Resumen: Odd parpadeó confuso un par de veces. ¿Aquellos muchachos que tenía en frente eran sus viejos amigos del colegio? ¿De verdad eran ellos? OddxAelita / JeremiexAelita / UlrichxYumi.

Nota de la autora: Los personajes de Code Lyoko no me pertenecen, son propiedad de Thomas Romain y Tania Palumbo. Está terminantemente prohibido cualquier intento de plagio de esta historia o de cualquiera de las que están bajo mi autoría. La imagen de la portada no me pertenece, reconozco los créditos al autor de la foto que es Ivan Taranov y al modelo Sergey Brisyuk. Encontré la fotografía en Uno Models mientras buscaba a un chico que tuviera parecido con Gulliver Bevernaege, el actor que interpretó a Odd Della Robbia en Code Lyoko Evolution.


Todo lo que alguna vez fuimos.

Primera parte.

Odd se tomó unos minutos para terminar de asimilar todo aquello que estaba sucediendo dentro de su campo de visión y parpadeó confuso un par de veces. Ese día apenas había dormido nada, recordaba haber llegado a su casa por la mañana temprano y haberse metido en la cama, con la mala suerte de que a los pocos minutos había sonado una irritante alarma, amenazando con estrellar el despertador contra la pared. Desde entonces había salido tarde de su casa y con el estómago vacío, había llegado con prisas a la estación por culpa de un atasco y finalmente, se había embarcado en un largo viaje de tren con interminables paradas hasta la ciudad de Boulogne-Billancourt. El haber llegado allí desde la otra punta del país en aquellas deplorables condiciones había sido demasiado agotador, pero por suerte no había perdido el tren ni tomado otro por equivocación. Quizás habría dormido tres horas en total durante el trayecto. Mentalmente se juró que aquel fin de semana se daría el lujo de concretar una larga cita con su almohada porque como siguiera sin dormir, no habría un corrector de ojeras lo suficientemente óptimo que fuese capaz de ocultar aquella fatiga y cansancio. Desde hace un par de meses su vida se había vuelto demasiado frenética y más caótica de lo que habitualmente ya era, solía llegar a su apartamento por las mañanas, preparaba un café expreso que tomaba en apenas unos minutos, engullía rápidamente unas tostadas, luego rebuscaba sus papeles de clase por su habitación y salía corriendo de un portazo como alma que lleva al diablo. Así era su vida, un cúmulo existencial de caos allá donde iba.

Odd arrugó la nariz contemplando la vívida escena que tenía ante él, esbozando una de sus características sonrisas felinas que denotaban asombro e ingenuidad. Tomó unos segundos para digerir aquel devenir de sensaciones externas mientras observaba las caras de aquellos viejos conocidos, y deseó poder conservar aquella estampa para siempre en su memoria. ¿De verdad era real? ¿De verdad estaba frente a sus amigos de la adolescencia? Della Robbia frunció el ceño ligeramente y observó a los cuatro adultos con atención, tratando de establecer hipotéticas relaciones de lo que tenía frente a sus ojos con los recuerdos que atesoraba en su mente. Todos habían cambiado y nada era exactamente igual como recordaba. Los reflejos del radiante sol jugaban con el pelo de Yumi, tan sedoso y liso como de costumbre, que caía por debajo de sus hombros mientras era mecido suavemente por la primaveral brisa de mayo. Este detalle tomó por sorpresa al joven blondo pues recordaba lo mucho que le gustaba a la nipona mantener su pelo corto, y como en su lugar asomaba una media melena que le sentaba estupendamente, pero que al principio desconcertó a Odd. Siempre creyó que el cabello corto era el que le otorgaba ese aspecto de rebeldía y autenticidad a Ishiyama, y tampoco pudo evitar fijarse en que ya no vestía íntegramente de negro como antes, sino que ahora combinaba la monocromía de este con el blanco y rojo, en una equilibrada y clásica armonía. Por otro lado sus facciones y líneas de expresión delataban una serena madurez, fruto del paso de los años, aunque a pesar de todo la muchacha seguía siendo tan esbelta y estilosa como antaño con una envidiable constitución gimnástica. Odd se fijó en el tenue maquillaje de color cereza que resaltaba la belleza de sus rasgos orientales y aquello había terminado de sorprenderlo todavía más. Siempre le habían llamado la atención su exótica fisonomía y Della Robbia habría jurado que en un tiempo pasado la muchacha hubiera puesto el grito en el cielo por algo tan superfluo, como era su consideración acerca del maquillaje o peinado, a los que nunca les había prestado demasiada atención. Pero, a las personas les estaba permitido cambiar de gustos y pareceres, ¿no? Inevitablemente la imagen de Elisabeth Delmas cruzó su mente, Yumi siempre había rechazado en el pasado aquel tipo de comportamiento engreído, presuntuoso y poco inteligente de la hija del por entonces director de la Academia, quien tenía una personalidad radicalmente opuesta a la de la japonesa. Pero Della Robbia consideró que su carácter no era tan diferente al de Sissi, provocando vergüenza en él. ¿Se consideraba una persona vanidosa o todo era mera apariencia?

Ishiyama lo había saludado con un espontáneo ademán acompañado de una amistosa sonrisa y rápidamente contó que había estudiado traducción e interpretación los últimos cuatro años mientras vivía con Ulrich en un tranquilo barrio de Múnich. Al principio le había costado familiarizarse con las costumbres y tradiciones alemanas, tan diferentes a las francesas, pero su pareja le había enseñado todo lo necesario y ella se había interesado profundamente por los aspectos culturales del país. Yumi siempre había sido una chica comprensiva, respetuosa y cosmopolita de un mundo en vías de mayor globalización. Aquello no sorprendió a Odd, se congratuló de que al fin su excompañero hubiera dejado su timidez y terquedad de lado, porque era absurdo negar que ambos muchachos en su adolescencia reprimían intensos sentimientos el uno por el otro, que excedían el límite de la amistad. Un incontrolable nerviosismo se apoderó de Della Robbia al cabo de unos minutos al escuchar la profunda pero suave voz de la japonesa, siendo incapaz de permanecer atento a sus palabras por mucho tiempo, aunque trató de hacer un esfuerzo para escucharla. No quería parecer desconsiderado ni que los demás pensaran que no le estaba prestando atención. Simplemente todo aquello le estaba resultando demasiado extraño e inexplicable. Llevaba demasiados años sin verlos y le costaba creer que los tenía en frente en ese instante. Estaba demasiado atormentado dentro de sus pensamientos.

El joven alemán de ojos castaños lo miraba en silencio sin inmutarse. La barba perfectamente cuidada y recortada de su rostro le otorgaba un aspecto más maduro y varonil, que a Odd le recordó a los anuncios de la televisión rodados con atractivos modelos que anunciaban productos faciales para el público masculino. No le hubiera extrañado que hubiera sido así, pues recordaba que su excompañero había tenido un nutrido grupo de admiradoras y pretendientas entre las muchachas del colegio, pero él solo tenía ojos para su compañera de aventuras virtuales. Ulrich Stern siempre había sido el chico atlético y deportista del grupo de Belpois, ahora sus hombros tenían un aspecto más fornido y su torso de mayor envergadura delataban el desarrollo que había alcanzado en su período de madurez. Della Robbia dio un respingo de alivio al ver que no había cambiado tanto en apariencia, se dijo a sí mismo que era natural pues a Stern siempre le había entusiasmado el deporte, donde antaño podía refugiarse de las pésimas calificaciones de su vida estudiantil. Se preguntó mentalmente si seguía practicando artes marciales en sus ratos libres, la disciplina del Pencak Silat en la que verdaderamente era sobresaliente, o si había abandonado aquella pasión juvenil, pero él mismo cayó en la cuenta de que se había olvidado de su viejo y descolorido monopatín hace años, tal vez perdido en su última mudanza.

Si Odd se comportaba de manera inconsciente, atrevida e incluso irreverente, Ulrich era más bien solitario, disciplinado y pensaba mucho las cosas antes de actuar, conformando con el paso del tiempo un curioso e inseparable binomio. Ulrich se mantenía tan taciturno y reservado como de costumbre, su rostro serio y sus rasgos afilados siempre denotaban reflexión y meditación, y aquel impertérrito gesto casi inexpresivo seguía presente en su forma de ser. Ese adulto que tenía frente a él había sido su mejor amigo durante los años escolares y era más o menos como lo recordaba. Por un instante sintió ganas de estrechar su mano en un buen apretón como hubieran hecho tiempo atrás, pero se contuvo para no hacerlo pues consideró que no era adecuado. Ya no tenían tanta confianza y complicidad como antes. En vez de eso, Odd continuó escrutándolo atentamente mientras Ulrich parecía hacer lo mismo. El alemán había abandonado su atuendo casual, ahora vestía con un traje formal y una corbata perfectamente anudada, aspecto que lo llevó a deducir rápidamente que aquel cambio de imagen quizás estaba motivado por asuntos laborales, ya que tal vez trabajaba en alguna empresa importante o simplemente estaba tratando de buscar la aprobación de su padre. Aquella formalidad, tosquedad y severidad de su referente familiar era radicalmente opuesta a la alegría, espontaneidad y despreocupación de sus divertidos padres, Robert y Marguerite, lo que llevó a Della Robbia a preguntarse si realmente Ulrich había podido reconciliarse con su familia. Enarcó una ceja buscando algún tipo de respuesta por su parte, pero los impenetrables ojos castaños del muchacho no parecieron responder. Siempre se temió que su compañero se volviera un tipo tan aburrido e inflexible como su padre, cuyas únicas preocupaciones eran la perfección y pulcritud. ¿Podrían considerarse polos opuestos? El sonido de un teléfono móvil sacó al rubio de sus divagaciones, Stern rápidamente se disculpó ante los demás y contestó aquella llamada que parecía urgente con un grave acento y palabras ininteligibles en un perfecto alemán que ninguno, salvo Ishiyama, logró comprender.

En aquellos minutos de espera en silencio, Della Robbia comprobó paradójicamente que el tiempo había pasado y que ya no eran los niños de antaño. Ahora los cuatro tenían 23 años, a excepción de Yumi, que era un año mayor que ellos. Aquella lejana época escolar en la Academia Kadic llena de gloriosas aventuras luchando en Lyoko contra una inteligencia artificial llamada X.A.N.A. había llegado a su fin. Las mil heroicidades vividas entre las fugitivas huidas en las horas de clase, veloces carreras por pasadizos secretos, innumerables horas de castigo en la biblioteca y visitas al viejo superordenador de la ruinosa fábrica, se habían quedado atrás hace tiempo. Mientras su excompañero hablaba por teléfono con alguien ajeno que resultaba ser un conocido, quizás un familiar o compañero de trabajo, Della Robbia se permitió echar de menos en aquel desorden mental la estrecha y desordenada habitación de la segunda planta que compartió en su día con Stern, y los recuerdos se agolparon veloces en su imaginación como si aun pudiera vislumbrarlo en su desvalida memoria. Como si hubiera una línea imaginaria que separara aquella estancia en dos, la mitad correspondiente a Della Robbia siempre se encontraba repleta de calcetines, ropa sucia, discos de música, cómics y videojuegos desperdigados por el suelo, mientras que en la otra mitad reinaba una especie de pulcritud en un aparente orden con revistas deportivas, posters e instrumentos de lucha colgados en las paredes, que hacían honor a su habilidad como espadachín en Lyoko. La cálida luz del sol entraba por las altas ventanas de aquel cuarto generando una sensación de tranquilidad y sosiego, pero la nítida imagen de su mente pasó a tornarse borrosa hasta desdibujarse por completo. Le fallaba la memoria y Odd no era capaz de recordar más allá de esos insignificantes detalles.

En aquel absurdo ataque de nostalgia continuó echando en falta las mañanas en las que Stern tenía que despertarlo por la fuerza, al haberse vuelto a quedar dormido después de pasarse toda la noche jugando a videojuegos o escuchando música (incluso una vez tuvo la desafortunada idea de vaciarle un vaso de agua fría por encima a traición). Aquellas improductivas tardes de estudio en la biblioteca que derivaban en charlas sobre cualquier cosa menos las ecuaciones de segundo grado, especialmente en las eternas dudas de Ulrich sobre Yumi o los próximos romances de Odd. Della Robbia por supuesto gozaba de un amplio curriculum en cuanto a asuntos amorosos se trataba y era todo un experto aconsejando a su compañero. Odd era un casanova a la antigua usanza ya que había mantenido romances con todas las de su clase, pero jamás había intercambiado más de un par de palabras con Anaïs Fiquet o Maïtena Lecuyer, las dos muchachas más atractivas del instituto, autoproclamadas por él mismo para disgusto de Sissi, que iban un curso por delante de él. Siempre se había sentido atraído por las rubias despampanantes y el ejemplo más ilustrativo había sido la islandesa Brynja Heringsdötir, la amiga de Delmas que había venido una vez de visita. Odd no negaría que en aquella añoranza también echaba de menos a su pequeño y perezoso perro de alargado hocico que permanecía escondido de los alumnos y del director, aunque todos sabían de su existencia, y que actualmente vivía con Pauline, una de sus seis hermanas, a la que no veía desde hace más de seis meses.

¿Y cómo olvidarse del simpático profesor de educación física al que trataban de sortear y burlar por los pasillos mientras realizaba su ronda nocturna? A los internos no les estaba permitido salir de sus cuartos por la noche, regla que habían quebrantado en numerosas ocasiones por el bien común y que le había ocasionado repetidas visitas al despacho del director. Había sido un milagro que durante todos sus años en Kadic no lo hubieran expulsado ni una sola vez, ya que continuamente estaba tramando ideas disparatadas al más puro estilo Della Robbia, como las denominaba Aelita. Odd había sido lo suficientemente ingenioso y perspicaz como para descubrir aquella cinta secreta de vídeo con su profesor unos años más joven, vestido a la moda sesentera, bailando como un auténtico rey de la música disco, de la que tanto se avergonzaba y tema del que prefería no hablar. Aquel secreto le servía para chantajear al bueno de Jim, aunque sabía que estaba mal y que era moralmente cuestionable pero de algún modo necesitaba sobrevivir.

Pero Della Robbia no era el único que visitaba regularmente el despacho de Delmas ya que Dunbar, el pretendiente de Yumi, era un rebelde e inconformista de la vieja escuela y estaba continuamente ocasionando problemas tanto a profesores como alumnos, con ocurrencias todavía más extravagantes que las suyas. Habían tenido un amistoso trato y juntos habían planeado un par de fechorías que no pudieron llevar a cabo pero que de haber sido así, hubieran sido memorables para la historia de Kadic. A diferencia de Stern, William hubiera sido el compañero perfecto de jugarretas y era un auténtico "tío guay", faltaba a clase, vacilaba a los profesores y fumaba tabaco en el baño a escondidas, sabiendo que si Jim lo descubrían la sanción sería como mínimo una semana de expulsión. Della Robbia se preguntó qué habría sido de Dunbar, si habría conseguido estudiar la carrera de audiovisuales o si por el contrario su carácter habría cambiado, quizás hubiera sentado la cabeza para convertirse en una persona más formal. La última vez que había hablado con él había sido sobre Émilie LeDuc y después le había perdido la pista tanto como a sus amigos. Quizás Yumi supiera algo sobre su paradero, pero no consideró oportuno preguntar sobre él en ese momento por la acérrima rivalidad que había mantenido con Ulrich.

El tiempo había pasado, todos habían crecido y continuado su camino. Odd sentía dentro de su pecho una especie de dolorosa nostalgia por aquellos días que no iban a regresar, pero los recuerdos seguían vivos en su memoria. Luchar contra X.A.N.A. había sido una responsabilidad demasiado grande para unos niños de secundaria de tan solo trece y catorce años, y un secreto demasiado peligroso para salvaguardar. Salvar al mundo también había tenido un precio considerable ya que apenas podían descansar entre las horas de clase y batallas en Lyoko con una bajada de rendimiento escolar, estaban acostumbrados a renunciar a comer en la cafetería, a prescindir de la sala de recreo y a sus horas de sueño. Pero a Odd siempre le gustaba sentirse un héroe, regresar triunfante, alardear y colgarse medallas por las hazañas de salvar a sus amigos en el último momento. Disfrutaba luchando contra los monstruos de X.A.N.A. en aquella ciencia ficción que era como un videojuego hecho realidad, pero en su vida cotidiana no se sentía en absoluto un héroe enfrentándose a los exámenes de la señorita Hertz. Hubiera preferido mil veces vivir en aquella realidad virtual que en el mundo real. Odd parpadeó confuso un par de veces. ¿Aquellos muchachos que tenía en frente eran sus viejos amigos del colegio? ¿De verdad eran ellos? ¿Belpois, Stern, Ishiyama y Schaeffer? ¿En qué momento se habían vuelto unos perfectos desconocidos? Los diez años no habían pasado en vano, el tiempo los había cambiado hasta volverlos casi irreconocibles y por circunstancias de la vida había perdido el contacto con todos ellos. Las pupilas de Odd se agrandaron y un escalofrío recorrió su esbelto cuerpo. Únicamente había conservado con recelo el número de teléfono de Aelita pero jamás había reunido el valor suficiente como para llamarla. Estaba seguro de que no le apetecería recibir llamadas para charlar con un viejo amigo y recordar viejas glorias. ¿O tal vez sí? Una sensación de culpabilidad lo embargó como si un baldo de agua fría cayera sobre él. Si no hubiera sido tan egoísta y se hubiera preocupado por mantener regularmente el contacto con ellos, tal vez Ulrich no lo estaría observando con una mirada desconfiada que lo hacía sentir culpable. ¿En qué momento se olvidó de sus amigos y perdió las riendas de su vida?

El nerviosismo de su sonrisa lo delató. En el fondo sentía que él no había cambiado tanto. Seguía siendo el mismo chico alegre y despreocupado de siempre, de engominado y ridículo peinado, fiel a su estilo. Ruidoso, desordenado, inconsciente pero divertido, trataba de vivir la vida sin pensar demasiado en las consecuencias de sus actos el día de mañana. Le gustaba seguir vistiendo con estridentes colores, al contrario que la elegante y sobria policromía de la seria japonesita o los tonos azulados de Ulrich, y en ese colorido dejaba entrever su excéntrica personalidad. Siempre se consideró el bromista y payaso del grupo de Belpois, no solo por su gran sentido del humor e ingeniosos juegos de palabras, si no porque era capaz de verle el lado positivo a todo como una especie de optimismo innato que llevaba por bandera. Una de sus mayores virtudes era ser capaz de contagiar la alegría a cualquiera, no sabía de donde había aprendido a ser así, pero tampoco era de los que se rendía ante las adversidades. Della Robbia era un chico sencillo, un poco extravagante y fanfarrón pero en el fondo simple, rehuía de las complicaciones y del compromiso y era poco amigo de la modestia.

Pero eran muchos los defectos insalvables que tenía Odd el Magnífico, apodado así por él mismo en un alarde de vanidad. Era inconstante, informal, vago, perezoso y un auténtico rompecorazones que le había llevado a dar continuos bandazos emocionales con cualquier mujer que se cruzara en su camino. Reconocía que tenía un poder de atracción natural e irresistible sobre el género femenino, como si del magnetismo de un imán se tratase, las mujeres se interesaban por él, salía con varias a la vez hasta que se aburría o le daban carpetazo. Nunca rechazaba ninguna proposición ni le importaba demasiado el físico o la edad. Quedaba con ellas para pasar un buen rato, por lo que siempre dormía acompañado y probablemente hoy después del viaje de regreso, pasaría la noche con una despampanante pelirroja, a la que le había dado su número de teléfono el día anterior en un bar. Las llamaba con impersonales motes, ya que apenas recordaba sus nombres y raras veces dormía en la fría cama de su apartamento. Odd no era exactamente un príncipe azul, sino más bien un caballero errante sin oficio ni beneficio que iba por ahí rescatando damiselas en apuros, de las que buscaba un poco de diversión y compañía para llenar su soledad. En eso consistía la juventud, ¿no? Odd no quería atarse a nadie, quería mantener su libertad y desde siempre había tenido tendencias promiscuas. No había nada de malo en ello, ¿verdad? Las mujeres con las que salía también buscaban lo mismo que él y en más de un ocasión, llegó a sentirse un objeto de usar y tirar porque lo manipulaban para tener un poco de sexo y luego se olvidaban de él. Pero no le importaba, estaba dispuesto a seguir jugando ese juego hasta que se cansara. La vida era corta y tenía que aprovechar las pocas cosas buenas que esta le ofrecía.

La mente de Odd empezó a replantearse cuestiones de corte existencial. ¿Seguía siendo el mismo o había cambiado? No exactamente, no solo sus compañeros habían madurado si no que después de darle muchas vueltas, llegó a la conclusión de que él también. Ya no se veía como un mocoso de quince años. Había sacado el permiso de conducir hace meses, estaba estudiando la carrera de Bellas Artes, se pagaba él mismo los estudios ya que trabajaba los fines de semana como camarero en bares de mala muerte, compaginándolo con un pequeño trabajo como guitarrista en un grupo pop. Con todo el dinero ahorrado durante el verano y gracias a una generosa beca, pronto disfrutaría de un Erasmus a Italia donde pensaba vivir la vida al máximo. Italia y sus flamantes puestas de sol siempre le habían suscitado familiaridad, por lo que estaba deseando embarcarse en aquella aventura. Viajaría a Venecia, a la Toscana, visitaría Florencia y Siena, tal vez Sicilia o Pompeya, planeaba alimentarse todos los días a base de pasta y queso, ya que gracias a su esbelta constitución y metabolismo no engordaba. Además su verano recorriendo la Costa Azul de Marsella al sur de Francia había sido inolvidable, empapando su espíritu de ese sentimiento de libre albedrío que tanto ansiaba, maravillado por las cristalinas aguas y brisa marina, recuperando el tiempo perdido en aquellos paraísos naturales con sus hermanas y las amigas de estas. Los recuerdos desperdigados de Montpellier, Aix-en-Provence, Saint-Tropez, Cannes e incluso del lujoso Monaco lo hicieron perder el norte, como si fuera capaz de trasladarse mentalmente a aquellos lugares, aunque físicamente estuviera en otro lado. Ya no estaba frente a sus amigos, volvía a estar surcando el mar en barco bajo un reluciente sol, dando chapuzones en el agua o tirándose desde cualquier acantilado. Había tenido un breve pero intenso affaire con una chica suiza que resultaba ser una íntima amiga de su hermana Louise y que había venido a Francia a disfrutar las vacaciones. Desde el primer momento había sido un auténtico flechazo de Cupido y había caído rendido a sus pies como un bobo, pero el recuerdo de la piel desnuda y los labios humedecidos de la joven casi desconocida, de la que no recordaba su nombre, se desdibujó sin dejar rastro. Odd llegó a la conclusión de que sí había madurado, pero ese pensamiento se esfumó de su mente tan rápido como vino y maldijo el haberse olvidado de sus viejos amigos durante todo ese tiempo. Desde hace años no les había dedicado ni un triste pensamiento. Debía haberles llamado en invierno. ¿Quién sabe cuándo volvería a verlos? Tragó saliva ruidosamente al oír que Ulrich había regresado a su país natal con Yumi, donde habían alquilado un cómodo apartamento y encontrado un buen trabajo, mientras que Jeremie había estudiado un doble grado de física y química en Inglaterra gracias a una cuantiosa beca por la excelencia académica. Por otro lado, Aelita optó por dedicarse a matemáticas en una universidad a distancia y en sus ratos libres se dedicaba a ayudar como voluntaria en organizaciones benéficas. Sus amigos habían seguido el camino que estaba escrito para ellos, pero ¿y él? ¿Cuál era su camino? ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Terminaría encontrando un trabajo que lo llenase? ¿O tendría que resignarse el resto de su vida a servir copas?

Odd se autocompadeció de sí mismo. Recordó la primera vez que había llegado a Francia y cómo desde el primer momento se había quedado maravillado por el alto nivel de vida de los petulantes y estirados franceses, que tenían la costumbre de pasear por las avenidas con las famosas baguettes bajo el brazo. ¡Oh là là! Se había dejado seducir por el embriagante aroma de todo ese venenoso lujo y deslumbrantes focos parisinos, por la moda de la alta costura y la vanguardia de la alta cocina, por el Louvre, el chocolat au lait con croissant y los sofisticados peinados a la garçon. Aquel optimismo y glamour parisino se respiraba en el ambiente y en el estilo de vida de los habitantes. Pero Boulogne-Billancourt era diferente a París, no era el flamante centro de la capital del país sino una modesta y sencilla ciudad industrial a las afueras de esta, rodeada por el río Sena que lo separaba de Sèvres, y con un nivel de clase medio y un ritmo menos vertiginoso. El haber cambiado de idioma y país no le había supuesto un gran problema en su adolescencia, estaba acostumbrado a convivir con familiares de diferentes nacionalidades y desde el principio se sintió como en casa. Aprender francés tampoco fue relativamente complicado, uno de sus tíos paternos era nativo, le había enseñado lo básico el verano anterior y gracias a ello se había defendido con soltura. Al principio le había causado cierta gracia la fonética francesa con la liaison de las consonantes con las vocales o las diferentes formas de pronunciar la "e", pero había terminado por acostumbrarse hasta adquirir un perfecto acento afrancesado. La primera impresión que había tenido de Kadic fue la de un internado para adolescentes remilgados procedentes de una buena posición social y padres pretenciosos, pero cuando conoció a sus amigos cambió completamente de parecer. Lo que al principio le pareció una estricta cárcel con un interminable horario lleno de clases, terminó por parecerle un remanso de paz diario y rutinario. Las cosas casi nunca eran como aparentaban ser. Los franceses serían peculiares con determinadas cosas, pero en el fondo eran acogedores. Así fue como Francia (y por supuesto, las chicas francesas) le habían cautivado tanto desde el principio que había decidido mudarse a un encantador pueblecito de la periferia a unas horas en tren de París. Su hogar y colores ahora eran franceses.

Continuará…


Nota de la autora: Gracias por haber llegado hasta aquí. Hace unos meses estaba pasando por un mal momento y volví a ver Code Lyoko y Evolution para distraerme un poco y me surgió una extraña necesidad de escribir un fanfic sobre esta serie. En ese ataque de nostalgia no pude evitar pensar que hubiera sido de ellos en un futuro y decidí escribirlo desde la perspectiva de Odd, creo que es carismático y habría hecho una buena pareja con Aelita (no me odiéis, también me gusta JxA pero prefiero el amor imposible de OxA). Decidí partir la historia a la mitad porque me había quedado insufriblemente larga pero pronto colgaré la segunda parte. Déjame un voto o comentario si te ha gustado.