36. Un salvador inesperado

Un estampido lejano retumbó en el túnel. Monty intercambió una mirada con Lexa y se acercó a una rejilla de ventilación en la pared. Ella contempló el callejón del exterior y aguzó el oído. En vez del bullicio habitual, reinaba un silencio inquietante. Monty arrugó el entrecejo e hizo señas a su guía de que siguiese adelante. Durante unos minutos, no se oyeron más sonidos que su suave respiración y los golpecitos de unas botas contra el suelo. De pronto, Monty se detuvo y dirigió la vista a un punto distante.

—Takan dice que, según los mensajeros, Kariko ha vuelto al Palacio. Los ichanis están derribando edificios.

Lexa pensó en el estruendo sordo que había oído y asintió con la cabeza.

—Están desperdiciando su energía.

—Sí —Monty sonrió, y, como en otros tiempos, sus ojos brillaron como los de un depredador.

Unas pisadas llamaron su atención sobre una figura oscura que se acercaba por el túnel.

—¿Buscáis al extranjero? —Era la voz de una anciana—. Acaba de colarse en una casa que está por aquí.

Monty se encaminó hacia la mujer.

—¿Qué puedes decirme de ese lugar?

—Pertenece a la Casa de Arran —dijo ella—. Tiene una caballeriza grande, y un patio delante y una casa al otro lado. Hay una cerca alrededor. Sin túneles que pasen por debajo. Se tiene que entrar desde la calle.

—¿Cuántas entradas?

—Dos. La principal, delante, y una verja que da al patio. El extranjero se ha colado por la principal.

—¿Cuál está más cerca?

—La verja.

Monty miró a Lexa.

—Entonces entraremos por allí.

La anciana hizo un gesto afirmativo.

—Seguidme, pues.

Cuando echaron a andar por los túneles, Lexa tocó el anillo que llevaba en el dedo.

¿Qué planeas?

Todavía no estoy seguro, pero tal vez sea el momento de recurrir a tu método.

¿Mi método? ¿Te refieres a la sanación?

.

En ese caso deja que me encargue yo. Él seguramente te reconocería; a mí no creo que me reconozca.

Monty frunció el ceño pero no replicó. La mujer los condujo a una puerta estrecha, que atravesaron uno por uno. Se encontraban en una bodega llena de barriles.

—Estamos en una casa situada al otro lado de la calle —explicó la mujer—. Solo tenéis que subir por esa escalera y salir por la puerta que está al fondo del pasillo —Les dedicó una sonrisa sombría—. Buena suerte.

Siguiendo las indicaciones de la anciana, Lexa y Monty llegaron frente a una robusta puerta de servicio. La cerradura estaba reventada. Monty se asomó al exterior y cruzó el umbral. Salieron a una calle típica del Círculo Interno. Al otro lado se alzaba un muro liso interrumpido solo por un par de verjas de madera. Monty se dirigió velozmente hacia ellas y echó un vistazo por el estrecho resquicio que había entre ambas.

—Hay dos entradas a la casa desde el patio —dijo—. Entraremos por la más cercana.

Clavó la vista en la cerradura, que se abrió con un chasquido. Lexa lo siguió a través de la verja y la cerró tras sí. Un patio amplio y rectangular se extendía ante ellos. A su izquierda había un edificio bajo con varias puertas anchas: las caballerizas. A su derecha se elevaba una casa de dos plantas. Monty se encaminó a toda prisa hacia la casa, manipuló la cerradura de una puerta, y ambos entraron sigilosamente. Se hallaban en un pasillo angosto. Monty indicó a Lexa con un gesto que guardara silencio. Unos pasos lejanos y el crujido de la madera llegaron hasta sus oídos desde la planta de arriba. Lexa vio de reojo que algo que se movía y echó un vistazo por una ventana pequeña que estaba junto a la puerta. Contuvo el aliento al vislumbrar a dos magos y a un hombre lujosamente vestido dirigirse a paso rápido hacia las caballerizas. Monty se colocó junto a ella. Los tres hombres llegaron a una de las puertas grandes de las cuadras. El acompañante de los magos la abrió de un fuerte empujón; al parecer, esperaba que fuera más pesada de lo que era. A Lexa se le cortó la respiración cuando la puerta golpeó la pared. Oyó unos pasos apresurados por encima de su cabeza. Los tres hombres desaparecieron en el interior de las caballerizas, dejando la puerta abierta. Siguió el silencio. Lexa notó que se le secaba la boca cuando sonaron más pisadas arriba. Después de una pausa, una puerta se cerró y un ichani salió al patio caminando tranquilamente. Se detuvo en el centro del patio y miró en torno a sí con atención. Al reparar en la puerta abierta de la cuadra, echó a andar hacia ella.

—No me gusta reconocerlo, pero tienes razón. Inijaka me reconocerá —murmuró Monty. Se volvió hacia Lexa—. No tenemos tiempo para idear un plan mejor.

Un escalofrío recorrió la espalda a Lexa. O sea, que todo estaba en sus manos. Le pasaron por la mente todas las posibles maneras en que podía salir mal el truco de la sanación. Si el ichani creaba un escudo que le impidiese tocarlo, ella no podría usar sus poderes de sanación, y entonces...

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?

—Sí —respondió la joven. Miró al exterior y vio que el ichani entraba en la cuadra.

Monty respiró hondo y abrió la puerta a Lexa.

—Estaré atento. Si no da resultado, crea un escudo y lucharemos contra él cara a cara.

Lexa asintió antes de salir al patio y apretar el paso hacia la entrada de las caballerizas. Echó un vistazo al interior, intentando distinguir detalles en aquella penumbra. Una figura caminaba por un pasillo amplio entre los compartimientos. Lexa supuso que se trataba del ichani. Este atravesó una puerta de la pared del fondo y ella lo perdió de vista. Entró en la cuadra. Cuando enfiló el pasillo, tres personas salieron rápidamente de un compartimiento y se quedaron paralizadas al verla. Al mismo tiempo, Lexa reconoció el rostro del hombre lujosamente vestido, y la sorpresa y el horror se apoderaron de ella.

¡No me habías dicho que era el rey!

El soberano de Kyralia la miró de hito en hito, y abrió mucho los ojos al identificarla. Mientras lo observaba, Lexa notó que la indignación y la rabia crecían dentro de ella. La asaltó un recuerdo del Salón Gremial; el rey estaba dando su aprobación a la pena de destierro del Gremio. Luego, Lexa pensó en la Purga, y en la manera en que habían expulsado a sus tíos a las barriadas. Pensó en los losdes, ocultos en los túneles, sin que nadie los hubiera avisado de la invasión inminente.

«¿Por qué he de jugarme la vida por ese hombre?»

En el momento en que esa pregunta le vino a la mente, se odió a sí misma por habérsela hecho. No podía abandonar a una persona a merced de los ichanis, por mucho que la aborreciese. Se enderezó y se hizo a un lado.

—Marchaos —dijo.

Los tres hombres pasaron junto a ella a toda prisa. Cuando se habían ido, Lexa oyó un ruido procedente de la habitación tras la pared del fondo. Se volvió y descubrió al ichani, que regresaba. Este la miró a los ojos y sonrió. A Lexa no le costó fingir terror cuando el ichani se dirigió hacia ella. Retrocedió hacia la puerta y notó el aguijón de una barrera. El ichani hizo un ademán con la mano y una fuerza la empujó hacia delante. Lexa reprimió el impulso de liberarse y se dejó arrastrar hacia él. Cuando estaba a solo un paso, el ichani la miró de arriba abajo.

—Veo que sí que quedan mujeres kyralianas por aquí —comentó.

Lexa se resistió mientras la fuerza la envolvía y le inmovilizaba los brazos contra el cuerpo. Su corazón empezó a latir con fuerza cuando el ichani se le acercó tanto que notó su aliento en la cara. Él deslizó las manos bajo su camisa. Lexa se puso rígida de espanto al ver su expresión desdeñosa y lasciva. Una oleada de pánico la invadió. No podía moverse, por lo que le resultaba imposible tocarlo. Y si no podía tocarlo, tampoco podría utilizar sus poderes de sanación contra él. Por otro lado, si el seguía adelante con su exploración, descubriría la túnica negra bajo su ropa sencilla.

Plántale cara, la apremió Monty.

Lexa lanzó una onda de fuerza. El ichani se quedó boquiabierto al verse impulsado hacia atrás. Lexa se abalanzó hacia él y lo atacó repetidamente y con rapidez. Él afianzó los pies en el suelo, alzó las manos y contraatacó con un azote. La joven reculó, tambaleándose, cuando la descarga impactó contra su escudo.

El ichani soltó una risotada.

—Así que lo que he palpado debajo de la camisa era una túnica. Me preguntaba adónde habían ido todos los magos.

Lexa concibió un rayo de esperanza. El ichani la había tomado por una maga corriente del Gremio. Todavía podía intentar engañarlo si fingía debilitarse cada vez más.

Estoy al otro lado de la puerta —envió Monty—. ¿Qué quieres que haga?

Espera, respondió ella.

Cuando el ichani le lanzó otro azote, Lexa se dejó empujar hacia atrás hasta que su espalda topó con la pared. Él avanzó, y ella se encogió al recibir otro impacto. Al cuarto azote, dejó que su escudo empezara a fallar. El ichani sonrió maliciosamente al verlo extinguirse, sacó su cuchillo y lo sujetó entre los dientes. La joven hizo amago de huir cuando él intentó atraparla. La asió del brazo, tiró de ella y la empujó contra la pared con una mano. Lexa lo agarró de la muñeca, cerró los ojos y proyectó su mente al interior del cuerpo del ichani. Encontró su corazón en el instante en que notó un dolor en el brazo. Consciente de que no podía sanarse y dañarlo simultáneamente, se concentró en el corazón del ichani. ¿Qué haría él cuando dejara de latir?

El sachakano la sujetó con más fuerza mientras ella esforzaba su voluntad. Lo oyó soltar un quejido y, cuando abrió los ojos, vio que palidecía. El ichani clavó en ella una mirada acusadora y cerró una mano en torno a su brazo. Un letargo paralizante se extendió desde el brazo de Lexa hasta todo su cuerpo. Aunque intentaba liberarse, los músculos no la obedecían. Al mismo tiempo, notaba que su energía mágica la abandonaba a una velocidad aterradora. Vio de reojo algo que se movía, pero no fue capaz siquiera de reunir la fuerza suficiente para volverse hacia allí. Entonces la sangría de energía cesó. La expresión del ichani había pasado de la rabia al desconcierto y el horror. Lexa vio que el cuchillo le resbalaba al suelo. El ichani la soltó para llevarse las manos al pecho. La joven recuperó el control al cabo de un instante. Recogió el cuchillo y degolló al hombre. Mientras la sangre manaba a borbotones, ella lo agarró del cuello y absorbió su fuerza. Sintió que la inundaba una gran cantidad de energía, aunque no tanta como la que había arrebatado a Parika. La lucha contra el Gremio había debilitado al ichani. Despojado de todas sus fuerzas, el sachakano cayó de espaldas al suelo, exánime. Detrás de él estaba Monty. Lexa vio que le dirigía una mirada extraña; bajó la vista hacia su ropa ensangrentada y se estremeció, asqueada.

«Cuando todo esto haya acabado —se dijo—, no volveré a utilizar este poder. Nunca.»

—Yo pensaba lo mismo cuando regresé de Sachaka.

Ella lo miró, y Monty le tendió una mano.

—Seguro que en la casa encontraremos algo de ropa para que puedas cambiarte —dijo—. Ven, vamos a adecentarte un poco.

A Lexa le costó ponerse de pie, incluso con la ayuda de Monty. Aunque no estaba cansada, le temblaban las piernas. El mareo hizo que se quedara quieta por un momento. Contempló al ichani muerto, y entonces la impresión dio paso al alivio. «Ha dado resultado. Y ni siquiera ha tenido tiempo de llamar a Kariko.» Ella no sólo había sobrevivido, sino que incluso había salvado a...

—¿Dónde está el rey? —preguntó.

—Lo he enviado a la casa que está al otro lado de la calle, y Takan ha advertido a Ravi que se prepare para recibirlo.

Imaginarse cómo sería ese encuentro levantó un poco el ánimo a Lexa.

—El rey, rescatado por ladrones. Eso me gustaría verlo.

Monty esbozó una sonrisa.

—Estoy seguro de que tendrá repercusiones interesantes.

Raven enfiló corriendo otro pasillo y se detuvo, derrapando, junto a una puerta. Llevó una mano al pomo. Estaba cerrada con llave. Se acercó a la siguiente. También. Los pasos lejanos se acercaban. Se abalanzó hacia la puerta del final del pasillo y soltó un resoplido de alivio cuando consiguió que el pomo girase. Al otro lado había una larga sala con ventanas que daban a los jardines del centro del Palacio. Raven pasó a toda prisa entre sillas decoradas con oro y tapizadas con telas finas hasta una puerta situada al fondo. El colgante de Octavia le golpeteaba el pecho, bajo la ropa.

«Por favor, que no esté cerrada con llave. Que no me quede atrapada sin salida.»

Agarró el pomo e hizo girar la muñeca, pero nada ocurrió. Tras mascullar un reniego, se puso a rebuscar ganzúas en su chaqueta. Las sacó y se alegró de no haber perdido nunca la costumbre de llevarlas consigo. Eligió dos, las introdujo en la cerradura y comenzó a manipular el mecanismo a tientas. Tras ella, las tenues pisadas sonaron más fuertes. El aire entraba y salía agitadamente por su garganta. Tenía la boca reseca y las manos sudorosas. Tras respirar hondo y exhalar despacio, hizo girar las ganzúas rápidamente y empujó. La cerradura cedió con un sonido metálico. Raven extrajo las ganzúas, abrió la puerta y la atravesó a toda prisa. Tiró de la puerta tras sí, la detuvo justo antes de que diera un portazo y la cerró cuidadosamente para no hacer ruido. Una mirada rápida le bastó para percatarse de que se encontraba en una habitacioncita llena de espejos, mesas y sillas pequeñas. Un camerino para los artistas, supuso Raven. No había otra puerta ni salida. Devolvió su atención a la cerradura y se concentró en cerrarla. Ahora que sabía de qué clase de mecanismo se trataba, le resultó más fácil accionarlo e hizo que se cerrase con un chasquido satisfactorio. Raven suspiró, más relajada, se acercó a una silla y se sentó. Pero la tranquilidad le duró poco, pues oyó unos pasos fuera. Si Harikava la había estado siguiendo, se daría cuenta de que no podía haber salido más que por esa puerta, aunque estuviera cerrada con llave. Raven se levantó y dio un paso hacia las ventanas pequeñas que había a un lado de la habitación. Tenía que encontrar la manera de salir. De pronto, la cerradura emitió un chasquido, y a Raven se le heló la sangre. La puerta se abrió con un ligero chirrido. El ichani echó un vistazo al interior. Al ver a Raven, sonrió.

—Aquí estás.

Raven se apartó de la puerta. Se llevó las manos a los bolsillos de la chaqueta y notó el tacto del mango de sus cuchillos en la palma. Los aferró con fuerza.

«Esto no va bien —pensó. Echó una ojeada a las ventanas—. No podré llegar hasta allí. Él me lo impedirá.»

El ichani dio otro paso hacia Raven.

«Si me captura, me leerá la mente, y sabrá que Lexa y Monty están aquí.»

Raven tragó saliva y empezó a sacar despacio los cuchillos de sus fundas.

«Pero no podrá leerme la mente si estoy muerta.»

Cuando el ichani se le acercó un poco más, la determinación de Raven flaqueó. «No puedo hacerlo. No puedo suicidarme.» Fijó la vista en el ichani. El hombre tenía la mirada fría de un depredador.

«¿Qué más da? De todos modos voy a morir.»

Tomó dos bocanadas rápidas de aire y desenvainó los cuchillos.

¡No, Raven! ¡No lo hagas!

Raven se quedó paralizada al oír la voz en su mente. ¿Era la voz de su miedo? En ese caso, su miedo tenía una voz femenina, una voz muy parecida a la de...

Harikava se volvió hacia la puerta y abrió los ojos de par en par. Raven oyó unas pisadas rápidas. Cuando una mujer apareció en el vano, la sorpresa le hizo contener el aliento.

—Déjalo, Harikava —advirtió Octavia en un tono autoritario—. Este es mío.

El ichani retrocedió ante ella.

—¿Qué hace alguien de tu ralea por aquí? —gruñó.

Ella sonrió.

—No temas, no hemos venido a reclamar Kyralia como nuestro. No, solo estamos observando.

—Eso dices tú.

—Y tú no estás en posición de decir lo contrario —repuso Octavia al tiempo que se adentraba en la habitación—. Yo que tú me marcharía.

Harikava no le quitaba ojo mientras avanzaba hacia Raven. Cuando Octavia estaba a varios pasos de la puerta, el ichani salió rápidamente. Raven oyó que sus pisadas se detenían fuera.

—Kariko no querrá que estéis por aquí. Os dará caza.

—Yo me habré largado mucho antes de que él tenga tiempo para buscarme.

Las pisadas se alejaron, y se oyó que la puerta de la habitación contigua se cerraba. Octavia miró a Raven.

—Se ha ido. Por poco no lo cuentas.

Raven le devolvió la mirada. La había salvado. De alguna manera se había enterado de que estaba en aprietos y se había presentado justo a tiempo. Pero ¿cómo era posible? ¿La había seguido, o había estado espiando a los ichanis? El alivio cedió el paso a la duda cuando reflexionó sobre sus palabras. El ichani le había tenido miedo. De pronto, la invadió la certeza de que ella también debía temerla.

—¿Quién eres? —susurró.

Octavia se encogió de hombros.

—Una servidora de mi gente.

—Ha... ha huido. De ti. ¿Por qué?

—Por inseguridad. Hoy ha consumido una gran cantidad de energía y no estaba seguro de poder derrotarme —sonriendo, se le acercó—. Marcarse un farol suele ser la forma más satisfactoria de ganar una pelea.

Raven retrocedió. Ella acababa de salvarle la vida; tendría que estarle agradecida. Sin embargo, había algo muy raro en todo aquello.

—Te ha reconocido. Y sabes cómo se llama.

—Ha reconocido lo que soy, no quién soy —la corrigió ella.

—¿Qué eres, pues?

—Tu aliada.

—No, no es verdad. Dices que quieres ayudarnos, pero no mueves un dedo para detener a los ichanis, aunque eres lo bastante poderosa para ello.

La sonrisa se borró del rostro de Octavia. Lo miró con aire solemne, y su expresión se endureció.

—Hago todo lo que puedo, Raven. ¿Qué he de hacer para que me creas? ¿Te fiarías de mí si te dijera que sé desde hace un tiempo que Monty y Lexa han vuelto? Obviamente, no se lo he dicho a los ichanis.

A Raven el corazón le dio un vuelco y acto seguido comenzó a latirle aceleradamente.

—¿Cómo lo sabes?

Octavia sonrió y sus ojos se posaron en su pecho por un instante.

—Tengo mis métodos.

¿Por qué razón le había mirado el pecho? Raven frunció el ceño al acordarse del colgante. Deslizó lentamente la mano bajo su camisa y lo sacó. A Octavia le centellearon los ojos, y su sonrisa se desvaneció. ¿Qué propiedades mágicas tenía aquello? Se fijó en el pulido rubí del centro, y un escalofrío le recorrió la espalda cuando recordó cómo Lexa y Monty habían fabricado sus anillos. Unos anillos que llevaban una gema de vidrio roja...

«Con estos anillos podremos penetrar el uno en la mente del otro...»

Contempló el rubí. Si era una gema de sangre, entonces Octavia había estado leyéndole la mente... y ella se la había puesto justo después de que llegaran Monty y Lexa.

¿Cómo si no se había enterado ella de que estaban en la ciudad?

Se pasó la cadena por encima de la cabeza y tiró el colgante a un lado.

—He sido un idiota por confiar en ti —dijo con amargura.

Octavia la miró con tristeza.

—Sé lo de Lexa y Monty desde que te regalé ese colgante. ¿Se lo he revelado a los ichanis? No. ¿He utilizado esa información para hacerte chantaje? No. No he abusado de tu confianza, Raven; eres tú quien ha abusado de la mía —Cruzó los brazos—. Me dijiste que me mantendrías al corriente si yo te asesoraba sobre cómo matar magos, pero me has ocultado muchas cosas que necesitaba saber. Mi gente ha estado buscando a Monty y a Lexa en Sachaka. Tenían la intención de ayudar al depuesto Gran Lord a recuperar Kyralia de manos de los ichanis. Que Kariko y sus aliados dominen Kyralia nos interesa tan poco como a vosotros.

Raven clavó los ojos en ella.

—¿Por qué habría de creerte?

Octavia suspiró y sacudió la cabeza.

—Solo puedo pedirte que confíes en mí. Demostrártelo sería demasiado complicado... Pero creo que has llegado al límite de tu confianza —sonrió con melancolía—. ¿Qué hacemos con lo nuestro?

Raven no sabía qué contestar. Cuando miraba el colgante, se sentía enfadada, torpe y traicionada. Sin embargo, cuando la miraba a ella, veía una pena y un arrepentimiento en sus ojos que le parecían auténticos. No quería que se separasen con resentimiento. Pero tal vez no había alternativa posible.

—Tú y yo tenemos acuerdos y secretos que no podemos divulgar, y seres queridos a quienes proteger —dijo Raven pausadamente—. Yo he respetado eso en ti, pero tú no lo has respetado en mí —contempló de nuevo el colgante—. No deberías haberme hecho eso. Sé por qué lo hiciste, pero eso no lo justifica. Cuando me diste el colgante, hiciste que fuera imposible para mí cumplir mis promesas.

—Quería que protegieras a tu pueblo.

—Lo sé —Raven esbozó una sonrisa irónica—. Y eso lo respeto también. Mientras nuestros países estén en guerra, no podemos anteponer nuestros sentimientos a la seguridad de nuestra gente. Así que veamos cómo se desarrollan los acontecimientos. Cuando todo haya terminado, tal vez te perdone lo que me has hecho. Hasta entonces, permaneceré leal a mi bando. No esperes otra cosa de mí.

Octavia bajó la vista y asintió.

—Entiendo.

La puerta de servicio de la mansión de Zerrend daba a un callejón en el que apenas había espacio para que pasara una carreta de reparto. Alguien había forzado la cerradura, pero la puerta estaba cerrada. Ambos extremos de la callejuela desembocaban en calles vacías y silenciosas. No había rastro de Lincoln, ni de ninguna otra persona.

—Y ahora ¿qué hacemos? —preguntó Farand.

—No lo sé —admitió Marcus—. No quiero marcharme, pues él podría volver, pero tal vez se haya visto obligado a abandonar la ciudad.

«O tal vez yace sin vida en algún sitio.» Cada vez que Marcus se planteaba esa posibilidad, se le helaba la sangre y el horror le hacía sentir náuseas. Primero Roan, después Lincoln...

«No —se dijo—. Ni siquiera pienses en ello, hasta que lo veas por ti mismo.»

La idea de encontrarse con el cadáver de Lincoln no hacía más que nublarle la mente. Debía concentrarse y decidir adónde debían ir. Tenían tres posibilidades: quedarse en la mansión con la esperanza de que Lincoln volviese, recorrer la ciudad en su busca o darse por vencidos y marcharse de la ciudad.

«No me marcharé de Imardin hasta estar seguro.»

De modo que debía elegir entre quedarse en la mansión y salir a buscarlo. Ambas alternativas eran injustas para Farand.

—Me voy a buscar a Lincoln —dijo Marcus—. Echaré un vistazo en las calles de los alrededores, y me pasaré por la casa de cuando en cuando para comprobar si ha vuelto. Tú deberías abandonar la ciudad. No tiene sentido que los dos arriesguemos la vida.

—No —replicó Farand—. Me quedaré por si regresa.

Marcus miró a Farand, sorprendido.

—¿Estás seguro?

El joven mago asintió.

—No conozco Imardin, Marcus. No sé si sería capaz de encontrar la manera de salir. Y tú necesitas que alguien permanezca aquí, en caso de que Lincoln vuelva —se encogió de hombros y retrocedió unos pasos—. Nos veremos cuando vuelvas.

Marcus siguió a Farand con la mirada hasta que este entró en la casa, y después se dirigió al final del callejón y escrutó la calle perpendicular. Todo estaba tranquilo. Salió del callejón y se encaminó a toda prisa hacia el siguiente. Al principio, Marcus solo veía algunas cajas de madera en las calles y callejuelas. Después empezó a toparse con cadáveres de magos. Cada vez temía más por la seguridad de Lincoln. Realizó un recorrido circular, y cuando estaba a punto de volver a la mansión, un hombre le salió al paso. El corazón le dio un vuelco y comenzó a latirle con fuerza, pero el hombre no era más que un sirviente o un artesano de aspecto tosco.

—Aquí —dijo este, señalando una trampilla para basura en la pared—. Tus magos más seguros allí dentro.

Marcus sacudió la cabeza.

—No, gracias —cuando se disponía a pasar de largo, el hombre lo asió del brazo.

—Sachakana ha estado por aquí hace poco. Estarás más seguro si escondes.

Marcus se soltó con brusquedad.

—Estoy buscando a alguien.

El hombre se encogió de hombros y se apartó. Marcus siguió adelante y llegó al final del callejón. La calle a la que salía estaba desierta. El embajador dobló la esquina y cruzó apresuradamente la calzada hacia el callejón del otro lado. Casi había llegado cuando oyó que una puerta se cerraba detrás de él. Se volvió y se quedó paralizado.

—Ah, eso está mejor —la mujer se dirigió hacia él con paso decidido y una sonrisa perversa—. Empezaba a pensar que ya no quedaban magos guapos en Kyralia.

Marcus arrancó a correr hacia el callejón, pero chocó contra una barrera invisible. Aturdido, se tambaleó hacia atrás, con el pulso acelerado.

—No, por ahí no —dijo la mujer—. Ven aquí. No te mataré.

Marcus respiró hondo varias veces y se volvió hacia ella. Mientras la mujer se le acercaba, él retrocedía por la calle. Había un brillo malicioso en sus ojos, y él se percató de que ya lo había visto antes. Ella era la ichani que había querido «quedarse» con lady Nylah.

—Kariko no te permitirá mantenerme con vida —repuso Marcus.

Ella se echó el cabello hacia atrás con un movimiento de cabeza.

—Tal vez sí, teniendo en cuenta que estamos aquí y que casi todos los miembros de tu Gremio han muerto.

—Pero ¿para qué me quieres, a todo esto? —preguntó él, sin dejar de recular.

Ella se encogió de hombros.

—Me han matado a mis esclavos. Necesito unos nuevos.

Marcus calculó que no estaba lejos de la callejuela siguiente. Tal vez si seguía hablando, ella no se acordaría de bloquearla.

—Podría ser muy placentero para ti —la mujer sonrió con picardía y lo recorrió con la mirada de la cabeza a los pies—. Me gusta recompensar a mis esclavos favoritos.

A Marcus le entraron unas ganas locas de romper a reír. «¿Quién se cree que es? —pensó—. ¿Una especie de seductora irresistible? Habla de una manera ridícula.»

—No eres mi tipo —dijo a la ichani.

Ella arqueó las cejas.

—¿Ah, no? Bueno, no importa. Tendrás que hacer lo que te diga, o... —se interrumpió y recorrió la calle con la mirada, sorprendida.

De las puertas y los callejones de ambos lados habían empezado a salir magos del Gremio. Marcus se quedó mirándolos. No reconocía ninguna de las caras. De repente, una mano lo agarró del brazo y tiró de él hacia un lado. Atravesó una puerta dando traspiés. Cuando se cerró tras él, Marcus se volvió hacia su salvador, y la impresión le desbocó el corazón.

—¡Lincoln!

El académico le dedicó una amplia sonrisa. Marcus recobró el aliento, aliviado, atrajo a Lincoln hacia sí y lo estrechó con fuerza.

—Te has ido de la casa. ¿Por qué te has ido de la casa?

—Porque ha entrado esa mujer. Yo quería esperar en el callejón a que se marchara, pero ella ha salido en esa dirección. Los ladrones me han salvado. Les he avisado que irías a buscarme, pero no han llegado a tiempo a la casa.

Marcus oyó una tos apagada y se quedó helado al caer en la cuenta de que no estaban solos. Se dio la vuelta y se encontró frente a un lonmariano que lo observaba con curiosidad. Notó que el rostro se le enfriaba y, al cabo de unos instantes, que le ardía.

—Veo que sois buenos amigos —comentó el hombre—. Ahora que os habéis puesto al tanto de vuestras cosas, deberíamos…

La puerta se estremeció con un golpe muy fuerte. El hombre les hizo señas desesperadamente.

—¡Deprisa! ¡Seguidme!

Lincoln asió a Marcus de la muñeca y siguió al desconocido. Tras ellos se oyó un gran estrépito. El lonmariano se había lanzado a la carrera. Bajó una escalera, los guió hasta una bodega y echó el cerrojo tras ellos.

—Eso no la detendrá —señaló Marcus.

—No —repuso el desconocido—, pero la entretendrá un poco.

Avanzó rápidamente entre pilas de cajas con botellas de vino hasta un armario situado en la pared del fondo. Abrió la puerta y tiró de unos estantes sobre los que había tarros de conservas. Las baldas se deslizaron hacia delante, dejando al descubierto otra puerta. El desconocido la abrió y se apartó. Lincoln y Marcus cruzaron la estrecha abertura y entraron en un túnel. Un muchacho los esperaba cerca, con un farol pequeño en las manos. El lonmariano entró tras ellos y comenzó a tirar de los estantes para colocarlos en su sitio. Se oyó un sonido amortiguado al otro lado de la puerta de la bodega, y, momentos después, una explosión.

—No hay tiempo —murmuró el lonmariano.

Dejó el armario a medio colocar y cerró la puerta interior. Tras coger el farol que llevaba el chico, enfiló el túnel a paso veloz. Marcus y Lincoln se apresuraron a seguirlo.

—Es inútil —dijo el desconocido para sí—. Esperemos que ella...

Sonó otra detonación a sus espaldas, y cuando se volvieron, Marcus vio un globo de luz surgir allí donde antes estaba la puerta secreta. El lonmariano inspiró bruscamente.

—¡Corred!