LIBRO 3. EL JUEGO
Capítulo 25. Pobredumbre
—¡Sujetadlo bien!
—¡Dios todopoderoso, cómo quema!
—¡Que no mueva las piernas!
—¡Aa, ayúdame! ¡Ayúdame!
Lexa estaba sentada en un rincón oscuro de la celda, con las costillas ardiendo y sosteniendo un retal empapado de sangre contra su mejilla partida. Aún notaba la adrenalina del combate recorriéndole las venas y le temblaban las manos. El gentío bramaba encima de ellos con la Última en pleno apogeo y la piedra vibraba bajo sus pies con la furia del enfrentamiento final. Cantahojas estaba a su lado, con el brazo envuelto en una venda que ya estaba toda roja y Lexa le apretaba otra tela manchada contra la espalda. Las dos necesitaban puntos y la sangre se iba acumulando en la piedra que las rodeaba, pero Larva estaba más que ocupada.
—¡Atadlo! —gritó la chica—. ¡Así solo va a ponerse peor!
Furiano chilló de nuevo, desgañitado y tiritando, y su suplicio resonó por las entrañas del estadio. Estaba tendido en una losa de piedra; el executus y tres guardias de la casa de Echo intentaban mantenerlo quieto. La carne de su cuello, su mandíbula y su pecho estaba llena de ampollas y supuraba por el contacto con el veneno de la sedosa. Parecía haber enloquecido por la agonía, y los músculos se le tensaron en los brazos y el pecho al aullar. La dona Echo estaba de pie en la puerta, con los ojos horrorizados.
—Todopoderoso Aa —susurró.
—¡Que lo atéis! —gritó Larva de nuevo.
Arkades cerró unos pesados grilletes de hierro en torno a los brazos, los pies y la cintura de Furiano, sujetándolo a la losa. Pero el Invicto siguió retorciéndose, cortándose las muñecas y los tobillos contra las sujeciones y dando cabezazos en la piedra. Lexa ya había visto dolor antes: la flagelación de sangre en el Monte Apacible, o el marcado de su mejilla en aquella celda de los Jardines Colgantes. Pero no había visto un padecimiento como aquel en toda la vida.
—Tienes que dejarlo inconsciente, Larva —dijo.
—¡No tengo nada de hierbasueño! —exclamó la chica, señalando un cofre de hierbas y remedios—. ¡Se puso toda mala de camino hacia aquí!
—¿Tienes algo de desmayo?
—¡Lo he usado todo con Carnicero!
—Por las Cuatro Hijas —maldijo Echo—. ¿Es que solo traías un dedal?
—¡Con todo el respeto, domina, lleváis meses sin darme dinero para abastecerme!
—¡Pues algo tienes que hacer! —gritó Echo—. ¿Lo estás oyendo?
Furiano gritó de nuevo, con la boca muy abierta y la garganta sangrando por la fuerza de su voz. Con una mueca por sus costillas rotas, Lexa se levantó y fue cojeando hasta el cofre de hierbas de Larva. Sus dedos pegajosos por la sangre hurgaron entre los viales y los frascos de polvos y líquidos, mientras todas las lecciones del salón de Mataarañas rebotaban por su cabeza.
—¿Qué abismos estás haciendo? —gruñó Arkades.
Lexa no hizo caso al executus y pasó media docena de frascos a Larva.
—Tritura la hierbacalva con la virginosa y una pizca de raizdetodo y mézclalo con vino dorado.
—No. —Larva frunció el ceño—. El alcohol calcificará la virgino…
—Para eso está la hoja de ciénaga —la interrumpió Lexa—. Remójala en el… No, mejor deja que lo haga yo. Tú ve a coser a Cantahojas, que está sangrando por todo el puto suelo.
—¿Cuervo? —dijo Echo.
Lexa se volvió hacia la mujer, junto a la puerta.
—Confiad en mí, domina.
Echo miró a Furiano, que seguía sacudiéndose de dolor. Asintió con los ojos inundados, y Lexa se puso a trabajar en su mezcla. Larva cogió una aguja e hilo de seda y empezó a coser la horripilante herida que tenía Cantahojas en el antebrazo. La espada de la sedosa le había hecho un tajo que llegaba al hueso y la sangre fluía como el vino barato en un festín de la veroluz. Cantahojas apretó los dientes y clavó la mirada en el Invicto.
—¿Podrás salvarlo?
—Puedo hacer que duerma —respondió Lexa—. Executus, necesito tu petaca.
Arkades alzó una ceja mientras Lexa le tendía una mano ensangrentada.
—¡Tu vino dorado, ya!
Arkades metió la mano en su túnica y sacó la petaca de plata. Lexa volcó su mezcla de polvos en el whisky y agitó la petaca con brío. Furiano seguía revolviéndose, chillando, suplicando. Y cuando Lexa se acercó petaca en mano, la sombra del itreyano empezó a sangrar sobre la piedra, extendiéndose hacia la de ella. Fue solo por lo tenue que era la luz de la celda y el drama que estaba desarrollándose en la losa que nadie se dio cuenta al momento, y Lexa se movió deprisa, apartando a un guardia con el hombro. La sombra del Invicto se fundió con la suya y todo el malestar, toda el hambre que sentía cuando estaba cerca de él se alzó en su estómago y estuvo a punto de hacerla vomitar. Tropezó, estuvo a punto de soltar la petaca y Arkades la sujetó por los hombros para evitar que cayera.
«Negra Madre, puedo sentirlo a él...»
—¿Estás bien?
«… como si formara parte de mí.»
—Abre… Ábrele la boca —dijo Lexa.
El dolor que Lexa sentía en la mejilla partida y las costillas rotas ya era atroz, pero también le dolían el cuello y el pecho: de algún modo, el suplicio de Furiano estaba infiltrándose en ella, agravándole el propio.
—¡Furiano, tienes que beber! —gritó Lexa—. ¿Me oyes?
Un gorgoteante gimoteo de agonía fue la única respuesta del Invicto, de modo que Lexa vació la petaca en su boca. Furiano hizo gárgaras e intentó escupir la medicina, pero Lexa le tapó los labios llenos de ampollas con la mano y gritó:
—¡Traga!
Furiano se sacudió, tirando de sus ataduras, con lágrimas cayéndole de los ojos. Pero por fin obedeció la orden y su cuello destrozado subió y bajó a medida que bebía el ardiente preparado. Las hierbas tardaron unos minutos en hacer efecto, ya que Lexa no había trabajado con los mejores materiales posibles, a fin de cuentas. Pero, poco a poco, los esfuerzos del Invicto remitieron, sus chillidos se volvieron gemidos y, por último, tras lo que pareció una eternidad en las entrañas sombrías bajo la arena, los ojos inyectados en sangre de Furiano terminaron por cerrarse. Lexa cayó de rodillas, con el pelo adherido a la frente y la mejilla partidas y la cabeza dándole vueltas.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó Larva, atónita.
Lexa agachó la cabeza, mareada.
—¿Cuervo? —dijo Echo.
—… ¿Lexa?…
—… ¡LEXA!…
Sangre en sus manos, en sus ojos, el sabor de la amarga medicina que no había bebido en la lengua. Bajó los ojos hacia su sombra, la sombra que debería haber sido lo bastante oscura para tres. Pero mientras la celda daba vueltas en su mente, mientras el dolor de sus heridas y el trauma de su horrorosa prueba en la arena y sus temblorosas consecuencias se alzaban para extenderle una negra cortina frente a los ojos, se dio cuenta de que…
«Es lo bastante oscura para cuatro.»
—…Lexa…
Despertó en el camarote de un barco, bajo vigas que crujían y rodeada del sonido de las olas. Al abrir los ojos notó un fresco y levísimo contacto en la nuca y un suspiro de alivio en el oído.
—… por fin…
La hamaca en la que estaba tumbada se balanceaba y cabeceaba, y Lexa sintió la boca seca como el polvo. Una luz intensa se filtraba por el cristal de un pequeño ojo de buey que enmarcaba un atisbo de dos azules al otro lado, uno brillante y quemado por los soles y otro profundo y oceánico. Lexa se llevó una mano a la cara y palpó un vendaje que le cubría la mejilla y la frente, con una costra de sangre seca.
—No lo toques —ordenó una voz—. Sanará mejor si lo dejas estar.
Lexa miró arriba y vio a Larva, sus ojos oscuros y su bonita sonrisa. Estaba inclinada sobre Furiano, que se mecía en una hamaca al lado de la de Lexa. Al echar una mirada a su sombra, Lexa vio que al parecer la de Furiano había abandonado la suya mientras dormían. Pero aun así, notó aquel mareo, el dolor de echar de menos una parte de sí misma que fue creciéndole en el pecho. Respiró hondo e hizo señas en deslenguado para que solo Don Majo pudiera entenderla.
¿dónde?
—… el sabueso de gloria… —susurró él—, … navegando hacia nido del cuervo…
¿Eclipse? ¿Clarke?
—… nos siguen, un par de giros por detrás…
¿Furiano?
—… nada bien…
Lexa asintió para sus adentros y miró a su alrededor en el camarote. Nunca había estado allí arriba: todas sus anteriores travesías las había pasado encerrada en la bodega. La estancia estaba atestada, pero la única decoración eran un cofre con los instrumentos y las hierbas de Larva y unas cajas de madera. Colgaban del techo tres hamacas, la de Lexa en el centro. Cantahojas estaba tumbada bocabajo a su izquierda, con los ojos cerrados y el brazo de la espada y la espalda envueltos en vendas ensangrentadas. A su derecha, el campeón del collegium de Titus estaba inconsciente y empapado. El torso y el cuello de Furiano estaban cubiertos de un ungüento verdoso, pero las heridas del veneno de la sedosa seguían teniendo un aspecto terrible. Además del agua de sentina y el mar y el sudor, Lexa alcanzaba a oler los inicios de una descomposición intensa y fétida. Larva le sostuvo un vaso de agua fresca contra los labios y Lexa se la bebió toda a pesar del dolor, y suspiró de alivio.
—Cantahojas… —empezó a decir, y se lamió los labios secos—. ¿Ccómo…?
—Bastante bien —susurró Larva, para no despertar a los convalecientes—. El tendón y el músculo de su brazo de la espada están cortados, pero responde bien a los puntos. Creo que saldrá adelante.
—¿Y… Fu-furiano?
Larva suspiró y miró hacia el Invicto.
—No tan bien. La infección está enraizando, y me temo que llevará al envenenamiento de la sangre. Tenemos que llegar pronto al Nido.
—Navegamos tan deprisa como nos permiten las damas Trelene y Nalipse.
Lexa alzó la mirada y vio a la dona Echo en el umbral, con los ojos fijos en el Invicto. La magistrae estaba a su lado, siempre su fiel segunda al mando. Como de costumbre, la apariencia de la magistrae era inmaculada, pero Lexa se sorprendió al ver lo cambiada que estaba Echo. La dona solía ataviarse como para asistir a algún gran baile, pero en esos momentos llevaba un sencillo vestido recto y blanco. Lexa vio que tenía las uñas de las manos mordidas hasta casi acabar con ellas. En la mano derecha llevaba el torque de plata que había adornado el cuello de Furiano. El metal estaba un poco fundido por el veneno de la sedosa.
—Domina —dijo Lexa, inclinando la cabeza.
—Mi Cuervo —respondió la mujer—. Me alegra verte despierta.
Lexa se incorporó con una mueca, mareada. Notaba hinchada la mejilla y le pinchaban los puntos en la piel. Sintiendo las costillas doloridas, aceptó un segundo vaso de agua que le ofreció Larva y se lo bebió entero.
—¿Cuánto… tiempo he dormido?
—Tres giros desde tu triunfo —dijo Echo.
—¿Lo tenemos, entonces? —preguntó Lexa, notando un hormigueo en el estómago—. ¿El Venatus Magni?
—Sí —respondió la dona, y entró en el camarote—. Lo tenemos. Mi padre es muchas cosas, pequeña Cuervo. Una serpiente. Un mentiroso. Un cabrón. Pero ningún sanguila osaría echarse atrás después de hacer una apuesta en público. Con los laureles que ha ganado, tiene puestos de sobra. Puede permitirse entregarnos uno a nosotros. Pero ahora, gracias al sacrificio de Bryn y Byern, se ha quedado sin equillai. Y gracias a tu valentía, sin campeona. —La mujer miró de nuevo a Furiano—. Tenemos a nuestro alcance todo lo que deseábamos.
—¿Cómo está Bryn? —preguntó Lexa.
La mirada atribulada de la dona fue la única respuesta que recibió. Pero Bryn había perdido a su hermano ante sus propios ojos. Aplastado y desangrado ante los abucheos de la multitud. Y todo para nada. Sin dinero. Sin gloria. Sin nada en absoluto.
«¿Cómo abismos esperas que esté?»
—¿Qué tal tus heridas? —preguntó Echo.
Lexa se tocó el vendaje de la mejilla con cautela y miró a Larva.
—Dímelo tú.
—Tienes las costillas rotas —respondió la chica—. Tendrás unos cardenales espantosos, pero sanarás. El corte de la cara se está curando bien, pero me temo que te quedará cicatriz.
Lexa se centró en ese pensamiento, que por un instante ardió con más intensidad que el dolor de sus heridas. De niña nunca había sido hermosa. Solo había sabido lo que era la belleza después de que Octavia le tejiera la cara hasta convertirla en un retrato en el Monte Apacible. Y lo cierto era que se había deleitado con el poder que le confería. Se preguntó qué iba a decir Clarke. Cómo la miraría la chica a partir de entonces, y si la propia Lexa odiaría el reflejo que iba a ver en aquellos pozos de azul quemado por los soles. Por un momento, deseó estar de vuelta en el monte, donde Octavia podía curar todas las heridas con un gesto de la mano. Supuso que esa ya no era una opción desde que se había enemistado con la Iglesia Roja. Que su cicatriz y la marca que había a su lado la acompañarían hasta el día de su muerte. Lexa visualizó a su padre, balanceándose y ahogándose ante la plebe. A su madre, sollozando y desangrándose en sus brazos. A su hermano bebé, muriendo en un pozo sin luz. Y retirando la mano de su cara, se encogió de hombros.
—Elegir entre ser feúcha y bonita ya no es una opción. Pero hasta el último necio sabe que parecer peligrosa es preferible a ambas.
Una sonrisa desprovista de humor curvó los labios de Echo, que negó despacio con la cabeza.
—Me gustas, Cuervo. Que Aquel que Todo lo Ve me ayude, pero me gustas. No sé qué eras antes de esto, pero por el apoyo que ofreciste a nuestro campeón y por tu coraje en el estadio, te estaré agradecida para siempre.
—Me pregunto si vuestro campeón dirá lo mismo, domina.
Los ojos de la dona volvieron a Furiano, y cerró los dedos con tanta fuerza en torno al torque de plata que sus nudillos palidecieron. Lexa se preguntó con qué frecuencia había visitado la dona a su campeón desde que habían zarpado de Fuerteblanco. Se preguntó si era posible que le importara de verdad. Se preguntó qué opinaría Arkades de todo aquello si se enteraba…
—Quizá deberíamos regresar a cubierta, domina —musitó la magistrae, apretando la mano de Echo—. Dejemos que descansen.
Echo parpadeó como si despertara de un sueño. Pero asintió y permitió que la mujer más mayor se la llevara. Cuando llegaron a la puerta del camarote, se detuvo y se volvió hacia Lexa.
—Gracias, Cuervo.
Y dicho eso, se marchó.
Giro tras giro, el Sabueso de Gloria surcó el mar de las Espadas, con un viento del este en popa. La Señora de los Océanos se mostró piadosa y el barco atracó en el puerto de Reposo del Cuervo más de veinte horas antes de lo previsto. Pero incluso con Madre Trelene de su parte, parecía que la suerte había abandonado a Furiano el Invicto. Tal y como había predicho Larva, sus heridas se habían vuelto pútridas. Para cuando llegaron a Reposo del Cuervo, la carne de su pecho y su cuello estaba oscura y supurante, y el dulce hedor de la podredumbre pendía sobre él como una neblina. Larva y Lexa hicieron todo lo posible para mantenerlo sedado, pero recuperaba y perdía la conciencia a menudo. Apenas estaba lúcido cuando despertaba, y murmuraba incoherencias febriles mientras dormía. Lexa no tenía ni idea de lo que supondría para el collegium y para Echo que muriera. Los esperaba un carro que los llevó a toda prisa a Nido del Cuervo, en un galope de cascos que atronaron en la ladera. Los conocimientos de Lexa sobre hierbas parecían haber impresionado a la dona, que le permitió ir en el carro con Larva y el aturdido y gimoteante Furiano, al lado de Echo y la magistrae. Arkades y los demás gladiatii tuvieron que remontar la colina a pie. El capitán Cánico los recibió en las puertas y los guardias de Echo llevaron a Furiano a la parte trasera de la casa. Pese al dolor de sus costillas rotas, cuando Lexa llegó a la enfermería de Larva, empezó a buscar ingredientes que pudieran detener el envenenamiento de la sangre de Furiano. La propia Larva desapareció en el cobertizo que había en una esquina del patio. Echo rondaba como una gallina clueca, tapándose la nariz y la boca con un pañuelo para paliar la peste, pálida de preocupación.
—¿Podréis salvarle la vida?
Lexa se limitó a fruncir el ceño y suspirar mientras registraba los cofres y los armarios de Larva. Parecía que lo que había dicho la chica era cierto y llevaba meses sin que Echo le permitiera reabastecerse. Incluso con todo lo que había aprendido de Mataarañas y de su adorado y maltrecho ejemplar de Verdades arkímicas, no tenía el suficiente material para trabajar.
—Necesitamos raíz de acebo —afirmó Lexa—. Y virginosa. Algo para acabar con la hinchazón, como bayalata o vejiga de pez globo. Y hielo. Mucho hielo. La fiebre está consumiéndolo como a una puta vela.
—¿Sabes escribir? —preguntó Echo.
Lexa enarcó una ceja.
—Sí, sé escribir.
—Haz una lista de todo lo que necesites —ordenó Echo.
Larva volvió del cobertizo, casi arrastrando los pies bajo el peso de un viejo cubo de estaño. Lo depositó con estruendo en la losa manchada de sangre junto a la cabeza de Furiano, se ató el pelo y empezó a quitarle los vendajes llenos de pus del cuello y el pecho.
—¿Qué haces? —preguntó Lexa.
—¿Recuerdas que me preguntaste de dónde salía mi nombre?
—Me dijiste que rezase por no averiguarlo nunca —respondió Lexa.
La chica se pasó la nariz por el brazo, torciendo el semblante por el hedor de las heridas de Furiano.
—Pues se ve que no rezaste lo suficiente.
Lexa miró dentro del cubo y vio una inmensa masa serpenteante: centenares de diminutos cuerpos blancos con cabezas negras, que mordían ciegos el aire. Se tapó la boca con la mano, conteniendo la náusea al ver retorcerse y arremolinarse aquellas…
—Por las Cuatro Hijas —dijo con una arcada—. Eso son…
—Larvas —repuso la niña—. Las crío en el cobertizo.
—¿Y se puede saber para qué abismos?
—¿Qué comen las larvas, Cuervo?
Lexa miró la carne del cuello de Furiano, la de su torso. La infección había calado hondo, las heridas estaban llenas de pus y los músculos y la piel se habían descompuesto hasta pudrirse. Las venas que rodeaban la herida estaban oscuras y corrompidas, y cada latido del corazón de Furiano solo extendía más el efecto.
—Carne podrida —susurró—. Pero ¿qué impide que se coman…?
—¿Las partes buenas?
—Sí.
—Los dos frascos del estante que tienes detrás. Tráemelos.
Lexa siguió las instrucciones y escrutó la enmarañada caligrafía que había en los laterales de los frascos. Miró a la chica y una sonrisa asomó a sus labios sin pretenderlo.
—Vinagre y hojas de laurel. Sí que eres buena en esto, sí.
Larva respondió con una tenue sonrisa y empezó a colocar a las criaturas en las heridas, espolvoreándolas como si fuesen sal sobre la carne rancia. Asqueada a pesar del ingenio del remedio, Lexa empezó a escribir en una tablilla encerada, componiendo una lista de todo lo que necesitarían para mantener sedado a Furiano, contener el envenenamiento de su sangre y bajarle la fiebre. Enseñó la lista a Larva, que alzó la mirada el tiempo justo para mascullar su aprobación, y se la entregó a Echo. La dona, sin más que una fugaz mirada a la tablilla, se la pasó a su magistrae.
—Anthea, baja a la ciudad —ordenó—. Trae todo lo que pide Cuervo.
La magistrae leyó la lista y alzó una ceja.
—Domina, esto va a costar…
—¡Da igual lo que cueste! —restalló Echo—. ¡Haz lo que te ordeno!
La mujer lanzó una mirada a Lexa y a Larva y arrugó los labios. Pero aun así, miró a su ama e hizo una profunda inclinación.
—Vuestro susurro, mi voluntad, domina.
La magistrae salió al patio con la tablilla encerada en la mano. La dona Echo se quedó en la enfermería, con la mirada clavada en Furiano, mordiéndose las torturadas uñas.
—Tiene que vivir —susurró.
Una orden.
Una esperanza.
Una plegaria desesperada.
Pero si era porque le importaba el hombre o porque le importaba el Venatus Magni, Lexa no tenía ni idea. Trabajaron hasta bien entrada la nuncanoche, Larva aplicando las culebreantes crías de mosca en las heridas de Furiano, cubriendo los bordes con vinagre y hojas de laurel para repeler a las larvas de la carne sana y, por último, envolviéndolo todo suavemente con gasas. Lexa se quedó a su lado, ayudando en lo que podía, pero sobre todo observando con el estómago revuelto. Dedo, el cocinero enjuto, les llevó la tardera y miró a Furiano como si ya estuviera muerto. Colmillo llegó husmeando en busca de sobras al poco tiempo y, entre el dolor de las costillas y las náuseas por el tratamiento de Larva, Lexa dio al mastín casi toda su comida y le rascó detrás de las orejas mientras el perro meneaba su muñón de cola. La dona Echo también rechazó la comida, sentada y mirando al Invicto sin abrir la boca. Tenía los ojos desorbitados e inyectados en sangre. Las mejillas huecas. Los demás gladiatii llegaron a Nido del Cuervo y se dirigieron a los barracones escoltados por los guardias. Arkades entró cojeando en la enfermería, polvoriento y dolorido por la prolongada caminata. Observó a Furiano, le puso una mano en la frente empapada de sudor y reparó en lo deprisa que le subía y le bajaba el pecho. La larga cicatriz que le partía en dos el rostro ganó profundidad cuando frunció el ceño. Lexa tocó las vendas que llevaba en su propia cara. Volvió a pensar en Clarke.
Dudó.
—¿Cómo está? —preguntó Arkades.
—Estamos haciendo todo lo que podemos hasta que vuelva la magistrae —respondió Larva—. Las hierbas y los ungüentos que va a traer ayudarán. Pero no es seguro que viva, executus.
Arkades asintió.
—Cuervo, vuelve a los barracones. Larva te llamará si te necesita.
—Preferiría qued…
—Y yo preferiría tener una villa en el sur de Liis y recuperar mi pierna de verdad —gruñó Arkades—. Ya ha caído la nuncanoche. Te corresponde estar encerrada en los barracones.
Lexa lanzó una mirada a la dona, pero la mujer no les prestaba la menor atención. Su mirada seguía fija en Furiano. Lexa tocó el hombro de Larva en gesto de despedida y salió con paso débil al patio, flanqueada por dos guardias. Arkades se quedó mirando a su señora, con gesto pensativo. Una parte pequeña y con forma de gato de la sombra de Lexa también se quedó allí.
—Mi dona, deberíais descansar —dijo Arkades.
—Voy a quedarme.
—Larva puede informaros si hay algún cam…
—¡Me quedo, he dicho! —espetó Echo.
Larva alzó la mirada al oír el grito, pero volvió enseguida al trabajo. El executus pasó la mirada de su señora al gladiatii tumbado en la losa. Asintió despacio.
—Vuestro susurro, mi voluntad.
Dio media vuelta y salió renqueando de la enfermería al patio. Miró los soles de la nuncanoche y el incipiente brillo azul que iba ganando intensidad en el horizonte. Se aproximaba la veroluz; en solo unas semanas, los tres ojos de Aquel que Todo lo Ve arderían fulgurantes en el cielo. Purificarían el
mundo con su fuego. Revelarían todos los pecados. Pecados.
Arkades miró hacia atrás, en dirección a su señora, y con los labios prietos observó cómo ella miraba a su campeón. Y luego echó a andar, al interior del fuerte y por los pasillos, clin tump, clin tump, la melodía de su andar. Su frente era un nublado ceño; sus labios, una fina línea; sus poderosas y encallecidas manos, unos puños cerrados. No reparó en la pequeña y oscura silueta que lo seguía, saltando de sombra en sombra detrás de él. Sigilosa como un gato. Arkades dejó atrás las pinturas en las paredes de antiguas batallas de gladiatii, las armaduras y los brillantes yelmos, los bustos de mármol de los antepasados de Marco Titus, sin prestar ni la menor atención a nada de aquello. Y por fin llegó a una puerta solitaria al final del pasillo, que abrió con una llave de hierro. Arkades entró en el dormitorio de Furiano. Se cruzó de brazos y contempló la estancia. El altar a Tsana debajo del ventanuco. La Trinidad de Aa en la pared. Un maniquí de prácticas y unas espadas. Un pequeño cofre para las escasas posesiones del Invicto. Cerró la puerta y fue cojeando hasta el cofre. Se arrodilló con una mueca y empezó a registrarlo. Dos laureles de plata, ganados en Talia y Puentenegro. La empuñadura de una espada rota. Una mohosa baraja de naipes y unos dados. Un taparrabos de repuesto. Un puñado de mendigos de cobre. Arkades se levantó y miró malcarado a su alrededor. Su rostro se iba ensombreciendo y los ojos le destellaban de ira. Renqueó hasta la cama, arrancó las sábanas y palpó el colchón de paja. Con un reniego de frustración, dio la vuelta al colchón y luego lo arrojó contra la pared. Y allí, en el bastidor de la cama, las vio.
Unas braguitas de seda.
El executus se agachó, se llevó la prenda a la nariz e inhaló. Un tenue aroma a perfume de jazmín. El mismo olor que había notado cuando fue a ver a Furiano antes del venatus y advirtió al Invicto que su jabón olía a mujer.
—Menudo hijo de puta. —Arkades arrugó la prenda en un puño de nudillos blancos—. Será desagradecido.
Volvió a dejar la habitación como estaba. Rehízo la cama y alisó las sábanas. Tenía el rostro descolorido y la mandíbula tensa. Satisfecho de haber borrado sus huellas, dio media vuelta y salió a zancadas del dormitorio, clin tump, clin tump. Cojeó pasillo abajo con el ceño ensombrecido, entró en su habitación y cerró de un portazo. Enfurecido como estaba, el executus no se dio cuenta de que la magistrae estaba al lado del almacén, con los brazos cargados de los remedios que había traído de la ciudad. Pero la mujer sin duda se fijó en la prenda interior de seda que Arkades llevaba en la mano.
—… interesante… —susurraron las sombras.
