Capítulo 36. Tumba de dioses
Clarke recorrió a hurtadillas la Ciudad de los Puentes y los Huesos como un cuchillo a través del pecho de un cónsul. Los sonidos del pánico eran cada vez más intensos en el estadio que iba dejando atrás, y el corazón de la joven cantó alegre mientras las catedrales de toda la ciudad empezaban a tocar a difuntos.
—Negra Madre, lo ha hecho. —Se mordió el labio y contuvo una sonrisa feroz—. Lo ha hecho.
Clarke apretó el paso, cruzando canales y las serpenteantes calles del distrito de los nacidos de la médula. Los tres soles refulgían en el cielo y el implacable calor la empapaba de sudor. Debería haberse detenido para recobrar el aliento, pero lo cierto era que no tenía tiempo para respirar. Por cómo sonaba la confusión del lejano estadio, la noticia de la muerte de Azgeda se estaba extendiendo por la ciudad como un incendio. La Iglesia Roja no tardaría en saber que sus queridos clientes estaban muertos, y toda la furia de los discípulos de Nuestra Señora del Bendito Asesinato llovería sobre sus cabezas. Tenía que reunirse con Gustus en la necrópolis, y luego con Lexa en el puerto. Desde allí, podrían escabullirse al azul, rumbo a donde ninguna hoja ni miembro del Sacerdocio pudiera encontrarlos. Y entonces, podría descansar. Respirar. Dejarse caer en los brazos de Lexa y nunca, jamás, volver a soltarla. Clarke llegó a la sombra de las Costillas y cruzó un amplio puente de mármol hacia el Brazo de la Espada. El aire se iba inundando poco a poco del repicar de las campanas, de los gritos aterrados que resonaban por toda la ciudad a sus espaldas. Un chico se cruzó con ella, corriendo con los ojos muy abiertos, agitando su gorro y gritando con voz aguda:
—¡El cónsul y el cardenal han muerto!
—¡Asesina! —llegó otro grito lejano—. ¡Asesina!
Fue hasta la verja de hierro forjado que rodeaba los hogares de los muertos de Tumba de Dioses. Después de pasar entre los altos portones, Clarke se dirigió a una puerta tallada con un relieve de cráneos humanos y descendió a las húmedas sombras de la necrópolis. Rápida y sigilosa, recorrió los retorcidos túneles de fémures y costillas hasta llegar a la tumba de algún senador olvidado mucho tiempo atrás. Tiró de una pequeña palanca para revelar una puerta oculta en una pila de huesos polvorientos y, por último, llegó a los pasillos de la capilla de la Iglesia Roja.
Oscuros.
Silenciosos.
Seguros por fin.
Corrió hasta el sobrio dormitorio de Lexa y cogió un pequeño morral de cuero y la adorada espada larga de hueso de tumba de Lexa. Los ojos del cuervo en la empuñadura brillaron rojos en la escasa luz y Clarke dedicó una mirada a la cama vacía, las paredes vacías, la oscuridad vacía. Dio media vuelta y corrió de nuevo por el pasillo hasta el despacho de Gustus.
—¿Estás preparado par…?
El corazón de Clarke se le paró en el pecho. Sentada a la mesa de Gustus, con los dedos en cuña bajo la barbilla, había una anciana de pelo canoso y ensortijado. Parecía una abuelita amable, y sus ojos titilaron al recorrer el cuerpo de Clarke con la mirada. Aunque estaba sentada en la silla del obispo, no habría quedado fuera de lugar frente a una alegre chimenea, con nietos subidos a las rodillas y una taza de té al lado.
—Reverenda madre Abby —susurró Clarke.
—No, no, mi joven dona Griffin —dijo la anciana—. No soy reverenda madre desde que tu traición provocó el asesinato de mi señor Kane. Ahora soy la Señora de las Hojas.
Clarke miró por toda la estancia. Había otras cuatro siluetas en la penumbra; el Sacerdocio entero de la Iglesia Roja la estaba esperando. Aalea, con su mirada negra como la muerte y sus labios rojos como la sangre. Mataarañas la miraba con furia enfundada en un traje verde esmeralda. Ratonero, con sus ojos de anciano y su sonrisa de joven. Y por último, Solis, su mirada ciega elevada hacia el techo pero fulminándola con ella igualmente. Clarke apretó con más fuerza la espada de hueso de tumba de Lexa.
—¿Dónde está Gustus? —preguntó en tono imperioso.
—El obispo de Tumba de Dioses ya ha regresado al Monte Apacible —dijo Solis.
—Ha plantado cara —añadió Ratonero—. Hemos tenido que hacerle daño, me temo.
Mataarañas miró a Clarke con sus ojos negros y relucientes.
—Hay algunos entre nosotros que deseamos con toda el alma que pueda decirse lo mismo de ti, niña.
—Por favor, siéntate.
Abby señaló la silla que tenía delante.
—¿O qué? —replicó Clarke, cada vez más furiosa—. No puedes matarme como mataste a mi padre, vieja zorra. El mapa lo tengo marcado en la piel. Si muero, se perderá para siempre.
—Por favor, sentaos, dona Griffin —dijo una voz.
Salió un hombre del dormitorio de Gustus, y la tripa de Clarke se llenó de frío hielo. Era alto, guapo hasta decir basta, de pelo negro con unas tenues franjas de gris. Llevaba una larga toga de vivo púrpura y un laurel dorado en la frente.
—No —susurró Clarke.
—Si te quisiéramos muerta, lo estarías desde hace mucho tiempo —dijo el cónsul Azgeda—. Así que, por favor, siéntate antes de que nos veamos obligados a recurrir a… métodos desagradables.
—Estás muerto —dijo Clarke en voz baja—. Te he visto morir.
—No —repuso Azgeda—. Aunque reconozco que el parecido era impresionante.
Los ojos de Clarke se ensancharon al comprender.
—La tejedora —susurró—. Octavia. Puso tu cara en otra persona.
—Siempre fuiste de las listas, Clarke —afirmó Aalea con una sonrisa.
—Confío en que nos perdonarás la teatralidad —dijo el cónsul Azgeda—, pero estos subterfugios son necesarios para un hombre que tiene tantos enemigos como yo.
Clarke estudió sus rostros, con la mente funcionando a toda velocidad.
«Lo sabían. Lo sabían desde el puto principio. Pero ¿por qué nos han permitido…? A menos que quisieran que...»
Como un puzle al que no le faltara ninguna pieza más.
Todas ellas en su sitio.
—Querías muerto al cardenal Jaha —susurró—, pero no podías limitarte a encargar a la iglesia que lo matara. Estaba protegido por la Promesa Roja. Solo una hoja tendría la destreza suficiente para darle fin… pero debía ser una hoja dispuesta a traicionar al Sacerdocio. Así, la reputación de la Iglesia Roja quedaría intacta y tú tendrías muerto a tu enemigo.
—Y cuando me revele milagrosamente vivo a los devotos ciudadanos de Tumba de Dioses…
—Te serán incluso más devotos.
—Y no les quedará la menor duda del peligro continuado que afronta nuestra república.
—Lo que te valdrá un cuarto período como cónsul.
—No, qué va —dijo Azgeda con una amplia sonrisa—. Ese laurel ya lo tengo comprado. Pero ¿el brutal asesinato de un sumo cardenal, ante la capital entera, en la festividad más sagrada de Aa? Repetid conmigo, joven dona Griffin. Poderes. De emergencia. Perpetuos.
Los labios de Clarke se curvaron de desprecio.
«Menudo ego tiene, el muy mamón.»
La chica tiró su morral de cuero con un desdén casi distraído, se dejó caer en la silla indicada y subió los pies a la mesa de Gustus, justo delante de la cara de Abby. La anciana torció el gesto, pero la hoja de hueso de tumba de Lexa aún estaba en la mano de Clarke y sus dedos repicaron contra la empuñadura.
—Lo tienes todo previsto, ¿eh? —preguntó al cónsul.
—Lo suficiente.
—¿Menos la parte en la que Lexa te robaba a tu hijo?
La sonrisa se marchitó poco a poco en los labios de Azgeda.
—Eso ha sido… desafortunado —dijo el cónsul mientras un músculo se le crispaba en la mandíbula—. No se debería haber permitido que el chico acompañara a mi doble para la entrega. Mi esposa… no puede tener hijos, ¿sabes? Así que lo consiente, quizá demasiado. —Los labios de Azgeda retomaron una sonrisa, leve y mortífera—. Pero no importa. Tengo al amado maestro. Y ahora tengo a la amada. Y por muy fría que sea, no creo que ni siquiera mi hija vaya a hacer daño a su propio hermano.
El suelo se abrió a los pies de Clarke.
—¿Tu hija?
Clarke sintió movimiento detrás de ella. Una mirada rápida le reveló a un chico delgado y pálido con unos impresionantes ojos azules, de pie en el umbral de la cámara, vestido con un jubón de oscuro terciopelo. Estaba callado como siempre, pero el cuchillo que llevaba en las manos parecía lo bastante afilado para cortar en seis la luz de los soles. La última vez que Clarke lo había visto estaba encadenado por los Luminatii, por culpa de su traición. Apostaría a que era de los que sabían guardar rencor.
—¿Qué tal, Chss? —saludó Clarke.
Vio a más personas detrás de él, ceñudas, iracundas, todas ellas hojas, sin duda.
—Es hora de irnos, Clarke —dijo Abby.
—No, por favor —gimoteó Clarke—. ¿No puedo quedarme un poco más a escuchar cómo se regodea el cónsul? No sabéis lo mucho que me gusta oír a este capullo contarme que ha pensado en todo.
—¿No estáis de acuerdo, dona Griffin? —Azgeda sonrió.
—Me temo que no puedo estarlo, cónsul Azgeda. —Clarke le devolvió la sonrisa—. Porque a alguien que piensa en todo podría habérsele ocurrido mirar en mi morral antes de que lo soltara. Y alguien a quien no le guste tanto oír su propia puta voz quizá habría oído la mecha de la bomba de lápida que hay dentro.
Abby puso los ojos como platos. Clarke se arrojó a un lado mientras su morral explotaba con un estruendo ensordecedor. Solis salió despedido al otro lado del despacho y se estrelló contra la pared. La bola de fuego arkímico alcanzó al Sacerdocio. Chss atravesó la puerta de la cámara con el jubón en llamas y las otras hojas volaron por los aires como paja. Clarke se levantó y corrió, sus orejas sangrando, su ropa humeando, su cabeza dando vueltas por el impacto. Con la espada de hueso de tumba de Lexa en la mano, cruzó a la carrera la necrópolis, perseguida de cerca por al menos tres hojas de la iglesia. Apretó el paso por el retorcido laberinto, llegó a los niveles superiores y, cuando salió al cementerio, notó el calor de los tres soles en la espalda. Tenía que llegar al puerto, tenía que…
La daga la alcanzó en la parte de atrás del muslo y raspó hueso. Clarke chilló, tropezó y se desgarró las palmas de las manos y las rodillas al dar contra el suelo. Con los dientes apretados, rodó y se arrancó la daga. Se levantó con dificultades y vio que cuatro hojas de la iglesia se cernían sobre ella. Silenciosos y adustos, sus ojos oscuros endurecidos como el pedernal. Asesino uno, asesinos todos. Cada uno de ellos una tormenta, sin perdón alguno que suplicar a la que estaban a punto de ahogar.
Clarke alzó la hoja de hueso de tumba de Lexa.
Miró uno por uno a los asesinos y compuso una sonrisa oscura.
—Imagino que os han ordenado cogerme viva. —Ensanchó la sonrisa—. Mis disculpas por adelantado.
—Sí —dijo la mujer que los dirigía—. Nosotros también lo sentimos.
Clarke parpadeó. Se le emborronó la visión. El mundo le dio vueltas. Miró la sangre en sus dedos temblorosos, la que caía de su muslo herido y la daga que se le había clavado, y por fin reparó en la decoloración del acero.
«Veneno.»
—Supongo que tendría que habérmelo esperado —murmuró.
La abrumó una sensación gélida, oscura y hueca. Se le erizó la piel ensangrentada. Los soles ardían en lo alto del firmamento, pero allí, en la necrópolis, las sombras eran oscuras, casi negras. Una forma se alzó detrás de las hojas, encapuchada y envuelta en una capa, con sendas espadas de lo que solo podía ser hueso de tumba en ambas manos. Trazó con una de ellas un arco hacia el asesino más cercano y casi le separó la cabeza de los hombros. Las demás hojas se volvieron rápidas como moscas y levantaron sus aceros, pero la silueta se movió como el relámpago y dio uno, dos, tres tajos. Y casi en menos tiempo del que a Clarke le costó parpadear, las cuatro hojas estaban muertas y sangrando en el suelo.
—Por los dientes de las Fauces —susurró Clarke.
No era humano. Eso al menos resultaba evidente. Sí, tenía forma de hombre bajo aquella capa, alto y de espalda ancha. Pero sus manos… Por el abismo y la sangre, las manos cerradas en torno a las empuñaduras de sus espadas eran negras. Tenebrosas y traslúcidas, con los dedos enroscados sobre las armas como serpientes. Clarke no podía verle la cara, pero desde las profundidades de su capucha se retorcían y culebreaban negros tentáculos, que mantenían baja la tela sobre sus rasgos. Y aunque era la veroluz y abrasaban tres soles en el cielo, su aliento pendía en nubes blancas al salir de sus labios y provocaba gélidos escalofríos por todo el cuerpo de Clarke.
—¿Quién eres?
El ser se retiró la capucha. Piel blanquecina. Rastas de sal que se retorcían como seres vivos. Ojos vacíos y negros como el carbón. Pero incluso con el veneno fluyendo por sus venas, incluso con todo el mundo a su alrededor fundiéndose en negro, Clarke reconocería su cara en cualquier parte.
—HOLA, CLARKE —dijo el ser.
—Por el abismo y la sangre —susurró ella.
La oscuridad la envolvió.
—¿Lincoln?
