Me resulta casi imposible volver a recordar la primera vez que contacté con ese demente. Nuestra primera conversación se difumó en el aire junto a la cotidianidad de la vida escolar; entablar conversaciones con pasajeros compañeros a los que me resultaba difícil identificar. No era nada más que una cara borrosa en una foto grupal mal tomada, y con ello, supuse que ese perpetuo desaire con el que adjudico a todos lo tragó sin remordimiento.
A todos siempre los añado con una particularidad para facilitar recordar su identidad: apegar su ser a la viva imagen de sus rostros no es que sirva de mucho cuando siempre me ha resultado una fatiga prestar atención a quienes no lo merecen.
A él, siempre lo identifiqué como el pequeño chico con ese extraño rubor en su rostro. No era algo tan común de avistar en los machos del curso, mas esa importancia venía del hecho de que siempre intentaba ocultarlo al cruzar mirada conmigo, sea al caminar por el pasillo o trabajar juntos en el aula.
En recientes días antes de que todo se fuera por la borda, lo veía por el rabillo del ojo con cada vez más frecuencia. Tanta que mi mente, en rebeldía con mi mandato, comenzó a prestarle cada vez más atención. Un subconsciente impulso de curiosidad que me resultaba una tarea monumental ignorar ante su latosa presencia.
Pasó de solo observarme mientras caminaba en las horas libres del colegio, a verme durante mi tedioso recorrido diario por el campus. Del cambio de clases a mitad de tiempo, sitios a frecuentar para comer mi almuerzo, lugares donde me juntaba con algunos compañeros en búsqueda de una falsa pantalla de amistad, hasta verlo al final después de clases cuando me juntaba con el equipo de carreras a terminar y practicar en la enorme pista de media milla en la escuela.
Sentado ahí, expectante desde las gradas, me miraba. Por la distancia, ni la expresión en su rostro era capaz de formar, más eso no merecía mucha importancia ante su persistencia en estar ahí casi día tras día.
Sin embargo, incluso cuando la importancia de su posible acoso se le fue restada con el tiempo, hoy me resultó extraño no verlo ahí, en el mismo asiento en la parte superior izquierda de las gradas.
—O-Oyes, Firo —llamó una voz a mis espaldas—, ¿Tienes algo que, uh, hacer después de la practica?
Esa suave voz y la identidad detrás de su vocalista me llegó en mente justo un instante luego, cuando el leve aroma a perfume de rosas capturó mis sentidos.
Era una compañera mía del equipo de carreras, había finalizado el circuito antes que yo, pero ahora se encontraba ahí, buscando iniciar conversación.
Aquella Deerling llevaba cierto tiempo formando parte del equipo, y siempre caracterizaba su presencia con la de aquel perfume. A veces me resultaba complicado discernir su presencia sin él, ya que de todas las interacciones nuestras, siempre lo portaba cuando hablábamos.
Inclusive con ese olor perdido ante el ajetreo del esfuerzo físico que ambos ejercimos durante la práctica, el embriagante y hasta seductor picor en él acariciaba mi nariz.
—La verdad es que no —respondí con una sonrisa ante la cierva de pelaje marrón claro—. ¿A qué se debe la pregunta?
—Oh, grandioso... Eh, lo vine a preguntar ya que, como eres uno de los del consejo estudiantil del grado escolar, me dijeron que te pidiera ayuda con cierto examen de matemáticas para una admisión que tengo pronto.
Su nombre me escapaba por completo, pero no ciertos hechos de ella que poco a poco conectaban en mi desinteresada mente. Ella era una estudiante de segundo, un año menor a mí, estando yo en el último grado del colegio.
—Disculpa si se me escapa tu nombre —agité un dedo en el aire tras hablar, tratando de fingir encontrarme apenado con una leve flexión de la cabeza—. ¿Te dijeron que buscaras al Quilava que siempre se queda al último en las practicas? Suelen ser muy lejanos a mí los del consejo.
—No, claro que no —corrigió con visible prisa—. Yo, bueno, no te culpo si no recuerdas mi nombre. No es como si hayamos hablado mucho antes, pero yo sí sé el tuyo, es difícil no hacerlo... Me llamo Teresa.
—De acuerdo, Teresa. Dime a qué hora nos vemos y dónde para ayudarte con aquello —propuse, guiñando un ojo y sonriente ante la mirada de alegría que me dirigió.
—P-Podríamos vernos en la repostería de la plaza, no estoy tan lejos de ahí. Aunque si te es inconveniente, siempre podemos irnos a otro lugar, ¡claro!
—Jeje, no es problema.
—Entonces en dos horas nos vemos ahí, todo para no quedar tan tarde —asintió entusiasmada, dando lentos e inconscientes saltitos con sus patas—. Debo ir a alistarme para partir, ¡te veo ahí, muchas gracias en verdad!
Reí un poco, despidiéndome al elevar la mano en el aire y verla partir hacia el vestidor de las chicas con prisa.
Desde la primera vez que hablamos, he posado un ojo en ella. Esa dulce y considerada apariencia que siempre porta con ella, aunada a las miradas que me dedica y su perfume no me dan más que obvias y desesperadas señales de lo que busca.
Hace bastante tiempo que escapa de mi interés hacerlo, pero ese olor que desprende no me deja más alternativa, encima al acercárseme y hacerme protagonista suyo después de una práctica más laboriosa físicamente de lo común.
Parecía que ella era la que me estaba manipulando a mí, pero sé más que eso, es obvio y terrible ver que su torpe actuar no es ensayo, y que esa influenciable inocencia cae lejos de un acto. No será complicado acostarme con esa chica de segundo.
【...】
Una breve llamada destruyó mis planes de adelantar algunos deberes en la biblioteca del colegio: la irritante voz de la líder del consejo taladró una vez más mis oídos con absurdas quejas que veía oportunas dejar en mí.
El tiempo no fuera que escatimara, y como me encontraba obligado, accedí a lo que me proponía.
Al fin de todo, no era algo necesariamente complicado, centrando mi tarea en ir al closet de almacenamiento en el tercer piso para sacar algunas cajas en búsqueda de comenzar a adornar los pasillos con decoración del día de brujas los siguientes días.
En soledad y con la luz del atardecer filtrándose por las ventanas del corredor y una difusa luz a la lejanía por las escaleras como única fuente secundaria, me encaminé sin más en mente.
Los pasos resonaban como secos ecos por el lugar; las sombras se desplazaban por las puertas y rebotaban en el impecable suelo blanco.
Supuse que era demasiado temprano como para apagar las luces del colegio: todavía había alumnos atendiendo actividades extracurriculares. No obstante, y lo que capturó a mi despreocupada mente, fue el hecho de que parecía que el tercer piso era el singular lugar donde no había nada encendido.
Frené y busqué apaciguar mi curiosidad al mover un interruptor dentro de un salón, pero justo como especulé, el foco permaneció apagado.
Resignado, miré a mis alrededores, fijando en el techo las negruzcas esferas medianas en los costados del corredor que marcaba el cuadrado perímetro del piso.
El tenue brillo rojo que marcaba el funcionamiento de estas cámaras de seguridad era inexistente, y al reanudar mis pasos, mi andar se interrumpió por un peculiar frío.
Con prisa miré a mis espaldas, divisando entre las sombras que por el lugar se cernían, una ondulante y fantasmal mano que se asomaba por las paredes.
Mi corazón se detuvo por un instante, no tanto por miedo o asombro, como por completa atención en lo que acontecía.
Le siguieron unas cuantas más, y como si mis ojos apenas se estuvieran acostumbrando a esas presencias, grises esferas se crearon del aire y flotaron en paulatina trayectoria hacia un aula en específico.
Como si mis instintos de autopreservación fuesen apagados en ese instante, no pude ejercer ninguna acción en mi cuerpo. Tan solo respiraba y daba lentos pasos hacia el lugar en el que se encaminaban esas esferas.
Con los pies arrastrando y siguiendo la corriente que formaban esos grisáceos espectros, continué mi andar.
—Espera... No, no. No se supone que esto pasara —chilló desde la nada misma una aguda voz—. La escuela era el lugar perfecto, d-de... ¿De dónde carajos vienen todos ustedes? ¡Grrrrrr!
Mi cabeza era incapaz de percibir el origen de aquellos lamentos, y el ponerles rostro sería una tarea imposible.
Los segundos se prolongaban con cada paso que me era tentado a dar, postergando la manifestación que me esperaba al otro lado de la puerta del aula.
En dos patas, tomé la perilla y con cuidado la giré para dar con aquel misterio que envolvía mi corazón y sofocaba todo miedo en insaciable emoción.
Dentro del lugar, encontré sangre; velas pobremente iluminando el salón que a oscuras se encontraba por negras cortinas encargadas de devorar con ferocidad la luz del exterior.
Era un salón grande de almacenamiento para útiles del club de teatro, y en su centro no se encontraba la montaña de cajas que usualmente encontrarías ahí, sino, algo diferente.
Lo que me trae a conectar todo de nuevo, esa identidad que comenzaba a hundirse en mi cabeza y aclarar su rostro lejos de su extraño comportamiento.
El cuerpo inconsciente de una Deerling con una grave herida ensangrentada en su cabeza yacía en un mantel con un extraño circulo dibujado en él. Diversos símbolos arcanos y figuras geométricas pintadas con impresionante exactitud proyectaban un rojo circulo mágico en el lugar de reposo de la chica.
Y a su lado, moviendo las páginas de un enorme libro tendido en el piso, ahuyentando con zangoloteos de sus patas en el aire a las grises esferas como si de moscas se tratasen, se encontraba aquel estudiante acosador: un pequeño Shaymin forma cielo.
No necesité encontrarlo en el rabillo de mi ojo otra vez para reconocerlo al instante, y es confección en mi mente me hizo estremecer.
Sus frustrados ojos dieron a parar con los míos al girar con violencia su cuerpo en vivido atufo por los fantasmas que comenzaban a posarse en el cuerpo de la Deerling.
Horrorizado, se congeló en su lugar por un instante, pupilas diminutas y temblorosas analizando cada centímetro de mi cabeza asomada. Su enrojecido rostro se creó tal cual metal expuesto a desenfrenadas llamaradas en las brasas.
Sin pensarlo demasiado, dio un firme paso que puso precedentes para una tanda de imitadores. En un instante, estaba frente a mí, y con fuerza me jaló dentro del aula e hizo que azotara la puerta a cerrarse en el jaloneo.
—No se supone que estés aquí... ¡Ahora voy a tener que adelantar todo! —me relató exasperado, todo su pequeño cuerpo estremeciéndose al tenerme tan cerca—. T-Tú, ¿a qué se debe esa cara que me haces? ¿No estás asustado?
Quería contestar, quería moverme, quería actuar, pero solo se limitaba a ello. Mi cuerpo no respondía, y lo mejor que pude hacer fue mover mi cabeza hacia el cuerpo de la estudiante de segundo en el piso a nuestro lado.
Aquella acción regresó las energías al Shaymin, quien poco tiempo esperó para abalanzarse sobre ella y comenzar a ahuyentar a los seres incorpóreos que se adherían a su piel.
En un instante, se movió del lugar y sopló las cuatro velas que se posaban encima de las cuatro esquinas en el cuadrado manto de brujería.
Arrastrando un lado al otro, dobló la tela con la chica adentro tal y como un taco, prosiguiendo a enredarla por completo por el manto con esfuerzo de sus patas y arrastre de su hocico.
Me regresó la mirada que le llevaba dedicando hace rato, y en ese instante pude ver ese pánico acrecentarse al verme.
—Te tienen, ¿No es así? —cuestionó en el aire al verme—. Guarda la respiración unos segundos, debo hacer algo.
Seguí sus órdenes en cuanto puso una de sus patas delanteras en mi pecho, a lo que Shaymin susurró unas indistinguibles palabras.
Las cortas inhalaciones que podía efectuar le dieron paso a que comenzara a hiperventilar. Shaymin me observó con preocupación engravada en su sonrojado rostro.
Al poder moverme una vez más, me paré del piso y procedí a expresarme como era debido:
—¿¡Qué demonios te pasa condenado lunático!?
—No, ¡no digas demoni-...! Mierda, casi lo digo yo —frenó su exclamación.
—¿Qué está sucediendo? ¿Qué es todo esto? ¿Tú eres ese loco que me ha estado siguiendo estos últimos meses? ¿Qué le hiciste a la chica? ¿Qué son esas cosas en el aire?
—Tienes que tranquilizarte, lindura~ —gimoteó con pesada respiración, caminando hacia mí—. Lo que sucede, y lo que debería preocuparnos a los dos por igual, es que hice mucho ruido justo ahora con mi intento de magia. Debemos largarnos de aquí.
—¡No iré contigo! ¿Preocuparnos a los dos? ¿Magia? ¿Qué es l-...? —me callé al topar con la pared a mis espaldas, ya que con cada paso que daba Shaymin, yo buscaba alejarme.
—Para tu desafortunada suerte, te metiste en mis planes muy temprano en todo, y aunque desee dejarte ir, me temo que las animas ya te reclamaron.
—¿L-Las animas? —cuestioné confundido, sucumbiendo y cayendo al suelo.
—Exacto, por eso no te podías mover hace poco, solo hasta que las expulsé de tu corazón. Poco más y te hubiese dado un ataque, jiji —jugueteó con el pelaje en mi pecho—. Debes acompañarme para librarte de su oscura aura, y mientras nos vamos, nos llevamos a la puta que me iba a ayudar hace poco.
—¿Qué es lo que le estabas haciendo?
—¿E-Eso? —me miró con nerviosismo ramificado de rubor, como si lo hubiese atrapado haciendo algo indebido en vez de un potencial crimen—. Era algo para ti... Estuve estudiando mi grimorio y en él lo decía...
—Tú... ¿Es un libro mágico ese de allá? —el shock inicial ahora se difuminaba en interés genuino por mi parte.
—Sí, por eso debemos irnos, pensé que la escuela era un lugar más seguro que mi desgastado hogar para el ritual, pero parece que fue una mala idea. Ahora lo mejor es huir antes de que llegue una presencia de verdad poderosa, mucho peor que estas animas...
—Decías que era para mí este ritual... —proseguí ante su urgencia por irse, buscando algo que denotó Shaymin la primera vez que pregunté.
—Yo... Sí, e-era para ti, para nosotros... No puedo contarte todo porque debemos irnos rápido, p-pero... —tartamudeaba con cada oración, su rostro brillando en rojo y su respiración tan cerca de mi cara que aquel calor me hacía estremecer—. Era para que fueras solo mío. Un hechizo de amor que buscaba centrar los deseos de esa ramera por ti hacia ti y de regreso a mí...E-Es complicado, pero... Solo quería estar así de cerca de ti, sentir la sangre bombear en tu corazón con fuerza, y beber de ella~ Adentrarme en tu mente y desmascarar cada pensamiento en ella; formar un lazo tan íntimo contigo que ni las arenas del tiempo que carcoman nuestro mortal cuerpo sean capaces de engullir. Ser solo tuyo. Porque la verdad es que me tienes perdidamente enamorado, a mí, Sora Shaymin, el usurpador del conocimiento arcano.
Unió su boca con la mía sin esperar un segundo más, recargando todo su cuerpo contra mí y respirando con fuerza. Espasmos recorrían todo su cuerpo en cuanto nuestras lenguas se encontraron, y lágrimas bajaban estrepitosas por sus ojos.
El calor de mi interior le resultó más de lo que pensó, pero no se doblegó ante esa convicción, marcando cada centimetro de mi lengua en la suya con mojados y ahogados gemidos danzantes en el aire.
Le seguí el juego, todo sin ser capaz de poner un solo pensamiento claro en mi mente. Yo, el tipo fuego, me derretía ante aquel arrebato erotico del Shaymin, y ante él, comenzaba a buscar empujar las cosas cada vez más lejos.
Ahí estaba entonces, metiendo mi lengua dentro de su boca tan profundo que unas reververantes arcadas la acariciaban.
Este chico, Sora, su nombre no es algo que vaya a olvidar. Sus acciones tampoco. Su sabor mucho menos. Y sus lágrimas que tocan mi pelaje, pronto sabrán más dulce de lo que ya lo hacen.
Luego de unos segundos más, el húmedo beso se terminó, pero pude ver que Sora estaba satisfecho debido a que le seguí la lasciva unión.
—P-Prometo curarte en mi hogar, mi amado Quilava —asintió comenzando a ir hacia el cuerpo de la chica con los ojos iluminados en lujuria—. Así que sígueme, ¡que se nos avecina una larga noche~!
