Continuamos donde nos quedamos la vez pasada, por favor, disfruten de:
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El destino de los marcados.
—¿No prefieres... Quedarte con tus hermanas en la finca de las mariposas? – preguntó Tanjiro apenado, pues Kanao yacía muy quieta frente a él. Estaban desayunando y ese día saldría de viaje para ver a Tomioka y Shinazugawa, habían acordado por medio de los cuervos el punto de reunión. Era un pueblo al sur de la montaña, en una posada para ser preciso.
Invitó a su esposa, para que pudiera despejarse de las labores diarias y paseara un rato, pero ella se negó rotundamente. No fue grosera ni nada por el estilo... sin embargo, consiguió preocupar mucho a su marido. Olía su molestia. Kanao estaba angustiada y también enojada. Desde que le dijo que saldría de viaje, su comportamiento se modificó. Durante las noches ella guardaba silencio, más de lo habitual. Sólo se encargaba de Hikari y de los quehaceres de la casa que le tocaban.
Cuando Tanjiro salía a trabajar afuera, ya sea recolectando leña, haciendo el carbón o cosechando, lloraba. Lo hacía en silencio, para que no se diera cuenta... Pero su esfuerzo era en vano. Tanjiro era capaz de captar el perfume de su dolor y en más de una ocasión detuvo sus actividades para ir a su encuentro. Cuando la veía, ella le daba la espalda y enmascaraba su sufrimiento, fingiendo que había sido una irritación en los ojos causa del polvo, las especias o una secuela de su condición visual.
Buscaba respuestas en Kaburamaru, pero la serpiente también se mostraba esquiva... A petición de Kanao, concluía. Normalmente el animalito era bastante cordial con Tanjiro. Claro que no se tragó el cuento de que todo estaba bien, él insistió hasta el hartazgo, pero pronto descubriría que su esposa podía ser tan callada como una tumba y tan densa como un bloque de concreto. Negó y simplificó su sufrimiento hasta que la fecha de la reunión llegó.
Desesperado, para que no se quedara sola, le sugirió que fuera a ver a Aoi y las niñas, tal vez la compañía del resto de su familia la animara un poco y estando allí, pudiera revelar su malestar que tanto se empeñaba en esconderle. Pero Kanao se negó a irse de la casa.
—No te preocupes, le diré a mi cuervo Kasugai que te busque si algo pasa o a Nezuko-chan. – la sonrisa que mostró le recordó encarecidamente a la que solía mostrar Shinobu, en sus años de vida. A diferencia de la antigua pilar, Kanao no despedía el olor a furia, sino a tristeza.
—Kanao... Sabes que volveré, ¿Verdad? – ambos estaban afuera, todo listo para que él partiera.
—Sí, lo sé. – ella parpadeó y sonrió amablemente.
—También... Sabes que te amo. – se sentía muy incomodo. Nunca peleaban o discutían, pero esta podría ser la primera vez. —Que las amo a las dos. – corrigió, su bebé estaba presente en los brazos de su madre.
—Nosotras sabemos eso. – Kanao se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. —También que sólo irás de visita con Tomioka-san y Shinazugawa-san, que vas a volver en dos días cuando mucho y que traerás un regalo, como prometiste. - ¿Entonces por qué sus palabras sonaban tan doloridas?
—Kanao... – tragó saliva, había sido un cobarde desde el principio y no tenía el valor de afirmar su sospecha, pero justo ahora estaba tan mareado por el hedor a congoja que despedía su mujer que se arrepentía de no haberla enfrentando antes.
—¿Sí?
—¿Nos… escuchaste?
—¿Cómo? – se sorprendió por un instante, pero alivió su expresión a la misma velocidad. Estaba fingiendo, justo como creía. No necesitaba decírselo en voz alta, definitivamente Kanao había oído la conversación que tuvo con Tomioka hacía unas semanas.
—Sobre... – comenzó a sudar. No quería hablar de eso, su pecho sentía un aplomo que le presionaba los pulmones y el resto de las entrañas. No ahora, no cuando estaba tan gozoso de su vida. No quería estropearlo hablando de cosas tan tristes.
—¿Podrías saludar a Shinazugawa-san y Tomioka-san de mi parte? – interrumpió repentinamente. Estaba tensa y tampoco quería continuar con esa conversación tan fatídica. No cuando el cumpleaños de Tanjiro estaba tan cerca y lo percibía como un conteo en retroceso, en vez de una ocasión para celebrar. No cuando su hija crecía día con día y le descorazonaba pensar en que su padre no estaría presente para el día de su boda... O para conocer a sus futuros nietos. No, no podía... No ahora que sentía una bola caliente de hierro quemarle la garganta y bajar hacia su estómago.
Iba a llorar. Tenía que serenar su mente o terminaría estallando.
—Tal vez... No deba ir. – escuchó musitar a Tanjiro y se arrepintió de ser tan transparente. Antes no le costaba nada mantener sus emociones a raya... Pero ahora que necesitaba justamente eso, estaba fallando estrambóticamente.
"Sólo un poco más, por favor... Sólo un poco más..." se decía internamente. Tenía que resistir hasta que Tanjiro estuviera a una distancia que no pudiera oírla u olerla.
—¡No! – ella lo tomó del hombro. —Sería muy grosero dejarlos plantados... Además, creo que lo que sea que vayan a contarse debe ser muy importante y no puede esperar. – insistió empujando con languidez. —Escucha, para que no te preocupes, llamaré a Nezuko-chan y Zenitsu, les invitaré a que se queden a dormir... O yo iré a su casa. No estaremos solas, lo prometo.
—Kanao... – él pasó su brazo alrededor de su cintura y unió su frente a la de ella. —Por favor... Cuando vuelva... ¿Podrías contarme lo que te está lastimando tanto? – la petición fue tan tierna y llorosa, que ella dejó salir todo el aire de su pecho en un suspiro y asintió, mordiéndose el labio inferior para que no se escapara su voz.
—Está bien...
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. – susurró a su oído. La pareja se separó y Tanjiro sonrió amorosamente. Luego le dio un beso en los labios, uno pequeño y casto, pero necesario para sellar esa promesa, después otro en la frente a su hija.
Con ello, el muchacho emprendió su viaje y ella estuvo atenta hasta que su figura desapareció en la distancia. Luego, cayó de rodillas y se aferró a Hikari mientras el llanto se desbordaba por sus ojos.
...
Estuvo a punto de dar media vuelta y volver con Kanao, en varias ocasiones. De pronto se paraba en medio del camino y tenía una lucha consigo mismo, pero al final... Sus pasos le llevaron a aquella posada en donde esperaba encontrar a los otros ex cazadores. Cuando vio a Tomioka de pie, afuera, esperándole, se sintió un poco aliviado...
—¡Giyuu-san! – lo llamó desde lejos y el aludido parecía distraído, mirando el cielo.
—¿Umm? – regresó la vista a su viejo amigo y toda seriedad desapareció al verle llegar. —¡Tanjiro! – le saludó.
—¿Acaba de llegar? – preguntó el muchacho a lo que el oji-azul negó con la cabeza.
—Llegué ayer y Shinazugawa está dentro, comiendo algo.
—¿Oh, ya llegó? – ambos se dirigieron al restaurante, que era en realidad, un puesto de comida en medio de un jardín interno. Shinazugawa los miró e hizo una seña con la mano.
—Al fin llegas, pensé que no vendrías. – declaró un poco malhumorado el viejo pilar del viento.
—Oh, perdón... Me distraje en el camino.
—Está bien, no necesitas excusarte. ¿Cómo está la tsuguko de Kochou? – no era que no supiera el nombre de Kanao, pero le daba algo de pena mencionarlo, se sentía tímido.
—Bien, ella se quedó en casa con nuestra hija. – le hubiera gustado decir la verdad, pero no quería preocuparlos.
—Ah, es verdad, tuviste una hija. – Shinazugawa sonrió de forma pícara. —¿Qué tal la vida de padres? – ambos se sentaron junto a él, en la barra del puesto.
—Dos, por favor. – pidió Tomioka al fondo y se les entregó dos copas para después servir sake. Una vez hecho esto, sirvieron algunos bocadillos salados. Shinazuwaga estaba comiendo carne.
—Es algo agotador, pero muy gratificante. – continuó conversando Tanjiro.
Era raro. Pero esto se sentía demasiado bien. Era similar a lo que sentía después de estar mucho tiempo sin ver a Nezuko y Zenitsu, Inosuke o las chicas de la finca mariposa. La nostalgia embriagaba su olfato, pero sobretodo el sentimiento de cariño que parecían transmitirles sus compañeros. Se sentía casi como un lazo entre hermanos. ¿Hermanos de armas? Podría ser... La verdad es que tanto con Giyuu como con Sanemi las cosas no iniciaron bien... Aunque con el Pilar del Agua mejoraron bastante, con Sanemi siempre hubo una tensión que anunciaba violencia. Claro que, después de que ambos charlaron, todo pareció ir a favor... La rabia de Shinazugawa y la depresión de Tomioka estaban en el pasado. Frente a sus ojos, se encontraban dos hombres forjados por el dolor de la guerra y la sangre derramada... Y no podía evitar pensar que era como ellos.
Lo que lo llevaba a pensar nuevamente en su destino. Los marcados... Alguna vez Kokushibou lo dijo y Sanemi lo escuchó de él. Amane también llegó a informarlo. Los usuarios de las marcas estaban destinados a morir a una edad aproximada de 25 años. Si bien hubo excepciones como Himejima (que tenía veintisiete cuando murió), estaba el usuario original del aliento solar; quien habría de morir de vejez, conservando aquella monstruosa fuerza y habilidad que tanto hizo temer a Muzan.
No estaba seguro si era una realidad absoluta. Pero la sentencia estaba dicha, por lo que, en el fondo de su ser, una corriente severa golpeaba su templanza hasta hacerle entender que el destino era más frívolo de lo que creía. Morir por las marcas... A cambio de ser un poderoso cazador, capaz de llevar el cuerpo al límite... En esa ocasión sonaba a un precio razonable, pero ahora...
—¿Debería arrepentirme...? – dijo de pronto Kamado. No había bebido más que una copa, a diferencia de sus acompañantes. Los tres estaban serios, dejando de lado lo bonito de su vida actual... El tema que realmente les causaba escalofríos fue sacado a la luz por Tanjiro.
—¿Arrepentirte? ¿Estás bromeando? – Shinazugawa frunció el ceño. —Yo no me arrepiento de haber usado mis marcas... Sólo que éstas no fueran lo suficientemente buenas como para salvar a mi hermano... – y sí, esa sería una herida que no podía sanar fácilmente.
—Sin las marcas... No estaríamos aquí. – comentó Giyuu, pensativo. —Ninguno de nuestros seres queridos.
—Es verdad... – Tanjiro sólo podía pensar en la angustia de Kanao y eso le trastornaba. —Es sólo que... Me da mucha tristeza tener que dejarlos... – los dos mayores esperaron a que terminara. —Mi familia y mis amigos... Aquellos que velaron por mí, a los que les debo tanto... No quisiera ser el motivo de su tristeza.
—Pero es imposible, Kamado. – argumentó Sanemi, su rostro, ligeramente sonrosado por el alcohol. —Todos entendíamos lo que significaba pelear contra demonios. Ya fuera a corto o largo plazo.
—Antes no tenía lo que ahora. – reflexionó el pelirrojo con pesar.
—Pudiste no haberlo tenido nunca. – el sol y el viento, miraron al agua. Tomioka acarició la cabeza de Tanjiro con sumo cuidado. —Si te hubieras rendido... Tu hermana, tus amigos, tu esposa, ¿Qué crees que les habría sucedido? Los hubieras perdido, pero gracias a las marcas lograste protegerlos. – la tensión se difuminó cuando Giyuu sonrió con afabilidad, mostrándose comprensivo con Tanjiro y la sensación que experimentaba. — La tristeza es inevitable... Cuando las personas dan la vida por ti, puedes llegar a sentir que lo mejor sería tomar su lugar, pero jamás sabrás cómo es. Sé que es duro... Sin embargo, puedo asegurarte que ellos van a comprenderlo, Tanjiro. El sacrificio que hemos hecho... Es sólo una deuda que pagaremos por aquellos que se fueron antes y que dieron sus vidas por amarnos tanto. Mi hermana lo hizo, Sabito lo hizo... Todos aquellos cazadores que nos protegieron contra Muzan; Himejima-san, Iguro, Kanroji, Tokito, Genya, Oyakata-sama, Kochou... Es nuestro turno.
—Giyuu-san... – las emociones que trasmitían sus palabras consiguieron tocar lo más profundo de su espíritu.
—No creí que diría esto, pero... Tomioka tiene razón. – suspiró Shinazugawa. —Quizás no sea cierto... A lo mejor, no ocurre, pero si llegara a pasar... Entonces quisiera irme sabiendo que hice lo que más deseaba... Luchar por mi familia, mis amigos y mi propia vida. – aunque su hermano estaba muerto, su memoria era algo que deseaba atesorar hasta que la muerte lo reclamase. —Deja de dudar, Kamado. Van a estar bien. Tu te quedarás para siempre con ellos.
—Es cierto... – Tanjiro miró a los dos y las lágrimas se agolparon en sus ojos. —Pero ustedes...
—No te preocupes. – Tomioka volvía a consolarlo. Esta vez tocó su hombro. —Shinazugawa y yo hemos vivido plenamente.
—No te atrevas a sentir lástima por nosotros, idiota. – masculló irritado el de pelo blanco. —Tampoco vamos a tener pena por ti. Aunque puedo entender cómo te sientes, dado que te queda más tiempo que nosotros... Nuestro deber como tus superiores, es hacerte el camino más fácil.
—Shinazugawa-san... – pero sus palabras sólo conseguían hacerle derramar lágrimas. —Usted siempre fue amable, siempre fue muy protector...
—Pero ¿Qué dices? – se sonrojó y a la vez se molestó. Se avergonzaba de cómo lo había tratado en el pasado.
—Y usted, Giyuu-san, fue un apoyo para nosotros... ¿Cómo podría no sentir dolor?
—Tanjiro. – Giyuu suspiró. —En lugar de sufrir, ¿Por qué no mejor me recuerdas con una sonrisa? – pudo olerlo, más allá de la esencia del licor, ambos ex pilares estaban con las emociones a flor de piel, era un sentimiento noble lo que emanaban. —Algún día, vamos a volver a vernos... Tal vez en otra vida.
—¿Otra vida? – Sanemi sonrió ante la idea. —Ya me gustaría...– dijo más relajado. —Aunque podríamos no ser humanos...
—Entonces en la siguiente. – profesó Giyuu.
—Shinazugawa-san, Giyuu-san... – Tanjiro los interrumpió, se paró frente a ellos y palmó su pecho con su mano derecha. —Gracias. No lloraré más. Lo prometo. Me dieron el valor que necesito. Cuidaré de mi vida y voy a recordarlos con una sonrisa a partir de ahora. Por favor, sé que tardaré un poco más, pero... Cuando nos veamos, ¿Podemos reunirnos como lo hicimos hoy?
—Claro, Tanjiro. – Giyuu miró fugazmente a Sanemi y éste asintió.
—Dalo por hecho, mocoso. – esta vez sus rostros reflejaban paz.
Entonces, sin previo aviso, Tanjiro se lanzó sobre ellos y los tomó por la cintura, su brazo izquierdo fue capaz de hacer tal acción. Les abrazó y los mayores, sorprendidos, pero al mismo tiempo, conmovidos, posaron sus manos en la espalda de Tanjiro. Esta... Sería la última vez.
...
Kanao fijó su atención en el caldero que bullía. Estaba cociendo verduras para hacer una sopa. No tenía mucha hambre y con hacer algo tan sencillo procuraría no esforzarse tanto. Desde que Tanjiro se fue, su estado de ánimo decayó bastante. Atendía a Hikari y sonreía cuando la acunaba en sus brazos, pero una vez que ella descansaba y la casa volvía a quedarse en silencio, sus pensamientos regresaban para atormentarla.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar e inevitablemente, cuando su cabeza volvía a rebatir el motivo de su suplicio, el llanto iniciaba una vez más. Suspiró. ¿Qué más podía hacer? Desde luego que no llamó a Nezuko o a alguien más para que le hiciera compañía como Tanjiro sugirió. Quería permanecer sola, dentro de lo posible. Con su hija y Kaburamaru tenía suficiente. La serpiente le indicaba cómo proceder en la casa y su hija la mantenía lo suficientemente distraía como para no desquiciarse a sí misma.
Cuando la sopa estuvo lista, se sirvió un poco y en otro tazón arroz blanco. Se sentó a la mesa y dejó a su pequeñita en la canasta acolchada que solía usar para transportarla. Verificó que estuviera cómoda y después se dispuso a dar algunos bocados.
Comió lentamente y en cantidades mesuradas. Estaba tan deprimida, que lo hacía por inercia. Desde el parto había tenido algo de problemas para adquirir las vitaminas necesarias para la lactancia. Tanto la partera, como ella misma, sugirieron un menú más variado y con más presencia de carne. Aunque si bien no estaba comiendo carne ahora, procuraba hacerlo continuamente.
Tomó la cuchara y se echó un poco de caldo a la boca. El sabor era bueno, no como los platillos que Aoi cocinaba, pero suficiente para su gusto. Volvía a suspirar. Últimamente era de sus actividades favoritas. Finalmente dejó la comida. Las ganas de comer se le escaparon repentinamente. Se levantó de la mesa, sin molestarse en recoger los trastes y se llevó a su hija a la alcoba.
Estando allí, se recostó un rato en el futón y la colocó a su lado, donde solía dormir Tanjiro. Kanao acarició la pancita de su bebé mientras ésta abría los ojos para después juguetear con sus dedos. Le dejó hacer, porque le parecía tierno, pero a la vez que la imagen de su hija le distraía, su mente procuró guardar los detalles de su aspecto para la posteridad. Su cabello era negro, como el suyo, pero sus ojos, resplandecían con la flama que caracterizaba a la familia Kamado. No siempre podía notar estos detalles, pero a veces, su ojo podía ser más generoso de lo normal. Tocó sus medillas, redondas y suaves y la pequeña se carcajeó emitiendo una sonrisa alegre.
—Eres hermosa. - susurró la joven madre. —Te pareces mucho a él. – continuó monologando, dado que su hija no parecía entender lo que decía. —Hikari-chan... ¿Crees que tenga la fuerza para...? – su garganta se anudó. —¿... Seguir sin tu padre? – era su mayor temor. Que Tanjiro muriera. Claro que eso iba a pasar, algún día, sin dudas, pero... ¿Por qué ahora lo sentía tan terrible? Todos los seres vivos mueren y vuelven a la tierra, las palabras de Inosuke eran razonables en este lío, no obstante... Las percibía como una condena.
Se estremeció. Su cuerpo entero comenzó a encogerse y sintió mucho frío.
La muerte... Era algo que conocía muy bien. La comprendía, le atormentaba y le aliviaba. En varias ocasiones marcó su vida de la forma que más odiaba. Porque, muerte significaba pérdida... Y perder a Tanjiro sería sumamente doloroso. Sus hermanas y sus compañeros... Para ella esas muertes eran más que suficientes. Quería vivir hasta ser vieja y resignarse sanamente. No tener que sostener la incertidumbre de si su esposo perecería a causa de las extrañas marcas que había desarrollado al pelear.
—Tanjiro... – musitó su nombre. —También Tomioka-san y Shinazugawa-san... El destino de los marcados es... – se tragó sus palabras. No quería decirlo en voz alta. Le estaba carcomiendo el alma.
—Fallecer. – se congeló. No esperaba esa sorpresa. Kanao apretó aún más sus músculos cuando lo sintió sentarse detrás de su espalda. Hikari chilló cuando identificó a Tanjiro y estiró sus bracitos para que le cargara. Acababa de llegar, pero estaba tan concentrada en su miseria, que no le oyó entrar. Sin inmutarse le vio extender su mano sana hasta la niña y dejar que ella tomara su mano para que jugueteara. Después, Tanjiro se enderezó un poco y comenzó a acariciar su espalda con calma y paciencia.
Kanao estiró su cuerpo ante el gesto y cargó a Hikari con cuidado, luego, tomó su yukata y comenzó a bajar la tela para descubrir su pecho. Aún le daba la espalda y estaba tan avergonzada que era incapaz de verlo de frente. De forma apresurada, sintió a la pequeña succionar su pecho mientras fingía que él no estaba allí. Tanjiro fue paciente y esperó a que el proceso de alimentación terminara. Cuando finalmente la vio acomodar a la bebé en su futón individual, se aventuró a pasar su brazo por la cintura y unir su espalda contra su pecho.
La escuchaba gimotear y cómo estaba tan tensa como para intentar acallar sus sollozos... Se sintió profundamente conmovido y apenado por ella. Sabía cual era el motivo de su malestar, pero no fue hasta que él mismo aceptó su destino, que tuvo el coraje de consolarla.
—Perdóname, Kanao. – recargó su frente contra la parte posterior de su hombro derecho. —¿Era eso? – ella asintió, aún sin la facultad de hablar. —Lo suponía... Pero tenía miedo de hablarlo.
—To-Tomioka-san y Shinazugawa-san… ¿Están bi-bien? – sollozó, ya no valía la pena fingir otra cosa.
—Sí, están bien. – Tanjiro sintió escozor en sus ojos, se había prometido ser fuerte y anteponerse a sus emociones, pero escuchar a su amada esposa en ese estado, lo desarmaba. —Charlamos... Todo está bien, no te preocupes.
—Tanjiro, yo... – él le besó la nuca. Eso la hizo callar.
—Sé que no es fácil de aceptar. Comprendo como te sientes. – lo afirmó cuando sintió la humedad en su hombro proveniente de él. —Perdóname, Kanao. En verdad... Perdóname.
—No... – sollozó. —No es tu culpa. Yo lo lamento. Debí... Debí ser más fuerte; resistir. Soy tu esposa y no pude... – se quedó sin aliento.
—Te amo. Por favor, nunca lo olvides. No importa si no estoy contigo, mientras recuerdes eso, todo habrá valido la pena. – la sintió temblar.
—También te amo. – contestó. Ella se giró amablemente para encarar a su marido. El calor que desprendía, era tan reconfortante. Lo abrazó delicadamente mientras él se aferraba a ella. —Estoy causándote más angustia, ¿No? – Tanjiro no respondió, así que ella prosiguió. —Quería ser fuerte... Aparentar que no estaba derrumbándome frente a ti. Pero... Pensar que dentro de poco tú ya no estarás conmigo... Que tal vez no veas a nuestros hijos crecer... Que no te veré a mi lado cada mañana durante el resto de mi vida... – era como cavar en un pozo sin fondo.
—Kanao. – Tanjiro intentó ser valiente y tomó la barbilla de su esposa para verla de cerca. —Me apena mucho que sientas esto. – suspiró. —Yo... estoy quemándome por dentro, de sólo saber que te causaré tal dolor. – estaba llorando también. —Ojala hubiera alguna forma de...
—¿Pero no la hay, o sí? – ella tragó saliva para aclarar su garganta y vio a su compañero negar balanceando la cabeza.
—Lo siento. – respondió con resignación. No podía negar lo inevitable. Tampoco sabía cómo consolarla. Con Tomioka y Sanemi la resolución fue muy honorable, porque se trataba de guerreros listo para el cumplimiento de su deber, pero... Con Kanao...
—Hiciste lo que debías. – dijo de pronto ella, un amago de fortaleza se mostró en su voz. —Peleaste como un auténtico cazador. – esas palabras eran tan intimas y a la vez tan suaves. —Me salvastate la vida y la del resto de sobrevivientes. Eres un héroe. – más que para él, parecía que las susurraba para ella. —Eres mi esposo, el padre de mi hija, mi compañero, el amor de mi vida... – se oía similar a los mantras que Himejima solía decirse a solas. —Eres... La razón por la que sentí la vida diferente. La razón por la que sonrío todos los días, por la que lloro tan amargamente... Mi corazón y el tuyo están más unidos que nunca...
—¿Kanao? – parecía estar mirando a la nada. Pero en realidad estaba rememorando el pasado. Cuando su ojo funcional se enfocó en él, una sonrisa emergió de su boca.
—Soy tu esposa y cargaré el destino de las marcas junto a ti, Tanjiro. – declaró.
—Kanao... – de nuevo más borbotones emergieron de sus ojos. —No tienes que hacerlo... Si esto te está causando tanta angustia, pienso que... – fue acallado por los labios de ella.
—No, por favor. No me apartes. - su cálido aliento le acariciaba las mejillas. —Voy a llorar... Lo haré ahora y lo seguiré haciendo hasta que suceda. No quiero vivir una mentira. Aparentar que no está pasando nada y que acumule mi tristeza hasta explotar. Déjame compartir tu destino... Como un matrimonio, enfrentaré esto junto a ti. – tal vez era la presencia de Tanjiro, su calor, su amabilidad o el palpitar de su corazón... Pero ahora que había llorado tanto y que se había desfogado, sus cualidades renacían desde su interior. Kanao era tan gallarda como lo era él y no debía olvidarlo. También fue una cazadora y una muy poderosa, por cierto. Su deber no era ignorar esto, era enfrentarlo con entereza y ser un sostén para Tanjiro. Después de todo eran marido y mujer.
Tanjiro sintió que limpiaba sus lágrimas. La besó cuando hizo esto. La colmó de besos hasta que ambos reposaron en el futón. Él encima de ella y con una diminuta sonrisa, aceptó todo el amor que su marido le daba.
—¿Estás segura?
—Muy segura. – reafirmó.
—Cuando necesites llorar, puedes venir a mí...
—Tú igual.
—Gracias, Kanao. – besó su cuello con delicadeza. —No sé que habría hecho sin ti.
—Me has salvado de tantas maneras... Que soy yo quien debería darte las gracias.
—Voy a amarte por el resto de mi vida... Cada día, hora, minuto y segundo... Lo prometo. – estaba recitando sus votos, los reconoció y ella se sonrojó efusivamente.
—Y yo voy a acompañarte, dedicaré mi tiempo a retribuir el amor que me das y cuidaré de ti, hasta que llegue el momento de partir. – era una promesa repleta de sentimientos.
Tanjiro sonrió y volvió a juntar sus labios con ella. La emoción era tan potente que los embriagó. Las manos de Kanao acariciaron su cuero cabelludo con cuidado, masajeando con total libertad y a juzgar por los gruñidos de él, le agradaba. Una sonrisa se pintó en sus labios. Ya era necesaria otra expresión además del llanto, se dijo a sí misma.
Tanjiro se separó un poco y comenzó a descender por su cuello. Le encantaba besarla en esa parte. Era una zona erógena y con un aroma dulce. Cada vez que la besaba, sentía que probaba el néctar más dulce de las flores. No sabía si era por su estilo de respiración o porque esa era la esencia natural de Kanao, pero jamás podría compararlo con nadie más. Ella, presa de las sensaciones, abrió poco a poco sus piernas, permitiendole posarse entre ellas y así entrelazarse con mayor comodidad.
Kanao pasó sus manos por su espalda. Con el paso de los años, los músculos de su retaguardia se ampliaron hasta alcanzar una talla adulta. Ella podía pasearse por cada recoveco, alegre de acariciar la estructura muscular de su marido, la cual era tan rígida como escultural. Al menos para ella. Como él le regalaba cosquillas en su cuello y el inicio de sus pechos, le pareció adecuado deleitarse con su piel. Pasó sus dedos debajo de los pliegues de la tela de su haori y se infiltró hasta desnudarlo de la cintura para arriba. Mientras Tanjiro le deslizaba la ropa por los hombros, ella tocó las cicatrices de sus antiguas peleas con total devoción.
Ambos tenían heridas que habían sido curadas. Ambos compartían historias de sangre, sudor y lágrimas... Ese punto en común, les cautivaba mutuamente. Los Kamado (es decir, ellos como pareja), tenían una historia noble de sacrificios y esfuerzos sobrehumanos. Kanao, quién apenas podía ver un poco por su ojo izquierdo, logró captar la perfecta forma del mapa de cicatrices e imperfecciones cutaneas que poseía su marido. Por un instante, imaginó las marcas de cazador.
Las había visto antes, Tanjiro las tenía en el rostro. Pero... Según algunos comentarios de los Kakushi, las marcas también podían aparecer en otras partes del cuerpo. Tal fue el caso de Mitsuri Kanroji, Iguro Obanai y Himejima Gyomei. Al parecer no importaba donde se manifestaran, el efecto era el mismo. Quizás Tanjiro también las tuvo en otra parte además de la cara. ¿Serían tan imponentes como un tatuaje?
—Ah... – sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió los labios de su esposo en sus pechos. Estaban sensibles porque hacía rato que acababa de amamantar, además sintió un pequeño chorro de leche brotarle ante la estimulación. Se sonrojó violentamente y Tanjiro junto con ella.
A decir verdad, era la primera vez, desde hacía meses, que volvían a tocarse. Antes no estaba lactando y Tanjiro podía darse el lujo de acariciar y chuparle los pechos sin mayores problemas, pero ahora...
—Lo siento, creo que... Estoy quitándole su comida a Hikari-chan. – intentó hacerse sonar con gracia, pero sólo consiguió avergonzar a ambos más de lo que ya estaban.
—Perdón, es que... Se hinchan un poco, por la leche. – intentó justificarse ella, mas no venía al caso en realidad.
—¿Te lastime?
—No.
—¿Te gustó? – ella asintió incapaz de pronunciar palabras. —¿Tú crees...? ¿Crees que podamos...? – tenía mucho miedo de preguntar. Después de ver el parto, le daba pena y a la vez miedo, que él pudiera lastimar su cuerpo con el sexo. En parte fue por eso que no había insistido en los 4 meses de vida de su bebé.
—Sí. – Kanao tenía la habilidad de comprenderlo sin tanta palabrería.
—Ya veo... Aún así, seré gentil. – como siempre, habría de agregar, pero tampoco le molestaba que él tuviera cuidado con ella.
La mayoría de las veces, Tanjiro era retacado y delicado, pero lo cierto es que, una vez entrados en el placer, él se descontralaba y podía llegar a ser más rudo de lo que pretendía. Kanao nunca tuvo quejas. Le gustaba cómo empezaban y cómo terminaban. Además, ella también tenía mucha resistencia gracias a su respiración.
Con todo el permiso del mundo, Tanjiro hizo algo que tenía demasiadas ganas de hacer. Siempre consideró al cuerpo de su mujer erótico. Desnudarla le complacía tanto, que siempre tomaba la iniciativa.
—Permíteme. – pidió y ella se lo consedió.
No era un pervertido, para nada. Desnudarla también parecía complacer a su pareja. Kanao, se sentía amada mientras que él, encantado. Así que, con su brazo sano, comenzó a desatar los nudos del yukata y a separar la tela a los lados, dejándole ver la inmaculada piel blanca de su torso y abdomen. La luz era suficiente para identificar sus relieves. Para su sorpresa, ella ahora tenía nuevas cicatrices. Justamente en sus pechos y en su vientre. Era de esperarse, había estado embarazada y el crecimiento del útero le obligó a estirar la piel. Esas estrías, más que desagradarle, le maravillaron. Era la prueba física de su maternidad.
Deslizó su rostro por el cuerpo de Kanao. Se tomó todo el tiempo del mundo. Primero, besó en el centro de ambos senos, después, comenzó a bajar, dejando un camino de besos, hasta su estómago. Afianzó su mano por la cintura y la sostuvo. Posó su mejilla contra la musculatura de su abdomen y aspiró su fragancia. Pasó la lengua, saboreándola. Ella suspiró entrecortada, estaba excitandose, justo lo que quería.
—Eres hermosa. – confesó entre besos.
—Tú también. – respondió ella.
Cuando llegó a su pelvis, le pidió que abriera un poco más sus piernas y le obedeció. A la par que descubría su sexo, empezó acariciandole con los dedos. Resbaló entre los pliegues de sus labios y también acarició su clítoris emulando círculos pequeños. Ella respiró entrecortada y contuvo gemidos. Poco a poco, la humedad se hizo mayor y eso reveló lo deseosa que estaba.
Se atrevió a lamer el botoncito de la cúspide y mientras lo hacía, sus callosos dedos se adentraban por el introito, acariciando sus paredes internas con movimientos que de antemano sabía le gustaban.
—Tanjiro... – gimoteó ante una contracción. Ella hacía movimientos con sus caderas, buscando más contacto. —Tanjiro, así...- le gustaba su jugueteo. Nunca le dolía y siempre conseguía encenderla más. —¡Ah, Tanjiro! – gritó, cuando él arremetió sin piedad contra su carne más sensible. Sintió las contracciones de su piso pélvico y la insistencia de su marido.
Quizás eran las hormonas o su ansiedad, pero logró tener un orgasmo más rápido que otra veces. Ella se contrajo contra su mano y él gruñó cuando sintió el exceso de lubricante natural entre sus labios. Su aspecto, repleto de sudor, estremecido y sensual, le hicieron bombear sangre con furia a su entrepierna. Su erección delató su deseo y sintió un dolor punzante al no tener su propia liberación.
—¿Estás bien? – preguntó, provocativamente.
—Sí... – ella limpió el sudor de su rostro.
—¿Estás cansada? – quería que le dijera que no, que quería seguir hasta el amanecer, pero tuvo consideración con ella, después de todo, estuvo haciendo quehaceres todo el día.
—No. – qué suerte. —¿Me ayudas a levantarme? - ¿Eh? ¿Quería irse...? Él lo hizo, permitió que apoyara sus brazos en sus hombros y la haló de su espalda baja para que pudiera sentarse. —¿Puedo? – entendió a lo que se refería cuando señaló hacia abajo. El pantalón que tenía no escondía en absoluto su miembro erguido. Claro que ella podía notarlo.
—Sí... – algo desconcertado, Tanjiro terminó por desnudarse.
—Recuéstate, por favor. – esa pizca de timidez era bastante intrigante y excitante. Era su turno de callar y disfrutar. Cuando quedó boca arriba en el futón, Kanao se colocó encima. Él reconoció la posición.
Lamentó internamente que no lo captara antes. Desde que iniciaron su vida sexual eran algo... Anticuados. Nunca experimentaban mucho, quizás por esa pusilánime sensación de pena, era que se limitaban a la posición de él sobre ella. Aunque Kanao no decía nada al respecto, posiblemente porque ninguno de los dos conocía más sobre el sexo, además de lo que ellos mismo habían aprendido.
Alguna vez escuchó de Inosuke que gustaba de colocar a su pareja en diferentes posturas. El hombre veía al sexo como técnicas de lucha, al parecer. Así como había inventado el estilo de la respiración de la bestia, el muy desvergonzado, había obligado a Aoi a que lo tomara de las formas más variadas y hasta salvajes que se le venían a la cabeza. La cosa era que, sin darse cuenta, ellos practicaban un sexo mucho más atrevido y placentero que la mayoría de sus compañeros. Todo gracias a la creatividad de jabalí.
Fue casualmente Aoi, quien le comentó sobre estas cosas a Kanao y por ende, ella sintió mucha curiosidad. Montar a su hombre era algo básico, pero novedoso para la espadachina, por lo que, cuando su mejor amiga (casi hermana), le dijo que podía hacerlo y que además, era bastante bueno, no dudó en aplicarlo cuando pudiese.
El pene de Tanjiro ya estaban bastante erecto para entonces. Ella se deslizó sobre él y se sentó haciendo que sus glúteos acariciaran la erección del muchacho, sin penetrar. Como estaba muy mojada, su sexos se deslizaban, causando vibraciones a ambos. Ella le dio un beso prolongado al chico y cuando lo dejó sin aliento, volvió a enderezarse para verlo desde arriba. Se veía tan adorable y varonil, así que memorizó su imagen.
—Voy... Voy a tomarte. – anunció. Él asintió y esperó, estaba muy intrigado de ver cómo terminarían el acto.
Delicadamente, apretó en sus dedos su miembro y se alzó para acomodarlo en su entrada. Después, bajo poco a poco, apoyada por la gravedad, pero frenando para no ser muy brusca. Para su deleite y sorpresa lo sintió en el fondo y tocándola más profundo que en otras ocasiones.
El calor de su cuerpo y la estrechez de su vagina, hicieron a Tanjiro respirar entrecortado. Era demasiado bueno para ser verdad. Se sintió mal de no haber intentado esto antes con ella.
Lo mejor fue cuando comenzó a moverse. Una vez que se acostumbró a la invasión, Kanao empezó a levantarse y dejarse caer con cuidado. Le daba un poco de miedo que lo lastimara, pero, a juzgar por los sonidos que hacía Tanjiro, su precaución se esfumó y comenzó a balancearse con más soltura.
Los movimientos verticales empezaron a variar con circulares. La fricción de sus sexos era vertiginosa. Tanjiro la sostuvo de la cadera y la ayudó a acomodarse en más de una ocasión.
Kanao posó sus manos sobre sus péctorales y se adecudó a empujar mientras se inclinaba para besarlo. Tanjiro movió su mano de su cintura a la nuca. La apretó para introducir la lengua en su boca y la batalla campal no se hizo esperar. Ambos respiraban por la nariz, así que podían agasajarse con total apego.
Increiblemente, Kanao no dejó de montarlo. Continuaba con el vaivén de caderas y mientras más se apretaba a Tanjiro, sus cuerpos quedaban entrelazados más intimamente. Sus pechos tocaron el pecho del muchacho y ante la sensibilidad, el atracón de lenguas y el movimiento exquisito de su sexos... El orgasmo fue inevitable.
Se estremecieron al unísono, tuvieron que separar sus labios para gemir y Tanjiro abrazó a Kanao, quien ya estaba recostada sobre él, para apretarla mientras las contracciones placenteras pasaban y su semilla era liberada. Al final, ambos estaban respirando afanosamente, cubiertos de sudor y con una sensación de éxtasis y paz inaudita.
Lo que comenzó con un mar de lágrimas, terminó con una lluvia de gemidos.
Jadeando, el chico unió sus frentes y rio en voz baja. Kanao reaccionó de la misma forma, las puntas de sus narices se tocaron mutuamente y tras esto, Kanao se bajó de su cuerpo. Tanjiro se apresuró a abrazarla y pegó su espalda a su pecho. Era una sensación reconfortante.
—Recuérdame dejarte tomar el control más seguido. – susurró a su oido.
—Está bien... – le apenaba aún, pero estaba de acuerdo. Entonces se tensó de golpe, los quejidos de Hikari la hicieron voltear al bultito del futón que estaba un poco alejado de ellos. —Tanjiro... – su voz tembló y le hizo pensar que algo malo pasaba.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? –sonaba lánguido, pero la preocupación era verdadera.
—No-Nosotros... Acabamos de... Frente a Hikari-chan... – ella tomó una prenda de ropa cercana y se cubrió el rostro, no podía soportarlo.
—¿Eh? ¡¿Eh?! - ¡Diablos! Hasta ahora se daba cuenta. Volteó a ver a su hija, quien continuaba durmiendo. Él también ocultó su rostro, pero lo hizo en la curvatura del cuello de su esposa. —Cielos... Lo siento mucho. – murmuró, tenía la mandibula muy apretada. —Perdóname, Kanao... Me dejé llevar... – no tenía otra forma de justificarse.
—Yo también...
—¿Tú crees...? ¿Ella lo habrá notado? - despegó un poco su rostro y Kanao se giró para estar de frente. Ambos tenían las mejillas de un vivo rojo.
—Mejor... No volvamos a hacerlo en la misma habitación. No quiero que... Le haga daño.
—Sí, tienes razón. La próxima vez... – tragó saliva. —La próxima vez será diferente.
Y luego, tras un silencio que se prolongó segundos, ambos soltaron una carcajada con nerviosismo. Ella se dejó arrastrar por su marido y cuando sintió que los cubría con una manta, se afianzó a su pecho para descansar.
Lo cierto era que ambos estaban exhaustos, ella por sus tareas y Tanjiro por su viaje. El sexo fue excelente, pero habían gastado muchas energias. Al son de sus respiraciones el sueño se apoderó de sus cuerpos y lo último que vieron antes de caer rendidos, fueron la sonrisa del otro.
Continuará...
Bien, aquí una incógnita que jamás se resolvió en el manga y es: ¿Los usuarios de la respiración solar son inmunes a las marcas? Tras revisar y checar el manga, la verdad es que sólo queda como una teoría. Debido a que, el único que superó esas marcas hasta la vejez fue Yorichi y además, podemos ver que los Kamado, al menos el padre de Tanjiro, sobrepasó los 25 años, aparentemente. La cuestión con los Kamado es que ellos podían usar la respiración solar de forma inconsciente y no totalmente entrenada, todo gracias a la danza del dios del fuego y a sus conexiones con el trabajo del carbón. Así que, es muy posible que en realidad Tanjiro si sobreviva a la "maldición de las marcas de cazador", no obstante, es algo que no se sabe a ciencia cierta por que la mangaka nunca lo ha desvelado. Por mi parte, iremos viendo esto con el paso del fic. Así pues, independientemente que Tanjiro no sea afectado por las marcas, ellos realmente desconocen eso. Así que, creen que le pasará lo mismo que a Tomioka y Sanemi, por tanto, la angustia es real dada la incertidumbre en los personajes.
Este capítulo me pareció muy sentimental, espero lo haya disfrutado.
Saludos.
¿Merece un comentario?
Yume no Kaze.
