Capítulo 33. Inicio

El sonido era imposible.

Una entidad viva, jadeante, colosal, presionando la piel de Lexa, tan real que tenía la sensación de casi poder extender la mano y tocarla. Un peso en sus hombros, que la enraizaba en la tierra. Un estremecimiento en la piedra que tenía alrededor, una sensación física en el aire. En toda la vida, ni quiera en Vigilatormenta, ni siquiera en Fuerteblanco, había oído nada igual. Estaba sentada en su celda, escuchando el sonido del asesinato sobre su cabeza, la estrofa del acero contra el acero, la percusión de los cascos, el estribillo de la multitud enloquecida por la sangre. Don Majo y Eclipse nadaban en su sombra, haciendo titilar los bordes, intentando devorar el miedo que se le acumulaba en el pecho. Era difícil no sentirlo en esos momentos, por mucho que lo intentara. Los daimones hacían lo que podían, pero aun así podía notarlo, igual que notaba aquellos odiosos soles por encima. El aroma del sudor de Clarke permanecía en su piel. Recordándole todo lo que tenía que perder de un tiempo a esa parte.

—Estoy asustada —susurró.

—… LO SENTIMOS, LEXA…

—… estamos intentándolo, pero los soles…

—… NOS QUEMAN…

Entrelazó las manos para que dejaran de temblarle. Se recordó a sí misma quién era. Dónde estaba. Todo lo que se desharía si fracasaba.

—Domina tus miedos —susurró— y podrás dominar el mundo.

La cerradura mekkénica chasqueó y la puerta se abrió. Al otro lado estaba la dona Echo, alta y orgullosa, rodeada de sus guardias personales y de legionarios itreyanos. Iba vestida de reluciente plata, con un vestido que fluía desde sus hombros como un chaparrón veraniego. Su pelo trenzado llevaba entretejida cinta metálica, con la forma de un laurel de vencedor sobre la frente.

—Mi campeona —dijo.

—Domina —saludó Lexa.

—¿Estás preparada?

Lexa asintió.

—¿Y vos?

Echo parpadeó.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Son vuestros gladiatii los que están a punto de morir, domina —respondió Lexa—. Me preguntaba si quizá sentiríais algún remordimiento al respecto.

Echo alzó la barbilla y el orgullo le tensó la mandíbula.

—Mi único remordimiento es por haber albergado tanto tiempo a una camarilla de traidores. La próxima temporada será distinta, lo juro. Con el dinero que saque del Magni, abasteceré mi collegium solo con los mejores gladiatii, y tendré a un executus en el que se pueda confiar para que los forje como verdaderos dioses.

—Arkades forjó a Furiano, ¿no es así? Arkades me forjó a mí.

—Arkades era una rata. Un perro sin honor que…

—Arkades estaba enamorado de vos, domina.

Los labios de Echo se separaron, pero la dona no encontró palabras que decir.

—Tuvisteis que notarlo —insistió Lexa—. Fue campeón y luego el executus de uno de los collegia más ricos y consumados de la historia del venatus. ¿Por qué otro motivo iba a seguiros hasta Nido del Cuervo, si no era porque seguía a su corazón?

—Arkades me traicionó —siseó Echo.

Lexa negó con la cabeza.

—Arkades era gladiatii. Un hombre de espada. Aunque hubiera descubierto que os estabais acostando con Furiano, ¿de verdad creéis que intentaría envenenar al collegium entero? ¿Sabiendo lo que sentía por vos y lo que iba a costaros si vuestro padre se salía con la suya?

—No sé ni por dónde empezar —dijo Echo, y dio un bufido—. Lo primero, ¿cómo te atreves a insinuar…?

—Busca en tu propia casa, Echo —la interrumpió Lexa—. Busca entre los más cercanos a ti y pregúntate quién tenía realmente algo que ganar si te veías obligada a volver cojeando a la civilización y suplicar clemencia a los pies de tu padre. ¿Quién te animaba a pedirle dinero? ¿Quién se apresuraba a ponerte objeciones cada vez que hablabas mal de él en público?

La dona se quedó enraizada en la piedra mientras se le formaba una pequeña arruga en el ceño.

—Sanguila Echo —llamó un legionario desde el pasillo—. Cuervo debe prepararse para el lance de ejecución.

Lexa se acercó más a su ama y bajó la voz para que no la oyera nadie más.

—Yo podría haber sido como tú si el destino hubiera sido más amable, y también más cruel. Sé lo que le ocurrió a tu madre. Sé cómo fue tu infancia. Todo lo que eres, lo eres por una razón. Mezquina y generosa. Valiente y despiadada. Me gustas, y te odio, y no podría haber llegado hasta aquí sin ti. De modo que, al final de este giro, te lo agradeceré tanto como pueda. A ti no te parecerá suficiente ni por asomo, estoy segura. Pero es todo lo que puedo hacer por ti, Echo.

Los ojos de la dona eran rendijas del grosor de un corte con papel, llenos de furia indignada.

—¡Te dirigirás a mí como domina!

El público rugió por encima de ellas y las trompetas sonaron brillantes y claras en el aire, indicando el final de la carrera de equillai. Lexa miró a la mujer y se limitó a asentir.

—Sí —dijo—. Pero no por mucho tiempo.

Estaba de pie ante un rastrillo de hierro, envuelta en negro acero. Alas de halcón en los hombros, una capa de plumas rojas en la espalda. La cara de una diosa cubría la suya, y solo sus ojos eran visibles a través de la visera del yelmo.

Se alegró de saber que nadie podría ver si sollozaba.

La temperatura era abrasadora y el público se asaba bajo los soles. Muchos habían aprovechado la oportunidad, después de la última y espectacular carrera de equillai, para buscar la sombra o alguna bebida refrescante. Pero aun así, no escaseaban los ojos puestos en ella. Decenas de miles de personas en las gradas, dando patadas al suelo y esperando a que empezara el espectáculo principal.

—¡Ciudadanos de Itreya! —Las palabras del editorii resonaron por la piedra manchada de sangre—. ¡Os presentamos nuestro último lance de ejecución!

La reacción del público fue tibia. Hubo algunos aplausos y no faltaron los abucheos de quienes solo querían ver empezar de una vez el Magni. Después de cinco giros de carnicería incesante, la idea de que masacraran a unos pocos depravados más les parecía de lo más ordinaria.

—¡Estos no son delincuentes comunes! —prosiguió el editorii—. ¡Aquí tenemos a los cobardes más despreciables, a los despojos más repugnantes, a esclavos que traicionaron a sus amos!

La multitud se animó al oírlo y los abucheos resonaron por todo el estadio.

—¡Damos las gracias a la sanguila Echo del collegium de Titus por proveernos del ganado para esta justa matanza! ¡Ciudadanos, os presentamos… a los condenados!

Se abrió un rastrillo en el extremo septentrional de la arena, y a Lexa se le cayó el alma a los pies al ver que siete personas salían trastabillando bajo la luz de los soles y las burlas de la multitud. Wells y Despiertaolas. Cantahojas y Bryn. Félix y Albano y Carnicero. No los habían tratado bien en su cautiverio, porque todos parecían débiles y hambrientos. Iban armados con hojas oxidadas y protegidos por pedazos de armadura. Solo unos jirones de cuero en los pechos y las espinillas, que no les servirían de nada contra alguien medio diestro con la espada.

Debían morir allí, al fin y al cabo.

La guardia que estaba al lado de Lexa le entregó un gladius afilado como una cuchilla y una daga larga y de aspecto temible, bruñida hasta darle un lustre cegador. Lexa miró a la mujer a los ojos, azules como el cielo quemado por los soles.

—No temas —susurró Clarke—. Ataca con tino.

Lexa asintió y devolvió la mirada a la arena. Estómago revuelto. Horror ante la perspectiva de lo que iba a ocurrir. Certeza de que era la única manera, de que todo lo que había sacrificado pronto merecería la pena, de que toda la muerte, toda la sangre, todo el dolor, quedarían justificados cuando Azgeda y Jaha estuviesen bajo tierra. Aquel era el final de una tiranía. Y el fin justificaba los medios, ¿verdad?

«¿Siempre que ese fin no sea el mío?»

—¡Y ahora…! —gritó el editorii—. ¡Nuestra ejecutora! ¡Campeona del collegium de Titus, vencedora en Fuerteblanco, la Salvadora de Vigilatormenta! ¡Ciudadanos de Tumba de Dioses, os presentamos a… Cuervo!

La multitud se puso en pie, su curiosidad picada por fin. Todos habían oído hablar de la chica que había matado al arcadragón, que había salvado a los ciudadanos de Vigilatormenta de una muerte segura, que había derrotado a una guerrera del Dominio de la Seda. El rastrillo se alzó y Lexa salió al cruel calor, sintiendo resecarse su sombra mientras Don Majo y Eclipse siseaban de sufrimiento. La multitud rugió al verla, con plumas rojas como la sangre y armadura negra como la veroscuridad, su hermoso e implacable rostro labrado en acero pulido. Al mismo tiempo, de la arena a su alrededor surgieron flagrantes llamaradas y el público bramó, aprobador. Lexa recorrió las columnas de fuego hasta el centro de la arena, anonadada por la magnitud que tenía todo. La clara arena manchada de rojo por la sangre. Los muros de hueso de tumba elevándose hacia el cielo cegador. La barrera que separaba al público del campo de batalla tenía más de seis metros de altura y de ella pendían los estandartes de las casas nobles, los collegia y la Trinidad de Aa. En los asientos más caros, contra la barrera, Lexa vio una sucesión de clérigos y hombres santos, con sus túnicas rojo sangre y sus altos y pomposos sombreros, y su corazón alzó el vuelo al distinguir al sumo cardenal entre ellos. Jaha estaba sentado en el centro de su rebaño, sólido como una columna, con su habitual aspecto de bandido que hubiera matado a palos a un hombre santo para robarle la ropa. Su túnica era del color de la sangre al manar del corazón, su sonrisa una cuchillada en el pecho de Lexa. Al lado de los eclesiásticos, Lexa vio las butacas de los nacidos de la médula y los palcos de los sanguilas. Encontró a Leónidas y a su enorme executus, Tito. Alcanzó a ver a la magistrae en un deslumbrante traje escarlata, pero ni rastro de Echo. Alzó la mirada hacia las gradas, hacia el ondeante, rugiente, caudaloso océano de gente.

—¡Cuervo! —bramaban—. ¡CUERVO!

Miró hacia el palco del cónsul, provisto de columnas acanaladas y resguardado de los soles. El Senado de Tumba de Dioses estaba sentado en él, ancianos de ojos relucientes, togas blancas ribeteadas de púrpura. Lo rodeaba un pequeño ejército de Luminatii, con sus espadas de acero solar llameando en las manos. Vio una enorme silla, adornada en oro, peligrosamente parecida a lo que podría llamarse un trono. Pero la silla estaba vacía.

«Azgeda no está.»

El sonido de las trompetas devolvió la atención de Lexa a la arena. Wells y los demás se acercaban con cautela a ella, herrumbrosas espadas en mano. No se pretendía que aquellos combates fuesen justos, pero los antiguos Halcones de Titus seguían siendo gladiatii. Y aunque estaban apaleados, magullados y famélicos, eran siete, y Lexa solo una. Una espada oxidada aún podía cortar hasta el hueso si se blandía con la suficiente habilidad, y una lengua envenenada podía hacer cortes incluso más profundos.

—Vaya —dijo Despiertaolas, deteniéndose a seis metros—. ¿Os envían a vos a descargar el hacha, mi dona? Es lo adecuado, supongo.

—Todopoderoso Aa —susurró Wells—. ¿Dónde tienes el corazón, Lexa?

—Lo enterraron junto a mi padre, Wells —replicó ella.

—Como siempre, haciendo lo que te sale del puto coño, traidora —escupió Cantahojas.

Lexa miró uno por uno a los siete, los rostros de personas que una vez la habían llamado amiga. La boca se le secó como el polvo. La piel se le inundó de sudor.

«Pronto, todo esto merecerá la pena.»

—Te explicaría por qué considero esa palabra un cumplido y no un insulto —dijo—, pero no creo que tengamos tiempo para un monólogo, Cantahojas.

Desenvainó su pesada espada y su afilada daga y saludó con ellas hacia el palco del cónsul.

—Venga, terminemos con esto.

Las trompetas barritaron, el público rugió y la dona Echo llegó a su asiento en los palcos de los sanguilas. Su magistrae la saludó con una sonrisa y alzó un parasol por encima de la cabeza de su ama para resguardarla de los ardientes ojos del Padre de la Luz. Echo miró los asientos que tenía alrededor y vio a Tácito, a Trajano, a Filipi y a los demás habituales de aquellos tinglados. Todos ellos rodeados por sus executi y sus asistentes, ataviados con los vivos colores de sus collegia, sus estandartes estampados en pendones a sus espaldas. Y en el palco que había justo a su izquierda, bajo un rugiente león dorado, vestido con una extravagante levita y metiéndose una uva entre los dientes…

—Padre —dijo, y saludó con la cabeza.

—Queridísima hija. —Leónidas sonrió y alzó la voz para hacerse oír sobre el murmullo de la multitud—. Se me alegra el corazón al verte.

—Y el mío —repuso ella, asintiendo—. Confío en que te haya llegado mi primer pago.

—Sí —dijo Leónidas—. Se recibió con gratitud, y debo confesar que también con no poca sorpresa.

—Descubrirás que estoy llena de sorpresas, padre —dijo ella, levantando también la voz—. Tu Exiliada podría confirmártelo, estoy segura, de no haberla decapitado mi Cuervo.

Los sanguilas que tenían alrededor sonrieron y murmuraron entre ellos, actualizando la puntuación en sus marcadores mentales. Pero Leónidas tan solo dio un bufido y se metió otra uva en la boca.

—No creíamos que nos honraras con tu presencia para la ejecución.

—Lamento decepcionarte.

—A estas alturas, ya estoy acostumbrado, querida. —Suspiró—. Pero justo estaba comentando a Filipi que no estoy seguro de que la vergüenza fuese a impedirme a mí asomar la cara, si fuesen a ejecutar a la mayor parte de mi collegium por rebelión.

—Pero ¿te queda vergüenza, padre? —preguntó Echo—. La creía enterrada junto con la mujer que mataste a golpes.

Los ánimos a su alrededor decayeron de golpe, y los sanguilas cruzaron miradas incómodas. El rostro de Leónidas se oscureció y la magistrae puso una mano en el brazo de Echo para contenerla.

—Vais demasiado lejos, domina —le susurró—. ¿Es sabio insultarlo de ese modo?

Echo miró a Anthea y la lenta arruga que había plantado Cuervo en su celda regresó a su frente. Pero un repique de trompetas atrajo sus ojos a la arena, y Echo se descubrió escrutando los preliminares a través del espantoso brillo. Cuervo y sus gladiatii traidores estaban cruzando palabras envenenadas, pero solo alcanzaba a oír fragmentos. Sabía que era un riesgo sacar a su campeona para ocuparse de una escoria traidora. Pero necesitaba demasiado el dinero como para permitir que otro sanguila empuñara el hacha. Cuervo era de las mejores que había visto sobre la arena, y los traidores estaban apaleados y famélicos hasta la extenuación. Con la gracia de Aa, aun así Cuervo participaría con Furiano en el Magni, aun así le traería la gloria y el dinero que Echo con tanto desespero necesitaba.

Ansiaba.

Las trompetas sonaron de nuevo, dio inicio el combate y Cuervo se movió rauda como el ave de la que tomaba el nombre. Tenía que reducir deprisa la proporción, deshacerse de los halcones más débiles antes de que la abrumaran por puro número. Y en efecto, la chica se lanzó derecha a por Félix, se metió bajo el amplio tajo que trazó el gladiatii y se coló en su guardia. Saltaba a la vista que el cautiverio había afectado al hombre, que tardó en reaccionar, y con la velocidad que la había convertido en campeona del collegium, Cuervo le hundió la daga en su peto de cuero y en el corazón que esperaba al otro lado. La muchedumbre rugió mientras Félix se agarraba el pecho atravesado y caía a la arena con una fuente de brillante sangre roja. Cuervo se movió como un borrón, lanzó con la bota un puñado de arena a la cara de Despiertaolas y se abalanzó contra Bryn. La vaaniana quizá fuese una daimón con el arco, pero no se la veía tan prodigiosa con la espada. Cuervo desvió su golpe con un fuerte revés de su pesado gladius y le hizo un pequeño corte en el muslo. Mientras Bryn gritaba y se tambaleaba, Cuervo giró para quedar detrás de ella y le clavó hasta la empuñadura su hoja ascendente por debajo del espaldar. Sangre. Brotando de la herida. Reluciendo en el acero de Cuervo. Reflejada en los ojos de la multitud. Rugieron mientras la vaaniana caía hacia delante en un charco de escarlata y Despiertaolas bramaba y corría hacia Cuervo como un loco. Descargó su hoja herrumbrosa en un aterrador tajo desde encima de la cabeza, que silbó al surcar el aire. Pero las semanas de hambruna en la bodega del Sabueso de Gloria le habían debilitado las piernas. Quedó un poco desequilibrado y tardó en recuperarse, y un golpe rápido lo dejó de rodillas, con las manos en el pecho y la sangre acumulándose entre sus dedos.

—¡No!

Cantahojas se lanzó a la carga y el público se emocionó al ver que hacía un corte poco profundo en el brazo de Cuervo. Wells atacó desde un lado, Carnicero y Albano por detrás, pero Cuervo rodó al otro lado y se levantó de nuevo con una velocidad sorprendente. Su daga destelló y Carnicero dio un grito y cayó dejando una estela roja, mientras Cantahojas caía frenética sobre Cuervo. La chica dio una voltereta hacia atrás y arrojó un puñado de arena a los ojos de la mujer. Se levantó rauda y detuvo la hoja de Wells con la suya, aunque las piernas estuvieron a punto de flaquearle bajo la fuerza del hombre más grande. Pero mientras todos los hombres de las gradas se encogían por simpatía, Cuervo hundió la rodilla en los cojones de Wells y lo derribó a la arena con un agudo gemido. El contraataque de Cuervo danzó más allá de la guardia de Albano y su daga se hincó hasta el puño bajo el brazo del hombre, liberando una catarata de escarlata. Cantahojas parpadeó para quitarse el polvo de los ojos y atacó de nuevo, pero Cuervo se dobló hacia atrás y el tajo pasó cerca de su barbilla. Las largas rastas de sal de la dweymeri bulleron al continuar su andanada de ataques, que enviaron volando por los aires el gladius de Cuervo. Armada solo con su daga, Cuervo se revolvió y dio un puñetazo a la mujer en la cara con su mano libre, se agachó bajo otro tajo y asió una de las largas rastas de Cantahojas. Giró para desequilibrar a la dweymeri y tiró de ella hacia atrás, hacia su hoja. El público aulló encantado mientras Cantahojas caía de rodillas, mientras brotaba sangre de su peto atravesado hasta su abdomen, mientras se derrumbaba en la arena. Solo quedaba Wells. El hombre estaba doblado por la mitad, agarrándose las joyas de la corona. Cuervo avanzó en su dirección, despiadada, mientras el hombre trataba de apartarla. Wells estaba chillando, pero los dos estaban tan lejos que Echo solo captó unas pocas palabras.

—… traidor… padre… no…

¿Y Cuervo?

Cuervo no abrió la boca.

En vez de eso, fintó a un lado y le hizo un tajo en la muñeca que envió su espada rodando al suelo. Le barrió las piernas del suelo y lo dejó de rodillas. Y mientras la plebe rugía, se situó a su espalda, con la melena ondeando detrás de ella, y hundió la daga más allá de la gorguera de su peto, hasta la columna vertebral. El rostro de Wells se crispó de agonía y un chorro de rutilante escarlata salió disparado de la herida. Cayó hacia delante, extendiendo rojo por la arena mientras la multitud vociferaba, extasiada.

Echo vio que Wells movía los labios.

¿Una oración susurrada, tal vez?

¿Una maldición para la chica que había acabado con él?

Y entonces, sus ojos se cerraron por última vez.

Echo se quedó muy quieta, mirando a Cuervo con los ojos entornados.

Mirando la hoja manchada de sangre que tenía en la mano.

Aquella lenta arruga ganó profundidad en su frente.

Los sanguila que la rodeaban prorrumpieron en un educado aplauso. Tácito la miró y le dedicó un asentimiento de aprobación por la destreza de su campeona. Echo desvió los ojos hacia su padre, pero no le atrapó la mirada. Leónidas estaba concentrado en la sanguinolenta chica escuchimizada que había en la arena. La chica que había derrotado a su Exiliada. La chica que acababa de asesinar a siete gladiatii y apenas se había llevado un rasguño. Su ceño estaba oscuro. Sus ojos, entrecerrados. Se volvió hacia su executus, Tito, y le susurró algo al oído.

Echo arrugó más la frente.

—¡Ciudadanos de Itreya! —exclamó el editorii—. ¡Vuestra vencedora!

Cuervo recogió su gladius caído, señaló con la punta ensangrentada la silla vacía del cónsul y luego la alzó hacia el cielo. Iba envuelta en negro acero. Alas de halcón en los hombros, una capa de plumas rojas en la espalda. Mientras recorría el borde de la arena, se llevaron los cadáveres de los gladiatii asesinados por un rastrillo. La cara de una diosa cubría la suya, y solo sus ojos eran visibles a través de la visera del yelmo.

Nadie pudo ver si sollozaba.

«Ya falta poco.»