Lamento haber tardado tanto en actualizar, lo que pasa es que en el último capítulo del manga pareció que habían matado a mi personaje favorito (Genos) y me bajó bastante los ánimos… ¡Pero aquí estamos de vuelta! :D, les dejaré de una vez los últimos 4 capítulos de esta historia para terminar esto de una vez por todas y como compensación por la espera. Muchísimas gracias por los favoritos y los comentarios, ustedes me alegran el día :'D


"…Ohh, ohh, habitaciones cuadradas.

Ellas no escuchan.

A ellas no les importa

si un hombre está desesperado."

(Square Rooms – Al Corley)

.

Capítulo 13

.

Un rayo, Saitama le había lanzado un maldito rayo.

Sus pies dejaron de responder y cayó al suelo al instante, su cuerpo se sintió adolorido y su piel no dejaba de arder y bañarse en una capa rojiza. Fubuki estaba consciente de que no podía morir en ese mundo, pero también sabía que no podría evitar sentir cierta clase de dolor físico. Además de que ella necesitaba mantenerse fuerte si no quería perder el control de su mente de nuevo. Si no fuera por los poderes de Tatsumaki, ella seguramente hubiera conseguido debilitarse lo suficiente como para volver a desconectarse del mundo real.

Fubuki maldijo por lo bajo e hizo lo mejor para recomponerse, Saitama permanecía inmóvil con la boca abierta. Fubuki intentó arrastrarse hacia él. Pasaron varios instantes antes de que pudiera recuperar la audición de forma adecuada, su vista estaba ligeramente borrosa. Su garganta de pronto se sintió demasiado seca, sus manos apenas podían responder y sus dedos temblaban, su boca sabía a hierro, su cabello lucía terrible. Ella ignoró el ardor en su piel y se apoyó en sus poderes para ponerse de pie y hablar, su voz salió de sus labios como un grito entrecortado y rasposo y fúrico.

—¡Eres un idiota, Saitama! ¡¿C-co..cómo pudiste hacerme e-esto?!

El aludido parecía aturdido, moviendo frenéticamente sus ojos hacia el cielo y hacia Fubuki mientras trataba de no tropezarse con sus propios pies al intentar acercarse a ella con sus manos por delante, reconociendo el cambio repentino del clima feroz y la posible interferencia de sus deseos internos. Por primera vez, Fubuki pudo ver duda en sus ojos.

—Y-yo no hice nada.

—¡Claro que sí! ¡TÚ lo hiciste! ¡TÚ has estado controlando este mundo todo este tiempo!

Ella lo sabía. En el fondo ella siempre lo supo.

Saitama la miró de nuevo con molestia, como quien es acusado de algo que es una mentira. —¡Yo no controlo nada! —Respondió.

—¡Lo haces, de forma inconsciente lo haces! —Gritó Fubuki enderezándose, sintiendo sus pies y sus manos temblar, un fuerte dolor recorrió su columna vertebral y eso consiguió aumentar su ira y rencor hacia Saitama. —Todo este tiempo lo has hecho, ahora lo entiendo, por supuesto, ahora todo tiene sentido.

—Estás loca… ¡siempre lo fuist-!

—¡Tan sólo piénsalo! —Fubuki posó sus ojos de forma seria en él, con sus puños apretados y con su cabello meciéndose dentro de un hermoso e inquietante brillo verdoso. —Tú nunca has sufrido, no sabes lo que es el dolor real. ¡No es normal que alguien pueda tenerlo todo sin ninguna clase de esfuerzo!

—El mundo en injusto.

—¡El mundo es injusto para todos menos para ti, porque este mundo te pertenece! ¡Siempre ha sido así, Saitama!

Fubuki extendió sus manos y la tierra bajo los pies de Saitama volvió a abrirse, pero esta vez él no cayó. Fubuki lo vio prever el movimiento y dar un salto en dirección a uno de los edificios laterales. Ella se dispuso a prepararse también agitando sus manos y derribando todo aquello que Saitama pudiera usar como escudo o escondite. Fubuki, a diferencia de Saitama, no sabía lo que era la piedad, no escatimaba en los daños, no se preocupaba por la gente que estaba matando como daño colateral.

Fueron varios minutos en las que Saitama decidió comenzar a saltar por los edificios esquivando los ataques de Fubuki e intercalando su mirada entre ella, la gente, la ciudad, el camino en dirección a su hogar y en las manchas negras que quedaban marcadas sobre el cemento cada vez que una "persona" moría. Fubuki lo vio dudar, divisó sus pies retroceder y casi tropezarse, lo vio moverse con rapidez pero también con decidía, perderse y volverse indeciso entre propias creencias y lo que estaban viendo sus ojos.

Pronto, Saitama se adentró en un estado de negación mientras no dejaba de hablar sobre detenerse y limitarse y tranquilizarse; pero Fubuki estaba más concentrada en paralizar a Saitama y quitarlo del camino.

Los pasos de Fubuki eran firmes mas no estables, su cuerpo se sentía entumecido y en el fondo se sentía aliviada de que el golpe del rayo no hubiera alertado a su hermana. Fubuki se mantenía retrocediendo cada vez más entre saltos y pasos lentos que trataban de no advertir a Saitama de su intención. Para su suerte, sólo quedaban unos metros para llegar a la casa, una vuelta en la esquina, aún sellada por su poder, ella podría sentirlo y también podía observar a Saitama a punto de colapsar mentalmente.

Saitama no podría soportarlo por demasiado tiempo, la ciudad se estaba cayendo a pedazos en frente de sus ojos a manos de una persona que él no quería lastimar. Saitama volteó a verla mientras dejaba de responder los ataques de Fubuki, él sólo se dedicaba a esquivar y a hacer el ademán de acercársele. Fubuki se alejó de él lo más que pudo.

Saitama parecía desesperarse con cada minuto que transcurría, sus golpes torpes, algunos más fuertes que otros, rompían con facilidad las casas y autos que Fubuki le aventaba y su cuerpo se movía esquivando aquello que fuera más grande que él. Poco a poco, pero de forma segura, Fubuki estaba logrando desconcertarlo.

—¡Ya no quiero discutir contigo! —Gritó Saitama.

—¡Esto no es una discusión, es una pelea! —Respondió Fubuki.

Saitama desapareció de su vista por un instante y Fubuki se puso en alerta, entonces sintió a alguien tomarle del brazo y alejarla de su destino, era Saitama intentando acercársele y detenerla. Fubuki lo golpeó y se soltó con la ayuda de su escudo por puro instinto.

Inmediatamente el rostro de Saitama pareció cambiar de confusión a dolor, herido por el rechazo de Fubuki hacia él. Ella no lo culpó, ella sabía que todo eso había sido un cambio brusco y lleno de desgracia para él. Por supuesto que Saitama no le creería, ese era su mundo perfecto después de todo, él haría cualquier cosa por defenderlo y permanecer ahí dentro y por supuesto que vería como una amenaza a cualquiera que tratara de impedirlo. Saitama era feliz ahí y Fubuki estaba a punto de destruir todo eso.

Saitama era arremetido con el potente viento que estaba siendo enviado en contra de él mediante los poderes de Fubuki. La tierra temblaba, el cielo no dejaba entrever ninguna clase de luz más allá de los rayos y truenos que caían sobre la tierra y los escombros que les rodeaban. El viento comenzó a girar y a girar y a girar dejándolos en el centro, como en el ojo de un huracán.

Saitama comenzó a gritar, mirando directo a los ojos de Fubuki. —¡Tú fuiste feliz aquí! —Dijo él. —En esta ciudad… Tú amabas estar conmigo, ¡tú decidiste quedarte conmigo!

Fubuki se quedó pasmada sintiendo su corazón estrujarse. Por un momento las palabras no salieron de su boca. —No quiero esta falsa felicidad. —Le respondió con voz entrecortada. Fubuki tragó saliva y afiló su mirada, lo que menos necesitaba en ese momento era dudar de sí misma delante de Saitama. Ella sacudió un poco su cabeza apartando los cabellos que estorbaban su vista. —Yo quiero todo o nada, yo quiero algo real, ¡ya no quiero seguir dependiendo de ti para ser feliz! ¡No quiero vivir en un mundo donde todo sea fácil de conseguir sólo por estar contigo!

Saitama la observó unos instantes en silencio, después intentó acercarse de nuevo, Fubuki lo volvió a repeler haciéndolo retroceder de un solo empuje. Él cayó, pero se volvió a levantar. Él estaba resistiendo más de lo que pensó Fubuki.

—¡Pero te quedaste, todos estos años, estuviste aquí!

Era cierto, ella había decidido aceptar cada incongruencia y sospecha, dejando de lado ese sentimiento de urgencia, las voces extrañas y las imágenes borrosas; todo con tal de establecer una vida ahí. Si no fuera por Tatsumaki, Fubuki seguiría exactamente igual.

Ahora era Fubuki quien parecía dubitativa, dando un paso hacia atrás de forma inconsciente. Entonces Fubuki se detuvo y negó con la cabeza, deteniendo sus ataques sin romper su posición de ataque.

—No tuve opción, no podía usar mis poderes, no recordaba nada… —Fubuki abrió la boca con lentitud, buscando el valor de antes para hablar en voz alta y clara. —Saitama, te juro que yo no sabía lo que estaba haciendo…

—¿Y no puedes simplemente olvidarlo de nuevo y quedarte aquí?

Fubuki sintió su cuerpo paralizarse. La voz de Saitama sonó igual a aquello que expresaban sus ojos: súplica.

Saitama dio unos pasos al frente sin dejar de mirarla, en su rostro se intentaba formar una sonrisa amable y convincente. Ante el silencio de Fubuki, él continuó hablando. —Aquí tienes una familia, un trabajo que amas, unos hijos que adoras, ¿qué más necesitas?

—Certeza. —Respondió ella. —No quiero vivir en un lugar que no me pertenece, ¿no lo entiendes? Yo no soy más que un invasor en tu mente. —Fubuki se acercó a él con pasos firmes, no dejando que el ruido agresivo del viento y el hielo que giraba y caía a su alrededor le impidiera ser escuchada por Saitama. Fubuki alzó sus manos y señaló todo lo que les estaba rodeando. —Vivir de ilusiones y falsedades, ¿es eso es lo que me estás pidiendo? —Él no respondió, su rostro de nuevo denotaba dolor debido al reciente rechazo y a la incomprensión total de la situación.

Fubuki decidió continuar hablando, suavizando su voz y negando con la cabeza. —Saitama, no puedes esconderte del mundo real de esta forma.

Saitama negó con la cabeza con lentitud, luego con insistencia. Apretó sus puños y resopló con molestia. —¿Cuál mundo real? ¡Este es mi mundo real, he estado aquí toda mi vida! ¡¿Qué puede haber en ese "mundo real" que no tenga ya aquí?!

El rostro de Fubuki se enserió, ella estaba indispuesta a discutir eso con palabras, Saitama ahora sabía que sus palabras eran reales pero seguía insistiendo en hacerla cambiar de parecer, de seguir negociando.

Fubuki cerró sus ojos por no más de dos segundos, inhalando y exhalando, tomando un último aliento profundo antes de volver a ver a Saitama a los ojos, lista para emprender su camino de un solo salto hacia la casa, sólo era eso, un salto rápido y largo para estar frente a la casa y poder destruirla con los niños dentro, con sus propias manos. Fubuki habló tajante y severa.

—Escúchame bien, Saitama, ¡vine a ayudarte y NO me iré sin ti!

Había viento, oscuridad, escombros y una corriente pesada de frío. Había comenzado a granizar y ninguno de los dos sabía quién era el causante. Saitama forcejeaba entre todo lo que le estaba cayendo encima y Fubuki protegía su cuerpo con un escudo mientras se dedicaba a atacar a Saitama una y otra vez, sin detenerse, sin misericordia, buscando con la mirada la casa que había perdido de vista pero que aún podía sentir ser retenida con su aura detrás del edificio a su lado derecho, esa casa sellada con la esperanza de cumplir una promesa posteriormente: la tarea de salvar a Saitama.

Un salto, sólo un salto lateral y ella estaría frente allí.

No importa a dónde se moviera o lo que hiciera Fubuki, la mirada de Saitama se mantenía fija en ella, específicamente en sus ojos.

Fubuki le sonrió casi en todo burlesco. —Mírame todo lo que quieras, no voy a ceder a tu voluntad, ¿y sabes por qué? ¡Porque yo SÍ soy real y no como las marionetas que viven en tu mente!

Saitama hizo una mueca y apretó los dientes, sus ojos vacilaron entre ella y el edificio lateral, aquél que los separaba del lugar donde resguardaba la casa. Fubuki intentó envolver la casa con sus poderes y destruirla en ese instante, pero no pudo permitírselo. Sus ataques hacia Saitama estaban consumiendo todo su poder y ella no podía permitirse hacer todo a la vez.

"Pero Saitama tampoco." Pensó Fubuki, dándose cuenta que, por muy poderoso que fuera Saitama, él no era capaz de estar en dos lugares a la vez. Y ella no podría atacar varios lugares al mismo tiempo pero sí podía llevar a cabo dos ataques simultáneos: con una mano atacaría a Saitama y con la otra destruiría la casa.

Saitama miró a Fubuki, Fubuki miró al edificio y pensó que la manera más práctica de destruir la casa era simplemente dejando caer todo el peso de la edificación sobre ella. Eso debería ser suficiente para destruir las paredes y matar a un par de marionetas infantes.

Fubuki extendió su mano, Saitama dio un paso adelante, el edificio de junto se bañó de una tonalidad verde brillante; hermosa y esperanzadora según ella, amenazante y preocupante a los ojos de Saitama.

La tierra comenzó a temblar conforme los cimientos del gran edificio se rompían y se despendían de la tierra, el sonido de las vibraciones y fracturación de los vidrios de las ventanas se volvió sonoro y Fubuki y Saitama contemplaban esto de forma expectante, sin parpadear; Saitama lo hacía con terror, prisionero del miedo y la decidía, mientras que Fubuki se colmaba de un sentimiento de satisfacción y admiración. ¿Quién lo imaginaría? ¿Fubuki levantando todo un edificio de ese tamaño ella sola de forma tan precisa? Fubuki nunca hubiera podido conseguir algo así en el mundo real, fue gracias al poder de Tatsumaki pero eso no importaba ahora, porque Fubuki nunca se había sentido tan fuerte y decidida y triste y perdida y libre.

Vaya mundo, ¿eh, Saitama?

El edificio se alzó hasta alcanzar una altura mayor a la de un rascacielos y cubrir la vista del cielo, oscureciendo aún más todo a su alrededor. Toda la edificación comenzó a rotar con lentitud desde su centro, acomodándose como una lanza de forma vertical en dirección hacia la casa. Una puntería perfecta.

Fubuki sólo tendría que cerrar su puño y dejar caer su mano. La casa estaba sellada, ellos no tendrían a dónde ir. Estaba demasiado oscuro pero Fubuki podía ver perfectamente los ojos cafés, ligeramente enrojecidos, de Saitama; también sabía que él podía verla.

Saitama forcejeó intentando salir, por fin dándose cuenta que Fubuki había dejado de atacarlo, pero, en cambio, había sellado sus pies en el suelo.

Saitama maldijo con voz temblorosa y Fubuki le sonrió triunfante y ladina, más hermosa y peligrosa que nunca. El viento se volvió de pronto más agresivo y el huracán abarcaba cada vez más superficie, extendiendo su diámetro alrededor de la ciudad; cubriendo así las montañas a la lejanía y arrastrando las nubes, las hojas de los árboles y pedazos de escombro.

Detener a Saitama mediante algo tan simple parecía casi absurdo, pero Saitama siempre había sido un hombre simple y absurdo; aun así, él no era un completo idiota.

Saitama se quitó sus botas y comenzó a correr con sus pies descalzos hacia la fuente de aquél aura verde que movía el edificio: Fubuki.

Ella le sonrió triunfante, declarándose la ganadora, él no tenía escapatoria, esa pelea ya estaba prácticamente terminada. Fubuki apretó su puño y bajó su mano con rapidez, dejando caer toda la edificación directo a la casa a la vez. El viento resopló con fuerza emitiendo un silbido que hizo estremecer a Saitama, quien inmediatamente frenó en seco.

Él miró al cielo, al edificio, a Fubuki y a la casa. Luego apretó sus puños, por fin tomando su decisión, y corrió en dirección contraria, directo hacia la casa, posicionándose frente a la puerta.

Los ojos de Saitama miraron a los de Fubuki por un instante, justo antes de dar un gran salto y ponerse frente a frente con el edificio.

Fubuki quiso entrar en pánico al ver que Saitama todavía tenía la suficiente fuerza para saltar a esa gran altura, pero de inmediato se recompuso al darse cuenta de que romper el edificio de un puñetazo no era una buena opción.

No para él.

A esa velocidad, a esa altura, con la gran magnitud de esa cosa, con la fuerza de Saitama… un golpe directo causaría una enorme e inevitable explosión. Fubuki sabía que Saitama no trataría de destruir el edificio de un puñetazo porque él simplemente no tenía la capacidad de detener cada uno de los grandes trozos de cemento y ladrillo que se liberarían; así como tampoco tenía la garantía de que la casa resistiría el peso de los escombros caer sobre ella. Por supuesto que no lo haría, Saitama tenía que elegir si ver morir a sus hijos aplastados por el edificio que lanzaba Fubuki o por los escombros que nacerían de su propio puño.

Saitama estaba consciente de esto, por eso saltó y colocó sus manos con el edificio, tratando de alguna forma de detener la caída y sostener todo el objeto entre sus manos. Fubuki no lo dejaría, así que ella juntó sus dos manos en un solo puño y forzó su agarre al edificio, obligándolo a caer con más fuerza y, por ende, con mayor velocidad, sometiendo con éxito a Saitama.

Estaba funcionando.

El edificio caía y Saitama no estaba consiguiéndolo detener, no lo conseguiría. Era un equipo contra Saitama. Era el poder de Tatsumaki, la promesa a Genos, el apoyo de King y la fuerza de Fubuki contra la necedad de Saitama. Él estaba solo ahí, él no tenía a nadie ahí.

Fubuki sintió que casi se daba un golpe en la frente, ella debió haber hecho eso desde un principio en lugar de tratar de razonar con Saitama. Saitama rara vez escuchaba a alguien con atención. Saitama, el hombre simple y limitado por voluntad, tan aterrado y de pronto, tan impotente. Él no podría con todo a la vez, al menos no él solo.

Saitama no era tan idiota después de todo, él intentó lanzar el edificio lejos, pero Fubuki no se lo permitió.

Saitama trató entonces cambiar el rumbo del edificio girando su punta, cambiando su dirección, dirigiéndolo a cualquier otro lado, pero Fubuki se puso más firme aún, él era terco pero ella era lo era más.

Aunque al final Saitama consiguió caer al suelo con todo aquello entre sus manos, la presión de sus dedos había hecho trizas los últimos tres pisos y aún estaban dejando fracturas entre las paredes que rompían los vidrios.

Pero la presión seguía y seguía y no tenía intenciones de parar.

Saitama estaba frente a la casa ahora, a tan sólo unos pocos metros de la puerta de la entrada, con el edificio entre sus manos, su cuerpo retrocediendo lentamente y sus pies temblando y aferrados obligándose a no moverse y a no dejar caer a la edificación sobre su hogar, sus pies se estaban enterrando en el suelo con rapidez. Y él no se detenía.

En la mirada de Saitama había terror puro, su frente sudaba demasiado y sus manos temblaban. Él era fuerte, pero ahí no era lo suficientemente fuerte. Estaba completamente solo, por lo tanto, proteger y atacar al mismo tiempo era un privilegio que sólo poseía Fubuki en ese instante, una ventaja simple que ya le había garantizado la victoria. Fubuki estaba forcejeando también, ambas manos ocupadas y llenas de poder en contra de aquél hombre ya no tan imparable. Él había querido eso, era su culpa. Saitama podría detener todo eso si tan sólo accediera a despertar.

Fubuki dio varios pasos al frente, lentos y seguros, cautelosos, amenazantes, cada uno de ellos en dirección de donde estaba Saitama. Ella no se podía permitir ni siquiera parpadear, cada segundo contaba.

Al rodear el edificio, se encontró con los ojos de Saitama mirándola de forma suplicante. —Por favor, detente, por favor… por favor ¡D-detente! —Dijo él.

La voz de Fubuki sonó tajante, como quien castiga y condena sin segundas opciones. —Tienes que despertar. —Se limitó a decir.

—Detente, Fubuki, no hagas esto.

Ella de nuevo decidió no escucharlo, en su lugar, se concentró en el tornado que les rodeaba, cuidándose de todo a su alrededor, especialmente de los rayos, no quería que Saitama la lastimara de forma inconsciente de nuevo. Aunque él parecía demasiado concentrado en lo que sostenían sus manos y arrastraba sus pies, debilitándose no sólo en cuerpo, sino también en convicción.

Entonces a Fubuki se le ocurrió una mejor idea: hacer girar el edificio.

Los puños unidos de Fubuki comenzaron a torcerse hacia un lado y el edificio hizo lo mismo. Mentalmente, Fubuki le ordenó al objeto girar y así lo hizo, éste comenzó a girar como si fuera la broca de un taladro.

Esto provocó que Saitama fuera incapaz de ejercer la misma presión sobre el edificio, ahora sus guantes se estaban destrozando y sus manos se raspaban sobre el cemento y las vigas en movimiento, lastimando su piel y provocándole dolor. Él comenzó a quejarse y soltar gruñidos desde su garganta.

Saitama miraba a todos lados, como buscando una salida, una oportunidad, una ventaja. Su cuerpo estaba adolorido, él ya estaba cansado desde antes. Su falta de determinación lo estaba debilitando. Los ciudadanos que él protegió tantas veces no vendrían a ayudarlo, estaban muertos, heridos, se habían convertido en entes inexpresivos y, si llegaran a aparecer, Fubuki podría con ellos de todas formas.

Fubuki hizo más presión y aumentó la velocidad del giro y Saitama soltó un alarido de dolor, sus manos estaban sangrando y ahora las mangas de sus ropas yacían rasgadas. Los ojos de él se mostraban de pronto cristalinos, desamparados, alarmados. Él se dio cuenta de la mirada de Fubuki sobre él y cerró sus ojos de inmediato escondiendo su rostro entre sus brazos estirados, dejando entrever que definitivamente estaba llorando, pero Fubuki no podía decir si eran lágrimas de tristeza o de desesperación. En todo caso, ella debía admitir que no le gustaba ver de esa forma a Saitama.

No, Saitama no era así. Él era fuerte, más fuerte que nadie y nada. Estar a su lado era estar siempre en el lado seguro y ganador. Fubuki estaba ganando pero de pronto eso no la hacía sentir feliz. En el fondo, ella deseaba la felicidad de Saitama; sin embargo, ella ya había llegado hasta ese punto y no había vuelta atrás. No había más tiempo ni oportunidades.

Después de eso, ella podría disculparse y hablar con calma de todo lo que pasaron juntos, sin duda sería incómodo, pero él podría entenderlo. Saitama no era una buena persona, él podría perdonarla, Fubuki esperaba que lo hiciera.

Fubuki siempre odió la soledad y, justo en ese momento, no entendía por qué Saitama seguía aferrándose a ella. Esa falta de compañía que estaba debilitándolo y dejándolo a su suerte.

Y aun así, Saitama seguía buscando con la mirada algo de ayuda. Insistía en la idea de que ahí, en esa ciudad hecha pedazos, aún habría alguien que podría salvarlo de Fubuki.

Ella simplemente no pudo soportar ver esto durante más tiempo.

—¡Sé perfectamente lo que estás pensando justo ahora, Saitama! —Gritó de pronto Fubuki.

Saitama no le hizo caso.

Ella continuó hablando sin despegarle la vista. —¡Seguramente te lamentas de no tener a alguien peleando a tu lado, de no tener más opción que estarte conteniendo para evitar hacerle daño sin querer a aquellos que quieres proteger!

Pasaron unos instantes y Saitama no respondía, no la miraba, aún se negaba a ceder ante la presión del edificio, el dolor de su cuerpo y sus manos sangrantes, ante la mirada compasiva y lastimera que Fubuki le dedicaba.

El ceño de Fubuki se frunció ligeramente, Saitama parecía ignorarla pero ella sabía perfectamente que él podía escucharla claramente a esa distancia. —Te lamentas de que, —continuó ella, —mientras tú estás aquí peleando, alguien más podría venir y ayudarte a salvar a tus "hijos"… pero lamentablemente no hay nadie. —Fubuki apretó sus labios y tragó saliva, su voz sonando a un mayor volumen. —¡Aquí estás completamente solo!

El rostro de Saitama era mil veces más expresivo de lo que era en el mundo real, uno de los resultados de haber aprendido a vivir sin miedos ni decepciones. Él había olvidado lo que era la soledad, la frustración, el sufrimiento… así que ahora no sabía cómo reaccionar ante las palabras de Fubuki, ante ese sentimiento de abandono. Quizás porque sabía que eran verdad, quizás porque entendía por fin sus intenciones, quizás porque había aprendido a que nunca podría ganarle a Fubuki en una discusión.

—¡No hay nadie más que tú y yo en este mundo que se está cayendo a pedazos! ¡En este mundo no tienes amigos, ni siquiera conocidos! —Volvió a gritar Fubuki.

La voz de Saitama se había convertido en un hilo de voz al principio, uno tembloroso, vacilante y cauteloso. Luego un poco más ronco y entrecortado. Él habló y la miró con coraje. —Los tengo… ¡por supuesto que los tengo!

—¡Pero nada de eso es real! ¡Aquí nada es real! ¡Ni tu familia, ni esos niños, ni esta casa! —Fubuki casi siente que su propia voz se quebraba de pura frustración, se estaba cansando de repetir lo mismo, de la necedad de ese Saitama triste y fúrico y en estado de negación. Por otro lado, Fubuki era capaz de empatizar con él, porque ella se sentía de la misma forma, a ella también le estaban lastimando sus propias palabras. —¡Todo es una ilusión!

—¿Y tú Fubuki? —Pregunta de pronto Saitama mirándola directo a los ojos. —Si dices la verdad y tú eres mi Fubuki, mi novia, mi esposa, mi amiga… la persona con la que… con la que pasé todo este tiempo aquí… —Desde esa distancia, ella era capaz de ver la respiración de Saitama agitarse y sus puños temblar y su rostro contraerse en dolor.

Saitama siguió hablando. —Entonces dime, ¿ella fue real? ¿Esa persona que me dijo que me amaba y que estaría a mi lado por siempre también fue una ilusión? ¿Entonces todo fue mentira? ¿Siempre fuiste sólo una ilusión?

El cuerpo de Fubuki se paralizó de pronto, la velocidad de giro del edificio comenzó a descender con lentitud mientras Fubuki se perdía en sus propios pensamientos y se adentraba en sus propias incertidumbres. Porque ella tampoco sabía la respuesta, se había quedado repentinamente sin palabras. Sabía que había cedido al mundo de Saitama pero ella siempre había conservado sus deseos y voluntades. Fubuki había perdido sus recuerdos, limitado sus poderes y olvidado su misión; pero siempre había sido ella misma, siempre tuvo la opción de elegir.

Fubuki se quedó en silencio, expectante, paralizada e indecisa. Saitama siguió hablando.

—Si estás diciendo la verdad, significa que este mundo es sólo un invento de mi mente, significa que yo creé todo, pero, definitivamente yo no te inventé a ti… nunca nos imaginé enamorados o casados o nada parecido, ¡yo nunca deseé nada de esto! ¡Yo siempre dije que no me podía imaginar estando a lado de alguien como tú y era verdad! ¡Lo dije en serio! —Los pies de Saitama se enterraron más, su cuerpo volvió a retroceder. Fubuki lo miró atónita.

El edificio dejó de girar por completo y la presión disminuyó. La voz de Saitama comenzó a desgarrarse. —Entonces… E-entonces, ¿cómo llegamos a esto? —Una lágrima volvió a caer de la mejilla de Saitama y Fubuki dio un paso atrás, su pecho dolió verlo de esa forma, ella nunca lo había visto llorar en el mundo real.

Saitama bajó su vista y apretó sus labios, tragó saliva y volvió a mirar a Fubuki con tanta expresividad que ella sintió lástima y culpa. Saitama la miraba con dolor, súplica, confusión. Él lucía tan perdido como ella lo estuvo la primera vez que llegó ahí.

Saitama abrió su boca de nuevo y la volvió a cerrar, como intentando deshacer el nudo en su garganta y encontrar de nuevo su propia voz. —Si sólo estoy yo en este mundo, ¿entonces quién creó estos sentimientos que tengo por ti?

Fubuki comenzó a retroceder, la presión disminuyó más al grado de permitirle a Saitama recomponerse ligeramente. En ningún momento él había despegado su mirada de la de ella. Ojos confusos, suplicantes, que denotaban un corazón tan roto como el de Fubuki. Él estaba esperando una respuesta, una palabra, una afirmación, una negación, lo que sea pero que viniera de esa "Fubuki" real y despierta, aquella que había venido a salvarlo. Pero ella no sabía cómo o que responder, de pronto se le había olvidado cómo hablar. Su seguridad cayó y la duda la desconcentró de su objetivo.

La presión del edificio siendo empujado contra los puños de Saitama cesó y se quedó flotando frente a Saitama y la casa. Fubuki mantuvo sus brazos alzados y sus ojos abiertos, sus latidos resonaban en sus oídos.

¿Qué era lo que habían hecho?

Las manos de Saitama se despegaron lentamente con el edificio. Una vez asegurado que el edificio no se movería y simplemente se mantendría a flote frente a él, Saitama comenzó a desenterrar sus pies; mirando a Fubuki en cada instante, como si temiera que ella fuera a perderse de su vista de nuevo.

Fubuki siempre tenía una respuesta, ella siempre tenía un plan; para empezar, todo esto había sido la idea de Fubuki, fue ella quien decidió entrar a la mente de Saitama y también podría considerarse la culpable de que él haya sido retenido ahí dentro.

¿Por qué?

Saitama dio unos cuantos pasos cautelosos hacia ella con sus manos llenas de sangre, su rostro lleno de sudor y polvo, sus ropas rasgadas y sus pies descalzos y heridos por haber sido enterrados en el cemento. Él se veía demasiado indefenso y perdido. Él ya no rogaba por que Fubuki decidiera olvidar y quedarse, ahora rogaba por una respuesta.

Los labios de Fubuki se despegaron mientras Saitama daba otro paso al frente con tal de acercarse a ella y ser capaz de escuchar aquellas palabras susurradas.

Fubuki habló con voz temblorosa y temerosa. —Yo tampoco lo sé…

Era verdad.

La negación, la furia y los intentos vanos de negociación y convencimiento se habían esfumado y todo lo que había quedado entre ellos era ese silencio tenebroso. Fubuki sintió un peso en su estómago y algo grande y pesado en su garganta.

El rostro de Saitama se contrajo en disconformidad, él la miró con incredulidad y cansancio. —¿…Es en serio?

Fubuki asintió y los hombros de Saitama cayeron.

Por un momento, todo pareció estar en calma de nuevo. La ciudad estaba destruida, el huracán los estaba rodeando pero el ruido provocado por él se había disipado. Eso era lo que necesitaba Saitama en ese momento: tranquilidad.

El cielo estaba oscuro, las nubes giraban siguiendo el ritmo del viento frío y polvoriento. El mundo era gris y solitario y silencioso, era justo a como fue en un principio: sólo Saitama y Fubuki.

Ambos estaban de pie mirándose el uno al otro. Fubuki bajó sus brazos y Saitama comenzó a caminar hacia ella, él lucía demasiado cansado.

Saitama caminó y se detuvo a sólo unos pasos de Fubuki, todavía buscando alguna otra respuesta en ella pero Fubuki en verdad no sabía qué era lo que él esperaba escuchar.

Después de unos minutos, Saitama suspiró rendido y bajó su mirada.

Fubuki alzó uno de sus brazos, acercando su mano para acariciar la mejilla de Saitama.

Ella le regaló una tenue sonrisa y unos ojos compasivos, luego suspiró. —Perdóname, Saitama. —Dijo.

La mano alzada de Fubuki se cerró en un puño y bajó de forma repentina a uno de sus costados, en ella estaba el aura verde brillante, la misma que estaba controlando el edificio. Saitama tardó en reaccionar y darse cuenta de lo que acababa de pasar.

Fue primero el estruendo de la colisión, de todo el peso del edificio cayendo sobre la casa de forma directa, fuerte; ese había sido uno de los ataques más certeros que Fubuki había dado en toda su vida.

—¡NO! —Los ojos de Saitama se abrieron al instante mientras su cuerpo se giraba y contemplaba la desgracia delante de él.

Como se esperaba, el edificio hizo trozos todo a su paso mientras arrastraba más escombros y se enterraba sobre la tierra destruyendo el cemento de la calle y las paredes de la casa con facilidad. El sonido fue tan fuerte que ni siquiera podría saberse con seguridad si los niños habían gritado antes de morir.

Saitama corrió hacia la montaña de escombros que había quedado. Con desesperación, comenzó a mover los pedazos de ladrillo y las vigas de metal, tosió por el polvo y sus ojos se enrojecieron y su cuerpo temblaba, pero no se detenía, él era en verdad alguien necio. No tenía caso, no había forma de que ellos hubieran sobrevivido ante el derrumbe ni ante el aura de Fubuki. Pero Saitama seguía escarbando y removiendo todo a su paso, gritando sus nombres y soltando alaridos.

Él seguía buscando una respuesta.

El huracán se volvió mucho más agresivo y, de la misma forma repentina, se detuvo por completo.

La respiración de Saitama se detuvo por completo también. Fubuki se mantuvo expectante.

En medio de la casa, muy en el fondo de los escombros por donde el había escarbado incesantemente y con desesperación, había dos grandes manchas negras sobre los escombros.

Sangre negra y espesa. Igual que el gato y los ciudadanos.

Saitama tocó esa sangre y sus dedos se mancharon de negro. Él estaba de rodillas en el suelo, la cabeza abajo mirando fijamente a la mancha de sus dedos. Él estaba completamente aturdido. Las nubes comenzaron a alejarse, el viento se detuvo, Saitama seguía estático.

Fubuki suspiró aliviada y se dejó caer de rodillas con sus brazos a los costados, alzando su vista al cielo. El mismo cielo nocturno y oscuro que ahora se había tornado en algo completamente negro y profundo. A lo largo de ahí, comenzaron a verse delgadas grietas que se hicieron más grandes y visibles, dejando colar un poco de luz blanca intensa. No más grises. Sólo negro y blanco. El contraste era magnífico. La imagen de la oscuridad fracturándose para dar paso a la luz y la verdad. Fubuki miró esto con ojos cansados y sonrió.

Misión cumplida.

.

Fin del capítulo 13.

Continuará…