Capítulo 22. Silencio

—Por el abismo y la sangre, qué caliente.

Lexa suspiró, cerró los ojos y se hundió más en el humeante calor. El agua se cerró sobre su cabeza y amortiguó por un momento los sonidos del baño, disipó todo el ruido del mundo. Se quedó allí en la oscuridad y la calidez, disfrutando de la sensación en sus músculos doloridos. Había pasado las anteriores dos semanas entrenando bajo los soles implacables con Furiano y Cantahojas, y el trío no estaba ni un centímetro más cerca de aprender a luchar juntos como un equipo. Sabiendo que la sedosa no les daría cuartel, Arkades no mostraba la menor compasión en el círculo, y a Lexa le dolían músculos que ni siquiera sospechaba que tenía. Su cuerpo estaba lleno de morados y se frustraba más y más con Furiano a cada giro que pasaba. Contuvo la respiración bajo el agua y flotó ingrávida. Por un instante, recordó los estanques de Bellamy y las Caminatas de Sangre desde el Monte Apacible. Pensó en Solis, Abby y los demás. En el papel que habían tenido en el derrocamiento de su familia.

¿Qué estarían haciendo en esos momentos? Ayudar a Azgeda a asegurar su cuarto mandato, sin duda. Revolcándose en sus monedas como cerdos en su pocilga. Pero el cónsul, y por tanto el Sacerdocio, debían de estar impacientándose por la falta de progreso en recuperar el mapa de Jaha. ¿Cómo estaría ganando tiempo Gustus?

No por primera vez, se dio cuenta del enorme riesgo que su antiguo mentor estaba asumiendo por ella. Al pensarlo, se avergonzó de haber creído en alguna ocasión que Gustus podría traicionarla. La verdad era que lo echaba de menos. Añoraba sus consejos, sus gruñidos de fumador, incluso su temperamento encabronado. Pero ya no faltaba mucho para que Lexa volviera a Tumba de Dioses y se alzara en la arena del estadio. Entonces lo vería. Y también después, cuando hubiera cumplido su misión.

«Suponiendo que antes no me asesinen en Fuerteblanco, claro.»

Lexa emergió con los pulmones ardiendo, amortajada en vapor. Parpadeó para quitarse el agua de los ojos y la recibió la visión de Despiertaolas entrando en los baños. El hombre brillaba de sudor por los entrenamientos del giro, manchado de polvo y mugre del círculo. Estaba cantando un dueto titulado Mi uitori él solo, los versos femeninos en falsete y los masculinos en su habitual barítono. Se quitó el taparrabos con una apropiada y dramática nooooota, se metió en el agua y Lexa le dedicó un espontáneo aplauso.

—Sois muy amable, mi dona —dijo el hombretón con una reverencia.

—Menuda voz te gastas.

—Estudié a los pies de los mejores.

—¿De verdad eras actor en un teatro? —preguntó Lexa con la cabeza echada a un lado.

—Bueeeno —dijo el hombre—. Trabajé en uno, en la puerta. Eran giros más felices. Siempre quise llegar al escenario y maravillar al público, pero… —Se encogió de hombros, mirando hacia las paredes de los baños—. No lo quiso el destino.

Lexa estudió al hombre con ojo crítico mientras él alcanzaba el jabón. Despiertaolas era un daimón en la arena, quizá un poco indisciplinado pero fuerte como un toro. Lexa estaba segura de que aquellas manazas que tenía podían rodearle el cráneo por completo y destrozárselo si apretaba lo suficiente, y le costaba más imaginárselo llevando calzas apretadas y actuando en alguna pantomima que a sí misma creciéndole alas en la espalda.

—Deja que adivine. —Despiertaolas arqueó una ceja—. No me ves pinta de actor teatral.

—Perdóname —dijo ella con una risita—, pero para nada.

—Estás perdonada. —Despiertaolas sonrió—. Mi padre me dijo más o menos lo mismo. Me educó en el arte del acero, ¿sabes? Desde que era niño, me enseñó a romper a hombres con las manos desnudas. Pretendía que llegara a ser un guardia de honor del bara, como también lo había sido su padre antes que él. Me llamó botarate cuando le dije que quería dedicarme a las artes dramáticas. La suffi no me había nombrado «Pisaescenarios», al fin y al cabo. Pero a mí no me hacía gracia que me dijeran lo que podía y no podía ser. Así que lo intenté de todos modos. Era mi sueño, de los que se sueñan mejor estando despierto.

Lexa se sorprendió asintiendo con la cabeza mientras afloraba la admiración en su pecho.

—Así que viajé a la Ciudad de los Puentes y los Huesos —continuó Despiertaolas, con un deje dramático—. Encontré una compañía que me aceptó, en un teatrillo llamado El Refugio.

—¡Lo conozco! —exclamó Lexa, encantada—. ¡Está cerca de las Partes Bajas!

—Sí. —Despiertaolas le dedicó una amplia sonrisa—. Era un lugar grandioso. Yo no tenía práctica, así que tuve que empezar poco a poco. Al principio vigilaba la puerta y limpiaba después de las representaciones, pero para mí ya era mágyco. Escuchar los grandes dramas de la antigüedad, ver la poesía flotando en el aire como fina gasa, y las escenas cobrar vida ante los ojos maravillados del público. Tal es el poder de las palabras: con veintisiete letras se puede pintar un universo entero. —La voz de Despiertaolas se volvió melancólica—. Fueron los giros más felices de mi vida.

Lexa sabía que no debía abrir la boca. No debía permitirse saber más de aquel hombre. Pero aun así…

—¿Qué pasó? —se oyó preguntar a sí misma.

Despiertaolas suspiró.

—Emilia, una actriz de la compañía. El hijo de algún hombre rico se encaprichó de ella. Paulo, se llamaba. La dona le había dejado claro que no estaba interesada en sus afectos, y yo tuve que echarlo unas cuantas veces después de que bebiera demasiado vino dorado, pero eso tampoco era tan raro. Era un barrio duro de la ciudad. Todo iba bien, en realidad. La compañía estaba ganando dinero y cada vez venía más público. Yo había estudiado mucho e iba a interpretar mi primer papel en una producción, el Rey Brujo de Marco y Mesalina. ¿La conoces?

—Sí. —Lexa sonrió.

—Era el giro de mi debut. Pero, por lo visto, incluso después de los rechazos de Emilia y los trompazos míos que se había llevado, el pequeño Paulo no estaba acostumbrado a aceptar un no por respuesta.

—Suele ser así con los hijos de los ricachones —dijo Lexa.

—Exacto. Después del ensayo general encontré al muy cabrón entre bambalinas intentando forzar a Emilia. La chica tenía el traje rasgado. El labio ensangrentado. Ya puedes imaginarte el resto. A fin de cuentas mi padre me había enseñado desde niño a romper a hombres con las manos desnudas. —Despiertaolas se miró las palmas encallecidas por el puño de la espada—. Pero él era hijo de un hombre rico. Fue el testimonio de mis compañeros actores lo que me salvó del cadalso. En vez de eso, me vendieron como esclavo y entregaron el precio de mi venta a Paulo en compensación por las manos rotas que le había regalado.

—Por las Cuatro Hijas —dijo Lexa con voz queda—. Lo lamento.

—No lo lamentes, cielo. —Despiertaolas sonrió—. Yo no lo hago. Tal y como le dejé las manos, ese tipo no volverá a acercarlas a ningún sitio sin invitación previa.

—Pero ¿este es el precio que pagas? —Lexa abarcó con un gesto las paredes de piedra, los barrotes de hierro.

—Un hombre debe aceptar su destino, pequeña Cuervo. O verse consumido por él. Como gladiatii, estamos mejor que la mayoría. Tenemos una oportunidad de ganar la libertad. Sanguii e Gloria, y tal y cual.

—Pero no es justo, Despiertaolas. No hiciste nada malo.

—¿Justo? —El hombretón bufó—. ¿En qué república vives tú?

Meneando la cabeza y sonriendo como si Lexa hubiera dicho algo gracioso, el dweymeri siguió enjabonándose como si nada estuviese mal en el mundo. Lexa cogió otra pastilla perfumada mientras Bryn y Byern entraban en los baños, se quitaban los taparrabos y sacudían los pies para lanzar las sandalias. Era su giro de entrenamiento en el equorium, y Lexa alcanzaba a oler el sudor y el caballo en sus cuerpos a diez pasos de distancia.

—Ah, nuestros valientes equillai. —Despiertaolas sonrió—. Los terrores gemelos, sin igual en la pista. Bienvenidos. Cuervo y yo estábamos hablando de teatro.

—Por las Cuatro Hijas, ¿para qué? —Bryn frunció el ceño y se hundió bajo el agua.

—Una vez conocí a una actriz —dijo Byern con voz nostálgica.

—¿A quién, a aquella dulcechica que pasaba por el pueblo cada verano?

—No era una dulcechica, hermana, era una artista.

—Si la machacaba a cambio de mendigos, era una dulcechica, querido hermano.

Byern miró a Lexa y a Despiertaolas.

—Está malmetiendo. Manchando mi buen nombre para hacerme quedar mal. Yo no he pagado por esas cosas en la vida, y la chica en cuestión se movía por el escenario como pez en el agua, os lo aseguro.

—Si actuaba, era solo para fingir que le gustabas —dijo Bryn, burlona.

—¡Respeta a tus mayores, pequeñaja! —exclamó Byern salpicando a su hermana en la cara.

Los gemelos emprendieron una breve pelea de agua y Lexa y Despiertaolas se apartaron hacia el otro lado del baño para que no los atrapara el fuego cruzado. Byern hundió la cabeza de Bryn bajo la superficie y ella le dio un puñetazo en la barriga. Cada uno se retiró a una esquina opuesta y Bryn alzó los nudillos a su hermano, malcarada.

—¿Habéis terminado ya? —preguntó Despiertaolas.

—Sí —dijo Bryn—. No, espera.

Cogió una pastilla de jabón y la hizo rebotar contra la cabeza de su hermano.

—¡Au!

—Ahora he terminado.

—Algún giro —declaró Despiertaolas al cesar las hostilidades—, cuando hayamos salido de este agujero, os llevaré a un teatro como debe ser. Os enseñaré un poco de cultura.

—Las Hijas saben que buena falta les hace a algunos —dijo Bryn.

—Como sigas así, nos veremos ante el magistrado por difamación —advirtió Byern, y salpicó de nuevo a su hermana.

Bryn se vengó con un amplio arco de la mano, una enorme guadaña de agua que alcanzó a su hermano y a Despiertaolas en la cara.

—Lo siento —dijo con una sonrisita.

—Y más que lo vas a sentir —replicó el hombre, frotándose la barbilla.

Despiertaolas curvó su inmensa mano y arrojó una descarga de agua del baño directa a los ojos de Bryn. Byern intervino para defender a su hermana, haciendo salpicar el agua y dando a Lexa. La chica se unió a la refriega y al poco tiempo estaban los cuatro enzarzados, feroces como dracos blancos, salpicando y maldiciendo y riendo. Despiertaolas arrojó a Lexa de un lado al otro del baño contra el pecho desnudo de Byern, enganchó a Bryn por el cuello y la hundió bajo la superficie mientras la joven pataleaba y se revolv…

—En nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿qué está pasando aquí?

Lexa se quitó el pelo mojado de los ojos y alzó la mirada para encontrar a la magistrae de pie en la puerta de los baños, con los brazos en jarras. Vestía inmaculada, como siempre, y su larga trenza entrecana le caía por encima de un hombro. Su voz estaba erizada de indignación.

—Sois gladiatii del collegium de Titus, y aquí os encuentro, maullando y haciendo el tonto como una pandilla de niñatos. ¿Así es como honráis a vuestra domina?

—Disculpas, magistrae —dijo Despiertaolas, y soltó el cuello de Bryn—. Ha sido una broma de un momento, nada más. El tiempo se vuelve caluroso y los giros largos, y…

—Y solo falta un puñado de esos giros hasta el venatus de Fuerteblanco, y a continuación, el Magni —restalló la magistrae—. ¿Sabéis lo que le costaría a vuestra domina si fracasarais? ¿La vergüenza que soportaría? Quizá consideréis sabio dedicar vuestro tiempo a hacer travesuras, pero yo en vuestro lugar me concentraría en los juegos y en lo que os espera a todos vosotros si este collegium cae.

La sonrisa en el rostro de Lexa murió, el momentáneo gozo que había sentido se evaporó. Los gladiatii agacharon las cabezas como chiquillos tras un rapapolvo. Lo que la magistrae decía era cierto, y todos lo sabían: si el colegio fracasaba, lo más seguro sería que los vendieran como carne barata, y solo Aquel que Todo lo Ve sabía a quién. A otro sanguila, quizá, pero era más probable que al Pandemónium. Todas sus vidas pendían de un hilo. Por los dientes de las Fauces, había sido estupendo olvidarlo todo durante un momento. Pero Lexa tensó la mandíbula. Endureció su resolución. Estaba ablandándose en aquel lugar. No en el sentido físico, ya que bajo la tutela de Arkades se había vuelto más dura y estaba en mejor forma que en toda su vida. Pero permitirse intimar con sus compañeros gladiatii era un error. Por simpáticos que pudieran ser, los hombres y mujeres del collegium eran solo peones en un tablero. Peones que, casi a ciencia cierta, habría que sacrificar antes de que Lexa llegara al rey.

«Estas personas no son tu familia, ni tus amigos —se recordó—. Todos ellos son solo un medio para alcanzar un fin.»

—Más fuerte.

Echo apretó las palmas de las manos contra la pared e hincó las rodillas en el colchón, con la cabeza echada hacia atrás. Furiano la tenía asida por la cintura, en una presa resbaladiza por el sudor de ambos, y el cuerpo entero de ella se estremecía con cada embestida de las caderas del campeón. El bastidor de la cama se sacudía con la fuerza de sus movimientos, y de la pared se desprendió polvo de piedra que cayó flotando hacia el suelo.

—Más fuerte —volvió a gemir Echo.

Su campeón obedeció, corcoveando como un semental. La dona echó una mano atrás y le arañó la piel, instándolo más adentro mientras él asía un puñado de cabello y tiraba de ella contra su ardiente vara. Echo cerró los ojos, meciéndose trémula, con la boca muy abierta.

—Fóllame —suspiró.

—Domina…

—Oh, Hijas, sí.

—Domina, voy a…

—Sí, termina —jadeó ella—. Fóllame, fóllame, fóllame.

Furiano empujó unas cuantas veces más y se liberó de ella, con todo el cuerpo rígido mientras se derramaba sobre las nalgas y la espalda de Echo. La dona dejó caer la cabeza, le hundió las uñas en la piel y se mordió el labio para ahogar su grito. Sin aliento, se derrumbó bocabajo en la cama, ronroneando como una gata. El Invicto se sentó a su lado, resollando, con el cuerpo empapado. Aunque la cama era pequeña, se preocupó de no tocarla, pues al parecer la dona era muy poco aficionada a los afectos poscoitales. Apoyó la espalda contra la pared, se lamió los labios y suspiró, con el corazón desbocado.

—Buena actuación, campeón mío —murmuró la dona.

—Vuestro susurro, mi voluntad —repuso él.

Echo soltó una risita y rodó para quedarse bocarriba. Contoneó las caderas, arqueó la columna vertebral y alzó la mirada hacia el hombre.

—Por las Cuatro Hijas, qué falta me hacía —dijo, y suspiró.

—No más que a mí —respondió Furiano—. Ya empezaba a sospechar que me habíais olvidado.

Echo lo arrulló, apartándole la melena oscura de la cara y pasando las yemas de los dedos por su accidentado abdomen.

—¿Me echabas de menos, mi campeón?

—Habían pasado semanas, domina.

—No temas, amante mío —dijo la dona con una sonrisa—. Siempre regresaré.

—¿Hasta que tu favor recaiga en otra persona?

—¿En otra? —Los labios de Echo se combaron—. ¿Y quién podría ser esa persona, según crees?

—La Salvadora de Vigilatormenta —murmuró él con fingido dramatismo.

—Ah —dijo Echo, poniendo los ojos en blanco—. Por fin llegamos a la punta de la lanza. Pero no me gustan las mujeres, Furiano. Y mucho menos los celos.

—La hacéis luchar en la arena a mi lado —musitó él—, como si fuese mi igual. Pero ella no tiene honor. Tiene…

—Tiene unos laureles de vencedora —dijo Echo—. Tiene el favor de la multitud. Y tiene una tercera parte de la llave que nos abrirá las puertas del Venatus Magni.

—Puedo derrotar a la sedosa de vuestro padre yo solo, domina —gruñó Furiano—. No requiero la ayuda de nadie, y mucho menos de una conspiradora flacucha a la que mi enemiga ya ha vencido.

Echo suspiró. Se levantó de la cama, tiró de la sábana y, con gesto distraído, se limpió la simiente de Furiano de la piel.

—Esta conversación me aburre.

Furiano extendió la mano.

—Echo…

—¿Echo? —La dona alzó la mirada de sopetón—. Te estás excediendo, esclavo.

—Ah, esclavo, sí. —Furiano asintió—. Hasta que vuelva a entraros la sed. Y entonces será todo «amante mío» y «mi campeón» y palabras acarameladas hasta que os hayáis saciado.

—¿Y con tanta amargura te quejas en el momento?

—Pretendo ser más que solo vuestro semental.

—¿Y qué más pretendes ser? —preguntó Echo—. Quizá seas campeón en la arena, pero estás muy lejos de obtener otros laureles. Soy la domina de esta casa. No creas que, solo porque me acuesto contigo, estás en condición de aconsejarme. Ni que cuando doy una orden, no espero que se obedezca.

—Cuando vuestras pesadillas os sacan del sueño, ¿creéis que os consuelo solo porque se me ordena hacerlo? ¿Creéis que os abrazo porque…?

—Te estás excediendo, campeón.

Furiano apretó los labios con fuerza y la rabia le ensombreció el semblante. Pero no dijo nada más. Echo lo miró durante un momento largo y silencioso y se le ablandó el rostro. Volvió a tumbarse en la cama junto a él y le puso una mano en la mejilla.

—Me importas —musitó—. Pero no pued…

Alguien llamó a la puerta.

—¿Campeón?

Los ojos de Echo se desorbitaron al reconocer la voz.

—Por el todopoderoso Aa —siseó—. ¡Arkades!

Furiano se levantó de la cama, palideciendo.

—Creía que había bebido.

—¡Y así es! Estaba desmayado en el comedor, muerto para el condenado mundo.

Otra llamada.

—¿Furiano?

Echo miró por la habitación, desesperada. El altar a Tsana. Un cofre pequeño. Espadas de madera y un maniquí de prácticas. Ningún escondite. Al final, la dona de la casa se puso de rodillas. Se metió bajo la cama con la ayuda de Furiano, subió las piernas y se las abrazó contra el pecho. Después de cerciorarse de que no se la veía, el Invicto se puso el taparrabos y abrió la puerta. Arkades estaba en el umbral, con el rostro abotargado por la bebida. Se tambaleaba un poco y en su aliento se olía el vino mientras miraba al campeón de arriba abajo.

—Mis disculpas —dijo—. ¿Estabas dormido?

—Solo descansaba, executus.

—Umf.

Arkades lo apartó con el hombro y entró cojeando en el dormitorio, acompañado de los tintineos de su pierna de hierro contra la piedra, clin tump, clin tump. Buscó un lugar en el que sentarse y terminó con sus posaderas encima de la cama. El colchón de paja se combó bajo su peso y Echo ahogó un grito cuando le dio un golpe en la nuca e hizo rebotar su cabeza contra el suelo. Renegando entre dientes, se acurrucó más, como una niña desobediente que se escondiera de sus padres. Arkades olisqueó el aire, alzó una ceja y habló con la voz espesa por la bebida.

—Qué mal huele aquí.

—Es el calor, executus. Saai se aproxima más al horizonte a cada giro que pasa.

Arkades arrugó la nariz.

—Hablaré con la magistrae. Ese jabón que te hace usar huele a perfume de mujer.

Los ojos de Furiano se ensancharon un poco, y miró a la sombra de debajo de su cama. El executus no se dio cuenta porque estaba sacando su fiel petaca para darle un largo sorbo. Se la ofreció al Invicto, que la rechazó con una silenciosa negación de cabeza.

—Umf, así me gusta —dijo Arkades, guardándose la bebida—. Te vuelve blando en la arena.

—Pero también te hace olvidar la sangre que la mancha —contestó Furiano en voz baja.

Arkades asintió, casi para sus adentros, con una mirada perdida en los ojos. La bajó a sus manos. La alzó de nuevo hacia los ojos oscuros del Invicto.

—Eso me gusta de ti, Furiano. Tú lo ves. Lo comprendes. El dolor que soportamos. Los ríos rojos en los que debemos vadear.

—En nuestro camino hacia la gloria.

—Una carga pesada.

—La acepto encantado, si me otorga la victoria.

Arkades dio un leve soplido.

—También me gusta eso de ti.

—Discúlpame, pero ¿querías algo, executus?

Arkades suspiró y cambió el peso de sitio, con lo que el colchón aplastó a Echo contra el suelo. La dona solo podía respirar en bocanadas poco profundas, con el pecho muy apretado contra la piedra y pánico en su rostro. Si hacía algún ruido, si el executus la encontraba allí…

—Necesito que Cuervo y tú dejéis de entorpeceros —respondió Arkades, farfullando un poco por la bebida—. Necesito que luches junto a ella, no contra ella.

Furiano torció el gesto.

—Esa chica está en la lengua de todos esta nuncanoche, por lo que parece.

Un parpadeo.

—¿Qué?

—Es una mentirosa y una rata, executus. Su gloria es del todo inmerecida.

—¿Cómo puedes decir eso? —Arkades arrugó la frente—. Por la polla de Aa, yo no le tengo más aprecio que tú, pero la viste luchar en Vigilatormenta. Su victoria sobre el arcadragón…

—Estuvo empapada de engaño. No es una vencedora, sino una ladrona.

Arkades soltó un bufido e hizo ademán de sacar la petaca pero consiguió controlarse. Se levantó, inestable por un instante, y Echo suspiró de alivio al poder volver a respirar. Arkades recuperó el equilibrio, cojeó por la habitación e hizo un gesto hacia las paredes que los rodeaban.

—¿Qué ves?

—La casa de mi domina —respondió el Invicto.

—Sí. Las paredes que te resguardan, el techo que te aparta los soles de la espalda. ¿Sabes lo que pasará si no logramos procurarnos un puesto en el Magni?

—No necesito ayuda para derrotar a la sedosa, executus —gruñó Furiano, erizándose—. Y no lucharé al lado de una perra sin honor que roba lo que debería merecerse.

—Porque tú lo sabes todo sobre ser un perro sin honor, ¿verdad?

Furiano abrió los ojos como platos.

—¿Cómo osas…?

—Ahórrame tu indignación —masculló Arkades, levantando una mano encallecida—. Olvidas que fui yo quien te encontró y te trajo aquí. Solo yo sé de dónde procedes y lo que hiciste para acabar encadenado.

Furiano echó una mirada hacia la cama. Hacia la persona que se ocultaba debajo.

—De eso hace ya muchos giros —dijo—. Ya no soy ese hombre. Ahora soy un hijo devoto de Aquel que Todo lo Ve y un gladiatii que vive para honrar a su domina.

—Vives para honrarte a ti mismo —replicó Arkades, negando con la cabeza, irritado—. Para demostrarte que eres mejor que el hombre que fuiste. Y eso me llega al alma. Pero no digas que luchas por tu domina. Si de verdad pensaras por un momento en Echo, si sintieras un ápice de lo que yo siento por e…

Arkades parpadeó y logró controlarse. Se tambaleó un poco. Amagó una mirada al campeón, luego carraspeó y se frotó los ojos nublados.

—Tienes la destreza y la voluntad para llevarnos hasta el Venatus Magni, Furiano. No te saqué de la ciénaga para redimirte de los pecados de tu pasado. Lo hice porque veo en ti a un campeón, tal y como lo fui yo mismo. Puedes ganar tu libertad. Caminar entre nosotros siendo un hombre de nuevo, no el animal que eras. Pero quienes no defienden nada mueren por eso mismo. Y si únicamente te defiendes a ti mismo, caerás solo.

—¿Defenderme a mí mismo? —repitió Furiano, incrédulo—. ¡Yo defiendo estos muros!

—Pues demuéstralo —gruñó Arkades—. Lucha junto con Cuervo, no contra ella. Y cuando la sedosa haya sido derrotada y nuestro puesto esté asegurado, cuando te enfrentes a Cuervo e mortium, podrás revelarte como el hombre que sé que eres. —Arkades puso una mano en el hombro del campeón y repitió—: O caerás solo. Y arrastrarás contigo esta casa.

El executus se bamboleaba como un árbol en una tormenta, y su mano en el hombro de Furiano estaba más para equilibrarse que para reconfortarlo. Pero aunque el vino dorado impregnaba su aliento, aunque apenas lograba mantenerse en pie, parecía que había dado en el clavo. Furiano apretó la mandíbula. Pero al final, asintió.

—Lucharé junto a ella en Fuerteblanco —dijo—. Pero en Tumba de Dioses, morirá.

Arkades asintió, renqueó hacia la puerta, clin tump, clin tump, y al llegar al umbral se volvió de nuevo para mirar a Furiano.

—O quizá antes. ¿Quién sabe?

El executus sonrió y cerró la puerta al salir. Furiano se quedó muy quieto, escuchando el sonido de su cojera hasta que desapareció pasillo abajo. Se puso de rodillas, tendió una mano a Echo y la ayudó a salir de debajo de la cama. Una vez estuvo de pie, la dona soltó su mano de la del campeón y se puso el vestido para cubrir su desnudez. En todos sus movimientos se leía la indignación.

—Vaya —dijo mirándolo furibunda—. Ibas a desobedecer mi orden de luchar junto a Cuervo, ¿pero Arkades dice cuatro palabras de nada y por fin le ves el sentido?

—Domin…

—Me contaste que, antes de esto, eras mercader —dijo clavando su brillante mirada en el campeón—. Comerciante.

—Lo era —respondió Furiano.

—Por cómo hablaba Arkades, no lo parece. Te ha llamado animal. ¿Cuántos pecados puede acumular un sencillo mercader, para tener que redimirlos luchando con tanta ferocidad?

El Invicto no respondió.

—¿Qué hiciste, Furiano? —preguntó ella—. ¿Qué embustes me has contado?

El campeón se limitó a contemplar la Trinidad de Aa en la pared, negándose a cruzar la mirada con Echo. La dona se quedó quieta unos momentos eternos, sopesando los ojos de Furiano, buscando respuestas. Encontrando solo el silencio. Y con un hastiado sonido gutural, dio media vuelta, caminó hasta la puerta, escuchó un momento, la abrió de un tirón casi con imprudencia, salió al pasillo y dio un portazo a su espalda. El Invicto dejó caer los hombros y soltó un quedo reniego. Al sentarse en la cama, vio que Echo se había dejado allí la ropa interior. La cogió y se quedó mirándola un largo rato, sumido en sus pensamientos. Pasó los dedos por la seda, por el encaje. Inhaló su perfume. Y después se agachó y la metió debajo del colchón, oculta en las sombras que proyectaba su cama.

Las sombras donde un no-gato estaba escuchando. Intentando con todas sus fuerzas no poner sus no-ojos en blanco.

—… en fin...