Capítulo 23. Fuerteblanco

El fragor de las olas en una costa pedregosa.

Los chillidos de las gaviotas en los cielos quemados por los soles.

El rugido de setenta mil voces gritando como una sola.

Había un solo gladiatii en el centro de la arena, bañado en trueno. El fulgor de los dos soles relucía en las dos cadenas con cuchillas que hacía girar en torno a su cuerpo. Iba cubierto de brillante acero, el brazo envuelto en malla de escamas, grebas en sus espinillas. Su rostro estaba oculto por un yelmo bruñido con la forma de las fauces de un draco rugiendo. Los prisioneros que tenía alrededor no contaban con tales protecciones. Llevaban unos jirones de cuero y espadas herrumbrosas en las manos. Los lances de ejecución servían para entretener al público entre los espectáculos principales, pero había una docena de hombres y mujeres condenados en la arena, enfrentados a un solo gladiatii, así que tampoco convenía dejar a los delincuentes muchas posibilidades de sobrevivir. Debían morir allí, al fin y al cabo. Un condenado por violación cargó con un grito y el gladiatii hizo latiguear su cadena de cuchillas contra su vientre y derramó rollos de intestinos púrpuras a la arena, que ya estaba escarlata. La multitud rugió, aprobadora. Un pirómano y un asesino atacaron al gladiatii por la espalda, pero los dos encontraron una sibilante muralla de acero que les segó los brazos de las espadas por los codos y las gargantas hasta el hueso. Mientras los vítores de la plebe arreciaban y los muros del estadio de Fuerteblanco casi temblaban con los golpes de sus pies, el gladiatii empezó a aplicarse en serio. Abrió tráqueas y estómagos, amputó brazos y piernas y, como emocionante final, al último prisionero le separó la cabeza de los hombros.

—¡Ciudadanos de Itreya! —La voz llegó por medio de los cuernos del estadio—. ¡Honorables Administratii! ¡Senadores y nacidos de la médula! ¡Vuestro vencedor, Giovanni de Liis!

El gladiatii rugió y alzó sus cadenas ensangrentadas. Mientras daba una vuelta a la arena, azuzando al público hasta el frenesí, se llevaron los cadáveres mutilados de los criminales para deshacerse de ellos. No los esperaban más que una tumba sin lápida y el abismo. Lexa estaba de pie en su celda, mirando la arena entre los barrotes. Los juegos casi habían terminado. Solo quedaban la carrera de equillai y su combate pactado contra la sedosa antes de la Última. Carnicero ya había luchado, pero había recibido una soberana paliza de un espadachín de collegium de Tácito, y no habría salvado la vida de no ser por la súplica de piedad de los editorii. Despiertaolas y Wells habían participado en un combate tipo casa de fieras con otras dos docenas de gladiatii y una manada de osos-guadaña vaanianos. Entre los dos habían matado a tres bestias, pero unos acechadores del collegium de Trajano habían terminado superándolos a puntos en el recuento final. Se habían quedado a dos muertes de la victoria. Tan cerca de unos laureles y, aun así, tan lejos. Los dos se encontraban en la misma celda que Lexa, curándose las heridas y el orgullo. Carnicero estaba con Larva para que le cosiera la cabeza y las costillas. Cantahojas estaba sentada de espaldas a la arena, escuchando cómo remitía el furor y concentrada en atar un puñado de cuchillos curvados en los extremos de sus trenzas de sal y canturreaba para sí misma. Las hojas tenían ocho centímetros y estaban afiladas como cuchillas. Iba vestida con un peto de cuero hervido, hombreras y grebas de hierro oscuro. En el banco, a su lado, había un yelmo con la parte superior de la celada cortada.

—No tardarán en salir Bryn y Byern —dijo Lexa.

Cantahojas asintió sin decir nada.

—¿Nerviosa? —preguntó Lexa.

—Siempre —respondió la mujer.

—Coraje, hermanas —dijo Despiertaolas sonriendo—. Esto lo tenéis ganado.

Cantahojas asintió despacio. En las semanas anteriores a su partida desde Nido del Cuervo, el entrenamiento con Furiano había mejorado una barbaridad, y en sus largas sesiones bajo los ardientes soles, el trío había alcanzado una especie de sincronía. Al actuar como uno solo, habían empezado a derrotar a Arkades casi siempre. La velocidad de Lexa. La potencia de Furiano. Cantahojas, el puente entre ambos. Aunque el Invicto estaba separado de ellas en su celda de campeón, como era costumbre antes de un combate, se aproximaban tanto a ser un equipo como les sería posible jamás.

—Tenemos una oportunidad —reconoció Cantahojas.

A decir verdad, tenían más de una. Clarke había llegado a Fuerteblanco una semana antes que los gladiatii del collegium de Titus y llevaba rondando por el estadio desde entonces. Enviándole mensajes por medio de Eclipse, le había contado a Lexa exactamente cómo planeaban los editorii aderezar el espectáculo del enfrentamiento entre los collegia de Leónidas y Titus. Y Clarke también había preparado un regalo especial para inclinar la balanza aún más en su favor. Lexa cerró los ojos y escuchó el sonido del distante océano. Tumba de Dioses estaba al otro lado del agua; si trepaba a las murallas de la ciudad, podría verla desde allí. Estaba ya a solo un paso del Venatus Magni.

A un combate de la venganza.

Sonaron las trompetas y la multitud rugió en respuesta. Las piedras temblaron bajo los pies de Lexa y el inmenso aparato mekkénico que había bajo la arena empezó a rodar. Lexa miró por los barrotes y vio que la plataforma se abría en dos y una isla elíptica se elevaba en el centro de la arena. A todo lo largo había alineados con esmero casi cuarenta cruces con presos condenados amarrados con fuerza a los travesaños.

—Va a empezar —dijo Lexa.

Cantahojas se acercó a ella junto a los barrotes y Despiertaolas se puso a su lado. Lexa miró a Wells cuando este se abrió paso hasta llegar a ella. No habían hablado de la revelación de la ascendencia de Lexa desde la nuncanoche en que habían peleado en su celda. Wells parecía contentarse con esperar a que Lexa le sacara el tema, con que hablara cuando estuviese preparada. Pero Lexa había reparado en que el hombre ya nunca se alejaba mucho. Se sentaba a su lado en las comidas y entrenaba cerca, nunca a más de unos pocos metros. Como si le hubiera nacido un instinto de protección. Como si saber que era la hija de Nyko Wood…

—¡Ciudadanos de Itreya! —llegó la voz atronadora del editorii—. ¡Os presentamos la carrera de equillai de este venatus de Fuerteblanco!

La multitud bramó en respuesta, como si la recorriera una ondulación. El estadio de Fuerteblanco no era ni por asomo del tamaño que tenía su equivalente en Tumba de Dioses, pero Lexa calculaba que podía albergar al menos a setenta mil personas. El clamor de esas personas, el calor, el palpitante ritmo de sus cánticos, la llevaba de vuelta a la arena de Vigilatormenta, cuando había recorrido arriba y abajo el cadáver del arcadragón.

«¿Cómo me llamo? —chilló.»

«¡CuervoCuervoCuervoCuervoCuervo!»

«¿CÓMO ME LLAMO?»

Ya sabían cómo se llamaba, de eso no cabía duda. La noticia de su victoria se había extendido por toda la república. Clarke había oído a expertos en la arena hablar de ella en una taberna hacía solo dos nuncanoches. «La Belleza Sanguinaria», la llamaban, y también «la Salvadora de Vigilatormenta».

Lexa miró en dirección a Tumba de Dioses. Escuchó el sonido del océano por encima del clamor de la multitud.

«Pronto todos sabrán mi nombre. —Apretó los puños—. Mi verdadero nombre.»

—¡Y ahora, nuestros equillai! —exclamó el editorii—. Luchando por los Lobos de Tácito, ¡los Colosos de Villa Corneja, Alfr y Baldr!

Dos enormes hombres vaanianos salieron con su biga al galope desde el rastrillo alzado en la parte sur de la arena. Su carruaje tenía labrados unos lobos rugiendo, y las alas de sus yelmos y el rubio de sus barbas reflejaron la luz de los soles cuando alzaron las manos hacia la aclamadora muchedumbre.

—Luchando por las Espadas de Filipi, ¡los vencedores de Talia, las Novenas Maravillas Itreyanas, Maxo y Agripina!

Un segundo carruaje rodó detrás del primero, tirado por unos sementales castaños. Sus equillai eran una pareja mixta como Bryn y Byern, pero, a juzgar por el arco que llevaba él, el hombre parecía ser el flagellae del equipo. En una impresionante exhibición acrobática, se puso en pie sobre los dos caballos y extendió los brazos, enardeciendo a la multitud.

—Luchando por los Halcones del collegium de Titus…

—Allá vamos —susurró Wells.

—¡Los Terrores Gemelos de Vaan, Bryn y Byern!

Los hermanos irrumpieron en la arena sobre su biga, entre el estruendo de cascos contra el polvo compactado. Para no dejarse superar por el flagellae de Filipi, Bryn iba sobre los lomos de Rosa y Zarza haciendo el pino, con el arco en los dedos de los pies. Disparó una flecha al aire que cayó a tierra y perforó la pista justo en la línea de meta. Lexa y sus compañeros aullaron cuando el carruaje de Bryn y Byern pasó por delante de su celda. Byern les dedicó una sonrisa confiada y Bryn les lanzó un beso, que Despiertaolas hizo ademán de atrapar en el aire.

—¡Que Trelene os acompañe, amigos! —vociferó—. ¡Cabalgad!

—Y por último, luchando por los Leones de Leónidas, los vencedores de Vigilatormenta y Puentenegro, los Titanes de la Pista, ¡vuestros adorados Matapiedras y Armando!

Los equillai salieron a la pista acompañados de un aplauso ensordecedor, sonriendo de oreja a oreja. Llevaban las manos entrelazadas y en alto. Tenían armaduras doradas y los hombros envueltos por las pieles de poderosos leones. Armando echó mano al carcaj que tenía al lado y empezó a lanzar flechas al aire. Por algún tipo de arkimia, las flechas estallaron en confeti y cintas, que cayeron como arcoíris sobre el encantado público. Un cántico rítmico inundó las gradas mientras los equillai ocupaban sus puestos, en los extremos contrarios de la elipse. Lexa miraba a Bryn y Byern sin miedo en el corazón, pero sabía que tenían poco que hacer. Dado que Echo no iba a sacar a nadie de su establo en la Última, incluso si los gemelos triunfaban, a los Halcones seguiría faltándoles un laurel para luchar en el Magni. Solo el combate especial de Lexa contra la sedosa podía garantizarles ya ese puesto. Bryn y Byern competían solo por el dinero, y quizá por su propia gloria. Pero era muchísimo riesgo a cambio de un puñado de monedas y algo de orgullo. Lexa no era la única que se daba cuenta. Cantahojas estaba a su lado, tensa como el acero. Despiertaolas se aferraba a los barrotes con fuerza y Wells contenía el aliento. Lexa recordó las palabras que le habían dicho Bryn y Byern en el Nido. El dicho de su tierra natal que habían compartido con ella.

«En cada respiración mora la esperanza.»

Extendió el brazo y apretó la mano de Wells.

—Sigue respirando —susurró.

—Equillai… —vociferó el editorii—. ¡Comenzad!

El chasquido de las riendas. La percusión de los cascos. Lexa apretó los dientes con el inicio de la carrera, mientras todos los equipos ganaban velocidad a marchas forzadas. Mientras las bigas rugían por la pista, cada vez más deprisa, los arqueros descargaron flecha tras flecha contra los indefensos prisioneros, intentando matar a tantos como pudieran para ir acumulando puntos. El público bramó, los condenados chillaron y el escarlata tiñó las arenas. Había editorii de pie entre la multitud con catalejos, fijándose en los distintos colores de las plumas de cada equipo y anotando quién se apuntaba los disparos mortales. Había dos marcadores en los muros del estadio, al este y el oeste, y unos niños vivaces iban añadiendo los puntos al total de cada equipo introduciendo piedras en los surcos del tablón. Wells señaló hacia un marcador.

—Vamos por delante.

El público estalló en gritos, apartando la atención de Lexa de las puntuaciones. El equipo de Filipi había adoptado una táctica agresiva muy pronto, dejando en paz a los prisioneros y apresurándose a atacar a otros equipos. Su arquero estaba atacando a Bryn y Byern, haciendo silbar saetas de plumas negras por el aire. Byern protegió a su hermana tras el escudo mientras ella disparaba a uno de los pocos prisioneros que quedaban y, acto seguido, daba media vuelta y devolvía el fuego, obligando al arquero de Filipi a cubrirse. Mientras tanto, los Leones de Leónidas intercambiaban flechazos con los Lobos de Tácito, y el público se emocionó cuando Armando hizo un disparo astuto que alcanzó el muslo del arquero lobo.

—¡Primera sangre para los Leones de Leónidas! —exclamó el editorii.

Sonaron las trompetas.

«Faltan ocho vueltas.»

En lugares aleatorios de la pista cayeron cuatro coronae, con hojas de laurel que relucían en el polvo. Valían un solo punto, pero al haber poca ventaja entre el primer y el último equipo, todos ellos serían valiosos. Bryn lanzó tres flechas al arquero de Filipi mientras su hermano se asomaba fuera del carruaje y recogía una coronae. Las Espadas se hicieron con una segunda y los Leones con otra. Las monturas hicieron retumbar la pista, las flechas surcaron el aire y Lexa y sus compañeros siguieron mirando y vitoreando con el resto de la multitud.

«Faltan seis vueltas.»

Cayeron más coronae. Sonaron las trompetas y el suelo tembló mientras la arena se separaba. Emergieron unas barricadas de madera a lo largo de la pista, cubiertas de peligrosas enredaderas de videspino. Por si el riesgo de colisión no fuese ya suficiente, las barricadas estallaron en llamas al mismo tiempo. Los sagmae se verían obligados a centrarse más en conducir sus carruajes y menos en proteger a sus compañeros y, con la velocidad reducida, sería más fácil cerrar distancias. Las flechas volaron deprisa y en cantidad, y Lexa soltó un reniego cuando a Bryn la rozó un disparo que Byern no pudo desviar a tiempo. Y para regocijo del público, los Lobos de Tácito lograron marcar un punto contra Matapiedras al clavarle una flecha casi hasta las plumas blancas en la espinilla. Matapiedras se tambaleó, cayó de rodillas y bajó el escudo mientras su biga resbalaba descontrolada. El arquero lobo disparó de nuevo y la muchedumbre aulló cuando la flecha hirió a Armando en el hombro. Con la destreza que los había hecho campeones, Matapiedras recuperó el control del carruaje y Armando arrancó las flechas de su propio brazo y de la pierna de su sagmae. Pero la sangre fluía densa y los Lobos aprovecharon el tiempo para recoger otras tres coronae, con lo que se pusieron en cabeza. Lexa hizo un gesto contrariado viendo cómo Bryn y Byern iban quedando atrás.

«Faltan cuatro vueltas.»

Cayeron más diademas a la pista, seis en esa ocasión. Los Lobos iban en primera posición, y los Halcones y los Leones empataban en la segunda. Bryn parecía poseída, descargando flecha tras flecha contra sus adversarios. Las Espadas iban los últimos y estaban en una situación desesperada. En su apuro por recoger una coronae, la sagmae de las Espadas llevó su carruaje demasiado cerca de una barricada y su rueda rozó el videspino en llamas con una explosión de chispas. Desequilibrada, la sagmae cayó de rodillas y Bryn hizo un disparo imponente que llevó su flecha de plumas rojas silbando hasta atravesar el cuello de la mujer. La sagmae gorgoteó y una segunda flecha se le clavó en el pecho. Los caballos rozaron otra barricada, la pértiga se partió en dos y el carruaje dio una vuelta de campana y se destrozó contra el suelo.

—¡Primera muerte para los Halcones! —graznó el editorii—. Sanguii e Gloria!

Bryn alzó un puño triunfal y Byern recogió otra coronae, para regocijo de Lexa y sus compañeros. Con aquellos cinco puntos, el collegium de Titus había recuperado la primera posición. Tenía la victoria a su alcance.

—¡Quedan dos vueltas! —se oyó por los cuernos.

El humo de las barricadas se extendió sobre la arena teñida de rojo de la pista. Con los adversarios que llevaban toda la carrera acosándolos muertos, Byern fustigó a sus yeguas para que corrieran más y así aproximarse a los Leones. Armando estaba agachado detrás del escudo de Matapiedras, ambos sangrando con profusión. La multitud vociferó, preguntándose si estaban a punto de matar a sus adorados Leones, pero Lexa tenía los ojos entrecerrados. Armando y Matapiedras no eran ningunos necios, y un gato grande nunca es más peligroso que cuando está herido.

—¡Tened cuidado! —gritó cuando los Halcones pasaron rodando delante de su celda.

Bryn levantó su arco y apuntó, y el arquero de los Lobos la imitó desde su posición adelantada. El público estaba de pie, pensando que Matapiedras y Armando caerían en el fuego cruzado. Pero con una habilidad extraordinaria Matapiedras asió una rueda con las manos desnudas, trabándole el giro. Su biga derrapó de lado y los disparos de sus enemigos pasaron de largo. Armando salió de su cobertura y lanzó una flecha a los Lobos, que susurró al superar el escudo del sorprendido sagmae y se clavó en el cuello de su arquero. La muchedumbre aulló y el arquero trastabilló y cayó del carruaje a la arena.

—¡Tercera muerte para los Leones! —llegó el grito.

La biga de los Lobos topó con una barricada y volcó. Mientras tres flechas de Bryn se clavaban en el escudo de Matapiedras, Armando disparó de nuevo y alcanzó al auriga lobo en la rodilla y el pecho. El hombre se derrumbó, pero la pierna se le quedó enganchada al caer del carruaje y se vio arrastrado unas decenas de metros antes de soltarse.

—¡Leones, cuarta muerte! Sanguii e Gloria!

La plebe bramó, ebria de matanza. Byern recogió otra coronae sin dejar de azuzar a Zarza y Rosa, empapadas de sudor. Matapiedras fustigó a sus sementales, tratando de mantener la distancia con los Halcones. Con sus dos disparos mortales a los Lobos, los Leones se habían puesto en cabeza; lo único que necesitaban era seguir lejos y mantener el ritmo a los Halcones recogiendo coronas para llevarse la victoria.

—¡Última vuelta!

El estadio entero estaba de pie y el estruendo reptaba por la piel de Lexa y le bajaba por la espalda. Wells murmuraba entre dientes urgiendo a los gemelos, Cantahojas rezaba en voz baja y Despiertaolas estaba callado como un muerto. Los caballos espumeaban, la multitud berreaba, las llamas crepitaban y Don Majo se inflaba en la sombra de Lexa a medida que el miedo intentaba arraigar en su vientre, en su mandíbula apretada. Vio que Byern azotaba con dureza a sus yeguas, intentando reducir la distancia para que su hermana se anotara un disparo mortal. Desesperación en sus rostros. Sangre en sus pieles. Muerte en el aire. Contemplando la multitud, Lexa sintió arcadas. La euforia, el esmalte rojo en sus ojos. Había cuatro personas allí fuera en la arena luchando por sus vidas. Pero el público no veía a hombres y mujeres con esperanzas y sueños y temores. Lexa quería que Bryn y Byern ganaran. Aunque sabía que no debía considerarlos sus amigos, los conocía. Le caían bien. No deseaba que murieran. Pero se sorprendió al caer en la cuenta de que tampoco quería que murieran Matapiedras y Armando con todas sus esperanzas y sueños y temores. ¿Y todo por unos laureles que no importaban, de todos modos?

Los Leones se aproximaban a la línea de meta. La multitud era toda bocas abiertas y aullidos inarticulados. Girando hacia la recta final, Matapiedras se agachó para recoger otra coronae. Los Halcones doblaron la esquina casi volando, tan deprisa que una rueda del carruaje se elevó del suelo. Bryn disparó a través del polvo y el humo y la llama, un tiro milagroso que superó el escudo de Matapiedras y se le clavó en el brazo. El sagmae resbaló en la sangre y tiró de las riendas. Su biga patinó hacia un lado y el público berreó al verla empotrarse contra una barricada, aplastando a los equillai como si fuesen de cristal. El eje se hizo añicos y una rueda se soltó del carruaje hecho trizas y rebotó hacia atrás por la pista.

Directa hacia los Halcones de Titus.

Byern tiró de las riendas, intentando dirigir a sus yeguas hacia la izquierda, pero llevaban demasiado impulso. La rueda segó las patas de Zarza y la yegua se desgañitó mientras caía. La pértiga del carruaje se clavó en la arena y, mientras Lexa y sus camaradas daban respingos,

«Oh, no.»

la biga entera se arrugó como vitela seca y salió despedida por los aires. Bryn y Byern volaron como muñecos de trapo y la muchedumbre gimió cuando los gemelos se golpearon contra el suelo. Bryn cayó sobre el hombro en la arena, pero su hermano no tuvo tanta suerte. Byern se estrelló de cabeza contra una barricada ardiente, y Lexa se encogió al oír el húmedo crujido de los huesos al quebrarse. El vaaniano atravesó el obstáculo y rebotó contra la arena hasta quedarse quieto a seis metros de la barricada, hecho un amasijo justo al lado de la celda de Lexa.

—Madre de los Océanos —dijo Cantahojas con un hilo de voz.

El público se había quedado estupefacto al ver que ambos equipos de equillai habían chocado antes de llegar a la línea de meta. Matapiedras y Armando estaban tendidos sin moverse entre los restos de su biga, la espalda del joven arquero torcida en un ángulo espantoso, su compañero quieto junto a él. Pero en la densa calma tras la tormenta, la plebe no tardó en arrancarse en vítores.

—¡Por el todopoderoso Aa, mirad! —gritó Wells.

Lexa escrutó a través del humo y vio que Bryn se movía. Despacio al principio, la chica se revolvió, se alzó a cuatro patas y se quitó el yelmo emplumado. Mientras Lexa miraba y el público empezaba a rugir de nuevo, la arquera se bamboleó hasta ponerse en pie. Bryn estaba a unos quince metros de la línea de meta. Lo único que tenía que hacer era cruzarla andando y los Halcones tendrían su victoria. Empezó a cojear en su dirección, sosteniéndose las costillas, vacilando, tropezando, mientras la multitud empezaba a entonar: «¡Bryn! ¡Bryn! ¡Bryn!». La joven arquera escupió sangre a la arena, con el rostro crispado y los ojos fijos en la meta.

Hasta que reparó en su hermano.

Lexa contuvo el aliento mientras la chica se detenía y el estadio entero quedaba en silencio. La confusión cruzó los rasgos de Bryn. Y al instante empezó a avanzar a trompicones, renqueando, dando bocanadas de aire, hacia Byern. El vaaniano estaba tendido bocabajo, a tiro de piedra de la celda de Lexa y los demás. Bryn cayó de rodillas a su lado y le dio la vuelta con suavidad.

—¿Byern? —dijo con voz temblorosa.

Lexa vio sangre en los labios del hombre. Ojos azules abiertos del todo hacia el ardiente cielo. Bryn extendió las manos ensangrentadas para sacudirlo.

—¿Her… hermano?

—Oh, Hijas —susurró Wells.

—Sigue respirando —suplicó Lexa.

Bryn se inclinó más y puso la oreja contra los labios de su hermano. Al no oír nada, lo sacudió otra vez y su semblante se retorció con un chillido.

—¿Byern? —gritó zarandeándolo—. ¡Byern!

Entraron guardias en la arena, todos ataviados de negro. Mientras comprobaban los cuerpos de los Leones caídos, Bryn acunó a su hermano en sus brazos y empezó a gemir, a sollozar, a aullar. Lexa notó el corazón dolorido y lágrimas que le caían por las mejillas. Wells estaba quieto como una estatua. Despiertaolas agachó la cabeza mientras Bryn chillaba:

—¡BYERN!

Los guardias llegaron hasta la chica arrodillada en la arena y la levantaron por los brazos. Al volver a sus cabales, Bryn se resistió, pataleando y chillando:

—¡No! ¡No!

Hicieron falta cuatro hombres para llevársela a rastras de la arena, retorciéndose y vociferando el nombre de su hermano.

—¡Ciudadanos de Itreya! —se oyó por todos los cuernos del estadio—. Lamentamos proclamar que… ¡no hay vencedores!

Lexa cerró los ojos. Todo aquello, para nada. Sin laureles. Sin gloria. Nada de nada. Y entonces, mientras le ardía el estómago y se le helaba la piel, oyó que el público empezaba a abuchear. Miró entre los barrotes y vio a la multitud de pie, tirando comida y escupiendo en la arena. En esa arena manchada con la sangre de ocho hombres y mujeres, siete de los cuales acababan de morir para su diversión. Siete personas con esperanzas y temores y sueños de las que solo quedaban cadáveres.

¿Y el público? Al público le traía sin cuidado.

Lo único que quería era una victoria.

Lexa respiró hondo. Apretó los dientes. Wells y los demás se quedaron junto a los barrotes, pero Lexa les dio la espalda y se alejó. Fijó la mirada en la piedra a sus pies. En el camino que se extendía ante ella. En la venganza que aguardaba al terminar de recorrerlo.

—… lo siento, Lexa…

—¿Tú? —susurró ella—. ¿Por qué?

—… era tu amigo…

—No son mi familia, ¿recuerdas? —replicó—. No son mis amigos. —Se miró las manos, emborronadas hasta casi no reconocerlas por sus lágrimas—. Todos ellos no son más que un medio para alcanzar un fin.

Vacía.