Capítulo 24. Obsidiana
Así era como Lexa se sentía por dentro. Escuchaba los pisotones impacientes de la multitud en las gradas mientras sacaban a rastras el cadáver de Byern de la arena. Con el pelo negro tapándole los ojos, se afanó en ceñirse el peto de cuero al pecho, las grebas de hierro a las espinillas. Todos sus movimientos eran fríos.
Metódicos.
Mekkénicos.
—… ¿TE ENCUENTRAS BIEN?…
Un susurro en su oído, bajo las sombras de su pelo.
—… ¿Lexa?…
Llegaron guardias a su celda para recogerlos, vestidos todos de negro. Furiano estaba detrás de ellos con su reluciente armadura, con un yelmo en forma de halcón en la cabeza y su torque de plata de campeón centelleando en torno a su cuello. Arkades llegó renqueando al lado del Invicto, su rostro una máscara. La dona Echo iba al frente de todos ellos, resplandeciente en un traje largo azul cielo, con el kohl de sus ojos corrido por las lágrimas. Mientras los guardias abrían la cerradura de la celda, Lexa sostuvo la mirada a la domina, intentando sopesar su duelo. ¿Era sincero? ¿O tan vacío como Lexa sentía el pecho en esos momentos?
—¿Domina? —llamó Cantahojas en voz baja—. ¿Bryn está…?
—Está con Larva —musitó la dona—. Está… mal.
—Su hermano ha muerto ahí fuera, domina —dijo Wells—. ¿Cómo iba a estar si no?
—Yo…
—Basta —gruñó Arkades—. Byern ha muerto con honor, como gladiatii. Concentraos en el combate y apartad los pensamientos dificultosos. Vuestra adversaria no estará lastrada por ellos.
Lexa siguió mirando a Echo. Repasando todo lo que sabía de la mujer. La dona se había criado con la violencia de los estadios. Pero aunque tenía un establo de hombres y mujeres que lucharían y morirían para entretener a la plebe, quizá le quedara algo de humanidad en el pecho. Había visto indicios en el baño con la magistrae, incluso quizá en sus ingenuos afectos por Furiano. En ella había algo más que un simple deseo de derrotar a su padre. ¿La dona mostraría auténtico pesar o los animaría a «vengar a su hermano caído» y, ya de paso, conseguirle su puesto en Venatus Magni?
Echo cogió la mano de Lexa. Luego la de Cantahojas.
—Yo…
Sacudió la cabeza, intentando hablar. Se le anegaron los ojos en lágrimas.
—Tened cuidado ahí fuera —susurró por fin.
Cantahojas parpadeó, sorprendida. Miró a Arkades.
—Sí, domina.
—El combate va a empezar, mi dona —advirtió el capitán de la guardia.
Echo asintió y se secó la cara.
—Muy bien.
Los llevaron por las entrañas del estadio, con el vibrante clamor de la multitud resonando en las vigas sobre sus cabezas. Llegaron a una extensa zona de preparativos de piedra negra, con un rastrillo de hierro y cuatro amplios peldaños que descendían hasta la arena. Los sonidos del público la inundaron y Lexa apretó la mandíbula y miró el rastrillo que debería cruzar.
—Ha llegado el momento —dijo Arkades—. La inmortalidad está a vuestro alcance. Una oportunidad de tallar vuestros nombres en la tierra, de honrar a vuestra domina y de obtener la libertad. Solo una enemiga se interpone entre vosotros y el Magni. Una enemiga que puede sangrar. Una enemiga que puede morir. —Los miró a todos con sus ojos azules como el hielo—. Sois gladiatii del collegium de Titus. Alzaos juntos o caed solos.
Furiano asintió.
—Executus.
—Sí, executus —susurró Cantahojas.
Lexa se limitó a mirar, recordando el relato de Don Majo sobre las palabras que Arkades había dirigido al Invicto en su habitación. Sabiendo que solo era un inconveniente para aquel hombre, una piedra en su camino hacia el Venatus Magni. Arkades solo la estaba utilizando para mayor gloria de Furiano, para alcanzar sus objetivos.
«Pues muy bien, hijo de puta. Vamos a utilizarnos uno al otro.»
Lexa habló, con la voz fría como el invierno profundo.
—Executus.
Echo no dijo nada más, los dos salieron de la zona de preparación y los guardias cerraron con llave. Furiano miró a Lexa de soslayo, con la expresión oculta por su yelmo de halcón. Los ojos de Cantahojas estaban fijos en la arena mientras metía sus trenzas de sal por el hueco de la celada de su yelmo y se lo ponía en la cabeza. Cogió un pesado escudo de hierro con el grabado de un halcón rojo e hizo un movimiento brusco de cabeza que hizo brillar a la luz de los soles las afiladísimas hojas que había fijado en las puntas de las rastas. Lexa abrió y cerró sus manos vacías mientras su sombra tiritaba, con toda el hambre y el deseo y la energía emocionada que sentía al estar cerca de Furiano alzándose hacia la superficie. No se molestó en coger un escudo; para qué, si era una inútil manejándolo. Don Majo y Eclipse crecieron en su sombra, saltando sobre las mariposas que intentaban aletear en su barriga y asesinándolas una por una. Sabía que aquella iba a ser la pelea más difícil de su vida. Sonaron las trompetas, el público calló y la expectación goteó de las mismas paredes.
—Un momento —dijo Furiano mirando al capitán de la guardia—. ¿Dónde están nuestras espadas?
—Esperándonos —respondió Lexa en voz baja—, ahí fuera.
—¡Ciudadanos de Itreya! —Las palabras del editorii resonaron en el silencio—. ¡Honorables Administratii! ¡Senadores y nacidos de la médula! ¡Os presentamos un lance especial entre los Leones de Leónidas y los Halcones de Titus!
Un murmullo de entusiasmo se extendió entre el gentío.
—¡Este combate se librará e mortium, sin rendición y sin cuartel! ¡El sanguila Leónidas ha apostado un puesto en el Venatus Magni! Si los Halcones de Titus salen victoriosos, su hija, la sanguila Echo del collegium de Titus, podrá enviar a sus gladiatii a los grandes juegos de Tumba de Dioses, dentro de seis semanas.
El murmullo se convirtió en un oleaje creciente.
—Entrando por la Puerta de la Costa y luchando por los Halcones de Titus, ¡os presentamos a Cantahojas, la Segadora de Dweym! ¡A la Belleza Sanguinaria y Salvadora de Vigilatormenta, Cuervo! ¡Y al campeón de Talia, el Invicto en persona, Fuuuriano!
El público se puso en pie, rugiendo con aprobación. El rastrillo se elevó y, con una última mirada compartida, los tres halcones salieron a la arena, seguidos de los guardias. Cantahojas y Furiano levantaron las manos para saludar y la multitud bramó en respuesta con miles y miles de voces. Lexa se limitó a torcer el gesto. Recordó el momento, no hacía tanto tiempo, en que esos mismos aplausos la habían emocionado el alma. Pero sabía que no la vitoreaban a ella, sino al espectáculo sangriento que iba a proporcionarles. No importaba quién blandiera la espada, solo que estuviera el cuello de alguien para recibirla. Quería terminar con aquello, quería que aquella gala sangrienta llegara a su fin, que Jaha y Azgeda hubieran muerto y pasar mil años en un manantial caliente para limpiarse la sangre y el hedor. La gran isla que había marcado el recorrido de los equillai había vuelto a hundirse en el mekkenismo que había bajo el suelo del estadio. La arena que tenían delante era lisa, casi blanca, manchada de rojo reciente.
—Esperad aquí —les ordenó el capitán de la guardia—. No os mováis hasta que lo ordene el editorii o quedaréis descalificados.
Los guardias volvieron hacia el rastrillo y los dejaron encerrados.
—¿Qué abismos está pasando aquí? —murmuró Cantahojas.
—Tú quédate quieta —respondió Lexa—. Y mantén el equilibrio.
—¿Sabes algo que nosotros no sepamos, Cuervo? —preguntó el Invicto con voz irritada.
—Furiano —dijo ella, y suspiró—, las cosas que yo sé y tú no llegarían para llenar la puta Gran Sal.
—Entrando por la Puerta de la Torre y luchando por los Leones de Leónidas, ¡os presentamos un terror procedente de los montes Espinadraco! ¡Una paria entre los suyos, cuyo mismo nombre significa «muerte» en el idioma del Dominio! ¡Contemplad a Ishkah, la Exiliadaaa!
Se extendió entre la multitud un murmullo inquisitivo mientras el rastrillo de la pared norte del estadio se abría chirriando. De la sombra emergió la sedosa de Leónidas, acompañada por media docena de guardias. Llevaba una esplendorosa armadura dorada, resaltada con verde esmeralda. Tenía una piel de león sobre los hombros, con la cabeza y su gran melena alrededor del yelmo. Mientras el público vitoreaba desenfrenado, la sedosa avanzó a zancadas por la arena. Los guardias regresaron en formación y el rastrillo se cerró de golpe tras ellos. Lexa contempló a su enemiga a través del polvo que levantaba el viento creciente. Ishkah medía dos metros quince y era toda brillante quitina y músculo, con los labios pintados de blanco nube. Se quitó la piel de león y extendió sus seis brazos como los pétalos de una flor. El verde oscuro de su piel resplandeció a la luz de los soles, y fijó aquellos ojos inexpresivos en sus adversarios.
—Madre de los Océanos —musitó Cantahojas—. Es espectacular.
—Vosotros no perdáis el equilibrio —dijo Lexa.
—¡Ciudadanos, contemplad vuestro campo de batalla! —gritó el editorii.
Se oyó un estruendo bajo la arena, el rechinar de unos engranajes colosales. El suelo se sacudió, pero los compañeros de Lexa se mantuvieron firmes mientras una extensa sección en forma de cuña del suelo donde estaban empezó a elevarse. La arena cayó en cascada y Lexa miró por el borde los inmensos mekkenismos que había abajo. Olió a aceite, azufre y sal. Había otras partes del campo de batalla moviéndose también, dividiendo toda la arena en distintas plataformas triangulares. Con distintas alturas y dimensiones, las plataformas empezaron a rotar despacio en torno al pedestal central, rodando, inclinándose, pasando unas por encima y por debajo de otras como piezas que debieran encajar para formar una gigantesca esfera de reloj. Furiano, Cantahojas y Lexa se miraron, y Cantahojas susurró una plegaria a Trelene.
—No puede decirse que no sepan dar espectáculo —murmuró Lexa.
La muchedumbre, patidifusa, estaba desgañitándose. Lexa y sus camaradas estarían a unos seis metros por encima del nivel del suelo. Lexa volvió a mirar las entrañas mekkénicas del estadio. Caer por el borde supondría precipitarse al interior de aquellos inmensos y chirriantes engranajes, quedar hecha pulpa por unos dientes de metal engrasado.
—¡Armas! —gritó el editorii.
La gran plataforma circular del centro de la arena crujió y Lexa vio una docena de hojas de distintas longitudes elevarse del suelo con el puño por delante. Había espadas cortas, largas y las peligrosas cimitarras curvadas que prefería la Exiliada. Eran todas negras, afiladísimas, destellantes a la luz de los soles.
—¿Tenemos que correr para coger las espadas? —susurró Cantahojas.
—Sí —confirmó Lexa—. Pero cuidado: están todas hechas de obsidiana, no de acero. Estarán afiladas como el cristal roto, pero son frágiles. Solo podréis dar unos pocos tajos antes de que sean inútiles. Bloquead con los escudos, no con las hojas.
—¿Cómo sabes todo esto? —exigió saber Furiano.
—¿Qué más da, joder? —espetó Lexa—. Vamos a acabar con esto.
—Sin brujería, Cuervo —advirtió él—. O nos ganamos este laurel o una muerte gloriosa.
Cantahojas los miró a los dos.
—Alzaos juntos o caed solos, ¿recordáis?
—¡Gladiatii! —exclamó el editorii—. ¡Preparaos!
Lexa se encogió como un muelle, con la mirada puesta en un par de espadas gemelas que había en el centro del anillo.
—Buena suerte, hermana, hermano —dijo Cantahojas—. Que la Señora de los Océanos os proteja.
—Sí —dijo Furiano, asintiendo—. Que Aa os bendiga y os guarde, y que Tsana guíe vuestras manos.
Lexa parpadeó para quitarse el sudor de los ojos. La multitud atronaba en sus oídos. Buscó entre la bullente plebe a una chica con el pelo tintado de rojo y ojos como los cielos quemados por los soles. Su sombra temblaba en los bordes y fluía como el agua hacia la de Furiano.
—Que la Madre cuide de nosotros —susurró.
—¡Gladiatii! —rugió el editorii—. ¡Empezad!
Lexa salió disparada y corrió tanto como pudo. El aliento le ardió en los pulmones pero mantuvo la mirada fija en aquellas espadas, hacia las que corría también la sedosa desde el lado opuesto del estadio, entre el griterío del público. Cantahojas iba solo unos pasos por detrás de ella, con zancadas fluidas de sus largas piernas, y Furiano cerraba el grupo. Lexa llegó al final de su plataforma y saltó el hueco que la separaba de la siguiente. La cuña se movió bajo sus pies, desplazándose en sentido horario con el chirrido de aquellos engranajes colosales que tenía debajo. La arena crujió al pisarla con las botas y Lexa saltó a la siguiente hilera de cuñas más pequeñas, cerca del centro de la arena. Sus ojos estaban en la sedosa, que apretaba el paso y se aproximaba más a aquellas hojas negras y brillantes. Se le cayó el alma a los pies al comprender que…
«Va a llegar antes.»
Lexa extendió su mente más allá de las plataformas móviles, las arenas arremolinadas, los poderosos engranajes. Su sombra tiritó al tomar el control de la sombra de la sedosa y atrapar con ella sus botas. Ishkah siseó y dio un traspiés mientras Lexa aceleraba hacia el pedestal del centro. Pero soltó una maldición al sentir que se quebraba su agarre sobre las sombras y los pies de Ishkah se liberaban.
«El cabrón de Furiano.»
—¡Sin brujería! —gritó él desde detrás.
Ishkah llegó a la plataforma central y seis manos serpentearon para asir los puños de seis cimitarras de cruel curvatura. La muchedumbre rugió al ver relucir la obsidiana. La sedosa se volvió cuando Lexa saltó al pedestal y tres de sus espadas brillaron al segar el aire, derechas hacia el cuello de Lexa. Con un respingo, la chica se lanzó a la izquierda, dio contra la arena con el hombro y rodó bajo las sibilantes hojas hasta quedar detrás de Ishkah. Lexa cogió dos espadas y las sacó del suelo. Dio media vuelta mientras Ishkah lanzaba unos tajos tan rápidos que casi no se distinguían sus cimitarras. Lexa no se atrevió a bloquear con el filo, porque la obsidiana podía partirse si recibía un golpe en según qué ángulo e Ishkah tenía espadas de sobra. Optó por esquivar, haciendo volar arena, girando a izquierda y derecha y doblándose hacia atrás con la espalda extendida de forma que un ataque pasó silbando justo por encima de su barbilla. Trastabilló y rodó hasta quedar agachada al borde de la plataforma, tambaleándose en precario equilibro sobre un mar cambiante de peligrosos engranajes de metal. Cantahojas rugió mientras embestía contra Ishkah desde detrás. Su escudo se estrelló contra la espalda de la sedosa y la envió por los aires. Ishkah cayó hacia delante, fuera de la plataforma hacia otra que pasaba por debajo, y se puso de pie. Aquellos ojos pálidos e inexpresivos brillaron al ver que Lexa recuperaba el equilibrio y Cantahojas cogía una espada larga de obsidiana. Ishkah dio unos pasos hacia Furiano, pero lo tenía demasiado lejos. El itreyano por fin llegó de un salto al pedestal y recogió otra espada de obsidiana. El Invicto alzó su hoja y el público bramó en respuesta. La carrera había terminado y todos los adversarios estaban armados. La batalla en sí podía dar comienzo. Ishkah extendió los brazos, compuso un centelleante abanico con sus cimitarras y, sin el menor sonido, saltó de vuelta al pedestal del centro. Los tres halcones avanzaron para recibirla, Lexa corriendo la primera, rauda como el rayo y atacando bajo. Cantahojas se lanzó hacia el centro, protegiendo a Lexa con su escudo mientras Furiano lanzaba un tajo a la cabeza de la sedosa. Ishkah se movía con una elegancia pasmosa y esquivó hacia un lado los ataques de Cantahojas y Lexa. Pero cuando alzó una hoja para detener el golpe de Furiano, la empuñadura se hizo añicos como si fuese de fino hielo. La sedosa emprendió el ataque y sus cimitarras surcaron el aire. Dio una patada bestial en el escudo de Cantahojas que le hizo perder el equilibrio. Sus espadas hicieron un corte poco profundo a Furiano en el brazo. Una de ellas pasó silbando junto al cuello de Lexa y le rozó el peto, abriendo el cuero. Y la sedosa inhaló, abrió aquellos labios blancos como nubes y escupió un veneno verde brillante hacia la cara de Lexa.
—… ¡cuidado!…
Lexa ahogó un grito, se retorció desesperada y giró la cabeza. El líquido le dio en el lado del yelmo con una fuerza notable. Al tocar el metal, el veneno siseó y empezó a deshacer el hierro como una hoja caliente clavada en la nieve. Lexa rodó para salir del alcance de la sedosa, se arrancó el yelmo de la cabeza y parpadeó varias veces con ahínco. No se le había metido nada en los ojos ni le había tocado la piel, pero diosa, por qué poco. El Invicto contraatacó con un grito de furia, descargando un fuerte tajo descendente. Ishkah alzó dos hojas cruzadas para detener el golpe, pero sus espadas se destrozaron al caer sobre ellas la de Furiano. Lexa se protegió los ojos de las esquirlas de obsidiana mientras la sedosa siseaba, frustrada. Cantahojas pasó al ataque, pero su estocada no logró superar la armadura de Ishkah. Mientras Lexa se ponía de pie, Furiano aporreó a Ishkah con el escudo, obligándola a retroceder hacia el límite de la plataforma mientras otra cimitarra se partía contra la armadura de Cantahojas. Lexa se abalanzó contra la sedosa, fintó alto y atacó bajo, y la multitud gritó cuando hizo un corte a Ishkah en el muslo. Una sangre verde salpicó la arena y volaron esquirlas de obsidiana cuando Ishkah desvió una hoja de Lexa hacia la arena y la pisó con su bota. Descargó su cimitarra, Lexa rodó a un lado y la cuarta espada de la sedosa se astilló contra el suelo. La hoja de Furiano seguía intacta, a Lexa le quedaba una y la de Cantahojas solo estaba un poco fracturada. A Ishkah le quedaban dos cimitarras y tenía tres enemigos. Atacó con todas a la vez e hizo retroceder a los halcones entre los siseos de sus hojas en el aire. Furiano estaba a la defensiva, desviando con su escudo todos los ataques que podía. Cantahojas y Lexa luchaban una junto a la otra, y la dweymeri atrapó un tajo de Ishkah con el escudo e hizo bajar la espada al suelo hasta que la partió en dos. Ishkah descargó la hoja que le quedaba entera y la que tenía partida, silbando hacia la tripa y el cuello de Cantahojas. Furiano paró el ataque alto con su escudo y Lexa el bajo con un golpe de su espada que partió la última hoja de Ishkah casi por la empuñadura. Con un furioso grito de guerra, Cantahojas se lanzó a la carga, golpeó a la sedosa en el abdomen con su escudo y la sacó de la plataforma. Ishkah emitió un chasquido de desesperación, aferró el borde de una plataforma que pasaba por debajo para detener su caída y logró izarse a ella, a salvo de los engranajes del foso. Los tres halcones se quedaron juntos, recobrando el aliento. La sedosa rodeó el pedestal que había en el centro de su propia plataforma, sin dejar de mirarlos con sus ojos inexpresivos. Seguía teniendo en las manos las empuñaduras de sus espadas rotas, y su mirada pasó a las armas de sus enemigos. La obsidiana era frágil, pero no debería serlo tanto. Aunque las armas de los halcones tenían muescas y raspaduras, las cimitarras de Ishkah habían resultado ser tan delicadas como hojas otoñales. Casi como si…
Como si…
Una lenta sonrisa curvó los labios de Lexa.
—Parece molesta.
—… la víbora lo consiguió, pues…
—Preferiría que no la llamaras así.
Lexa arriesgó una mirada rápida a la multitud, con el corazón volando en su pecho, buscando de nuevo entre el público un pelo rojo como la sangre y un par de bonitos ojos azules. No se esperaba que la mezcla que había propuesto, una parte de ácido de calcita y dos de óxido bórico, fuese tan efectiva con las armas de la sedosa como lo había sido. No podía saber si Clarke habría sido lo bastante lista o rápida para infiltrarse en las entrañas del estadio y aplicar la disolución a las cimitarras de Ishkah antes de que empezara el combate. Pero mirando las hojas quebradas en las manos de la sedosa y la espada relativamente ilesa que tenía ella, supo que de algún modo Clarke lo había logrado. La sedosa había quedado desarmada e, incluso con su veneno y su temible rapidez, la balanza entre ellos había pasado a estar más o menos equilibrada.
El púbico rugió, animando a los halcones a matar.
Furiano miró ceñudo a Lexa.
—Este combate está resultando más fácil de lo que se suponía.
—Qué cosas pasan —replicó Lexa.
—Cuervo… —gruñó Furiano.
Lexa miró a Furiano de soslayo y le guiñó un ojo.
—Basta de charla —espetó Cantahojas—. Vamos a degollar a esa zorra espantosa.
Los halcones alzaron sus armas y se prepararon para cargar.
—¡Hojas! —gritó el editorii.
Lexa oyó un estruendo y se volvió hacia una plataforma que había al borde del campo de batalla. Le dio un vuelco el corazón al ver que la arena temblaba y del polvo se alzaban otras diez hojas de obsidiana.
—Mierda —susurró.
—… supongo que la víbora y tú no sabíais nada de esas…
—Mierda, mierda, mierda.
—… esto sí que es maravilloso…
La multitud vociferó mientras Ishkah salía a la carrera hacia las diez espadas nuevas y saltaba de una plataforma a la siguiente. Lexa echó a correr tras ella, seguida de sus compañeros. Las plataformas rotaban y giraban en torno al centro en una inmensa danza mekkénica que las hacía difíciles de predecir, y más con los ojos escocidos por el sudor como los tenía Lexa. Pensó que Clarke debería haber sospechado que habría planes de reserva por si todos los competidores rompían sus armas, pero ya no había tiempo para lloriquear al respecto. Aquellas cimitarras no estarían debilitadas por su mezcla. Si Ishkah lograba hacerse con ellas, la pelea podía terminar siendo justa, y eso sí que no podía ocurrir. Pero mientras corría, Lexa fue dolorosamente consciente de que, de nuevo, la sedosa iba a llegar a las hojas antes que ella.
—¿Furiano? —preguntó jadeante.
—¡No! —gritó el Invicto mientras saltaba un hueco entre el estrépito.
Lexa escupió polvo, negó con la cabeza y, a pesar del calor abrasador de los dos soles en el cielo, intentó asir la sombra de Ishkah. La sintió bajo su control, fresca y tenebrosa, extendiéndose hacia arriba como serpientes dispuestas a apresar los pies de Ishkah. La sedosa tropezó, cayó de rodillas y su yelmo salió despedido de su cabeza y cayó a los mekkenismos de abajo. Pero con una sensación brusca y desgarradora, Lexa notó que le arrebataban su presa y la oscuridad se le escurría entre los dedos.
—¡A tomar por culo, coño ya! —restalló con una mueca iracunda.
—¡La victoria se gana! —respondió Furiano a voz en grito—. ¡No se roba!
Ishkah llegó a las armas, arrojó sus hojas rotas al vacío y cogió otras seis, espadas largas en esa ocasión, no cimitarras. Se volvió hacia el trío que se iba dejando caer y saltando de plataforma en plataforma hacia ella. La sedosa era una visión impresionante, cortando el aire con sus hojas en una pauta casi hipnótica. Lexa fue la primera en llegar a su plataforma. Se agachó y arrojó un puñado de arena a la cara de Ishkah. Solo tenía una espada, de modo que, mientras la sedosa retrocedía trastabillando y llevándose el dorso de una mano a los ojos, Lexa se lanzó hacia las armas que quedaban para reemplazar la que había perdido. Rodó a un lado mientras las espadas de la sedosa hendían la arena y la multitud dio un respingo cuando la bota de Ishkah se clavó en el costado de Lexa. El impacto fue estruendoso y Lexa sintió que se le resquebrajaban las costillas y le ardía el pecho. Saltó saliva de sus labios y se le retorció el semblante mientras Ishkah alzaba una hoja y…
¡Crac! El escudo que había arrojado Cantahojas se estrelló contra la cara de Ishkah. La sedosa chilló y retrocedió a trompicones mientras el público rugía al ver que el brocal del escudo se le había clavado en un ojo y lo había aplastado como un huevo. De la herida chorreó un fluido verde. Lexa se puso en pie con una exclamación de dolor y cogió otro par de espadas. Cantahojas saltó el hueco entre plataformas e Ishkah dio un ensordecedor chillido y se abalanzó sobre ella, mientras la dweymeri alzaba su espada resquebrajada para afrontar la carga. El arma de Cantahojas se hizo añicos al primer golpe y la enfurecida sedosa le infligió unas profundas heridas en el hombro antes de partir una de sus espadas contra el lado del yelmo de la dweymeri. La mujer cayó de rodillas, aturdida. Pero cuando Ishkah alzaba sus armas para propinarle el golpe mortal, llegó Furiano saltando el hueco con un aullido y se estrelló con el escudo por delante contra su enemiga. Los dos cayeron al suelo en un batiburrillo de extremidades mientras el escudo de Furiano resbalaba por la arena. El Invicto logró quedar sentado sobre la sedosa, con dos dedos metidos en su cuenca ocular sangrante y aporreándole la cara con los nudillos una y otra vez.
—¡Zorra de mierda! —¡Crac!—. ¿No sabes quién soy? —¡Crac!—. ¡Soy el In…!
Ishkah chilló y escupió un pegote de veneno. El fluido verde y bilioso salpicó el peto de Furiano y su cuello sin proteger, y el itreyano chilló al notarlo arder. Cayó hacia atrás dándose manotazos en el cuello y rodó por la arena mientras la multitud bramaba. Ishkah se levantó con esfuerzo y, con un gruñido gorgoteante, recogió sus espadas y las alzó por encima de la cabeza para acabar con él. La espada de Lexa destelló al desviar la estocada de Ishkah. La sedosa contraatacó, partió la espada de Lexa a la altura de la empuñadura y lanzó un tajo hacia su cabeza. La chica retrocedió y se le escapó un grito cuando el filo le abrió la ceja y descendió por su mejilla, llenándole de sangre los ojos. Trastabilló hacia atrás, se derrumbó sobre una rodilla e Ishkah volvió la propinarle un salvaje puntapié en el pecho que hizo que el fuego de las costillas rotas de Lexa ardiera al rojo blanco. Sin aliento, Lexa retrocedió como pudo sobre la arena y apenas logró evitar precipitarse por el borde de la plataforma. Con un grito inarticulado, Cantahojas sacudió el cuello y sus largas rastas de sal segaron el aire. Las hojas afiladas que había atado al final de las rastas rajaron la cara de Ishkah y sus antebrazos. Cantahojas embistió con una espada en cada mano y trabó combate con la enorme sedosa sobre el cuerpo tendido de Furiano. Sus hojas surcaron el aire, silbando, rodando, cantando, destruyeron un arma de Ishkah y se hundieron en el costado de la sedosa. Cantahojas giró la muñeca y partió la espada de obsidiana dentro de la herida, de la que chorreó sangre verde. Ishkah dio un chillido y descargó un tajo que se hundió en el antebrazo de Cantahojas hasta el hueso cuando lo alzó para protegerse la cara. Un puño vacío se estampó en el rostro de la mujer y una hoja trazó un arco hacia su garganta y, cuando Cantahojas se agachó, la sedosa le dio un rodillazo en toda la cara. Se oyó un crujido y Cantahojas arqueó la espalda al salir despedida hacia atrás, con el yelmo volando de su cabeza y la nariz hecha papilla. Sosteniéndose las entrañas desgarradas con una mano, Ishkah fue tras ella, atizó una patada brutal en el plexo solar de la dweymeri y la envió rodando por la plataforma. Lexa se levantó, goteando sangre de su mejilla partida, y dio un respingo al reparar en que Cantahojas estaba a punto de caer por el borde.
—… ¡LEXA, NO!…
Fue una estupidez. Una soberana idiotez, en realidad. Su objetivo era la victoria, no las heroicidades, y Cantahojas no era su amiga. Pero con un grito desesperado, Lexa cruzó la plataforma a la carrera, hincó la espada que le quedaba en la arena y asió la muñeca de Cantahojas. La dweymeri dio un grito al rebasar el borde, arrastrando a Lexa tras ella. La chica dio un chillido al detener la caída de ambas, agarrada con todas sus fuerzas a Cantahojas con una mano y al puño de su espada con la otra, mientras el fuego de sus costillas rotas le incendiaba el pecho. La muchedumbre rugió atónita mientras a Lexa se le deformaban los rasgos de dolor. Tenía las costillas apretadas contra el lado de la plataforma, y tres metros por debajo se revolvían los colosales engranajes para seguir haciéndola rotar en torno al centro de la arena. A Lexa le resbalaban las manos por la sangre y tenía el cuerpo empapado de sudor.
—¡Aguanta! —gritó.
Cantahojas boqueó, dolorida, con el rostro hecho una pulpa sanguinolenta. Bajó la mirada al mekkenismo en movimiento, la elevó de nuevo hacia Lexa y negó con la cabeza.
—¡Suéltame!
—¿Estás loca? ¡Sube!
—¡Peso demasiado, flacucha de mierda! ¡Suéltame!
—¡Nos alzamos juntos o caemos solos!
Ishkah estaba de rodillas, apretándose con dos manos la terrible herida que le había hecho Cantahojas en el costado, con un icor verde chorreándole del ojo destrozado y la cara rajada. Arrugando el gesto, se arrastró por el polvo y cogió una espada caída. Y con la fuerza de una montaña, entre los murmullos sobrecogidos del público, se alzó.
—¡Mata! —rugió la multitud—. ¡Mata!
—Ay, mierda —susurró Lexa—. ¡Cantahojas, sube!
Ishkah empezó a avanzar hacia ella, la luz de los soles reflejándose en su espada. Lexa hizo una mueca de dolor, intentando mantener aferrada a Cantahojas mientras se izaba a la plataforma. Sus costillas chillaban, su cara palpitaba y sus dientes rechinaban. Tenía las manos llenas, no podía asir las sombras, no podía invocar la oscuridad como tantas otras veces había hecho.
—… ¡Lexa, mira!…
Detrás de la sedosa que se aproximaba, Furiano empezó a moverse. Se deshizo del yelmo y reveló la burbujeante y viscosa ruina que era la carne de su barbilla y su mandíbula, mientras respiraba con dificultad. Los gritos del gentío se convirtieron en un cántico, un ritmo que seguía el latido del corazón de Lexa.
—¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!
—¡Furiano! —aulló Lexa.
El Invicto alzó la mirada y vio a Cantahojas intentando subir por el hombro de Lexa, que tenía el rostro manchado de sangre, y a la sedosa a unos pocos pasos de poder acabar con ambas.
—¡Furiano! —rugió Lexa—. ¡La oscuridad!
Ishkah gruñó y enseñó los dientes afilados como agujas mientras daba otro paso hacia ellas.
—¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!
—¡Hazlo! —chilló Lexa.
Cantahojas se aupó por encima del borde y extendió su otro brazo hacia Lexa. Ishkah alzó su hoja, a solo dos pasos de distancia. Y con los dedos agarrotados y los dientes a la vista, el Invicto invocó la sombra de la sedosa y le enredó con ella los pies. Ishkah tropezó, siseando de confusión. El público cesó su cántico y contuvo el aliento. Lexa se apartó del borde de la plataforma, con el rostro retorcido de agonía. Furiano inhaló una brusca bocanada y se derrumbó bocabajo mientras perdía su presa sobre la oscuridad. Ishkah dio otro paso y descargó un tajo en la espalda de Cantahojas que le partió el cuero e hizo manar la sangre a borbotones. Cantahojas cayó con un grito y Lexa, con un respingo desesperado, liberó su espada de obsidiana del suelo, rodó para evitar el ataque de Ishkah y cercenó el brazo de la sedosa por el codo. Ishkah chilló mientras perdía sangre verde a chorro. El público estaba en llamas, aullando furioso. Lexa se retorció, adoptó una postura baja y atacó una pierna de la sedosa, haciéndola caer de rodillas. El estadio entró en erupción, con el ruido ensordecedor de setenta mil voces elevándose in crescendo,
«¡Mata, mata, mata!», los soles ardiendo en lo alto, la sangre palpitando en sus venas, el corazón atronándole en el pecho, y Lexa chilló, dio un espadazo a dos manos, con todas sus fuerzas, toda su rabia, y separó limpiamente la cabeza de Ishkah de sus hombros.
Saltó la sangre, que salpicó a Lexa de un cálido y pegajoso verde. El cuerpo de Ishkah tembló y sus seis brazos se crisparon mientras caía de la plataforma a los chirriantes engranajes de abajo. Lexa arrugó el semblante al oír el húmedo crujido y apartó la mirada, con la obsidiana ensangrentada todavía en la mano.
Pero pese a ello…
«Lo he logrado.»
Sonaron las trompetas, plateadas y brillantes, y las plataformas se detuvieron con una sacudida. La voz del editorii se alzó sobre el clamor del público, extasiado por la sangre, y resonó contra las paredes del estadio.
—¡Ciudadanos de Itreya! ¡Vuestros vencedores, los Halcones de Titus!
La multitud enloqueció y su aplauso fue ensordecedor. Cantahojas se puso de pie como bien pudo, con el rostro prendido de dolor y triunfo, sangrando por sus heridas. Pero aun así, sonrió de oreja a oreja, rodeó los hombros de Lexa con su brazo bueno y le dio un beso en la mejilla ensangrentada.
«Lo hemos logrado.»
Cantahojas se volvió, cogió la mano de Lexa y la alzó en el aire mientras gritaba al público:
—¿Cómo se llama?
—¡Cuervo! —rugieron ellos.
—¿Cómo se llama?
Patadas en el suelo, palmadas con las manos, una palabra que despertó ecos por toda la arena.
—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!
Lexa contempló la espada manchada de sangre que tenía en la mano. Bajó la mirada hacia Furiano, encogido en la arena, con las manos en su cuello malherido. La alzó hacia el palco de los sanguilas y vio a Echo de pie, con una mirada de horror fija en Furiano. Arkades estaba a su lado, con las manos alzadas en adusto aplauso. Pensó en Tumba de Dioses, en el Venatus Magni, en el puesto que su victoria acababa de asegurar. Pensó en Bryn, en su hermano muerto acunado entre sus brazos mientras sollozaba. Pensó en su padre, cogiéndole las manos mientras la hacía girar en algún rutilante salón de baile, los pies de Lexa sobre los de él mientras danzaban. En su madre, obligándola a mirar mientras él moría ahorcado, susurrando las palabras que darían forma para siempre a la vida de Lexa, al tiempo que la esperanza que los niños respiraban y cuya pérdida los adultos lloraban se iba marchitando y caía, flotando como cenizas en el viento.
Nunca te encojas. Nunca temas. Y nunca, jamás, olvides.
—¿Cómo me llamo?
—¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Cuervo!
—¿Cómo me llamo?
—¡CUERVOCUERVOCUERVOCUERVO!
Oscuro deleite en sus tripas.
Cálida sangre en sus manos.
Lexa cerró los ojos.
Alzó su espada.
«Oh, Madre, la más negra Madre, ¿en qué me he convertido?»
