Capítulo 21. Por favor
—Vaya, vaya —dijo Wells—. Mira lo que ha traído el gato-sombra.
Lexa se acuclilló en el suelo de la celda, aún mareada por el paso entre sombras. Los barracones estaban sumidos en una oscuridad casi total, y el silencio era interrumpido por suaves ronquidos y los intermitentes murmullos de los gladiatii a su alrededor. Wells estaba tumbado de lado en la paja, con solo una rendija abierta en los ojos. Don Majo había advertido a Lexa de que el hombre estaba despierto, pero de todas formas Wells ya conocía su secreto. Bueno, algunos de sus secretos. No tenía sentido ocultarle lo que ya sabía.
—¿Me has traído algo de rancho o qué? —preguntó Wells.
Lexa sonrió y lanzó al hombre un trozo de queso que había robado de la cocina. Wells sonrió, le dio un mordisco y habló con la boca llena.
—Eres más furtiva que un pedo en la iglesia, ya lo creo que sí.
—¿Estabas esperándome despierto? Qué detalle tan bonito.
—En realidad no. Debes saber que has interrumpido un sueño en el que estábamos yo, la magistrae, una fusta y una cama con colchón de plumas.
—¿La magistrae? —Lexa alzó una ceja.
—Tengo inclinación por las mujeres mayores, pequeña Cuervo.
—Tienes inclinación por cualquier cosa con dos tetas, un agujero y pulso, Wells.
—¡Ja! Qué bien me conoces. —El itreyano sonrió y alzó el queso, como brindando—. Pero por las Cuatro Hijas, me gusta tu estilo.
—Lástima que Furiano no pueda decir lo mismo.
—Ah, conque ahí es donde estabas. ¿Cómo la tiene de grande? Cuando un hombre fanfarronea con tanta bravuconería, suele estar compensando el cacahuete que guarda en las calzas.
Lexa recordó el contacto de la polla de Furiano contra su cadera y apretó los muslos para acrecentar la sensación. Se sentía inquieta después de su encuentro con el Invicto. Desbordante y activa. Trató de apartarlo a un lado y pensar con claridad.
—No estaba acostándome con él, Wells. —Lexa torció el gesto—. Intentaba convencerlo de que no haga que me maten.
—Bueno, en mi calidad de antiguo viajero por el mundo puedo decirte que te sorprendería lo mucho que puede hacer una manola rápida para destensar unas relaciones internacionales estancadas.
Lexa arrojó paja con el pie a su compañero de celda y sonrió casi sin querer.
—Qué cerdo eres.
—Como te decía, me conoces bien, Cuervo.
—Si Furiano y yo no aprendemos a combatir juntos, esa sedosa usará mi intestino delgado para hacerse salchichas.
—¿Tan temible es?
—Yo no le tengo miedo, no. Pero es la mejor que he visto en la vida con la espada.
—¿Ah, sí? ¿Y a cuántos otros has visto usar la espada?
—A bastantes.
—Umf —gruñó Wells, apoyándose contra la pared y observando a Lexa—. Contigo todo son secretos dentro de secretos. Y eso que no llegas ni a los dieciocho años, diría yo. Mira que eres flacucha y poquita cosa, y manejas la espada mejor que yo. Pero sabes que siempre tienes una alternativa a ser el aperitivo de una sedosa, ¿verdad?
—¿Y cuál es? —Lexa suspiró—. ¿Asesinar a Furiano mientras duerme y confiar en que Echo ponga a alguien con Cantahojas y conmigo que no sea un capullo insufrible?
Wells levantó las manos e imitó un aleteo.
—Vuela altooo, cuervecilla.
—Imposible.
Wells dio un bufido.
—Entras y sales más a menudo de esta celda que un chaval de catorce años se la menea. Puedes marcharte de este sitio en cualquier momento que elijas. Así que si el Campeón Capullo va a hacer que te asesinen a sangre fría, ¿por qué no te escapas y ya está?
Lexa suspiró de nuevo.
—Si lo hiciera, os ejecutarían a todos.
—Los cojones —dijo Wells—. Te observo, Cuervo. Y veo cómo nos observas tú a nosotros. Arkades. Echo. Furiano. Yo. Los engranajes que tienes detrás de esos ojitos sombríos no paran de rodar. Y aunque no creo que seas el pez más frío de este estanque, no puedes decir sin mentir que te importa lo más mínimo si alguno de nosotros vive o muere. Y menos cuando lo más probable es que muramos todos en algún venatus. Así que dime, ¿a qué juegas?
—Créeme, Wells —repuso Lexa—. Lo último que estoy haciendo aquí es jugar.
—Muy bien, como quieras. —Wells dio otro mordisco al queso y meneó la cabeza, melancólico—. Me recuerdas a una mujer que conocía. Es increíble, joder. Tenía tus mismos ojos. La misma piel. Ella también era todo secretos dentro de secretos.
—¿Algún amor de juventud? Te rompió el corazón, ¿eh?
—Qué va. —Wells negó con la cabeza—. Nunca la amé. Pero la mayoría de los hombres que la conocían sí que la amaban. Estuvo a punto de poner la república de rodillas. Pero al final, con sus ojos sombríos y sus secretos dentro de secretos, acabó haciendo que mataran a toda su familia. Marido. Una hija pequeña. Un bebé. Y también a muchos amigos míos.
El estómago de Lexa se heló. Sus ojos se entrecerraron.
—¿De quién estás hablando?
—De la antigua dona de esta casa, por supuesto —dijo Wells, y recorrió las paredes con un ademán—. La esposa del verdadero justicus, Anya Wood. —Movió la cabeza a los lados—. Puta zorra estúpida.
Más tarde, Lexa no se acordaría de haberse movido. Lo único que recordaría fue el satisfactorio crujido cuando su puño impactó en la mandíbula de Wells y el sonoro golpe cuando su cabeza rebotó en la pared que tenía detrás. El gigantón soltó un reniego e intentó apartarla mientras Lexa le arañaba el cuello y le daba puñetazos en la mejilla, la sien, la nariz.
—¿Has perdido el…?
—Retíralo —espetó ella.
—¡Quítate de encima!
Lexa y Wells forcejearon y el hombre, más grande, la tiró al suelo mientras los nudillos de Lexa interpretaban toda una melodía en su cara.
—¡Retíralo! —rugió, y los dos rodaron en la paja entre sacudidas y puñetazos.
Otros gladiatii se despertaron por el escándalo. Cantahojas miró por la rendija de la puerta de su celda y Otho y Félix vitorearon al darse cuenta de que había estallado una pelea, mientras intentaban asomar las cabezas entre los barrotes de sus celdas para ver mejor.
—¡Cerrad la puta boca ya! —bramó Carnicero desde su celda, al otro lado del pasillo.
—¡Paz, Cuervo! —gritó Wells.
—… Lexa, para ya…
—¡Que lo retires!
—¿Que retire qué?
Wells asestó un gancho a Lexa en la mandíbula y ella le dio un puñetazo en la garganta. Ahogándose, el itreyano cogió el pelo de Lexa y le estrelló la cabeza contra los barrotes, haciendo que el mundo entero sonara como un gong. Atacando a ciegas, con los ojos llenos de estrellitas, le acertó un puntapié bestial en las pelotas. Los dos gladiatii cayeron al suelo de piedra, jadeando, sangrando. A Lexa se le abrió el corte que se había hecho luchando contra la sedosa, Wells gemía y se agarraba las joyas de la corona.
—… ¡Lexa, para o te oirá Arkades!…
El susurro de Don Majo atravesó la neblina roja de su cabeza e hizo que Lexa recobrara la compostura. El no-gato decía la verdad: si seguían peleando, sin duda el executus oiría la conmoción y casi con toda certeza los cosería a latigazos. Lanzó una última patada a Wells, que rodó por el suelo con un exabrupto. El hombretón se retiró arrastrándose a un rincón como un perro apaleado, y Lexa al opuesto, ambos resollando y mirándose furibundos desde ambos extremos de la piedra manchada de sangre.
—¿Qué… a-abismos ha sido eso? —logró decir Wells, con una voz que salió casi una octava más alta.
Lexa se pasó unos nudillos ensangrentados por la nariz sanguinolenta.
—Nadie habla así de ella.
—¿De qui…?
Wells parpadeó. Sus ojos se estrecharon mientras miraba a la chica que jadeaba y resoplaba en el otro rincón de la celda. Que se apartaba el largo cabello de sus ojos negros, esos ojos que a Wells le recordaban a…
—No puede ser —susurró.
Wells miró las paredes que los rodeaban. De nuevo a la chica. Lexa vio cómo lentamente iba resolviendo el rompecabezas, el problema matemático imposible, vio en sus ojos dementes cómo todo le iba encajando en algún lugar. La chica que se negaba a escapar de entre aquellos muros, a pesar de que podía marcharse cuando quisiera. La chica que parecía decidida a luchar en la competición más cruel que se hubiera ideado en toda la historia de la república, solo para alcanzar una libertad de la que podía disfrutar en el momento que eligiera. Por tanto, si el objetivo no era la libertad…
—Te haces llamar Cuervo —susurró—. Y aquí estamos, en Nido del Cuervo.
… tenía que ser la victoria.
—¿Eres…? ¿Eres su…?
Lexa lo sintió crecer en su interior. Detrás del dolor de los golpes de Wells, del latido en su frente y la sangre que le caía a los ojos. El peso de todo. De estar rodeada cada giro por recordatorios de la persona que había sido, de lo que podría haber sucedido, de todo lo que le habían arrebatado. La frustración y el hambre que sentía estando cerca de Furiano, la confusión y el deseo que sentía estando cerca de Clarke, la increíble magnitud de la tarea que tenía por delante. No sentía miedo ante todo ello, no, porque el ser que moraba en su sombra no iba a permitirlo. Pero sí sentía tristeza. Pesar, por todo lo que era y lo que podría haber sido. Y solo durante un segundo, solo por un momento, el peso de todo ello fue demasiado. Los demás gladiatii se dieron cuenta de que el espectáculo había terminado y regresaron a sus lechos sobre la paja. Lexa estaba acurrucada, abrazándose las rodillas raspadas, mirando torva a Wells a través de su flequillo irregular. Su labio temblando. Sus ojos incendiados en la oscuridad.
—Retíralo —susurró, y notó que las lágrimas se le acumulaban en las pestañas.
—Paz, Cuervo —murmuró el hombre, limpiándose de sangre el labio partido—. Si te he ofendido, te suplico perdón. No sabía… no podía…
La miró desconcertado, y de nuevo sus ojos se desviaron a las paredes que tenían alrededor. Piedra roja, barrotes de hierro, cadenas oxidadas. Nada de eso podía retenerla. Y sin embargo, allí estaba todavía.
—Por las Cuatro Hijas, lo lamento.
Lexa se quedó sentada en la penumbra, sintiendo los ojos del hombre en ella, la lástima que le tenía, como piojos arrastrándose por su piel. No podía soportar la debilidad que había mostrado, la pena en los ojos de Wells. Se pasó los nudillos sangrantes por los ojos y notó que volvía a hincharse en ella la ira. Enfadada se sentía mejor, mucho mejor que apenándose por sí misma. La adrenalina de la pelea cosquilleaba en las puntas de sus dedos y le hacía temblar las piernas. Quería correr, quería luchar, quería cerrar los ojos y calmar la tempestad de su cabeza, que el tiempo se detuviera aunque fuese tan solo un segundo. ¿Era eso lo que quería?
«¿Qué es lo que quieres?»
Había sido una estupidez dejar que se le escapara. Permitir que su rabia tomara el control y que Wells terminara adivinando quién era ella en realidad. Pero ¿había sido un error?
Wells había conocido a su padre. Le había servido con lealtad. Aún lo veneraba, incluso después de tantos años. ¿Era posible que Lexa hubiera querido que lo supiera? ¿Tal vez quería conocer a alguien que los hubiera conocido a ellos? ¿Que comprendiera, aunque fuese una minúscula fracción, lo que suponía para ella estar allí?
El futuro estaba aguardando a Lexa en la arena vacía del estadio de Tumba de Dioses. Cuánta sangre la esperaba, cuánta sangre había dejado ya atrás. Cada momento de su vida la había llevado hacia aquella senda, aquella venganza, aquel camino sin curvas ni desvíos.
Pero ¿qué quería ella, además de la venganza?
Aún quedaban horas hasta el final de la nuncanoche.
No quería dormir.
No quería soñar.
No quería descansar la cabeza en aquel lugar que había sido su hogar y que se había transformado en un recordatorio cada vez más difuso de todo lo que podría haber sido.
«Entonces, ¿qué es lo que quieres?»
—¿Cuervo?
Lexa miró a Wells, que sangraba sin hacer ruido en su rincón.
—Por el bendito Aa, lo siento, chica —dijo.
Lexa no quería que Wells la mirara, eso al menos lo tenía claro. Y cuando el hombre se levantó para sentarse a su lado y le pasó uno de aquellos brazos inmensos por el hombro, Lexa comprendió que lo último que quería era que la consolara. No quería compasión. No quería caer en un torpe y algo incómodo abrazo con cualquier idiota y llorar como una niñita asustada. Esa época la había dejado muy atrás. Estaba muerta y enterrada como su familia. Lexa era una hoja de la Iglesia Roja, no un cristal endeble y frágil. Ella era acero. Pero tampoco quería estar sola. Pensó en sus tiempos como discípula. En el olvido y el desahogo que había encontrado en los brazos de Lincoln. Pero él también estaba muerto y enterrado. Era una tumba vacía en un salón hueco, tallada con el único recuerdo que quedaría de él. Lexa había dicho a la shahiid Aalea que lo echaba de menos, y había verdad en ello. Pero comprendió que echaba más de menos la claridad, el simple placer de desear y ser deseada a su vez. Los rescoldos de excitación que le quedaban de su visita a Furiano tampoco ayudaban en nada.
«Las llamas más brillantes son las que más deprisa se consumen —le había dicho Aalea—. Pero en ellas hay un calor que puede durar toda la vida. Incluso en las de un amor que solo dura una nuncanoche. Para la gente como nosotros, no existen promesas de un "para siempre".»
Al mirar a los ojos a Wells, por fin se dio cuenta de qué era lo que quería.
No para siempre, quizá.
Pero sí para ahora.
—¿Por qué me miras así?
Y sin decir una palabra
miró tras la espalda del hombre
hacia la sombra de la escalera
y desapareció de entre sus brazos.
Sonidos portuarios. Soldados gritando «¡Todo sereno!» mientras patrullaban las calles en la nuncanoche. El viento que llegaba desde el océano a Reposo del Cuervo por suerte era fresco, y Lexa se estremeció después del calor húmedo de los barracones. Tenía la mano levantada hacia el cristal de la ventana, a punto de llamar.
—… esto es una imprudencia…
—Vuelve al fuerte —susurró Lexa—, y dile a Eclipse que vigile la calle.
—… Lexa, es…
—Vete.
Sin emitir un solo sonido, el no-gato la abandonó y la sombra de Lexa se volvió más leve y pálida. Tan pronto como Don Majo se hubo marchado, lo sintió acechar y arrastrarse en su tripa: el miedo que siempre habría sentido de no tenerlo a su lado. Miedo a estar allí. Miedo a lo que significaba, o adónde podría llevar. Miedo a quién y qué era ella. Y antes de que las frías garras se le clavaran demasiado en la piel, llamó una, dos veces, sus nudillos sonaron agudos contra el cristal. No se oyó nada en el interior. Lexa fue presa de un pavor creciente, pensando que quizá ella no estuviera dentro, que se hubiera marchado a hurtadillas después de su discusión, que la hubiera traicionado y abandonado, demostrando que toda la desconfianza y las sos…
La ventana se abrió. Clarke Griffin estaba de pie al otro lado del alféizar, con la almohada marcada en la cara y confundida por el sueño. Sus ojos eran del azul de los cielos quemados por los soles.
—¿Lexa? —preguntó la chica, conteniendo un bostezo—. ¿Qué hora es?
Esos ojos azules se abrieron más al ver las raspaduras en los nudillos de Lexa, la ceja partida sobre el ojo morado, el cardenal de la mandíbula.
—Negra Madre, ¿qué te ha pas…?
La pregunta murió inconclusa cuando Lexa extendió la mano y llevó un dedo a los labios de Clarke. Se quedaron así un momento, dos chicas apenas tocándose mientras el mundo a su alrededor contenía el aliento. La confusión empezó a derretirse en los ojos de Clarke cuando Lexa movió el dedo, leve como una pluma. Trazó el fino arco del labio superior de Clarke, la turgente suavidad del inferior, despacio y suave. La curva de su mejilla, la línea de su mandíbula, y la respiración de Clarke se aceleró al despertarse del todo, consciente, maravillada, carne de gallina en sus brazos desnudos. Y mientras separaba los labios para hablar, tal vez en protesta, Lexa se inclinó hacia ella y la silenció con un beso. Nunca antes había besado a una chica. Al menos, de ese modo. El beso que se habían dado en el Monte Apacible había sido de despedida. Prolongado, quizá, pero de todos modos un adiós. El beso que se estaban dando era una invitación, una dulce y desesperada súplica por un principio, no un final. Una pregunta sin palabras, la boca de Lexa abierta y derritiéndose contra la de Clarke. Y cuando notó que Clarke se estremecía con la lengua que rozaba casi etérea la suya, Lexa obtuvo su respuesta. Entró por la ventana sin que sus labios se separaran. Brazos entrelazados, manos exploradoras, Lexa interrumpiendo el beso el tiempo justo para quitarle el camisón a Clarke por encima de la cabeza. No llevaba nada debajo, gloriosamente desnuda con un simple gesto. Lexa paró un momento para contemplarla, la forma en que la luz de los soles acariciaba la línea del cuello de Clarke, el relieve de sus curvas, la sombra entre sus piernas.
—Lexa, yo…
Lexa se lanzó de nuevo y puso la boca en el cuello de Clarke. El pecho de la chica subía y bajaba, sus mejillas sonrosadas, susurrando tenues nadas y dejando que la cabeza cayera hacia atrás mientras Lexa seguía descendiendo hasta su pecho y tentaba con la lengua un pezón duro como una piedrecita. Cayeron las dos en la cama. Las manos de Clarke tiraron de los nudos que cubrían el pecho y las caderas de Lexa, gimiendo cuando los dientes de Lexa juguetearon con su cuello. Cualquier pregunta que pudiera haber tenido estaba ahogada y Clarke respiraba demasiado deprisa para hablar, labios separados mientras aferraba a Lexa contra ella, piel sobre piel, todos los dulces secretos al alcance de sus dedos. Costillas abajo, por el remonte de sus caderas hasta la curva de su culo mientras Lexa la envolvía con una pierna y la atraía más hacia sí. Lexa sintió los dedos de Clarke rozarle el interior del muslo y una emoción arkímica crepitó columna vertebral arriba y chispeó en la oscuridad de detrás de sus ojos. Su propia mano se aventuró más abajo, descendió por la firme tripa de Clarke hasta el mullido rubio entre sus piernas. Las manos de las dos hallaron sus objetivos al mismo tiempo y su beso ganó brío y acalló los suspiros. Lexa arqueó la espalda al sentir a Clarke trazando pequeños y firmes círculos en ella con dedos hábiles. Amasó un pecho con la mano libre mientras la otra pasaba a la acción entre las piernas de Clarke, imitando su lento, agónico ritmo y escuchándola gemir al compás. Era distinto a todo lo que había conocido. Chispazos repentinos y dulce suavidad y besos, inacabables, paralizantes besos que la llenaban de una calidez que se le extendía hasta las puntas de los dedos. El tiempo se detuvo y no quedó más que lenguas acariciándose y suspiros sin aliento, un calor que crecía entre sus piernas y le inflamaba el cuerpo entero.
—Oh, diosa, sí —susurró Lexa.
—No pares —suplicó Clarke.
Sus labios eran de miel templada y suave, y su cuerpo se retorció mientras los dedos de Lexa daban vueltas y más vueltas sobre su botón hinchado. Estaba tan caliente allí abajo, tan húmeda y temblorosa, que el hambre de Lexa creció hasta que no pudo resistirla más.
—Quiero saborearte —casi suspiró, frotando la nariz con el cuello de Clarke.
—Oh, sí… sí…
Bajó, lenta como el hielo al derretirse. Pasó la lengua por la línea del cuello de Clarke, sonriendo cuando la espalda de la chica se arqueó y los dedos de sus pies se combaron. Llegó a sus pechos y se apoderó de uno con la boca, lamiendo, chupando, sin dejar de mover la mano entre los muslos de Clarke. Ardía en Lexa una sed seca como el desierto, y no podía pensar más que en una manera de saciarla. Una manera que tiraba de ella como una encantadora y oscura gravedad. Hacia abajo.
Siempre hacia abajo.
Clarke estaba abierta de piernas en el colchón, gimiendo mientras Lexa proseguía su descenso con largos y lánguidos besos por las costillas, por el vientre. Lexa se detuvo y trazó lentos y ardientes círculos en torno al ombligo de Clarke con la punta de la lengua, mientras con las uñas iba dejando suaves líneas por toda su piel. Inhaló un tenue matiz de lavanda y el mareante aroma del deseo de Clarke.
—Por favor, Lexa —susurró la chica.
Abajo, abajo hasta la lisa extensión de las piernas separadas de Clarke, acercando la lengua a aquella embriagadora calidez. Había un pequeño lunar en la unión entre el muslo de Clarke y su sexo, y Lexa lo lamió despacio, sonriendo oscuro.
—Por favor, ¿qué? —dijo casi sin vocalizar.
—Por favor, Lexa.
Ahuecó los labios y dio un soplidito en su objetivo que hizo tiritar a Clarke. A Lexa la habían saboreado, pero ella no lo había hecho nunca, y la anticipación se enroscó en su tripa y le provocó un temblor. Quería tomarse su tiempo, disfrutar de cada segundo, cada emoción, pero Clarke metió las dos manos en el pelo de Lexa y, con un respingo entrecortado, tiró de ella. Sedosa suavidad empapada de lujuria, separándose bajo la presión de sus besos. Lexa fue despacio, pasando la lengua por los pliegues de Clarke, internándose y saliendo. Clarke maulló y suspiró, moviendo las caderas al ritmo, tirando más de Lexa con las manos en su pelo. Lexa se halló consumida, sedienta, muerta de hambre. El sabor de Clarke, el flujo de cálido néctar en su lengua. Deleitándose con los gemidos de Clarke cuando le pellizcaba los pezones enhiestos, cuando hacía bajar las manos por los pechos de la chica, cuando le aferraba el culo. Clarke se perdió cuando Lexa se aplicó en la tarea, ojos en blanco, medio colgando de la cama mientras urgía a Lexa a seguir, «No pares, no pares». Lexa jamás había sentido tanto poder. Hasta el último de sus movimientos, cada restallido de la lengua, cada roce de sus labios provocaba un gemido, una súplica susurrada, un temblor que recorría el cuerpo entero de Clarke. El tiempo perdió todo significado, cada segundo un año, cada año un latido, el calor arreciando entre ellas, llevando a Clarke cada vez más alto, más ardiente, más brillante, sus gemidos cada vez más sonoros, más largos, hasta que se tensó como una cuerda de arco, espalda hacia atrás, muslos atenazando las mejillas de Lexa, todos los músculos marcados mientras apuntaba los dedos de los pies hacia el cielo y chillaba como si fuera el fin el mundo. El cuerpo entero de Clarke se relajó en las jadeantes postrimerías, y Lexa movió la lengua en suaves círculos, sin renunciar a su sabor, al poder de su pequeño triunfo. Con una sonrisa pícara, hundió más la lengua en los pétalos de Clarke, haciéndola gemir, «Basta, diosa, basta», sin ceder hasta que la chica tiró de ella hacia arriba con ternura. Clarke envolvió a Lexa en sus brazos, fundiendo sus cuerpos en uno, sus esbeltas piernas rodeando la cintura de Lexa mientras se hundían en otro beso largo y hambriento. El sabor de Clarke se mezcló en sus lenguas y Lexa se notó sumergida en él, las pestañas revoloteando contra sus mejillas, tan adecuado y placentero y tremendamente dichoso que no quería que acabara nunca. Pero entonces ahogó un grito cuando Clarke le dio una palmada en el culo y le mordió los labios con la fuerza suficiente para hacerle sangre.
—Au. —Lexa se encogió—. ¿A qué ha venido eso?
—Por hacerme suplicar. —Clarke frunció el ceño.
—¿Ah, sí? —Lexa sonrió, rozó los labios de Clarke con los suyos—. En su momento no he oído quejas.
—No te me pongas gallita ahora, Wood. Ha sido la suerte de la principiante.
—¿Ah, sí, de verdad?
Leves risas convertidas en cálidos estremecimientos cuando Clarke le restregó la nariz por el cuello.
—De verdad —susurró la chica, rozándole la piel con los dientes.
—En ese caso… quizá la dona quiera hacer una demostración a la aprendiz.
—Di por favor.
—La… ¡Ah!
Lexa dio un respingo cuando Clarke le apartó la cabeza tirándole del pelo y le soltó otra fuerte palmada en el trasero. Los labios de la chica recorrieron el cuello de Lexa, sus dientes le acariciaron la yugular, sus uñas trazaron líneas de fuego y hielo por sus muslos cada vez más mojados.
—Di... —susurró Clarke, mordisqueando el cuello de Lexa— por favor.
En su corazón, Lexa jamás se había inclinado ante nadie. Ni en la iglesia, ni en la arena, ni en la alcoba. Y aunque se había deleitado con el control que ostentaba un minuto antes, cuando hasta su más leve toque, hasta su más ínfimo gesto encendía en llamas a la chica que tenía entre los brazos, Lexa se preguntó si quizá encontraría un gozo más profundo en algún pequeño momento de rendición. Los dedos de Clarke danzaron por su piel, livianos como una brisa. El abdomen de Lexa se tensó a medida que ella iba descendiendo y su lengua dibujaba una espiral que se adentraba en su jadeante pecho.
—Dilo —susurró Clarke, y pasó rauda la punta de la lengua por el pezón de Lexa.
Se filtró una luz ahumada por la cortina y Lexa cerró los ojos mientras Clarke continuaba hacia abajo, sin querer ver ni oír ni hablar sino solo sentir. Una catarata de besos que se precipitaban por su cuerpo, las manos de Clarke que parecían estar en todas partes al mismo tiempo. Lexa descubrió que se le separaban las piernas sin pretenderlo, el dolor entre ellas era una anhelada agonía, su aliento entrecortándose más y más, su corazón aporreando de impaciencia. Estaba floreciendo en su interior una sensación como no la había conocido antes, ni con Lincoln, ni con Aalea, ni con Aurelio y aquella belleza dorada, un deseo que se tornó hoguera abrasadora cuando Clarke se arrodilló entre sus piernas y notó un aliento cálido en sus labios inflados.
—Di… —Un roce de la lengua de la chica, imposiblemente leve, hizo sacudirse y tiritar a Lexa— por favor.
Lexa levantó la cabeza y vio al final de su propio cuerpo a Clarke, dispuesta a devorarla. Corazón martilleando, falta de aliento en los pulmones, mareada. Y cerrando los ojos de nuevo, dejó que su cabeza cayera hacia atrás y que la tensión se disipara de sus huesos al entregarse del todo.
—Por favor —suspiró Lexa.
Un gemido largo y grave escapó de entre sus labios cuando Clarke empezó a aplicarse, sus labios y su lengua bailando en la oscuridad. Lexa no tenía ni idea de dónde había adquirido esas habilidades. ¿De Aalea, de alguna amante más reciente, de alguna antigua enamorada? Pero, diosa, quitaba el aliento. Clarke era una maestra y la melodía entre ellas dos, algo más antiguo que el tiempo. El calor que sentía creció, latiendo a cada roce de la lengua de la chica, Lexa casi incapaz de respirar, sábana arrugada entre sus puños que se tensaban. Estuvo a punto de perder la cabeza cuando sintió a Clarke deslizar un dedo en su interior, curvarlo, avivar esa calidez humeante, descargar una corriente arkímica que chisporroteó hasta los dedos de sus pies.
—Oh, diosa…
Indefensa, atrapada y barrida, un huracán de lujuria y deseo, el calor de su interior era casi imposible de soportar. Clarke era despiadada, mantenía con su toque el ritmo de la lengua, Lexa con la espalda arqueada, levantando las caderas de la cama, su boca en una «o» perfecta, dedos enredados en el río rojo del cabello de Clarke, y ella la arrastraba más profundo, más fuerte, más, más. Se sacudía tanto que no podía respirar, no podía pensar, no podía hablar más que para pedir sin palabras que todo terminara. Y cuando sintió la mano de Clarke moverse, cuando sintió un segundo dedo unirse al primero, las caderas de Lexa se encabritaron incontrolables, aparecieron negras estrellas tras sus ojos, el calor estalló en una llama devoradora y Lexa se perdió por completo, chillando sin hacer ruido, cegada por el fuego de mil soles. Sintió unos labios suaves en los suyos, húmedos y oscuros y dulces. Lexa abrió los ojos y vio a una chica encima de ella, hermosa, sonriente.
Una chica en la que no debería confiar.
Una amante a la que no debería amar.
Trató de recobrar el aliento, el corazón atronando contra sus costillas.
—Ha sido… impresionante.
—Ha sido tardío. —Clarke sonrió de oreja a oreja.
Lexa tiró de ella para besarla y sus labios se aplastaron juntos, con las oleadas del clímax todavía hormigueándole en los huesos. Cuando se separaron tras un largo y dulce para siempre, Clarke se dejó caer en la cama y profirió un suspiro de satisfacción. Lexa se levantó, con las piernas aún temblorosas. Encima de los cajones encontró su pitillera de plata y encendió un cigarrillo antes de volver a meterse entre las sábanas. Clarke la rodeó con los brazos, le cogió la mano y le besó los nudillos heridos antes de acurrucarse más contra ella y frotarle el cuello con la punta de la nariz. Lexa dio una calada al cigarrillo, inhaló fuerte y sintió cómo el dulce y denso gris le llenaba los pulmones.
—Fumas mucho —murmuró Clarke.
—Me calma los nervios —repuso Lexa.
—Ah, ¿te pongo nerviosa?
Lexa extendió la mano como respuesta. Solía tener el pulso firme como una roca, sin la menor vacilación que le debilitara el agarre de la espada. Pero sus manos estaban temblando.
—Anda, pero si tiritas y todo, amor —la arrulló Clarke—. Es lo que tiene la primera vez de una chica, ¿eh?
—Pues a ver tú, listilla.
Clarke levantó la mano y, aunque trató de ocultarlo, Lexa percibió que también temblaba. Sentía su pecho apretado contra el suyo, y el corazón de debajo entonando la misma melodía atronadora. Entrelazó los dedos con los de Clarke y notó la corriente que chispeaba entre ellas. Reparó en que seguía sedienta.
—A lo mejor, deberías empezar tú a fumar.
Clarke hizo una mueca.
—No me gusta el sabor, me temo.
—Puedo endulzártelo…
Lexa dio una fuerte calada al cigarrillo e inhaló otra cálida bocanada. Y levantando la barbilla de Clarke con las yemas de los dedos, se inclinó hacia ella y la besó, separó los labios y sopló el humo en su boca. Lexa tenía los labios azucarados por el papel del cigarrillo, y las volutas con aroma de clavo pasearon entre sus lenguas mientras ellas ensañaban el beso. Clarke ladeó la cabeza y suspiró, apretando todo su cuerpo contra el de Lexa. Las manos de Lexa recorrieron su espalda y sintieron que a Clarke se le ponía la carne de gallina, y ese placentero dolor se alzó de nuevo entre sus piernas. Clarke cerró la boca, chupando la lengua de Lexa antes de romper el beso.
—No está mal. —Sonrió y exhaló gris—. Pero, aun así, no voy a empezar a fumar.
Lexa se encogió de hombros y dio otra calada. Clarke volvió a apoyarse contra su costado, con el brazo de Lexa rodeándole los hombros. Se quedaron en silencio un rato, escuchando los sonidos que entraban desde la nuncanoche. Lexa echó un buen vistazo a la chica que tenía en sus brazos, las esbeltas curvas, los bultos gemelos en la base de su columna vertebral, y con los dedos apartó los largos mechones de rojo sangre a un lado y reveló…
… el tintanismo que le cubría la espalda.
—¿Qué es eso? —susurró Lexa.
Clarke se tensó, se incorporó y volvió a dejarse caer el pelo por detrás del hombro. Lexa solo había captado un atisbo, pero había visto intricadas líneas y sombreados, un asomo de extraña escritura, la forma de una hoja curvada en el hombro izquierdo de Clarke.
«Hay una condición —había dicho Solis, levantando un dedo—. Un objeto que interesa a tu cliente. Un mapa, escrito en ashkahi antiguo y con un sello que tiene forma de hoja de hoz.»
«Ay, diosa.»
—El mapa —comprendió Lexa—. El mapa de Jaha.
—¿Por eso has venido? —preguntó Clarke en voz baja.
Lexa frunció el ceño y el cigarrillo le bailó en los labios.
—¿Cómo?
—Eclipse siempre está rondando por aquí. A lo mejor lo ha entrevisto. —Fijó a Lexa en su mirada de cielo azul—. ¿Así que has pensado que la única forma de verlo bien es quitarme la ropa? Buena jugada, Wood.
—¿Eso es lo que crees?
—Yo no creo nada. —Clarke cuadró los hombros y se aseguró de que el tatuaje quedara fuera de su vista—. Por eso pregunto.
—Clarke, no tenía ni idea. ¿Por qué llevas el mapa de Jaha tatuado en la espalda?
—No está tatuado —hizo un gesto hacia el círculo doble marcado en la mejilla de Lexa—. Es arkímico, igual que tu marca.
Lexa parpadeó al atar cabos.
—Entonces, si te matan…
—Las marcas desaparecen. Se quedan sin mapa. —Se encogió de hombros—. A quienes juegan con fuego les va mejor si esperan quemarse.
En la mente de Lexa ardía una decena de preguntas. Clarke se había hecho grabar indeleble en la piel ese mapa. ¿Por qué era tan importante? ¿Qué querían de él Jaha y Azgeda, si estaban dispuestos a actuar tan abiertamente contra el otro para obtenerlo? ¿Adónde llevaba? ¿Cómo encajaba en todo aquello la chica que Lexa acababa de tener entre sus brazos?
—Hay muchas cosas sobre esto que no me estás contando, Clarke.
—Lo mismo podría decir yo de ti, Lexa.
—¿Por ejemplo?
Clarke miró al fondo de sus ojos y tragó con ímpetu.
—¿Por qué has venido aquí? ¿Por qué ahora?
—Porque quería estar contigo.
—Pero ¿por qué?
Lexa dio una calada, rumiándolo.
—Porque estaba pensando. En todas las cosas que me han traído a este momento. En las cosas que me hicieron ser lo que soy, y en todo lo que podría haber sido si me hubieran dado elección. Y entonces ya no he querido pensar más.
—Entonces, ¿ha sido solo eso? —Clarke mantuvo el rostro compuesto y la voz tranquila, pero Lexa distinguió la tempestad que se acumulaba en aquel azul quemado por los soles—. ¿Solo una distracción?
—La más dulce distracción. —Lexa sonrió.
—No estoy de broma —dijo Clarke—. Tú alternas de caliente a fría como una casa de baños estropeada, y si esto ha sido solo un polvo rápido para quitarte los pensamientos desagradables a base de follar, está bien. Lo prefiero a que haya sido una treta para verme la tinta en la piel. Pero sea lo que sea, necesito saberlo.
—No ha sido ninguna de las dos, Clarke.
—Reconozco una mentira cuando la saboreo, Lexa.
Lexa suspiró y negó con la cabeza. Había estado dándole vueltas de camino hacia allí, ocultándose por las calles en la nuncanoche. Por qué no habría estado bien antes y por qué en ese momento le parecía lo adecuado. Su pelea con Furiano la había enardecido, y su pelea con Wells no había servido para saciarla. Pero no era solo eso, no era solo pensar en sus padres, ni los dolorosos recuerdos estando encerrada en aquel lugar, ni meditar sobre dónde había estado o qué estaba por venir.
—Estaba pensando en todas las cosas que podría haber sido si me hubieran dado elección —dijo por fin—, y he comprendido que no he tenido ni una. Desde que mataron a mi padre, tengo los pies comprometidos en este sendero. Sin alternativa. Sin escapatoria. Así que quería escoger algo por mí misma. Algo que pudiera ser solo mío. Mi elección. —Lexa miró a Clarke y le acarició la mejilla con unas yemas temblorosas—. Y te he elegido a ti.
Clarke se limitó a mirarla, con los labios turgentes abiertos para respirar, y Lexa se descubrió cayendo hacia un largo y tierno beso. Clarke se avivó contra ella, le cogió la cara con las manos y Lexa se perdió en la melosidad de un beso que parecía estremecerla hasta la misma alma. Se apartó reticente y sus ojos verdes escrutaron en los de Clarke.
—¿Tengo el sabor de estar mintiendo? —preguntó.
Clarke sonrió suave, negó con la cabeza.
—No. ¿Y yo?
¿Lo tenía? ¿Había cambiado alguna cosa allí? ¿No seguía siendo todo igual que antes? La cuestión de aquel mapa, dónde llevaba, por qué lo quería Jaha, qué significaba todo, permanecía pendiente entre ellas. Clarke Griffin seguía siendo alguien que haría cualquier cosa para obtener lo que deseaba. Mentir, estafar, robar, matar. Tenía secretos. Era peligrosa.
Pero ¿acaso Lexa era tan distinta?
Cuanto más tiempo pasaban juntas, más afinidad sentía con aquella chica a la que se suponía que debía despreciar.
—Tú sabes a miel —susurró Lexa.
Clarke sonrió y apretó la frente contra la de Lexa, que cerró los ojos y escuchó los sonidos que llegaban desde las calles, el fresco viento de la nuncanoche que ya iba remitiendo poco a poco. Tenía preguntas. Demasiadas preguntas. Pero el giro empezaría pronto y el executus los levantaría a todos para otra sesión de sudor y palizas, y el puto Furiano, y todo eso, olvidado por un bendito instante en la curva de los brazos de aquella chica, regresó de golpe a su mente. Lexa recordó quién era. Qué era. Abrió los ojos y suspiró.
—Tendremos que hablar un poco más de esto, pero tengo que volver.
—Lo sé —dijo Clarke, acercándose para otro breve beso.
—Quiero quedarme.
—Lo sé —susurró Clarke, mordisqueándole el labio inferior—. Pero prométeme que volverás.
—Di por favor.
El jugueteo de Clarke se convirtió en un doloroso mordisco.
—Ten cuidado o te jodo viva, Wood.
—Creía que no me lo pedirías nunca.
—No te lo he pedido, ¿recuerdas?
Sonriendo, Lexa besó los ojos de Clarke, la mejilla de Clarke, los labios de Clarke, haciendo acopio de valor y retrasando el momento. Luego se levantó de la cama, la cama de las dos, y se envolvió en sus tiras de tela, temiendo la luz de los soles que la esperaba al otro lado de la cortina. Pero aun así, la apartó, entrecerró los ojos por el brillo y se volvió para echar una última mirada a la belleza que estaba dejando atrás.
«¿Ha cambiado algo aquí?»
Con un suspiro, salió a la expectante luz.
Ya nada volvería a ser lo mismo.
