Capítulo 32. Dulce

Furiano siguió el curso de un canal serpenteante por el distrito de los nacidos de la médula, rodeado por todas partes de guardias del collegium de Titus. Era tarde, y el calor solo se veía aliviado un ápice por los frescos vientos de la nuncanoche que soplaban desde el mar del Silencio. Había celebraciones en todas las tabernas, fumaderos y burdeles, y las calles estaban llenas de dones y donas bien parecidos caminando del brazo, el aire lleno de canciones y júbilo. Al Invicto no le interesaba nada de eso. Los guardias lo escoltaron por el puente del Consuelo, siguiendo el borde del Espinazo hacia una hilera de lujosas villas. Estaban construidas a la sombra de la quinta Costilla, piedra blanquecina y teja ocre, flores en los alféizares. No eran las mejores residencias de toda Tumba de Dioses, por supuesto, pero se parecían más a un palacio que ningún otro lugar en el que hubiera dormido en la vida. Los guardias lo llevaron a la puerta delantera, donde esperaba la magistrae con un vestido suelto azul mar y un rostro agrio.

—La domina requiere tu presencia —dijo la mujer—, si no es molestia.

Con una última mirada a los guardias, Furiano se metió en la villa y subió la escalera de caracol. Las paredes eran de mármol blanco pulido, las cortinas de seda ondeaban con la brisa y bajo sus pies había una mullida alfombra roja. Anduvo despacio, sin saber hacia dónde ir, hasta que por fin llegó a una puerta doble que había al final del pasillo. Al otro lado, ella estaba tendida en la cama, con su largo cabello caoba extendido en delicados bucles alrededor de la cara. Tenía las pestañas negras como la tinta por el kohl y los labios pintados de rojo sangre. Llevaba puesto un batín de seda blanca, fino como la gasa, y sus suaves curvas y la deliciosa sombra que había entre sus muslos se veían a través del tejido. Sus muñecas estaban envueltas por finas caderas de oro, y sus ojos centelleaban como la superficie del océano. Echo abrió los brazos y lo animó a meterse en la cama.

—Hola, amante mío.

Lexa estaba sentada en la penumbra de su celda, en un sencillo catre de paja, con solo un pequeño orbe arkímico para aliviar la oscuridad. Era tarde, y el calor se veía aliviado un ápice por los frescos vientos de la nuncanoche que se colaban entre los barrotes de la puerta. Oía los lejanos sonidos del acero contra el acero, los mekkenismos que rodaban bajo la arena del estadio, el trueno de la multitud que seguía resonando arriba, en las gradas. A Lexa no le interesaba nada de eso. Los guardias patrullaban el pasillo de fuera, recorriendo la hilera de celdas de los campeones. No eran las mejores residencias de toda Tumba de Dioses, por supuesto, pero las celdas les permitían unos momentos de intimidad antes del giro en el que se decidirían las vidas de sus ocupantes. Lexa oyó girar la cerradura mekkénica en la puerta de su celda, y alzó la mirada para ver a una guardia en el umbral.

—Permíteme un momento —dijo la mujer—, si no es molestia.

La guardia se metió en la celda y cerró la puerta a su espalda. La luz era escasa y no dejaba ver bien las facciones de la mujer, pero aun así Lexa la reconoció al instante. La guardia se quitó el yelmo y dejó caer una melena roja alrededor de la cara. Las pestañas sin maquillar, los labios carentes de pintura. Llevaba puesto un peto de cuero negro y faldilla, con los tres soles de la legión itreyana en el pecho. Sus muñecas estaban envueltas por gruesos brazales de cuero, y sus ojos eran tan azules como el cielo quemado por los soles. Lexa abrió los brazos y la animó a meterse en el catre.

—Hola, amante mía.

Echo apretó los labios contra los de Furiano, con la boca abierta, anhelante. Sus manos le recorrieron la espalda y le provocaron unos escalofríos arkímicos que bajaban por su columna a medida que ella exploraba las cimas y los valles de músculo. Echo enredó las manos en su cabello largo y oscuro, tiró de él para bajarlo a la cama y suspiró dentro de su boca. Sus manos estaban por todas partes, frotando, rozando, ardiendo. Los suspiros de Echo en su piel, abrasadores como la luz de los soles en el exterior.

—Te deseo —susurró Echo.

Lo rodeó con las piernas, su cabello chocando contra la cara de él, el beso haciéndose más intenso cuando empezó a mover las caderas, a restregarse contra él. Le cogió las manos y se las puso en los pechos, llenando la estancia con el calor de su piel, el aroma de su perfume, la música de sus suspiros.

—Te necesito —susurró.

Los besos de Echo fueron descendiendo y sus manos le desabrocharon el cinturón y arrojaron a un lado su taparrabos. Dejó una estela de besos humeantes por su pecho lleno de cicatrices, por el ondeante músculo de su vientre, y su lengua le lamió el sudor de la piel mientras bajaba más y más.

—Te poseo —susurró.

—Para —dijo él. Cogió la barbilla de Echo y la apartó con suavidad—. Para.

Clarke apretó los labios contra los de Lexa, con la boca abierta, anhelante. Sus manos le recorrieron la espalda y le provocaron unos escalofríos arkímicos que bajaban por su columna a medida que Clarke exploraba sus fluidas líneas y sus gráciles curvas. Lexa enredó las manos en su cabello largo y pelirrojo, tiró de ella para bajarla al catre y suspiró dentro de su boca. Sus manos estaban por todas partes, frotando, rozando, ardiendo. Los suspiros de Clarke en su piel, abrasadores como la luz de los soles en el exterior.

—Te deseo —susurró Lexa.

Clarke la rodeó con las piernas, su cabello chocando contra la cara de Lexa, el beso haciéndose más intenso cuando empezaron a mover las caderas, a restregarse una contra la otra. Clarke le cogió las manos y se las puso en los pechos, llenando la celda con el calor de su piel, el aroma de su perfume, la música de sus suspiros.

—Te necesito —susurró.

Los besos de Clarke fueron descendiendo y sus manos desabrocharon el cinturón de Lexa y arrojaron a un lado su taparrabos. Dejó una estela de besos humeantes por sus pechos jadeantes, por el tenso músculo de su vientre, y su lengua le lamió el sudor de la piel mientras bajaba más y más.

—Te amo —susurró.

—No pares —dijo Lexa. Cogió el pelo de Clarke y la atrajo con suavidad—. No pares.

Echo alzó la mirada hacia Furiano y parpadeó, con los ojos nublados de confusión.

—¿Qué ocurre?

Furiano salió de la blanda cama, de las sábanas de mil hilos, deseando más que nada en el mundo estar de vuelta en su celda. Se ató el taparrabos a la cintura, evitando la mirada de Echo.

—Esclavo —exigió Echo—, te he hecho una pregunta.

Entonces él habló en tono suave, pero con palabras afiladas como el acero.

—Esto era un sueño. Y yo fui un necio por soñarlo. —Por fin la miró a los ojos y dijo—: Esto no es amor.

Y sin mirar atrás ni una sola vez, dio media vuelta y salió de la habitación.

Clarke yacía en brazos de Lexa, empapada de sudor, con la mirada alzada hacia sus ojos oscuros.

—¿Qué ocurre?

Lexa se limitó a negar con la cabeza y se apretó más a Clarke. Estaban tumbadas juntas en una diminuta cama de paja, en aquel agujero tenebroso, con el sabor de la otra todavía en los labios. La capa de Clarke debajo de ellas. La piedra y el hierro a su alrededor. El mundo entero en su contra. La muerte acechando gigantesca en un horizonte cruel. Y durante aquel preciso y sencillo momento, nada de todo eso importaba.

Nada importaba en absoluto.

—Esto me parece un sueño. Y no quiero despertar —susurró Lexa. Por fin la miró a los ojos y, sin más, dijo—: Esto es amor.

Y cerrando los ojos, regaló a Clarke el más dulce de los besos.