Resumen: Odd parpadeó confuso un par de veces. ¿Aquellos muchachos que tenía en frente eran sus viejos amigos del colegio? ¿De verdad eran ellos? OddxAelita / JeremiexAelita / UlrichxYumi.
Nota de la autora: Los personajes de Code Lyoko no me pertenecen, son propiedad de Thomas Romain y Tania Palumbo. Está terminantemente prohibido cualquier intento de plagio de esta historia o de cualquiera de las que están bajo mi autoría. La imagen de la portada no me pertenece, reconozco los créditos al autor de la foto que es Ivan Taranov y al modelo Sergey Brisyuk. Encontré la fotografía en Uno Models mientras buscaba a un chico que tuviera parecido con Gulliver Bevernaege, el actor que interpretó a Odd Della Robbia en Code Lyoko Evolution.
Todo lo que alguna vez fuimos.
Segunda parte.
Della Robbia miró de soslayo al chico rubio de gafas que tenía frente a él y reparó en el atisbo de amabilidad y cercanía que denotaban sus afables facciones. Jeremie tenía una estatura promedia e incluso era más alto que él, aunque seguía manteniendo una baja complexión atlética, algo que antaño se debía a que se pasaba los días (y noches) pegados a la pantalla de su ordenador. Cuando Jim le reprochaba su bajo fondo físico siempre respondía con ingenio e ironía que el músculo más importante que más había que ejercitar era el cerebro. Curiosamente el aspecto de Belpois se había vuelto más deportivo, abandonando sus habituales jerséis que le otorgaban ese toque de formalidad y Odd recordó como antaño el joven genio informático era nulo para el deporte. Jeremie también había cambiado de peinado, que en esencia se parecía más al de su primo Patrick que al que había mantenido en sus años escolares. Era un look más fresco y actual, se acercaba más al estilo de Della Robbia o Dunvar, que al que llevaría Belpois propiamente, y le restaban ese aire de seriedad propio de su carácter. Della Robbia se frotó los ojos para asegurarse de que no era un producto de su imaginación, pero la sonrisa del genio permanecía intacta. Esa sonrisa denotaba seguridad y júbilo por el reencuentro que hizo que Odd se sumiera todavía más en sus pensamientos. Recordaba haber retratado de memoria a su amigo en un dibujo que habían enmarcado y regalado en un cumpleaños, en el que había sacado a relucir sus dotes artísticos, y se preguntó si Belpois todavía conservaba aquel obsequio. No negaría que alguna vez quiso ser como Jeremie, el pupilo superdotado y predilecto de las señoritas Hertz y Meyer, o al menos como la simpática Aelita de notas tan excelentes, y que estaba agarrando tímidamente la mano del genio informático. Della Robbia giró la cabeza hacia a un lado queriendo rehuir de aquel sencillo gesto que le causaba una especie de molestia interna. ¿Por qué ahora? Lo había superado hace tiempo. O eso quería creer.
Jeremie había sido una de las personas de sentimientos más bondadosos y puros que había conocido, bondad en parte motivada, por rescatar a aquella chica de aspecto élfico que vivía encerrada en un superordenador, y por destruir al malévolo virus que quería mantenerla cautiva. Si no fuera por sus interminables horas de trabajo en la fábrica y en su habitación tratando de materializarla, Aelita no estaría ahora mismo frente a él esbozando la mejor de sus sonrisas. En el fondo Odd siempre envidió de manera sana las aptitudes y capacidades intelectuales de ambos muchachos, pues sabía que jamás podría ser como ellos por mucho que se esforzara. Jeremie tenía la capacidad de sacar las mejores notas de la clase sin requerir apenas grandes esfuerzos, le interesaba profundamente la física cuántica como la historia y ojeaba incansablemente por encima los apuntes de química aunque no hubiera dormido nada la noche anterior, por haber estado trabajando en un nuevo programa que le ayudase en la lucha virtual. Era aquella constancia, esa especie de fe inquebrantable tras la que se encontraba unos férreos principios morales y esa gran capacidad de esfuerzo y superación, lo que más admiraba de él. Odd reconocía que no tenía ningún talento natural, su expediente académico era un auténtico desastre (insalvable, como dirían algunos) y solo se le daban bien la música, pintura e idiomas. Con los años Jeremie se había ganado la simpatía, admiración y respeto de todos los profesores (incluso de Jim), mientras que él apenas contaba con el respaldo de Gustave Chardin, el profesor de arte. Della Robbia miró de soslayó a ambos muchachos y agachó la cabeza con desanimo. Juntos formaban una encantadora pareja, apodada por él mismo como el señor y la señora Einstein, idea que le había inspirado el póster del físico que reinaba en la antigua habitación de Belpois, convertida en broma que encubría un dolor subyacente que volvía a resurgir dentro de su pecho. Detrás de cada broma Odd siempre acostumbraba a esconder un poco de verdad, pero procuraba que nadie reparara en ello ni lo tomaran demasiado en serio. ¿Por qué volvía a doler si ya había pasado tanto tiempo? ¿Por qué ahora que los tenía frente a él? ¿Por qué sentía como si le faltase el aire?
Levantó la cabeza con un pequeño movimiento para reparar en la joven pelirrosa, que se había convertido en una copia idéntica de Anthea Hopper en su juventud, a la que había visto retratada en decenas de fotografías antiguas procedentes de la Hermitage, rescatadas en su mayoría por Jeremie. Aelita había dejado crecer su melena con desenfadadas ondas y Odd deseó extender los dedos para acariciar aquellas hebras, sus labios estaban perfectamente adornados con un tenue color rosado y aquel voluminoso vestido de cuadros de tonos pastel la hacía parecer encantadora y romántica. Balbuceó nervioso al verla y no fue capaz de sacarle ojo, detalle que no pasó desapercibido por Stern, quien alzó una ceja escéptico. Estaba arrebatadora y se juró que aquel momento había terminado por robarle el aliento. Aelita. Aelita Stones. Aquel dulce nombre resonó en su mente como una ensoñación. Odd tomó una bocanada de aire y luego exhaló despacio sin que la sonrisa boba de su rostro se desdibujara. Aquel nombre era capaz de suscitarle sentimientos que creía haber desterrado para siempre y que no fue capaz de contenerlos por más tiempo. Había reprimido durante años aquellos pueriles sentimientos por la graciosa chica con aspecto de elfo que correteaba por Lyoko, a la que había salvado innumerables veces contra los enemigos de la inteligencia artificial que quería destruirla. Della Robbia había desarrollado ese afecto y protección hacia ella, normalizado ante sus amigos, pero que en el fondo encubría un profundo enamoramiento por ella que hubiera sido incapaz de negar ante un juez. Si alguien que no fuera Stern o Belpois, le hubiera contado aquella patraña tan inverosímil de monstruos y virus informáticos lo habría tomado por lunático, ya que parecía un guión sacado de una película de miedo y ciencia-ficción que tanto le gustaban a Odd. Aelita tenía las mejillas tenuemente sonrojadas y lo miraba con simpatía, seguía teniendo la misma risa dulce e infantil que traía la felicidad y alejaba cualquier rastro de desconsuelo, vibrando con fuerza dentro de su pecho. Aelita era la personificación de la dulzura e ingenuidad, cualidades que lo encandilaban y tenía una simpatía natural que le llevaba a caerle bien a todo el mundo. Recordaba que los pasteles de fresas con nata siempre habían sido sus favoritos y no pudo evitar soltar una risita nerviosa al recordar como un pedazo de la tarta de su decimocuarto cumpleaños había terminado aterrizando por accidente en su nariz. Le había estado recordando aquel incidente dos semanas después cada vez que podía. Odd siempre consideró que era una mala influencia para Aelita porque la incitaba a meterse en problemas haciendo bromas pesadas, mientras uno se vanagloriaba de sus actos, el otro lo provocaba a ir más allá, a lo que terminaba cediendo por orgullo propio. Recordó lo mucho que le gustaba hacerla reír con sus estupideces y temía que ahora la muchacha de ojos verdes hubiera cambiado tanto que ya no fuera capaz de reconocerla.
La observó atentamente. Aelita siempre había sido una auténtica debilidad inconfesable para él. Era capaz de robarle la razón y dejarlo sin palabras con absoluta naturalidad. Tenían una complicidad intrínseca que no era capaz de explicar, más allá de sus falsos vínculos familiares se escondían sentimientos nobles que jamás llegó a confesar. No era mera amabilidad y simpatía como muchos pensaban, era una especie de devoción por ella, y si le hubiera pedido cualquier cosa, Odd la hubiera seguido hasta el fin del mundo. Incluso habría renunciado a su desordenada vida por ella, a las mujeres y a todo lo que fuera necesario con tal de tenerla a su lado. Habría dejado de ser él mismo si se lo hubiera pedido. Pero las cosas no habían sucedido así, Aelita y Jeremie estaban hechos el uno para el otro. Della Robbia no compartía aquella extraña afición por todo lo relacionado con la informática y ciencia que unía a Belpois con Schaeffer, pero a pesar de su gran desventaja tenían gustos en común y personalidades similares, los dos eran igual de despreocupados, alegres y les entusiasmaba la música electrónica. Aunque nada de eso era lo suficiente para estar a la altura de Jeremie, Odd jamás podría ser como él y que este tuviera a la chica de sus sueños era lo que más envidiaba del genio. Della Robbia no era rencoroso ni mucho menos, sabía aceptar las derrotas con deportividad y aunque no era una persona que permaneciera demasiado tiempo callada, aquello fue algo que guardó para sí mismo y jamás compartió, ni siquiera con Ulrich. No hubiera sido capaz de sincerarse con él. No era tan sencillo. Un secreto como aquel era demasiado doloroso, pero consideró que al permanecer en silencio estaba haciendo lo correcto. Aelita no se merecía una persona como él, tan sinvergüenza y mujeriego, sino que se merecía una persona que le aportara estabilidad, seguridad y un futuro como Belpois. Alguien que la cuidara como se merecía, con la paciencia necesaria y le ayudara a redescubrir el mundo, algo que Odd habría estado encantado de hacer. Estaba casi seguro de que la feliz pareja tendría planeado casarse y tener hijos en el futuro (al igual que Yumi y Ulrich), ya que sabía que a Aelita le encantaban los niños, aunque no estaba tan seguro de que a Jeremie le entusiasmasen. Así podría ser feliz y por fin volvería a tener la familia que tanto ansiaba después de la trágica historia de su infancia. ¿Pero él? ¿Encontraría algún día el amor? No estaba muy seguro de que el destino tuviera reservado eso y tampoco le importaba estar solo. Estaba conforme con su vida y tampoco aspiraba a grandes metas. Hacía tiempo que había renunciado al amor.
Aelita fue la única que corrió a abrazarlo con ímpetu mientras Ishiyama soltaba una carcajada secundada por Belpois al ver la cara de confusión de Odd. Había olvidado lo cariñosa y naturalmente espontánea que era. Cerró los ojos fundiéndose con el cálido cuerpo de la muchacha mientras disfrutaba del aroma afrutado que lo envolvía. Ese olor le recordaba a las frambuesas, arándanos y otras frutas salvajes del bosque, tan característico de Schaeffer, que lo hacía volver atrás en el tiempo. Suspiró de alivio al comprobar que la joven no había cambiado prácticamente nada mientras la abrazaba. Aquella sensación de tenerla entre sus brazos aunque fueran unos instantes fue lo máximo a lo que Odd pudo aspirar, porque el corazón de Aelita ya tenía dueño. Recordó que lo más cerca que había estado de sus labios fue aquella vez que los descerebrados de Poliakoff y Pichon lo habían seguido hasta la fábrica y habían tenido que fingir un encuentro casual. ¿Cómo podían haberse creído semejante mentira? Aunque la idea había sido suya, aquella farsa inverosímil no estaba tan alejada de los deseos secretos de Odd y milagrosamente no destapó las sospechas de sus amigos, únicamente unos falsos rumores en el periódico que Milly y Tamiya alimentaron duraron una semana. Hubiera deseado permanecer toda la vida en aquel abrazo y que el tiempo se detuviera pero nada más lejos de la realidad. Aelita se despegó de él rápidamente como un colibrí y después de aquella repentina euforia regresó al lado de Belpois. La repentina separación de su cuerpo le molestó e incrementó la confusión de Odd. ¿Y si aquella muestra de afecto por un viejo amigo era algo más? Quería creer que sí, pero no estaba tan seguro. No quería aferrarse a unas falsas esperanzas. Aelita había hecho su vida con Jeremie y él no tenía derecho a meterse en ella. Ya era demasiado tarde para declarar su amor a una chica que hacía años que no veía y no creía que fuera posible un desenlace feliz por la falta de credibilidad. De nada servía lamentarse. No había una vuelta al pasado que le borrase la memoria. Lo mejor era resignarse a seguir con su vida.
Los cinco adultos intercambiaron infinidad de palabras, pareceres y risas en la alegría por el reencuentro, incluso Ulrich había dejado parte de su seriedad natural para charlar con sus amigos, recordando viejas historias y anécdotas que hicieron que el tiempo prácticamente volase. Pasearon por Boulogne-Billancourt que permanecía prácticamente igual y Odd pensó que tal vez la ciudad era la única que no se había inmutado con los años. Todo seguía igual a como lo recordaba. Los cinco vislumbraron a lo lejos el solitario parque que se encontraba tras la desvencijada entrada de la Academia Kadic e incluso pasearon a las orillas del río, que rodeaba la isla donde estaba la vieja fábrica que lucía más abandonada y ruinosa que nunca, pero ya no con la prisa o angustia habitual por desactivar una torre sino con un sentimiento de nostalgia y casi pena. Los ojos de Belpois parecían perdidos al contemplar aquel lugar en el que había pasado tantas horas tratando de ayudar a sus amigos, y para reconfortarlo Odd apoyó su mano en el hombro, gesto de buena intención que devolvió con una sonrisa. ¿Cómo iba a enfadarse con Jeremie? Él ignoraba todos los sentimiento que tenía Odd por su pareja y no tenía culpa de nada. Tan solo hubiera deseado estar en su lugar y ser él quien agarraba de la mano a Aelita, que observaba despistada el horizonte. La joven se percató de que la estaba mirando intensamente y le devolvió la sonrisa con sinceridad. La punzada en su pecho se incrementaba todavía más.
Al cabo de las horas cuando Odd miró el reloj de su muñeca derecha no pudo evitar entristecerse, en menos de veinte minutos debía volver a tomar un tren para regresar a su pintoresco pueblecito y volver a su desordenada vida. La idea de la frialdad de la estación lo devolvió a la realidad. Odiaba los lugares como aquel con ese continuo frenesí de la ida y venida de pasajeros que llevaban apurados sus equipajes, Della Robbia odiaba la tristeza que se respiraba en aquel ambiente de las despedidas de parejas o lágrimas por reencuentros. Había sido maravilloso compartir tiempo con sus amigos de la adolescencia pero debía abandonar aquel ingenuo mundo una vez más. Temía olvidarlos para siempre relegándolos al destierro de su memoria pero Odd no podía seguir despierto en aquel mundo de fantasías virtuales. Ya nada era como antes. Todo había cambiado. Más tarde llamaría a sus padres porque era consciente de que no daba señales de vida desde hace un par de semanas y probablemente estuvieran preocupados, aprovecharía para saludar a Pauline, vacilar a Adèle y hablar con Kiwi. Después llamaría a aquella chica pelirroja de seductora mirada, no quería pasar la noche solo y tal vez con un nuevo amorío se olvidaría de Aelita.
Cuando llegó el momento de despedirse, Odd le dirigió a la pelirrosa una mirada esperanzada y compasiva de soslayo, casi suplicante, que captó la atención de la muchacha y fue interceptada por la diplomática mirada de Jeremie. Había perdido toda esperanza y se había resignado hace tiempo. Aquella era una batalla que no podía ganar. Aelita siempre había sido una princesa, pero ya no tenía que luchar más junto a ella ni protegerla porque vivía en una torre de un castillo encantado con un príncipe, no exactamente fuerte ni atlético, pero uno que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella y a Odd con eso le bastaba. En su momento renunció a ella para dejar a Jeremie el camino libre, pues no deseaba causar ningún daño ni conflicto al grupo y el saber que Schaeffer sería feliz era lo único que llenaba ese resquemor de su corazón herido. Había sido un error haberse enamorado de ella que asumía con toda la responsabilidad, además había procurado no interferir en la felicidad que habían mantenido sus amigos, uno de los motivos por los que se había alejado de ellos. Tal vez considerarlo un error era demasiado injusto, era más apropiado considerarlo un doloroso desengaño. Él había sido el único que había salido perdiendo. Odd pronto saldría de su vida para convertirse en un desconocido y él con el paso del tiempo dejaría de buscarla en el rostro y cuerpo de otras mujeres para olvidarla por completo. Solo sería un recuerdo más de su adolescencia. Odd ya era insignificante para ellos, un juguete viejo y roto sin valor que olvidarían y al que únicamente llamarían una vez al año para felicitar amargamente por el cumpleaños.
Della Robbia observó como el serio alemán y la japonesa se despidieron para marcharse hacia el aparcamiento donde habían estacionado el coche e impotente por no poder hacer nada, vio como su adolescencia se marchaba dando la vuelta por la esquina. Esperaría impaciente la invitación de boda de los futuros señores Stern. Jeremie y Aelita se ofrecieron a acompañarlo a la estación pero Odd amablemente declinó la oferta con una sonrisa gatuna, que ensombreció el rostro confuso de la joven, sin entender el porqué de aquella respuesta. Odd necesitaba estar a solas para poner en orden sus pensamientos porque no quería hacer nada de lo que luego pudiera arrepentirse. Se despidió apresuradamente de ellos con cortesía y se quedó observando como estos continuaban caminando por la avenida en amena conversación. Era más que evidente que ambos estaban hechos el uno para el otro. Odd se marchó en dirección contraria con las manos metidas en los bolsillos, caminando cabizbajo. Aún era mayo y una fresca brisa le hizo recordar que la ligera chaqueta vaquera que llevaba no lo protegería del clima que empezaba a enfriar. Un extraño y contradictorio sentimiento lo embargó. Suspiró pesadamente y negó con la cabeza. Se prometió a sí mismo olvidar a Aelita en el momento de subirse a ese tren, aunque fuera el mayor de los farsantes el resto de su vida. Lo mejor era dejarla marchar. Se resignaría a volver a su vida universitaria con juergas que comenzaban los viernes y se extendían hasta los domingos mientras hacía malabares para entregar sus proyectos a tiempo. Era un chico de costumbres, seguiría cenando pizza los jueves, ensayando los sábados y saliendo con mujeres a las que conocía en los bares. Ya lo había decidido. No podía vivir en el pasado. Lo que alguna vez habían sido se quedó atrás entre las paredes de Kadic y la vieja fábrica. Ya no había vuelta atrás. Los viejos tiempos habían llegado a su fin. Debía mirar al futuro con esperanza. Y meditando aquella inapelable decisión, Odd subió al tren de vuelta dispuesto a empezar de nuevo.
Fin.
Nota de la autora: Gracias por leer. He modificado y mejorado un poco la primera parte antes de subir esta segunda. Sé que me ha demasiado larga pero espero que al lector/lectora que la lea por lo menos le guste, solo quería rendir un pequeño homenaje a una de las series de mi infancia. He revisado bastantes veces toda la historia, así que perdonad si hay algún error ortográfico o sintáctico. Realmente no creo que vuelva a escribir nada sobre esta serie por falta de ideas y motivación aunque me ha encantado meterme en la piel de Odd y reflexionar desde su perspectiva sobre el paso del tiempo. Déjame un voto o comentario si te ha gustado. Muchas gracias por llegar hasta aquí. Nos vemos en la próxima historia.
