Bueno les traigo una adaptacion de un libro que termine de leer hace poco, los personajes pertenecen a Isayama y la idea es de Nancy Kilpatrick

Al final...sorpresa xD


Capítulo 6

Al día siguiente las heridas de Hanji habían desaparecido por completo. El dolor psíquico, en cambio, era más duradero.

Cada noche Levi llegaba más pronto y se iba más tarde. Se mostraba siempre firme, pero también amable. La mayor parte de las veces hacía las cosas despacio y con paciencia, dándole tiempo a ella para excitarse, pero Hanji difícilmente sentía deseo sexual por él.

A veces, no obstante, la tomaba bruscamente, en frío, igual que un niño incapaz de saborear las sensaciones. Pero hiciera lo que hiciera, Zoe jamás dejó de sentir miedo y desconfianza hacia él. En dos ocasiones, incluso, llegó a sentir pavor de nuevo; y ambas veces él la hizo arrodillarse al borde de la cama.

A él le gustaba charlar cuando no tenían relaciones sexuales. Le contó que muchas de sus víctimas eran marineros.

— El puerto de Burdeos es internacional; es el tercero más grande de Francia. Todos los días llegan barcos nuevos. Y muchos hombres buscan sexo rápido con otro hombre. A mí el sexo no me interesa; solo quiero la sangre. Nos encontramos, nos metemos detrás de un edificio y yo tomo lo que quiero. Casi todos ellos están tan ansiosos, que ni siquiera necesito hipnotizarlos. Los hombres comprenden el intercambio. Las mujeres siempre quieren más.

Hanji sintió una amarga satisfacción al saber que, al menos, él no le contagiaría el sida. Probablemente a esas alturas lo tuvieran ya los dos. Y él se lo contagiaba todos los días a otra persona distinta, exactamente igual que Lemus. El hecho de que ni siquiera lo mencionara o usara protección era inmoral, pensó Hanji, pero luego se dio cuenta de que ella había hecho lo mismo. No tenía el valor suficiente como para hablar del tema. A menos que él le hiciera una pregunta directa y se viera forzada a contestar, Hanji se limitaba a escuchar.

— Me he disciplinado y solo tomo lo justo, con eso me conformo — le contó él — Y ellos sobreviven. El médico del barco les da un aporte extra de hierro, y se recuperan. Además, se quedan aquí muy pocos días. Rápido, limpio, y fácil. Después de todo aquí vivimos cuatro como yo, así que hay que tener cuidado. Cuatro muertes en una noche suponen mil quinientas muertes al año, más que en París y Londres juntos, y eso sería una barbaridad para una ciudad como Burdeos.

— Pero has matado a personas, ¿verdad? — preguntó Hanji una noche en que se sintió especialmente valiente.

Levi pareció molesto ante la pregunta.

— Detesto a las personas que suplican. Me vuelven loco: suplican sexo, suplican que les haga daño, que no se lo haga, que les deje hacérmelo a mí, suplican por sus vidas... como si sus vidas fueran un bien precioso. Vosotros, los mortales, os tenéis en gran estima, pero para nosotros hay el mismo abismo entre un vampiro y un mortal que el que vosotros creéis que hay entre un mortal y un insecto. No os importa aplastar a uno con el zapato. A mí tampoco me importa aplastaros.

— Pero vosotros... practicáis el sexo con nosotros... los mortales.

— Es lo mismo que si vosotros lo hicierais con un caballo o un gorila.

— Entonces, ¿por qué lo haces?

— Soy un pervertido — rió él.

Por lo general, Hanji escuchaba en silencio. A menudo deseaba hacer preguntas, pero tenía demasiado miedo para abrir la boca. El concepto de Levi de la vida era realmente extraño pero, a pesar de lo alocado e inhumano de semejante perspectiva, Hanji no podía evitar sentirse en parte fascinada. Al menos lo estaba su lado más excéntrico y teatral. En una ocasión ella había estudiado a una vagabunda durante una semana. Había analizado su forma de ser y su manera de hablar con la esperanza de representar el papel en escena con realismo. Del mismo modo analizó a Levi. A veces creía haber encontrado a un ser de otro planeta, con una escala de valores por completo diferente. Un ser que la obligaba a contemplar a la humanidad a través de sus ojos, desde un punto de vista extraño.

-o-

Las horas del día se le hacían tan largas sin nada que hacer que, por irracional que fuera, Hanji se encontraba a sí misma comparando a Levi con Lemus de continuo. E, inevitablemente, eso la llevaba a examinarse a sí misma con más profundidad de la que hubiera querido.

Ambos eran educados, seguros de sí mismos, tenían dinero y les gustaba mantener el control. Los dos se sentían atraídos por los hombres aunque por razones completamente distintas, si es que era cierto lo que le contaba Levi, cosa que Hanji no estaba del todo dispuesta a creer. Y los dos sentían fijación por el sexo oral. Ambos eran personas frías, pero cada uno a su modo. Lemus, en su insensibilidad, la excluía de su mundo hasta el punto de traicionarla. Levi era frío y voluble. Hanji sentía rechazo por los dos. Pero lo más impactante de todo era que, para la castaña, los dos simbolizaban la muerte, su propia muerte, y la fatalidad del destino.

Con el transcurrir de los días, sin nada que la distrajera de sus lúgubres pensamientos, Hanji se sentía cada vez más deprimida. Se preguntaba por qué sentía que había desperdiciado su vida. Sentía aquel vacío desde niña, era una especie de anhelo insatisfecho por algo que ni siquiera podía nombrar y que, sospechaba, no existía.

-o-

La noche del decimocuarto día, Levi llegó nada más ponerse el sol.

— Ponte esto — le dijo, tendiéndole una túnica blanca, de material muy ligero, con pequeños detalles entretejidos en el cuello y cintura.

Levi la llevó a un enorme salón de la planta baja decorado con cálidas maderas y muebles estilo Reina Ana tapizados con brocado.

Había cinco personas en el salón. Mikasa, la pelinegra, y el hombre llamado Eren estaban sentados en un enorme sofá delante del cual había una mesa redonda. Sobre ella había una inmensa escultura negra de esteatita de una doncella cabalgando sobre un delfín. Había también una mujer de estatura media y singularmente bella, de cabellos de un dorado brillante, con un vestido verde pálido sin mangas a tono con los ojos. Estaba de pie junto a un hombre delgado, de aspecto severo, de cabello rubio y más alto que ella. Entre Eren y Mikasa se sentaba un chico de unos diecinueve años, guapo y de cabello claro. El grupo miraba un libro del tamaño de un atlas. Todos levantaron la vista al entrar Hanji y Levi.

— ¡Siéntate ahí! — ordenó Levi, señalando una silla junto a la chimenea.

— ¡Aquí está el desayuno instantáneo de Levi! — dijo Mikasa.

Hubo unas cuantas risitas sofocadas.

Levi se acercó al grupo. Hanji se convenció de inmediato de que todos ellos eran de la familia. Todos tenían la misma extraña piel, una piel tan radiante que resultaba irreal. Levi habló en francés durante unos minutos con el hombre de aspecto severo, y después abandonó el salón. Entonces el hombre se sentó con los demás y todos continuaron aparentemente comentando el libro. Desde la silla, Hanji pudo ver que se trataba de un ejemplar antiguo con dibujos del sistema solar.

Hanji desvió la vista hacia la chimenea. Se preguntaba de qué iba todo aquello. Sabía que Levi había salido a alimentarse, como le gustaba llamarlo a él, bromeando. Le había dicho que le estaba haciendo un favor al beber la sangre que necesitaba antes de reunirse con ella. De otro modo, según decía él, no habría sido capaz de resistirse. Pero Hanji se daba cuenta de que no lo hacía exactamente por ella, sino por conveniencia.

Solo faltaba una noche, se dijo. Entonces se libraría de él. Aunque Levi no hubiera vuelto a mostrarse brutal con ella desde la noche en que la azotó, era obvio que disfrutaba dominándola. Simplemente su forma de hablarle sonaba igual que la de un amo hablando a su esclavo. Hanji seguía teniéndole miedo, y sabía que no podía confiar en él. Le aterraba la idea de que, después de todo lo que había soportado, Levi decidiera romper su trato y mantenerla prisionera o algo peor. Ninguno de los otros la ayudaría, y poco podría hacer ella por evitarlo.

Le había llevado tiempo comprender que lo que Erwin le había dicho era verdad. Al menos, en relación a la fascinación que sentía Levi. Cada noche él se mostraba más y más cómodo con ella, más familiar. Tras el primer intercambio sexual él se había relajado e incluso, se mostraba más comunicativo. Y no solo porque le contara historias fantásticas acerca de su vida. A veces, cuando la miraba, Hanji captaba en sus ojos un brillo de emoción que rayaba con la felicidad. En otro momento, en otro lugar, en otras circunstancias, en suma, ella habría tratado de ayudarlo; quizá incluso se hubiera enamorado de él, a pesar de que estaba obsesionado con la sangre, con ser un depredador y posiblemente incluso un asesino. Pero el hecho de beber sangre había acabado con todo el romanticismo para Hanji. Tenía miedo de lo que sentía él. Su situación era tan especial, tan única, que la Zoe no confiaba en lo que él pudiera llegar a hacer por culpa de su arrogancia. Erwin tenía razón también en otra cosa: Hanji no lo comprendía. Pero tampoco tenía interés en comprenderlo. Solo quería salir de allí con vida.

— Tú eres Hanji.

Ella alzó la vista y vio a la elegante rubia junto a ella.

— Sí.

— Yo soy Nanaba. Ese es Mike, mi marido. Y Armin, nuestro hijo.

Aquella presentación tan formal en boca de semejante lunática la sorprendió de tal modo, que Hanji no pudo evitar soltar:

— ¿Vuestro hijo?, ¿y él también es de la familia?

Nanaba se echó a reír y se sentó frente a ella.

— Sí, y también tenemos una hija. No de nacimiento, claro.

Hanji se preguntó qué demonios significaba eso. ¿Eran adoptados? Entonces se le ocurrió la idea de que quizá aquella extraña secta secuestrara niños.

La rubia observó tranquilamente a la castaña de arriba abajo, de la cabeza a los pies, y luego al revés. Todos allí la observaban como si estuvieran hambrientos y ella no fuera más que un pedazo de carne, pensó Hanji, moviéndose inquieta en la silla y acercándose a la chimenea.

— Erwin te ha descrito perfectamente. Eres guapa. Inteligente y fuerte al mismo tiempo. Pero muy infeliz.

— ¿Y no lo serías tú si fueras prisionera?

— Lo creas o no — contestó Nanaba con una sonrisa extraña — te entiendo. ¿Estás enamorada de Levi?

— No — negó Hanji sin vacilar.

— Lástima. Para los dos.

Hanji desvió la vista hacia la chimenea. Las dos mujeres permanecieron en silencio, observando las oscilantes llamas morir y volver a la vida como figuras primitivas mágicas. Cerca de ellas sonaron suaves voces masculinas. la Zoe se sintió arrullada por esos susurros.

— Vamos, tómalas — dijo alguien, devolviéndola al presente.

Nanaba le alargaba un mazo de cartas a través de la pequeña mesa de nogal que, sin saber cómo, había aparecido entre ellas.

— Barájalas unas cuantas veces, córtalas en tres mazos y elige el que más te guste — añadió.

Hanji no entendía de qué iba todo aquello, pero a pesar de todo tomó la baraja de cartas. Bostezó, y mientras se tapaba la boca con la mano miró a su alrededor. Mikasa se había ido, y el chico, Armin, también. Eren y el hombre de aspecto serio, Mike, estaban sentados, hablando en voz baja. El libro había desaparecido. Hanji se preguntó cuánto tiempo habría estado dormida.

Reconocía aquellas cartas; se trataba de una baraja del Tarot. En una ocasión una amiga y ella habían acudido a una espiritista para que les echara las cartas y les leyera la fortuna. A Hanji le había dicho que se casaría con un hombre rico, un hombre con negocios de petróleo, y que se iría a vivir a Texas. Y que sería madre de siete hijos. Jamás ninguna predicción se había equivocado tanto.

Hanji echó un vistazo a la baraja. Las imágenes de escenas medievales retratadas al pastel parecieron saltarle a la vista. Pero no pensó mucho en ello, simplemente hizo lo que Nanaba le había pedido. Eligió el mazo de la derecha y le pasó la baraja.

La rubia dio la vuelta a las primeras cinco cartas. Dejó la primera en el centro, la segunda a la derecha de la primera, la tercera debajo, a la izquierda, y la cuarta a continuación.

— ¡Increíble! — exclamó Nanaba — ¿Estás segura de que no estás enamorada de Levi?

— Absolutamente.

— Entonces, ¿de quién estás enamorada?

— De nadie.

Nanaba tomó la primera carta y se la tendió. Bajo la figura podía leerse: "Los Amantes". La imagen representaba a un hombre y una mujer gloriosamente enamorados, bajo un arco iris y un brillante sol: el cielo les sonreía. Hanji se la devolvió sin hacer el menor comentario, y Nanaba la colocó en la misma posición.

— Aquí está tu pasado — añadió Nanaba, señalando el cinco de copas.

En la carta se veía a un hombre con una larga capa negra, contemplando tristemente tres copas volcadas, cuyo contenido se había derramado. Tras él había otras dos copas en pie.

— Está tan absorto en lo que ha perdido, que no puede ver lo que tiene todavía, y eso es lo más triste.

Hanji se quedó mirando la carta, y reconoció que era así como se había sentido durante el último año. Una pérdida detrás de otra. Pero si conservaba algo, al menos ella no era consciente de qué.

— Esto es lo que influye en ti ahora — continuó la rubia — "El Mago", un poderoso hombre de cabello oscuro que practica el arte de la transformación. Puede ser tanto un creador como un destructor, muchas veces es solo un estafador, pero con más frecuencia es un alquimista que convierte los excrementos en oro, el odio en amor y el amor en odio. Esta otra carta representa lo que podría suceder: "El Diablo". — Parecía la carta opuesta a la de "Los Amantes". En ella el hombre y la mujer estaban encadenados a un monstruo de largos cuernos — Significa compromiso, pérdida de libertad, esclavitud, engaño.

Hanji se estremeció. Quizá aquella carta fuera un presagio: Levi no le devolvería la libertad tal y como había prometido. La mantendría allí para siempre, saciando con ella sus demoníacas ansias de sexo y dominación, bebiendo su sangre, torturándola brutalmente cuando le apeteciera, amenazándola con matarla si se resistía o simplemente, porque se le antojaba.

— Esta última — siguió diciendo Nanaba — es el resultado más probable de tu situación.

Nanaba guardó silencio.

— Bueno, ¿y qué significa? Ahora que hemos llegado hasta aquí...

Nanaba no contestó.

La puerta se abrió y entró Erwin. Inmediatamente se unió a ellas dos. Posó una mano sobre el hombro de Nanaba y esta última, sin mirar siquiera hacia arriba, le mostró la carta. Erwin sonrió a Hanji, que trató de devolverle la sonrisa. Sin embargo, estaba demasiado desorientada.

Hanji volvió la vista hacia la carta sobre la que Nanaba no quería contestar. Se llamaba "La Emperatriz", y mostraba a una mujer de aspecto poderoso, sentada en un trono, con un escudo en forma de corazón en la mano. Dentro del escudo había un dibujo de un círculo con una cruz en su interior, y la parte inferior de la cruz se unía al círculo.

— Una lectura muy interesante — comentó Erwin.

— Sí — contestó Nanaba— ¿Qué opinas tú de la quinta posición? La carta está clara, pero no el contexto. Ven, siéntate.

Nanaba se levantó y le cedió su sitio a Erwin.

El hombre meditó también sobre la carta.

Parecieron transcurrir muchos minutos. Todos en la habitación estaban en silencio. Los únicos ruidos eran el crepitar del fuego de la chimenea y el tictac del reloj de péndulo.

Hanji sintió como si el tiempo se alargara, como si pasara más despacio. Todo pareció adquirir más relieve.

El hombre de aspecto severo llamado Mike se puso en pie y se acercó a su mujer. No miró ni una sola vez a Hanji; era como si ella no existiera. La Zoe se sentía fascinada por aquella pareja, observaba atentamente cada movimiento que hacían. Los demás de la habitación, Erwin y Eren, que miraban por la ventana, se quedaron mudos y muy quietos. La escena parecía una foto, una rodaja de tiempo, una esencia capturada.

Hanji observó a Mike acercarse por detrás a Nanaba hasta quedar ambos muy pegados. Mike posó las manos sobre los hombros de ella. Lentamente las deslizó por los brazos desnudos. Hanji casi podía saborear las sensaciones; reconocía cada poro, cada músculo. Él pasó a los codos, los brazos y las muñecas hasta posar las manos sobre las de ella. Nanaba parpadeó, sus ojos tenían un aspecto soñador.

Los dedos de ambos se entrelazaron. Poco a poco, él cruzó los brazos sobre el cuerpo de su mujer, llevándose los de ella con él, hasta que la envolvió y estrechó con fuerza. Ella cerró los ojos. Luego, inclinó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el hombro de él. Mike arrimó la cabeza a los cabellos de ella, besó su sien, su frente, su párpado y su mejilla. Lentamente fue descendiendo por un lado del rostro hasta la barbilla, y por fin sus labios besaron de lleno el cuello. Besó su garganta apasionadamente, y ella entreabrió los labios, derritiéndose en él. Un débil gemido de éxtasis escapó de los labios de Nanaba, flotando como una dulce fragancia por el salón. Aquel sonido le recordó a un misterioso aullido que había oído una vez, cuando despuntaba el día, al rozar algo las copas de los árboles en un día de lluvia. Sonaba primitivo, como de otro mundo.

Hanji tembló. Se sentía embelesada, envuelta, penetrada por entero su alma. Jamás había presenciado tal abandono, que la llenaba de admiración, la maravillaba y despertaba en ella un secreto anhelo.

De pronto la puerta volvió a abrirse. En esa ocasión era Levi, cuya aparición rompió el hechizo. El salón pareció recobrar vida, llenándose de sonidos y movimiento. El reloj dio las campanadas de media noche.

Levi parecía pletórico, fresco. Era como si, por primera vez, Hanji se diera cuenta de lo guapo que era.

Nanaba y Mike se separaron y comenzaron a hablar con Eren en francés. Mikasa volvió a entrar y se unió a ellos, sin hacer algún gesto y hablando rápidamente tanto en francés como en alemán. Armin también entró con un aspecto renovado. Estaban todos discutiendo acaloradamente en inglés acerca de si era más interesante el océano Atlántico, el Pacífico o el mar de la India.

Únicamente Erwin permanecía ajeno al bullicio. Seguía observando las cartas en silencio y sin pestañear.

Hanji lo observaba todo, sintiéndose fascinada y excluida al mismo tiempo, sola. Nadie le prestaba la menor atención, cosa de la que, por un lado, se sentía agradecida, pero por otro lamentaba.

Al rato Levi abandonó al grupo. Charló brevemente con Erwin en francés y luego le hizo un gesto a Hanji para que se pusiera en pie. Le molestaba más que nunca el hecho de que él la tratara como a un ser inferior, como a una mascota. Era una estúpida, se dijo. Nada había cambiado. Al día siguiente sería libre, así que, ¿qué le importaba lo que hiciera él?

Levi la guió fuera del salón, pero entonces Nanaba gritó:

— ¡Un momento! — Nanaba recogió la carta que nadie había sabido interpretar y se la dio a Hanji, diciendo — Llévate esto.

Hanji siguió a Levi, que subió las escaleras y la llevó al dormitorio. Cerró la puerta con llave, se dio la vuelta y se quedó mirándola.

La castaña se propuso mantenerse serena. Él no iba a robarle la sangre... al menos esa noche.

— ¡Quítate eso! — exigió él.

Mientras ella se quitaba la túnica, él se desnudó también. Con un leve asentimiento de cabeza él le ordenó que se acercara. A esas alturas ella comprendía sus gestos, lo que quería y cómo lo quería.

Nada más tumbarse él la penetró, pero en lugar de moverse se quedó quieto. Metió las manos por debajo de los muslos de ella, levantándoselos hasta que sus rodillas estuvieron casi a la altura de las cabezas. La tomó de las muñecas y la clavó a la cama, haciéndola su prisionera igual que una mariposa clavada a un tablero. Y solo entonces, cuando ella estuvo indefensa e inmóvil, comenzó a moverse. Hanji escuchó los sonidos de su carne, penetrándola y moviéndose en su interior, sorprendida de que las sensaciones que le producía aquella fricción la excitaran.

Levi se detuvo un momento y saboreó el interior de su boca. Ambas lenguas se unieron, besándose cálidamente. Entonces él entró y salió varias veces de ella. Hanji sintió la excitación crecer. Él hizo una pausa una vez más y succionó uno de sus pechos con los labios hasta ponerlo erecto.

Hanji se encontró a sí misma gimiendo, comenzando a desearlo. Él se movió otra vez, y luego volvió a parar para besarla otro poco más. Siguió moviéndose, y se detuvo para mordisquear el otro pezón. Y así continuaron, sin parar, mientras transcurría la noche; Levi la excitaba y después hacía una pausa, la atormentaba, controlando sus reacciones y alentando el fuego en ella.

Ella se estaba perdiendo a sí misma, se desvanecía. No había en ella más que pasión, una pasión que la desarmaba una y otra vez, tan ardiente que su cuerpo temblaba sin control con un intenso deseo como jamás lo había sentido. Pero cada vez que estaba a punto de satisfacerla él se apartaba, obligándola a seguir gimiendo y jadeando.

Hanji olvidó que lo odiaba y lo temía. Olvidó quién era ella y quién era él, lo que le había hecho y lo que aún podía hacerle. Lo único que importaba era que estaba dispuesta a darle lo que fuera con tal de que él la satisficiera.

— ¿Me deseas? — preguntó él en un susurro, lamiendo su pezón, con una voz ronca que la excitó.

— ¡Oh, sí! — susurró ella también, sin dejar de temblar.

— ¿Apasionadamente?

— Sí.

— ¡Entonces suplica! — dijo él con el pezón de ella entre los labios.

— Te deseo — afirmó Hanji en voz baja, suave, jadeando y con el cuerpo temblando de puro ardor — Te deseo apasionadamente. Por favor, Levi, tómame ya. Soy tuya.

Antes de que pudiera darse cuenta, los ruegos habían salido de su boca. Hanji abrió repentinamente los ojos, horrorizada. Lo vio encima de ella, con una expresión más fría de lo que hubiera sido normal en un momento como ese. No obstante, él parecía a la vez perplejo, atrapado en su propio juego, vacilante entre el deseo y el desprecio, mientras el destino de ella colgaba de la balanza de su conflicto interior.

Por un instante eterno el universo pareció detenerse; ninguno de los dos se movió, nadie respiró. Y entonces, algo cambió. Él se había balanceado a un lado, pero Hanji no sabía cuándo, cómo o qué lo había movido. Todo lo que pudo captar fue que Levi, firme, directo e ineludible, la penetró más profundamente de lo que lo había hecho jamás.

Ella gritó, gritó su nombre una y otra vez mientras él la penetraba, la poseía, obligándola a sentir un éxtasis con el que jamás se había atrevido siquiera a soñar.

Y después, mientras yacían tumbados y abrazados el uno al otro, Hanji comprendió qué aspecto debía de tener su propio rostro, porque había visto esa misma expresión en el de Nanaba. Era el rostro del completo abandono.


Saludines al grupo LeviHanji fans ;)

Muchas gracias por los review