar cada uno por nuestro lado y aclararnos las ideas...

- Harry, sabes que estoy aquí para lo que me necesites ¿Por qué no me habías dicho nada antes? Soy tu amiga – le increpó la bruja.

El joven auror parecía tener ganas de terminar la incómoda conversación y Hermione ya no podía ni con su alma. Las cantidades de café que había ingerido durante la mañana habían logrado el objetivo de mantenerla despierta durante su entrevista con Quirrell, pero ya no podía más. Se sentía fatal, le dolía todo el cuerpo, sufría fatiga, hambre, aunque sabía que no podría probar bocado hasta que no descansara un poco, le picaban los ojos y tenía dificultad para andar sin tambalearse. Desde luego no tenía madera de trasnochadora.

- Estoy muerta y tengo que recuperar horas de sueño, pero mañana sin falta nos vemos y hablamos más, ¿te parece?

- Sí, sí. Vale – le aseguró el mago.

Tras despedirse de Harry con otro cariñoso abrazo, recorrió los pasillos de la segunda planta hasta llegar al ala donde se encontraba su despacho. Allí buscó a Beth y le pidió que cancelara todas sus citas del día y que tratara de desplazarlas para el día siguiente, o para principios de la otra semana. También le pidió que diera la orden a la Autoridad de Red Flú para que abrieran la chimenea de su casa. Ya que no tenía varita, le iba a resultar imposible desactivar sus propias protecciones si se presentaba delante de la puerta, así que la red flú era el único medio con el que contaba para poder entrar en su piso, y llegar a su habitación, y a su cama, y envolverse en su edredón calentito… el objetivo más importante para ella en ese momento. Al día siguiente a primera hora tendría que ir a Ollivander a comprarse una varita nueva, recordó con pesar. Ahora no podía ser, el estado en el que se encontraba no era el mejor para elegir, o que la eligiera, la varita más adecuada.

Cuando entró en su despacho vio al menos seis memorándums revoloteando por la pieza. Serían los mensajes de Harry. También le llamó la atención un paquete sobre la mesa. Vagamente recordó que Beth le había comentado que un ave le acababa de traer un paquete, y que había tomado la iniciativa de recibirlo por ella porque el pájaro no había parado de graznar y picotear contra la ventana haciendo un ruido infernal.

A pesar del cansancio, la venció la curiosidad, así que se acercó a la mesa y cogió el paquete. Rasgó el envoltorio con rapidez y lo que descubrió en su interior la dejó patidifusa.

Su varita y un mensaje.

Granger,

Tenemos que hablar. Reúnete conmigo en la casa de mi padrino mañana a las ocho.

DM


Cuando Draco apareció por la chimenea de la taberna Tallew Inn de Malmesbury todavía no se veía ningún parroquiano, y el propietario se encontraba soñoliento barriendo el local. En alguna ocasión había frecuentado el establecimiento con otros slytherins, así que lo conocía y lo saludó cortésmente. Iniciaron una banal conversación en la que Draco tenía el propósito de convencerle de que le prestara un abrigo. El viejo tabernero resultó no estar tan dormido, porque al final del intercambio, Draco había terminado comprándole, por el triple de galones de su valor, una mugrienta capa que algún cliente se había dejado olvidada en el local, lo que causó que se acrecentara el mal humor del rubio.

El día había amanecido sin lluvia, pero muy, muy frío. El camino más corto desde Malmesbury hasta la Mansión Malfoy le obligaba a cruzar campo a través, con la consiguiente incomodidad de verse obligado a atravesar cercados y huertas embarradas, opción poco atractiva, sobretodo teniendo en cuenta que no tenía su varita para hacerle la tarea más sencilla. En esos momentos compadecía a los pobres muggles, cómo alguien podía vivir sin magia le resultaba impensable.

Draco decidió seguir las rutas principales, lo que le llevo casi una hora más. Durante el camino, y a pesar del cansancio, su mente erró inquieta por las vivencias de la noche anterior. En menudo lío les había metido Granger. Menos mal que el Maestro no tenía medio de saber quienes eran, salvo que tratara algún complicado hechizo de localización con sus varitas. Estúpida gryffindor, lo había echado todo a perder con sus arrebatos morales. Aunque él mismo reconocía haberse quedado de piedra tras el encuentro con el Maestro. Imaginarse lo que ese ser vil y despreciable podía estar tramando con fetos humanos le ponía los pelos de gallina, y esperaba que los aurores le echaran el guante pronto. Se acordaba que Millie le había contado como una de las chicas slytherin de su año había tenido que acudir al Maestro, o al algún sujeto equivalente, para solucionar su "problemilla", y le hervía la sangre sólo de imaginarse a la bruja en las manos de semejante individuo.

Pero de verdad que Granger le sacaba de quicio. La bruja era una sabihondilla engreída y prejuiciosa, toda estirada y mojigata… aunque quizás no del todo. Habían pasado muchas horas juntos y la experiencia no había estado mal, salvo en los momentos en los que no podía evitar ser ella misma. Es más, dadas las circunstancias y la mala sangre que había entre ambos, le sorprendía que hubieran logrado compenetrarse. Con desconcierto se dio cuenta que durante la mayor parte de la noche no había pensado en ella como LA Hermione Granger, reina de las sangresucias.

Una sangresucia.

¿Y que era una sangresucia? Draco sabía que físicamente todos los seres humanos eran iguales. En Hogwarts, donde el uso del uniforme era obligatorio, resultaba imposible diferenciar a los magos puros de los impuros, salvo que se conociera el origen de antemano o cuando se hablaba con ellos, entonces se veía claro que cultural y socialmente eran distintos.

Y la magia era la misma. Draco no era idiota, y hacía tiempo que se había dado cuenta que no eran más superiores mágicamente los estudiantes que venían de familias sangrepuras. En el caso de Granger era indiscutible, la bruja estaba mejor dotada con capacidades mágicas que la mayor parte de los magos que conocía, pero no era la única. Curiosamente, los magos más poderosos de los últimos tiempos tenían sangre impura, como su padrino, o Dumbledore, o el propio Señor Tenebroso… ¡hipócrita megalómano!

¿Pero de donde les venía la magia a los hijos de muggles? La magia residía en la sangre, y Draco había visto más que suficiente durante la guerra como para experimentar de primera mano que todos tenían la misma, o al menos lo parecía. Era lógico que los nacidos de familias puras poseyeran magia, la heredaban de generación en generación. Y podía entender que los mestizos la tuvieran también, ya que al menos uno de sus progenitores era efectivamente mágico. Pero nunca se había parado a analizar por qué la sangre de los sangresucias contenía magia. Su tía Bellatrix, cuando era pequeño, le contaba historias sobre como los malvados y sucios muggles entraban por la noche en los hogares de los magos y les quitaban a los niños en las cunas la magia, para procurársela a su propia prole. Pero Draco, ni siquiera a tan tierna edad, se creía las patrañas de su tía. Era imposible que los muggles, siendo tan inferiores, tuvieran la capacidad de "robar" la magia, puesto que no sabían ni que existía.

Su familia le inculcó desde la infancia el desprecio por los sangresucias, y los mestizos, y los traidores de la sangre. Pero era el mismo aborrecimiento que sentían hacia otros miembros de la sociedad mágica, por ser de menor alcurnia, o iletrados, o no compartir sus ideas. En realidad sus padres eran sencillamente unos snobs, y repudiaban a todos aquellos que no estuvieran en su círculo de amistades, estuvieran o no justificados sus motivos.

Y no había que olvidar que con un poco de lógica se llegaba a la conclusión de que ningún mago podía ser realmente "puro". En el caso de la familia de su madre, los Blacks, quizás fuera más cierto, pero en cuanto a los Malfoys… había muchas verdades a medias y pasajes oscuros en la historia de sus ancestros como para creerse a pies juntillas que habían sido "puros" desde los inicios de la humanidad.

Para Draco, el rechazo a los magos de origen muggle tenía más que ver con cuestiones antropológicas. Los muggles no eran como ellos. No sólo por no poseer magia, sino porque su mundo le era totalmente desconocido. En las pocas clases de Estudios Muggles de Hogwarts en las que prestó atención aprendió algunas cosas que le perturbaron. Eran miles de millones, repartidos por todas las esquinas del planeta, y además se procreaban como conejos. No entendía bien muchos de sus esquemas culturales o sociales, y lo poco de su historia que conocía los mostraba como amorales egoístas, violentos y crueles. Tenían costumbres y tradiciones salvajes, o que le resultaban incomprensibles, y utilizaban objetos y aparatos diabólicos que le producían auténtico terror. Y esa especie de obsesión por vivir rodeados de cajas metálicas de todo tipo; para trasladarse de un sitio a otro, incluso por el cielo o bajo tierra, para entretenerse, hablar, divertirse, aprender, cocinar, hasta para beber. Su forma de vida era anti-natural, todo ruido y caos. No comprendía porqué algunos se empecinaban por igualarse a ellos, porqué se les englobaba a todos en una única raza, ¡si eran lo más alejado a la naturaleza humana!.

Y que decir de los principios que regían sus vidas. Desde la total falta de valores familiares (¡por Merlín, tenían madres de alquiler!) al desprecio absoluto por la vida. Se auto infligían mutilaciones, se cebaban de sustancias destructivas a consciencia, se torturan y se mataban entre ellos a millones y por motivos irracionales. Le escandalizaba que algunos calificaran la sociedad mágica de arcaica, y que pensaran que tenía que evolucionar como la de los muggles. No quería tener nada que ver con ellos, no quería que se mezclaran sus culturas, no quería que contaminaran el mundo tal y como lo conocía, y si los hijos de muggles empezaban a ser mayoría en la sociedad mágica… en el fondo tenía sencillamente miedo del cambio que esas masas desconocidas traerían.

Aunque quizás no tenía por qué ser así. Granger parecía haberse adaptado muy bien a vivir entre magos. Había que reconocer que, salvo si se conocía de antemano su origen, su comportamiento y maneras no eran diferentes al de las otras brujas de su círculo. La bruja no parecía muggle, aunque Draco no tuviera muy claro cómo era ser muggle. Pero un poco diferente sí que podía ser, sobre todo cuando se lanzaba a defender alguna de sus campañas utópicas por la liberación de los elfos domésticos y variados, si bien había por ahí más de un mago puro con ocupaciones más excéntricas que las suyas. No, la bruja podría formar parte de cualquier familia sangrepura sin desentonar.

Era una pena que fuera Hermione Granger, y el Draco Malfoy, con todo lo que en ambos casos implicaba, porque si lograba quedarse calladita, no le importaría permitirse alguna que otra "indulgencia" con ella…

¿Por qué no? No sería la primera vez. Draco ya había estado en contacto con otros magos o brujas impuros, incluso se había liado con alguna. Si algo había aprendido cuando todavía era capaz de disfrutar de compañías femeninas era que el cuerpo de todas las brujas, fueran o no de origen puro, se componía de los mismos "elementos". En la cama, una bruja era una bruja. Y tampoco es que tuviera que casarse con ella...

Cuando por fin llegó a la Mansión, tras más de dos horas de marcha, las puertas de hierro que limitaban el perímetro del dominio se abrieron al sentir su presencia. Draco pudo entrar en la propiedad y atravesar los jardines delanteros hasta situarse ante las majestuosas puertas de la casona. Allí chasqueó los dedos para convocar a un elfo, y cuando éste acudió a la llamada, Draco le ordenó que le apareciera en su habitación. La aterrorizada criatura obedeció tras informarle previamente que su padre deseaba verle en su estudio. Pero Draco estaba demasiado cansado como para entablar conversaciones con sus progenitores, así que ordenó al elfo que comunicara a quien pudiera interesar que no estaría disponible para nadie en todo el día. Cuando la criatura desapareció, Draco se desnudó y se fue derecho al cuarto de baño. Una vez allí se preparó un baño caliente, en el que disolvió una botella entera de aceites, y cuando la bañera estuvo preparada a la perfecta temperatura, se sumergió en ella deleitándose en la sensación de bienestar que el vapor y los aceites provocaban en su entumecido cuerpo.

Apenas había cerrado los ojos cuando apareció de nuevo un elfo en el cuarto de baño para comunicarle que su padre requería su presencia inmediata, y que la criatura tenía orden de aparecerle por la fuerza si Draco se negaba a cumplir el mandato.

Draco salió de la bañera con precipitación y se puso con rapidez lo primero que encontró disponible. Su padre era un maniático de las apariencias, y le molestaba sobremanera cuando algún miembro de su familia no se mostraba en perfecto atuendo y compostura. Pero el joven barajó las distintas opciones ante sí, y decidió que prefería la irritación de Lucius Malfoy por presentarse ante él a medio vestir y con aspecto de juerguista que a su ira por hacerle esperar.

Cuando llegó al despacho, golpeó un par de veces en la puerta. No oyó que su padre le diera permiso para entrar, pero afín de cuentas era él quien lo había convocado, así que tirando del pomo abrió con precaución.

Sentado con rigidez en el sillón tras el escritorio, Lucius Malfoy le miraba con una expresión que provocó en Draco el deseo de salir corriendo. No creía haber visto a su progenitor tan furioso en ningún otro momento de su existencia. Bueno, había estado fuera de sí con todo el episodio de Pansy, pero esa vez el arrebato se debió a la sorpresa. Ahora desconocía qué podía haber causado la ira de su progenitor, y lo más inquietante era que el hombre parecía estar en pleno dominio de sus facultades. Impasible y calculador. Aunque la mirada que se clavaba en la suya era de genuina cólera, que se desprendía de cada uno de los poros de su cuerpo.

Con aprensión, Draco entró despacio en el despacho y se volvió a cerrar la puerta con calculada parsimonia. Era absurdo tratar de ganar unos segundos, por mucho que quisiera retrasar lo inevitable, veía con claridad que su padre se estaba conteniendo y que iba a explotar en cualquier momento. Con estudiada lentitud se dirigió hacia la mesa y se quedó parado de pie frente a ella. Lo más desconcertante era desconocer el motivo detrás de la evidente furia, y lo más terrorífico era saber a ciencia cierta que ésta estaba dirigida en su globalidad hacia su persona.

Lucius Malfoy había seguido con la mirada todos sus movimientos. Con un leve gesto de cabeza le indicó que se sentará. Una vez instalado, y sin dejar de clavarle su temible mirada, abrió un cajón de su escritorio y cogió algo con la mano derecha que depositó de un golpe seco sobre la mesa.

Todos los años que Draco había pasado en la Casa Slytherin rodeado de otras "serpientes", el tiempo que tuvo que padecer la presencia permanente del Señor Tenebroso y los mortífagos en su vida, y las lecciones de compostura enseñadas por su madre desde que era niño, fueron lo que le ayudaron en ese momento a no derrumbarse y soltar un grito.

Sobre el escritorio de su padre reposaban ahora dos varitas. Una era de madera de espino, elástica, de unos 25 centímetros. La otra era más grande y rígida, de nogal. Una era la suya, y la otra le resultaba vagamente familiar, indiscutiblemente tenía que ser la de Hermione Granger.

Draco retenía la mirada de su padre tratando de esconder cualquier alteración de su expresión, pero el interior de su cabeza funcionaba a mil por hora. ¿Cómo podía…? En esos momentos le vino a la mente el recuerdo de los últimos instantes en la casa del Maestro y como Granger, excelsa cretina emperatriz de todas las necias, había gritado su nombre. La iba a matar.

Tras unos instantes eternales Lucius Malfoy preguntó con retenido furor.

- ¿No tienes nada que decir?

- Yo… - balbuceó Draco.

- Veo que no. Pues permite que te ayude a recuperar el habla – escupió con ironía el veterano Malfoy - Te voy a contar una historia que estoy seguro te va a resultar muy entretenida. Esta mañana, tu madre y yo, fuimos despertados a una hora indecente por un espécimen de mago obsceno y rastrero que aseguraba estar en posesión de comprometida información sobre las correrías de mi único hijo y "portentoso" heredero – haciendo una pausa continuó elevando la voz - El sujeto en cuestión pretendía sobornarme, A MÍ, Lucius Abraxas Malfoy, con un embuste inverosímil acerca de mi vástago recorriendo los bajos fondos junto a una fulana a la búsqueda desesperada de una pócima abortiva. Espero que a pesar de tu inexcusable estado de embriaguez seas capaz de darte cuenta que el hechizo de vigilancia que los aurores mantienen sobre mi persona es lo único que me ha retenido de lanzarle un Avada Kedavra in situ. Por calumnias semejantes hubiera mantenido a esa rata durante horas bajo el cruciatus. Pero ¡Oh! Sorpresa, el susodicho mago poseía pruebas que corroboraban su historia. Tu varita y la de Bellatrix Lestrange.

Draco dio un brincó en el sillón.

- ¿Qué? ¿La de la Tía Bella?

El rostro del ex-mortífago se encendió de pura indignación, y el tono glacial de su voz descendió 30 grados cuando le espetó:

- ¿Eso es lo único que tienes que decir? Reconozco que yo también estoy intrigado por saber porqué la bruja que frecuentas ha tenido la audacia de recuperar, no oso imaginar de donde, la varita de tu difunta tía.

- No puede ser. ¿Cómo…? – la revelación de la varita de Granger le había hecho olvidar momentáneamente el enojo del mago que tenía enfrente.

Con un golpe sobre la mesa su padre le calló.

- Explícate. Ahora. O te juro hijo mío que tus días de semental se acaban para siempre, aunque sea a costa del futuro de esta familia.

Draco tragó saliva. Granger, Granger, Granger. Tenía que ocurrírsele una explicación convincente para apaciguar a su padre, pero su mente no quería colaborar con él, estaba demasiado entretenida ideando imaginativas y dolorosas formas de acabar con la vida de la estúpida gryffindor. Con un carraspeo empezó su relato.

- Es cierto que la pasada noche, en compañía de una bruja, estuve indagando por un bar clandestino, y que entré en contacto con un maestro de pociones que se denomina a sí mismo El Maestro. Por lo que me cuenta, supongo que sería el mismo que conocieron esta mañana. Pero aunque le hicimos creer que estábamos interesados en adquirir una pócima abortiva, le aseguro que era sólo como tapadera para obtener información…

- Quién era la bruja – le cortó Lucius Malfoy impasible.

- Padre. Mi relación con la bruja en cuestión es meramente circunstancial. No tengo…

- Draco. Contéstame - le advirtió su padre.

- Le repito que su identidad es indiferente – contestó Draco con firmeza - No tiene que preocuparse por…

- Teniendo en cuenta la cifra de galeones que me ha costado recuperar las dos varitas y silenciar a esa escusa de ser humano, exijo que me digas ahora mismo quién era la bruja.

Draco entendía la cólera inicial de su padre. Pero le irritaba que no le dejara explicarse, y que pensara tan pobre de él como para creer que había sido lo suficientemente estúpido como para dejar embarazada con un bastardo a ninguna bruja. El joven era consciente, muy a su pesar, de las obligaciones del apellido Malfoy, y bajo su punto de vista las había aceptado demasiado bien, así que su padre, si no eternamente agradecido, al menos tendría que mostrarle un mínimo de confianza, porque él no iba a estas alturas a poner en peligro el linaje de los Malfoys. Por mucho que Lucius fuera el patriarca de la familia, y a pesar del respeto que le debía como tal, ya no era un niño bajo su patria potestad, era tan hombre como él, y no iba a consentir que le tratara de esa manera. Además, ya que era lo bastante déspota como para impedir que Draco se explicara, se merecía un pequeño susto. Con altivez y firmeza desafió a su padre vocalizando dos palabras.

- Hermione Granger.

Obtuvo el efecto deseado. Al oír el nombre, Lucius dio un instintivo salto y poniéndose en pie se aferró enérgicamente con las dos manos del borde del escritorio. Si antes creía haber visto a su padre furioso, no era nada en comparación a cómo se encontraba en ese momento. La furia contenida se había transformado en un auténtico campo de fuerza que irradiaba de su ser, y Draco temía que en cualquier momento se produjera un caso de magia accidental que acabara con media Mansión. Pero lo más desconcertante era que la sorpresa había provocado que la mascara impasible de su rostro se descompusiera, y lo que se había desvelado tras ella era puro pánico. Su padre no estaba furioso, sino completamente aterrado.

- Padre. Cálmese – Draco se puso a su vez de pie y avanzando las manos para tranquilizarlo le aclaró - Le aseguro que todo tiene una explicación. No he cometido la insensatez de dejar embarazada a una sangresucia, le repito que mi relación con ella es esporádica, y en ningún caso de carácter emotivo. Las razones por las que fingimos anoche ser una pareja y querer deshacernos de un supuesto embarazo indeseado son otras que no vienen al caso. Al igual que madre, creo que la bruja es un buen medio para recuperar nuestra posición en la sociedad, y cuando vino a buscarme suplicándome que la ayudara con uno de sus casos para el Wizengamot, decidí aprovechar la oportunidad de ganar puntos ante el Ministerio. Pero no se preocupe, a pesar de nuestro contacto, no estoy obnubilado por su vida y milagros como parece estarlo madre.

Lucius oía a su hijo pero sin escuchar lo que le decía. No importaba. Nada. Por un momento pensó que todo estaba perdido, y el viejo Nott nunca le había fallado… había sido un necio confiado. No podía dejar ningún cabo suelto. El azar era peligro y había demasiadas variables en juego. Tenían que cubrirse las espaldas.

Cuando Draco terminó con su explicación, Lucius le mandó retirarse ordenándole enviarle la varita a Hermione Granger, y le prohibió terminantemente que explicara a la bruja la circunstancias de cómo había sido recuperada. Ni censuró ni alentó su "asociación" con la joven hija de muggles. Haber adoptado una posición al respecto hubiera levantado sospechas en su hijo, u orientado desfavorablemente sus inclinaciones. A pesar del malentendido, parecía que todo iba por el buen camino, o al menos en parte, así que mejor se mantenía en segundo plano como hasta ahora, vigilando desde las sombras.

Al quedarse sólo, Lucius Malfoy permaneció durante unos momentos sentando en su sillón con la mirada perdida. Tenía mucho en lo que pensar, y decisiones difíciles que tomar. Con apatía, abrió otro de los cajones del escritorio y extrajo una lujosa cajita de metal. El objeto en sí no parecía tener ningún misterio, pero el mago lo retuvo entre sus manos durante un tiempo, contemplándolo pensativo. En la soledad de su despacho, a veces conseguía relajarse lo suficiente como para suavizar la máscara impertérrita de su rostro, y en momentos así las emociones se reflejaban en sus rasgos, como ahora. Abriendo la cajita extrajo lo que parecía ser un antiguo sello finamente labrado con el símbolo de la familia Malfoy. Durante unos minutos lo observó con melancolía y luego lo depositó lentamente encima de la mesa. Levantando la mirada con desaliento sus ojos recorrieron la habitación. Las estanterías repletas de libros y de valiosos objetos curiosos, la imponente y lujosa chimenea, el cuidado mobiliario,… su mirada se detuvo en el retrato de su abuelo Apollon, que era el único que conservaba en la pieza. El anciano mago, ataviado con una elegante túnica de mediados del siglo XIX, dormitaba apoyando pesadamente la cabeza sobre su hombro izquierdo. Lucius se sonrió unos instantes y luego su mirada vagó hacia la ventana. Era casi mediodía, y el día era luminoso, así que podía deleitarse con la vista que se le ofrecía de los cuidados y armoniosos jardines, y al fondo el bosquecillo de abedules, y las caballerizas… Lucius Malfoy de pronto se encorvó en su sillón con un espasmo llevándose la mano derecha al corazón con un gesto impetuoso. La mantuvo allí, presionando con fuerza contra su pecho, mientras una mueca de dolor se le pintaba en el rostro.

Respirando con dificultad avanzó la mano izquierda sobre la mesa y de la esquina del escritorio agarró un pergamino virgen y luego la pluma que descansaba en un historiado tintero del siglo XIV. Con dificultad garabateó una corta misiva, y tras firmarla dobló el pergamino en tres partes y lo cerró estampándolo con el sello de los Malfoys, que no necesitaba lacre, ya que se impregnaba mágicamente cuando era usado por el patriarca de la familia.

Lucius chasqueó débilmente los dedos, y cuando un elfo apareció en la pieza con un "pop", le mostró la carta y le ordenó entre dientes tratando de mantener a raya el dolor:

- Entrega esta misiva inmediatamente a mi abogado, el Sr. Rackharrow, y avisa a mi esposa de que nos vamos a San Mungo. Ahora.


He tardado un montón, no tengo excusa, pero espero que haya merecido la pena. Vamos a hacerle todos la "ola" a mi beta, Aceli, porque se lo merece. Sonoros besos a todos los que comentais y leeis, ¡me hace una ilusión!