EPÍLOGO
La maga de túnica negra salió por las recién restauradas Puertas Septentrionales. Como de costumbre, la gente se paraba a mirarla, y los niños la seguían, gritando su nombre. Roan no quitaba ojo a Lexa. Aunque ese día le había tocado ser su escolta, no era ese el motivo de su preocupación. No la había visto tan pálida desde que se había encerrado en los aposentos de él. Al sentirse observada, ella se volvió hacia él y sonrió. Roan se tranquilizó un poco. Tal como había predicho, Lexa había mejorado mucho gracias a la labor que había empezado a desempeñar en las barriadas. Sus ojos habían recuperado un poco de su brillo, y su andar, un poco de su aplomo. El hospital contiguo a las puertas se había construido en solo unos meses. Roan creía que los losdes tardarían un tiempo en superar su odio y desconfianza hacia los magos, pero el día en que había abierto sus puertas, había una muchedumbre esperando delante, y la escena se había repetido a diario desde entonces. Lexa era el motivo. La adoraban. Se había criado entre ellos, había salvado la ciudad y había vuelto a las barriadas a ayudarles. Costia había estado a su lado desde el primer momento. Su dominio superior de las técnicas de sanación había resultado esencial, y su experiencia en el trato con granjeros y leñadores le había servido para ganarse la confianza de los losdes. Otros sanadores se habían unido a ellos. Por lo visto, Lexa no era el único mago que creía que la sanación no debía ser un servicio exclusivo para los adinerados miembros de las Casas. Cuando llegó al hospital y entró, lord Darlen acudió a recibirla.
—¿Qué tal el turno de noche? —preguntó Lexa.
—Ajetreado —esbozó una sonrisa irónica—. ¿Y cuándo no lo es? Ah, he conocido a otra posible colaboradora. Tiene unos quince años y se llama Kalia. Volverá más tarde con su padre, si él le da permiso para trabajar con nosotros.
Lexa asintió.
—¿Cómo vamos de suministros?
—Escasos, como siempre —respondió Darlen—. Hablaré con lady Abby cuando regrese.
—Gracias, lord Darlen —dijo Lexa.
Darlen asintió y se encaminó hacia la puerta. Lexa se detuvo a contemplar la sala. Roan siguió la dirección de su mirada y se fijó en la multitud de pacientes que esperaban, el puñado de guardias contratados para tratar con ellos y los curis reclutados por sus conocimientos de medicina para que ayudaran en casos de menor gravedad. Lexa de pronto se quedó boquiabierta y se dirigió a un guardia que estaba cerca.
—¿Ve a esa mujer que está ahí de pie con el niño arropado en una manta verde? Hágala pasar a mi habitación.
—Sí, milady.
Roan intentó localizar a la mujer entre el gentío, pero Lexa ya se estaba alejando. La siguió a una pequeña habitación amueblada con una mesa, una cama y varias sillas. Ella se sentó y tamborileó con los dedos sobre la mesa. Roan colocó una silla a su lado.
—¿Conoces a esa mujer?
Lexa se volvió hacia él.
—Sí. Es... —se interrumpió al oír unos golpes en la puerta—. Adelante.
Roan reconoció a la mujer al instante. La tía de Lexa sonrió y se sentó al otro lado de la mesa.
—Lexa. Esperaba que fueras tú.
—Anya... —Lexa le dedicó una sonrisa afectuosa pero cansina, según advirtió Roan—. Quería ir a verte, pero he estado muy ocupada. ¿Cómo está Nyko? ¿Y mis primos?
Anya bajó la vista hacia el bebé.
—Hania tiene mucha fiebre. Lo he intentado todo para bajársela...
Lexa posó una mano con delicadeza sobre la frente de la niña y arrugó el ceño.
—Sí. Está incubando la varicela azul. Puedo acelerar un poquito el proceso —permaneció callada un momento—. Ya está, pero me temo que tendrás que esperar a que se le pase. Dale mucho líquido. Un poco de zumo de marín le sentará bien, también —Lexa miró a su tía—. Anya, ¿te gustaría... te gustaría venir a vivir conmigo?
La mujer abrió mucho los ojos.
—Lo siento, Lexa. No podría...
Lexa bajó la vista.
—Sé que no te sientes a gusto en compañía de magos, pero... por favor, piénsalo. Me... —echó una mirada a Roan—. Supongo que ya es hora de que tú también lo sepas, Roan —se volvió de nuevo hacia Anya—. Me gustará tener cerca a alguien de la familia, a alguien normal —señaló al bebé con un gesto de cabeza—. Cambiaría toda la experiencia de los sanadores del Gremio por tus consejos prácticos.
Anya clavó la vista en Lexa, con una expresión que reflejaba el desconcierto que Roan sentía. Lexa hizo una mueca y se llevó la mano al vientre. Anya tenía los ojos desorbitados.
—Ah.
—Sí —Lexa asintió—. Estoy asustada, Anya. No fue algo planificado. Los sanadores cuidarán de mí, pero no pueden curarme el miedo. Creo que quizá tú podrías.
Anya frunció el entrecejo.
—Me dijiste que los magos se ocupan de las cosas a su manera.
Para asombro de Roan, el rostro de Lexa se puso de color rojo escarlata.
—Por lo visto, es mejor que las mujeres se encarguen de... esa clase de cuidados. Al parecer a los hombres no les enseñan a hacerlo a menos que ellos lo pidan —dijo—. A las aprendices jóvenes las apartan del grupo en cuanto los sanadores detectan en ellas un interés por los chicos, pero yo era tan impopular que a nadie se le ocurrió enseñarme esas cosas. Monty... —Lexa hizo una pausa y tragó saliva—. Él debió de dar por sentado que sí me las habían enseñado. Y yo di por sentado que él se ocuparía de todo.
Cuando Roan comprendió lo que Lexa estaba diciendo, la miró con más atención. Se puso a contar mentalmente los meses que habían transcurrido desde su destierro. Tres y medio, tal vez cuatro. La túnica lo disimulaba bien...
Lexa volvió la vista hacia él e hizo un gesto de disculpa.
—Lo siento, Roan. Pensaba decírtelo en un momento más oportuno, pero al ver a Anya he pensado que tenía que aprovechar la ocasión para...
Los dos dieron un respingo cuando Anya prorrumpió en carcajadas. Apuntó a Roan con el dedo.
—¡No había visto esa expresión desde la primera vez que dije a Nyko que estaba esperando! Veo que a lo mejor los magos no son tan listos como ellos se creen —sonrió a Lexa—. Bueno. Así que vas a tener un hijo… Dudo que el niño crezca con la cabeza en su sitio si está siempre rodeado de magos.
Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Lexa.
—Yo también. Entonces ¿te lo pensarás?
Anya lo meditó unos instantes, y luego asintió.
—Sí. Nos quedaremos un tiempo contigo.
