los personajes les pertenecen a la espectacular S.M... la historia es una adp


-La acompañaré a su cabaña, señorita Swan- dijo Edward Masen.

A bella se le erizara el vello de la nuca. Se detuvo para abrocharse el impermeable debió marcharme antes- pensó-. Debió volver a la cabaña mientras aun había luz.

Esto le pasaba por ser una adicta a las noticias. No había podido prescindir de su dosis vespertina, y el único televisor disponible en el hotel Amanecer era el antiguo aparato del pequeño salón de recepción. Terminó viendo la implacable cascada de reportajes deprimentes de todo el mundo en compañía del propietario del hotel. Un poco antes le había visto poner el rotulo de "completo". Eso lo había inquietado un poco. Aparte de ella, no había señal de otros huéspedes.

Intento buscar una excusa razonable para rehusar su ofrecimiento. Edward, sin embargo, ya se había puesto de pie. Cruzo el descuidado y desgastado salón con largas zancadas hacia el mostrador.

-El sendero de la cabaña está a oscuras- dijo-. Se han fundido un par de luces.

Ella sintió un leve escalofrió. Desde los quince años había tenido que luchar con su pánico a la oscuridad. Sin embargo, en ese momento su reacción nerviosa y familiar no atañía sólo al latigazo de horror que solía provocarle la oscuridad, sino también a la inquietante presencia de aquel hombre.

Puede que a primera vista algunos cometieran el error de subestimarle, pero ella no lo cometería ni en mil años. Era un hombre complejo y ella no dudaba de que en ciertas circunstancias pudiera resultar muy peligroso.

Era de gran estatura alrededor del metro ochenta, complexión firme y espalda ancha. Sus facciones estaban cinceladas con firmeza. Sus ojos verdes esmeralda eran los de un alquimista que llevaba demasiado tiempo estructurando las profundidades de su abrasador crisol, tenía un cabello difícil de definir, entre naranjo y cobrizo.

Bella calculo que rodeaba los treinta y cinco. No llevaba alianza de boda en la mano izquierda. Por lo general los hombres interesantes de su edad habían estado casados al menos una vez, y desde luego Edward Masen era interesante. Fascinante, mejor dicho.

Apenas le había dirigido la palabra durante la última hora y media de noticias interrumpidas, televisión y más televisión. Se había limitado a sentarse a su lado en uno de los viejos sillones macizo, las piernas estiradas sobre la alfombra raída, y a contemplar con aire estoico a los corresponsales y presentadores paradójicamente ufanos. Algo en su actitud sugería que él ya había visto la versión televisada del mal.

-No se preocupe por mi – dijo ella, y saco una linterna-bolígrafo del bolsillo de su impermeable negro- tengo una linterna.

-Yo también. Edward se agacho tras el mostrador de recepción y al punto se irguió empuñando una potente linterna. En su mano ancha y fuerte tenía el desconcertante aspecto de un arma. El miró la diminuta linterna-bolígrafo y un destello de diversión afloró a sus ojos- La mía es más grande.

No hagas caso del comentario, se dijo Isabella y abrió la puerta antes de que lo hiciera él.

El aire frío de la noche la hizo estremecer. Sabía que esa noche no nevaría. La región de Forks se encontraba en el estado de Washington, destino popular para los pescadores deportivos.

Edward cogió una maltrecha chaqueta de cuero de un perchero hecho con cuernos de ciervo y salió tras ella. Bella vio que no se tomaba la molestia de cerrar con llave. El crimen nunca había sido un gran problema en la pequeña ciudad de forks. Ella sabía muy bien que sólo se habían cometido dos asesinatos en la últimas dos décadas. Para ser exactos, se habían producido una noche de verano de hacía diecisiete años.

Se detuvo en el borde del porche. Eran las siete y media pero parecía medianoche. La noche caía rápida en las montañas cubiertas de bosques umbríos.

Se subió el cuello del impermeable y encendió su diminuta linterna. Edward hizo lo propio con la suya.

Tiene razón- se resignó Bella-, su linterna ilumina mucho más. El ancho haz de luz devoró los débiles rayos de su miniatura y se proyectó hacia adelante, robándole grandes trozos de oscuridad a la noche.

-Bonita linterna- Dijo ella, interesada a su pesar. Nadie sabía apreciar el valor de una buena linterna tanto como ella. Se consideraba tosa una experta- ¿De qué tipo es?

-Excedente del ejército. La compre en e-Bay.

-Perfecto.- Tomo nota mental de visitar la página web de excedentes militares la próxima vez que decidiera comprar una linterna. Es decir, pronto. Solía reabastecerse con frecuencia.

Edward bajo los tres escalones de piedra con ella, y sus movimientos agiles y armónicos demostraron se absoluta falta de temor a la noche. Isabella tuvo la impresión de que muy pocas cosas serían capaces de asustar a Edward Masen.

Escudriño el sendero.

-Veo que no sólo se han fundido un par de luces. Parece que no se enciende ninguna.

-He encargado unas nuevas a la ferretería- Respondió él.

- Sería fantástico que lograra instalarlas antes de verano. ¿No cree?

-¿Es sarcasmo lo que detecto en su voz, señorita Swan?

Bella le dirigió una ancha sonrisa.

-No, por favor.

- Soló quería estar seguro. A veces los forasteros sofisticados son demasiado ingeniosos para nosotros los lugareños.

No juegues al paleto de provincia conmigo, Edward Masen. Yo tampoco acabo de caerme del a cuna. No sabía mucho acerca de él- tampoco estaba segura de querer saber más-, pero en sus ojos distinguía perfectamente el brillo de una afilada inteligencia.

Algo me dice que usted es tan forastero en Forks como yo, señor Masen.

¿Por qué lo cree así?

Digamos que es una suposición arriesgada.

¿Lo hace a menudo?

Si hago qué.

Suposiciones arriesgadas.

Isabella reflexiono un momento

A veces.

No me gusta las suposiciones- dijo él-. Prefiero los hechos.

No quisiera molestarle, pero suena un poco obsesivo.

Pues vaya, es cierto.

Caminaban por la grava crujiente que comunicaba las doce cabaña sin divídalas del hotel. Mejor dicho, la grava grujía bajo las botas de tacón alto y cuero negro de Isabella. Edward llevaba zapatillas de deporte. Ella no oía sus pasos, aunque caminaba a su lado.

Jamás lo admitiría delante de él, pero se alegraba de tenerlo así lado. La noche nunca era buena para ella. Esa en partículas podría resultar peor que la mayoría, porque la pasaría en la ciudad que atormentaba sus sueños. Sabía que probablemente no lograría conciliar el sueño antes del alba.

El crujido de la grava y el extraño susurro del viento entre las hojas crispaban los nervios. De pronto, sintió la necesidad de hablar, de entablar una conversación relajada. Necesitaba la cálida compañía de otra persona. Aunque, juzgando por el silencio de Edward mientras veían las noticias, intuía que la charla afable y trivial no era lo suyo. Las cenas de compromiso deberían suponerle un gran fastidio.

Echo una mirada a la primera cabaña, la que Edward usaba como residencia particular. La luz del porche estaba encendida pero la ventanas a oscuras. No había luces en ninguna otra cabaña, con la deslumbrante excepción de la que ella ocupaba. Todas las ventanas de la cabaña 5 estaban iluminadas, incluidos los porches delanteros y traseros. Ella misma las había dejado todas encendidas por la tarde, cuando decidió ir al salón donde estaba el único televisor del hotel.

Parece que soy el único huésped esta noche- dijo.

Estamos en temporada baja.

¿Le importa si le pregunto por qué ha puesto el rotulo de "completo"

No me gusta que me molesten por las noches- respondió Edward- Ya es bastante malo que aparezca gente a todas horas del día pidiendo alojamiento. Un verdadero fastidio.

Entiendo.- Isabella se aclaró la garganta-. ¿Es nuevo en el negocio de la hotelería?

Yo no lo veo como un puro negocio. Es más una necesidad. Si alguien necesita una cabaña para pasar la noche, muy bien, se la alquilo. Pero si el cliente no se toma la molestia de llegar a una hora razonable, ya o puede seguir conduciendo hasta otro pueblo.

Desde luego, es una forma muy peculiar de llevar un hotel- dijo ella-. Aunque tal vez no sea la más rentable. ¿Cuándo se hizo cargo del local?

Hace 5 meses

¿Qué fue del propietario anterior?- Advirtió que su pregunta despertara la curiosidad de Edward.

¿Usted conocía a Harry Clearwater?

Isabella se arrepintió de haber preguntado. Era cierto que tenía ganas de charlar, pero no de su pasado en aquella ciudad. No obstante, había sido ella quien había sacado a relucir ese punto.

Conocía a Harry- respondió midiendo sus palabras-. Aunque han pasado varios años desde la última vez que le vi. ¿Cómo está?

El agente inmobiliario que me vendió el hotel dijo que murió el año pasado.

Lo lamento.

Y lo lamentaba de veras. Harry ya era mayor cuando ella aún vivía en la ciudad. No la sorprendía enterarse de su fallecimiento. La noticia, sin embargo, le puso una nueva punzada de ese sentimiento de pérdida que había experimentado varias veces desde su llegada pocas horas antes.

Me han dicho que el negocio despegara en la temporada de peces- dijo Edward en voz monocorde.

A si es, no parece muy ilusionado con la perspectiva de tener el hotel lleno.

Él se encogió de hombros.

Me gusta la paz y tranquilidad. Por eso es que compre este sitio. Eso y la idea de que no podía equivocarme comprando un terreno en este sector.

¿No es un poco difícil ganarse la vida con su manera de encarar el negocio?

Me las arreglo. Cuando llegue el verano aumentare los precios. A si compensare los meses muertos.

Isabella recordó el todoterreno aparcado delante de la cabaña de Edward. Un vehículo grande, caro y nuevo. Harry Clearwater jamás habría podido comprase un a sí.

Su curiosidad aumentaba por segundos pero intuía que Edward no le ofrecería de buena gana un informe sobre sus finanzas. Busco cambiar de tema.

¿En que trabajaba antes de comprar el hotel?

Deje los marines hará unos seis meses y probé suerte en el mundo de las empresas. No salió bien.

No le costó creer que había estado en el ejército. No solo por su porte, como si llevara uniforme en lugar de una camiseta y unos tejanos informales, sino también su aura de confianza, autoridad y dominio. Un macho alfa de cabo a rabo. Ella lo conocía bien. Su padre había sido marine antes de incorporarse a la policía.

Edward era uno de esos tipos capaces de mantener la cabeza fría y guiarte a través de las llamas y el humo mientras todos los demás corren despavoridos. Sin duda, los hombres como él tenían una razón de ser, aunque no resulto

Taba fácil convivir con ellos. Su madre se lo había explicado en más de una ocasión con tono abatido.

El hotel debía de estar de mal estado cuando lo compro- comentó-. Prácticamente se caía a pedazos la última vez que lo vi, y de eso hace mucho tiempo.

He reparado un poco la infraestructura.- Edward contemplo la cabaña de Bella, situada a orillas del lago, entre un bosquecillo de árboles altos-. Creo que no ha visto el pequeño rotulo de la habitación, el que sugiere que ayude a la dirección a preservar el entorno asegurándose de apagar todas las luces antes de abandonar la cabaña.

Bella siguió su mirada. La cabaña 5 resplandecía como un campo de futbol durante un partido nocturno.

Claro que vi el rotulo- replico-. Y también vi que la dirección conduce un vehículo todoterreno que probablemente consume un litro por kilómetro. Naturalmente, supuse que la petición de ahorro de energía no era más que una treta hipócrita para que los huéspedes se sientan culpables de no ayudar a ahorrar unos dólares en la factura de la luz. ¿Me equivoco?

Maldita sea. Ya le dije a Rosalie que el rotulo no daría resultado. La sutiliza nunca funciona. Si quieres que la gente cumpla las normas, le dije, has de establecerlas claras e inequívocas. No hay otra forma de lograrlo.

¿Quién es Rosalie?

Rosalie Hale, mi encargada. Es madre soltera. Su hijo Thony se ocupará de la barca del hotel durante el verano. Me han dicho que a los huéspedes les gusta navegar en esa época del año.

El nombre le resultaba familiar. Una tal tal Rosalie había terminado el instituto el año en el cual su mundo se hi8zo añicos. Entonces se llamaba Rosalie Stone

¿Qué la trae a Forks, señorita Swan?- inquirió Edward.

Asuntos personales.

Ya. Personales, ¿eh?

Si.- Ella también podía ser inescrutables cuando se lo proponía.

¿En que trabaja?- pregunto Edward cuando quedo claro que ella no respondería a su poco sutil incitación.

Soy reportera.

¿Deberás?

Trabajo para un periódico

¿En qué periódico?

El nuevo crepúsculo.- Esperó la inevitable respuesta.

Nunca lo he oído nombrar.

Claro pensó ella.

Me lo han dicho mucho – respondió con paciencia- Es el diario de un pequeña ciudad de la costa. El nuevo crepúsculo es un diario pequeño, aunque la propietaria, que es también la propietaria, que es también la editora, creó recientemente una página web desde la que se puede descargar la última edición.

Resulta difícil imaginar que en Forks pueda ocurrir algo que atraiga la atención de un diario de otra ciudad.

Esto es más que interés afable-pensó Bella-. Se está convirtiendo en un interrogatorio.

Ya le he dicho que estoy aquí por motivos personales- le recordó-. No para cubrir una historia.

Claro- lo siento, lo había olvidado

Y un cuerno que lo había olvidado. Isabella sonrió para sí. Edward espesaba a presionarla, pero no iba a conseguir nada. No pensaba dar explicaciones a un extraño, y menos a alguien de ese lugar en concreto. Cuando concluyera su reencuentro con Alice, Forks sería una imagen reflejada en su retrovisor.

Al llegar a la cabaña se sorprendió de sentir una mezcla de alivio y pesar. Saco la llave del bolsillo y subió los escalones del porche.

Gracias por acompañarme-dijo.

No hay de que.- Pero la siguió escalones arriba, le cogió la llave de la mano y la encajo en la cerradura-. Creo que esta tarde le mencione que servimos café y donuts entre las siete y las diez en el salón.

¿Deberás? Me deja sin palabras. Creí entender que la dirección del establecimiento no ofrecía servicios.

Usted preguntaba por el servicio de habitación.- Abrió la puerta e inspecciono la pequeña sala intensamente iluminada-. No llevamos el desayuno puerta a puerta, aunque si donuts en la recepción. Es decir, cuando tenemos huéspedes. Y gracias a usted, en este momento sí tenemos.

Siento imponer mi presencia de este modo.

Si, bueno, los huéspedes son parte del negocio- observó el con resignación.

Es una actitud muy filosófica.

Ya lo sé- replico Edward-. He tenido que cultivarla desde que me convertí en hotelero. Por suerte, contaba con cierto entrenamiento. En todo caso. Los donuts fueron idea de Rosalie

Entiendo.

Acepte que lo probara durante un mes. Para ser sincero, yo no los recomiendo. Saben a azúcar con aserrín. Sospecho que ya están caducados cuando Rosalie los recoge, pero no lo sé con certeza, porque el mercado de Forks no hace caso de las fechas de caducidad en sus productos.

Tuvo que escurrirse por su lado para entrar en la cabaña. El movimiento la obligo a frotarse contra su cuerpo firme y musculoso y sintió el calor que desprendía. Un rastro de seductor perfume masculino disparo otra punzada en su interior.

Cuando se dio vuelta para darle las buenas noches la sorprendió ver que él la estaba examinando con una expresión desconcertantemente intensa.

¿Qué pasa?- preguntó con recelo.

Le interesa el desayuno, ¿verdad?

Pues sí.

A la mayoría de las mujeres que conozco las deja bastante indiferentes.

Ella no tenía intención de explicarle que el desayuno era uno de los pequeños- aunque importantísimos- rituales que utilizaba para dar cierto orden aparente a su caótico mundo privado. El desayuno significaba el fin de la noche, era la comida más importante. Aunque, desde luego, no sabría explicarlo y él no lo entendería.

La única persona que había comprendido la importancia vital que el desayuno tenía para ella era la última de la media docena de terapeutas que había hecho todo lo posible por liberarla de las demás rutinas obsesivas que en su momento amenazaban con apoderarse de su vida. La buena doctora, no obstante, había permitido la pervivencia del desayuno, por poseer otro tipo de virtudes.

Cualquier dietista le diría que el desayuno es la comida más importante del día- se limitó a comenta, y se sintió como una perfecta idiota, como siempre que tenía que explicarse u ocultar su necesidad de aferrarse a un ritual.

Para su asombro, Edward ni siquiera sonrió. En cambio, inclino la cabeza de una manera solemne.

-Por supuesto- afirmó-. El desayuno es crucial.

¿Se está burlando? No estaba segura. Dio un paso atrás, preparándose para cerrar la puerta.

Si no le importa, tengo que telefonear- dijo.

Claro.- Edward retrocedió un poco-. La veré por la mañana.

Bella empezó a cerrar la puerta pero vaciló un momento.

Casi se me olvida-dijo-. Para que lo sepa, probablemente me iré mañana.

Él le dirigió una mirada dura.

Pero reservo dos noches…

La segunda es por si no puedo irme según lo previsto, ya sabe, las contingencias.

En el hotel amanecer no aceptamos reservas de contingencia. Tenemos una estricta política de cancelación con veinticuatro horas de antelación.- Consulto su reloj-. Usted ha excedido el tiempo límite.

Hablaremos de su política de cancelación mañana, después de averiguar si necesito pasar una segunda noche en Forks. Buenas noches señor Masen.

Suerte con sus asuntos personales, señorita Swan.

Gracias. En lo que a mí se refiere, cuanto antes terminen, mejor.

Edward esbozo una sonrisa divertida.

Tengo la sensación de que no la seduce nuestra pintoresca comunidad.

Muy observador.

Buenas noches…

No lo digas-le previno ella-. Lo he tenido que oír muchas veces.

No puedo resistirme- .sonrió él-. Buenas noches, llámame si oyes ruidos extraños.

La puerta hizo un sonido muy satisfactorio cuando se la cerro en las marices. El ruido del cerrojo que corría fue aún mejor. Muy sólido. Muy definitivo. Puede que Edward Masen fuera nuevo en Forks, pero, aun así, formaba parte de ese lugar que ella tanto odiaba. Lo último que quería era relacionarse con él.

Se acercó a la ventana y miró por las cortinas para asegurarse de que se alejaba.

Ahí estaba, bajando los escalones. Levantó una mano en un saludo despreocupado, dándole a entender que sabía que le estaba observando.

Cuando se aseguró de que él se marchaba, sacó el móvil y pulso la tecla de rellamada. Había perdido la cuenta de las veces que había marcado el número de Alice desde que llegara a Forks por la tarde.

Tampoco ahora hubo respuesta.

Corto la comunicación antes de que saltara el buzón de voz. También había perdido la cuenta de los mensajes que le había dejado a lo largo del día. No tenía sentido dejarle otro.


Lamento la tardanza de esta historia pero en los últimos meses no eh tenido ganas de nada. mi abuela falleció y fue una perdida muy grande, pero ya estoy mejor y con todas las ganas de distraerme a si que estaré actualizando seguido, espero que le den una oportunidad a esta gran historia :d