Resumen:
Saitama ha caído en un sueño profundo y ninguna cosa lo ha podido despertar, Fubuki está dispuesta a salvarlo a toda costa siguiendo su plan, pero, ¿cómo podrá lograrlo en un mundo donde sólo existen ellos dos?
Sin querer, Fubuki termina volviéndose parte del problema.
Inspirado en la canción "Square rooms" de Al Corley.
- Anime: One Punch-Man (ワンパンマン)
- Todos los personajes le pertenecen a su creador: ONE®
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"Un humano sin ilusiones.
Tensión deprimente en
una cara triste.
¿A eso hemos llegado?"
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Capítulo 1
Eran cuatro paredes con un techo y un suelo. Era una habitación con forma de un cubo perfecto, blanco, pulcro. Saitama sabía que ahí lo estaba todo, incluso si no podía ver nada.
No tenía ni idea de cómo llegó ahí, no tenía noción del tiempo tampoco. Pudieron haber pasado años pero para él habrían sido simples minutos.
Saitama volvió a pasearse por la habitación, ¿ya lo había hecho antes? Él no podía recordarlo. Intentó entonces buscar a alguien, algo, cualquier cosa en cualquier rincón que pudiera darle una pista de qué hacía ahí o qué debía hacer; pero no hubo nada. Nada.
Pasó de nuevo un tiempo. Realmente no se sentía preocupado ni perdido, era como si ya hubiera estado toda su vida ahí dentro de ese cubo blanco. Aun así, era suficiente, no podía quedarse encerrado ahí toda la eternidad, necesitaba salir. ¿Para qué? Quién sabe, era simplemente un sentimiento ajeno e indescifrable que le advertía sobre algo por conseguir, algo por recordar, algún lado a dónde volver.
—Suficiente —, se dijo Saitama. Intentó acercarse a una de las paredes, pero éstas retrocedieron a su paso, intentó hacerlo de nuevo y no hubo cambio. Saitama estaba en el centro de esas paredes.
—Entonces será por el techo, —pero el fenómeno se repitió. Una y otra vez, las paredes blancas y el techo repelían su cuerpo y se alejaban justo a la misma distancia en la que él se acercaba. Dos polos iguales. Saitama no lo entendía, no quería entender, no podía. Intentó hacerlo más veloz, con más fuerza, pero esas malditas paredes le demostraron que podían igualarlo a la perfección y alejarse en seguida. Estiraba su mano, alzaba la punta de los dedos de sus pies, sacaba la lengua; pero la pared era intocable, inalcanzable e incomparable.
El piso…
Saitama bajó su mirada e intentó enterrarse en el suelo, fue ahí cuando fue capaz de percatarse que nunca había tocado tal cosa como el piso, no estaba pisando nada, estaba flotando. Flotando en medio de seis paredes, dentro de un cubo blanco. Una habitación de paredes cuadradas.
Él era un hombre de poca paciencia y naturalmente debería sentirse enfadado y totalmente desesperado, pero no había nada de eso. Sólo aburrimiento.
Saitama lo intentó una vez más: dar un puñetazo al aire. El golpe de distancia debería destruir algo.
Pese a su esfuerzo, una y otra, de forma simple y sería, no hubo respuesta. No sabía si había perdido su fuerza ahí dentro o si simplemente las paredes podían con él.
No había nada más que hacer, así que Saitama decidió que satisfacer su curiosidad indagando entre las paredes era lo mejor. Eran demasiado blancas, no había reflejo en ellas. No había sonido, era una apacibilidad que colmaba el ambiente y todo en el interior de Saitama. Hacía mucho que no se sentía de esa forma, era como estar en un sueño o recién despertar de uno. No había nada de qué preocuparse y de alguna forma eso le provocaba un sentimiento que se asimilaba a la felicidad, o tal vez simplemente era paz. Una entrañable paz en todo sentido, de adentro hacia afuera y al revés, blanco puro. ¿Cómo se vería su rostro justo ahora? ¿Sus ojos se verían igual de aburridos como cada día? Saitama deseó tener un espejo a la mano y al instante su reflejo apareció en una de las paredes, como un espejo blanquecido donde él era lo único que se vislumbraba.
Mierda, lo había olvidado: estaba desnudo.
Saitama deseó traer algo de ropa y al parpadear la ropa estuvo ahí, sobre su piel y a su medida. Era una simple camisa y unos pantalones cortos. Amarillo y Rojo.
Deseó algo de comer, la verdad es que ni siquiera tuvo que pedirlo, con tan sólo pensarlo un pequeño cuenco de arroz blanco y huevo encima chocaron sobre su nariz. Era extraño, de pronto comenzaba a sentir hambre.
Una necesidad.
Pasó mucho más tiempo. Un segundo, una semana, cualquier lapso indeterminado. La habitación se llenó de almohadas rosas, un vaso con agua, unas sandalias azules y un gato gris que yacía sobre sus piernas. Saitama acariciaba el gato, éste giraba exponiendo su estómago e intentaba morder la mano de Saitama cada vez que la acercaba para tocar su pecho. Era demasiado simple, pero era lo suficientemente divertido para él.
Oh…
Saitama se puso de pie, sin dejar de abrazar al gato, y miró de nuevo a las paredes blancas que le rodeaban. Sus inquebrantables murallas. Sus mayores enemigas.
Saitama cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas salir de ahí. Pero, ¿a dónde? A donde fuera. ¿Por qué? Porque esto es aburrido. ¿Lo es? No lo sé. ¿Qué te gustaría tener? Lo suficiente de lo necesario.
Saitama parpadeó una vez y se encontró con su reflejo en el espejo de una de las paredes, producto de su primer deseo cumplido; Saitama parpadeó por segunda vez y todo se volvió negro; Saitama parpadeó por tercera vez y se encontró con el sol cálido y brillante sobre sus párpados, cemento bajo sus pies, un cielo sobre su cabeza y él en medio de una gran ciudad.
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¿Cómo se atrevía ese insolente? Volvió a tocar la puerta por cuarta ocasión. Esta vez sólo le daría cinco minutos de su paciencia como máximo antes de forzar la puerta y entrar a la fuerza con sus poderes. Y ya van dos.
—¡Sé que estás ahí, Saitama! ¡Puedo escuchar tu licuadora y tu ventilador encendido dentro!
No hubo respuesta. No habían pasado ni tres minutos, pero Fubuki tampoco tenía tiempo de sobra, ella se lo advirtió. Colocó una mano sobre la puerta y consiguió quitar el seguro con sus poderes, pero la puerta se abrió de repente antes de que pudiera girar la perilla con su mente.
—¡El maestro Saitama no está en condiciones de recibir a nadie! Así que vete. —Fue Genos.
Fubuki procuró poner un pie dentro antes de que Genos pudiera cerrar la puerta de nuevo. —Quiero hablar con Saitama, no contigo.
—Como dije antes, él no está en condiciones. Retira tu pie antes de que salgas lastimada.
—¡¿Y cuándo está en condiciones de hablar con la gente como se debe?! ¡Para él cualquier visita es inoportuna y tú deberías saberlo!
—Vete de aquí, Fubuki.
—No es tu departamento, no vives aquí.
—Hablo en serio. Es mi última advertencia.
Los ojos de Genos se iluminaban en furia, pero no con determinación. Como si hubiera algo más que consumía su concentración en estos momentos. Fubuki desconoció este carácter repulsivo de Genos; es cierto, él siempre trataba de mantenerla lejos de Saitama y era extraño verlo mostrar gestos de amabilidad, mucho menos una cálida bienvenida. Pese a todo eso, Genos nunca había perdido su serenidad delante de ella. Sobre todo de ella.
—¿Es verdad lo que dices?
Genos no respondió.
—¿Cómo sé que esto no es una de tus excusas para alejarme de Saitama?
—Retira tu pie y vete de aquí, Fubuki. Es mi última advertencia.
¿Cuál era la posibilidad de que esto en verdad fuera una emergencia? ¿La asociación intervendría? Fubuki se cuestionaba la gravedad que Genos expresaba en su voz y en su mirada, las únicas dos cosas que podrían considerarse "vivas" en él de alguna forma, las únicas cosas que mostraban un atisbo de emoción cuando se trataba de algo importante para él; sobre todo si se trataba de su adorado maestro.
—Espera, ¿es en serio? ¿En verdad Saitama está en problemas? —Preguntó Fubuki, Genos no respondió.
Por otro lado, cabía la posibilidad de que todo fuera una mera exageración por parte del joven héroe. Todo aquél que conociera lo suficientemente bien a Genos sabría de inmediato que él tendía a dejar la razón y la calma de lado por cualquier cosa mínima y banal que molestara o afectara a Saitama, por muy insignificante que fuera. Sin embargo, Fubuki quería correr ese riesgo. Ayudar en su apuro al chico rubio lo haría ganar su confianza o, mejor aún, hacerle deber un favor. Tener a alguien como Genos debiéndole favores era un beneficio total, sobre todo si esto involucraba directamente a Saitama. Esta era una situación totalmente conveniente, por supuesto que valía la pena.
—Sí. — Respondió Genos. Frío, rápido, cortante, directo.
—Entonces te ayudaré. Si es algo verdaderamente grave prometo hacer lo mejor que pueda, aunque probablemente esto esté totalmente fuera de mis límites. Después de todo, estamos hablando de algo que tiene "mal condicionado" al mismísimo Saitama. Incluso para alguien como tú, todo esto debe ser difícil, ¿no es así?
Genos quiso responder inmediatamente, como siempre, pero se retractó en seguida. Fubuki pudo verlo debatirse su respuesta durante un tiempo, quizás sí estaba en verdad desesperado. Él pareció abrir la puerta y Fubuki retiró su pie con lentitud, esperando la invitación a pasar cuando Genos de pronto cerró la puerta frente a su nariz, dejándola fuera.
—Vete a casa, Ventisca del infierno. —Escuchó tras la puerta.
—¡Genos, escúchame!
Pequeños murmullos de una conversación entre Genos y otra persona se colaron entre el metal de la puerta, Fubuki acerca su oído para escuchar mejor. Su oído pegado sobre el frío hierro.
—¿Le cerraste la puerta a Fubuki? ¿Por qué? — Parecía la voz de King, sorprendido.
—No la necesitamos. — Cortó Genos.
—¿Y cómo podremos saberlo? Saitama lleva horas en ese estado, ¿en verdad crees que podremos hacer algo rápido?
—Prometo que lo conseguiré.
—¡No, no podrás! ¡No sin mi ayuda! — Grita Fubuki desde el otro lado de la puerta.
—Parece que sigue ahí, deberíamos dejarla pasar.
—No, King, ella sólo querrá beneficiarse de todo esto.
Se escuchó un suspiro. — Genos, creo que el trabajo en equipo es mejor. Sobre todo si se trata de Saitama…
—¡King tiene razón! ¡No conseguirás nada tú solo, Genos!
—¡Silencio, Fubuki!
—¡No hasta que abras la puerta!
El silencio volvió, un suspiro y luego el sonido metálico chocando y haciendo eco sobre el suelo se hizo más evidente conforme se acercaba hacia la entrada. Fubuki se retiró y Genos abrió la puerta. —Sólo esta vez, sólo hoy. — Sentenció él con crudeza, su mirada sombría y su vista observándola con la cara en alto, rebajándola con la mirada.
Fubuki alzo la vista y sonrió. — Es un placer ayudarles.
Después de retirarse sus zapatos de tacón y hacer un corto saludo a King, lo primero que Fubuki pudo visualizar fue la mayor parte del pequeño departamento de Saitama ser invadida con grandes máquinas plateadas y negras, llenas de luces y un registro continuo de un pulso, una respiración, un corazón latiendo de forma incesante y parsimoniosa. Así que no era su ventilador… Había cables por todos lados, como si ninguna máquina estuviera completamente instalada, como si estuvieran a punto de estarlo. En el suelo había un futón, Fubuki se acercó más y encontró el cuerpo de Saitama ahí recostado; sereno, con su pecho subiendo y bajando en una sintonía monótona y familiar, su boca entre abierta y sus labios secos. No parecía muerto, no parecía estar sufriendo, sólo estaba ahí. Fubuki miró de reojo a King que yacía sentado junto al futón. Genos se paró a su lado, nadie se atrevía a decir una palabra al respecto.
—Bien, ¿cuál es el problema? — Comenzó Fubuki.
—Saitama está dormido. — Respondió King.
—Lo sé, también estoy aquí viéndolo.
—No, —interrumpió King, — Saitama está dormido, no despierta. Hicimos de todo y no puede despertar, no sé cuánto tiempo lleva así exactamente.
—Han pasado seis horas y veinte minutos desde que King me llamó. Debe llevar al menos ese lapso de tiempo sin moverse. — Aclaró Genos.
¿Eso era todo? ¿Saitama teniendo un sueño pesado? Fubuki volvió su vista a Genos, esperando ver alguna señal que delatara que todo esto se trataba de un mal chiste. Genos podía mentir y esquivar las palabras fácilmente, él podría decir y hacer cualquier cosa que su maestro le pidiera, pero él no sabía bromear, no podría, no con Saitama involucrado. Los ojos verdes de ella se dirigieron a su rostro y se encontró con él mirando fijamente a Saitama con una expresión sombría y hundida, su ceño levemente fruncido y los labios apretados. Sus puños cerrados temblaban ligeramente, como conteniéndose, no miraba nada que no fuera Saitama. Era como ver a un niño triste y molesto consigo mismo, era ver el sentimiento de frustración y la lucha interna contra el pánico que intentaba apoderarse de él, era ver a un amigo preocupado. Fubuki entonces rápidamente giró su cabeza hacia King, pero él no se encontraba muy diferente. Sus manos estaban notablemente sudorosas, su mirada parecía casi perdida y su frente arrugada en una expresión de inquietud. Entonces sus profundos ojos azules se elevaron y se encontraron con los verdes de Fubuki, susurrando mientras en el fondo se escuchaba el eco de su motor.
—Él no despierta, Fubuki.
—Lo hará. — Soltó ella sin pensar. Era nuevamente el sentimiento de líder que se apoderaba de ella, esa necesidad de levantar los ánimos a un grupo perdido entre la derrota y la desesperación de no tener a dónde ir. Pero ella tomaría las riendas, ella los guiaría y conseguiría que dos héroes clase S y Saitama le debieran un favor. Un gran favor.
— ¿Qué propones? — Fue Genos, como siempre tan directo y frío cuando se trata de Fubuki. Con voz preocupada y firme tal y como cuando se trata de algo relacionado a Saitama.
—Llegaremos primero a la raíz de todo esto con la persona que lo encontró en ese estado. Fuiste tú, King, ¿no es así?
King se sobresaltó. — Ah, sí… toqué la puerta esta mañana y nadie contestó, pero la puerta estaba abierta así que pensé en esperar a que Saitama volviera, habíamos acordado probar la nueva consola que compré. — King apuntó a la caja tras él y se la mostró a Fubuki, ella asintió. Genos seguía mirando a Saitama. — Entonces entré y vi a Saitama tirado en el suelo de la cocina, sólo estaba durmiendo pero, ¿por qué en la cocina? Lo sacudí pero simplemente no despertó.
—Después optaste por llamar a Genos.
—Quería asegurarme de que esto no fuera algo normal antes de llamar a una ambulancia.
—Pero esto no es normal en el comportamiento de mi maestro Saitama.
—¿Cómo lo sabes? — Preguntó Fubuki.
—Se perdió un día de especial de rebajas en carne. — Contestaron ambos chicos al unísono. Fubuki estuvo de acuerdo al instante.
—¿Y qué hay con todas estas máquinas? Me imagino que es para mantenerlo monitoreado o algo, eso es lo que supongo. Dame una explicación, Genos.
—Planeaba llevar a Saitama al laboratorio del doctor Kuseno, pero consideré que era muy precipitado de mi parte mover su cuerpo demasiado así que decidí traer todo esto aquí. Las pruebas en las primeras tres horas habían mostrado un pulso completamente normal, no hay anomalías en la prueba de las ondas y su actividad cerebral no es diferente al de cualquier otra persona dormida. Es sólo eso, el maestro Saitama está dormido.
La vista de Fubuki se colocó de nuevo sobre Saitama. —Cuéntame, Genos. Tú viviste durante un tiempo con él, ¿qué tan pesado es su sueño? ¿Cómo se despertaba normalmente?
—No, su sueño no es así de pesado, de hecho, cualquier sonido molesto era capaz de despertarlo. Generalmente él usaba su despertador para ello.
—Pero eso tampoco funcionó, lo reprogramamos varias veces y no obtuvimos ningún resultado.
Fubuki entonces se cruzó de brazos, mirando el rostro tranquilo de Saitama. Era la primera vez que lo veía dormir. —No funcionó la sacudida... tampoco el despertador… — soltó en un susurro, lento, saboreando las palabras mientras las opciones surgían en su cabeza. Porque eso no era todo, aún quedaban muchas opciones, unas más ridículas y simples que otras. Ella suspiró, decidió que por muy simple que esto pareciera, valdría completamente la pena; cualquier cosa que la llevara a tener en deuda a esos tres valía la pena.
Así que Fubuki se aproximó al futón y se arrodilló junto a Saitama, la palma de su mano sobre la tela, la tela sobre el suelo, Saitama sobre la tela, los labios de Fubuki sobre el oído de Saitama y su cabello negro rozando sus mejillas, ella suspiró.
—¡Despierta de una maldita vez, Saitama! ¡AHORA! — Gritó Fubuki a todo pulmón.
King dio un brinco en su lugar y Genos la tomó de los hombros. —¡¿Qué estás haciendo?!
—¡Trato de despertarlo!
—¡Esto es imperdonable! ¡¿Quién eres para alzarle la voz al maestro Saitama?!
Fubuki consiguió zafarse del agarre de Genos. —¡Oye! — Gritó él. Entonces tomó sin reparos el rostro de Saitama sobre sus manos y lo giró de perfil, se acercó rápidamente y soltó todo el aire en un nuevo grito. —¡Despierta!
El silencio después volvió y Genos la retiró en seguida. Las tres personas despiertas en la habitación miraron expectantes al cuarto ocupante inhalar, exhalar, inhalar, exhalar; subir, bajar, subir…
—No tuvo efecto, intentemos con otra cosa. — Dijo Fubuki.
—¿Agua? — Propuso King.
—¡Sí! ¡Eso es! — Celebró ella.
—¡No! ¡Nada de eso! ¿A dónde- ? ¡Fubuki, no te atrevas! ¡Alto!
Las palabras de Genos no alcanzaron a Fubuki lo suficientemente rápido, porque ella ya había salido de la cocina con un plato con agua. El cyborg rubio se interpuso entre Fubuki y Saitama, así que ella se lo entregó a King, quien se acababa de poner en pie.
—Hazlo tú, King. — Ordenó ella.
—¡No te atrevas!
—¡Hazlo por Saitama!
—¡Es una completa humillación, podría enfermarse, es mi deber como su discípulo protegerlo! —Genos estaba furioso, las luces amarillas de sus ojos brillaban como si se tratara de llamas vivas y feroces. Pero Fubuki no se dejaría intimidar. ¿Quería ayuda? Pues esta era la ayuda.
—No deberías ver esto como un acto humillante, sino como un sacrificio honorable de parte de uno de los amigos más cercanos de Saitama: el poderoso King. — El aludido estaba sudando, como si temiera que una batalla entre ellos se desatara en ese instante. El viento soplaba ligeramente más fuerte y un tenue humo salía de los puños de Genos. — Saitama podría enfermarse, pero peor sería que no despertara. — Sentenció finalmente Fubuki.
Ante el silencio de Genos, Fubuki asintió a King. Él se acercó y arrojó el agua sobre el rostro de Saitama, directo sobre su cara. El agua cayó y se escurrió por la tela de sus ropas, mojándolas. Su respiración aún subía y bajaba sin interrupción.
—No… no funcionó tampoco.
—No perdamos la esperanza, aún tengo una opción más antes de que llamemos a la ambulancia.
—¡Es suficiente! — Interrumpió Genos. Su voz autoritaria, molesto, hastiado. — Nunca debí haber aceptado que nos ayudaras, Fubuki. Es como si te estuvieras divirtiendo de esta situación.
—¡No es así!
—¡Fue tu idea gritarle y arrojarle agua y ninguna funcionó!
—¡¿Y cómo iba a saber yo que no funcionaría?!
—Tranquilízate, Genos. Ella tiene razón. — King también habló fuerte, ronco, su motor rugiendo más fuerte que antes. — No hay forma de saber si algo funcionará con Saitama o no, por eso es mejor intentar todo lo que esté a nuestro alcance.
Genos suspiró, inmóvil entre Fubuki y Saitama. Era evidente que él no la dejaría acercarse a él de nuevo. En cambio, ella trataba de mantener la calma. Intento ayudar y así es como me lo agradece. Suspiraba y exhalaba, tratando de imitar la respiración tranquila de quien yacía acostado. Porque de nada le serviría iniciar una pelea con Genos, no ahí, no ahora. La diferencia del nivel de poder de ambos era evidente, una batalla empezada en contra de él sería una batalla perdida para ella.
—Está bien, — comenzó Fubuki, — para que dejes de molestarte, tú harás el siguiente intento: la reacción ante el dolor.
Los ojos de Genos se mostraron inciertos, luego su ceño se frunció aún más y su seriedad se volvió más marcada. — ¿Qué insinúas? ¿Que golpee a mi maestro?
—Sólo dale una cachetada, pero asegúrate de no ser demasiado suave o no será suficiente. Recuerda que debe causarle dolor.
—No, no voy a lastimar a mi maestro de una forma tan humillante y mucho menos cuando se encuentra en ese estado tan vulnerable. No intentes rebajarme a eso.
—Si no lo haces tú, lo haré yo.
—¡No te atrevas! ¡Lo haré yo! ¡Yo soy su discípulo, yo tengo el derecho!
—¡Bien, pues hazlo!
Fubuki se cruzó de brazos, rodando los ojos y tomando distancia para tener una mejor vista. Rodeó el futón y se colocó junto a King mientras Genos se acercaba a paso firme junto a Saitama, luego con lentitud, Genos se arrodilló ante él y alzó su mano al aire. De pronto, allí frente al rostro de su maestro, su cuerpo metálico pareció temblar. Su ceño se mantenía fruncido, pero sus ojos mostraban duda. Su mano comenzó a descender poco a poco.
—¿Qué sucede, Genos? ¿No puedes hacerlo? — Preguntó King, su voz se escuchaba un poco alarmada.
Genos no respondió. Fubuki suspiró, está vez con empatía por el cyborg, porque él en verdad apreciaba a su maestro.
—Genos… — comenzó más tranquila y de forma paciente ella, — necesitamos que hagas esto.
—Es mi maestro…
—Hazlo por él y por nadie más entonces.
—Vamos, Genos. — Se unió King. — Hazlo por Saitama.
El aludido asintió, inhaló. Sus ojos se abrieron y su brazo se alzó con rapidez y baja con la intensidad de una poderosa máquina de destrucción. Su mano metálica colisionó fuertemente contra la mejilla de Saitama y un fuerte estruendo sonó, limpio, severo, como una explosión, como si quisiera arrancarle la cabeza a Saitama. Fubuki y King dieron un brinco casi de inmediato y se alejaron del cyborg, el eco del choque aún rezumbando en sus oídos y humo saliendo de la palma de su mano y sobre la mejilla del hombre dormido. Genos se puso de pie al instante y alzó los brazos, sus ojos muy abiertos y lo que parecía una sonrisa en su rostro.
—¡Lo hice, h-hice un golpe directo! ¡Es la primera vez que golpeo a mi maestro! ¡¿Funcionó!?
Fubuki y King estaban perplejos. Genos se dio la media vuelta, su cuerpo hacia Saitama nuevamente, y su seriedad volvió casi en el acto, su sonrisa se quebró. Saitama no parecía haberse inmutado en lo más mínimo; sus ojos se mantenían cerrados, su cuerpo tranquilo, roncando y respirando. Nada había cambiado.
—Pensándolo bien, Saitama es el tipo de persona que soportaría mucho más que una simple cachetada… incluso en ese estado. — Dijo King, rompiendo el silencio y la atmósfera llena de decepción.
Fubuki asintió. — Parece que no sufrió el daño suficiente.
—No vamos a lanzar a Saitama desde un precipicio.
—Genos, nadie ha dicho nada de un precipicio.
—S-si quieren mi opinión, Saitama sobreviviría a ese precipicio sin mucho resultado favorable para nosotros. — Dijo King. Genos y Fubuki le dieron la razón.
Esta vez fue el turno de Genos de suspirar, un poco más calmado que antes. — ¿Qué deberíamos hacer ahora?
Fubuki miró de nuevo a Saitama. Dubitativa, se le estaban acabando las ideas. — Podríamos buscar ayuda de alguien más fuerte.
—¿Más fuerte? Ya tenemos a King aquí.
—Claro que no, por muy fuerte que sea Saitama, un golpe de King podría matarlo. — Fubuki colocó una mano sobre su cadera y otra delicadamente sobre su mentón, pensativa. — Quizás algo más como Superalloy Darkshine o Tank Top Master…
Genos no dijo nada.
King se aclaró la garganta antes de hablar. — Yo no creo que sea buena idea que se esparza la noticia de que nuestro amigo Saitama está profundamente dormido. Él tiene muchos enemigos allá afuera, no me gustaría que algún monstruo o delincuente quiera usar esta situación a su favor e intente atacarlo mientras se encuentra en un estado en la que él no es capaz de defenderse, es decir, mientras duerme.
King alzó su vista y se encontró con los ojos asombrados de Genos y Fubuki sobre él, en verdad ninguno de los dos había considerado eso hasta ese momento. Fubuki volvió a mirar a Saitama, esta vez parecía mucho más preocupada, quizás finalmente consiguiendo sus sentidos alarmarse ante el peso de la preocupación sobre sus hombros. Genos bajó su mirada, con una expresión indecisa entre mostrarse rendido o entrar en pánico. —Apoyo a King, quizás lo mejor será esperar a que despierte. — Expresó con firmeza y en voz baja.
Fubuki también susurró. — Cuánto… ¿cuánto tiempo dijiste que ha estado dormido?
Genos miró el reloj sobre la mesa pequeña junto a él. — Han transcurrido siete horas con tres minutos y treinta y ocho segundos.
King volvió a sentarse, tratando de disimular el temblor en sus piernas y el sudor de su frente. — Mmh, no parece mucho tiempo.
—Pero lo será si no hacemos algo. — Fubuki también se sentó a los pies del futón. — Es peligroso para el cuerpo de Saitama durar tanto tiempo dormido, en dos días su cuerpo comenzará a presentar complicaciones, su salud debería ser una de nuestras prioridades. A todo esto, ¿cómo sabemos que Saitama simplemente no está en un estado de sueño profundo o pesado?
—King lo dijo antes: reprogramamos su alarma y no funcionó. El despertador no dejaba de sonar, el sonido de ese aparato tendría que haber sido suficiente. — Genos se inclinó un poco y tomó dicho aparato entre sus manos desde el suelo. — Como podrás entender, mi maestro Saitama no es la clase de persona que tenga un gran sueño pesado, una sacudida debió haber sido más que suficiente.
Fubuki se acomodó mejor sobre el suelo, una mano apoyada en la dureza del piso y la otra en sus rodillas. Frente a ella, sobre el acolchonado futón, yacía Saitama: el hombre más fuerte que ha conocido, el ser que es capaz de rivalizar sin problemas con su hermana mayor, Tatsumaki. Ese humano imparable expresaba una tranquilidad demasiado común, demasiado banal, demasiado simple para alguien como él. Porque todos en ese departamento sabían perfectamente que Saitama no era nada de eso, él era este ser especial e increíble, anormal ante los ojos de cualquiera, desafiante de la naturaleza, la peor pesadilla de los monstruos. Y justo ahora, se veía atrapado en el mundo de los sueños, ajeno a la preocupación de su discípulo, de su compañero de videojuegos y de ella... "ella" ¿Qué era ella para él? Fubuki bajó su vista a sus piernas. Para Saitama, ella no era nada más que una conocida. ¿Por qué lo ayudaba entonces? ¿A qué había venido en aquí en realidad? Ella subió su vista y vio el semblante relajado de Saitama. Saitama, un holgazán; Saitama, un dios dormido.
Ella daría casi cualquier cosa por tener en deuda al dios de la fuerza, al hombre sin límites. Pero para ganarse ese favor, ella necesitaría alguna forma de ayudarlo. Fubuki entonces cerró sus ojos, concentrándose en sus latidos, en los sonidos de las máquinas, en los cables que Genos movía, en el motor de King. Fubuki pensó en Saitama como un prisionero tras una pared. ¿Qué podría ser esa pared? Seguramente su mente. Tiene que ser algo así, su consciencia, sus ilusiones, sus miedos, lo que hay más allá de sus ojos inexpresivos. Definitivamente Saitama no estaba en un espacio físico, porque su cuerpo no respondía ante nada material, daño corporal o el dolor o el sonido. ¿Qué era ese lugar? Fubuki no podía ver nada, no podía escuchar nada, pero podía sentir a Saitama. Sus latidos incesantes, su respiración tenue, incesante también, su mente divagando y suspiros sonoros de ese hombre frente a ella. Fubuki suspiró y no escuchó nada, eso era una buena señal. Hace mucho que no intentaba tal cosa como el viaje astral, el tocar un aura ajena, el intentar leer una mente que no fuera la de su hermana. —Déjame verlo, por favor… — Susurró Fubuki, más para sí misma que para cualquier otra persona. Se estaba acercando, podía sentirlo, podía ver algo cálido y brillante apagándose.
Un anochecer.
Abrió los ojos de golpe y comenzó a respirar con velocidad. Su corazón latiendo ferozmente, como quien despierta de una pesadilla. King y Genos la miraron con incredulidad.
—¿Estás bien? — Preguntó King.
Fubuki se puso de pie. — ¡L-lo tengo! — Sintió sus manos temblar y su cuerpo marearse ligeramente, pero consiguió mantener el equilibrio con rapidez. — ¡Tengo un plan!
—Un plan… — Discernió Genos, dubitativo. — ¿Cuál es tu plan?
—Entraré a la mente de Saitama y lo haré despertar.
—Espera, Fubuki, ¿de qué estás hablando?
—Escucha, King… tú también Genos, — Fubuki se aclaró la garganta y se acercó a Saitama. Genos se interpuso de inmediato. —Escúchenme. Sé que esto no suena para nada razonable porque ninguno de ustedes es un esper, pero pude sentirlo, Saitama simplemente está dormido.
—Eso ya lo sabíamos.
—Genos, por favor, escúchame. Hablo de que él sigue ahí, en su mente, en una parte de sus sueños, hay algo que lo debe estar reteniendo, algo que no lo deja despertar.
—¿Un hechizo? — Preguntó King, — ¿o insinúas que Saitama está en una especie de coma? De ser así, lo mejor sería llevarlo a un hospital…
—No… ¡no estoy segura! Pero él sigue ahí, puede que ni siquiera esté consciente de que está dormido. Saitama no es muy perspicaz después de todo.
—Suena peligroso… — King se puso de pie nuevamente. — ¿Cómo harás eso? ¿Tu alma saldrá volando de tu cuerpo y se meterá en el de Saitama?
—¿Es así como funciona, Fubuki? ¿Qué harás si te quedas atrapada en el cuerpo de mi maestro? Me niego a confiar la mente de mi maestro en alguien como tú.
—¡Agh! — Fubuki tomó la punta de su nariz entre sus dedos, pensando en cómo aclarar esta situación.
—Explícanos, por favor. Nosotros también queremos salvar a Saitama. — King se acercó a Fubuki y Genos, ambos mirando expectantes, con un poco de esperanza y al mismo tiempo desconfianza en sus ojos, todo dirigido a Fubuki. Azul y amarillo acorralando al verde.
Fubuki miró a King, luego a Genos. Alzó su cabeza y bajó los brazos, su voz más firme que nunca. — Saitama está dormido, inconsciente o no, él está ahí dentro de su mente. Mi plan es entrar de forma temporal — dijo remarcando la última palabra, mirando fijamente a Genos, — y sacarlo de ahí. Lo único que necesitaré son unos cuantos minutos y el mayor silencio posible. Los fuertes sonidos no despertarán a Saitama, pero a mí sí, probablemente. Sólo necesito concentrarme y mantener su cuerpo cerca de mí.
King miró a Fubuki, totalmente serio. Él asintió y miró a Genos, quien la observaba fijamente, perforante, como nunca antes lo había hecho, Fubuki no pudo evitar sentirse intimidada bajo esos dos luceros dorados que la señalaban de forma acusatoria. Buscando mentiras, un atisbo de engaño, la mínima señal de duda o miedo.
Genos no pareció encontrar nada de esto así que sólo frunció su ceño nuevamente y pareció murmurar algo para sí mismo. Fubuki vio la indecisión en sus acciones. Caminando de un lado a otro, mirando a Saitama y luego mirándola a ella. El techo, la pared de frente, las máquinas, el suelo, la alarma, el cuello húmedo de Saitama. Hasta que finalmente soltó un resoplido y la miró con toda la seriedad que alguien como Genos podría tener, con toda la intención de hacerla sentir amenazada. — Más te vale que esto funcione y que sea rápido tal y como dijiste, o te arrepentirás, Fubuki.
Ella sintió su nombre ser escupido con odio, masticado con violencia y determinación. Genos no le perdonaría si fallaba.
Saitama fue removido a un lado del futón por King para que Fubuki pudiera recostarse a su lado. Frente a frente, ella podía sentir la calidez del cuerpo y de la respiración de Saitama. Su cabeza calva brillando con la luz que se colaba tas su espalda dentro de la habitación, con los ojos cerrados. Fubuki cerró los propios. Fubuki juntó su frente con la de Saitama.
—Si ocurre algo, intenta salir lo antes posible.
—Si es un enemigo quien lo retiene, asegúrate de no ser una carga para mi maestro o te aniquilaré cuando regreses.
Ella los escuchó decir antes de cerrar los ojos. De nuevo en el espacio desconocido. Es como si flotara, dejando de escuchar, de sentir, de oler. Sus sentidos desaparecían con rapidez hasta que sólo quedaba un mar negro, profundo e inmenso, Fubuki no podía ver aún a Saitama. Así que siguió hundiéndose, o quizás elevándose, aún más. El mar negro de la mente era mucho más grande de lo que se esperó, el más absorbente y sofocante en el que ha estado, la presión llegó por todos lados, Fubuki sintió que se ahogaba, que se cegaba, que ese mar tomaba todo de ella y la devoraba sin misericordia. Pero ella seguía tratando de sentir a Saitama, de seguir el rastro de su voz, de sus pensamientos. Saitama, Saitama, Saitama… era lo único en lo que podía pensar, en lo que tenía que pensar.
El camino más sencillo eran sus recuerdos compartidos. ¿Por qué? Porque ese era el único lugar donde las mentes de ambos compartían lugar. Así que Fubuki decidió seguir el rastro de su primer encuentro: aquella tarde donde ella tocó su puerta por primera vez y obligó a Saitama a presentarse ante ella, donde lo invitó a unirse a su grupo y él se negó; ese día fue su primera batalla también, ese día fue su primer encuentro con algo inalcanzable que no tuviera nada que ver con Tatsumaki. Fubuki se vio enfrascada en esa memoria, de las más vívidas que tenía.
Pero había un problema: el detalle de todo recuerdo. Era que ella y Saitama no veían las cosas de la misma forma, un recuerdo feliz para él podría ser uno terrible para ella. Un recuerdo vívido para ella podría ser una insignificancia para él, era por eso que venía nuevamente la pregunta a su mente con insistencia, ¿qué era ella para él? ¿Por qué había tocado su puerta en primer lugar?
Oh, sí, unirse a su grupo.
¿Qué grupo?
El grupo Fubuki.
¿Para qué?
Para que nadie interfiera en tu camino.
¿Cómo quiénes?
Como tus rivales.
No lo entiendo.
Sólo únete a mí y nunca estarás solo de nuevo.
.
La luz taciturna se reflejó sobre su vista y se dividió hasta definir los contornos del suelo, montañas, árboles y algo delgado y alto frente a ella. Fubuki tuvo que restregarse sus ojos para poder ver bien sin encandilarse por la lámpara del poste sobre su cabeza. Sintió al instante un escalofrío y escuchó el silbido del viento y las hojas moverse mientras el calor abandonaba su cuerpo. Era de noche y hacía demasiado frío.
Miró de lado y vio gente. Pudo encontrarse a sí misma en medio de una calle estrecha, cerca de un vecindario residencial. Miró el cielo y no vio nada, era de noche, muy noche, estaba demasiado oscuro. Pero el cielo era más negro y gris que azul. Se sintió perdida, no sabía dónde estaba. ¿Por qué estaba ahí? Sentía que algo le falta y no sabía si era la respiración que estaba conteniendo hasta hace unos instantes o alguna cosa o alguien. Sus pies comenzaron a moverse por instinto, ella sabía que tenía que ir a un lugar, pero no recordaba a dónde. Reconoció lo que fueron casas solitarias, plantas grises y secas. La intermitencia de las luces de los focos y de los interiores de las casas la estaban mareando, era incómodo de ver. Había cactus por todos lados, en cada casa. No había señal de personas felices, todo lo que vio pasar fueron adultos y ancianos con caras largas y tristes. No había rastro de niños, no había puestos de comida. Pero había muchos, muchos, muchísimos cupones de descuento tirados sobre la acera, colgados en los postes y en las paredes, en los basureros, en las puertas, en las espinas de los cactus…
"-25%", "-50%"," -99%", "liquidación total en toda la tienda".
Los pies de Fubuki la llevaron a una calle que le parecía demasiado familiar, era la única calle donde la luz de los postes no parpadeaba, el único donde las plantas tenían un poco más de color, pero también el único lugar sin ninguna señal de vida.
El lugar comenzó a hacerse más cercano y pronto se dio cuenta que eran sus propios pies lo que la estaban llevando ahí. Acercando, andando. Fubuki ya había estado en ese vecindario antes, no conocía el nombre, no conocía a nadie de allí. Era como estar en un estado de embriaguez, pero ella no recuerda haber bebido nada de alcohol. De alguna forma consiguió detenerse delante de un condominio, estándar, nada lujoso, nada enorme. Un simple edificio con todas sus luces apagadas. Una nueva brisa recorrió sus mejillas y Fubuki se abrazó a sí misma para protegerse del frío. Necesitaba calor de forma urgente. Su cuerpo temblaba y la luz de la luna era lo único que la guiaba. No había autos cerca, no había nadie a la vista.
Fubuki reanudó su paso y comenzó a alejarse, pero la sensación de familiaridad, el eterno déjà vu, se detuvo. Como si se tratase de un juego de pistas o una adivinanza. Algo la llamaba a volver y ella obedeció porque no tenía otro lugar a dónde ir y hacía tanto frío como si en cualquier momento comenzaría a nevar.
Encontró unas escaleras en un costado del edificio y comenzó a ascender. Entonces se detuvo en un piso en específico. Fubuki sintió que ella no debería estar ahí, pero no quiso detenerse. Su instinto se oponía, su cuerpo se movía solo, ella reconoció esto como una especie de memoria muscular.
Imposible, ella nunca había estado en este lugar.
Al dar la vuelta, se encontró con las puertas de varios departamentos en el piso, pero ninguno de ellos importaba. Ninguno excepto uno.
Fubuki se detuvo frente a la puerta metálica. Ella la reconoció y admitió en sus adentros haberla visto antes. La tocó, la yema de sus dedos sobre el helado y rígido metal. Miró a su alrededor, pero todavía no había nadie, ni un solo sonido. Era espeluznante. Fubuki entonces tocó la puerta.
Nadie respondió, pero a ella esto no le sorprendió. Volvió a tocar. Escuchó pasos, pero algo le dijo que no le abrirían. ¿Quién? Ella volvió a tocar. Tocó con más fuerza, sus puños temblorosos por el frío arremetiendo contra el metal y el eco invadía la zona y perturbaba el silencio. Fubuki se sentía nerviosa, ella necesitaba entrar. Tocó con más fuerza, sintió cierta desesperación y por alguna razón molestia. El eco de los golpes resonó y de pronto su fuerza cayó en seco ante el aire cuando la puerta fue abierta de repente.
"Cafés", fue lo primero que pudo pensar Fubuki al ver los ojos del hombre frente a él. Un chocolate profundo y apagado. Su rostro joven y su cabello del mismo color que su mirada. Él vestía un traje completo de amarillo, con una tela blanca sobre sus hombros.
—Largo de aquí. — Dijo él con frialdad. Como todo lo que le invadía, frío el viento, fría la noche, frío su aliento, fría su mirada y su voz.
—Déjame entrar, por favor. — Susurró.
Él la miró con seriedad, pero sólo un momento efímero antes de comenzar a cerrar la puerta nuevamente. El cuerpo de ella reaccionó más rápido poniendo su pie en medio. ¿Memoria muscular otra vez?
Las palabras salieron de sus labios como una plegaria, un hechizo prohibido, un secreto silencioso. —Saitama…
Él se detuvo en seco. — ¿Quién eres? ¿Por qué sabes mi nombre?
Ella lo miró tan sorprendida como él. ¿Quién era?
Fubuki se acercó y colocó una mano sobre la puerta, intentando abrirla. Saitama dio un paso atrás, parecía molesto y perplejo, como si fuera la primera vez que alguien dice su nombre. Pero Fubuki sintió que esto era una mentira, ella conocía a este hombre de algún lugar, ella lo ha visto antes y ha escuchado su voz en alguna parte. Saitama puso su antebrazo entre la puerta y el marco, decidido a defenderse y prohibir su entrada, no había señal de que fuera a atacar.
—Vete. — Dijo él de nuevo, más alto, más intranquilo.
—Quiero pasar.
—Es mi casa, vete. Largo. No quiero a nadie aquí.
—Quiero entrar a tu casa, no me puedo ir, quiero… quiero entrar.
Ambos comenzaron a forcejear entre el metal de la puerta, Fubuki no pudo conseguir mover el brazo de Saitama.
—¿Por qué?
Fubuki se preguntó lo mismo. ¿Por qué? ¿Para qué?
—N-no… No lo sé, ¿por qué no quieres dejarme entrar? — Respondió ella.
—¡Porque no te conozco! — Gritó él, su voz más alto, más intranquilo aún. Fubuki pudo distinguirlo y estaba segura que él estaba mintiendo. Pudo verlo en sus ojos cafés y confundidos, en su brazo tembloroso y en la poca fuerza con la que se oponía.
—¿Estás seguro?
Saitama se detuvo. La miró, la observó intensamente. Él dio un paso atrás con lentitud y Fubuki coincidió en dejar de forcejear contra la puerta. Ambos se miraron, se analizaron el uno al otro y después los ojos de Saitama no expresaban nada que no fuera asombro, incredulidad y una pequeña, casi imperceptible, luz de esperanza.
—¿Cómo haces eso? ¿Por qué eres la única que lo hace?
Fubuki no entendió la pregunta. —¿Hacer qué?
Él la miró de nuevo en silencio. Abrió la puerta un poco más y se dio la media vuelta. Fue una invitación implícita a entrar que ella entendió al instante, Saitama no dijo nada pero Fubuki igual lo siguió dentro del departamento. Éste era pequeño, muy pocos muebles; un estilo sumamente simplista. Fubuki apenas podía visualizar los colores debido a la oscuridad, no había luz, ni una sola vela o lámpara encendida, todo rastro de color y brillo estaba concentrado en el balcón, donde la tenue y atrayente luz de la luna invadía el espacio y movía las cortinas. Fubuki se sintió temblar de nuevo.
Saitama se acercó al balcón y se detuvo ahí, con sus brazos apoyados sobre la pequeña barda y su vista completamente pegada en el cielo, dándole la espalda. Fubuki lo contemplaba desde atrás, la luz que iluminaba el contorno del cuerpo delgado, pero entrenado, de Saitama; las puntas picudas de su cabello lacio, castaño y corto se mecían momentáneamente por la brisa. Sus pies descalzos, Fubuki miró lo suyos y se dio cuenta que desde un principio estuvo descalza también, pero ella no recuerda haberse quitado los zapatos.
Volvió su vista a la entrada, pero lo único que hubo fueron unas sandalias azules y unas botas rojas. Fubuki dio de pronto un brinco al sentir algo sobre sus pies, algo peludo y suave: un gato gris restregándose en sus piernas. Ella lo miró, el animal se restregó con cariño, rodó en el suelo y volvió a restregarse en sus piernas. Ni siquiera él emitía un sonido, todo era silencio, gris, oscuro, tenue y adormecedor. Fubuki dio un paso al frente, lento, temeroso; luego dio dos y se detuvo en la puerta de cristal, la que le daba entrada al balcón. Saitama no preguntaba nada. Ninguno de los dos parecía cuestionarse seriamente cómo es que parecían haberse conocido antes, cómo las sílabas del nombre de Saitama habían salido de forma casi automática de su boca; ni siquiera le preocupaba el hecho de haber metido a alguien de quien apenas conoce a su casa. Era extraño, pero no incómodo por alguna razón. Él sólo suspiraba sin fuerza, cansado, tenso, rendido y apagado; estaba allí inmóvil y con su vista completamente acaparada por el cielo.
—¿Qué haces? — Preguntó ella, curiosa, sin alzar la voz en lo más mínimo.
—Intento ver las estrellas.
Fubuki miró al cielo también, su primer recuerdo en ese lugar. Era oscuro, una capa negra y uniforme. Por alguna razón, no podía encontrar la luna, tampoco ninguna estrella.
—No hay ninguna, debe estar nublado.
Saitama la miró de reojo, sin mover demasiado su cabeza. —Entonces supongo que estoy esperando a que el cielo se despeje. — Dicho eso, regresó a su estado anterior. Una estatua en un mundo frío y oscuro.
Ella se acercó a él, abrazándose a sí misma. Estaba helado ahí afuera. Fubuki se acercó al balcón y se colocó junto a Saitama, imitando su postura, pero mirándolo a él en lugar de al cielo.
—Tienes… —comenzó él de la nada, —¿tienes un reloj?
Los hombros de Fubuki se tensaron un poco, sus manos bajaron a su vestido, negro y largo, pero no encontró nada. Se dio cuenta de que no tenía bolsillos, no llevaba nada consigo. —No, ¿necesitas saber la hora?
Abrió su boca, sus labios se volvieron a juntar lentamente. — No, — dijo él, — no exactamente… es sólo que, me acabo de dar cuenta que es como… es como si el tiempo estuviera congelado.
Fubuki lo miró atentamente, sorprendida. —¿Por qué piensas eso?
—Siempre es de noche. Desde que tengo memoria, siempre es de noche y, por alguna razón, nunca he podido ver una estrella porque siempre está nublado.
—Mmh, no deberías de preocuparte tanto, es sólo una larga noche.
—Pues para ser larga, ya le está tomando una eternidad.
—Deberías aprovecharla para dormir.
—No tengo sueño… Además, debo estar alerta por si aparece algún monstruo o un delincuente.
Fubuki alzó una ceja. — ¿Eres un policía?
—Soy un héroe.
Ella levantó un poco los hombros, — Héroe…— dijo lentamente, estudiando el significado de esa palabra, lo que conllevaba esa profesión, — me gusta cómo suena eso.
—¿También eres un héroe?
—Sí. — Dijo sin dudar. — Creo que lo soy. Me siento como una, pero una que lidera, una heroína líder.
–Oh, no, no me digas que eres del tipo de mujer mandona. — Resopló Saitama.
—Mandar y liderar son dos cosas diferentes, un líder es un guía y apoyo en el trabajo en equipo, algo esencial para alcanzar cualquier cosa.
—Sí, sí. En realidad no me interesa el trabajo en equipo.
Esta vez, Fubuki fue quien resopló. Se sintió molesta mientras rodaba los ojos y se acomodaba mirando hacia la calle debajo. —Eso explicaría por qué estás tan solo. — Solo en este pequeño departamento; solo en todo el edificio, solo en este vecindario.
—No me molesta estar solo.
—¿Y tus amigos?
—No tengo.
—¿Novia? ¿Esposa? ¿Familia?
—No tengo.
La palma de la mano de Fubuki se elevó, ella dejó su cabeza descansar ahí, con su codo recargado sobre la corta barda del balcón.
—Sí, bueno, no es como que vayas a estar solo toda tu vida. Algún día tendrás la necesidad de tener amigos, salir con alguna chica y casarte. — Fubuki meditó entonces un poco. —Aunque estar soltero no tiene nada de malo, es bastante conveniente en muchos casos; sin embargo, lo que trato de decir, es que a una persona tan solitaria como tú le vendría bien formar su propia familia.
—Claro que no, nunca me ha interesado nada de eso y no creo que todo eso vaya a aparecer de la nada.
—Es cierto, esa clase de cosas se construyen con mucho tiempo y esfuerzo. Nada de eso es fácil. —Era evidente que Saitama era muy distinta a Fubuki, porque él podría sobrevivir solo, él abrazaba la soledad sin reparo y la establecía como su estándar. En cambio, ella se identificaba más con la necesidad de rodearse de gente, de tener un respaldo y alguien a su lado. — Yo… yo creo tengo amigos, o al menos tuve a muchas personas a las que consideré como tal. Pero por alguna razón… no puedo recordar nada…
Esto parece haber captado la atención de Saitama, porque él despegó su vista del cielo y ahora dirigía toda su atención hacia Fubuki. Sus ojos abiertos, curiosos, buscando algo o quizás recién descubriendo ese algo.
—¿A qué te refieres con eso?
Fubuki lo miró también. —A que nunca he estado realmente sola, sé lo que es tener compañía, pero no sé por qué lo sé.
—No, no, no, hablo sobre "recordar nada". ¿Cómo se siente eso?
—¿Eh? Mnh. — Fubuki miró de nuevo a la calle, haciendo lo posible por recordar, por encontrar las palabras exactas que pudieran describir esa clase de sensación. —Es como… si todo fuera borroso y confuso… pero no me siento en peligro, sólo siento que algo falta ahí, que yo estoy aquí por alguna razón en específico la cual simplemente no puedo entender.
—¿Cómo llegar al supermercado y de pronto olvidar qué es lo que ibas a comprar?
—¡O ir conduciendo y darte cuenta de que no sabes a dónde te diriges!
Saitama frunció sus cejas. — Eso suena peligroso. No lo hagas, por favor.
—Quizás. — Ella se cruzó de brazos. — No puedo saberlo ya que nunca me ha pasado eso de conducir sin rumbo… creo. —Fubuki miró al suelo de nuevo, luego volvió a Saitama. Sus labios formaron una sonrisa tenue. Sintió el entusiasmo florecer en su pecho, de forma diminuta y casi imperceptible. Se sentía cómoda. — Bueno, una sensación similar sería la de abrir la puerta del refrigerador y volverla a cerrar porque no sabes qué es lo que ibas a sacar en primer lugar.
—¡Exacto! ¡Justo es así!
Fubuki sonrío, Saitama la miraba con intensidad y sus hombros parecían haberse relajado, sus labios curvados en una disimulada sonrisa. El cuerpo de ella se desprendió del balcón, sus brazos más sueltos que antes, el aire era menos frío.
Por primera vez desde que llegó ahí, se pudo percibir de forma diminuta, pero creciente, el bullicio de una ciudad viva. Los motores de los carros andando, las luces de los edificios que los rodeaban se encendieron, también se comenzaron a escuchar pasos en los departamentos de los pisos de arriba y de abajo. Fubuki percibió algo por el rabillo de su ojo y miró al cielo, con su boca entreabierta. Allí, encima de ellos y sobre la capa azul marino del cielo nocturno, las nubes se apartaron y dieron paso a las luciérnagas del cielo. De pronto, había estrellas. Pequeñas, brillantes, lejanas. Fubuki abrió sus ojos sorprendida, nunca imaginó lo hermoso que podría ser un cielo estrellado.
Sintió su cabello mecerse con lentitud, sintió la brisa rosar con cariño y cierta calidez sus mejillas. Miró a Saitama para ver su reacción, ver su sueño hecho realidad. Saitama estaba sonriendo, sus ojos brillantes y llenos de vida.
Fubuki se sintió extraña, como si ese rostro feliz no debería de pertenecerle a Saitama. No sintió nada de familiaridad al ver eso; todo en él se sentía conocido, excepto por esa sonrisa alegre. Aunque, por otro lado, le agradaba la vista.
—Pareces feliz.
—¿Eh? — Saitama volteó de repente. — Mmh.
—¿Es por las estrellas?
—Sí… no. — Bajó su vista al suelo, luego la elevó y miró de nuevo a Fubuki. —Es… es una sensación diferente.
El cielo comenzó a aclararse, el negro convertido en azul marino ahora se convertía en una mezcla de tonos morados y rojizos. En la lejanía, tras las montañas, se comenzaba a vislumbrar una fuerte luz amarilla, como el traje de Saitama; y blanca, como la capa de su traje. Los tonos rojos, como las botas de la entrada, dejaban tenues rayos naranjas y poco a poco todo comenzó a tener sombra. Ya no había ninguna nube cerca, el cielo estaba completamente despejado. Ya no hacía frío.
En medio de todo esto, Saitama y Fubuki se miraban a los ojos en silencio.
—Dime, Saitama, ¿qué hay en tu mente en estos instantes?
El mencionado ladeó su cabeza, sin romper su pequeña sonrisa. —Es… ¿extraño? No lo sé. —Miró sus pies descalzos, luego hacia arriba. Finalmente decidió regresar su vista hacia el frente, donde Fubuki estaba. — Se siente bien tener a alguien que te entiende en todo esto de estar confundido. Ya no me siento tan…
—¿Solitario? ¿Indefenso?
—Perdido.
Saitama volvió a recargarse en el balcón y a observar el cielo naranja y azul con una expresión relajada. Fubuki lo imitó, sus brazos apoyados en la barda, su mente mucho más clara y sus verdes ojos en el paisaje. Ella sonrió.
—A mí también me alegra haberte encontrado. — Susurró finalmente Fubuki.
No hubo más palabras después de eso. Ambos se quedaron cómodamente en silencio en el balcón, contemplando el amanecer.
.
Fin del capítulo 1.
Continuará…
