Capítulo 35. Se fue
Echo gritó con los demás, con el corazón en la garganta. Sintió algo entre la euforia y la agonía al ver a Furiano derrumbarse y a Cuervo caer de rodillas sobre su cadáver, triunfante. Cuervo lo había conseguido. Había ganado. La victoria era para el collegium de Titus. Todos los sueños de Echo, cumplidos. Todo su sacrificio, justificado. Pero la daga que Cuervo había usado durante el Venatus Magni no era la buena.
Lo que significaba que el lance de ejecución…
—Mi dona, ¿una copa?
Echo parpadeó y se volvió hacia un esclavo que se había materializado junto a ella. Era un anciano cargado con una bandeja de plata, copas y una botella de vino dorado de primerísima calidad. Era uno entre la docena de siervos que recorrían los palcos de los sanguilas, sirviendo bebidas frescas a los dueños de sangre que se habían levantado para dedicar a Echo un aplauso reticente. El Magni había estado muy disputado, pero había sido glorioso y era el momento de que quienes más provecho sacaban de ello honraran los juegos y a su vencedora con la tradicional y merecida copa. La marca circular del anciano parecía reciente, un poco demasiado oscura en su mejilla. Sus ojos azules titilaban como cuchillas, y había algo en él que incomodaba muchísimo a Echo. Miró la copa que le estaba ofreciendo y negó con la cabeza.
—No —murmuró—, gracias.
Echo devolvió la mirada al centro de la arena y vio a Cuervo de pie entre la masacre. La chica sostuvo en alto su gladius ensangrentado y el público estalló. Todos se pusieron de pie, desde los sacerdotes de la iglesia de Aa hasta la plebe, gradas y más gradas arriba hasta el palco del cónsul. El propio Azgeda estaba levantado, con su hijo a hombros, vitoreando a voz en grito.
¿Es que ninguno de ellos lo veía?
¿Acaso estaban todos ciegos?
—¿Mi dona? —preguntó de nuevo el anciano.
—He dicho que no —restalló Echo—. ¡No tengo sed! ¡Márchate!
—No os estoy sugiriendo que bebáis, mi dona —dijo él, poniéndole una copa en las manos.
La dona gruñó, dispuesta a reprender a aquel viejo idiota por su temeridad. Pero entonces reparó en la añada de la botella que llevaba. Vio un marbete que reconoció de su infancia, un recuerdo que tenía grabado a fuego en la mente. La botella aferrada en la mano de su padre, salpicada de rojo sangre mientras su madre chillaba.
—Albari —susurró—, del setenta y cuatro.
—Muy buen caldo —respondió el anciano.
—¡Fuera! —exclamó la magistrae—. ¡Antes de que te haga azotar por tu impertinencia!
El anciano se volvió hacia la magistrae y clavó en ella su gélida mirada azul. Puso la bandeja cargada en las manos de la mujer, que soltó un bufido, y metió la mano en su túnica para sacar un caro cigarrillo de clavo que se llevó a los labios.
—¿Sabéis? —gruñó—. Hay un lugar especial en el abismo reservado para quienes asesinan a niñas pequeñas.
El corazón de Echo dio un vuelco. Miró a Anthea y luego a su padre. Leónidas no era de los que desperdiciaban una buena añada, por lo que estaba alzando su copa de Albari del setenta y cuatro con los demás, sus brillantes ojos azules fijos en los de ella mientras sus colegas y él daban un buen sorbo. Quizá lo considerara una casualidad. Quizá le diera igual, sin más. Pero después de haberse bebido la copa, miró a su hija y le dedicó una sonrisa oscura. Echo miró la copa que le había dado el anciano. En el fondo había una fina tira de pergamino, con cuatro palabras escritas en tinta negra.
«Tanto como puedo agradecértelo.»
Debajo de las palabras, vio un bosquejo de un cuervo en pleno vuelo sobre dos espadas cruzadas.
El emblema de la familia Wood.
Echo miró a los ojos del anciano. Los suyos se ensancharon al comprender.
El hombre sacó un yesquero, encendió su cigarrillo y le dio una profunda calada.
—Si te interesa, encontrarás a Arkades en Puentenegro —dijo el hombre—. Yo que tú no volvería a Nido del Cuervo, si valoras ese bonito cuello. Te lo van a arrebatar todo. Tu casa. Tu collegium. Tus riquezas. Y tendrás que dejar atrás tu apellido. Pero conservarás la vida si sales por patas ahora mismo. Es todo lo que ella está dispuesta a dejarte, me temo.
El anciano miró ceñudo a Anthea, dio media vuelta y se marchó, subiendo por los palcos de los sanguilas para luego bajar la escalera. Echo observó de nuevo a su padre y se volvió hacia su magistrae. El perfume de una pira funeraria en sus fosas nasales. El eco de la voz de Lexa en su mente.
«Busca entre los más cercanos a ti...»
—Tengo que ir al cuarto de baño —dijo—. No me encuentro bien.
—Pero domina —objetó la magistrae—, ¿y vuestros honores? Van a entreg…
—Será solo un momento. Espérame aquí.
La magistrae frunció el ceño pero hizo una profunda inclinación.
—Vuestro susurro, mi voluntad.
Echo hizo un gesto de asentimiento a sus guardias, se recogió el vestido y empezó a remontar la escalera. Se detuvo y se volvió de nuevo hacia su magistrae.
—Ah, y… ¿Anthea? —Señaló con la barbilla la bandeja que la mujer tenía en las manos—. Sírvete una copa mientras tanto.
—Sí, domina. —La mujer seguía con el ceño fruncido—. Gracias, domina.
—De nada —respondió Echo, volviendo a girarse—. Creo que te la has ganado.
«Paciencia.»
Lexa estaba de pie en el pedestal, firme como la piedra que la rodeaba. El recuerdo de aquel único orbe de suave brillo en los cielos indeleble en su mente. Aquella voz resonando en su cráneo. A pesar de los tres soles que ardían por encima, notaba más fuerte su dominio sobre la oscuridad desde que Furiano había muerto. Más profundo, de algún modo más rico, la sombra a sus pies titilando, revolviéndose, sangrando por las losas hacia…
«Azgeda. Jaha.»
—… YA VIENEN…
—… siempre tan observadora…
Lexa los vio, acercándose por el borde de la arena. El público que los rodeaba abriéndose como un mar ante la oleada de Luminatii que los precedía. Lexa oyó gemir un mekkenismo y las aguas infestadas de dracos se revolvieron cuando un enorme pasaje abovedado de piedra se elevó desde el suelo del estadio. Derramando agua de mar por los lados, terminó por encajar en su sitio, componiendo un amplio puente desde el borde de la arena hasta el pedestal del centro. Azgeda se quedó de pie a un lado, con su hijo a hombros, alzando tres dedos para bendecir a la ferviente multitud.
—… trae al chico…
—… ¿Y? A ÉL NO LE TEMBLÓ LA MANO A LA HORA DE ASESINAR AL PADRE DE LEXA DELANTE DE ELLA…
—… siempre tan sanguinaria, querida chucha…
—… APRÉSTATE, MININO. ES EL MOMENTO DE QUE EL PEQUEÑO LUCIO APRENDA LAS DURAS REALIDADES DE LA VIDA…
Lexa fijó la mirada en Azgeda con su ostentosa túnica púrpura, en Jaha tras él vestido con su ropa de cardenal rojo sangre. Mientras los observaba, media docena de asistentes cogieron el báculo de manos del cardenal y lo despojaron de sus vestimentas. Por debajo, el gran hombre sagrado llevaba solo ropa hecha con tela de saco, e iba descalzo. Se quitó los anillos, los brazaletes dorados y, por último, la bendecida Trinidad de Aa que llevaba al cuello.
Se quedó desnudo.
El hombre más sagrado de la república. La Mano de Dios en persona reducida a un mendigo, como había hecho el Padre de la Luz en la antigua parábola, cuando concedió al esclavo generoso su libertad. Y pronto, la campeona del Magni conocería esa misma libertad, otorgada por la voz de Aquel que Todo lo Ve en esta tierra. Pero antes llegaron los Luminatii y toda una bandada de trabajadores del estadio. Cruzaron el puente de piedra, por encima de los saciados y gordos dracos de tormenta que surcaban las aguas. Una centuria entera de soldados, con armaduras de hueso de tumba y sus hojas de acero solar encendidas en llamas sagradas. Al llegar a la fortificación, los Luminatii rodearon a Lexa y los asistentes se pusieron a trabajar, tirando los cuerpos de los gladiatii masacrados desde las almenas a las aguas revueltas. Lexa dedicó una mirada al cuerpo de Furiano, lo vio rebotar y caer salpicando al azul, y el negro a sus pies se estremeció. Un centurión Luminatii se plantó delante de Lexa y extendió la mano sin hablar, con una mirada a su gladius manchado de sangre. Lexa le entregó el arma sin parpadear. Mientras el público entonaba cánticos y vítores, los asistentes se apresuraron a limpiar la sangre, recoger las armas y arrojarlas al agua con los cuerpos de sus propietarios, antes de escabullirse de vuelta por el puente. Lexa quedó rodeada de Luminatii por todas partes, cien, siendo ella una sola.
—Arrodíllate, esclava —ordenó el centurión.
Lexa obedeció, apretando las rodillas y los nudillos contra la piedra, con la cabeza gacha. Había vuelto a esconder su daga de hueso de tumba en la muñeca, debajo del brazal de cuero. Sonaron las trompetas. La procesión dio inicio, encabezada por Jaha, sus anchos hombros cuadrados, su barba erizada, tres dedos alzados mientras cruzaba el puente rodeado de más legionarios. Acto seguido pasó Azgeda, saludando con la mano al jubiloso público, con su hijo subido a hombros sosteniendo los laureles dorados para la vencedora. Lexa mantuvo la cabeza agachada, pero miró furibunda a través de las pestañas al cardenal que se aproximaba y a los Luminatii que se separaban para dejarlo pasar. Jaha se detuvo delante de ella y la miró con una agradable sonrisa. Habían pasado años desde que la viera por última vez. En ese tiempo, Lexa se había ganado un rostro nuevo y cicatrices también nuevas. Pero al mirarlo a los ojos, buscó alguna señal de reconocimiento. Algún ápice de comprensión sobre a quién tenía arrodillada delante de él. Algún reconocimiento de todo lo que había hecho.
Nada.
«Ni siquiera me conoce.»
Más Luminatii, Azgeda caminando por detrás, con parsimonia. Saludando con su hijo a la muchedumbre. Y cuando su séquito y él se fueron acercando, por encima de las tozudas mariposas que no dejaban de revolotear en su estómago, Lexa la sintió. Una sensación a la que ya se había acostumbrado.
Hambre.
Ansia.
El anhelo de un puzle buscando una pieza de sí mismo.
«Por los dientes de las Fauces...»
Sus ojos se abrieron del todo. Su boca se quedó seca como las cenizas.
«Alguien de aquí es tenebro.»
Buscó entre los soldados, pero no sintió ni un asomo de hambre. Con el corazón alborotado, miró a Jaha, pero no, sería imposible. Lo había visto sostener una Trinidad bendecida en la mano y, si fuera tenebro, los signos santificados de Aa lo repelerían, igual que a ella.
«Oh, Negra Madre.»
¿Azgeda?
Le dio un vuelco el estómago. Se le desorbitaron los ojos. Pero de nuevo, lo había visto durante la veroscuridad en la que había atacado la Basílica Grande. Allí, entre los bancos de la casa sagrada de Aa, sin sufrir ningún efecto nocivo estando rodeado de los fieles del Padre de la Luz y sus símbolos bendecidos. Pero…
«Oh, Negra Madre. El chico...»
El hijo de Azgeda.
Lo miró y descubrió que él también la miraba, con el ceño arrugado por la confusión. Tenía el cabello y los ojos oscuros, igual que ella. Y mientras se le caía el alma a los pies, en el rostro del niño, en la línea de las mejillas, o quizá en la forma de los labios, vio…
—Luminus Invicta, hereje —dijo Titus, alzando la espada sobre la cabeza de Lexa—. Daré recuerdos a tu hermano.
… lo vio.
—Tienes lo que te pertenece —dijo Anya—. Tu victoria hueca. Tu adorada república. Espero que te mantenga calentito en la nuncanoche.
El cónsul Roan bajó la mirada hacia Lexa, con una sonrisa oscura como un cardenal.
—¿Quieres saber qué me mantiene calentito de noche, pequeña?
«No...»
Lexa parpadeó en la penumbra. Sus ojos buscaron en la celda.
—Madre, ¿dónde está Aden?
La dona Wood vocalizó palabras sin forma. Se arañó la piel, hundió las manos en su pelo enmarañado. Apretó los dientes y cerró los ojos mientras caían lágrimas por sus mejillas.
—Se fue —dijo en voz baja—. Con su padre. Se fue.
No «murió».
Solo «se fue».
Con su…
… no.
«Oh, madre, por favor, no...»
—Padre —llamó el chico que iba a hombros de Azgeda.
—¿Sí, hijo mío? —dijo el cónsul.
El chico entornó sus ojos negros como la tinta. Mirando a los ojos de Lexa.
—Tengo hambre.
Lexa apartó la mirada hacia la piedra. El corazón le atronaba en el pecho, a pesar de los esfuerzos de Don Majo y Eclipse. El pulso se le aceleró bajo la piel. La idea era demasiado repulsiva para creerla, demasiado espantosa, demasiado horripilante, pero al mirar de nuevo la cara del chico lo vio. La forma de los ojos de su madre. La curva de sus labios. Los recuerdos del bebé con el que había jugado de niña, seis años y una vida entera antes, volvieron en tromba a su mente y amenazaron con desbordarse de su garganta con un chillido.
«Aden. Oh, dulce y pequeño Aden. Mi hermano vive.»
Pensamientos raudos. Corazón martilleando. Sudor ardiente. Lexa cerró las manos en puños y apretó los nudillos contra la piedra mientras el cardenal Jaha se acercaba por delante de ella y extendía los brazos a los lados, con el rostro alzado hacia el cielo.
«Paciencia.»
—¡Padre de la Luz! —invocó Jaha—. ¡Creador del fuego, el agua, la tormenta y la tierra! ¡Te suplicamos que des testimonio de esta, tu fiesta sagrada! ¡Por derecho de combate y por el juicio de tus ojos que todo lo ven, nombramos a esta esclava una mujer libre y te rogamos que le concedas el honor de tu gracia! ¡Levántate y pronuncia tu nombre, niña, para que todos conozcan a su vencedora!
«Paciencia.»
—¡Cuervo! —rugió la multitud—. ¡CUERVO!
El nombre resonó en las paredes del estadio.
Reverberación.
Exhortación.
Bendición.
—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!
La chica se levantó despacio hasta alzarse como una montaña bajo aquellos soles ardientes.
—Me llamo Lexa —dijo en voz baja. Su mano a la hoja de hueso de tumba que llevaba en la muñeca—. Lexa Wood.
Jaha puso los ojos como platos. El ceño de Azgeda se arrugó. La hoja silbó al llegar y se abrió paso a través de la garganta del cardenal, de oreja a ensangrentada oreja. Jaha trastabilló hacia atrás mientras manaba un oscuro chorro de sangre de la herida, sus dedos sobre la carótida y la yugular seccionadas. La sangre salpicó a Lexa en la cara, densa y roja, cálida en sus labios mientras se movía, mientras los Luminatii se movían, mientras todo a su alrededor se movía. La muchedumbre bramó horrorizada. El cardenal se desplomó en la piedra. Los Luminatii estallaron en gritos y alzaron sus espadas. Y la chica. La hoja. La gladiatii. La hija de una casa asesinada, la hija de una rebelión fallida, la vencedora de la mejor diversión sangrienta que la república había visto jamás… cargó.
Directa hacia Roan Azgeda.
El miedo empañó los atractivos rasgos del cónsul, sus ojos oscuros se abrieron de terror. Los Luminatii avanzaron para interceptarla, pero ella era rápida como las sombras, afilada como las cuchillas, dura como el acero. Azgeda gritó y levantó de sus hombros al niño, en cuyos ojos se leía el miedo. Y mientras a Lexa se le revolvía el estómago, el cónsul sostuvo a su hijo como un escudo y, cobarde entre cobardes, lo arrojó a la cara de Lexa. Lexa dio una voz y extendió una mano mientras los brazos del niño rodaban en su vuelo. El mundo se ralentizó, los soles le castigaron la espalda, el calor del acero solar se propagó por su piel. Atrapó al chico, lo asió con fuerza usando la mano libre y se lo llevó al pecho. Y elevándose de puntillas, rodó como una bailarina, con la melena oscura ondeando, con el brazo extendido en un rutilante arco.
Perfección.
Su daga se hundió en el pecho de Azgeda, enterrada hasta la empuñadura. El cónsul dio un respingo, con los ojos como platos. El rostro de Lexa se retorció, la cicatriz le tiró de la mejilla, el odio fue un ácido en sus venas. Todos los kilómetros, todos los años, todo el dolor cobró forma en los músculos de sus brazos, fibrosos y tensados cuando tiró de su hoja hacia un lado, partiendo las costillas de Azgeda y partiéndole el corazón por la mitad. Dejó su hoja de hueso de tumba temblando en el pecho del cónsul y vio al cuervo del puño sonriendo con sus ojos ambarinos mientras de la herida emergía una fuente de oscura sangre. Y con el chico aferrado al pecho, rodando aún como la poesía, como un cuadro, giró hacia atrás, saltó las almenas.
Y cayó.
En los giros venideros, los siguientes momentos serían el tema de incontables relatos de taberna, debates alrededor de una tardera y peleas de bar por toda la ciudad de Tumba de Dioses. La confusión se debía a varias razones. Para empezar, más o menos en ese momento, la magistrae, Leónidas, Tácito, Filipi y prácticamente todos los demás sanguilas y executi de los palcos próximos a la arena empezaron a vomitar sangre por el vino dorado envenenado que habían bebido, lo que supuso una distracción considerable. El pedestal estaba a una buena distancia incluso de los asientos más próximos, por lo que a gran parte del público le costaba ver bien. Y por último, y lo más importante de todo, el sumo cardenal y el cónsul acababan de ser brutalmente asesinados por la campeona del Venatus Magni, lo que dejó algo aturdido hasta al último miembro de la multitud. Habría quienes dijeran que la chica se precipitó, con el chico en brazos, a la boca de un draco de tormenta hambriento. Otros afirmarían que cayó al agua pero evitó a los dracos, y que logró escapar a través de los tubos que habían llevado el océano al suelo del estadio. Y habría otros, a la mayoría de los cuales nadie haría caso por locos y borrachos, que jurarían por Aquel que Todo lo Ve y todas sus Cuatro Hijas Sagradas que aquella chica escuchimizada, aquel daimón vestido de cuero y acero que acababa de asesinar a los dos máximos representantes de la república, simplemente desapareció. Un instante estaba cayendo al agua en la larga sombra de las almenas y, al siguiente, se esfumó sin dejar rastro. El estadio era un tumulto de furia, desaliento, terror. Los dueños de sangre se derrumbaron en sus asientos o cayeron a la piedra, Leónidas y la magistrae muertos entre ellos, todos los establos de gladiatii de la república decapitados con un solo tajo. Jaha yacía en el adarve, su cara blanca y desangrada, su garganta abierta hasta el hueso. Y al lado del sumo cardenal, con la túnica púrpura manchada de oscura sangre salida del corazón, estaba tendido el salvador de la república. Roan Azgeda, el senador del pueblo, el hombre que había derrotado a los Coronadores y había rescatado Itreya de la calamidad, había muerto asesinado.
