Harry Potter y su mundo mágico pertenecen a J.K. Rowling. Yo sólo poseo imaginación, que es gratis.


Capítulo decimosexto


1 año, 1 mes y 28 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (miércoles 7 de abril de 2004)

- Caballeros, caballeros – amonestó Adrian Pucey con sorna, en una perfecta imitación del profesor Slughorn.

Los jóvenes magos que le acompañaban se destornillaban de risa sobre la alfombra persa y entre los cojines de motivos arabescos que se extendían por la estancia.

- De verdad que no entiendo como has podido encontrar una bruja que esté dispuesta a aguantarte, ¡y por el resto de su vida! – comentó Draco entre risas.

- Es que la divierto, y al casarse conmigo va a tener a alguien seguro con quien follar cuando le entre el gusanillo.

- Esa es la base de un buen matrimonio, Pucey. Seguro – replicó Nott divertido.

Era el primer miércoles del mes de abril, de modo que Draco, Gregory Goyle y Adrian Pucey se encontraban en el apartamento que Theodore Nott ocupaba en una de las calles adyacentes a San Mungo disfrutando de la partida mensual de gobstones.

Desde que comenzó su formación de sanador, el joven Nott se había independizado y ya no vivía junto a padre en la ancestral mansión en Stronmilchan (Escocia). Y no es que se pudiera decir que alguna vez hubiera vivido con él. Las relaciones familiares entre los Notts eran de lo más extrañas, incluso teniendo en cuenta que entre familias sangrepuras de abolengo, al pactarse la mayoría de matrimonios, se daban cosas muy raras.

Septimius Nott, el padre de Theo, era uno de los magos más poderosos y oscuros con los que Draco se había topado. Sólo su presencia en el mismo recinto provocaba escalofríos de puro terror. Poseía aguda inteligencia y avanzada edad (había sido compañero de su abuelo Abraxas en Hogwarts), aunque su rasgo más destacable era la total carencia de principios morales. El orgullo de sus orígenes puros, su ideario radical, además de cierto gusto por el sadismo y las artes oscuras, hicieron de él uno de los primeros seguidores de Voldemort. Es más, fue de los pocos que lo había tratado de igual a igual, y lo bastante listo como para no haber recibido nunca la marca y haberse librado hasta el día de hoy de Azkaban. Como la mayoría de los de su círculo, se casó con una dócil y sumisa bruja de buena familia sangrepura, mucho más joven que él, que compartía plenamente sus ideales. Tuvieron un único hijo varón, Septimius Nott II, seguidor del Señor Oscuro y demente exaltado, al estilo de su tía Bellatrix. El joven murió a mediados de los años 70 tras un enfrentamiento con aurores.

La tradicionalista familia no podía permitirse quedarse sin heredero, conque milagrosamente, o gracias a más de una pócima o conjuro de origen dudoso, la Sra. Nott se volvió a quedar embarazada cercana a la cincuentena. Desde el momento del nacimiento de Theodore, el viejo Nott decidió que haber perdido un hijo "por la causa" era más que suficiente, con lo que decidió preservarlo de todo influjo dañino y mantenerlo al margen de influencias nocivas. Colocó a su esposa y a su hijo recién nacido en un recóndito cottage en el País de Gales y les aisló del exterior. Él siguió viviendo en la Mansión ancestral, ocupándose de los negocios de la familia y de sus quehaceres tenebrosos.

Theo había tenido más contacto con su padre durante los años en Hogwarts que en todo el conjunto de su infancia, y aún así la relación había sido forzada, ya que al morir su madre durante el 3º curso se vio obligado a pasar las vacaciones escolares en la Mansión familiar en Escocia. Padre e hijo eran mutuos desconocidos, lo que era de agradecer, si uno tenía el bienestar y el futuro del joven Nott en mente.

Draco consideraba que su amigo había dado muestras de buen juicio distanciándose de su progenitor. Además, el apartamento le parecía muy práctico para reunirse a jugar a los gobstones. Era cómodo, funcional y ahogado, lo único que le importunaba era su mal gusto, y el empeño que ponía en darle un aire temático a la velada cada vez que quedaban allí. Aunque esta vez el toque "oriental" no era tan molesto como cuando le dio por recrear una estancia hindú. Al menos en esta ocasión no tenía que soportar el olor a incienso.

Pucey estaba de un contagioso buen humor, y no había parado de deleitarles con sus reconocidas imitaciones y sus comentarios guasones, que la mayoría de las veces rozaban la vulgaridad, sobre todo a medida que la noche avanzaba y a la velocidad a la que las botellas de firewhisky parecían evaporarse. Aunque está vez Draco no podía ser señalado como culpable. Había decidido mantenerse sobrio.

Hacía tiempo que no había encontrado la velada tan interesante. Quizás se debiera a que por una vez la suerte estaba de su lado y no estaba perdiendo sumas importantes, o que, al no sufrir el estado comatoso que le producía el alcohol, todos sus sentidos estaban alerta y percibía cierta tensión en el ambiente que le había pasado desapercibida en otras ocasiones. No había nada extraño en el comportamiento de Adrian Pucey, era el mismo calavera que todos conocían; con Theo uno nunca podía estar seguro, se mostraba reservado y en su mundo, como siempre. El único que no parecía estar en su salsa era Goyle, al que la actitud guasona de Adrian parecía irritar esa noche más que de costumbre.

- Pucey. Es tu turno. Deja de distraernos y tira ya, que esta mano es mía – les aseguró el grueso mago impaciente.

Draco y Adrian intercambiaron una mirada conspiradora y se dispusieron a preparar las bolas.

- No sé como puedes estar tan convencido de que esta vez vas a ganar. Llevas diciendo lo mismo toda la noche, y te recuerdo que has perdido 160 galeones, si mis cálculos son correctos – comentó Pucey mirando a Draco esperando confirmación.

- No te preocupes por mis galeones y tira ya de una vez – replicó Goyle enfadado.

- Vamos Greg, no seas así. Adrian tiene razón. A la velocidad a la que los estás perdiendo vas a terminar debiendonos dinero a los tres.

- Tengo más que suficiente. Mira, para que veáis…

El grueso mago se medio incorporó con dificultad de los cojines en los que estaba repantigado y rebuscando en los bolsillos de su túnica extrajo un pequeño saquito negro. Se lo colocó en el regazo tratando de esconderlo de las miradas de sus compañeros y con cierta reserva lo abrió y extrajo un conjunto de monedas. Draco había seguido sus movimientos con interés, no entendía el secretismo de Goyle, así que disimuladamente observó el saquito. Parecía contener tan sólo un buen puñado de galeones. Era una banal bolsa de tela negra anudada con un cordón plateado, aunque parecía tener bordado algo en caracteres también plateados y en mayúsculas, cómo un nombre y un apellido en dos líneas, pero no fue capaz de leerlos.

El mago volvió a guardarse la bolsa y con cierto nerviosismo colocó las monedas en la alfombra mientras decía:

- Subo 50 galeones más.

Nott pareció ligeramente sorprendido, y Pucey soltó una carcajada nerviosa y comentó socarrón:

- Veo que te van muy bien los negocios. ¿Tan bien te paga el padre de Theo por ser su chico de los recados?

Draco observó como Nott levantaba la vista de las bolas y miraba a Pucey con gravedad. Pero no hizo ningún comentario, como era su costumbre. Nunca se metía en los enfrentamientos de los demás si podía evitarlo.

- Ya no trabajo para el viejo Nott– les comentó Greg evitando mirar a Theo.

Interesante, pensó Draco. Le daba la impresión que Goyle estaba especialmente denso esa noche. Si él y Pucey seguían apretándole, lograría sacarle más de un secretillo.

- ¿Ah no? ¿Pues donde andas metido ahora? – le comentó Draco con fingido desinterés - Te lo digo porque ya sabes que mi padre siempre anda buscando nuevos negocios para invertir, especialmente si resultan ser tan lucrativos como parece serlo el tuyo…

- Draco, no pierdas el tiempo – apuntó Pucey con humor - Aquí el bueno de Greg ya no hace negocios con slytherins, ha exprimido todas nuestras posibilidades. Sus horizontes se han ampliado y en estos momentos prefiere las relaciones comerciales con los hufflepuffs…

Goyle se incorporó precipitadamente de los cojines y lanzándose violentamente hacia Adrian Pucey le inquirió:

- ¿Por qué dices eso?

- Bueno – aclaró Pucey un poco sorprendido por la reacción del mago - te he visto un par de veces en la Taberna de Gwenog con el hufflepluff ese con cara de espárrago ¿Cómo se llamaba? Tenía un nombre muy curioso, muggle o hebreo, creo. Era de nuestro año.

- Yo me relaciono con mucha gente, Pucey. Y más te vale dejar mis asuntos en paz – le aclaró amenazador el mago.

- Oye, oye – intervino Draco – Cálmate, Greg. Que Adrian sólo está preocupado por ti.

- Más bien por sus finanzas – apostilló Pucey.

- Pues dejarme tranquilo. Yo sé cuidar de mi mismo… - les aseguró el mago con lo que trataba ser un tono intimidatorio.

- No demasiado bien, diría yo. La cojera no se te mejora… - le contestó el rubio.

- Es que fue una fractura difícil – contestó Goyle bajando la vista mientras jugueteaba nervioso con las bolas.

- Por muy complicada que fuera – insistió Draco - cualquier sanador es capaz de reparar huesos rotos con una simple poción. ¿Quién te la trató? ¿No fuiste a San Mungo? Aún estás a tiempo, estamos a apenas unos metros, si quieres podríamos ir contigo y Theo…

-¿No tenías algo que confesarnos, Draco? ¿Qué hay de tus devaneos con Hermione Granger?

Se hizo el silencio. Pucey y Goyle miraban a Draco con estupefacción, pero éste no parecía alterado por el comentario, tan sólo le retenía la mirada a Theodore Nott con altanería.

Eso si que no se lo esperaba. Theo había osado preguntarle por su relación con Granger, a bocajarro, delante de dos slytherins como Goyle y Pucey, con el propósito de lanzarle una advertencia: deja el tema.

Era raro que el reservado mago se metiera en las pullas ajenas. Sabía que no tenían malicia, era una forma muy slytherin de bromear entre ellos y buscarse las cosquillas. Pero Theo tenía un buen fondo y era buen compañero, uno pudiera pensar que sintiendo el malestar de Greg había tratado de desviar el tema en un gesto de amabilidad. Pero lo chocante era la agresividad de su comentario, había sido una agresiva advertencia. Lo nunca visto. Nott recurría al ataque directo, claramente alterado por sus instigaciones a Goyle.

Sabía que había una turbia historia detrás de la lesión de cadera de Greg, y que Nott estaba al corriente, pero ahora tenía la certeza que además debía estar implicado en ella. Quizás Theo había tratado de curársela y había fallado. Aunque no parecía muy probable, puesto que si era efectivamente una fractura, cualquier medimago era más que capaz de sanarla hasta con los ojos cerrados, y Nott era un genio en todo lo que hacía. Pero tanto secretismo… no debía ser un hueso roto sino algo más grave, como una maldición de magia oscura. Greg podría haber sufrido alguna en circunstancias poco recomendables, y haber acudido a su amigo para evitar las inquisiciones de San Mungo. Tendría que indagar más, y preguntarle a Blaise la próxima vez que lo viera. Pero antes, más le valía responder a las insinuaciones de Nott y disipar cualquier malentendido ante los dos rostros que le observaban ahora con incredulidad y morbosa curiosidad.

- Siento desilusionarte – contestó Draco con indiferencia - pero no hay ningún secreto inconfensable. Mi madre se ha visto en la obligación de frecuentar a Granger y nos ha pedido a mi padre y a mí que seamos cívicos con ella. Estos tiempos que corren son así… – y añadió con cierta sorna - Creo que tu mismo has hecho buenas migas con una de las groupies de Potter, ¿Loony? ¿Lunática, podía ser?

- Luna Lovegood está realizando un estudio sobre los efectos de los Wrackspurts en el cerebro, y ha estado viniendo a San Mungo para recopilar información. No hay nada de extraño en mi trato con ella – le respondió Nott con el mismo tono de indiferencia.

- No pretendía insinuar otra cosa, Theo – le aclaró Draco sonriendo con malicia.

- ¡Eh! ¡Oh! Parar ya – les cortó Pucey sintiendo que la conversación entre líneas que mantenían sus dos amigos se estaba volviendo especialmente tensa - Si nos vamos a poner todos tan quisquillosos lo dejamos.

Siguieron un rato más con la partida, que ya sólo parecía divertir a Pucey. A Draco no le interesaba más el juego. La noche había sido productiva: había ganado unos cuantos galeones y tenía más información de la que hubiera esperado. Podría sacarle más a Goyle, estaba seguro, pero no quería abusar y ponerse a Nott en su contra. A fin de cuentas el mago se había comportado y le había resuelto el problema del acceso al Mercado del Alquimista.

Draco se había presentado en el piso de Theo unos minutos antes que los demás. Éste había cumplido su palabra y, aunque no sabía qué día ni a qué hora sería el próximo encuentro, tan sólo que tendría lugar la semana siguiente, le había dado a Draco un Portador, en forma de una pequeña llave de cobre, que se iluminaría dos horas antes de su activación. A priori todos los asiduos al Mercado del Alquimista recibían un Portador similar, pero la peculiaridad del suyo era que al ser la primera vez tendría que pasar por un control previo, con lo que su Portador lo llevaría primero hacia un contacto, que tras verificar sus intenciones, le conduciría al auténtico Mercado.

Sobre las once de la noche, Draco se excusó y abandonó a sus compañeros. Salió del piso de su amigo y con cierta desgana se dirigió hacia la esquina de la calle para desaparecerse, pero al sacar su varita pareció pensárselo dos veces, y mirando su reloj, sopesó distintas opciones.

Era tarde para acercarse a alguna de las tabernas del Callejón Knockturn, y puesto que no pensaba beber… aunque no quería aparecerse tan pronto en la Mansión. Con todo lo que había descubierto sobre Greg y Theo no iba a poder reconciliar el sueño, e iba a estar dando vueltas en la cama especulando sobre distintas teorías durante horas.

Iría a ver a Granger.

A fin de cuentas tenía información que compartir con la bruja sobre el Mercado del Alquimista.

Siempre podría esperar al día siguiente, mandarle a Hermes, como le había comentado cuando se vieron en Hogsmeade, o citarse con ella… pero era casi imposible pillarla a solas por algún periodo de tiempo "razonable", o en algún lugar adecuado para llevar a cabo "intimidades"… Y esa era su principal motivación por ver a la bruja. No, lo mejor era que se acercara a su apartamento. Era tarde, estaría sola, y nada ni nadie les iban a interrumpir. La hora y el lugar no podían ser más apropiados para sus intereses.

Con determinación se desapareció y llegó al Caldero Chorreante. Desde allí se aventuró en el Londres muggle con cierta aprensión, y rebuscó en sus bolsillos hasta localizar un pequeño plano y el trozo de pergamino con la dirección de la bruja que Blaise le había conseguido. Aunque no se encontraba cómodo del todo en el mundo muggle, el tiempo que había pasado yendo y viendo de la casa de su padrino lo había acostumbrado un poco. Aún le costaba andar por las aceras y evitar los vehículos y los muggles que se le cruzaban, pero al menos ya no se sobresaltaba cada vez que oía un claxon o el sonido de algún engendro "telectónico". Decidió no llamar al Autobús Noctámbulo y andar hasta la casa, eran apenas unos 15 minutos, y tendría tiempo de aclarar sus ideas.

A medida que se acercaba a la calle estaba más entusiasmado con su decisión de ir a ver a la bruja. Aunque había pros y contras en su iniciativa. Quizás Granger no lo recibiría con los brazos abiertos a esas horas, y sin prevenir. Con lo racional e inflexible que era… Además, seguro que le ponía el grito en el cielo por haber descubierto donde vivía. Quizás debería presentarse con algún detalle para aplacarla, una botella de vino o algo así, aunque a esas horas no iba a encontrar nada abierto, no que supiera qué ni cómo comprar en un establecimiento muggle, pero siempre podía transformar cualquier cosa en un ramo de flores… ¿por qué estaba pensando en ofrecerle flores a Granger? Ese no era en absoluto el acercamiento que quería con la bruja, no le fuera a dar ideas. No tenían ningún tipo de relación amorosa, ni de ningún tipo, por el momento. Tan sólo se presentaba en su casa porque tenía información que compartir con ella, relativamente importante e urgente. Lo que pudieran compartir después era de una naturaleza distinta.

Antes de lo que pensaba estaba delante del edificio eduardino de Granger, y lo estudió durante unos instantes. La verdad es que tenía cierta clase. En el mundo mágico estaban más acostumbrados a una arquitectura más medieval o renacentista, pero Draco apreciaba la solidez y calidad de los materiales, así como el clasicismo de las líneas. Echando un ligero vistazo a su alrededor observó que la mayoría de las edificaciones de la calle eran similares. Desde luego el barrio de Granger no tenía nada que ver con el de su padrino. Draco no conocía la sociedad muggle lo suficiente, ni le interesaba, pero podía apreciar que Granger debía contar con cierto status. Lo que tenía lógica, ya que en verdad la bruja tenía maneras, además de educación y cultura. Su familia, aunque muggle, debía poseer cierto nivel social.

Draco se acercó al inmueble y con un simple hechizo abrió la puerta y accedió al hall de entrada. Éste era amplio pero se encontraba casi en penumbras, con lo que tan sólo podía atisbar lo que debía ser el inicio de las escaleras, además de un par de puertas metálicas que entendía darían acceso a los ascensores, no mágicos, cuyo mecanismo muggle no le daba ninguna confianza. La bruja vivía en el último piso, así que con entusiasmo se lanzó a por las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos.

Mientras, iba pensando como abordarla. No quería parecer demasiado ansioso, pero quería dejar claras sus intenciones. Tras los dos exitosos tanteos precedentes, se podía decir que las cosas estaban claras entre ambos. La atracción era evidentemente mutua, pero le inquietaba un poco el que se produjera un replay de lo ocurrido en Hogsmeade el fin de semana anterior, y que Granger se diera el gusto de frenarlo o rechazarlo a su antojo. Con él no jugaba nadie, y menos una bruja. Era él quién tenía el control e imponía las reglas del juego, y lo que pretendía era que sus encuentros fueran casuales y que se desarrollaran de forma espontánea. Lo mejor era adoptar una actitud desinteresada, pero con algún que otro flirteo, así podía llevarla hasta donde él quisiera y como él quisiera.

Cuando por fin llegó a la 5º planta, buscó la puerta con la letra B grabada en caracteres dorados. Recomponiendo su atuendo y fijándose el flequillo, elevó los nudillos y golpeó con seguridad un par de veces.

Y esperó.

Al minuto la puerta seguía cerrada y no parecía oírse ningún sonido al otro lado. A lo mejor estaba ya dormida, y tendría que despertarla. En ese caso su brillante idea de presentarse a esas horas y sin avisar podía no salirle como previsto…

Le vino a la mente una imagen de la bruja dormida en una inmensa y decadente cama con dosel, luciendo un ligero y minúsculo camisón de encaje blanco, el sexy cabello enmarañado y desplegado cual Medusa sobre la almohada, y las piernas desnudas al descubierto entrelazadas entre sábanas esmeraldas de seda… volvió a golpear con insistencia, esta vez con más ímpetu.

La puerta se abrió por fin y detrás de ella apareció… el cara-rajada. En pijama, con el pelo revuelto y con su antigua varita en mano.

- ¡¿Malfoy? – soltó con incredulidad el mago medio dormido.

- Potter – respondió éste con total desgana.

- ¿Qué demonios haces aquí?

- Obviamente he venido a ver a Granger – contestó el slytherin con hastío. Los camisones de encaje blanco y las sábanas esmeraldas olvidadas.

Potter, ya completamente despierto, y sin dejar de apuntarle con la varita, echó una mirada a su reloj de pulsera.

- Son más de las once y media de la noche. Y además ¿Para que tienes tú que ver a Hermione?

A Draco la excitación por ver a la bruja se le había esfumado, y en su lugar había brotado la contrariedad. En esos momentos odiaba a Potter cómo nunca, y más aún al pensar que estaba en casa de Granger a esas horas, y en pijama. ¿Pero no estaba prometido con el ejemplar Weasley con tetas? La animadversión que le provocaba el mago que tenía delante se estaba acrecentando por momentos, pero su calidad de persona non grata, y el papel prominente que ocupa Potter en la sociedad mágica, le impedían que pudiera desahogarse a gusto verbal, y físicamente, contra el mago, si quería evitar Azkaban. Pero se dejó abrazar por el impulso de afirmar su derecho por relacionarse con la bruja, y una punzada de celos, que nunca sería capaz de reconocerse a si mismo, y decidió responder a su Némesis con honestidad. A ver como le sentaba la verdad a "El Elegido".

- No que tenga porque darte explicaciones – le contestó con altanería - Pero he venido a ver si Granger estaba de humor para concluir ciertos asuntillos de naturaleza físico-sensorial que habíamos dejado pendientes la última vez que nos vimos.

Los ojos de Potter se abrieron como platos por la insinuación, y acercando aún más la varita hacia el mago, hasta casi rozarle la barbilla, le contestó:

- Eres graciosísimo, Malfoy. Ya me estás diciendo qué es lo que has venido a hacer aquí.

- Te lo repetiré de forma que lo puedas entender – le contestó el slytherin con rabia - he venido a darme un homenaje con Granger.

- Cuidado con cómo hablas de mi amiga, Malfoy – le retó amenazador el joven auror – No sé quién te crees que eres presentándote en su casa a estas horas. Para cualquier asunto legal que tengas que ver con ella, pide una cita a su secretaria, que Hermione ya te recibirá si tiene tiempo, y ganas, el día, lugar y hora que le convenga – y clavándole la varita con firmeza en el pecho le advirtió - Y no vuelvas nunca más a tratar de burlarte de ella, porque aunque dejáramos de lado que eres un exmortífago, un racista sangrepura y un Malfoy cobarde, no le llegarías ni a la suela del zapato. Hermione está por encima de ti en todos los aspectos, y nunca perdería el tiempo en mirarte dos veces.

Sin esperar contestación, el Niño-que-Vivió-para-Amargarle-la-Existencia-a-los-Demás le cerró la puerta en las narices.

Al menos había descartado a tiempo la idea del ramo de flores transformado.


1 año, 1 mes y 27 días para el vigésimo quinto aniversario de Draco Malfoy (jueves 8 de abril de 2004)

Hermione releyó tres veces sin terminar de creérselo el memorándum que agarraba con fuerza entre las manos y con rabia lo dejó caer sobre la mesa de su despacho. ¡¿Cómo podían ser tan inconscientes? Tendría que hablar con el Ministro cuanto antes, aunque sabía que no iba a conseguir nada. Kingsley Shacklebolt ya le dejó claro en su día lo que pensaba del caso de los gusamocos.

El Jefe de la Oficina de Aurores, Tristan Quirrell, tenía el honor de informarla que tras los concienzudos estudios que los aurores de la Brigada de Control de Pociones de su Oficina habían llevado a cabo durante el pasado mes y medio, se llegaba a la conclusión definitiva que no existía ninguna sustancia, aparte de las angiospermas, que pudieran ser ocultadas en pociones con el uso de los ganglios cerebroides de los gusamocos. Y puesto que las angiospermas no poseían ninguna propiedad mágica, ni presentaban ningún peligro real, se suspendía la investigación hasta un futuro hallazgo de nuevas pruebas.

Hubert Yann era un inepto, como el resto de aurores especialistas en pociones. Y Dedalus Jenkins, el responsable de la Brigada de Control de Pociones, era un cobarde, que no se atrevía a decirle a la cara que paralizaban la investigación por falta de resultados, y acudía al Jefe de Aurores para que le hiciera el trabajo sucio. Era una realidad que alguien estaba usando los ganglios cerebroides para enmascarar alguna pócima o sustancia ilícita, ¡y en cantidades ingentes! Si en mes y medio no habían descubierto la sustancia o veneno, pues que emplearan mes y medio más, o seis, o en vez de un equipo, veinte. ¡¿Porqué nadie parecía darse cuenta de la gravedad del caso? Era una incomprendida, y la habían dejado sola.

Bueno, no todos. Malfoy sí la creía, y se había involucrado en encontrar la solución al misterio tanto como ella. Pero ahora no era el momento de ponerse a pensar en el rubio slytherin. Es decir, más que de costumbre.

Desde su último encuentro en Hogsmeade ya no se engañaba a sí misma. El slytherin le atraía. Bueno, incluso le gustaba. Un poco. Normal, era un mago atractivo, inteligente, ingenioso… también altanero, todo hay que decirlo. Ahora que lo había tratado más a menudo veía que había mucho más en Draco Malfoy de lo que se había imaginado durante sus años en Hogwarts. Sí, había sido un arrogante cretino despreciable, maltratando y burlándose de los más débiles. Pero parecía haber madurado y corregido sus errores adolescentes, aunque siguiera siendo un poco engreído, y lo que importaba al final era el tipo de mago en el que se había convertido. Además, rectificar es de sabios, y a otros magos estupendos les había pasado lo mismo. Harry le había contado que en las sesiones de oclumancia con Snape había descubierto que su padre y Sirius Black se comportaron con él en Hogwarts como matones de patio de colegio, y luego resultaron ser unos seres humanos admirables. Como Dumbledore, que también sufrió de delirios de grandeza en su adolescencia. Por otro lado, era evidente que el slytherin, al igual que su madre, ya no seguía a pies juntillas el ideario sangrepura, si es que creyó en el fondo alguna vez en él.

Era un hecho. Había empezado a albergar sentimientos por Draco Malfoy. Y sabía que el mago los compartía, como mínimo. Las comprobaciones que realizó antes que dieran rienda a su pasión en Hogsmeade le habían demostrado que el contacto físico con el joven definitivamente no le revolvía el estómago. Su tacto, su olor, incluso su sabor, no le provocaron ninguna reacción de rechazo sino más bien todo lo contrario…

Apenas había tenido tiempo de ratificar su teoría del "sexto sentido". Había estado liadísima toda la semana con dos nuevos juicios del Wizengamot, ayudando a McGonagall a redactar la proposición para el Consejo de Administración de Hogwarts de la expulsión del slytherin Edmund Hat, ultimando la puesta a punto de su Oficina de Consejo de Ley Mágica, esperando el águila de Draco, y combatiendo la cuasi-depresión de Harry, que además parecía haber decidido instalarse definitivamente en su sofá.

Pero aún así había logrado consultar algunos manuales sobre los efectos de la magia en el subconsciente, además de tratados mágicos sobre el funcionamiento de las feronomas. Todo indicaba que su teoría del "sexto sentido" que la advertía de las intenciones deshonestas de los magos, provocándole reacciones físicas de rechazo, tenía una base realista.

Por un lado, los estudios de los dos hemisferios en los que se dividía el cerebro explicaban que los hombres tenían más desarrollado el hemisferio izquierdo (el del pensamiento racional, la lógica y la deducción) versus el derecho (el del pensamiento emocional, percepción de los sentidos y la creatividad). En cambio en la mujer los hemisferios eran idénticos y, a diferencia del sexo opuesto, ambos eran usados al mismo tiempo.

No era presuntuoso por su parte asumir que tenía especialmente desarrollado el hemisferio izquierdo. Conocía a pocas personas con su poder de deducción, y su forma metódica, lógica y racional de pensar era reconocida y admirada por todos. Y si en la mujer ambos hemisferios estaban igual de desarrollados, pues era natural pensar que su hemisferio derecho igualaba a su hemisferio izquierdo, con lo que su percepción sensorial también era superior a lo normal. Y si sus sentidos estaban híperdesarrollados, pues su intuición e instinto también. No era especulación, era pura lógica.

Además la intuición podía ser activada por las feronomas. Estas sustancias químicas, secretadas por los órganos sexuales, eran un medio de señales inconsciente usado por distintas especies de seres vivos con el fin de provocar un comportamiento determinado en otro individuo de la misma u otra raza. Las feronomas estimularían el OVN, órgano vemeronasal localizado en el interior de la nariz, que actuaría entonces como sexto sentido adicional siendo capaz de captar información y todo tipo de códigos químicos. Es cierto que el OVN estaba más desarrollado en los animales o ciertas criaturas mágicas, como los hombres-lobo, que lo utilizaban como medio de comunicación para atraerse sexualmente, o inducir cambios en el comportamiento de los individuos en contacto con las feronomas. Pero, como había señalado la Profesora Eve A. Wood, "quien afinara este sexto sentido podría ocuparlo para reconocer cuando alguien puede resultar una amenaza o adivinar cuando su pareja está diciendo mentiras o la está engañando". Y ya había quedado demostrado que ella tenía los sentidos híperdesarrollados.

Aunque quedaban algunos cabos sueltos. Cómo el papel que jugaba la magia en este sexto sentido, o porqué se le había desarrollado ahora y no, como hubiera sido más lógico, teniendo en cuenta que las feronomas eran segregaciones sexuales, al experimentar los cambios durante su adolescencia o las primeras menstruaciones. Lo que si parecía tener sentido es porqué sólo reaccionaba ante los magos: al ser una mujer, su OVN estaba creado para recibir estímulos de las feronomas masculinas.

Había descubierto un libro muy interesante, que aún no había tenido tiempo de estudiar a fondo, sobre las "pitias". Estas profetisas griegas, contemporáneas de la archifamosa Sibila, eran magas que permanecían vírgenes durante toda la vida y poseían el don de la adivinación, aunque sus "poderes" sólo parecían ser eficaces en hombres…

Pero ahora debía centrarse en asuntos más urgentes. Sabía que tras las últimas noticias no iba a poder concentrarse en el expediente sobre la subida de las tasas a los Goblins en el que llevaba trabajando todo el día, así que clasificó los documentos y salió de su despacho para dirigirse hacia el Departamento de Pociones del Ministerio, y retomar los experimentos de Yann con los gusamocos. Ya que los aurores no iban a hacer su trabajo, pues tendría que hacerlo por ellos. Antes de dirigirse hacia los ascensores le indicó a Beth que si llegaba Malfoy lo mandara para los laboratorios.

Le había mandado una lechuza por la mañana proponiéndole que pasara a verla por el Ministerio cuando pudiera. Harry le había sorprendido mientras estaban desayunando informándola de que el rubio se había presentado en su casa la noche anterior, cuando ya estaban dormidos. Durante un breve instante, Hermione sintió resentimiento hacia su amigo por haber decidido acampar en su salón, abortando por tanto el encuentro con el slytherin. Quería muchísimo a Harry, y sabía que estaba pasando por un mal momento y que la necesitaba, pero no había podido evitar la excitación que le causó el imaginarse lo que podía haber pasado si se hubieran encontrado solos Draco y ella de nuevo...

Aunque por otro lado, sentía cierta inquietud por volver a verlo. No tenía mucha experiencia en relaciones íntimas y creía que era algo que debería hablar con él, y aclarar la naturaleza de su relación ¿Qué eran? ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Novios?... fueran lo que fueran, preferiría darse un tiempo a ver como funcionaban las cosas entre ambos antes de hacer su relación pública. Sólo de pensar en la reacción de Ronald… Además, tampoco es que tuvieran obligación de anunciarlo con una nota de prensa en El Profeta. Y es que aunque la actitud del mago cuando estaban juntos, y su 6º sentido, le confirmaban que albergaba sentimientos sinceros hacia ella, era difícil de creer que una relación entre ambos pudiera ser fácil, o bienvenida por sus respectivos entornos. Por eso, cuando Harry se puso en modo auror y empezó a interrogarla sobre porqué el slytherin se había presentado en su casa la noche anterior, le entró el pánico, sobre todo de pensar que Draco hubiera podido insinuarle algo sobre sus recientes "encuentros"… No. No estaba preparada para lidiar con las implicaciones de que sus amigos descubrieran que había desarrollado un cierto entendimiento con él, y menos aún sobre la naturaleza del susodicho "entendimiento".

Pero no tenía porqué asustarse. Por lo que Harry había comentado, Draco tan sólo había ido a verla porque debía tener noticias sobre el caso de los gusamocos, y le tranquilizó pensar que su amigo creía que su trato con el rubio era meramente profesional. Aunque le dejara con un amargo sabor de boca. Racionalmente era lo mejor que nadie estuviera al corriente de lo que pasaba entre ambos, pero le dolía que el mago pudiera tener motivos para querer mantener sus relaciones secretas. Y más aún porque si ese fuera el caso, esos motivos tendrían que ver con Lucius Malfoy, o con en el resto de rancios sangrepuras, o con todos esos principios racistas intransigentes... en definitiva, temía que pudiera reprocharla, o avergonzarse, de sus orígenes muggle.


Draco entró en la sala que le habían indicado al llegar al Departamento de Pociones del Ministerio y se dispuso a buscar a Granger. La estancia era un amplio recinto alargado y silencioso, lleno de interminables mesas con diferentes tipos de calderos borboteando con un sinfín de pociones, y rodeados con estanterías llenas de tarros con ingredientes. Le costó un tiempo localizarla, porque aunque era tarde, y la mayoría de los empleados debían haberse marchado ya, la sala seguía estando bastante concurrida. Al menos dos docenas de magos y brujas se encontraban inmersos en sus quehaceres totalmente ajenos a su entorno. Como Granger, que semioculta en una de las mesas laterales, cercana a un gran ventanal, se concentraba con la cabeza inclinada sobre un caldero burbujeante.

Pero Draco no se acercó inmediatamente a ella. La bruja acababa de levantar la vista del caldero para fijarla en un grueso libro que estaba abierto a su izquierda. Tras mantener la vista en él durante unos instantes, con frustración agarró con fuerza un manojo de rizos que se le habían caído sobre la frente y trató de domarlos. Mientras que con la varita volvía su atención hacia la poción que estaba preparando e hacía desaparecer las burbujas con un conjuro.

Era curioso como la visión de Granger volcada en su tarea le resultaba al mismo tiempo familiar e insólita. En Hogwarts nunca se había fijado en ella de verdad, salvo como parte de la ecuación Potty-Comadreja-Sangresucia, pero recordaba que esta imagen de completa concentración era corriente en ella durante sus años escolares. La había visto así innumerables veces, en incontables clases de Pociones, o en la Biblioteca, e incluso en el Gran Vestíbulo con la cabeza metida en algún libro ajena al bullicio del resto de estudiantes a su alrededor. Pero nunca se había detenido a observarla.

Y era fascinante. La luz del atardecer que entraba desde la ventana parecía darle luminosos reflejos a sus encabritados rizos, como si tuviera un aura brillante, ensombreciéndole la figura. Con esa pelambrera sublevada apenas se distinguía su rostro, y calló en la cuenta que quizás, inconscientemente, era el efecto que la bruja buscaba. Su inusitado cabello era un rasgo más que afianzaba su personalidad, que la diferenciaba del resto. Pero al mismo tiempo era un mecanismo de defensa, la servía para ocultarse. Granger se escondía detrás de su maraña de pelo, como se ocultaba detrás de su formidable inteligencia, o de la seguridad que le proporcionaban sus fieles amigos, su trabajo, su rutina, su visión del mundo racional y perfectamente cuadriculada, donde no había cabida a la escala de grises. Y todo para protegerse. Porque detrás de esa característica personalidad suya que todos conocían y admiraban, se encontraba una chica como otra cualquiera, llena de inseguridades y especialmente vulnerable, con una necesidad casi tangible por integrarse, que buscaba la aprobación en cada una de sus acciones. No sabía si sería por su herencia muggle, por el hecho de encontrarse en un mundo al que se suponía pertenecía pero del que lo desconocía todo. Pero sentía que ahora la conocía de verdad, por haber descubierto su gran vulnerabilidad: la necesidad de sentirse aceptada.

Y sintió un tierno impulso por protegerla de esa vulnerabilidad.

Granger levantó en ese momento la vista del caldero y lo vio. Lo que le obligó a descartar sus sentimentales pensamientos y a recomponerse, adoptando uno de sus patentados aires de indiferencia. La bruja parecía ser incapaz de contener su excitación por verle, aunque Draco pronto se dio cuenta que por motivos distintos a los que hubiera esperado. Aún no había terminado de acercarse a ella cuando empezó a soltarle entre dientes una retahíla enfurecida sobre la suspensión de la investigación del caso de los gusamocos, y como los aurores eran todos unos inútiles, y cómo no habían sido capaces de descubrir ningún elemento, aparte de las angiospermas, que pudieran ocultarse con los gusamocos, así que habían preferido tirar la toalla, escudándose en la falta de pruebas y en la supuesta trivialidad del caso.

La perorata de la bruja no tenía fin. Debía haber estado esperando su llegada para desahogarse, porque trató de meter baza un par de veces para darle su opinión sobre la Oficina de Aurores, y el Ministerio en general, y no hubo manera de callarla. Ni siquiera cuando intentó explicarle que ya había conseguido el acceso al Mercado del Alquimista. Estaba tentado a lanzarle un silencius, pero no creía que sería buena idea apuntarla con su varita en medio del Ministerio, y ante tantos testigos, así que optó por otra táctica igual de contundente.

Tras un rápido vistazo confirmó que nadie les observaba en esos momentos, así que le clavó su mirada más seductora y se acercó a ella hasta casi rozarla con todo su cuerpo. Entonces levantó la mano y le quitó delicadamente un mechón de rizos de la frente, acariciándole el rostro suavemente mientras lo hacía. El efecto fue inmediato, y Granger enseguida perdió el hilo de su discurso y sonrojándose le desvió la mirada, observando nerviosa a su alrededor.

Draco no pudo menos que sonreírse por el efecto que despertaba en la bruja, y sacándose del bolsillo de la túnica el Portador con forma de llave le expuso, sin revelar sus fuentes, la información que Nott le había confiado. Ambos quedaron en que él la avisaría en cuanto la llave se encendiera. Tenían dos horas antes de la activación, tiempo más que suficiente para encontrarse en la casa de Snape y tomar una poción multijugos que les ayudara a presentarse ante el contacto convenientemente camuflados. Granger le aseguró que podría fácilmente procurarles las pociones de la Oficina de Aurores, sin necesidad de levantar sospechas, aunque Draco no veía como su querido Potter no se iba a enterar, estando como estaba últimamente pegado a ella cual bebé siamés. Había almorzado con Blaise al mediodía en San Mungo, y el mago le chismorreó que la Weasletina había dejado colgado a Potter, con anillo y todo. De ahí que el joven auror estuviera pasando por una fase emo y se hubiera instalado en casa de Granger buscando consuelo. Aunque Zabini le aseguró, no sin cierta guasa, que no debía preocuparse por sus "intereses afectivos", ya que sabía a ciencia cierta que Granger tan sólo cubría un rol maternal, y que el consuelo que le proporcionaba al otro gryffindor se limitaba poco más o menos que a soportar su presencia.

Uno de los magos que se encontraba trabajando en la sala se les acercó para extraer unas hierbas del armario que se situaba a la izquierda del ventanal, y al pasar junto a ellos indiferente, pareció reconocerlos clavándoles la mirada con extrañeza. Ambos fueron entonces conscientes de lo inusitado de su acercamiento físico, alejándose el uno del otro con rapidez.

- Deberíamos vernos este fin de semana para organizar bien la tapadera del Mercado del Alquimista – le comentó Draco en voz baja mientras verificaba con disimulo que el mago a su espalda estaba efectivamente ocupándose de sus asuntos y había dejado de observarlos.

- Sí. Puede ser una buena idea- le contestó en un murmullo la bruja mientras ojeaba distraída el libro de pociones que tenía abierto sobre la mesa - Pero yo el sábado no puedo. Es el cumpleaños de Molly Weasley y estaré todo el día en La Madriguera. ¿Qué te parece el domingo? Por la mañana iré a casa de mis padres, pero luego estaré libre.

- Bueno, podemos vernos la noche del sábado cuando finalicen tus "compromisos sociales", en casa de mi Padrino – le propuso Draco con indiferencia sin querer parecer demasiado ansioso por estar con la bruja a solas cuanto antes.

- No, no. Estaré todo el día en La Madriguera y no creo que pueda luego…

- Entiendo que tras pasar un día entero en el agujero de los Weasleys uno necesite reponerse. Por eso te propongo que nos veamos después – le contestó el mago acercando su rostro a la joven y susurrándole al oído seductor – se me ocurre una forma de aliviar el stress de la jornada que resulta muy eficaz. Y me ofrezco generosamente a mostrártelo el sábado por la noche. Tan sólo te voy a pedir a cambio que si mi "demostración" te resulta…satisfactoria – apartándose de su cuello la miró fijamente con media sonrisa maliciosa - reciproques mis "atenciones".

- Ya me lo comentaste en una ocasión, Draco – le contestó la bruja con picardía reteniéndole la mirada - lo tuyo es la equidad ¿no?. "Enséñame lo tuyo que yo te enseño lo mío"…

Draco levantó una ceja sorprendido. Granger, sonrojada por su propio comentario, volvió nerviosa la vista al manual de pociones tratando de ocultar su rostro. El mago se inclinó levemente sobre ella y descubrió que, aún ruborizada, le miraba de reojo luciendo una sonrisilla traviesa mientras, como era su costumbre cuando estaba alterada, se ponía un imaginario rizo detrás de la oreja. Definitivamente la gryffindor estaba coqueteando con él. Resultaría que en esos momentos tenía ganas de jugar un rato, y que creía llevar la iniciativa. Bravo por ella, pero él iba más bien a aprovechar la oportunidad de devolverle la "jugadita" de Hogsmeade, y dejarle muy clarito quien elegía el cómo, el donde y el cuando.

Aprovechando la cercanía le dio un cariñoso empujón en la cadera, y cuando la bruja le miró sorprendida el mago le sonrió sugerente. Mirando a su alrededor para comprobar que nadie les observaba, acercó prometedor su rostro hacia la joven y cuando observó la mirada esperanzada de ésta, la guiñó un ojo. Entonces, sin volverse si quiera, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba a escasos metros de la salida le comentó elevando la voz y sin volverse:

- Estaré en la casa de mi Padrino a partir de las siete. No me hagas esperar.


Bueno, después de más de siete meses me digno a actualizar. Podría poner todo tipo de excusas (me entró un virus en el ordenador y perdí toda la información; me había mudado a la otra punta del planeta y no tenía conexión a internet,...) pero voy a ser sincera. Tras el capítulo 15 me bloqueé, y decidí darme un tiempo... que se convertió en medio año. Y no os podeis imaginar lo que cuesta volver a retomar una historia... Pero no me odieis demasiado, por favor.

Mil gracias por todos vuestros comentarios animándome (y dándome más de un empujón virtual para que me pusiera ya de una vez a escribir de nuevo), y especial mención a mi beta Aceli, que tras encadenarme al ordenador y ver que ni aún así lograba extraer ni una mala frase de mi cerebro, había perdido toda esperanza...