Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.


Capítulo decimoquinto

1 año, 2 meses y 8 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (noche del domingo 28 de marzo de 2004)


El sol se había puesto hacía unas cuantas horas cuando Hermione se apareció en el rellano de su apartamento, desactivó las protecciones y entró. Soltó la bolsa de viaje en el suelo junto a la puerta y recogiendo el correo, que las lechuzas habían depositado en la repisa de la ventana habilitada a tal efecto, se dirigió a la cocina para prepararse una taza de té. Al haber estado fuera todo el fin de semana se le habían acumulado algunas ediciones del Profeta y del Quisquilloso, además de haber recibido dos revistas especializadas en hechizos avanzados, un paquete de una librería mágica de Verona, a la que había pedido un libro sobre rituales arcaicos en la época del Emperador Claudio, y un par de cartas personales.

Ninguna era de Draco Malfoy, y eso la inquietó. Antes de irse a Bath con su familia le había mandado una misiva al joven interesándose por la salud de su padre. Era lo menos que podía hacer. Bueno, también podía haberse acercado a San Mungo, o tratar de hablar con él o con Narcisa, pero tras su último encuentro se puede decir que no había tenido agallas de verlo en persona. No sabía en qué términos debía hacerlo.

Con aprensión cogió los ejemplares del Profeta y se puso a ojearlos por encima a toda velocidad. Si algo serio le había pasado al patriarca de la familia, estaba segura que la prensa lo recogería. Pero no encontró ninguna mención. Lucius Malfoy debía estar aún en San Mungo, o en su Mansión ya recuperado de lo que fuera que había padecido, y el mentecato de su hijo no había considerado oportuno informarla. Muy en su línea.

Molesta consigo misma, por no parecer ser capaz de dejar de pensar en el rubio cada cinco segundos, examinó de cerca las dos cartas que habían retenido su atención.

Una de ellas era un grueso sobre que llevaba sus señas escritas en los inconfundibles garabatos de Hagrid. Hermione sabía lo que su antiguo profesor le enviaba. La bruja había logrado convencerle de que escribiera un compendio de criaturas mágicas, ya que no conocía a nadie más dedicado y con mayor experiencia en el cuidado, los hábitos y las costumbres de estos animales, y todo estos conocimientos serían útiles para que la sociedad mágica se diera cuenta porfin de la importancia de comprender y preservar a los seres fantásticos, por eso le había alentado a plasmar su saber en pergamino. Con su ayuda, claro, pues sólo decidir el listado de criaturas de las que iba a escribir le había llevado meses al desorientado mago.

Hermione ya le había corregido el capítulo dedicado a los yetis, y miró con desgana el grueso fajo compuesto por descuidados manuscritos conteniendo lo que serían los intentos de Hagrid por explicar la vida y milagros de los pimplys de agua dulce. Imaginándose todas las horas que le iba a costar descifrar y poner en orden las anárquicas ideas del medio-gigante, soltó un sonoro suspiro de desesperación y decidió abrir la otra carta.

Era de Minerva McGonagall. La Directora de Hogwarts le rogaba que fuera a verla en cuanto pudiera. Parece ser que tenían serios problemas con un estudiante, un tal Edmund Hat de 7º año, y que tras sopesar todas las opciones posibles, tanto ella como el director de su Casa habían decidido expulsarlo. No le daba muchos detalles más, tan sólo que la medida estaba más que justificada, pero que temía la reacción del Consejo de Administración, por eso le pedía su consejo legal.

Aquello era bien serio. Tendría que indagar en los archivos, pero estaba segura que Hagrid había sido el último estudiante expulsado en Hogwarts y, aunque falsa, en su momento la acusación que pesó sobre él había sido muy grave: ser el culpable por negligencia de la muerte de otro estudiante.

Con preocupación, soltó la taza de té en el fregadero y se dispuso a vaciar su bolsa de viaje y a preparar su maletín para el día siguiente. Cenó una ligera sopa de cebolla, tras los excesos gastronómicos del fin de semana no tenía estomago para nada más, y cuando se puso el pijama y se aseó, se acomodó en su sillón preferido ante la chimenea con una de las revistas de hechizos avanzados, dispuesta a leer un rato hasta que le viniera el sueño.

Tras veinte minutos aún no había logrado pasar del primer párrafo. Y eso que el artículo era fascinante, "Misterios del hechizo Snufflifors: ¿Porqué al transformar en roedor miomorfo un libro de menos de 200 páginas siempre resulta una rata parda (rattus norvegicus) y al ser de más de 200 páginas da como resultado una rata negra (rattus rattus)". Estaba inquieta. Su mente no dejaba de divagar y no era capaz de concentrarse. ¿Qué demonios le estaba pasando?

Pues que se había besado con Draco Malfoy.

Peor, era ella la que había iniciado el beso. Y él, y él,… se podía decir que no era ella la única que parecía haber mostrado entusiasmo.

¿Pudiera ser que se hubiera roto la especie de absurda maldición que pesaba sobre ella y que la imposibilitaba a "interactuar" íntimamente con el sexo contrario? Hermione no creía en casualidades. Ni en el azar. Ni en los hechos fortuitos. Todo tenía que tener una explicación, un porqué. Y si ahora no había sufrido de reacciones anómalas con Malfoy debía existir una explicación lógica. Igual que debía existir una de porqué sí las sufría con los otros magos.

La repulsa a la testosterona no había desaparecido del todo. Durante el fin de semana había sentido nauseas y dificultad para respirar cada vez que conversaba con Thomas, el marido de su prima Emily, y era la primera vez que le ocurría en su presencia. ¿Porqué su fobia parecía ser aleatoria? ¿Qué la provocaba? Muchos de los magos que conocía no se la habían producido nunca. Ni Harry, ni Ronald, ni Odo Rabnott, su jefe, ni Amos Diggory, su antiguo jefe, ni la mayoría de los empleados del Ministerio, ni sus amigos gryffindors,… a la excepción de Neville, aunque éste solo se la había provocado un par de veces.

Hasta hacía poco creía que las nauseas eran consecuencia de un rechazo subconsciente a mantener relaciones íntimas, por eso Charlie sólo se las provocó cuando se le arrojó encima cual animal en celo. Y la última vez que lo había visto había sentido una vergüenza terrible, pero no ganas de vomitar. Por lo que su "alergia" no parecía estar ligada a sujetos concretos, si no más bien ser consecuencia de una situación determinada: el riesgo de contacto de naturaleza sexual…

Pero se había besado con Draco Malfoy.

Ya no estaba tan segura de su teoría. No podía tratarse de fobia a mantener relaciones sexuales, no tras su encuentro con Malfoy, porque si el patronus de Narcisa no les hubiera interrumpido... Y estaba demostrado que tampoco a intimar con magos concretos, porque en circunstancias similares había magos que no siempre se las provocaban, como Neville, o Zacharias Smith, o Charlie. Y había sufrido "ataques" de repulsión frente a magos que claramente no podían tener interés en ella, o interés sexual de ningún tipo, como era el caso de uno de los miembros del Wizengamot que rondaba los 90 años, y que cada vez que hablaba con él sentía la bilis subírsele hasta la campanilla…

¿Sería alguna especie de reacción de su cuerpo hacia algún tipo de olor particular? ¿lo causaría cierta segregación hormonal? ¿Una determinada aura? Una idea se le estaba formando en la cabeza.

Hermione era una bruja, un ser mágico, y su magia podía ser la que estuviera siendo afectada por un estimulo externo. Los magos y brujas no tenían total control sobre la misma, de eso daban fe los frecuentes casos de magia accidental durante la infancia. Y no era hasta llegar a Hogwarts que uno no aprendía a canalizarla en mayor medida. La magia era una facultad difícilmente cuantificable o cognoscible, implantada en la propia naturaleza del mago y de la bruja, impregnando su ser. No sólo condicionaba sus cualidades físicas o psicológicas, también las sensoriales. Y aunque en este punto Hermione solía ser un poco escéptica (a pesar de la evidente autenticidad de algunas profecías, aún no lograba aceptar del todo la adivinación), no podía negar que se maravillaba a diario de todo de lo que la magia era capaz. Y de todo lo que ella era capaz, porque no era presuntuoso por su parte afirmar que estaba más dotada mágicamente que la mayoría de los magos y brujas que conocía.

¿Podría ser un tipo de don intuitivo? ¿Podía haber desarrollado una especie de "sexto sentido"? Ummm... Cierto es que la mayoría de las veces le provocaban las reacciones anómalas magos con los que trataba en el ámbito laboral: clientes, testigos, acusados, compañeros del Ministerio,… y sabía que más de uno había tratado de ocultarle información, o de engañarla para conseguir sus propósitos, o que sentía animadversión hacia su persona y deseos de que obtuviera una sentencia adversa…y vale que alguno habría que hubiera intentado seducirla, pero no la mayoría. Parecía haber cierta lógica en pensar que sus nauseas eran más bien una reacción de su subconsciente, una advertencia, al detectar mágicamente las intenciones deshonestas de los magos con los que trataba. Fueran o no de naturaleza sexual… Uy, se estaba adentrando en el mundo del esoterismo, del que no creía una palabra. Pero los hechos estaban ahí.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que se sobresaltó al oír a alguien llamando a la puerta del apartamento. Extrañada dirigió una mirada hacia el reloj de cuco de la salita. Eran las diez y media de la noche ¿quién podría querer verla a esas horas? Con reticencia soltó la revista y levantándose del sillón se dirigió varita en mano hacia la puerta.

- ¿Hermione? ¿Estás en casa?

Era Harry.

Hermione abrió la puerta rápidamente y dejó entrar a su amigo mientras le preguntaba sorprendida.

- ¡Harry! ¿Qué ha pasado?

- ¿Qué? Oh. No, nada. No ha pasado nada – le contestó el joven mago incómodo - Es que estaba en El Caldero Chorreante y me encontré con Luna que me recordó que volvías hoy de la reunión familiar en Bath, así que pensé pasar a ver si habías llegado ya. Para charlar un rato.

- Son las diez y media de la noche – le increpó la joven.

- ¿En serio? No me había dado cuenta que era tan tarde – le contestó el mago avergonzado - ¿estabas durmiendo ya o algo así?

- No, no. Estaba leyendo un rato – Hermione intuía porqué Harry había venido a verla, y sintió una punzada de remordimiento. Menuda amiga era. Sabía que estaba pasando por un mal momento y tenía que haber tratado de verlo antes. Con simpatía le comentó- Siéntate, anda. ¿Quieres algo de beber?

- ¿De verdad que no te importa? En serio que no sabía que era tan tarde – volvió a excusarse Harry mientras se sentaba reticente en el sofá.

- No. No me importa – acomodándose junto a él, la bruja le preguntó con inquietud - ¿Qué es lo que te pasa? ¿Y que hacías a estas horas un domingo por la noche en El Caldero Chorreante? ¿No tienes trabajo mañana?

Harry adoptó una postura rígida y jugueteando con las costuras de su túnica le comentó a su amiga sin mirarla directamente a los ojos:

- Sí, sí, claro que tengo que ir mañana al Ministerio… bueno es que estoy un poco agobiado,… por el trabajo – le aclaró - y había salido un rato a aclararme las ideas…

- ¿Por el trabajo, Harry? – le preguntó Hermione escéptica - Aún no me has contado que es lo que ha pasado con Ginny ¿todavía estáis "dándoos un tiempo"?

La bruja conocía a su amigo muy bien, y sabía de su dificultad a expresar sus sentimientos, en particular si éstos lo volvían vulnerable. Pero al mismo tiempo había aparecido en su casa súbitamente, y su actitud mostraba que necesitaba desahogarse con alguien, aunque no parecía saber por donde empezar. Por más que siguieran considerándose los mejores amigos del mundo, era indiscutible que la relación que ambos tenían no era la misma desde hacía unos años. Ya eran adultos. Cada uno tenía su propia vida y sus responsabilidades, y la madurez les había vuelto más circunspectos. Hermione quería que se sintiera a gusto con ella, que fuera capaz de sincerarse como siempre lo había hecho, pero el joven auror parecía tener otros planes e ignoró su pregunta.

- Estamos apunto de atrapar a quién mueve los hilos en el mercado negro, y la tensión no puede ser más insoportable en el Departamento… no puedes hacerte una idea de lo que han sido estos últimos meses – le comentó el joven abstraído.

- Bueno, dices que ya vais a poder cerrar el caso ¿no? – si Harry necesitaba dar un pequeño rodeo antes de sacar el tema que verdaderamente le preocupaba, la bruja se prestaría al juego.

- Sí, sí. Pero hay tantas ramificaciones, todo está tan podrido, que aún cuando capturemos al cabecilla y desmantelemos la red vamos a tener que estar sumergidos en papeleo yo no sé cuanto tiempo más… y es que esto no parece acabarse nunca,… y estoy harto, Hermione, estoy muy harto… - añadió con desesperación.

- Harry… - Hermione con cariño le tomó de la mano.

- No me malinterpretes, sé que mi trabajo es importante, y que es lo que tengo que hacer. Pero no es lo que me imaginé en un principio, y ni siquiera los mortífagos...

- ¿Qué ha pasado con el muggle que mataron en Peckham? – Hermione sabía que el precio por ser la confidente de Harry esa noche consistiría en escuchar durante un rato sus devaneos sobre las conspiraciones de magos tenebrosos.

El mago pareció recuperar la compostura y con más entusiasmo la contestó.

- Parece que el Departamento sigue convencido de que se trata de un asunto privado entre el muggle muerto y un mago. La brigada de Scotland Yard que trabaja con nosotros ha obtenido el ADN de la sangre desparramada junto al muggle, además de huellas dactilares y otras pistas, y la han comparado con muestras de ADN que posee el Ministerio, aunque sabes que no tenemos muchas, sólo está permitido manipular sangre de los presos más peligrosos de Azkaban. Pues resulta que la huella genética del mago que mató al muggle presenta consanguinidad evidente con algunos de los presos, así que quien quiera que fuera tiene vínculos familiares con mortífagos...

- ¡Por Merlín! ¿Con qué me vas a salir ahora? – le espetó con sarcasmo la bruja – ¿con que has descubierto al hijo secreto de Bellatrix Lestrange y Voldemort que pretende reencarnarse en su padre?

- ¡Hermione! – le increpó el mago ofendido.

- Si miraras el ADN de Neville, Ronald o el de cualquier sangrepura te saldrían las mismas conclusiones – continuó la bruja condescendiente - Es lo que pasa en una sociedad tan cerrada como ésta. Todos terminan estando emparentados. Lo único que demuestra el estudio del ADN es que el asesino es un mago sangrepura o mestizo. Y que es un mago ya lo sabíais desde el momento en que al muggle lo mataron con un Avada-Kedavra. Harías mejor en investigar al muggle muerto, y tratar de encontrar su vínculo con el mundo mágico.

- Ya lo sé – le replicó con dureza el mago – Y no te pongas así, no te estoy hablando del rearme de los mortífagos.

- Pero tú crees que hay un rearme de mortífagos – le acusó la joven.

Harry no contestó. Durante unos segundos se mantuvo con la vista al frente y el semblante tenso.

- Vamos. Cuéntame ya de una vez que es lo que te preocupa – le ordenó la joven adoptando su tonillo autoritario. No tenía intención de pasarse toda la noche esperando a que Harry le sacara el tema de su ruptura con Ginny.

- Verás – le contestó con reticencia - es que investigando sobre el tráfico ilegal de objetos de magia tenebrosa, me he topado con algo… inquietante – volviéndose hacia ella la advirtió - Y no me mires con esa cara, no tiene nada que ver con el rearme de los mortífagos.

Haciendo una breve pausa continuó.

- La gente piensa que solo se trafica con objetos de magia tenebrosa, o venenos, o cosas ilegales. Pero no es cierto. Hay de todo: oro, joyas de familia, objetos robados,… Nosotros nos centramos sobre todo en acabar con los objetos tenebrosos, por supuesto, pero es que investigando en el mercado ilegal,… pues he descubierto algo cuanto menos curioso – el mago tenía ahora toda la atención de la bruja - Desde hace un tiempo, el mercado clandestino parece inundado de objetos que sabemos pertenecen a viejas familias sangrepuras. No sólo joyas, eso puede entenderse, ahora no les van tan bien las cosas como antes y pueden estar vendiéndolas para conseguirse galeones. Te estoy hablando de pertenencias importantes para ellos, y algunas con más valor simbólico que material. En serio, no tiene sentido que se desprendan de alianzas, de placas conmemorativas, sellos familiares, brazaletes de linaje, cuadros de ancestros,…por que no tienen tanto valor económico. Y lo desconcertante es que la mayor parte de estos objetos pertenecen a mortífagos encerrados en Azkaban. No puedo entender como han aparecido de pronto en el mercado clandestino. De muchos de ellos el Ministerio no conocía ni su paradero, o su existencia, a pesar de haber registrado todas sus Mansiones y propiedades miles de veces.

Hermione frunció el ceño. Su amigo tenía razón, aquello era un sinsentido. O más bien debía de tener algún sentido oculto que se les escapaba, y tratándose de mortífagos era mejor no minimizar su importancia. Ella sabía, por su experiencia con el caso de los gusamocos, que los hechos más ridículos podían esconder una peligrosa conspiración.

- ¿Por qué han salido a la luz ahora? ¿Dónde estaban escondidos? ¿Quién los está poniendo en circulación? Los mortífagos de Azkaban no tienen acceso a sus propiedades, Harry. Alguien tiene que estar robándolas.

- Sí, les pueden estar robando los bienes que se encuentran aún en sus mansiones, aunque no sé yo muy bien cómo, pues la mayoría conservan las protecciones en pie y sólo el Ministerio tiene acceso ahora que están encerrados en Azkaban. Pero, en serio, hemos encontrado cada cosa… no tiene ninguna lógica, y sobre todo por que no es un fenómeno aislado. Por ejemplo, la alianza de Rodolphus Lestrange. ¡Si ese hombre está encerrado en Azkaban desde la batalla de Hogwarts! ¿Por qué ha aparecido ahora en el mercado clandestino?

- ¿Has investigado en el A.A.S.M.O.M.A.?

- Todavía no. No he podido ponerme a fondo con el asunto. Westfalia no me secunda. Piensa que nuestra prioridad es desmantelar la red de objetos tenebrosos, y no le parece tan importante el tráfico de antiguas pertenencias de mortífagos. Pero yo no puedo dejar de pensar en que es muy raro.

Hermione seguía meditabunda tratando de encontrarle un sentido a todo aquello.

- ¿Por eso convocaste a Zacharias Smith el otro día en el Cuartel General de los Aurores?

- Sí. Y para lo que me sirvió... – comentó Harry con acritud – Sólo quería que me aclarara un par de detalles, qué tipo de visitas o de contacto con el exterior tienen los presos del A.A.S.M.O.M.A. y así. Pero es un estúpido, Hermione. Se me puso a la defensiva, qué si estaba poniendo en duda su trabajo, qué por supuesto que no recibían visitas, qué él es un profesional y que no iba a permitir que tuvieran ningún contacto con el exterior… y luego me soltó una perorata sobre que yo estaba obsesionado con Voldemort y los mortífagos y que tenía complejo de héroe y no sé que más - apretando los dientes continuó – Porque tengo entrenamiento de auror y sé como controlarme, porque te aseguro que estuve a punto de soltarle una maldición allí mismo y me hubiera quedado muy a gusto, aunque me hubiera costado el puesto. Si es que el tipo se merece…

- Está celoso de ti, Harry, siempre lo ha estado.

- Pues a mí que no me busque que me va a encontrar. A ver si madura ya de una vez, que yo sólo quiero hacer mi trabajo – indignado continuó - Y cuando le repliqué que si todo estaba tan bajo control como él asegura, que haber como entonces podía explicarme que estuvieran apareciendo estas pertenencias en el mercado negro, pues el tipo va y me suelta todo condescendiente que debían haberlos escondido antes de la derrota de Voldemort, como una especie de seguro de vida por si la cosa iba mal y tenían que salir huyendo, y que alguien debía haber encontrado la mina de oro y estaba vendiendo los objetos.

- En parte puede tener razón…

- ¡Hermione! – le replicó el mago a su amiga elevando la voz - ¡¿para qué narices iba por ejemplo a esconder Alecto Carrow su diente de oro, con el escudo familiar y su nombre grabado y todo? No, no. Aquí hay algo extraño y pienso llegar hasta el fondo. A pesar de Smith. Por que tal y como se puso, estoy seguro que me va a obstaculizar cualquier investigación. Si lo oyeras, se comporta como si los mortífagos fueran de su propiedad.

- ¡A mi me lo vas a contar! – le respondió la joven con una amarga sonrisa - Para investigar sobre Selwyn me puso tal cantidad de trabas administrativas que al final tuve que pedirle el permiso para acceder al dossier directamente a Tristan Quirrell…

Los dos amigos se quedaron unos segundos sumidos en sus pensamientos. Hermione analizaba lo que acababa de contarle Harry sobre Zacharias Smith, pero desde otro punto de vista. Si su nueva teoría era cierta, tenía sentido que hubiera experimentado reacciones anómalas cuando se lo encontró el otro día en el Cuartel General de los Aurores. Smith estaba a la defensiva, claramente estaba ocultándole información a Harry, y conociendo la amistad de la bruja con el joven auror debía albergar sentimientos hostiles hacia ella. De ahí que su "sexto sentido" la hubiera advertido con las habituales nauseas que el mago no era de fiar, y que no tenía buenas intenciones. Pero ya habría otro momento de analizar y corroborar su nueva teoría. Ahora tenía otros asuntos pendientes.

- Harry…

- ¿Sí?

- ¿Vas a contarme de una vez lo que ha pasado con Ginny?

Harry se recostó en el sofá y cerró los ojos. Sobre su rostro se dibujo una mueca que Hermione conocía muy bien. Su amigo estaba sufriendo, estaba perdido y lo que fuera que había pasado con su prometida era peor de lo que había imaginado. Por mucho que tratara de minimizarlo. Casi en susurros, el mago la contestó.

- No ahora, Herms. Ahora no tengo fuerzas… estoy muy cansado y de verdad que no hay mucho que contar…es como te dije, las cosas se estaban complicando y… - reincorporándose le clavó una mirada de súplica - ¿puedo quedarme esta noche a dormir aquí? Ya es muy tarde y no me apetece volverme a Grimmauld Place a estas horas. Así mañana podríamos irnos juntos al Ministerio y te invito a desayunar en el Callejón Diagon.

Hermione intuía que Harry, con su negativa a hablar del tema, lo que trataba era de negar la realidad. Pero no podía seguir ignorándola por mucho tiempo. Si su relación con Ginny había terminado, cuanto antes lo asumiera antes podría continuar con su vida, y liberarse de ese peso que parecía estar recomiéndole las entrañas. Aquello no podía ser sano. Pero tampoco podía forzarlo.

- Claro – le aseguró con dulzura mientras se incorporaba - Ayúdame a transfigurar el sofá. Y quiero que sepas que cuando estés preparado, aquí estoy para escucharte. Si no quieres hablar conmigo, háblalo con… bueno, iba a decirte Ronald, pero no creo que sea una buena idea, pero con cualquier otra persona. Te va a venir bien sincerarte con alguien.

- Lo sé – le reconoció el joven - Y tú eres la única con la que sé que puedo hablar. Eres mi mejor amiga, Herms. Pero no puedo ahora. En serio.

A Hermione le dolía ver a su amigo tan desolado. Y no sólo a causa de su vida personal, sino también por su trabajo. Harry era miserable. Y no era justo, pues si había alguien en el mundo que se había ganado el derecho a ser feliz era él.

Una vez en su dormitorio, Hermione se dispuso a pasar otra noche dando vueltas en la cama. La explicación de un "sexto sentido" que la advertía de las intenciones deshonestas de los magos, provocándole reacciones físicas de rechazo, le había abierto muchas posibilidades… Cuantas más vueltas le daba más sentido le encontraba. Cuantas más ocasiones en las que recordaba haber sentido las nauseas analizaba, más convencida estaba de que había encontrado la respuesta a sus reacciones anómalas. Estaba clarísimo, y ahora todo tenía lógica.

Por ejemplo, no sólo era cierto en relación a Zacharias Smith, o algunos de sus clientes y compañeros de trabajo, sino también en el caso del marido de su prima. Su madre le había cotilleado que el matrimonio andaba mal. En la familia se rumoreaba que Thomas había sido infiel más de una vez y que ahora su prima le había dado un ultimátum. Claramente el "sexto sentido" de Hermione la estaba advirtiendo de que el hombre no era trigo limpio… lo que parecía estar más que demostrado.

Y en cuanto a Charlie… La explicación más lógica para Hermione era que las intenciones del mago no habían sido tan honestas como había pensado en un principio. Hermione se había medio enamorado de él, y sabía que su comportamiento no podía haber sido más evidente, con lo que al joven le habían debido de quedar muy claros sus sentimientos. En su momento había creído que el pelirrojo la correspondía, y que había estado interesado en entablar una relación seria con ella. Pero su violenta reacción de rechazo tendría que deberse a que había malinterpretado al dragonolista, que era conocido entre los Weasleys por ser un manifiesto donjuán. Estaba claro. Charlie había intentado aprovecharse de ella, tratando de seducirla para pasar un buen rato sin mayores consecuencias, y sin importarle su corazoncito. Y esa frivolidad es lo que su "sexto sentido" había detectado, con lo que la había prevenido provocándole las nauseas, y evitando de paso que cometiera un error.

A pesar de todo lo que se le estaba acumulando para hacer durante la semana, tenía que encontrar tiempo para corroborar, con algunos manuales sobre el funcionamiento de la magia en el subconsciente, que su teoría de la intuición híperdesarrollada era cierta. Con esa determinación se arrebujó entre las sábanas y cerrando los ojos se dispuso a dormir….

…..

¡Un momento!

De un salto Hermione se incorporó de la cama.

… no había "reaccionado" con Malfoy. No había sentido nauseas cuando se besó con Malfoy. Ni vomitó cuando la tocó, ni sufrió dificultades respiratorias cuando la presionó contra su cuerpo…

…su sexto sentido no se había "activado"…

… pero su nueva teoría tenía que ser la correcta…

…eso significaría que los avances del slytherin no suponían una amenaza para ella, que aunque tratara de seducirla, su atracción por ella no era malsana, que no era su intención hacerla daño o aprovecharse de su inocencia….

…y eso sólo podía ser posible si, si….. ¿Pudiera ser que Malfoy albergara sentimientos por ella? ¡Y HONESTOS!


1 año, 2 meses y 2 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (sábado 3 de abril de 2004)

Draco salió de "Las tres escobas" asqueado. Con Brutus, con Millie, con Salazar Slytherin, con Hogwarts, con el mes de abril, y consigo mismo. Una mísera hora, sesenta estúpidos minutos, es lo que había bastado para hacer tambalear su fuerza de voluntad.

Se había prometido dejar el alcohol. Los comentarios de Blaise le habían hecho pensar que quizás fuera cierto que estaba demasiado apegado a la bebida, y la absurdez de su existencia y sus patéticos problemas personales no eran escusa para continuar por ese camino. Ya había caído bien bajo en la mayor parte de los aspectos de su vida, tampoco se iba a convertir encima en un alcohólico. Pero la compañía del pelele de Brutus durante una penosa hora le había hecho desear lanzarse a por la reserva de firewhisky de Madame Rosmerta y dejarle el bar seco.

Menuda pérdida de tiempo. Nada más saludarle ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado la sugerencia de Millie, porque su hermano era un caso perdido, y era evidente que no era merecedor de su valioso tiempo, ni de los incómodos recuerdos que el pisar "Las tres escobas" le provocaban.

Millie tenía razón en que Brutus no parecía ser el mismo. Lo había visto muy raro. Físicamente parecía una sombra de sí mismo, y lo había encontrado más retardado que de costumbre. Si a eso sumábamos la actitud impertinente de autosuficiencia explayada durante toda la comida, se confirmaban las sospechas de su amiga, además de entenderse su necesidad por un trago. Lo pero es que Draco, aún percibiendo la inutilidad de su gesto, había tratado de ayudarla. Pero todo intento por su parte de conversar con el autómata había resultado en balde. Claramente solo estaba allí para recibir el paquete de su madre, zamparse de comida y bebida gratis y tratar de sacarle dinero al amigo de su hermana.

Además, Draco estaba decepcionado. Él había acudido al almuerzo con la esperanza de conocer a través de Brutus a algunas de sus compañeras de último año de Hogwarts, porque esperaba que alguna hubiera moderadamente decente, y que aún fuera virgen. Pero no. El cretino parecía que sólo mantenía trato con un par de slytherins igual de patéticos que él. Así que Draco había sufrido una de las más desesperantes horas de su vida; soportando la desafiante indiferencia de Brutus, los ridículos intentos seudomaternales de Millie por hacer confesar a su hermano lo que le tenía en tal estado de parálisis mental, y observando hastiado a su alrededor como las relaciones en el seno de la Casa Slytherin parecían más problemáticas que nunca. Y para colmo de males, los estudiantes que se acumulaban a esas horas en "Las tres escobas" parecían mirarles con desprecio, mostrándose ultrajados con su mera presencia. En cualquier otra circunstancia Draco hubiera pensado que el responsable de tan hostiles sentimientos era su persona, estaba acostumbrado a recibir ese tipo de trato por la sociedad mágica desde que el Señor Tenebroso fue derrotado, pero esta vez tenía la sospecha de que era Brutus el que desataba tales "pasiones". El rubio no entendía bien que es lo que se estaba cociendo en Hogwarts, pero le daba la sensación que existían dos brechas bien abiertas entre los estudiantes: un abismo entre los slytherins y el resto de las Casas (lo que no era ninguna novedad), y en el seno de los Slytherins, Brutus y sus camaradas frente a los demás.

Prometiéndose a sí mismo no volver a caer en semejante encerrona, Draco se adentró por las calles de Hogsmeade hacia la salida del pueblo, con la intención de aparecerse lo más lejos posible de allí. Sabía que tendría que volver pronto a la Mansión, su padre le estaría esperando para seguir martirizándole con el legado de los Malfoys, y cuanto antes acabara con sus "obligaciones" familiares, antes podría volver a dedicarse de lleno al caso de los gusamocos. Y a Granger.

Desde que volvieron de San Mungo parecía que la amenaza de su madre de persuadir a su padre para que empezara con su "formación" se había cumplido. Durante toda la semana su progenitor había monopolizado su tiempo, zambulléndole de lleno en el legado familiar. Lucius no sólo le había puesto al día de los negocios de la familia, todos ligados mágicamente al apellido, sino que también había empezado a revelarle la verdadera historia de sus ancestros; sus glorias y sus miserias, sus intrigas, sus traiciones, sus secretos ignominiosos. En parte le había resultado interesante descubrir tantos pecados inconfesables, era un slytherin afín de cuentas. Pero también le había sobrecogido la amplitud de lo que implicaba ser un Malfoy.

Desde que nació era consciente de que su familia no era como las demás. Eran uno de los apellidos más ancestrales del mundo mágico, y una de las mayores fortunas. Siempre en primera línea, la Historia la escribían de su puño y letra, y habían logrado manejar los hilos desde siempre. Esa sed de poder, esa necesidad de influenciar, y la inclinación natural a la supervivencia, fueron los responsables de que los Malfoys no tuvieran que volver a Francia tras la expulsión de los normandos de Inglaterra. Con astutas y maquiavélicas traiciones lograron quedarse en la isla, y se cercioraron de mantener siempre una posición de poder. A lo largo de los siglos, su familia había sido capaz de todo, pero realmente de todo, con tal de mantener su hegemonía.

Pero más que la historia de sus ancestros, lo que le había inquietado era la realidad de los secretos que su padre le había revelado. La Mansión estaba plagada de misterios, más de los que había llegado a imaginarse, y ahora le parecía que la vieja casona latía con vida propia, y que había desarrollado un cerebro pensante. Porque no era un lugar físico, era una realidad aparte: la "dimensión Malfoy". Incluso el resto de propiedades que poseía su familia por toda Inglaterra estaban mágicamente vinculadas a ella.

Cerca del estudio de su padre se encontraba la entrada a una serie de cámaras ocultas, muy parecidas a las que existían en la casa de su padrino, y cómo en ésta, sólo podía acceder el amo de la Mansión gracias a un conjuro que rozaba la magia tenebrosa, y tras identificarse con su propia sangre. En esas salas su padre le había mostrado manuscritos, objetos, conocimientos… le resultaba difícil concebir la magnitud de lo que cada generación de Malfoys había aportado para preservar y engrandecer el linaje; protecciones con complicadas runas que se fortalecían a medida que la familia se sucedía en el tiempo; hechizos/maldiciones confinados en los vínculos maritales para asegurarse la fertilidad de la unión, y de que de todas se engendrara un único heredero siempre varón; fuertes encantamientos sobre la fortuna, que iban más allá de la magia de los goblins de Gringotts, asegurando que los galeones y riquezas de los Malfoys sólo reconocieran al verdadero linaje… Todo lo que estaba vinculado a su familia parecía obedecer a un orden mágico diferente al del resto.

Draco se había encontrado con sentimientos contradictorios. Siempre había estado orgulloso de ser un Malfoy, el único heredero de un legado de tanta alcurnia, y todo lo que su padre le había revelado en los últimos días demostraba que su arrogancia estaba más que justificada. Eran distintos al resto de magos y brujas. Y superiores, era innegable, porque formaban parte de algo que estaba muy por encima de sus meras existencias individuales. Ellos no eran magos, eran Malfoys.

Pero al mismo tiempo le había causado desconcierto. Si era sincero consigo mismo, en vez de un orgullo infinito el conocimiento último de lo que significaba ser el heredero de la familia Malfoy le producía malestar y rabia. Rabia al darse cuenta de que no era más que una pieza del puzzle, un mero eslabón en la cadena temporal de la familia Malfoy, un simple nombre a añadir al extenso árbol genealógico. No era un ser especial. Y su ego se revelaba ante tal degradación. Él, Draco, como ente particular no contaba. Su idiosincrasia, su personalidad, su individualidad, todo quedaba diluido en el linaje. La razón de su existencia: la mera prolongación en el tiempo de esta realidad paralela que era el apellido Malfoy ¿Cual era entonces el sentido de su vida?

Sumido en tan oscuros pensamientos, el joven se adentró aún más por las callejuelas de Hogsmeade. A la altura de Madame Tudipié, su mirada se dirigió con curiosidad hacia una de las calles laterales. Un oscuro mago rollizo, envuelto en una capa que le ocultaba de miradas indiscretas, se aleja cautelosamente y con singulares andares por la callejuela que conducía a las afueras del pueblo.

Con sólo un breve vistazo Draco había adivinado que se trataba de Gregory Goyle.

Su encuentro con el mago en la fiesta de Pucey lo había dejado intrigado por sus asuntillos. No en balde si algo sabía hacer un buen slytherin era guardar secretos, y si algo sabía hacer un excelente slytherin era descubrir los secretos de los demás. Sin dudarlo un instante, Draco comenzó a seguirle.

Con precaución, el rubio se mantenía a distancia. En cualquier momento Goyle podía girarse bruscamente y descubrirlo. Pero no tenía que preocuparse mucho porque llegando al final de la callejuela el mago parecía ahora apurado. Caminando con rapidez, de forma que su cojera se hacía más manifiesta, parecía haber abandonado todo intento de pasar desapercibido.

Al final del callejón dobló la esquina de la última casa del pueblo y desapareció de la vista de Draco. El rubio llegó a la altura de la casa y esperó un tiempo prudencial antes de aventurarse a asomar la cabeza. Cuando lo hizo descubrió que Goyle se encontraba caminando campo a través, subiendo por un sendero de tierra, con su ya evidente cojera, hacia la Casa de los Gritos. Draco permaneció semiescondido en la esquina vigilando los movimientos de su amigo. Estaba dispuesto a no moverse de su puesto hasta averiguar de lo que iba todo aquello. La Casa de los Gritos seguía abandonada, de eso estaba seguro, y si Goyle se dirigía allí es porque debía haberse citado con alguien, o iría a esconder o a extraer algo. Fuera lo que fuese, lo iba a descubrir en breve.

De pronto oyó unas pisadas apresuradas a su espalda, y antes de que le diera tiempo a reaccionar, una voz que trataba de pasar por un murmullo le hizo dar un respingo.

- Malfoy ¿Qué estás haciendo aquí? ¿A quien andas espiando?

Volviéndose desganado se topó con la que era la última persona que hubiera esperado encontrar en esos momentos.

- Granger – articuló contrariado mirando a la bruja.

- Te he asustado – apuntó la bruja complacida mientras, luciendo una divertida sonrisita, trataba de mirar por encima del hombro del joven para descubrir qué es lo que le tenía en tal concentración.

- No, más bien me has molestado…

Draco no pudo evitar sentir una punzada en los alrededores del esternón cuando le echó un vistazo. La bruja llevaba un grueso abrigo color chocolate, casi del mismo tono que su maraña de pelo, y por encima se había reliado ridículamente una bufanda granate muy en la línea gryffindor, de la misma tonalidad que el gorrito de lana que llevaba encasquetado en la cabeza, y que evitaba que los rizos le cubrieran la cara, con lo que su rostro quedaba, por una vez, espléndidamente despejado. La tarde era muy fría. Granger debía llevar bastante tiempo en el exterior, y seguramente se había acercado a él dando una pequeña carrera, porque en sus mejillas se coloreaba un sonrojado tono que se asemejaba al delicado carmesí de sus labios,… y al rojo intenso del gorrito de lana,… y esas pinceladas encarnadas contrastaban con la palidez de su inmaculada piel,… y con el pardo tono de su ojos,… esos ojos cargados de tanta inteligente, con esa mirada suya llena de preguntitas y de ingenuidad, que le daban un aspecto de… no encontraba las palabras adecuadas para describirlo, pero en cualquier caso, en ese momento sentía un fuerte impulso por besarla.

- Te he molestado porque te he descubierto fisgoneando – le retó la bruja divertida - ¿a quién espías? ¿Tiene que ver con los gusamocos?

A pesar de la evidente sorpresa por toparse con ella en esas circunstancias, y por sus inadecuados pensamientos, Draco se recompuso en seguida y adoptando un gesto despectivo se dispuso a entablar con la bruja una de sus amenas y usuales batallas verbales, mientras estudiaba con discreción la textura de sus labios. Y la de su piel.

- Aunque te pueda resultar extraño, Granger, mi vida no se limita a velar por tu reputación resolviéndote los casos.

A Hermione le sorprendió la animosidad del mago, sobre todo teniendo en cuenta que conocía lo que sentía por ella. Pero era lógico que estuviera disgustado.

- Es cierto. Perdona – con simpatía le preguntó - ¿Como está tu padre? No sé si te llegó, pero te mande una lechuza…

- Me llegó tu hipócrita carta. Y podías habértela ahorrado, no necesito de tus conmiseraciones – le soltó el mago hostil.

- ¿Hipócrita? Mira, no sé…

- No. Escúchame tú a mí. – le cortó el mago con rencor - Te importa tanto la salud de mi padre como la de las alimañas. Aunque pensándolo bien, conociendo como "disfunciona" tu cerebro, seguro que te preocupa más lo que les pueda pasar a ellas que a Lucius Malfoy.

Hermione estaba aprendiendo a conocer al mago, y a no sentirse afectada por sus punzantes comentarios. Además había descubierto que, por muy curioso que pudiera parecer, la mejor manera de callar al slytherin era la honestidad, que parecía valorar por encima de todas las cosas.

- Tienes razón, Malfoy – le confesó con sinceridad - No conozco a tu padre, salvo por los breves encuentros en los que nunca ha ocultado su animadversión hacia mi persona, o claramente sus deseos por verme desaparecer de la faz de la tierra. Así que no me culpes si no me he sentido inclinada a desarrollar ningún tipo de afecto por él. Pero me considero un ser humano compasivo, y te equivocas si crees que ahora le deseo algún mal. Tu padre me provoca indiferencia, no te lo voy a negar, pero no así tu madre o tu mismo, y sé que para vosotros es importante.

A Draco le molestó la veracidad de las palabras de la bruja, y su sinceridad. Lo peor era que, aún odiándolo, no podía dejar de admirarla por ello.

- Vete. Déjame disfrutar a gusto de la tarde – le soltó condescendiente volviendo a su puesto de observación en la esquina de la casa.

- No me tomes por estúpida – le contestó la bruja situándose a su lado y observando a su alrededor - Te he visto adentrarte en la callejuela e ibas moviéndote todo sigiloso y enigmático…

- ¿Ahora te deleitas admirando mi figura? – le contestó juguetón mirándola por encima del hombro.

Hermione se apartó unos pasos del mago y desvió la mirada. Draco estaba seguro que su frívolo comentario la había traído recuerdos de su último encuentro, porque sintió que su aire confiado se evaporada y vio que las mejillas se le encendían. Y si Draco pensaba en ese último encuentro también se sentía afectado, no lo podía negar. Lo cierto es que habían dejado ciertos asuntillos sin resolver, y ese era tan buen momento como cualquier otro para concluirlos. Apartándose del muro de la casa se situó con estudiada templanza frente a la bruja, y mirándola intensamente le ordenó.

- Granger, ven aquí.

Hermione se sintió atrapada. De pronto fue muy consciente de la presencia avasalladora del slytherin que, aunque alejado de ella, parecía oprimirla, activándole todos los sentidos. Dubitativa elevó los ojos hacia él, y lo que vio en su actitud y en su intensa mirada hizo que se le acelerara el pulso, y que olvidara toda dignidad. Con timidez y clara anticipación, comenzó a acercársele temerosamente…

Pero de pronto pareció pensárselo mejor y se paró en seco. Mirándole desafiante elevó una ceja mientras cruzando los brazos le retaba.

- No. Ven tú aquí.

Si Draco antes había tenido ganas de besarla, ahora ardía con deseos de consumirla viva. Con una sonrisilla maliciosa, y moviéndose seductor hacia la "fierecilla", se situó a penas a unos centímetros de la bruja mientras elevaba las manos hacia su rostro, sin dejar de comérsela con los ojos. Pero Hermione, poniéndole las manos en el pecho, le paró.

- Malfoy – le preguntó dubitativa - ¿me dejarías corroborar una cosa un momento?

Draco la miró extrañado, e ignorando el bloqueo de la bruja, rodeó su delicado cuello y trató de atraerla hacia él. Pero Hermione le agarró las manos impaciente y volvió a implorarle.

- De verdad. Es sólo un momento. Tú…, tú estate quieto, no te muevas. Es sólo un momento.

Draco la observó durante unos segundos un poco molesto, tratando de averiguar de lo que iba todo aquello. Pero al percibir el intenso deseo en las pupilas de la joven, y como seguía posesivamente sosteniéndole las manos, asintió curioso y se apartó unos centímetros de ella. A lo mejor se trataba de algún tipo de ritual muggle.

- Espero que tu jueguecito merezca la pena, Granger, porque no soy el mago con la mayor paciencia del mundo.

Con reticencia, y sin desviar la mirada de la suya, Hermione acercó las manos al rostro de Draco, situando las palmas en las ásperas mejillas con precaución. A los pocos instantes se aventuró a acariciarle suavemente, palpando con ligereza cada parte de su rostro. Al mago le sorprendió el calor que le producían esas tiernas caricias, y rogando internamente que no parara, se aventuró a cerrar los ojos.

- No, mírame – le pidió Hermione con un murmullo.

Draco abrió de nuevo los ojos maravillándose de la intensidad con que la bruja le estaba mirando. Era como si lo estudiara, como si hubiera descubierto en su cara el problema de aritmática más fascinante del mundo.

Deteniéndose en el firme mentón, Hermione cerró los ojos durante unos instantes, como esperando una reacción. Luego volvió a abrirlos con asombro, y poniéndose de puntillas situó las manos muy lentamente esta vez alrededor de su cuello. Apoyándose en la nuca del joven procedió a acariciarle el cabello, muy despacio, introduciendo sus pequeños dedos tímidamente entre los cortos y sedosos mechones, mientras continuaba observándole con fascinación.

La bruja se paró de nuevo y pareció indecisa un instante. Pero apretando los labios con determinación situó las manos ahora en sus hombros, y le indicó tirándole con suavidad hacia abajo que se inclinara. Draco obedeció intrigado, y entonces Hermione, de puntillas, acercó su cara a la suya, pero en vez de dirigirse a sus labios, que era lo que el mago esperaba, la bruja volvió a sorprenderle acercándose a su cuello. Y antes de que sus labios llegaran a tocar la piel, se detuvo de nuevo, y Draco sintió como tímidamente la joven parecía olfatearle, rozándole ligeramente con la punta de la nariz justo debajo de la oreja.

No pudo aguantarlo más, y con convicción la atrapó por la cintura y se la atrajo hacia su cuerpo.

- Draco – le dijo la bruja en apenas un susurro y sin mover el rostro de su cuello - No te muevas aún, por favor.

- No, no, – le contestó el mago afectado - No me voy a mover. Solo te sostengo para que sigas más fácilmente con tus comprobaciones. Pero tú sigue, sigue. No te pares. Tú corrobora todo lo que quieras…

Hermione lo asió de los hombros con más fuerza, lo que hizo que Draco apretara aún más su abrazo. Entonces la bruja hizo algo que provocó una reacción en cadena en el cuerpo del mago. Granger, con la punta de la lengua, empezó a lamerle la piel.

Y en ese momento fue cuando se terminaron los experimentos.

Draco agarró su rostro con firmeza y se lo llevó hacia él, iniciando la invasión de su boca. Eran puro frenesí. Ambos deseos se amoldaron a la perfección; sus labios se aventuraban, jugueteaban, se descubrían con pasión. Draco chupaba, mordía, asaltaba sus sentidos, y la bruja le correspondía con igual intensidad. Aquello era mucho más que un beso.

Y Hermione estaba gratamente sorprendida por la fogosidad que había despertado en el joven. Lo sentía por todas partes, y con satisfacción se dejaba llevar. Asiéndole del cuello le acariciaba la nuca con confianza, atrayéndole aún más contra sí.

Con un brusco movimiento, el mago la situó contra la pared de la casa y una vez allí la elevó ligeramente situándose entre sus piernas. Sosteniéndole el rostro posesivo, empezó a besarle y mordisquearle el cuello, mientras le confesaba.

- No sé de que iba todo eso, Granger, pero ha sido mortalmente sexy.

Hermione apenas logró articular un débil gemido. Abrumada, sólo era consciente de la primitiva sensación de dominación que el mago provocaba con sus atenciones.

Draco había logrado desabotonarle el abrigo y con ansiosas manos ahora exploraba su cintura, buscando impaciente la apertura de la túnica. Cuando logró introducir sus expertas manos entre la ropa, Hermione no pudo evitar soltar un vergonzoso jadeo, que pareció provocar una nueva reacción en cadena en el cuerpo del mago, porque abandonando la lucha con su blusa dirigió las manos hacia su trasero, donde agarrándola con firmeza de las nalgas la atrajo contra su pelvis.

Entonces Hermione fue plenamente consciente de la masculinidad de Malfoy, y del asombro le costó un par de segundos darse cuenta que el joven le estaba hablando.

- Tócame.

- Granger, tócame – le volvió a repetir Draco con un ronco gemido.

A la bruja el calentón empezó a transformársele en ansiedad. Malfoy le estaba pidiendo que le tocara. Pero ella ya le estaba tocando ¿verdad?…le estaba acariciando el cuello, y los hombros, y, y…. ¿pretendía que le tocara "ahí"? ¿Cómo iba a hacer eso? ¿en medio de la calle? ¡Si llevaba hasta el abrigo puesto! A ver, ella conocía la teoría, aunque no tuviera ninguna experiencia se había informado de cómo funcionaban las necesidades físicas masculinas, había leído mucho sobre el tema, para prepararse para cuando llegara el momento, pero de ahí a hacerlo… ¿ahora?… ¡Si estaban en medio de Hogsmeade! No podía ser... ¿y si se estaba refiriendo a otra cosa? A lo mejor quería que le tocara los bíceps o algo así ¿no?

De pronto Draco dejó de chuperretearle el escote, y clavándole su cenicienta mirada le preguntó molesto.

-¿Se puede saber qué pasa?

Hermione, evitando mirarle directamente a los ojos empezó a balbucear.

- Me tengo que ir. Tengo una cita con McGonagall. Y con el resto del profesorado de Hogwarts. Bueno, con todo no, con parte. Creo. Y no puedo llegar tarde, deben de estar esperándome ya, es que…

Draco se apartó de ella fastidiado, y con resentimiento murmuró algo para sí mismo. Hermione era consciente que había contrariado al joven, pero es que ¡no pretendería que fueran a llegar más lejos en medio de la calle! En parte podía entender su frustración, ¡ella también la sufría! Pero aquel no era el momento ni el lugar de ponerse a hacer esas cosas, faltaría más. Además, era cierto que se le estaba haciendo tarde.

Recomponiéndose la túnica y el abrigo, la joven evitó mirarle a los ojos mientras se excusaba de nuevo un poco culpable:

- De verdad que me tengo que ir. Pero estamos en contacto ¿vale? Si tienes noticias sobre el Mercado del Alquimista, ya sabes… yo en cuanto tenga alguna novedad te mando una lechuza.

Al levantar la vista hacia el mago, lo encontró con actitud altanera apoyado contra el muro, observándola con su fría máscara impenetrable, y clavándole su plomiza mirada con desdén. Lo que la molestó en grado sumo.

- Bueno, pues me voy ya – le repitió olvidando cualquier sentimiento de culpabilidad, y con frialdad añadió - Qué disfrutes con tus espionajes.

Dándose la vuelta empezó a alejarse malhumorada por la callejuela hacia el interior del pueblo, cuando sintió a Malfoy siguiéndola a su espalda.

- Granger… - la llamó.

- ¿Qué? – le soltó la bruja impaciente parándose a mirarlo.

Draco acortó la distancia, y cuando estuvo justo delante de ella, le dedicó una de sus impertinentes sonrisillas. Antes de que la bruja pudiera reaccionar y soltarle lo que pensaba de su insufrible persona, el mago le estampó un rápido y ligero beso en los labios, con lo más parecido a la ternura de lo que era capaz.

- Vete ya. Espera a "Hermes" esta semana.

- ¿Hermes? – le preguntó Hermione sin comprender, aturdida por el inusitado gesto del mago.

- Mi águila, Granger.

Entonces Draco se dio la vuelta, y sin volver a mirar atrás, caminó hasta su puesto de observación al final de la callejuela. Hermione siguió con la mirada sus movimientos durante unos segundos, y aún desconcertada, se volvió a su vez dispuesta a no volver a dejarse alterar por el incomprensible mago.

Draco sabía que no tenía sentido seguir allí observando. Granger le había entretenido, no que le hubiera importado la naturaleza de la distracción, pero ahora no podía saber si Greg había salido ya de la casa o no. Pero se daría un rato más por si acaso.

A los pocos minutos su paciencia fue recompensada. Una figura salió a toda prisa de la Casa de los Gritos y comenzó a descender el sendero de tierra hacia el pueblo. No era Goyle. No cojeaba ni tenía la corpulencia de su amigo. Cuando estuvo más cerca pudo observar que por el tipo y las ropas se trataba indiscutiblemente de un estudiante de Hogwarts, un slytherin para ser más exactos, lo que tenía sentido si se había citado con Greg. El muchacho parecía sumido en sus pensamientos, y no reparó en el rubio cuando llegó a su altura y se introdujo por otra de las callejuelas. No lo había reconocido, pero no importaba. Draco era un buen fisonomista, y con un par de preguntas a las personas adecuadas, en pocos días sabría quién era el estudiante y qué tipo de secretitos se traía con Goyle.

El joven Malfoy siguió observando el sendero desde su puesto de mira. Había grandes posibilidades de que Goyle aún estuviera en la Casa, y si había terminado ya con sus menesteres, estaría esperando un tiempo prudencial antes de salir al exterior, para que nadie pudiera relacionarlo con el estudiante. En efecto, al poco observó con una sonrisa socarrona como Gregory abandonaba a su vez el lugar y con sus ridículos andares se alejaba un poco más del pueblo hasta desaparecerse.

Saliendo de su escondite, Draco se dispuso a subir por el sendero mientras decidía cual sería su próxima acción. Debería al menos tratar de entrar en la Casa de los Gritos, para ver si descubría algo que le diera una pista sobre lo que su amigo se traía entre manos, pero no se sentía muy inclinado a traspasar la verja e introducirse en los confines de la propiedad. La casa no le daba buena espina, nunca se la había dado. Una pena que Granger se hubiera marchado, la podía haber convencido de que fuera a investigar con él, siendo la paladín de los valores gryffindor seguro que hubiera encabezado la marcha, abriéndole paso con su inconsciente valentía.

Aunque de todas formas, por muchos terrores que escondiera la abandonada casona, éstos nunca podrían compararse con las maldades que ahora sabía residían entre los muros de la Mansión Malfoy. Y si había logrado sobrevivir a la Mansión, aún durmiendo ignorante bajo su techo durante más de 23 años, la Casa de los Gritos no le suponía ningún desafío.

Con renovada determinación atravesó la verja y el sombrío y descuidado jardín. Y lanzando un alohomora se introdujo en la propiedad.

La Casa se encontraba en penumbra. Sus puertas y ventanas alicatadas impedían la entrada de cualquier claridad, así que lanzando un lumus se aventuró a recorrer las vacías y polvorientas estancias.

Tras una buena hora de escrutinio llegó a la conclusión de que Goyle y el slytherin sólo habían usado el lugar para encontrarse discretamente. No había nada que le ayudara a entender la naturaleza del intercambio entre ambos conspiradores, así que se dispuso a abandonar Hogsmeade y volverse a la Mansión, a ver si llegaba a tiempo de disfrutar del copioso té con su madre, que le ayudaría a olvidar el mal trago del almuerzo, y antes de que su padre le descubriera y volviera a mortificarlo con sus "enseñanzas".

Una vez en la Mansión descubrió con satisfacción que Lucius no se encontraba en casa. Su madre le informó que había abandonado la propiedad hacía un par de horas acompañado por su abogado, el Sr. Rackharrow. Lo que no le extrañó. Su progenitor dividía últimamente su tiempo entre "ilustrarle" y encerrarse con el letrado durante horas en su despacho. Así que aprovechó la tarde libre para relajarse en sus estancias mientras rememoraba los acontecimientos del día.

Granger….

Aunque la bruja le irritara sobremanera, al mismo tiempo le resultaba muy estimulante su compañía… y sus atenciones. Pero algo había percibido en su comportamiento esa tarde que le advertía que no se iba a doblegar tan fácilmente a sus deseos. Y le contrariaba que hubiera tenido la desfachatez de rechazar sus avances…

Hasta hoy estaba convencido que Granger sería una presa fácil. Intuía, por su primer encuentro con la bruja, que había caído bajo su hechizo, que no podría resistírsele. Pero ahora no lo tenía tan claro… y no estaba con ánimos de tener que hacer un esfuerzo por seducirla. Sólo quería echar un polvo, tampoco era para tanto. Además, debía reconocer que estaba un poco perdido en cuanto a qué hacer para ganar su sumisión... Granger no era como las otras brujas. Por algún extraño motivo lo confundía y fascinaba al mismo tiempo. Y lo tenía un poco despistado. A pesar de su claro entusiasmo cuando daban rienda suelta a sus pasiones, parecía controlar en todo momento la situación, guardando la cabeza muy fría, como si no le afectara su persona, sin dejarse llevar por…

… ¿O no?

Una malévola sonrisilla se le dibujó en el rostro cuando cayó en la cuenta que la bruja le había llamado Draco.


Gracias infinitas a Aceli por su paciencia, y su entusiasmo. Y besos y abrazos a las que comentais, y leeis, por vuestro ánimo. Sois unos soletes.