Bueno les traigo una adaptacion de un libro que termine de leer hace poco, los personajes pertenecen a Isayama y la idea es de Nancy Kilpatrick
Capítulo 5
Hanji permaneció en la cama todo el día y parte de la noche siguiente, durmiendo a trompicones. Se agitó y revolvió tanto, que la sábana parecía una enorme serpiente blanca enroscada a su cuerpo. Pero cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura se despertó de inmediato, aterrada.
No era Levi, sino el hombre mayor que se parecía a él. Le traía una bandeja. Hanji lo observó dejarla sobre la mesa de café junto a la de la noche anterior. Luego se acercó a la cama, se sentó al borde y se inclinó para acariciar su pelo.
— Pobre niña — dijo en tono paternal — Siento no haber estado aquí anoche, Levi no debería haberte hecho esto. No le gusta la idea de tener que controlar sus pasiones. Es una persona insegura.
— ¡Es un monstruo! — exclamó Hanji.
— No es un monstruo, ma chère. Tú no lo entiendes, pero ¿cómo ibas a entenderlo?
El hombre ladeó cuidadosamente el rostro de Hanji para que ambos se miraran a los ojos, y añadió:
— Dime: ¿de qué sirve que te quedes en la cama? No conseguirás sino sentirte peor, y probablemente él se enfadará aún más.
— Y ¿qué importa? — preguntó Hanji a su vez, amargamente — En realidad da igual si hago lo que quiere o no, ¿verdad?
— Ven — insistió el hombre, levantándola y haciéndola sentarse en la cama, y demostrando la increíble fuerza de sus brazos — Ya no eres una niña. Vivirás. Te llevaré al baño.
Hanji no se molestó siquiera en protestar. Se sentía fatal. No había podido dormir casi nada en toda la noche. Y lo peor de todo era que por mucho que el dolor físico fuera brutal, le dolía mucho más el modo en que él la había tratado. No podía comprenderlo aunque, en ese momento, eso ya le daba igual. Odiaba a Levi, pero tampoco estaba contenta consigo misma. Se había comportado como una verdadera ingenua al dejarse atrapar en semejante situación. Hubiera debido aprovechar todas las oportunidades y luchar con más dureza en el muelle. Probablemente habría perdido la vida, pero al menos habría muerto con dignidad.
El hombre preparó el baño y ayudó a Hanji a entrar en la bañera. El agua estaba templada, así que no le hizo daño en las heridas. Él le frotó los brazos, la espalda y las piernas con un jabón que olía a flores, y le lavó el pelo con un champú de hierbas tal y como haría cualquier padre con su hija pequeña.
— ¿Por qué haces esto? Tú estás de su lado, ¿qué pretendes?
— Qué desconfiada eres para ser tan joven. Has debido de sufrir mucho — contestó el hombre, tras una pausa.
— He sufrido mucho aquí, en esta casa. ¿Por qué iba a confiar en ti?
— Y ¿por qué no? Solo pretendo ayudar.
— ¿Por qué?
— Digamos simplemente que quiero mucho a Levi. Para mí es como un hijo, quiero verlo feliz.
Hanji soltó una amarga carcajada y dijo:
— Pues dale un látigo y unas cadenas. Se sentirá en la gloria. ¿O es que en vuestro culto no creéis en la gloria ni en el cielo?
— No comprendes nada. Levi está hechizado contigo, le fascinas. No lo había visto así hacía mucho tiempo.
Hanji volvió a reír amargamente, pero segundos después se sintió desesperada.
— ¡Por favor, déjame marcharme!
— No puedo hacer eso. No podemos interferir los unos en los asuntos de los otros. Levi te encontró, y solo él puede decidir tu destino.
El hombre la ayudó a salir de la bañera y la secó con una toalla.
— Tengo un remedio natural que te ayudará a aliviar el malestar — añadió, señalando el rincón en el que había un espejo — Ve y mírate al espejo.
Hanji cruzó la habitación y se miró al espejo de cuerpo entero. Tenía los glúteos marcados con cuatro grandes rayas rosadas.
— ¿Lo ves? Es solo la piel, no te ha abierto la carne. Mañana estarás bien.
— Sí, claro, debería estar agradecida.
— Ven, túmbate. Así, bien. Esto te parecerá frío al principio.
Ella le extendió un gel espeso por la piel. Hanji notó enseguida que el dolor menguaba. Tenía el cuerpo agarrotado, así que trató de relajarse.
— ¿Cómo te llamas?
— Erwin.
— Eres como él... bebes sangre. Todos vosotros lo hacéis, ¿verdad? Como los vampiros.
— Las palabras son poderosas, Hanji. Pueden aterrar o fascinar, y deberían usarse con cuidado. Digamos simplemente que somos familia. Los cuatro.
— Quieres decir que formáis una secta.
El gel estaba frío pero suave, y calmó su dolor en poco tiempo. Hanji suspiró profundamente.
— ¿Y la sirvienta... y el chofer?
— No son parte de nuestra familia.
— Y ¿qué hacéis?, ¿sobornarlos?
— Ellos no... cómo lo diría... no están del todo al tanto de nuestras costumbres. Ya está, ahora te sentirás mejor. Mañana por la noche te pondré otro poco más de aloe vera. O mejor, lo dejaré aquí por si en algún momento quieres ponértelo tú, ¿de acuerdo?
Hanji se dio la vuelta hacia él. Estaba desnuda, pero a pesar de ello no sentía vergüenza.
— Erwin, aún no estoy del todo segura de por qué haces esto...
— Ya te lo he dicho. Quiero que Levi sea feliz.
— Bueno, sea cual sea la razón, gracias. Te lo agradezco de verdad.
Erwin tomó el rostro de Hanji entre las manos y la besó en la frente.
— Eres encantadora, comprendo porqué se ha enamorado de ti. Y ahora — continuó, poniéndose en pie — te dejaré para que puedas estar sola un rato antes de que venga Levi.
Erwin dejó el tarro de aloe vera sobre la mesilla, recogió la bandeja de la cena del día anterior y se dirigió a la puerta.
Hanji se sintió repentinamente aterrada al ver que se quedaba sola otra vez, esperando a Levi.
— Por favor, ¡tienes que dejarme salir de aquí! ¡Me va a matar! — rogó Hanji justo antes de que se marchara.
— Hanji, ¿puedo llamarte Hanji?
La castaña se encogió de hombros con impaciencia.
— No puedo dejarte marchar, pero ¿me permites una sugerencia? Es sobre Levi.
— Claro, ¿por qué no? Es evidente que necesito ayuda.
— Bien, pues sería mejor que no mencionaras lo de anoche. Mejor no sacar el tema a relucir, ¿comprendes?
— Bueno, mis heridas hablan por sí solas.
— Lo que quiero decir es que... no sé a qué acuerdo has llegado con Levi, pero sí sé una cosa: Él es una persona muy especial en cierto sentido. Es más desconfiado aún que tú. Está tremendamente solo. Y aburrido. Hastiado, quizá. En algunos aspectos sigue siendo un niño, y creo que contigo se siente desorientado. No sabe qué hacer.
Hanji le dio la espalda. Le daba absolutamente igual la soledad de Levi. Sin embargo, siguió callada, escuchando.
— Lo conozco desde hace mucho tiempo — continuó Erwin — desde que nació, y creo saber bastante bien cómo es. El mejor modo de tratarlo es tomártelo tal y como se muestra en cada momento. Olvídate del pasado. No hables del tema, porque Levi puede ser aún más brutal de lo que viste ayer. Acéptalo tal y como es, en cada momento, con lo bueno y lo malo. Es lo mejor.
— Sí, claro. Yo también he leído libros de psicología; hay hombres que no pueden aceptar el hecho de que son brutales. ¡Pero jamás le eches en cara a un misógino su pasado!
Erwin suspiró. Se giró hacia la puerta y la abrió.
— Solo trataba de ayudar. De ayudaros a los dos. Haz lo que tengas que hacer.
Después de marcharse Erwin, Hanji se dirigió a una de las ventanas. Fuera, en medio del crepúsculo, el océano golpeaba furiosamente las rocas inmóviles. Los inmensos bloques de granito parecían haber echado raíces en el mar. Batidas y azotadas constantemente por el océano Atlántico, aquellas rocas parecían poderosas, pero, al mismo tiempo, resignadas a probar su resistencia por toda la eternidad. El silencio en la habitación era tal, que casi parecía una tumba. Su tumba. Donde estaba enterrada en vida.
Hanji pensó en lo que había dicho Erwin, y decidió que ella debía de saber algo sobre Levi; quizá fuera su mejor opción. Si no se mostraba receptiva ante él, Levi interpretaría que ella quería romper el acuerdo. Podía matarla. ¡Matarla! Podía hacerlo en cualquier momento. ¿Cómo podía decir Erwin que Levi estaba fascinado, cuando no dejaba de amenazarla? Eso por no mencionar lo ocurrido la noche anterior. Levi estaba dispuesto a pegarle a la menor provocación, e incluso aunque no mediara provocación alguna.
Él debía de estar loco, pensó Hanji. Igual que todos los demás en esa casa. Eso la asustaba. Por muchos problemas que tuviera, al menos Lemus era una persona relativamente normal, vulgar, aburrida incluso. Su convivencia había sido sencilla y sin complicaciones, aunque sin pasión. Entonces Hanji comenzó a pensar en los extraños derroteros por los que discurría su vida cuando se veía obligada a comparar a su primer marido, un hombre que la había traicionado, con un lunático violento bebedor de sangre. Quizá ella misma se estuviera volviendo loca.
Hanji oyó las campanadas del reloj. Daban las diez. De pronto le entró pánico.
Se apresuró a encender el fuego de la chimenea y se sentó en el sillón que había al lado. La bandeja seguía donde la había dejado Erwin. Hanji levantó la tapa: pollo, arroz y brócoli. Tenía hambre, pero era incapaz de comer; solo picoteó un poco. Nerviosamente, y sin nada mejor que hacer, trató una vez más de abrir la puerta.
Estaba cerrada. Todo el mundo tenía una llave, pensó. Todos menos ella.
Hanji esperó pensativa, tratando de mentalizarse de que no había ocurrido nada la noche anterior. Pero cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura se puso en pie y se metió detrás del sillón. Sentía la necesidad de interponer una barrera entre los dos.
Aquella noche Levi iba vestido de un modo más convencional. Llevaba un traje gris, zapatos grises, camisa azul y corbata azul y gris. Nada más entrar y cerrar la puerta se giró hacia ella con una discreta sonrisa.
— Veo que sigues viva.
De nada le iba a servir aquella noche el consejo de Erwin, pensó Hanji. Era él quien sacaba el tema a relucir.
Levi caminó hasta la mesa del café y destapó el plato.
— Otra vez no has comido nada. Van dos seguidas. ¿Es que quieres morir de hambre, o solo pretendes darme lástima?
Levi se quedó mirándola, y Hanji se hundió. Trató de hablar, pero tenía la garganta seca. El corazón le retumbaba en los oídos, y creía estar a punto de desmayarse. Por fin pudo decir:
— No tengo hambre.
— Bien — contestó Levi soltando la tapa de golpe — porque soy incapaz de sentir lástima.
Él se acercó, y Hanji se echó a temblar.
— Me alegro de que me tengas miedo — dijo él — de otro modo creería que eres una psicótica. De hecho tengo mis dudas. Vosotros, los mortales, creéis que podéis ocultar vuestros sentimientos. ¡Ven aquí!
Hanji salió vacilante de detrás del sillón. Tenía las piernas flojas, estaba a punto de echarse a llorar.
— No te morderé. A menos que quieras romper el trato, claro.
Él la tomó de las caderas, estrechándola contra sí.
— ¿Todavía sigues pensando que puedes entregarte a mí? ¿O prefieres renunciar?
— Tenemos un trato verbal — contestó ella en voz baja, desviando la vista hacia sus labios para evitar su intensa mirada — No lo romperé.
— Las mujeres modernas sois tan sensatas... ¿Se te ha ocurrido alguna vez que podrías ser abogada?
— Lo intenté.
— ¿Y?
— Suspendí el examen.
— Podrías ser un vampiro respetable — rió él, enseñando los dientes. Hanji desvió la vista instintivamente — Vamos, también puedo ser amable.
Levi la guió a la cama. Se desvistió, se tumbó y tiró de ella.
— Estarás más cómoda encima de mí, abogada.
Levi la colocó a horcajadas sobre sus caderas y comenzó a estimularla. Luego la tumbó sobre sí y la movió arriba y abajo hasta que ella captó el ritmo.
Aquella noche se quedó hasta más tarde y la tomó tres veces, todas ellas en la misma posición. Se mostró amable y tranquilo, pero Hanji tuvo que luchar para olvidar el pasado tal y como le había sugerido Erwin. Solo así podía mostrarse complaciente y salvar la vida.
Justo antes del amanecer Levi la besó larga y dulcemente, y luego se marchó. En cuanto comprendió que estaba sola, Hanji se echó a llorar.
Saludines al grupo LeviHanji fans ;)
Muchas gracias por los review
