Capítulo 34. Magni

A Lexa se la habían llevado de la arena después del combate de ejecución directa a una gran celda de preparación, todavía empapada de sangre. Le vendaron la herida, le dieron una ración de agua y le dijeron que esperara. Aunque tenía la boca seca como el hueso, en vez de beber, desperdició el agua intentando quitarse el rojo de las manos temblorosas. Cuando llegó al final del vaso, seguía teniendo los dedos pegajosos. Vio pasar correteando a un grupo de sacerdotes del hierro, y a guardias que iban llevando a gladiatii a la celda previa de pocos en pocos. Reconoció a algunos del palazzo del gobernador Mesala. Ragnar de Vaan, campeón de collegium de Tácito; Comemundos, campeón de las Espadas de Filipi. Pero al poco tiempo ya había docenas, y luego centenares de gladiatii por toda la cámara, cubiertos de cuero y acero. El calor era sofocante y el sudor goteaba de las paredes. Circulaban asistentes con cubos y cucharones de agua, que los guerreros bebían con avidez, pero Lexa solo pidió más agua para sus manos. Para limpiarse frotando las manchas de la ejecución, negándose a mirar su reflejo en el charquito rojo que había a sus pies. Oyó los mekkenismos chirriando bajo sus pies, una máquina colosal y siempre hambrienta de sangre. Intentó no pensar en Cantahojas, Bryn, Despiertaolas y los demás. Habían escogido sus destinos. Los habían escrito en rojo. No podía permitirse dedicarles ni un solo pensamiento. Sus competiciones habían concluido, y la mayor que debía afrontar Lexa la tenía delante. Aún podía oír las palabras con que se había despedido Wells, tendido bocabajo en la arena.

Con los ojos fijos en los de ella.

Tan tenues que nadie salvo ella pudo oírlas.

«Buena suerte, Lexa», había susurrado.

Aún tenía las manos pegajosas.

—… estamos contigo…

—… SIEMPRE ESTAREMOS CONTIGO…

—Has luchado bien.

Lexa no miró hacia arriba. No le hacía falta para saber quién se había acercado a ella. La náusea de su estómago se lo había revelado. La lujuria y el hambre, el dolor del anhelo. La sombra de Lexa se movió, acercándose muy poco a poco a la de él como el hierro a la calamita. Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga para responder:

—He luchado contra siete presos medio muertos de hambre que apenas podían sostener las espadas.

—Tal es el precio de la rebelión en Itreya —replicó el Invicto.

—Eso dicen.

—No estaba seguro de… cómo me sentiría al verte. También eran mis hermanos y hermanas. Cuando han caído bajo tus hojas… —Furiano suspiró—. Apenas podía creerlo. Me imagino que esperaba alguna treta. Algún ardid, una jugada, o un indulto en el último minuto.

—¿Jugada? —Lexa negó con la cabeza, perpleja—. ¿Por qué todo el mundo sigue comportándose como si esto fuese un puto juego?

—¡Gladiatii! —gritó un guardia—. ¡Atención!

Los ojos de los guerreros congregados se volvieron hacia el rastrillo de hierro. Lexa vio a tres editorii silueteados contra el fulgor de fuera. El más mayor de los tres dio un paso adelante y contempló a los gladiatii. Llevaba trenzada la oscura barba y tenía los ojos disparejos, uno castaño y el otro verde. Tenía una pitón tigrina rodeándole el cuello.

—Gladiatii de los collegia de Itreya —dijo—. Todos vosotros y vuestros amos os habéis ganado, por el derecho de juicio por combate, un puesto en la arena del Venatus Magni. Está a punto de desplegarse el mayor espectáculo del calendario itreyano, y lucharéis y moriréis por la gloria de la república ante una multitud adoradora. Aquellos que caigan seguirán pasando a la leyenda. Y aquel de entre vosotros que siga en pie al final del Magni recibirá la libertad de la mismísima Mano de Dios.

»Este Magni será una batalla campal. Todos los guerreros empezarán el combate desplegados en la arena. Se os entregarán brazaletes de colores, para señalar las lealtades iniciales. Los gladiatii de cada collegium empezarán agrupados juntos, aunque no tenéis ninguna obligación de ceñiros a esas lealtades a lo largo del enfrentamiento. No lo olvidéis: todos deben caer para que uno pueda alzarse. —El hombre dejó que sus palabras pendieran un momento en el aire, duras y frías como el hierro.

»Cuando este rastrillo se abra —prosiguió al poco—, dirigíos a vuestra posición de inicio designada, y esperad las instrucciones del gran editorii. Que Aa os bendiga y os guarde, y que Tsana guíe vuestra mano.

Lexa enfundó sus hojas y siguió tratando de limpiarse el rojo de los dedos. Mientras los guardias pasaban entre ellos para repartir tiras de tela roja, azul, dorada y blanca, pudo sentirlo. El miedo. Creciendo en los corazones y las mentes de los guerreros que tenía alrededor, calando en la piedra y flotando denso en el aire. Todos ellos estaban mirando a la muerte a los ojos, y todos sabían que solo uno iba a sobrevivir. Algunos paseaban de un lado a otro, dándose golpes en el pecho y murmurando entre dientes. Otros estaban quietos y callados, batallando contra sus miedos en silencio. Otros miraban a sus camaradas buscando un último momento de solaz, sabiendo que todas las lealtades se derrumbarían antes de que las trompetas anunciaran el final.

Ya faltaba poco.

Un guardia se abrió paso por la celda abarrotada y ató una tira de tela en el brazo de Furiano para indicar su bando. Exigió a Lexa que se levantara y le ató otra tela en torno al bíceps. Las dos eran rojas como las manchas que no había conseguido limpiarse. Sonaron las trompetas y el suelo atronó bajo sus pies. La llamada del editorii resonó por todo el estadio y la multitud rugió en respuesta.

—¡Ciudadanos de Itreya! ¡Honorables Administratii! ¡Senadores y nacidos de la médula! ¡Bienvenidos al Venatus Magni de Tumba de Dioses! Procedentes de los mejores collegia de la república, ¡os presentamos a los guerreros más poderosos bajo los tres soles! Lucharán ante vuestros ojos maravillados para bañarse en sangre y gloria en honor a Aquel que Todo lo Ve, el todopoderoso Aa. ¡Os presentamos a los Dracos de Trajano!

El rastrillo subió a tirones y el primer grupo de gladiatii salió con paso firme a la arena, escoltado por un pelotón de legionarios itreyanos. Habría unos doscientos cincuenta luchadores apiñados en las celdas previas, demasiados para mencionarlos uno por uno. Estaban haciendo salir a los establos en masa: los Lobos de Tácito, las Espadas de Filipi, los Leones de Leónidas, marchando uno tras otro hacia los gritos de bienvenida de la multitud. A medida que cada collegium ocupaba su posición en la arena, los apostadores de las gradas iban identificando a los favoritos y a los honorables campeones y el volumen del griterío no hacía más que crecer.

—¡Los Halcones de Titus! —exclamó el editorii.

—Así empieza —susurró Furiano.

—Y así termina —replicó Lexa.

Salió a la luz cegadora con el Invicto a su lado. El público vitoreó, algunos a la Salvadora de Vigilatormenta («¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!») y otros al Campeón de Talia («¡Inviiicto!»). Mientras los dos ocupaban sus puestos entre otros que llevaban brazales rojos, la voz del editorii resonó en el aire.

—¡Ciudadanos de Itreya, por favor, poneos en pie!

El público entero se levantó mientras sonaba una fanfarria de trompetas que puso la piel de gallina a Lexa.

—¡Han pasado siete años desde que los traicioneros Coronadores intentaron poner nuestra gloriosa república de rodillas! ¡Siete años de beneficiosa paz, siete años de razón y prosperidad, siete años de justicia y luz!

El corazón de Lexa se aceleró, y notó la boca repentinamente seca. Sabía lo que llegaba, quién llegaba. Habían pasado siete años desde que ese hombre había destruido su mundo, de pie sobre el cadalso de su padre como un buitre sobre un túmulo. Siete años de promesas ensangrentadas, de asesinato y acero, de dudas y plegarias. Furiano la miró y su sombra titiló mientras la de Lexa se alargaba y fluía, extendiendo unos negros zarcillos hacia los senadores, hacia los Luminatii, hacia…

—¡Vuestro salvador! ¡Vuestro cónsul, Roan Azgeda!

Fue como un puñetazo en el estómago verlo. Después de todo ese tiempo, había pensado que quizá la sensación se habría embotado. Pero el dolor fue como una puñalada en el pecho que la hizo tambalearse, y su sombra se onduló y bulló a pesar de los tres soles que ardían en el cielo. Era alto, guapo hasta decir basta, de pelo negro que había adquirido unas tenues franjas de gris. Llevaba una larga toga de vivo púrpura y un laurel dorado en la frente. Cuando sonreía, daba la impresión de que los soles brillaban más, y el público rugió encandilado. A su lado había una mujer hermosa, de cabello oscuro y ojos verdes, ataviada en rica seda y joyas de oro. Tenía en brazos a un niño de seis o siete años, que tenía el pelo oscuro de su madre y los ojos negros sin fondo de su padre. Tenía el emblema de la Legión Luminatii bordado en el pecho, pero no llevaba Trinidad al cuello. Azgeda rodeó a su esposa con un brazo y extendió los tres dedos del símbolo de Aa. El público imitó el gesto, cien mil personas alzando las manos y aclamando su nombre. Lexa notó la mandíbula tan apretada que le dolieron los dientes. Contuvo el aliento porque, sencillamente, le hacía demasiado daño respirar. Verlo allí, sonriendo con su familia, con la indiferencia con que había enviado a la de ella bajo tierra…

Rodeado por aquel mar de Luminatii, de hierro y acero solar, Azgeda se adelantó hasta un púlpito que había en el palco del cónsul.

—¡Pueblo mío! —exclamó, y sus palabras reverberaron en aquel océano humano—. ¡Compatriotas míos! ¡Amigos míos! ¡En la más sagrada de las festividades, nos reunimos bajo los ojos de Aquel que Todo lo Ve en esta, la más grandiosa república que el mundo ha conocido jamás!

El cónsul dejó de hablar cuando estalló un aplauso enardecido.

—Amigos míos, vivimos tiempos difíciles. Cuando anuncié mi intención de

cumplir un cuarto período como cónsul, me asaltaba la duda. Pero los

continuados ataques contra nuestros magistrados, nuestros Administratii e

incluso los hijos de nuestros nobles senadores al otro lado del mar me han

convencido de que la amenaza a nuestra gloriosa república todavía no ha

cesado. Y no tengo intención de abandonar a Itreya, ni a vosotros, en un

momento de tal necesidad.

Azgeda subió la voz mientras la multitud estallaba.

—¡Debemos mantenernos juntos! ¡Y con vuestro apoyo, lograremos mantenernos juntos! Yo mismo, mi amada esposa Liviana, mi hijo Lucio… —Azgeda tuvo que detenerse cuando los vítores ahogaron su voz—. Mi familia entera agradece a las vuestras, amigos, que os mantengáis vigilantes, que os mantengáis valerosos, pero, sobre todo, ¡que os mantengáis fieles! ¡A Dios y a nosotros!

Los ojos de Lexa estaban clavados en Azgeda, ardiendo de odio. Sus dedos se acercaron por iniciativa propia a la daga de hueso de tumba que llevaba oculta bajo el hierro que le cubría la muñeca. La daga de hueso de tumba que Anya Wood había apretado una vez contra el cuello de Azgeda, el giro en que el cónsul arrebató a Lexa su mundo.

«Paciencia.»

Los dedos de Lexa se apartaron de la daga. Notó el sabor de la sangre en la boca.

«Paciencia.»

Azgeda sonrió radiante a la adoración del público, haciéndose pasar por humilde, por agradecido. Extendió los brazos hacia su esposa, se subió a su hijo Lucio a hombros y alzó de nuevo sus tres dedos en señal de bendición. Lexa vio que el niño se inclinaba y susurraba algo al oído de su padre.

—Mi hijo dice que siempre hablo demasiado. —Azgeda sonrió y entre la multitud se extendieron las risas—. Me recuerda que estamos aquí para algo. Así pues, ¿queréis que empecemos?

El público rugió como un solo ser.

—Amigos míos, os lo estoy preguntando: ¿queréis que empecemos?

Un solo y estridente vítor, que se elevó hasta el cielo.

—Cedo la palabra a nuestro estimado sumo cardenal y mi buen amigo Thelonious Jaha, para que nos guíe en la oración.

Todos los ojos se volvieron hacia la clerecía de Aa en sus asientos pegados a la arena. El sumo cardenal Jaha estaba de pie en otro púlpito, con sus ojos oscuros fijos en Azgeda, chispeando de velada malicia mientras hacía una profunda inclinación. Habló hacia un cuerno mekkénico y su voz resonó por todo el estadio, densa como el caramelo, dulce y oscura.

—Os lo agradezco, glorioso cónsul —dijo inclinándose de nuevo—. Que Aa siempre os tenga en su Luz. Que vuestro reinado sea largo y fructífero.

La sonrisa de Azgeda se afiló mientras se inclinaba a su vez.

—Estimados ciudadanos, por favor, agachad las cabezas —pidió Jaha.

El estadio entero quedó en silencio, que resonó en el aire y en el viento.

—Todopoderoso Aa, Padre de la Luz, creador de todo, en esta tu fiesta más sagrada, te agradecemos tu amor, tu protección y las muchas bendiciones que nos concedes. Permanece siempre vigilante de nuestros corazones y bendice a quienes hoy mueren aquí por la gloria de nuestra república.

»En tu nombre, esta es nuestra plegaria.

El público respondió como un solo ente.

—En tu nombre, esta es nuestra plegaria.

Jaha separó los brazos y una sonrisa le iluminó los ojos.

—¡Que dé comienzo el Venatus Magni!

El público bramó, pateó y se desgañitó mientras Jaha regresaba a su rebaño de cardenales y obispos, ufano como un novio tras su nuncanoche de bodas. La mirada de Lexa regresó a Azgeda, que volvía a tomar asiento sin apartar de Jaha sus ojos oscuros. Esos dos se estaban vigilando como un par de víboras disputándose el cadáver de un solo ratón. Pero el hijo de Azgeda le susurró algo al oído y el cónsul de pronto estalló en carcajadas, brillantes y sonoras. Su esposa se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Azgeda había apartado la mirada de Jaha y estaba sonriendo a su familia.

Lexa sintió que le temblaban las piernas.

No merecían ser tan felices. No era justo que Azgeda tuviera esposa e hijo cuando a ella la había dejado sin nada. Que Jaha se hiciera pasar por justo y hablara de amor cuando a ella le había destrozado el mundo entero. Lexa miró a los gladiatii que la rodeaban, cada uno un obstáculo, cada espada un estorbo, cada cuello una piedra que pisar hacia los corazones de aquellos hijos de puta.

—Puedo sentirlo —siseó Furiano—. Tu odio…

Lexa parpadeó y miró al hombre que tenía al lado. Furiano la estaba contemplando con una combinación de horror, miedo, pena. El Invicto bajó la mirada a la sombra que había bajo los pies de Lexa.

—Por el todopoderoso Aa, ¿qué te hicieron?

—¡Ciudadanos de Itreya! —llegó la voz—. ¡Contemplad vuestro campo de batalla!

La muchedumbre cesó el fragor mientras un impresionante y trémulo chirrido recorría el estadio entero. Los cuatro grupos de gladiatii, rojo, blanco, oro y azul, estaban situados en extremos opuestos de la elipse de la arena, apiñados en hordas de unos sesenta individuos. Bajo la mirada de Lexa, el suelo de delante se separó y la arena empezó a caer en cascada a las entrañas mekkénicas del estadio. El público estaba de pie, estirando el cuello para ver mejor mientras cuatro formas inmensas ascendían desde debajo del suelo. Tenían quince metros de largo, cascos de pesada madera de jabí, bestias fantásticas talladas en sus proas y docenas de remos relucientes asomando de los flancos.

—Eso son galeras de guerra —murmuró un anonadado gladiatii.

—Pero… —dijo otro—. Pero…

—¡Gladiatii, atención! —ladró el centurión, señalando las escaleras de cuerda que pendían de la borda de su barco—. ¡Subid todos! ¡Ya! ¡Moveos!

Lexa obedeció de inmediato, y Furiano la siguió sin cuestionárselo, ascendiendo por las escalas hasta la cubierta del barco. Otros treparon tras ellos, pero quedaron gladiatii en el suelo, mirando al centurión con evidente desconcierto.

—¿Barcos? —preguntó uno—. ¡Por el todopoderoso Aa, si estamos en la puta arena!

El suelo retumbó otra vez y sonaron las trompetas.

—Yo en vuestro lugar haría lo que os he ordenado —dijo el centurión.

El legionario dio media vuelta y, acompañado del resto de su pelotón, cruzaron la arena a paso ligero. Algunos gladiatii empezaron a subir a las galeras y otros miraron alrededor, estupefactos. Lexa oyó chirriar otro mekkenismo, el quejido del metal sometido a presión. Unos grandes y pesados postigos de hierro cayeron sobre las celdas que rodeaban la arena y unos tubos circulares con rejilla se elevaron desde las profundidades. Y mientras el público miraba asombrado, las rejas se sacudieron y, con una última y hueca tos metálica, empezaron a escupir agua que se elevó por los aires. La plebe suspiró y vitoreó cuando la arremolinada brisa empujó el vapor de agua y llevó un misericordioso frescor al calor opresivo del estadio. Pero a los pocos momentos, los suspiros se tornaron rugidos de placer cuando el agua empezó a fluir con más fuerza, más alta, anegando el suelo del campo de batalla y trazando espirales en torno a los barcos. Tardó poco en alcanzar los quince centímetros de altura. Los veinte. Los treinta, ascendiendo por las espinillas de los gladiatii en una inundación imparable.

—Es agua salada —dijo uno.

Un león de Leónidas se asomó por la borda y gritó a viva voz:

—¡Esto es una batalla naval, gilipollas! ¡Subid, subid!

Los gladiatii que quedaban se decidieron a obedecer, corrieron a las escaleras de cuerda y se apresuraron a trepar. Lexa estaba en la proa, viendo cómo el agua se removía y golpeaba contra el casco del barco. Tres metros de profundidad y seguía ascendiendo. El barco se zarandeó en su andamio de madera al empezar a flotar. Gracias a la exploración previa de Clarke, Lexa tenía cierta idea de lo que la esperaba en la arena, pero no era ni por asomo lo mismo que estar en el centro de la acción. La joven meneó la cabeza, sobrecogida por el poder del que se estaba haciendo gala. Por el ingenio. Por la puta soberbia. En vez de enviar a sus ciudadanos al océano, la gran República de Itreya había llevado el océano a sus ciudadanos.

—¡Ciudadanos de Itreya! —exclamó el gran editorii—. ¡El Senado y el Monasterio del Hierro se enorgullecen de presentaros… la Batalla de Muro del Mar!

El agua ya alcanzaba los cuatro metros y medio y seguía ascendiendo. En el centro de la arena se alzó un gran pedestal con un fuerte de piedra encima, que cabía suponer que representaba las fortificaciones de la poderosa Muro del Mar. Lexa alcanzó a ver unas catapultas mekkénicas en las almenas de los muros, cargadas con brea ardiente. Y al bajar la mirada a los remolinos de agua, vio decenas de formas oscuras que rondaban en círculos alrededor de su casco. Furiano miró por encima de la borda, entrecerrando los ojos para distinguir las sombras serpenteantes.

—¿Eso son…?

La multitud rugió cuando quebró la superficie una de esas siluetas, toda hocico plano y negros ojos muertos y fila tras fila de dientes afilados. Sus casi cinco metros de largo hendieron el agua con su inmensa cola bifurcada antes de desaparecer en las profundidades.

—Dracos de tormenta —susurró el Invicto.

Lexa negó con la cabeza. Catapultas delante. Barcos enemigos alrededor. Monstruos debajo. Y al mirar los emblemas de los petos y los escudos de los gladiatii que tenían alrededor, cayó en la cuenta de que Furiano y ella estaban rodeados de Leones de Leónidas. Por lo menos había una docena, todos corpulentos como casas y duros como el hierro que protegía su pecho.

—Vaya —musitó Lexa—, qué acogedor.

—Enemigos por todas partes —susurró Furiano.

—Por lo menos, mi vida es consistente.

—Si al final quedamos tú y yo…

—Lo sé.

—Pero ¿y hasta entonces? —Furiano miró las hojas que llevaba Lexa en las manos, todavía manchadas con la sangre de quienes la habían llamado amiga—. Tuviste el suficiente sentido del deber para proteger el collegium y enviar a la tumba a quienes lo traicionaron. Confío en que quizá me equivocara al juzgarte. En que hayas aprendido algo sobre el honor y las maneras del gladiatii. ¿Tendré que preocuparme de que me claves tu hoja por la espalda?

Lexa lo miró de soslayo mientras el agua seguía creciendo.

—Esto solo puede terminar de una forma —dijo—, y los dos lo sabemos. Pero iré a por ti de frente. Eso al menos puedo prometértelo.

El Invicto asintió y empuñó su hoja con más fuerza.

—Que así sea. Sanguii e Gloria.

Lexa negó con la cabeza.

—La gloria puedes quedártela, Furiano. —Llevó su mirada a la silla del cónsul—. Yo solo estoy aquí por la sangre.

Abajo, en las profundidades del estadio, Gustus terminó de cargar la carretilla, izando el pesado balde con una mueca. Lo cierto era que estaba demasiado mayor para aquellas tonterías. La puta artritis estaba volviendo a darle problemas, y pasearse por allí abajo vestido con harapos durante los dos últimos giros tampoco ayudaba en nada a que le mejorara el herpes.

—La próxima vez me disfrazaré yo de guardia —gruñó.

Clarke puso los ojos en blanco.

—¿Quién abismos va a creerse que tú eres un guardia, cabrón vejestorio quejica?

La chica estaba semioculta junto a la puerta de la antecámara, vigilando el pasillo de fuera. Seguía llevando su armadura robada, el peto de cuero negro y la faldilla, y un yelmo empenachado para cubrirse la cara. Gustus oía al público rugir sobre sus cabezas, y el estómago se le llenó de hielo y mariposas al comprender que había empezado el Magni. Aunque mantenía pétreo el rostro, la hija de Griffin parecía compartir su preocupación. Elevó los ojos hacia la arena y suspiró.

—Tendría que estar ahí arriba —dijo con un hilo de voz.

—Esto es importante para ella —replicó Gustus.

—En cualquier caso, todo este plan es una puta locura.

Gustus suspiró.

—No sé si te has fijado hasta ahora, chica, pero Lexa Wood y la locura van tan juntas como los cigarrillos y el humo.

Clarke sonrió.

—Ah, sí, me había fijado.

El obispo de Tumba de Dioses se reunió con ella en la puerta y asomó la cabeza al pasillo.

—Sé que no es el momento ni el lugar —murmuró—, pero quiero que sepas que, si le haces daño, no habrá bajo los soles lugar en el que puedas esconderte donde no te encuentre.

Clarke enarcó una ceja y miró al anciano de arriba abajo.

—¿Sabes? En realidad eres muy mono, para ser un cabrón vejestorio quejica.

—Anda, vete a la mierda —gruñó Gustus.

—Me parece buen plan. ¿Nos movemos?

—Sí. Pero, como tanto disfrutas recalcando, ando algo entrado en años.

—¿Y qué?

—Que vas a llevar tú la puta carretilla.

Con los aplausos resonando en la piedra del techo, Clarke empujó la carretilla y los dos se internaron en la oscuridad.

El público atronó mientras sonaban las trompetas, hasta el último hombre, mujer y niño de pie. Tras cinco giros de matanzas, cinco giros de abrasadora luz de los soles, cinco giros de cegador espectáculo, por fin había llegado el Venatus Magni. Echo vio que las catapultas del fuerte de Muro del Mar arrojaban sus barriles de brea en llamas. Los primeros disparos fueron solo de advertencia, y trazaron arcos en el aire antes de hundirse en el agua con feroces siseos. Pero la amenaza de la inmolación bastó para desatar una barahúnda entre los gladiatii, y el caos se apoderó de las cubiertas al estallar breves reyertas por el mando en cada barco.

Ragnar de Vaan se hizo enseguida con el liderazgo del barco dorado, y el gentío se emocionó al verlo acabar con el fugaz motín de otro lobo de Tácito atravesando el cuello del hombre con su espada y lanzándolo por la borda de un puntapié. El agua se volvió de un rojo espumoso cuando al menos cuatro dracos de tormenta descuartizaron al hombre entre chillidos. Rugiendo órdenes a los remeros, Ragnar tomó el timón y dirigió su barco hacia la fortaleza.

Comemundos, de las Espadas de Filipi, asumió el mando del barco azul al poco tiempo, y su tripulación también puso rumbo a las fortificaciones. La cubierta del barco blanco se había convertido en una confusión absoluta, con los Dracos de Trajano luchando por el dominio con gladiatii de otros tres collegia. La muchedumbre rugió cuando el navío se convirtió en un matadero y la sangre empezó a manchar el casco.

Mirando hacia los rojos, Echo vio que su galera también avanzaba, con los Sangralcones de Artímedes al timón. Vio a Cuervo y a Furiano en la popa, con las espadas desenvainadas mientras su barco se aproximaba al fuerte. Pero también vio a más de una docena de Leones de Leónidas desplegándose a sus espaldas. No contentos con esperar a que llegaran a la fortaleza, los gladiatii de Leónidas tenían toda la intención de acabar con las esperanzas de victoria de Echo en aquel mismo instante.

La dona miró a su padre y descubrió que él también la estaba mirando, con una sonrisa en los labios.

—Son solo negocios —susurró Leónidas.

—Vienen —murmuró Furiano.

—Lo sé —dijo Lexa.

—No mueras antes de que pueda matarte yo.

—Aquí no es donde voy a morir.

Los leones cargaron sin más ceremonia, Lexa y Furiano se volvieron para recibirlos y el acero chocó contra el acero. La multitud se enardeció por la repentina y sangrienta traición, y Lexa y Furiano se vieron obligados a retroceder por la cubierta hasta que sus espadas toparon con el mascarón de proa. Aunque estaban superados en número, habían elegido bien su campo de batalla: la proa era estrecha y actuaba como embudo para los leones, reduciendo su ventaja. Lexa intentó asir la sombra de los pies de un león que embestía, pero no fue capaz de retenerla con los tres soles llameando en el cielo. Se vio obligada a confiar en su velocidad, en los entrenamientos que había padecido de manos de Gustus, Solis y luego Arkades, en los giros, semanas, meses, que había pasado con algún tipo de arma de filo en las manos. En todo eso y en la pizca de desmayo que Clarke había mezclado con el agua de los gladiatii, por supuesto. No había sido una dosis potente, al menos no tanto como para que se quedaran dormidos. Pero sabía cómo se estaría sintiendo en aquellos momentos cualquiera que se hubiera tragado un cucharón, y por lo visto los leones que embestían contra ellos habían tenido bastante sed antes del combate. Lexa fintó a la izquierda y el león tropezó y maldijo mientras Lexa le abría un profundo corte en el muslo con su gladius. El gladiatii se abalanzó sobre ella, pero Lexa se echó a un lado y aporreó el escudo del león hasta arrancarle la espada de unos dedos torpes y enviarla repiqueteando sobre la cubierta. Furiano se movía como el agua, y su melena negra fluía a su espalda mientras obligaba a retroceder a los leones atacantes con su ancho escudo. Detuvo un tajo con su propia espada y el contraataque envió la espada fuera de la mano de su propietario, rodando hacia el agua. Las catapultas lanzaron otra andanada y la llama dejó una estela en el aire antes de alcanzar un costado de su barco. El barril estalló y una atronadora explosión ahogó las voces de la multitud. Cayeron hombres chillando desde la cubierta al agua, y los dientes de los dracos centellearon y rechinaron en la espuma roja. Ascendió un humo negro entre el baile de chispas, cargado del hedor del aceite y la carne al arder. Y Lexa alzó su espada y atacó de nuevo a su adversario. El hombre trastabilló, solo un poco ebrio por el desmayo, pero lo suficiente para otorgar una ventaja a Lexa. Un sibilante tajo de su gladius le abrió la garganta, al mismo tiempo que Furiano acababa con su propio enemigo de una rápida y letal estocada. A pesar de la matanza, a pesar del miedo, Lexa se notaba extasiada, la sangre bullendo, la piel erizada. Y al bajar la mirada a la cubierta, Lexa reparó en que su sombra se movía por sí misma, extendiéndose como melaza por la madera ensangrentada hacia la de Furiano. Y se dio cuenta de que la de Furiano también intentaba alcanzar la suya.

Como amantes separados.

Como un puzle buscando piezas perdidas de sí mismo.

Lexa sacudió la cabeza. Sin aliento. Deseosa. La cubierta a su alrededor había caído en el caos, con gladiatii volviéndose unos contra otros mientras los leones atacaban a Lexa y a Furiano y sus breves alianzas se desmoronaban. El acero tañó contra el acero, los gritos agónicos quebraron el aire y otro barril de brea ardiente explotó sobre sus cabezas e hizo llover fuego líquido en cubierta. Los leones estaban acosados por detrás y Furiano y Lexa luchaban por sus vidas contra la proa. Lexa vio que el barco dorado había llegado al fuerte y sus gladiatii estaban tomando el control de las catapultas mekkénicas. La galera blanca estaba incendiada casi por completo, y al barco azul poco le faltaba. Los azules se lanzaron a la carga con un feroz grito de guerra, treparon por las escaleras de cuerda y subieron a las almenas, donde chocaron de frente contra los dorados. Otro barril ígneo cayó sobre la galera roja, en esa ocasión a popa, inmolando a los gladiatii que manejaban el timón. Los remeros redoblaron sus estrepadas, desesperados por llegar a la fortaleza y escapar de aquel ataúd ardiente. Pero sin nadie que dirigiera la nave y con el timón en llamas, el barco pasó de largo por poco y la palamenta se hizo astillas contra el pedestal. La galera se sacudió, Furiano cayó de rodillas y Lexa se libró de imitarlo por un pelo.

—¡Vamos! —gritó Lexa, enfundando sus hojas.

Echó a correr hacia la borda, se apoyó de un salto en la regala y, con las manos extendidas, aferró una escala que pendía de las almenas y quedó colgando precaria sobre el agua. Furiano la siguió y llegó de un salto a la siguiente escalera de cuerda, imitado casi al instante por otros gladiatii. Un león dio un brinco desesperado y asió la escala por debajo de Furiano, para encontrarse con que la bota del Invicto lo enviaba al agua arremolinada chillando. Con los ojos escocidos por el humo, Lexa remontó la cuerda y coronó la muralla del fuerte, donde la recibió el espantoso olor del aceite ardiendo y los intestinos desgarrados, que estuvo a punto de abrumarla. La multitud cantaba y vitoreaba, fascinada por la matanza y el espectáculo. Lexa sintió que Furiano se izaba al adarve sin tener que volverse a mirarlo. Igual que cuando lucharon en el dormitorio del Invicto, sintió el tirón en su propia sombra mientras el hambre en su interior se inflaba como si tuviera vida propia. Y al mirar sus pies, vio que las sombras de los dos estaban completamente entrelazadas.

—¿Qué abismos pasa aquí? —resolló.

Leónidas escupió una negra maldición, de pie y vociferando. Era difícil distinguirlo a través de la mortaja de humo, pero parecía que al gran sanguila le quedaban muy pocos guerreros en la batalla. Echo vio que las galeras roja y blanca empezaban a hundirse, que sus remeros saltaban por la borda para arriesgarse con los dracos en vez de morir abrasados. El agua era una bullente sopa de espinas dorsales, colas bifurcadas y gemidos, y el público aullaba al ver tornarse rojo el diminuto océano. Echo miró a Cuervo con ojos entornados. Algo que no encajaba la reconcomía hasta la médula. Había algo en la chica… algo erróneo que no terminaba de identificar. Al verla moverse entre los leones, demostraba que era la campeona, tal y como Echo la había nombrado. Pero había algo en su forma de combatir. Daba tajos, reveses, puñetazos, patadas…

… pero nunca estocadas.

Echo se levantó y escrutó entre la neblina negra hasta encontrar a Cuervo luchando en las almenas junto a Furiano. Formaban un dúo devastador, derribando a todo aquel que se les ponía delante y avanzando poco a poco hasta el límite de la fortificación. Pero las sospechas de Echo no iban erradas. Incluso cuando se le presentaba una abertura para asestar una puñalada con su daga, Cuervo solo la estaba usando para desviar los ataques de sus adversarios. Había utilizado su hoja más pequeña con sanguinario desenfreno en el lance de ejecución, pero en cambio, en el Magni…

—Solo ataca con el gladius —susurró.

La magistrae se volvió hacia su ama.

—¿Domina?

Echo sintió una gelidez en la tripa. Recordó el giro en que había entregado a Cuervo su armadura y el gladius y la daga de negro acero liisiano a juego. Al ver la luz de los soles destellar en el arma plateada que Cuervo tenía en la mano, supo con horrible certeza que…

—Esa no es la daga que le regalé.

Clarke y Gustus recorrieron el subsuelo del estadio, por pasillos curvados y bajo arcos de piedra, siguiendo el rastro de pegajoso escarlata. Se cruzaron con patrullas de soldados, limpiadores y asistentes, pero casi todo aquel que tenía ojos estaba arriba, viendo el Magni. Les llegaban los sonidos de la batalla desatada sobre sus cabezas, las explosiones huecas y los aullidos de la multitud. Al final del pasillo vieron una puerta doble de madera y un par de legionarios a todas luces frustrados montando guardia, con la cabeza ladeada para oír mejor la carnicería de arriba. El más alto enderezó la espalda al ver acercarse a Gustus y estudió al anciano antes de fijar la mirada en Clarke.

—No ten…

Clarke se agachó y lanzó un pequeño orbe de cristal que rebotó en la piedra. Los guardias tuvieron el tiempo justo de ver el vydriaro antes de que les explotara en las narices y una nube de gas blanquecino llenara su extremo del pasillo. Clarke y Gustus esperaron por si llegaba alguien corriendo después de oír el estruendo, pero el griterío de la muchedumbre y la batalla en la arena parecían haber devorado sin más el estallido. Se ataron unos gruesos pañuelos en la cara y cruzaron las puertas para cerrarlas después de entrar. El humo se despejó y dejó a la vista y legible la placa tallada que había encima.

MORGUE.

Sangre en sus manos y en su lengua.

Sangre en sus armas y en sus ojos.

Lexa luchaba sobre el adarve, cuya piedra estaba resbaladiza por la sangre y las vísceras. Había nudos de gladiatii asestándose tajos y puñaladas entre ellos, acero tintineando contra acero, gritos de batalla flotando en el aire. Comemundos, campeón del collegium de Filipi, estaba empapado de la cabeza a los pies en rojo, blandiendo un poderoso azadón con las dos manos con el que aplastaba armaduras y escudos como si fuesen de papel. Ragnar, del collegium de Tácito, seguía en pie, aullando como un demente mientras se agachaba para agarrar por el hombro a un gladiatii que cargaba contra él y arrojarlo al agua. Era una carnicería espantosa de cuerpos amontonados, y quedarían quizá unos veinte gladiatii luchando donde había habido al principio casi trescientos. Lexa no había visto tanta sangre derramada en la vida. Furiano combatía a su lado, teñido hasta las axilas. Sus sombras estaban ya entrelazadas del todo, las cuatro, Lexa, Don Majo, Furiano y Eclipse, fundidas en la negrura bajo sus pies. Oía amortiguada a la multitud y veía sus hojas danzando por el aire casi como si tuvieran mentes propias. Pero lo más sorprendente era que podía oír a Furiano, el latido de su corazón, su aliento y, por debajo, más al fondo que la sangre y el humo y el apabullante rugido de la plebe ebria de violencia, cayó en la cuenta de que podía oír…

«No son sus pensamientos, sino...»

Su hambre. Su anhelo. Su recuerdo de Echo, teñido de pena y amargura. Su deseo por los laureles del vencedor, que resonaban en cada latido de su corazón. Por un instante, la sensación fue tan vívida, tan parte de sí misma, que se sintió tentada de soltar su espada y dejarse derrotar por él. Por su parte, Furiano también parecía sentirla a ella, y de vez en cuando amagaba vistazos al palco del cónsul, al sumo cardenal entre su cobarde rebaño, y entonces se le crispaba la mandíbula de odio.

—Todopoderoso Aa —susurró—. Serán hijos de puta…

Cada bocanada de aire ardía, los ojos de Lexa le picaban por el sudor y el pulso aporreaba por debajo de su piel. Su hoja cantaba en el aire, los brazos le dolían y, en algún punto lejano, tan tenue que era casi imperceptible, por debajo del rugido de la multitud, del rugido de las llamas, del rugido de aquellos tres soles que ardían cegadores en el cielo, la oyó.

La oscuridad.

Bajo el agua.

Bajo su piel.

Bajo la costra marmórea que recubría los huesos de la ciudad. Su sombra entreverada con la de Furiano, sangrando al interior de ella como el rojo que fluía por la piedra.

—… Lexa…

—¿Lo sientes? —susurró.

Furiano hundió su espada en otro pecho, con las manos resbaladizas de sangre.

—Te siento a ti —resolló él.

Giro y quiebro, finta y tajo, tiempo ralentizado.

—Nos siento a nosotros.

—… LEXA, ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?…

—No lo sé —susurró ella. Derribó a otro gladiatii, metiéndose bajo la curva de su tajo y seccionándole el tendón de la corva—. Que la Negra Madre me ayude, no lo sé.

Comemundos elevó su azadón y se abalanzó contra Lexa, dando fuertes zancadas en la piedra. Detrás de ella oyó a Ragnar y Furiano, enfrentados hoja contra hoja. Incluso con el desmayo en sus venas, aquellos hombres eran campeones, veteranos de una docena de matanzas, duros como el acero. Pero Lexa aún podía sentir a Furiano, sus sombras entremezcladas por completo, reptando por la piedra, bailando en la sangre. Era como si tuviera dos pares de ojos, dos corazones, dos mentes, el doble de fuerza, el doble de voluntad, el doble de furia. Comemundos descargó el azadón sobre su cabeza y Lexa sintió la mano de Furiano sobre la suya, guiando su réplica. Furiano atacó a Ragnar y sintió el agarre de Lexa en su hoja. Fundidos, sin límite, sin una sensación clara de dónde terminaba ella y dónde empezaba él. Allí, bajo aquellos soles ardientes, aunque solo fuera por un momento, el puzle parecía haber encontrado la pieza que le faltaba. El gladius de Lexa hendió la parte trasera de la rodilla de Comemundos, cercenando el tendón hasta el hueso. Furiano desarmó a Ragnar con un tajo raudo como el rayo, pero el vaaniano se lanzó contra el Invicto y cayeron los dos al suelo para darse zarpazos y puñetazos sobre la piedra resbaladiza de rojo. Cuando las manos de Ragnar se cerraron en torno al cuello de Furiano, Lexa notó la presión en su propia tráquea. Dio un respingo, ahogándose, y sintió el azadón de Comemundos estrellándose contra sus costillas. Tanto ella como Furiano dieron gritos de dolor. A Lexa se le cayó la daga, que tañó alegre mientras resbalaba por la piedra hasta detenerse al lado de Furiano y Ragnar. Las manos de Ragnar se estrecharon sobre la garganta de Furiano y Lexa tuvo dificultades para respirar. Comemundos tiró a la chica al suelo y le estampó el puño en la cabeza, haciendo que se le saliera el yelmo y volara su gladius. No podía respirar, no podía ver y la presa de Ragnar sobre Furiano la estaba ahogando. Mientras el público se desgañitaba, Furiano sacó un brazo sobre la piedra y sus dedos rozaron la empuñadura de la daga de Lexa. Comemundos golpeó la cabeza de Lexa contra el suelo, una vez, otra, otra, con la luz de los soles ardiendo en sus ojos. Los dedos de Furiano aferraron la daga de Lexa.

—Furiano —boqueó Lexa—. No te…

Con un grito desesperado, el Invicto echó atrás el puñal y lo clavó en el hueco entre el peto de Ragnar y su espaldar.

La multitud contuvo el aliento.

Furiano soltó un grito triunfal.

Y la hoja con resorte de Lexa se ocultó por completo en la empuñadura.

—Eh.

Wells sintió un ligero puntapié en el brazo. Su estómago se revolvió, pero el gladiatii mantuvo los ojos cerrados y contuvo el aliento. Otra patada de un pie particularmente huesudo.

—Aún te veo la marca de esclavo, cadáver. Menos mal que los que han bajado aquí vuestros cuerpos no se han molestado en quitaros los yelmos. Es hora de irse.

Wells abrió una mínima rendija en el párpado y vio a un anciano vestido con andrajosos harapos inclinado sobre él. Tenía los ojos brillantes, una mata de pelo canoso y un cigarrillo encendido en los labios.

—¿Eres… Gustus? —susurró.

—No, soy la amante del sumo cardenal. Venga, arriba.

Wells se incorporó en el suelo de la morgue, rodeado de centenares de muertos. Vio a una chica delgada con armadura de guardia inclinada sobre el «cadáver» de Despiertaolas, dándole unos golpecitos en el hombro.

—Y tú eres Clarke —susurró Wells.

—Encantada. —La chica asintió—. Y ahora en serio, levantaos de una vez, joder.

Cantahojas estaba poniéndose de pie y quitándose el yelmo, todavía cubierto de sangre. Con una mueca, Wells se quitó el suyo también, se echó mano a la nuca y sacó la vejiga pinchada de debajo del peto. Notaba la sangre de pollo en la espalda, coagulada en un pringue resbaladizo y grasiento.

—El balde está en la carretilla —dijo Gustus—. Lavaos y vestíos. Tenemos que salir antes de que termine el Magni. Y ya no faltará mucho.

Los Halcones del collegium de Titus se turnaron para frotarse la sangre tan bien como pudieron y vestirse con la ropa que les dieron. Armaduras de los porteros inconscientes y harapos para los demás. Wells se puso el yelmo de acero de un guardia y su peto de cuero y miró hacia la piedra del techo mientras la multitud rugía encantada.

—¿Cómo creéis que le va ahí arriba? —preguntó en voz baja.

Despiertaolas le dio una palmada en el hombro.

—Ten fe, hermano. Ha podido traernos hasta aquí.

—Con bastante ayuda tuya. —Bryn sonrió de oreja a oreja.

—Sí, pero ¿tenía que ser sangre de pollo? —Carnicero hizo una mueca—. Apesta.

Despiertaolas se encogió de hombros.

—Es como me enseñaron a hacerlo allá en el teatro.

Gustus torció el gesto y apagó su cigarrillo.

—Sé que la probabilidad de que los Administratii envíen un equipo a buscar a un puñado de gladiatii muertos es escasa, pero, si habéis terminado de charlar, tenemos una osada huida que emprender. —El anciano señaló la puerta—. Así que, cabrones, si no os importa…

—Mis disculpas —musitó Clarke—. Siempre se comporta así.

Wells enderezó su yelmo y cuadró los hombros. Seguido por sus camaradas, salió al pasillo. Las entrañas de la arena estaban prácticamente desiertas, todos los ojos puestos en el espectáculo que se desplegaba arriba. Recorrieron veloces los pasillos, Clarke abriendo el paso, hasta que llegaron a una pequeña entrada para sirvientes, cerrada con llave y atrancada. Clarke abrió la puerta y salieron a un pequeño callejón. Había dos guardias tumbados fuera, muertos o durmiendo, Wells no estaba seguro. Pero también vio un pequeño carro de mercader y a una bonita chica rubia sentada en el pescante. La joven los miró y sonrió.

—Esta es Belle —dijo Gustus—. Os llevará por el acueducto. Una esclavista llamada Bebelágrimas os está esperando en el continente.

—¿Esclavista? —gruñó Cantahojas.

—Le debe un favor a Lexa —dijo Clarke—. El favor más grande que existe. Tiene documentos que verifican que habéis comprado vuestra libertad. Y contactos con los Administratii para que os quiten las marcas de la cara. Venga, marchaos.

—Lexa… —empezó a decir Wells.

—Marchaos.

Bryn y los demás ya habían subido al carro. Despiertaolas cogió el brazo de Wells y lo aupó a la plataforma. La chica hizo chasquear las riendas y empezaron a moverse, traqueteando sobre los adoquines mientras recorrían las calles de Tumba de Dioses.

—Buenos caballos —dijo Bryn, señalando con la barbilla los animales que tiraban del carro.

—El semental negro se llama Ónice. —La chica sonrió—. La yegua blanca es Perla.

Wells subió al pescante junto a la chica, intentando darse un aire oficial con su uniforme. Pero descubrió que tenía las manos temblorosas, las rodillas débiles, que el suplicio lo había dejado desgastado. Después de semanas de hacer planes, de interpretar su papel, de rezar para que de algún modo les saliera bien, la adrenalina se estaba agriando en sus venas, dejándolo exhausto y…

—No te asustes —dijo la chica, apretándole la mano—. Todo irá bien.

Wells la miró de arriba abajo. Ojos grandes y oscuros. Apenas era más que una niña.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó con un bufido.

—Porque las voces de tu cabeza que te dicen lo contrario son el miedo hablando. Nunca hagas caso al miedo. —La chica sonrió y devolvió la mirada al camino despejado—. El miedo es un cobardica.

Lexa ahogó un grito cuando Comemundos volvió a estrellarle el cráneo contra la piedra, apretándole los ojos con los pulgares. Sacó su daga de hueso de tumba del brazal de su muñeca y la hundió bajo la barbilla del campeón, directa a su cerebro. Comemundos gorgoteó y cayó a un lado. Lexa rodó para levantarse, recogió su gladius y cargó almenar abajo, con los labios separados de los dientes en un rugido. Ragnar tenía las manos en torno al cuello de Furiano, y alzó la mirada mientras la chica lo derribaba. Levantó los brazos para detener su tajo, pero el desmayo seguía zumbando en sus venas y la hoja de acero liisiano que empuñaba Lexa le cercenó la muñeca, le partió el yelmo y le abrió la carne y el hueso de debajo. Lexa sacó la hoja de la cabeza de Ragnar y el cuerpo del campeón cayó hacia atrás dejando una estela de rojo. Furiano se quitó el cadáver de encima a patadas y se levantó. Aún tenía la daga con resorte de Lexa en la mano, y sus ojos oscuros ardieron hasta el interior de los de ella. El público aullaba, sediento de sangre. De los centenares de hombres y mujeres que habían salido a la arena, ya solo quedaban dos. Aunque no podían oír las palabras que los dos halcones pronunciaban en la lejanía por los gritos de sus compañeros y la sangre que palpitaba en sus venas, todos sabían que el combate acabaría pronto. Que aquellos dos fueran camaradas de un mismo collegium no suponía ninguna diferencia. Solo había una forma en la que podía terminar todo.

—¡Todos deben caer para que uno pueda alzarse! —llegó el grito.

Lexa y Furiano se miraron por encima de la matanza, sus sombras bullendo a sus pies. Si antes estaban entremezcladas, fundidas en un negro perfecto, habían pasado a enroscarse, retorcerse y lanzarse iracundos zarpazos mutuos.

—Ya veo —dijo Furiano con desdén, arrojando la falsa daga a los pies de Lexa—. Embustera hasta el final.

El público era un fragor lejano. El estadio un fondo emborronado, pálido y traslúcido. Lexa podía sentir la ciudad de Tumba de Dioses a su alrededor, hinchada bajo aquellos horribles soles. La sintió como algo vivo, percibió la rabia y el odio embebidos en sus huesos, como en aquella veroscuridad de hacía tanto tiempo, cuando fracasó en su intento de matar a Azgeda en la Basílica Grande. La sentía igual que se sentía a sí misma.

—Furiano… —empezó a decir.

—No has aprendido nada sobre el honor, ¿verdad? Creía que afirmabas no ser una heroína. Que si necesitaban ayuda, podían ayudarse a sí mismos.

—Y se han ayudado a sí mismos, Furiano —replicó Lexa—. Nos hemos ayudado unos a otros.

—¿Y por qué?

—Porque son mis amigos. Y porque no merecían morir.

—Pero morirán —escupió él—. Como los traidores que son. Cuando me nombren vencedor, lo primero que haré es contar tu treta a los editorii. Y todas tus mentiras no habrán servido para nada.

Se agachó y recogió una espada ensangrentada de entre la carnicería que los rodeaba.

—No puedes lavarte las manos con más sangre, Furiano —dijo Lexa.

—Yo me entrego a Aquel que Todo lo Ve.

—Furiano, ¿es que no lo sientes? ¡Mira nuestras sombras! ¡Escucha!

—No oigo nada —espetó él—. Salvo a la bruja a la que estoy a punto de matar.

—¡No!

El Invicto cargó sobre la piedra, con su sangrienta espada en el aire. El rugido de la multitud regresó con la fuerza de una ola a su alrededor, un maremoto ensordecedor que resonó en su cráneo. El tiempo redujo su marcha, segundo a segundo, la boca de Furiano abierta en un bramido, su hoja alzada al cielo.

Lexa no quería matarlo.

Pero no quería morir.

—… ¿Lexa?…

—¡Todos deben caer para que uno pueda alzarse! —llegó el grito.

—… ¡LEXA!…

«Todos deben caer para que uno pueda alzarse.»

De modo que se movió, gentiles amigos. Se movió como el viento. Como el rayo. Como las sombras. Entró por debajo del tajo que amenazaba su garganta y el acero silbó sin alcanzarle la piel. Las oscuridades que había debajo de ellos se lanzaron garrazos entre sí, negro tinta sobre la piedra ensangrentada, odio y hambre y algo parecido a la pena. El gato-sombra siseó y la lobasombra gruñó y la chica, la hoja, la gladiatii atacó, y la punta de su espada se clavó en el cuello del Invicto cuando pasaba a la carrera. Un chorro de rojo. Un respingo sin aliento. Lexa sintió dolor y se llevó la mano a la garganta, como si le hubieran propinado la estocada a ella. No había vejigas llenas de sangre de pollo. No había tretas. No había jugadas. La sangre de Furiano era tan real como la luz de los soles sobre la piel de Lexa. Furiano la miró con ojos desorbitados por la sorpresa. Se aferró el cuello y se volvió hacia el palco de los sanguilas para mirar a su domina. Lexa lo sintió todo. Remordimiento. Tristeza. Ordenó a Don Majo y Eclipse que se desplazaran por la piedra y, en el último aliento de Furiano, se llevaran su miedo.

Y con una última bocanada, el Invicto fue vencido.

Un martillazo en la columna vertebral de Lexa. Una acometida de sangre en las venas, la piel erizada, todas las terminaciones nerviosas en llamas. Cayó de rodillas, el cabello ondeó a su alrededor como si lo moviera una brisa fantasmal, su sombra se retorció en líneas enloquecidas y quebradas debajo de ella, Don Majo y Eclipse y un millar de otras formas garabateadas entre las formas que dibujó sobre la piedra. El hambre en su interior saciada, el anhelo esfumado, el vacío llenado de repente, con violencia. Una amputación. Un despertar. Una comunión, pintada de rojo y negro. Y con el rostro levantado hacia el cielo, por un momento, solo el tiempo que dura un suspiro, lo vio. No un campo infinito de azul cegador, sino de negrura insondable. Oscuro y pleno y perfecto.

Lleno de diminutas estrellas.

Pendiendo sobre ella de los cielos, Lexa vio un orbe de brillante y blanquecina luz. Casi como un sol, pero no rojo ni azul ni dorado ni ardiente con furioso calor. La esfera era de un blanco fantasmagórico, y la tenue luminiscencia que vertía proyectaba una larga sombra a sus pies.

«LOS MUCHOS FUERON UNO.»

—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!

«Y LO SERÁN DE NUEVO.»

Un chillido salió arrancado de sus pulmones, largo y agudo y cortante. El cielo se cerró de sopetón y el fulgor de los soles le llevó ardientes lágrimas a los ojos. Estaba de rodillas en la piedra ensangrentada, el estadio resonando, la multitud de pie, «¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!», una corriente arkímica danzando en su piel, elevándola en su oleada de euforia. Sangre en las manos. Sangre en la lengua.

Furiano muerto en el suelo ante ella.

Dejó caer la cabeza. Inhaló una sonora bocanada que hizo que le ardieran los pulmones. Llena y vacía al mismo tiempo. Triunfante. Tantos kilómetros, tantos años, tanto dolor, y lo había conseguido.

Había ganado.

Pero algo…

… algo era distinto.

Y al mirar hacia abajo, vio su sombra, ya calmada como un charco de aceite, acumulada en la piedra manchada de sangre que tenía debajo.

Lo bastante oscura para cuatro.