Bueno les traigo una adaptacion de un libro que termine de leer hace poco, los personajes pertenecen a Isayama, otros solo estan por estar xD y la idea es de Nancy Kilpatrick


Capítulo 2

Al día siguiente la Policía volvió a interrogar a Hanji para aclarar ciertos detalles. Se presentaron en persona en el hotel, y luego la llamaron varias veces por teléfono. El inspector Hannes, en particular, parecía cada vez más escéptico y deseoso de olvidar el caso. La mantenía en la ignorancia, le hacía miles de preguntas y en cambio no contestaba a casi ninguna de las que hacía ella. Admitió, sin embargo, que el informe de la autopsia no era concluyente y que no habían detenido a ningún sospechoso. Hanji no habló con nadie más, aparte de la Policía.

El suceso la había dejado helada. Aquella noche soñó con un lobo enorme, con la cara del asesino, listo para agredirla, con las fauces abiertas chorreando sangre. Se despertó bañada en sudor y con el corazón latiendo a toda prisa. No se atrevió siquiera a salir a la calle hasta casi las diez de la noche.

— Necesito un taxi — le dijo al portero del Royal Medoc.

Mientras esperaba, Hanji miró a su alrededor. Había un hombre bajito, fumando un cigarrillo, apoyado en una farola a medio camino calle abajo. Miró en la dirección donde se encontraba ella, pero fingió no verla. Evidentemente se trataba del policía que la vigilaba. Menudo desastre, pensó Hanji.

Una vez en el taxi, ordenó al conductor, aunque con gran dificultad, que la llevara a St. James, un pequeño restaurante al otro lado del Garona, en los alrededores de Bouliac. Había cenado allí la primera noche, nada más llegar a Burdeos. La comida era buena, cara, pero prix fixe, y el ambiente resultaba encantador.

Además, sentía la necesidad de salir del hotel, aunque solo fuera para cenar. Tomar un taxi parecía una opción segura. Y tomaría otro a la vuelta, así que no tenía por qué preocuparse.

...

El maître sentó a Hanji cerca de la chimenea, junto a una ventana. Solo había dos mesas más ocupadas, ambas por parejas. El restaurante, en las afueras de la ciudad, estaba situado sobre una colina con impresionantes vistas. Las luces de las casas parpadeaban ante ella, como las líneas de luz de color rojo y ámbar de los coches que circulaban por las principales arterias. Dentro del restaurante, cálidas bombillas incandescentes resaltaban la madera de nogal de los muebles y las tapicerías color violeta. El fuego de la chimenea esparcía una reconfortante luminosidad y la calentaba; aquella noche, sorprendentemente, había refrescado.

Hanji comió despacio, saboreando cada plato. Estaba encantada de haber salido del hotel. Sin embargo, seguía inquieta, recordando el suceso primero y después, retrocediendo aún más en el tiempo hasta el momento en que Lemus y ella se conocieron.

Todo había sido tan distinto al principio... pensó. Ella era más joven, aunque en realidad solo habían pasado unos pocos años, pero decididamente sí era más ingenua. Lemus era el tipo de chico por el que ella siempre se había sentido atraída: rubio, guapo, con cara de niño, una brillante sonrisa, tez morena, atlético, y con una estupenda carrera profesional por delante. Recordaba incluso haber pensado que parecía recién salido de las páginas de la GQ.

Los dos procedían de familias de clase media, típicamente americanas. Se habían conocido durante la noche del estreno de un teatro de aficionados de Filadelfia. Él entonces era editor sénior de una revista de Filadelfia, y ella estaba terminando sus estudios de Derecho en la Universidad de Pensilvania. Sin duda, todo demasiado convencional.

El camarero se acercó a servirle agua. Sonreía. Hanji bajó la vista hacia su coq au vin.

La boda se había celebrado tres meses después. Compraron una casa en el mismo centro de la ciudad, la zona más de moda: la Ciudad del Amor Eterno. Hanji consiguió un empleo en un pequeño bufete de abogados, y mientras tanto se preparaba para salvar el último obstáculo: los exámenes. La alta posición de Lemus y su abultada cuenta corriente les permitía llevar un tren de vida envidiable. A menudo viajaban al extranjero por vacaciones, y por las noches siempre estaban ocupados con amigos, fiestas o acontecimientos culturales. Lemus se compró un Mac y comenzó a dedicar su tiempo libre a escribir "la gran obra de teatro americana", como le gustaba llamarla, bromeando. Hanji siguió diseñando y confeccionando trajes para el teatro y ayudando en cuanto podía, e incluso tomó una serie de clases de interpretación; era la primera vez, desde la época del colegio, en que se dedicaba a aquello que más amaba: actuar. Todo era perfecto, hasta que ella encontró la carta.

Hanji sabía que Lemus la había escondido, pero siempre le quedaría la sospecha de que, quizá, inconscientemente, él deseara que la encontrara. La carta iba dirigida a Andrés, el mejor amigo de Lemus y el más antiguo amigo de los que conservaba Hanji en la ciudad. Antes de casarse, Lemus le había contado que había sido bisexual. Bien, eso podía aceptarlo. Él había cambiado. Pero, por su forma de escribir acerca de sus sentimientos en aquella carta, era evidente que la aventura entre ellos dos, que había comenzado mucho antes de que Hanji conociera a Lemus, no solo había continuado, sino que, además, a lo largo de todo su matrimonio, él había tenido numerosos amantes de los dos sexos. Lemus le juraba a Andrés que en ese momento sí le era fiel. Y le pedía que tuviera paciencia, porque estaba buscando el momento adecuado para pedirle el divorcio a Hanji del modo menos doloroso posible.

Entonces comenzaron las acusaciones, las lágrimas, las discusiones, las recriminaciones de ella y las disculpas de él, los ruegos mutuos y los dolorosos rechazos. Y por último, la terrible verdad: Lemus había contraído el sida de una mujer que escribía en la revista en la que trabajaba; una de sus muchas aventuras. Y se lo había contagiado a Andrés. Andrés había dado positivo en la prueba en tres ocasiones: ambos eran portadores del virus. Lemus acababa de descubrirlo.

Hanji estaba desolada. En su estupor, tuvo que obligarse a sí misma a hacerse la prueba. Dio negativo. Entonces la repitió una segunda vez. Negativo. Aquellos resultados parecían el fruto de la mano de Dios. Le producía pavor repetir la prueba por tercera vez. ¿Para qué?, se preguntaba. Antes o después la enfermedad acabaría por declarársele. En la clínica le aseguraron que no había ninguna razón para darlo por supuesto. Cabía la posibilidad de que no hubiera sido infectada. Pero Hanji investigaba y leía mucho acerca del tema: lo más probable era que Lemus hubiera infectado a todas las personas con las que había mantenido relaciones sexuales. Las esperanzadoras palabras de los empleados del hospital no la tranquilizaron en absoluto. Pero, por otro lado, no estaba preparada para enfrentarse a un resultado positivo en una tercera prueba; sabía que jamás podría vivir sabiendo que estaba enferma.

Aunque el divorcio había sido un proceso relativamente simple, no dejaba de ser un trago difícil. El caso lo llevó un abogado del bufete donde trabajaba, que la sacó del atolladero con rapidez. Exactamente lo que deseaba. La desgarraba un cúmulo de sentimientos dispares, ansiaba terminar con aquella angustia cuanto antes.

El camarero le retiró el plato. Hanji decidió no tomar postre y pasar directamente al café y la copa de licor. Quedaba solo una mesa ocupada aparte de la suya.

Hanji siguió viviendo en el piso del centro de la ciudad durante un año, aunque sola. Comía platos congelados pre-cocinados, veía mucha televisión, trabajaba en un puesto temporal en una oficina y poco más. Suspendió los exámenes... dos veces. Dejó de ir a las clases de interpretación, y cortó su relación con el teatro. Poco a poco fue perdiendo también a los amigos, pero eso no le importó. Enseguida se acostumbró a estar sola, lo prefería. Y en las escasas ocasiones en que alguien trataba de emparejarla con una cita a ciegas, ponía una excusa.

El dolor había comenzado a hacerse tan habitual que, por suerte, pronto se transformó en una sensación de aturdimiento constante. Bien, era lo mejor, pensaba Hanji.

El camarero le llevó la cuenta mientras ella daba sorbos de licor. Ella contó los francos despacio. No sabía si la propina estaba incluida, así que añadió otro billete.

Fue un mero impulso lo que la llevó a abandonar su empleo. Lemus la había dejado en una situación económica más que razonable. Vendió la casa, el coche y todo lo demás, y decidió viajar. Con un poco de cuidado ese dinero le duraría al menos tres años. No tenía ni idea de qué iba a hacer después, pero tampoco le importaba. Simplemente quería alejarse de todo y buscar una nueva razón para vivir, algo que la inspirara. Se había engañado a sí misma. Mirándolo en retrospectiva, su matrimonio no había sido más que una farsa. Los dos habían interpretado un papel, y no lo habían hecho mal, pero tampoco lo habían hecho desde el fondo del corazón, así que no le quedaba más remedio que vivir con las consecuencias. Y eso la inducía a cuestionarse todo lo demás, a cuestionárselo todo. Resultaba irónico, se dijo. Siempre había tratado de ser una persona sincera, de hacer las cosas bien. ¿Por qué, sin embargo, sentía que toda su vida había sido una terrible pérdida de tiempo?

Había leído que, aunque en la tercera prueba del sida el resultado fuera positivo, ser portador del virus no significaba necesariamente que se fuera a desarrollar la enfermedad. Sin embargo, los porcentajes de casos en sentido contrario que se publicaban en las estadísticas aumentaban de día en día. Hasta ese momento no había tenido ningún síntoma, así que aún quedaba esa posibilidad. Pero justo antes de que Lemus abandonara a Andrés, su ex marido la llamó por teléfono para decirle que le habían diagnosticado un sarcoma de Kaposi. La noticia la había dejado helada, la había puesto furiosa, la había deprimido tanto por sí misma como por Andrés y por toda la cadena de personas que habían mantenido relaciones con Lemus. Aquello era una pesadilla sin fin. No lamentaba que esa vida hubiera terminado para ella, pero tampoco tenía una vida nueva con que sustituirla. Y, a su parecer, las posibilidades eran escasas.

Había terminado la cena y había pagado la cuenta. Hanji terminó la copa de Cointreau. Fue la última clienta en abandonar el restaurante. No había razón para permanecer más tiempo allí.

Fuera soplaba un viento frío. Hanji se cerró la chaqueta. Pasaban pocos coches por la calle, y taxis menos aún. Se le ocurrió volver a entrar en el restaurante para llamar a uno por teléfono, pero entonces las luces se apagaron. Hanji se asomó a través de las cortinas de encaje, pero no vio a nadie.

La calle principal estaba a una manzana de distancia y sin duda, el policía que le habían asignado seguía de vigilancia.

Hanji se dirigió calle abajo hacia la zona mejor iluminada. Pero antes de llegar a la esquina, oyó un coche tras ella. Era un taxi. Le hizo una señal con la mano y el conductor paró.

— Al Royal Medoc — ordenó Hanji mientras cerraba la puerta.

El conductor se puso en marcha inmediatamente.

Estaba un poco ebria tras una botella casi entera de vino y el licor, así que apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. De inmediato se le apareció la imagen de su asaltante. Abrió los ojos brevemente, pero enseguida volvió a cerrarlos.

La Policía no la había tomado en serio. Al menos cuando declaró que había visto al asesino morder en el cuello al hombre mayor. Ni ella misma se lo creía. Parecía sacado de una película de terror. No tenía sentido, y si alguien le hubiera contado un asesinato semejante a ella, habría pensado que estaba bromeando o se había vuelto loco.

Un fuerte olor a tabaco interrumpió sus pensamientos. Hanji observó la nuca del conductor y se preguntó si sería el policía que la vigilaba.

Las calles que veía por la ventanilla no le resultaban familiares. Sin duda el taxista había tomado una ruta distinta, menos directa, hacia el hotel. Hanji comprobó el taxímetro. Le debía dieciséis francos, y la ida no le había costado más que dieciocho. Era evidente que había tomado un camino más largo para cobrarle más.

Pardon — dijo Hanji. El taxista no le hizo caso — Escuche, quiero que me lleve directamente al hotel. Esta junto al Pont de Pierre, s'il vous plait.

Él siguió sin responder, y Hanji se preguntó si hablaría inglés, porque no cambió de dirección. De hecho, aceleró.

Hanji miró a su alrededor. Observó por la ventanilla las luces del centro de la ciudad, en la orilla contraria del río. Y decidió saltar del taxi en cuanto pudiera.

El coche aumentó la velocidad a lo largo de la orilla derecha del río, la carretera estaba escasamente iluminada por farolas a cierta distancia unas de otras. En esa zona había llovido, el suelo estaba mojado, y un olor a ozono impregnaba el ambiente.

Hanji no vio ningún otro coche en aquella calle desierta, y tampoco peatones.

— ¡Pare el coche!, ¡ahora! ¡Déjeme salir! — gritó.

Pero el conductor no le prestó atención. Ella abrió la puerta. Iban tan deprisa, que sabía que se haría mucho daño si saltaba. Por fin el conductor disminuyó la velocidad.

Hanji alzó la vista. Más adelante había una limusina plateada, aparcada junto al río. Y a su lado un hombre bajo, de pie. Aunque no podía verlo con claridad, sabía instintivamente que era el asesino.

Ella se tiró del coche. Cayó al suelo con un golpe seco y soltó un grito. Se había raspado las dos rodillas y la cadera izquierda, pero las heridas no la preocupaban.

De inmediato se puso en pie. El conductor salió del coche y corrió hacia ella, y el asesino también. Hanji se quitó los zapatos de tacón de una patada y corrió en la dirección contraria, recorriendo justo el mismo camino que el taxi, pero en sentido opuesto.

El empedrado de la acera estaba resbaladizo, así que optó por correr por la calzada, más áspera.

— ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!

Oía los pasos de una persona tras de sí.

Podía seguir por la orilla del río o cruzar hacia la parte de atrás de los edificios de carga del muelle, internándose entre las estrechas construcciones con aspecto de almacén. Hanji tomó una decisión con rapidez. El camino que seguía la orilla del río era largo, y no se sentía con la energía suficiente como para volver corriendo, sin parar, a la zona residencial. Lo mejor era perderse entre los almacenes, donde podría esconderse o quizá, encontrar ayuda.

Subió corriendo una calle pequeña, giró hacia abajo por otra y dobló una esquina, tratando de despistar al agresor haciendo eses. Entonces se paró para recuperar el aliento y escuchar. O bien su perseguidor se había detenido también, o bien lo había despistado. No quería arriesgarse y cometer un error.

Se deslizó en silencio, pegada a la pared de un edificio de piedra. Un gato pasó cerca y se asustó.

Había una avenida justo delante. Cabía la posibilidad de que encontrara allí un lugar donde esconderse.

Hanji caminó despacio, mirando adelante y atrás. Justo antes de torcer en la esquina comprobó que no hubiera nadie en ninguna de las dos direcciones. Respiró profundamente y en silencio. Su aliento salía en forma de vaho. Asomó la cabeza por la esquina. El asesino estaba en la avenida, y se dirigía hacia ella.

Zoe retrocedió. Volvió por el mismo camino por donde había llegado, pero, al alcanzar la última manzana antes del muelle, torció a la derecha en lugar de hacerlo a la izquierda, para no tropezar de nuevo con la limusina.

Las calles comenzaban a parecerle todas iguales: era como un laberinto de callejones resbaladizos y grises, mal iluminados, encajonados entre edificios de hacía varios siglos. Le faltaba el aliento, jadeaba, y en su esfuerzo por no perder nada de vista, tropezó con un coche abandonado, se enganchó el pie en un hierro y estuvo a punto de chocar contra un cubo de basura metálico.

No podía oír al asesino, pero sí vio su sombra, una especie de neblina que se confundía con la oscuridad. Y sin embargo, él era de carne y hueso, tan sigiloso como un gato a la caza de su presa, y casi con toda seguridad podía olerla. Estaba jugando con ella, pensó Hanji, aterrada ante la idea.

Trató de aclarar su mente. Sabía que su única esperanza era salir de aquella zona tan confusa y llegar a una parte de la ciudad en donde hubiera más vida.

Giró en una calle que bajaba en dirección a una especie de patio grande entre los almacenes.

Había una segunda salida a un lado, así que se dirigió hacia allí. Al llegar, sin embargo, se llevó una sorpresa: no era una calle, simplemente uno de los edificios estaba mal alineado con respecto al resto. Se había metido en un cul de sac.

Hanji retrocedió, pero él se estaba acercando. Miró a su alrededor, desesperada. No había ninguna pared lo suficientemente baja como para escalarla, ninguna ventana al nivel de la calle que no estuviera tapiada. No había salida. Lo que sí había era una escalera de incendios colgando de un edificio, pero estaba demasiado alta para alcanzarla. A pesar de todo, Hanji lo intentó. Saltó, y llegó casi al último escalón. Era inútil. Nadie la rescataría en aquella ocasión.

Hanji buscó algún arma a su alrededor. Había unas cuantas piedras en el suelo, muy cerca de ella. Las recogió y se las arrojó una a una, levantándolas por encima de la cabeza. Él las esquivó todas excepto la última, que agarró con el puño.

Por fin él estaba tan cerca que Hanji retrocedió hasta quedar contra la pared. Trató de respirar, estaba temblando; él, en cambio, ni siquiera jadeaba.

Se deslizó hasta el rincón. Él la siguió, bloqueándole la luz. No había escapatoria en ninguna dirección. Entonces él se acercó; su rostro era delgado, de aspecto cansado y hambriento.

Intuía que sería inútil, pero a pesar de todo trató de escabullirse. Él la empujó hasta aplastarla contra el muro de ladrillo, sin dejar de avanzar.

Pero su instinto de supervivencia no cedía. Hanji lo atacó, poniendo en práctica todos los movimientos que había aprendido a realizar de manera automática en clase de Wendo. Luego trató de darle una patada en la ingle, pero la reacción de él fue más rápida de lo que esperaba: atrapó su pierna y se la sujetó, de modo que casi perdió el equilibrio. Hanji apretó los puños y trató de golpearle en el plexo solar. Él ni siquiera parpadeó. Antes de que pudiera comprender qué había pasado, él la agarró de ambas muñecas y se las sujetó tras la espalda. Aquel hombre tenía las manos completamente heladas. Presionó su cuerpo contra el de ella hasta inmovilizarla por completo contra la pared.

— Volvemos a encontrarnos — dijo él con voz suave, relajada y confiada, como si todos sus esfuerzos no hubieran servido de nada — No quisiste decirme tu nombre, pero te llamas Hanji, ¿verdad? Hanji Zoe.

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó ella con voz trémula, sin dudar ni por un segundo de que él era consciente de su miedo.

— Por la Policía. Supongo que es verdad, a menos que les hayas mentido, ¿eh?

— ¿Y por qué iba a decírtelo la Policía a ti? — siguió preguntando Hanji tanto por curiosidad como para aplazar el fatídico momento.

— He estado haciendo averiguaciones. Digamos que tengo contactos. — Levi se acerco aun mas a ella y añadió susurrando, a su oído — Tu sangre ya debería ser mía, Hanji.

Sujetó sus muñecas con una sola mano y comenzó a acariciarle el pelo con la otra. Hanji ladeó con brusquedad la cabeza y lo miró.

— No juegues conmigo — dijo ella en un tono enfadado, que a él pareció sorprenderle — Sé de qué eres capaz, así que si vas a matarme, adelante, termina ya.

Sin duda él debió de percibir un coraje que ella no sentía, porque el comentario le hizo vacilar.

— Estoy acostumbrado a que mis víctimas supliquen por su vida. Si vas a hacerlo, es el momento.

— No voy a suplicar. No creo que sirviera de nada.

— Eres intuitiva — afirmó él, al tiempo que la agarraba por la nuca.

A pesar del abundante cabello, Hanji podía sentir el frío de su mano, que la hizo estremecerse.

Él la miraba a los ojos, y Hanji creyó ver en los de él un ligero atisbo de admiración.

— Tienes algo... — dijo él lentamente — Eres valiente.

Levi escrutó su rostro. Hanji casi podía oír cómo sopesaba las distintas posibilidades en su mente.

— Hacía mucho tiempo que no tomaba a una mujer. He estado bastante aburrido. Y tú...

Por fin el miedo había dado paso a otros sentimientos. Estaba furiosa, amargada. La perseguía la mala suerte, estaba deprimida. Si aquel era el fin de su vida, que fuera rápido. No tenía ningún interés en seguir sufriendo. Estaba harta.

Hanji ladeó la cabeza y le clavó los dientes en la muñeca. Él se apartó, horrorizado. Una expresión de completa sorpresa cruzó su rostro por un instante, e inmediatamente después se puso furioso. Pero Hanji no perdió el tiempo analizándolo: echó a correr. Sin embargo, no llegó muy lejos, él la alcanzó. Ella cayó al suelo boca abajo con tal fuerza, que se preguntó si se habría roto el mentón.

Giró la cabeza. Los oídos le zumbaban, pero a pesar de todo le oyó decir:

— ¡Si alguien va a morder aquí, ese soy yo!

Entonces él la levantó, la sacó del cul de sac, y la arrastró de calle en calle con tanta prisa que fue imposible siquiera luchar. El suelo áspero, lleno de cristales y de porquerías, le arañaba los pies.

Por fin llegaron a la limusina. Él abrió la puerta, la metió dentro y cerró. Hanji lo observó marcharse a buen paso a través de la ventanilla de cristales tintados.

Enseguida intentó abrir primero una puerta y luego la otra. Las dos estaban cerradas. Miró a través del cristal que dividía los asientos de delante y detrás, y trató de llamar la atención del conductor. Pero si había alguien allí, no respondió. Entonces tomó el teléfono y comenzó a marcar números, incluyendo el 0 y el 911: no había línea.

Al rato comenzó a calmarse, y entonces fue consciente de cuánto le dolían las heridas de las piernas, los pies, la cadera y la barbilla. Se mordió el labio inferior: sabía a sangre.

Había perdido los zapatos y el bolso con casi todos los documentos de identificación, excepto el pasaporte que se había dejado en el hotel. Llevaba un par de pañuelos de papel en el bolsillo del abrigo. Hanji se quitó las medias con manos aún temblorosas; se había destrozado los pies. Se limpió las heridas con saliva lo mejor que pudo y, finalmente, se recostó sobre el respaldo a sopesar sus opciones y esperar.

Poco después se acordó de un papel que había representado en escena una vez. Su actuación había sido corta, se había limitado a una sola escena, pero había recibido una gran ovación. Con un poco de improvisación, sin duda podría volver a representar ese papel.