El rojizo tinte que proyectaba la puesta del sol en el vecindario nunca había tenido una atmósfera tan escalofriante. Dentro de todo, causaba una particular grima que me era difícil de procesar, al igual que cualquier información que se me haya presentado hace poco.
Era la tarde de un miércoles, tiempo en el que personas caminaban por las estrechas calles de los suburbios en busca de regresar y reposar en sus hogares.
Pero de ello no había nada. Solo se manifestaba un sepulcral silencio que calaba hasta el corazón. Como si mi propia respiración creara un estruendo capaz de alertar a cualquier alma en las cercanías.
Ningún otro momento podría ser peor para ello que ahora, caminando con cautela entre las sombras de las enormes y grises paredes que delineaban los hogares y cuadras junto a un Shaymin que se mostraba paranoico a más no poder. Buscando la cautela entre este laberinto.
Si bien su lenguaje no transmitía la mayor confianza, le encontraba origen a su dilema al ayudarle a empujar un robusto costal en el piso en donde una alfombra enrollada residía. Y en el centro de ella, el cuerpo inconsciente de quien anteriormente planeaba fuera el siguiente recipiente de mis deseos carnales.
—Ya casi llegamos —comunicó Sora, jadeando de cansancio, pero con visible brillo en sus ilusionados ojos—, vamos a intentar cargarla otra vez.
Asentí, inclinándome en pos de acatar esa sugerencia. En dos patas, sujeté con las delanteras un extremo del saco, posicionando el otro extremo en el lomo de Sora, quien poco tiempo se tardó en reanudar su apresurada marcha.
Con un torpe balanceo, caminé trastabillante entre los desniveles de la banqueta y calle, cruzando de un lado a otro con poca noción de los alrededores y con la singular misión de buscar resguardo en las sombras.
Los minutos pasaron con desesperante longitud; eternidad que se arrastraba paulatina por las manecillas de un inexistente reloj que se materializaba y sacudía mi cabeza en metafísica—casi palpable—tensión.
Finalmente, ante ellos se encontraba el apartado hogar del Shaymin. Una alargada casa de un solo piso que se erguía chaparro ante sus dos hogares vecinos con una edificación más exuberante. La cerca de metal negro daba paso a un corto pasadizo cubierto en pasto y pintando un pavimentado sendero hasta una rustica y robusta puerta de madera.
Sora ya se encontraba accionando el seguro para dar adentro; la iluminación era mínima por las cerradas persianas en los costados del muro que nos daba cara, pero se notaba a leguas que ese apenas era el zaguán ante la carencia de amueblado y apreciable cercanía a las calles.
Entre el mar de negro se ahogaba la poca luz, y entre el pánico no buscaba quedarme atrás y expuesto al mundo. La pesada puerta se cerró a mis espaldas; nada más que el rechinido de metal me mantenía en constante movimiento por la propiedad y empujando con toda mi fuerza aquel costal de tela.
A los pies de la entrada principal me encontré por fin, entrando con ayuda de Sora y empujando el desgarrado costal con hilos desordenados y salidos del suelo en el cual se deslizaban. El Shaymin no buscaba demorarse ni un poco más, subiendo los pocos escalones que debía atravesar el cuerpo hasta el piso de la sala. Con eso, y por el filo en el metal que enmarcaba la puerta, se desgarró por completo el saco.
El corte fue brusco y ruidoso, acompañando el ruido de sonoro desgarre con un seco golpe al expulsar sus contenidos en el lugar. El tapete se desenrolló en un instante, revelando el desparramado cuerpo inconsciente de la Deerling en el exterior una vez más.
El cambio de atmosfera era aparente: la poca iluminación que comenzaba a emerger de entre la profunda penumbra atendía a este llamado. Sora utilizaba un encendedor para prender varias velas situadas sobre los muebles de la sala, extendiendo la amarilla luz que imitaba la perpetua danza de las flamas ante los pesados resoplidos que soltaba su cansado autor.
El hedor de azufre cosquilleó mi nariz, seguido por un indistinguible picor que crecía desde su primera percepción hasta resurgir desde la garganta con cada exhalación. Era parte de un incienso; nunca ante me había sentido tan profanado por un simple olor.
Embobado por el rustico hogar que podía hasta pasar por una casa embrujada, mi atención fue de nuevo dirigida al Shaymin en cuanto regreso a la entrada, lugar en el que me encontraba sin idea de qué hacer.
Su rostro estaba enmascarado por las sombras, atrabancado paso y cuello rígido en tensión. Su presencia me hizo estremecer en ese instante, extrañado por ese cambio en su relajada y juguetona apariencia anterior. La sangre bombeaba por su endurecido cuello tembloroso, sacudiendo un objeto que se escondía con él en la oscuridad.
No fue hasta que pasó más de cerca que la luz se iluminó en el lustre metal de una daga con hoja ondulante; dientes encajados en el mango con furia y ojos con una pupila errática que luchaba por quedarse en su lugar y no temblar ante su impulso asesino.
De un paso me interpuse, alejando el cuerpo de la Deerling al arrastrarlo por el piso. El tan solo tocarla hizo que todo el cuerpo del Shaymin se contrayera, alocando su ya desenfrenada respiración. El terror comenzaba a reinar en mí otra vez, uniendo mis ojos con los de aquel desquiciado en un instante muerto en silencio; pensamientos resurgían en mi cabeza y buscaban algo de coherencia ante ese macabro entorno, mas el áspero nudo en mi garganta me impedía la respiración al igual que el habla.
—Aléjate de ella —murmuró Sora en una voz que aparentaba estar tranquila, pero algo en ella me daba el presentimiento opuesto—. Debo... Quitarle la cuerda de sus piernas.
—Dame la daga —demandé desde mi lugar—, yo lo haré.
—No voy a hacer eso.
—Entonces yo no haré lo que me pediste.
—Firo... —comenzó con unos pasos hacia mí, a lo que me alejé de igual manera—. No tienes la menor idea de las náuseas que me dan verte cerca de esa puta. ¿Sabes lo mucho que se me dificulta suprimir las ganas de lanzarme para degollar a esa maldita? No me hagas las cosas más complicadas al tentarme.
—¡Esto es tu jodida culpa! ¡Ibas a matarla antes de que los encontrara en ese salón!
—¡No iba a matarla...! —su chillona voz se quebró al gritar—. Está en nuestro interés que nadie se entere de esto, debemos-
—Deja esa estupidez —corté su comentario—. Esto no tiene nada que ver conmigo, ¡solo quieres salvarte! ¡Que la escuela no se enteré que hay un demente haciendo brujería con inocentes!
Sora no contestó al instante, aunque pude apreciar en su rostro que eso era lo que quería.
—N-No lo entiendes —murmuró, fijando su mirada en la daga que antes había puesto en el suelo—. Nadie lo haría, pensé que tú quizás ibas a dejar de ser ciego a todo este mundo. Pero fue un error mío. Tú no lo entiendes, pero que sepas sobre esto ya te pone a ti en peligro, y ahora date a la tarea de decírselo a cuanta alma se te cruce y así terminaras causando una tragedia.
—¿¡De qué hablas!?
—Te traje a mi casa para protegerte, no para encargarme de un testigo —contestó, encarándome con una cruda seriedad—. Hay personas... cosas, más bien... que me buscan por lo que sé y puedo hacer. Son entidades que reconocen la mayor fuerza que se puede poseer: el conocimiento. Con solo saber, tú-
Un estruendoso choque en el techo lo detuvo de continuar. Encima de nosotros se congenió, sacudiendo la madera en una lluvia de astillas, mas resistiendo de manera impresionante.
El Shaymin contempló lo acontecido con un ostensible terror. Me quedé plasmado en mi lugar, siendo sujeto al impacto que me ocasionaba la ferocidad con la cual esos erráticos ataques eran dirigidos. Azotaban el techo con salvajismo y rasgaban las piezas, sujetándolas con premura y destruyendo su formación en un intento de darse paso adentro.
Aquello continuó por varios minutos, y dado suficiente tiempo, Sora soltó un respiro de alivio al darse y continuó con su explicación.
—Ya pasó rato, no van a poder entrar ni aunque sigan así toda la noche.
—¿Quiénes son esos...? —cuestioné en un pobre intento de moderar mi pavor.
—Enviados de las animas. Son espíritus salvajes que no logran manifestarse bien en nuestro plano. Solo están haciendo ese sonido para asustarnos y hacer que actuemos —explicó sereno—. En fin, creo que vamos a estar rato aquí. Mejor aclarar una vez por todas mis intenciones. Explicar cómo es que tú no eres alguien con quien lidiar como testigo, y la verdad detrás del hechizo de amor que quería congeniar utilizando a esa puta.
El ruido continuaba, a lo que Sora tomó asiento y le miró con una linda sonrisa. Yo, por mi parte, seguía sumido en el miedo por tan desgarradores gritos que comenzaban a acompañar el desenfrenado estruendo arriba nuestro.
—Un hechizo de amor no es la manera más adecuada de decirlo —contempló Sora, perdiendo su mirada en las llamas de la lampara.
Un breve silencio se asentó, bueno, eso si logramos ignorar los zarpasos y rasguños que se marcaban en el techo del hogar.
—En cuanto a la magia de sentimientos —reanudó su charla—, es muy complicado hacer cambiar el sentir romántico de alguien directamente. Es como una flecha directa hacia alguien que solo se puede desviar por otros medios. No podía hacer que esta asquerosa le diera ese amor a nadie más que a ti, porque la flecha iba hacia ti. Y cuando la tuvieras y la dejaras sin nada, ahí era cuando podía direccionarla hacia mí, jijiji~
La imagen mental de ese ejemplo me sirvió un tanto, buscando conclusión a todo con un breve vistazo al cuerpo inconsciente de nuestra acompañante.
—Aunque —habló Sora—, cierto es que no había amor en ella. No hubiera funcionado como es debido, por lo que tendría que haberme ocupado de ella de otra forma.
—¿Cómo que no había amor?
—Ya sabes, lo que ella quería contigo no era eso, sino otra cosa.
—Entonces... —las palabras «magia de sentimientos» resonó en mi cabeza—. ¿Ella solo quería tener sexo y por eso no funcionó?
Sora no respondió.
Sus ojos se clavaron en ella; penumbrosos a pesar de la iluminación que ahí se encontraba. Ahora sí había silencio al cese de los monstruosos rasguños en la madera que construía el techo.
—Los espectros se detuvieron —me apresuré a recalcar al sentir ese cambio en la temperatura del cuarto—. Ahora sí podemos sacarla de aquí y seguir con nuestras vidas.
Más pausa.
—¿Crees que tus padres están preocupados por ti? —preguntó el Shaymin.
Me la pensé antes de responder. Lo cierto era que no, mas honestidad era todo menos lo que necesitaba en ese momento. Este chico, en el poco tiempo que llevo con él, ha demostrado ser muy impredecible.
Y por el peso que le dio a esa pregunta, sé que de mi respuesta dependía su decisión final.
—No, no lo están.
Ahora mismo mis padres estaban fuera de casa, lejos en un viaje por una emergencia familiar. No fallaban en mantenerse al contacto conmigo, pero eso no iba más allá del cotidiano sermón por mi vida académica.
Con un veloz movimiento, recogió la daga al arrastrarla por el piso y empuñarla en su hocico, deslizando su cabeza en dos apresurados cortes que liberaron a la Deerling de sus ataduras. Todo sucedió en un instante, alertando mis sentidos con el sonido de los gruesos hilos de la cuerda desgarrados.
—Voy a necesitar tu ayuda para un último hechizo con ella.
[...]
Esta era la mejor opción para librarnos de las consecuencias del asunto. De resumir nuestras vidas y actuar como si esto nunca hubiera sucedido. Seguir la corriente de mi vida fuera de lo fantástico y sobrenatural.
Mi mente se aferraba a pensamientos triviales, aquellos que siempre había pasado por alto. Llevaba tan solo una hora en esa casa y se sentía como una eternidad, tanto así que las horas que pasaban en un abrir y cerrar de ojos ahora se arrastraban para concentrar mi mente en objetos de mi complicado presente.
Me sentía vivo, y no era algo que duraría un instante como darlo todo para el equipo de atletismo o acostarme con el Pokémon que cruzó miradas conmigo de cierta forma durante esa aburrida fiesta.
Vivo quizás no sea del todo la palabra. Este es un sentimiento que sacude mis piernas en un tembloroso e inestable suelo; que hace retumbar mi pecho ante unas ensordecedoras bocinas alertando un mensaje de angustia y peligro; que ahoga mi mente, la hace frenar, para contemplar con impotencia lo que se cierne en este confuso presente y difuso futuro.
—¿Sí las encontraste? —inquirió Sora, retomando mi atención.
—Eran las únicas ramas blancas en tu alacena —contesté, dándole su pedido.
Este chico. Sora. Su nombre, ese nombre lo lograba aferrar en mi cabeza. Su ruborizada expresión, a pesar de la escasa iluminación de las velas, seguía ahí.
Un tinte de petulancia y desquicio; obsesivo en su ser, casi horripilante si se ve no por el Pokémon que lo porta, sino por los motivos que lo vuelven un monstruo.
El cuerpo de la Deerling cuyo nombre ya había olvidado estaba estirado en el piso, pintura gris adornando sus extremidades en líneas que terminaban en flechas. Todas directas a ella, cuya cabeza albergaba diversos papeles pegados con figuras extrañas que dibujó el talentoso Shaymin. En su cabeza se encontraba una sustancia espesa y renegrida, esparcida por el lugar de la herida que le confinó el Shaymin para dejarla inconsciente.
Se tardó un poco, pero lo quebradizo que eran las secas ramas blancas solo dejó como único obstáculo el reunir el polvo en su totalidad.
Lo ayudé a formar el circulo alrededor del cuerpo de la estudiante, finalizando con este los preparativos para el ritual.
—¿Qué... es lo que le harás...?
—¿Huh? —Sora me volteó a ver—. Jiji, tranquilo. Se nota que estás tenso, ¿te asustaron los entes malignos que estaban rasgando en mi techo?
—Tú... Vuelve a decir eso, pero más lento.
El Shaymin levantó el rostro, cerniendo su nariz por lo alto envuelto en orgullo. De un breve paso dejó caer algo que sostenía en el bolso que se recargaba por sobre su lomo. Era el mismo extraño libro que estaba utilizando en la escuela.
—Voy a hacer un ritual blanco, no te preocupes —me aseguró—. A esta asquerosa le había hecho un brebaje que garantizaba el hecho de que no despertara en un rato. Ese golpe que le di fue más que nada para tranquilizarme un poco —sonrió con dulzura—. Ahora solo queda limpiar su cuerpo del maleficio, o sea, quitarle su estado de coma. Y luego la voy y la dejo en la escuela como si todo esto nunca hubiese pasado.
Desde que lo empecé a ayudar con su ritual, una persistente molestia ha estado recorriendo mis piernas en lentos sondeos que me hacen estremecer. Y ahora, vueltos temblores, me veo extasiado por la exhibición de la magia. Situado en lo más profundo de mis adentros se encontraba un deseo desmesurado; emoción vehemente y primordial que clamaba por la presencia de lo esotérico.
Retomando lo ya dicho, esto no era como «sentirse vivo.» Yo, estaba enamorado de lo desconocido. Con tan solo unas horas así, en ese momento, no era capaz de apreciar la magnitud de lo que comenzaba a surgir dentro de mis deseos. El horror se elevaba y evaporaba por el aire en sincronía con mi interés. Quería más. Saber más de este oculto mundo, y, ante todo, saborear un poco de ese poder. El poder de posarse por sobre el resto y ver sus vidas carentes de sustancia envuelto en desaire.
Este estatus, vendría a entender, era lo que me faltaba. Lo pieza que estaba seguro le daría sentido a todo. Lo que me permitiría gozar de mis virtudes y cualidades sin medida. La soberbia nacería en mí: sería capaz de pecar mas no de errar. De encontrar sentido en aquello que veía monótono y actuar a la par de mi lugar por encima del resto. La pedantería de un desigualado.
Estas eran punzadas que sacudían mi cerebro y me revelaban una seductora propuesta.
—Firo —me llamó mi acompañante—. Antes que empiece con esto, necesito que sepas algo.
Lo miré, muerto en acción.
—Estoy haciendo esto por ti —declaró con un apresurado paso—. Espero no me veas como un egoísta por intentar embrujarte para que te enamoraras de mí. Por eso estoy haciendo esto: quiero limpiar esa imagen. Solo por ti estoy arriesgándome de nuevo y asegurando que esta... chica permanezca con vida.
—Muy amable de tu parte —contesté con desgano.
En un parpadeo, estaba contra el suelo, luchando por respirar.
El Shaymin estaba reposando su rostro en mi pecho, dirigiendo una fría mirada a mí. Con una de sus patas acariciaba mi pelaje, pero un pavor indescriptible reinó en mi juicio con cada toque. Las sombras se levantaron desde su espalda y en mi corazón recibió una estocada. Una terrible presión que se adueñaba de él y me sepultaba entre una marea de terror. Resurgiendo de timbres latosos, alaridos inexorables y lamentos desenfrenados.
—Cada fibra de mi ser estaba puesta en asesinarla. En dejar correr su sangre y hacerla pagar por lo que planeaba hacerte —susurró Sora, provocándome nauseas—. Solo porque no estaba enamorada de ti es que la dejo ir. Pero debes prometerme que no harás que me arrepienta de esto. Que no te le acercaras jamás; a ella o a alguien más. Que aceptaras mi confesión de amor. Júramelo.
—Yo... lo juro. No haré nada así —logré pronunciar.
—Confiaré en ti. De ti, solo quiero todo,
Todo. Todo. Todo. Ta-dum.
Quedé paralizado en el suelo por lo que parecieron unos segundos en el abismo mismo. Mi mente se tardó en recuperar, y mucho más tiempo tomó en poner pie firme en la realidad.
Seguía tumbado en el suelo de esa casa. El reloj leía que era poco pasada la medianoche. Estaba solo, o al menos eso pensé hasta poder discernir de entre la oscuridad la silueta del Shaymin. Se encontraba sentado en un rincón, a la espera de alguna palabra mía.
—¿Qué...?
—Disculpa si me pasé hace rato. No pensé que fueras a quedar así, pero ya sabes, tenía que asegurarme.
Hablaba con un singular arrastre de palabras. Se encontraba cansado, o agitado quizás. Miré por la habitación en cuanto mis ojos se comenzaron a ajustar mejor a la oscuridad.
—Me llevé la chica de regreso a la escuela como prometí. Aunque fuera solo yo, no te preocupes, tengo mis propios trucos, jiji.
Dejé que el silencio se adueñara del lugar otra vez. Centrando mis pensamientos en un sentimiento. En ese terror que me envolvió, y en lo que me produjo complacencia con anterioridad.
—Sora, tú dices que no le diga a nadie más de esto, o correrán el mismo peligro que nosotros, ¿cierto? —pregunté.
—Correcto. Como dije, las artes arcanas toman en cuenta tu conocimiento, no solo tus acciones. Debo ver como te expurgo de esa aura teñida que tienes ahora para que puedan dejar de acosarte a ti. Con eso creo que-
—No lo hagas —interrumpí—, no quiero eso.
Desde su lugar y entre disimulados jadeos, Sora ladeó la cabeza en confusión. Yo me desplace por el suelo, hasta quedar frente suya. La blanca luz de la luna que se filtraba por la ventana era lo único que alcazaba a iluminar los ojos del Shaymin. Ahí vi que su pupila estaba temblando en lugar.
—Quiero que me compartas sobre lo que sabes. Quiero ser parte de todo esto. Yo quiero adentrarme en la magia —pausé—, y estar a tu lado. ¿Harías eso por mí? ¿Me contarías todo lo que has pasado para exponer este mundo de lo sobrenatural?
—E-Esto... —en todo el rato que estuvo frente a mí, mi cabeza fue capaz de darle forma a su actitud por fin. Estaba ruborizado a más no poder, y ahora mi cercanía lo evidenciaba—. No sabes lo que dices. Este conocimiento que usurpé, todo lo que tengo, me ha puesto en peligro por meses. Sé que me buscan. E-Esas... Brujas. Las del aquelarre. Estarías en el mismo peligro que yo. Tu mente podría ser envuelta por la perversión del esoterismo.
—No me importa. Eso, más que otra cosa, es lo que hace tan tentadora la idea. Necesito esto; necesito adentrarme en esta emoción que tanto deseo. De adentrarme en ti. Lo que me dijiste hace rato cuando nos vimos, eso de intimar como nunca nadie lo ha hecho y unir nuestra alma. ¿Me dejarías compartir de tu poder?
Sora se quedó en silencio. No respiraba, congelado en el momento y sucumbiendo ante un atroz estremecimiento. En sus labios se formó una filosa sonrisa, acercándose a mi rostro y susurrando por debajo de su frenético aliento las palabras:
—De acuerdo, mi amor.
